Ayer 124/2021 (4): 193-217
ISSN: 1134-2277
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
DOI: 10.55509/ayer/124-2021-08
© Alexandre Dupont
Recibido: 07-07-2018 | Aceptado: 08-01-2019
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Carlismo transfronterizo en los Pirineos en el siglo xix. Algunas paradojas del realismo popular*

Alexandre Dupont

Université de Strasbourg
alexandredupont0@gmail.com

Resumen: Este artículo trata del realismo popular y de la solidaridad procarlista transfronteriza protagonizada por las comunidades pirenaicas en los años 1870 durante la Segunda Guerra Carlista. El objetivo es poner de relieve dos paradojas que ayudan a entender la particular naturaleza del realismo popular en los Pirineos. Por una parte, el realismo popular se caracteriza por una creciente implicación popular en una cultura política que rechazaba el compromiso. Por otra, el apoyo de los vascos y de los catalanes a don Carlos era más bien una forma de ejercer presión para salvar su mundo socioeconómico tradicional que una defensa del Antiguo Régimen.

Palabras clave: realismo popular, carlismo, Pirineos, politización, solidaridad transfronteriza.

Abstract: This article addresses popular royalism and how Pyrenean po­pulations developed cross-border pro-Carlist solidarities in the 1870s during the Second Carlist War. The aim is to explore two paradoxes that help understand the specific nature of popular royalism in the Pyrenees. First, people from a political culture that had traditionally shunned strong ideological commitments grew increasingly implicated in popular royalism. Second, Basque and Catalan support of Don Carlos was a means of exercising pressure to preserve a traditional socioeconomic world rather than a defence of the Old Regime.

Keywords: popular royalism, Carlism, Pyrenees, politicisation, cross-border solidarity.

En 1873, un tal François Didier publicó en Lyon un panfleto titulado Les Trois alliées en el que abogaba por una unión entre Francia, España e Italia bajo el mando de gobiernos moderados, tal y como existían, según su parecer, en los últimos dos países. La unión latina frente a Alemania, un discurso cada vez más movilizado desde 1870 1, se teñía en este texto de un claro color político: Didier rechazaba con la misma vehemencia a los radicales y a los contrarrevolucionarios. Tachaba las aspiraciones de restaurar el poder temporal del papa Pío IX y el trono del conde de Chambord 2 de anticuadas e irrealistas. Sin embargo, el carlismo recibía las críticas más duras, en especial sus partidarios procedentes de las clases populares. Con mucho desprecio, Didier argumentaba:

«El partido carlista, que desde hace algún tiempo da que hablar gracias a sus actos de fuerza, a sus revueltas afortunadamente inútiles, tiene algunas raíces entre los campesinos que, con la estupidez que les caracteriza, se imaginan que el Todopoderoso decidió, un buen día, que el trono de todas las Españas había de pertenecer a un Carlos cualquiera. No entienden, esos montañeses ignorantes, que lo que Dios quiere se hace. Que sigan mi razonamiento, es tan simple y tan primitivo como su corazón y su espíritu. Si Dios quisiera verdaderamente que don Carlos fuera rey de España, como creemos en la omnipotencia de Dios, es cierto que el elegido del Cielo reinaría tranquilamente en su país. No reina, entonces no es el elegido de Dios. Nunca entenderán, esos pobres campesinos, que Dios no dijo a un pueblo: “¡Tendrás a este hombre como jefe!”» 3.

En el contexto de la guerra civil entre los carlistas y la monarquía amadeísta, que iba a desembocar poco después en la abdicación de Amadeo I y en el auge militar de los carlistas a lo largo del año 1873, el enfado de François Didier con los contrarrevolucionarios españoles se entendía muy bien. Sin embargo, su juicio sobre los campesinos del norte de España que luchaban al lado del pretendiente don Carlos de Borbón y Austria-Este tiene otro alcance. En estos improperios contra el apoyo de las clases populares rurales al carlismo se perciben dos elementos del pensamiento de Didier: la incomprensión frente a una opción política en su parecer absurda y fundada en la superstición, y la negación de cualquier autonomía política de estos campesinos, reducidos a seres imbéciles y manipulados por sus creencias religiosas.

A este apoyo popular de los campesinos de las provincias septentrionales de España se añadió durante la Segunda Guerra Carlista, tal y como había pasado cuarenta años antes durante la Guerra de los Siete Años (1833-1840), un inesperado sostén por parte de los campesinos del otro lado de la frontera, que sorprendió aún más a los observadores 4. Que los carlistas fuesen respaldados por parte de las clases populares de su país era aberrante, pero el fenómeno tenía explicaciones. Que recibieran la ayuda de sus correligionarios de toda Europa, y en especial de Francia, era lógico: los contrarrevolucionarios europeos habían demostrado a lo largo del siglo su capacidad de formar redes de solidaridad internacional apoyadas en una sociabilidad de elites, como había pasado en la Península Ibérica en los años 1830 o en la península italiana en los años 1860 5. Pero que don Carlos fuera ayudado por campesinos franceses de los Pirineos, a quienes la situación de España, en teoría, no afectaba, suponía un misterio incomprensible. El dramaturgo liberal José Aparici de Valparda, refugiado en Francia, atribuía este realismo popular transfronterizo a un proyecto independentista oculto por parte de los vascos: «La cuestión carlista, hoy, se reduce a una pretensión [...]: establecer la independencia vasca sobre las ruinas de España; el vasco conquistaría España y la daría al duque de Madrid, a cambio de la ratificación por este del tratado por el cual las provincias gozaran de una total autonomía» 6.

La incomprensión y la indignación manifestadas por estos testigos de los años 1870 revela la importancia del apoyo popular trasfronterizo durante la guerra carlista. En la frontera se desarrolló una solidaridad internacional concreta: contrabando, cruce de la frontera por voluntarios que iban a luchar en España y por carlistas que venían a refugiarse en Francia, etc., lo que generó una intensa actividad política durante la guerra 7. Esto se debió también a que la guerra tuviese lugar en Cataluña y en las provincias vascas, esto es, cerca de la frontera franco-española. En cualquier caso, la acción de las clases populares fue esencial para esta solidaridad internacional, lo que singularizaba el espacio fronterizo al colocar a estas capas populares en el centro de los procesos de internacionalismo. El carlismo transfronterizo en los Pirineos en los años 1870 constituye un objeto histórico paradójico, que permite repensar varios tópicos de la historiografía sobre la contrarrevolución, en particular en lo que al realismo popular se refiere 8.

La siguiente reflexión propone entonces, desde la movilización procarlista en la frontera franco-española en los años 1870, otro modo de pensar la contrarrevolución a partir de la cosmovisión y de la actuación de sus actores populares. Postula que esta politización popular gozaba de cierta autonomía frente a la de las elites carlistas, derivada en parte de la desestabilización socioeconómica que padecieron estas clases populares y de la capacidad de estos actores del campesinado y del artesanado de influir en el ideario y la estrategia de los dirigentes legitimistas.

¿Cómo se hace popular el realismo? Viejo debate, nuevas propuestas

Construcción de un problema epistemológico

El apoyo que recibieron los movimientos contrarrevolucionarios europeos entre las clases populares ha sido desde hace décadas uno de los principales problemas al que se han enfrentado los historiadores. La pregunta se puede formular de la siguiente manera: ¿cómo consiguió el realismo hacerse popular, cuando el ideario contrarrevolucionario no parecía favorable a los intereses del pueblo? Este problema ha generado una rica historiografía que merece ser recordada.

Los primeros estudios sobre la contrarrevolución fueron a menudo realizados por historiadores favorables a esta opción política —por ejemplo, en el caso español, el enorme trabajo realizado sobre el carlismo por Melchor Ferrer— 9. Estos historiadores consideraban casi «natural» el apoyo popular a la opción contrarrevolucionaria, como la que defendía verdaderamente los intereses del pueblo, su religiosidad y su conservadurismo. En parte, eran los herederos del pensamiento tradicionalista que consideraba que los cambios que afectaron el continente europeo a partir de 1789 fueron el resultado de la acción de una minoría privilegiada, esto es, los liberales, que se habían impuesto sin el menor apoyo popular o con un apoyo obtenido gracias a mentiras 10.

En una segunda etapa, los historiadores presentaron la cultura política tradicionalista como una defensa del Antiguo Régimen, es decir, como una ideología que aspiraba a volver a la situación prerrevolucionaria y que defendía el poder de la Iglesia, de la monarquía y de la nobleza. Desde esta perspectiva, el apoyo popular al realismo se hizo incomprensible, contrario a sus intereses. Nació la tentación de despolitizar esta elección política. Si los miembros de las capas populares defendían el legitimismo, era porque estaban todavía sometidos al orden social tradicional, en el cual tenían que seguir al señor o al cura, o porque no eran capaces de entender su propio interés. Tal discurso seguía el esquema liberal de análisis de la contrarrevolución que había prevalecido durante el siglo xix. Buena muestra de ello es el tratamiento gráfico de la actuación de los carlistas en los años 1870 por el semanario republicano La Flaca, que de forma sistemática presentó a los partidarios de don Carlos como sometidos a la influencia de párrocos fanáticos 11. Se puede citar en especial la famosa caricatura en la que un párroco con la escopeta en mano predicaba la insurrección a un rebaño de corderos de rodillas con la boina roja en la cabeza, en un paisaje que recordaba los Pirineos: la asociación entre campesinado, fanatismo político y marginación territorial se hacía perfectamente clara en este dibujo 12. Esta línea interpretativa condujo a una falta de interés por la historia del realismo hasta mediados del siglo xx 13.

La historiografía marxista dio entonces un paso más al integrar las condiciones socioeconómicas de los actores en la ecuación. Siguiendo el marco dibujado por el propio Karl Marx, los historiadores marxistas notaron que el apoyo popular a la contrarrevolución provenía sobre todo de los campesinos, más que de los obreros. Les fue entonces fácil asociar la condición rural con el atraso político: los campesinos no tenían acceso a la conciencia de clase que les permitiera emprender una acción auténticamente transformadora y expresaban sus reivindicaciones en modo místico o reaccionario por su incapacidad para construirse como sujetos revolucionarios. Bien conocemos a este respecto los análisis de Eric John Hobsbawm sobre los «rebeldes primitivos», que no se focalizaban en los contrarrevolucionarios, pero que proporcionaron un marco explicativo elaborado 14. Todos estos estudios respaldaban, aún con matices, los discursos producidos por las elites del siglo xix en cuanto al realismo popular, como prueba de una incapacidad de los campesinos para la madurez política. Al fin y al cabo, podríamos ver en estas aproximaciones al realismo popular otra aplicación de la «enorme condescendencia de la posteridad» que evocó Edward P. Thompson a propósito del movimiento ludita 15.

En los últimos treinta años el paisaje historiográfico y epistemológico se ha transformado de forma considerable en dos etapas. Primero, a partir de las perspectivas socioeconómicas adoptadas por los historiadores marxistas, los historiadores de los años 1970 y 1980 prestaron atención a la especificidad del realismo popular, distinguiéndolo del realismo de las elites en cuanto al ideario movilizado y a las raíces de la politización contrarrevolucionaria. Las fecundas hipótesis de Jaume Torras sobre las revueltas absolutistas en España en los años 1820 16 coincidieron con un profundo debate abierto en Francia por la propuesta teórica de François Lebrun y Roger Dupuy con el término «antirrevolución»: plantearon tomar en cuenta las especificidades del realismo popular y designarlo como antirrevolución en vez de contrarrevolución, reservado al realismo ideológico y teorizado de las elites 17. En este marco, como en el de Torras, era el trastorno de las condiciones concretas de la vida cotidiana de las comunidades, al nivel económico y social, lo que había suscitado reacciones de rechazo al liberalismo promovido por las revoluciones de los años 1770-1830.

Esta propuesta fue determinante en dos aspectos: primero, otorgaba una autonomía a estos actores populares en su politización y movilización; segundo, integraba en la reflexión el importantísimo concepto de cultura política, al reconocer que no todo en la politización popular tenía que ver con las condiciones materiales de la vida. En este sentido, los trabajos pioneros de Charles Tilly sobre la Vandea en los años sesenta abrieron pistas fecundas para entender la movilización contrarrevolucionaria de las clases populares 18. Sin embargo, esta aproximación seguía considerando el realismo popular, en los mismos términos utilizados, como una especie de respuesta epidérmica y espontánea a la introducción del liberalismo en las sociedades europeas. A fin de cuentas, describía este realismo popular como una verdadera reacción, en un momento en el que los historiadores tendían a ponerse de acuerdo en su consideración de la contrarrevolución como una ideología más compleja que un mero deseo de vuelta hacia atrás 19.

El enfoque local de estos estudios tuvo un papel fundamental en cuanto a la comprensión del realismo popular en los Pirineos: primero, porque su perspectiva socioeconómica suponía una aproximación detallada a las condiciones de vida de las comunidades locales, en especial en regiones como Navarra o la Cataluña interior, que habían sido percibidas en términos de marginación y atraso; segundo, porque los modos de politización postulados por estos estudios ponían de relieve la dimensión esencialmente local de la movilización de las clases populares.

La segunda etapa se ha producido en las últimas tres décadas, en las que han visto la luz estudios que se han tomado en serio la cultura política legitimista y que han explicado el apoyo de las clases populares a la contrarrevolución con argumentos políticos y desde una perspectiva más cultural: la defensa de la Iglesia, la estructuración de una comunidad política realista a través de la acción bélica, el apego simbólico a la figura del rey, las redes sociales cotidianas, etc. 20 Esta escuela historiográfica estaba marcada por el legado intelectual de Maurice Agulhon en torno a los conceptos de politización y de cultura política 21. A fin de cuentas, el realismo habría sido una de las múltiples culturas que se estructuraron en el siglo xix y la contrarrevolución habría evolucionado en paralelo a sus adversarios de izquierdas. Desde esta perspectiva, la movilización realista popular reflejaba la relativa homogeneidad de su cosmovisión con la de los dirigentes contrarrevolucionarios, lo que no significaba una negación de la especificidad del realismo popular; pero invitaba a insistir en los puntos comunes más que en las eventuales discrepancias, en los vectores de la movilización popular y de la conexión entre elites y ­pueblo realista 22.

El carlismo, el legitimismo y el pueblo en la segunda mitad del siglo xix

Interesarse por el carlismo de la década de 1870 en los Pirineos permite hacer aún más complejo el retrato del realismo popular como cultura política. La vuelta al primer plano del carlismo, después de la larga crisis de los años 1860, se produjo a consecuencia de la revolución de septiembre de 1868, que derrocó a Isabel II e instauró, por primera vez en la historia de España, un régimen democrático, esto es, fundado en el sufragio universal (masculino) y en las grandes libertades cívicas y públicas 23. Hasta la sublevación de abril de 1872, que marcó el inicio de la Segunda Guerra Carlista, los partidarios del duque de Madrid decidieron aprovechar esta nueva situación política y participaron en la vida política legal. Los muchos estudios que existen sobre esta etapa de la historia del carlismo insisten todos en la masiva politización que tal decisión provocó. Los procesos electorales, la importancia de la propaganda y la difusión de prácticas políticas vinculadas con la sociabilidad —protestas, mítines, eslóganes, canciones, encuentros físicos, entierros, lectura pública de los periódicos, etc.— revelan la politización del pueblo carlista, que fue capaz de apropiarse de estas prácticas típicas de la política decimonónica 24.

Sin embargo, y al mismo tiempo, los carlistas fueron capaces de imaginar otras formas de politización más conformes con sus tradiciones. Un ejemplo muy bien conocido de esta realidad es el papel que desempeñó la misa. Tanto en Francia como en España, la misa fue un momento de politización, en la medida en que parte del clero bajo utilizó el sermón para comentar la actualidad política y para vincular la actitud política de sus fieles con el cumplimiento de sus deberes religiosos 25. Por esta razón, sus adversarios presentaron a los seguidores de don Carlos como un rebaño de ovejas, sometidos a la tutela de los párrocos. Esta centralidad de la sociabilidad religiosa en la politización carlista se manifiesta en el número de partidas lideradas por curas, siendo la más famosa en la guerra de 1872-1876 la del cura Santa Cruz, objeto de muchos debates y controversias 26. En el lado francés de la frontera, el Ministerio de Cultos se inquietó en la primavera de 1872 por informes que recibía desde el País Vasco que señalaban prédicas en varias iglesias en las que los sacerdotes incitaban a los fieles a tomar las armas a favor de don Carlos 27.

Los responsables de la Comunión Católico-Monárquica también participaron en este movimiento de politización. Las actas de las reuniones de la junta organizada en París por don Carlos, cuando llegó en la capital francesa en el otoño de 1868 para reconstruir el carlismo, son buena muestra de este proceso. Subrayan cuán importante era para el Pretendiente crear una organización política moderna, que fuese capaz de dirigir y controlar la movilización popular. Se creó una organización piramidal con varios niveles de responsabilidad y de acción: de lo local a lo internacional pasando por la escala nacional. Resulta muy significativo que esta estructura polí­tica destinada a organizar la lucha electoral fuera redoblada por una estructura militar similar, cuyo objetivo era preparar una eventual sublevación. En cuanto a la movilización popular se refiere, guerra y política no se encontraban herméticamente separadas, lo que contrastaba con los discursos que definían en la misma época el campo legítimo de lo político 28.

Así pues, el carlismo popular de la década de 1870 era el producto de múltiples procesos de politización, a veces respaldados por los líderes, a veces autónomos, que juntos tendían hacia un protagonismo reforzado del pueblo en la política monárquica. Eso no significaba ni una identificación total entre realismo popular y realismo de las elites, ni una separación radical entre estas dos clases. De hecho, la conexión entre estos dos espacios sociales del legitimismo se fundamentaba en una mediación eficaz llevada a cabo por los mediadores o intermediarios, sacerdotes o nobles locales, que eran capaces de comunicar con los líderes carlistas y que disponían de una legitimidad social entre las comunidades locales 29.

Asimismo se recurrió a actores populares para dinamizar la movilización procarlista a ambos lados de la frontera, como lo demuestra la campaña política que se entabló en torno al contrabandista Ganich de Macaye, que había ayudado a que la princesa de Beira, mujer del primer don Carlos, entrara en España en 1838 30. De nuevo popularizada en 1867 gracias a una novela del notario Jean-Baptiste Dasconaguerre, Les Échos du Pas-de-Roland 31, con gran rapidez traducida al vasco y al castellano, la figura de Ganich fue explícitamente recuperada por los dirigentes carlistas en 1872, cuando el canónigo Vicente Manterola, sacerdote vasco y diputado carlista a Cortes 32, encomendó una nueva traducción de la obra de Dasconaguerre. En el prefacio y en el apéndice, el responsable carlista insistía en el compromiso del campesino contrabandista a favor de la dinastía carlista, pero también ponía de relieve todo lo que el carlismo debía a este actor procedente de las clases populares, que alcanzaba así un protagonismo insólito entre las representaciones de la Comunión Católico-Monárquica 33.

Durante todo el siglo xix, la contrarrevolución fue una cultura política compleja, rica y organizada, cuya principal característica era su capacidad para proponer otra modernidad, una modernidad alternativa a la modernidad liberal, que se estaba construyendo en la misma época bajo la forma del Estado-nación liberal 34. Esta modernidad alternativa se apoyaba en los principios del legitimismo —la Iglesia y la monarquía en particular—, pero tenía en cuenta la situación en la que actuaban los contrarrevolucionarios. El legitimismo europeo del siglo xix no fue el fantasma de un regreso al Antiguo Régimen y la movilización de parte de las clases populares para defender estos objetivos poco tuvo que ver con la sumisión a un orden tradicional o con el atraso. Al contrario, el legitimismo participó en la politización generalizada de los pueblos del mundo atlántico durante este siglo 35.

Aquí reside una primera paradoja en cuanto al realismo popular: el compromiso popular en defensa del legitimismo puso en tela de juicio una base del tradicionalismo, esto es, el rechazo de la política. En efecto, los teóricos del tradicionalismo interpretaron la era de las revoluciones como una rebelión contra Dios y, a la vez, como un castigo mandado por la Providencia en expiación de los pecados de los humanos. Así interpretó Joseph de Maistre la revolución de 1789 en sus Consideraciones sobre Francia de 1799 36. Medio siglo más tarde, esta interpretación seguía vigente en el discurso de Juan Donoso Cortés sobre la dictadura, pronunciado a principios de 1849 como respuesta a los trastornos de la Primavera de los Pueblos. Y, veinte años más tarde, esta lectura de la historia se impuso otra vez entre los contrarrevolucionarios frente al ciclo revolucionario que afectó sobre todo a España, Francia e Italia en torno a 1870 37.

La solución propuesta por este campo político fue resumida por el propio Joseph de Maistre en las últimas líneas de las Consideraciones sobre Francia: frente a la revolución, había que emprender una contrarrevolución, «lo contrario de la revolución» 38 (y no una revolución contraria) para volver a un mundo gobernado por la Providencia. Para la totalidad del tradicionalismo europeo a lo largo del siglo xix, la movilización política no era sino la continuación del pecado original de la revolución, la inaceptable intromisión de los pueblos en el fluir de la historia, la soberbia que había llevado a los humanos a rebelarse contra la voluntad divina y a hacerse los actores de su propio destino. El objetivo de los contrarrevolucionarios era construir una modernidad sin política, una modernidad que volviera a una cosmovisión prerrevolucionaria 39. Claramente, la soberanía popular y la participación del pueblo en la política eran del todo contrarias a esta cosmovisión.

Sin embargo, el realismo del siglo xix pasó por una creciente participación de las clases populares en la lucha. Este componente popular siempre había existido en el realismo, y varias investigaciones revelan lo amplio que fue el apoyo popular a la contrarrevolución en las primeras décadas del siglo xix, tanto en el campo como en las ciudades 40. Lo que cambió con el paso del tiempo fue la importancia del protagonismo popular en la lucha, como si el realismo hubiera entrado poco a poco, y a su pesar, en la era democrática. Más aún, los responsables legitimistas empezaron a considerar el apoyo popular como una fuente de legitimidad alternativa a la legitimidad de derecho divino, que resultaba cada vez más marginal. En ocasiones surgió un legitimismo auténticamente popular, que abogaba por una defensa del sufragio universal, visto como la garantía más segura de recuperar el poder 41. No es en absoluto anecdótico que el carlismo decidiera participar en las elecciones entre 1868 y 1872, en una etapa en la que su movimiento homólogo en Francia puso todas sus esperanzas de restauración del conde de Chambord en los excelentes resultados obtenidos en las elecciones de 1871 42.

La politización espontánea de parte de las clases populares en sentido realista, a lo largo del siglo xix transformó las ideas tradicionales de las elites realistas y les forzó a incluir el realismo popular en sus discursos y en sus teorías. En cierto modo, el argumento tradicional de la sumisión de las clases populares realistas se podría invertir: las elites tuvieron que adaptarse a la irrupción del pueblo y de las prácticas democráticas y otorgarles un papel reforzado dentro de su organización política. Esta paradoja de una cultura política opuesta a la soberanía popular que acabó apoyándose en la acción del pueblo para triunfar lleva a una mejor comprensión del papel del realismo popular: nos obliga a considerarlo como un actor en sí mismo, que participó en la construcción de esta cultura política con sus propios lenguajes y reivindicaciones.


Una cosmovisión propia: campesinos pirenaicos en los años 1870

Lecturas de una solidaridad realista transfronteriza

La influencia de las clases populares en la contrarrevolución fue mucho más importante de lo que se había pensado tradicionalmente: no fueron una mera fuerza numérica, un apoyo de masas, sino que transformaron en profundidad la representación del mundo y las prácticas de esta cultura política. Esta observación no nos permite, sin embargo, acceder a la propia cosmovisión de estas clases populares. En el caso del carlismo transfronterizo en los Pirineos, el programa político definido para España por don Carlos y sus consejeros no era en absoluto suficiente para explicar la movilización que se producía a favor de la Comunión a ambos lados de la frontera. El discurso de las elites liberales, como hemos visto, negaba o escondía el carácter político de tal implicación, igual que lo hicieron más tarde la historiografía liberal y marxista; pero el discurso de los líderes realistas que afirmaba la comunión entre ellos y el pueblo realista también escondía las diferencias que existían entre estos dos sectores sociales. En otros términos, el estudio del realismo popular no puede limitarse a explicarlo a partir de las categorías discursivas de las elites realistas.

Los actores populares de la contrarrevolución, como otros muchos, dejaron pocas huellas de su cosmovisión y lo que conocemos de esta se deriva sobre todo de los discursos que produjeron las elites sobre el pueblo 43. Si las elites liberales tendían a despolitizar su combate, las elites tradicionalistas intentaban naturalizarlo, para presentar esta participación popular como una expresión sencilla de la ideología realista y del soporte instintivo de las clases populares a la contrarrevolución 44. Encontrar un modo de captar estas cosmovisiones populares resulta por ello difícil, aunque se puede acudir a herramientas metodológicas eficaces: la deconstrucción de los discursos de las elites, para distinguir lo que era el producto de su propia cosmovisión y lo que correspondía a la cosmovisión popular 45; centrarse en las prácticas políticas más que en los discursos 46.

Es evidente que el apoyo a don Carlos en los Pirineos se puede explicar por factores culturales. Como se ha afirmado más arriba, las provincias vasco-navarras y la Cataluña interior eran, en el siglo xix, baluartes importantes del catolicismo, y la mayoría de los habitantes de estas regiones consideraban, con razón, que el liberalismo y el republicanismo constituían una amenaza para el papel social de la Iglesia, cuando el carlismo, al igual que el legitimismo francés, se presentaba como el guardián del catolicismo. De hecho, la cuestión religiosa y el desafío de la secularización fueron retos centrales en la construcción de las divisiones políticas en la Europa occidental del siglo xix 47. Si la contrarrevolución se afirmó desde el inicio como defensora de la religión, la emergencia a lo largo del siglo de un catolicismo intransigente, centrado en Roma y en la figura del papa, acentuó este fenómeno 48.

Los aspectos culturales de la politización contrarrevolucionaria en ambos lados de los Pirineos no se limitaban a respaldar el catolicismo: como en otras regiones, como La Vandea en Francia o el Miño en Portugal, el clero desempeñaba un papel central en la vida de las comunidades locales, igual que la nobleza 49. En consecuencia, este realismo popular no era solo el producto de procesos políticos y de debates en torno a la construcción de un nuevo ámbito constitucional o político en el país. También procedía de la voluntad de preservar la coherencia de un mundo fundado en equilibrios y jerarquías sociales. Además, los miembros de esas comunidades locales también compartían una devoción simbólica hacia la figura del rey como defensor de la orden social y ejecutor de la voluntad divina 50. Se reunían en torno a la memoria de los combates pasados, lo que permitía la reproducción del compromiso realista 51. Tales bases culturales tuvieron un papel central: la defensa de un orden tradicional entre las clases populares no significaba la sumisión de estos actores a las elites tradicionales, ni su incapacidad para desarrollar una cultura y un lenguaje políticos.

Se trata entonces de entender qué orden social defendían y por qué. En este punto, el carácter transfronterizo del apoyo al carlismo ofrece indicios muy interesantes. En el lado catalán de la frontera, la situación parecía bastante sencilla: los carlistas que se habían alzado desde el Empordà hasta el Valle de Arán se beneficiaban de la solidaridad de parte de los habitantes del lado francés de la frontera, en el departamento de los Pirineos Orientales 52. Este departamento se caracterizaba en la geografía política francesa por una orientación muy republicana y hasta socialista. Sin embargo, también había una fuerte minoría legitimista, en especial en Perpiñán y en las zonas fronterizas del sur del departamento. En apariencia, los legitimistas ayudaban a los carlistas para que triunfase su cosmovisión tradicionalista común. Tal colaboración no era nueva en los años 1870: como demostró Peter McPhee en su obra sobre la politización en Pirineos Orientales en los años 1840, se organizó allí una politización transfronteriza que hacía caso omiso de la línea divisoria en la lucha política 53.

Del lado vasco de la frontera, la situación era mucho más complicada: las provincias vascas y Navarra constituían de forma muy clara el centro del carlismo popular en España; en el País Vasco francés, por el contrario, los habitantes no eran legitimistas. Desde el punto de vista político, el departamento de los Bajos Pirineos había apoyado el Segundo Imperio y, en las elecciones de febrero de 1871, los votantes optaron por candidatos conservadores pero no legitimistas 54. El único legitimista elegido fue Charles Chesnelong, un moderado que se opuso durante la Segunda Guerra Carlista al radicalismo de sus correligionarios del otro lado de los Pirineos 55. Si el departamento se contaba entre los más católicos en la Francia de la segunda mitad del siglo, no se caracterizó en los años 1860 por una movilización muy intensa a favor del poder temporal del papa, a diferencia de otras zonas 56.

Sin embargo, el apoyo que recibieron los carlistas por parte de los vascos de Francia fue masivo y decisivo: se beneficiaron de la protección de los habitantes del territorio francés 57, quienes también les proporcionaron un apoyo financiero y logístico, hasta tal punto que fue en Bayona donde don Carlos decidió instalar un comité carlista que se convertiría en el corazón de la solidaridad internacional procarlista 58. En este caso, no se trataba de una solidaridad transnacional clásica y la explicación del proceso resultaba mucho más difícil. Ante esta misteriosa solidaridad, los observadores de la guerra carlista la atribuyeron a un sentimiento nacional vasco que aspiraba a conquistar la autonomía y hasta la independencia de las provincias vascas 59.

En una Europa tan marcada —como fue el caso de las décadas centrales del siglo xix— por los combates nacionales, este punto de vista no carecía de interés. Además, el carlismo había operado en los años precedentes un giro espectacular hacia una defensa resuelta de los fueros, unos derechos particulares de los cuales las provincias vascas seguían gozando en parte. Esta opción estratégica había permitido al carlismo reforzar su arraigo en la sociedad vasca, marcada por la defensa de dichos derechos 60. También respaldaban esta interpretación unos estereotipos que los observadores atribuían a los vascos, unidos en torno a una lengua misteriosa, a una fe católica muy fuerte y a un conservadurismo atávico. Si bien es cierto que esta interpretación en clave nacional de la solidaridad procarlista en los Pirineos no prevaleció entre los contemporáneos, es muy revelador el hecho de que fuera compartida tanto por actores liberales, que veían entonces la sociedad vasca como incapaz de entrar en la modernidad, como por actores legitimistas, que interpretaban tal actitud como la señal de la pureza de los vascos que habían quedado libres de la ­mácula revolucionaria 61.

La defensa de un mundo

Tal interpretación, desde un punto de vista histórico, no resulta satisfactoria —o por lo menos no puede ser más que una especulación: fuera de estos discursos exteriores, no disponemos de ningún elemento que valide esta teoría; nos faltan, en particular, las palabras de los propios actores sobre este asunto—. En cambio, el estudio de las prácticas concretas que fundamentaban esta solidaridad transfronteriza aparece muy fructífero. De hecho, la mayor parte de las acciones llevadas a cabo por los habitantes del lado francés de la frontera tenían que ver con el cruce de esta. El contrabando, que proporcionó a los carlistas armas y municiones, alcanzó unos niveles altísimos durante la guerra. La acogida en los pueblos de los combatientes que pasaban a Francia para huir de los soldados liberales hizo de los departamentos pirenaicos un refugio bastante seguro para los absolutistas españoles. La multiplicación de redes de guías para ir de Francia a España, a pesar de los dispositivos militares y policiales de la frontera, aseguró que esta se mantuviera abierta. La lucha a todos los niveles contra la voluntad de los gobiernos de Francia y España de cerrarla herméticamente también tuvo repercusiones políticas y diplomáticas notables, sobre todo cuando los habitantes de la zona fronteriza acusaron al Gobierno francés de favorecer sus relaciones con España más que a sus propios ciudadanos 62.

Además, las escasas trazas de discursos de los propios actores subrayan dos elementos. Primero, las motivaciones políticas —si entendemos la política como el campo regularizado y pacificado definido por las elites como ámbito de debate legítimo— no contaban en su acción. Varios contrabandistas, por ejemplo, se autodefinían como republicanos, pero afirmaban que su ideología no importaba cuando se trataba de solidaridad transfronteriza. «Déjeme con sus opiniones liberales [...]. Un contrabandista siempre es contrabandista. Don R... pasa armas a los carlistas como las pasaría a los republicanos», explicó por ejemplo en el verano de 1874 un guía a un periodista que no entendía la actuación de un contrabandista que armaba a la facción del cura Félix 63.

Segundo, todos los discursos ponían de relieve un fuerte resentimiento contra las políticas de Francia y España en la frontera, en particular contra la voluntad de ambos gobiernos de controlar ese espacio y de transformar una frontera-confines en frontera-línea 64. Todos expresaban también una verdadera ansiedad en cuanto al futuro de su entorno social si perduraba tal política. Al dirigir en abril de 1873 una protesta al presidente de la República francesa contra la decisión de alejar a todos los españoles de la frontera, varios responsables políticos locales de los Bajos Pirineos afirmaban que con su escrito hablaban «en nombre de una población de 15.109 habitantes, perjudicada en sus afecciones, su manera de ser, sus intereses, sus medios de existencia» 65.

En general, la acción procarlista de los fronterizos fue esencial para los partidarios de don Carlos: sin esta ayuda no hubieran sido capaces de mantener una guerra de cuatro años contra el Gobierno y nunca hubieran podido levantar y armar un verdadero ejército de unos cien mil hombres, capaz de enfrentarse al ejército gubernamental en el campo de batalla. Sin embargo, esta acción también tenía otro sentido para los fronterizos. La Segunda Guerra Carlista empezó en un contexto particular en ambos lados de la frontera: desde mediados del siglo, la zona fronteriza se enfrentaba a la intervención gubernamental, cada vez más fuerte, y a la progresiva introducción del capitalismo 66. Por un lado, los Estados intentaban afirmar su poder en su territorio y en su población, lo que implicaba un control reforzado de la frontera y de su cruce: la frontera se convirtió en un laboratorio de lo político y fue en este momento cuando los Estados francés y español decidieron fijar el trazado concreto y definitivo de la línea fronteriza 67. Por otro lado, la expansión del capitalismo implicó, paradójicamente, la instalación de impuestos y tasas estatales y un control reforzado sobre la circulación internacional de los bienes, así como una fuerte emigración de la zona fronteriza, en particular en el espacio vasco, algo que empezó a preocupar a las autoridades desde la década de 1850 68.

De forma general, estas transformaciones generaron una profunda desestabilización de los equilibrios socioeconómicos en las sociedades pirenaicas, basadas en una organización transfronteriza en la cual los hombres y las cosas pasaban de uno a otro país de forma bastante fácil, sin que estas relaciones constantes significasen un rechazo o un desinterés hacia el Estado ni una falta de integración en las naciones emergentes 69. Sin embargo, la cosmovisión de los habitantes de los Pirineos estaba marcada por esta organización transfronteriza y, en la segunda mitad del siglo, veían desaparecer poco a poco el mundo que siempre habían conocido y en el que vivían. Más allá de los intereses económicos de estos artesanos y campesinos, las transformaciones del siglo xix amenazaban también una concepción del mundo, una economía moral para usar las palabras de Edward P. Thompson 70. Esto se refleja bien en las palabras que el syndic del valle de Baigorry, en la frontera, dirigió en 1873 al subprefecto de Mauleón, a propósito de los derechos de pastoreo transfronterizos puestos en peligro por la política del Estado francés durante la guerra carlista: «[Los baigorrianos] se ven despojados por culpa del Gobierno de unas montañas muy ricas que poseían de hecho y de derecho desde tiempos inmemoriales, y que a menudo defendieron con las armas en la mano» 71. En concreto, no fue una casualidad que el carlismo incluyera por aquel entonces la defensa de los fueros en su programa: en las regiones pirenaicas, los fueros implicaban exenciones fiscales, exenciones militares y un particularismo aduanero, tres elementos situados en el corazón de la imposición del Estado y del capitalismo en la región 72.

Varios historiadores han mostrado que estos factores desempeñaron un papel nada desdeñable en la movilización carlista de los años 1870 73. Este caso demuestra muy bien que la politización no se reduce a un proceso desde arriba hacia abajo: durante la guerra carlista de 1872-1876, fueron las elites carlistas las que se mostraron capaces de adaptar su programa político a las reivindicaciones de los que tradicionalmente les habían apoyado. Además, subraya una vez más la importancia de los mediadores, los hombres de las elites locales que conectaban el lenguaje y las reivindicaciones populares con las elites realistas; en cierta forma, actuaron como intérpretes entre dos idiomas sociales para hacerlos compatibles y mantener la coherencia de la cultura realista. No es casualidad que los responsables de la movilización procarlista en ambos lados de la frontera, reunidos en juntas locales como el Comité Carlista de Bayona o la Junta Real de Navarra, fueran todos hombres —y mujeres— procedentes de la zona fronteriza, aptos para comunicarse entre sí y con los habitantes de la frontera 74.

Así se puede explicar esta curiosa solidaridad transfronteriza en los Pirineos, devolviendo a la cosmovisión de las clases populares su originalidad y su coherencia. Más que el programa contrarrevolucionario de las elites, los actores que se involucraron en la guerra carlista defendían su propia cosmovisión, una cosmovisión específica y articulada en torno a una organización socioeconómica basada en el cruce de la frontera; también defendían el mundo en el que vivían y que estaba desapareciendo, lo que suscitó el apoyo de los habitantes del lado francés de la frontera, más allá de las consideraciones ideológicas. Las pocas huellas que dejaron estos actores, si bien nos permiten identificar una cosmovisión propia, no nos proporcionan información sobre sus contenidos más allá del rechazo al Estado. Identificarlos requiere de nuevas investigaciones y herramientas que permitan superar esta dificultad, quizás recurriendo a la antropología histórica.

Se podría argumentar que la actitud de los fronterizos en la guerra carlista tenía un carácter exclusivamente egoísta, que poco tenía que ver con lo político al centrarse en la comunidad local, y que, a fin de cuentas, la actuación de los habitantes de los Pirineos es otra ilustración de que el concepto de «antirrevolución» es relevante. Para concluir, se puede, sin embargo, proponer otra manera de pensar el realismo popular. Estas clases populares de los Pirineos, procedentes de un espacio distante y marginal en todos los sentidos de la palabra, fueron capaces de producir un lenguaje sociopolítico adaptado a la situación a la que se enfrentaban, un lenguaje diferente del de las elites, que se centraba en la zona fronteriza por debajo de la escala nacional, un lenguaje que adaptaba y utilizaba el realismo como un vehículo para llevar sus problemáticas locales a la escena política nacional.

Este caso nos invita a interesarnos en la multiplicidad de los espacios sociales y de los lenguajes que cohabitaron en el realismo, en las especificidades de la cosmovisión de las clases populares realistas —retomando y repensando el concepto de economía moral, entre otros—, en las interacciones entre este lenguaje social y el de las elites, etc. Se trata, en fin, de reconstruir una historia del realismo desde abajo, tomando el/los realismo/s popular/es en serio e intentando captar sus particulares modos de concebir, construir y practicar política.


* Las conclusiones de este artículo se presentaron por primera vez en el congreso «Popular Royalism in the Revolutionary Atlantic World», organizado en la universidad de Yale en octubre de 2016. Se ha beneficiado de las sugerencias de los participantes y de las lecturas posteriores, atentas y fecundas, de Álvaro París Martín y de Darina Martykánová. También agradezco a los evaluadores externos sus sugerencias.

1 Sarah Al-Matary: Idéalisme latin et quête de «race». Un imaginaire politique entre nationalisme et internationalisme (France-Amérique hispanique, 1860-1933), tesis doctoral, Université Lumière-Lyon 2, 2008.

2 Sobre la movilización europea a favor del poder temporal del papado en los años 1870 véase Emiel Lamberts (ed.): The Black International. L’internationale noire (1870-1878), Lovaina, Presses Universitaires de Louvain, 2002. Sobre las tentativas de restauración del conde de Chambord en 1871 y 1873 véase Marvin Luther Brown jr.: The Comte de Chambord, the Third Republic’s Uncompromising King, Durham, Duke University Press, 1967.

3 François Didier: Les Trois Alliées, Lyon, Impr. de A.-L. Perrin et Marinet, 1873, p. 38. La traducción es mía.

4 Véanse A mis amigos de la frontera. El País Vasco francés en la aventura carlista, 1833-1876, Bayona, Musée Basque et de l’Histoire de Bayonne-Museo Zumalakarregi, 2006; Jean-Pierre Jourdan: «Le département des Basses-Pyrénées et les guerres carlistes», en Les relations entre le Sud-Ouest et la Péninsule Ibérique. Actes du XXXVIIIe Congrès de la Fédération Historique du Sud-Ouest, Pau, Société des Sciences, Lettres et Arts de Pau et du Béarn, 1987, pp. 203-217; Raymond Sala: Trabucaires et frontière(s): de Barcelone à Perpignan par le Vallespir, Canet, Trabucaire, 2010, y Lluís Ferran Toledano González: «Refugio militar y santuario político: el exilio carlista en los Pirineos Orientales», en Julio Hernández Borge y Domingo González Lopo (eds.): Exilios en la Europa mediterránea, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 2010, pp. 131-161.

5 Véanse Bruno Dumons y Hilaire Multon (eds.): Blancs et contre-révolutionnaires en Europe: espaces, réseaux, cultures et mémoires, fin xviiie-début xxe siècles: France, Italie, Espagne, Portugal, Roma, École Française de Rome, 2011; Jordi Canal: «Guerres civiles en Europe au xixe siècle, guerre civile européenne et Internationale blanche», en Jean-Paul Zúñiga (ed.): Pratiques du transnational. Terrains, preuves, limites, París, Centre de Recherches Historiques, 2011, y Simon Sarlin: Le légitimisme en armes: histoire d’une mobilisation internationale contre l’unité italienne, Roma, Presses de l’École Française de Rome, 2013.

6 José Aparici de Valparda: Lettre à une légitimiste sur le carlisme, Pau, Impr. Veronese, 1875, p. 35.

7 Alexandre Dupont: La internacional blanca. Contrarrevolución más allá de las fronteras, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2021.

8 Los trabajos de Álvaro París Martín constituyen una renovación esencial sobre el realismo popular. Véase Álvaro París Martín: «Se susurra en los barrios bajos»: policía, opinión y política popular en Madrid, 1825-1827, tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2015.

9 Melchor Ferrer: Historia del tradicionalismo español, Sevilla, Editorial Católica Española, 1941-1979. Los trabajos de Josep Carles Clemente constituyen otro ejemplo de esta historiografía de origen tradicionalista, pero desde la perspectiva federalista y autogestionaria que defendió este autor en el seno del carlismo a partir de los años 1970.

10 La idea de un complot liberal y revolucionario para derrocar los Antiguos Regímenes fue formulada desde los años 1790 en la obra paranoica del abate Barruel, Memoria para servir a la historia del jacobinismo (1797-1803), e influyó en el pensamiento contrarrevolucionario durante todo el siglo xix. Despojada de sus atributos complotistas, dio lugar a una vena interpretativa que hacía de la revolución un proceso contra la voluntad popular, como bien se ve en la recuperación por François Furet de las hipótesis de Augustin Cochin. Véase François Furet: Pensar la Revolución francesa, Barcelona, Petrel, 1980.

11 Juan Miguel Teijeiro de la Rosa: «Un aspecto de la manifestación del anticlericalismo. La Flaca, 1869-1873», Espacio, tiempo y forma. Serie V, Historia contemporánea, 5 (1992), pp. 317-334.

12 La Flaca, 10 de septiembre de 1870.

13 Para el caso español véase Jesús Millán: «Popular y de orden: la pervivencia de la contrarrevolución carlista», Ayer, 38 (2000), pp. 15-34. Para el caso francés véase Alexandre Dupont: «Le légitimisme, parent pauvre de l’historiographie?» Revue Historique, 672 (2014), pp. 887-909.

14 Eric John Hobsbawm: Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos xix y xx, Barcelona, Ariel, 1983 (1.ª ed., 1959). Para el carlismo véase José Luis Martínez Sanz: «Historiadores e historiografía sobre el carlismo. La difícil frontera entre política y ciencia», Aportes, 49 (2002), pp. 110-129.

15 Edward Palmer Thompson: La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra, 1780-1832, Madrid, Laia, 1977 (1.ª ed., 1963).

16 Jaime Torras: Liberalismo y rebeldía campesina, 1820-1823, Barcelona, Ariel, 1976.

17 Roger Dupuy y François Lebrun (eds.): Les résistances à la Révolution. Actes du colloque de Rennes, 17-21 septembre 1985, París, Imago, 1987.

18 Charles Tilly: The Vendée: A Sociological Analysis of the Counter-Revolution of 1793, Harvard, Harvard University Press, 1964.

19 Abrió el camino Jacques Godechot: La contre-révolution (1789-1804), París, Presses Universitaires de France, 1984.

20 Jean-Clément Martin: La Vendée de la mémoire (1800-1980), París, Seuil, 1989; Juan Pan-Montojo: Carlistas y liberales en Navarra (1833-1839), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989; Maria de Fatima Sa e Melo Ferreira: Résistances populaires au libéralisme au Portugal (1834-1844), tesis doctoral, Université Paris-1, 1995; Pedro Rújula: Contrarrevolución, realismo y carlismo en Aragón y el Maestrazgo, 1820-1840, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 1998, y Valérie Sottocasa: Mémoires affrontées. Protestants et catholiques face à la Révolution dans les montagnes du Languedoc, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2004, para unos ejemplos.

21 Jean-Louis Guereña: «Un essai empirique qui devient un projet raisonné. Maurice Agulhon et l’histoire de la sociabilité», Studia historica. Historia contemporánea, 26 (2008), pp. 157-175.

22 Veánse Philippe Secondy: La persistance du Midi blanc dans l’Hérault (1789-1862), Perpiñán, Presses Universitaires de Perpignan, 2006; Pierre Triomphe: 1815, la Terreur blanche, Toulouse, Privat, 2017, y Bernard Rulof: Popular Legitimism and the Monarchy in France. Mass Politics without Parties, 1830-1880, Cham, Springer International Publishing, 2020.

23 Rafael Serrano García (coord.): España (1868-1874). Nuevos enfoques sobre el Sexenio Democrático, Valladolid, Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, 2002.

24 Para una síntesis reciente de estos aportes véase Alexandre Dupont: «Una politización paradójica. Carlismo, democracia e implicación popular durante el Sexenio Democrático», Investigaciones Históricas: época moderna y contemporánea, 37 (2017), pp. 40-68.

25 Austin Gough: Paris et Rome: les catholiques français et le pape au xixe siècle, París, Éditions de l’Atelier-Éditions Ouvrières, 1996. Esto favoreció una implicación bastante notable de las mujeres en las movilizaciones contrarrevolucionarias. Véase María Cruz Romeo Mateo: «¿Sujeto católico femenino? Política y religión en España, 1854-1868», Ayer, 106 (2017), pp. 79-104.

26 Para una primera aproximación véase Gregorio Alonso García: La nación en capilla. Ciudadanía católica y cuestión religiosa en España, 1793-1874, Granada, Comares, 2014. Véase también, para Cataluña, Lluís Ferrán Toledano González: Entre el sermó i el trabuc: el carlisme català contra la revolució setembrina (1868-1872), Lleida, Pagès, 2001.

27 «Rapports et notes sur l’attitude du clergé et particulièrement de l’épiscopat. Sympathies pour l’insurrection carliste», Archives Nationales, F19 5610.

28 Alexandre Dupont: «Una politización paradójica...».

29 Lluís Ferran Toledano González: «El caudillaje carlista y la política de las partidas», Ayer, 38 (2000), pp. 91-114. El antropólogo Laurence Wylie había demostrado en los años 1970 la importancia de estas relaciones sociales tradicionales en la estructuración de los movimientos contrarrevolucionarios. Véase Laurence Wylie: Chanzeaux, village d’Anjou, París, Gallimard, 1970.

30 Alexandre Dupont: «Le passage en Espagne de la princesse de Beira en 1838: une tentative d’anthropologie historique», en Laurent Dornel (dir.): Passages et frontières en Aquitaine, xixe-xxe siècles, Pau, Presses de l’UPPA, pp. 41-63.

31 Jean-Baptiste Dasconaguerre: Les Échos du Pas-de-Roland, París, F. Marchand, 1867.

32 Vicente Garmendia: Vicente Manterola (canónigo, diputado y conspirador carlista), Vitoria, Gráficas Gasteiz, 1976.

33 Jean-Baptiste Dasconaguerre: Un drama en la frontera, traducido al castellano bajo la dirección de Vicente Manterola y adicionado con una introducción y un apéndice, Bayona, Librería de Desplan, 1872.

34 Francisco Javier Ramón Solans y Pedro Rújula (eds.): El desafío de la Revolución. Reaccionarios, antiliberales y contrarrevolucionarios (siglos xviii y xix), Granada, Comares, 2017.

35 Clément Thibaud: «Idées et pratiques révolutionnaires», en Pierre Singaravélou y Sylvain Venayre (eds.): Histoire du monde au xixe siècle, París, Fayard, 2017, pp. 123-136. Sobre el realismo popular en América, véase Marcela Echeverri: Indian and Slave Royalists in the Age of Revolution. Reform, Revolution, and Royalism in the Northern Andes, 1780-1825, Nueva York, Cambridge University Press, 2016.

36 Joseph de Maistre: Consideraciones sobre Francia, Madrid, Rialp, 1955. Sobre Joseph de Maistre, véase The French Idea of History. Joseph de Maistre and his Heirs, 1794-1854, Ithaca-Londres, Cornell University Press, 2011.

37 Alexandre Dupont: «“C’est l’implacable logique du mal”. Quand les contre-révolutionnaires français interprètent la Révolution espagnole de septembre 1868», en Sylvie Aprile y Hervé Leuwers (dirs.): Révolutions et relecture du passé, xviiie-xxe siècles, Lille, Presses du Septentrion (en prensa).

38 Joseph de Maistre: Consideraciones sobre Francia..., p. 234.

39 Stéphane Rials: Révolution et Contre-Révolution au xixe siècle, París, Diffusion Université Culture, 1987.

40 Pedro Rújula: «El antiliberalismo reaccionario», en María Cruz Romeo Mateo y María Sierra Alonso (coords.): La España liberal, 1833-1874, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2014, pp. 377-401.

41 Brian Fitzpatrick: Catholic Royalism in the Department of the Gard, 1814-1852, Cambridge, Cambridge University Press, 1983, y Peter McPhee: Les Semailles de la République dans les Pyrénées-Orientales, 1846-1852: classes sociales, culture et politique, Perpiñán, Les Publications de l’Olivier, 1995.

42 Éric Derennes: «Le mouvement pétitionnaire pour la restauration d’Henri V (automne 1873-hiver 1874). Tactique politique et expression d’un légitimisme populaire»,
 Revue historique, 661 (2012), pp. 49-99.

43 Dos referencias, entre muchas otras, Pierre Bourdieu: «La paysannerie. Classe objet», Actes de la recherche en sciences sociales, 17-18 (1977), pp. 1-6, y James C. Scott: Los dominados y el arte de la resistencia, Tafalla, Era, 2003.

44 Juan Olabarría Agra: «Opinión y publicidad en el tradicionalismo español durante la era isabelina», Historia Contemporánea, 27 (2003), pp. 647-662.

45 Siguiendo la senda abierta por Carlo Ginzburg: El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo xvi, Barcelona, Muchnik, 1981.

46 Natalie Zemon Davis: Society and Culture in Early Modern France: Eight Essays, Stanford, Stanford University Press, 1975.

47 Christopher Clark y Wolfram Kayser (eds.): Culture Wars. Secular-Catholic Conflict in 19th Century Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 2003.

48 Para el caso francés, muy bien estudiado, Bruno Horaist: La dévotion et les catholiques français sous le pontificat de Pie IX (1846-1878), París, De Boccard, 1995, y Austin Gough: Paris et Rome... Véase también, para una síntesis, Emiel Lamberts: Les catholiques et l’État. Un tableau européen (1815-1965), París, Desclée de Brouwers, 2018.

49 Sobre la estructuración progresiva de regiones blancas véanse El carlismo en su tiempo: geografías de la contrarrevolución. Actas de las I Jornadas de estudio del carlismo (Estella, 18-21 de septiembre de 2007), Pamplona, Gobierno de Navarra, 2008, y Bruno Dumons y Hilaire Multon (eds.): Blancs et contre-révolutionnaires en Europe...

50 Jordi Canal: «El rey de los carlistas: reflexiones sobre las palabras, las personas y las cosas», en «Por Dios, por la Patria y el Rey». Las ideas del carlismo. Actas de las IV Jornadas del Carlismo (22-24 de septiembre de 2010), Pamplona, Gobierno de Navarra, 2011, pp. 227-249, y Andrés María Vicent Fanconi: «Rey de corazones: la monarquía y la cultura política del carlismo (1833-1845)», Alcores, 21, (2017), pp. 161-182.

51 Pedro Rújula: «El antiliberalismo reaccionario...».

52 Alexandre Dupont: Une Internationale blanche..., cap. 6.

53 Peter McPhee: Les Semailles de la République...

54 Jacques Gouault: Comment la France est devenue républicaine; les élections générales et partielles à l’Assemblée nationale, 1870-1875, París, Armand Colin, 1954.

55 «Papiers Chesnelong. Lettres de Nadaillac, 1873-1897», Archives Départementales des Pyrénées-Atlantiques, 1 J 180/20.

56 Arthur Hérisson: «Une mobilisation internationale de masse à l’époque du Risorgimento: l’aide financière des catholiques français à la papauté (1860-1870)», Revue d’histoire du xixe siècle, 52 (2016), pp. 175-192.

57 Comte Remacle: «Les carlistes. Souvenirs de la frontière», Revue des Deux Mondes, 156 (1899), pp. 169-201.

58 Romualdo Martínez Viñalet: «Orden para el establecimiento del Comité Carlista en Bayona (Mayo, 1r paquete)», Biblioteca de la Real Academia de la Historia, fondo Pirala, leg. 6880.

59 Fue el caso, por ejemplo, de José Aparici de Valparda, evocado más arriba.

60 Mikel Urquijo Goitia: Liberales y carlistas. Revolución y Fueros Vascos en el preludio de la última guerra carlista, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1994.

61 Para los liberales véase Victor Cherbuliez: L’Espagne politique, 1868-1873, París, Hachette, 1874, y para los contrarrevolucionarios véase Louis Petit de Meurville. «Blancos y negros», excursion en pays carliste (septembre 1874), París, Poussielgue Frères, 1874.

62 Alexandre Dupont: La internacional blanca...

63 Véase, por ejemplo, La Liberté, 24 de agosto de 1874.

64 Lucien Febvre: «Frontière: le mot et la notion», en Pour une histoire à part entière, París, SEVPEN, 1962, pp. 11-24.

65 «À Monsieur le Président de la République», 14 de abril de 1873, Archives Nationales, F7 12576.

66 Jean-François Soulet: Les Pyrénées au xixe siècle, Toulouse, Eché, 1987.

67 Joan Capdevila Subirana: Historia del deslinde de la frontera hispano-francesa: del Tratado de los Pirineos (1659) a los Tratados de Bayona (1856-1868), Madrid, Centro Nacional de Información Geográfica, 2009.

68 José Manuel Azcona Pastor: Los paraísos posibles. Historia de la emigración vasca a Argentina y Uruguay en el siglo xix, Bilbao, Universidad de Deusto, 1992.

69 Peter Sahlins: Boundaries: The Making of France and Spain in the Pyrenees, Berkeley, University of California Press, 1991.

70 Edward Palmer Thompson: «The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century», Past & Present, 50 (1971), pp. 76-136.

71 Carta del syndic de Baïgorry al subprefecto de Mauléon, 4 de mayo de 1873, Archives Nationales, F7 12578.

72 María Cruz Mina Apat: Fueros y revolución liberal en Navarra, Madrid, Alianza Editorial, 1981.

73 Enriqueta Sesmero Cutanda: Clases populares y carlismo en Bizkaia, 1850-1872, Bilbao, Universidad de Deusto, 2000, y Lluís Ferrán Toledano González: Carlins i catalanisme: la defensa dels furs i de la religió a la darrera carlinada, 1868-1875, Sant Vicenç de Castellet, Farell, 2002.

74 Alexandre Dupont: La internacional blanca..., cap. 6.