Ayer 122/2021 (2): 303-318
Sección: Ensayo
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/122-2021-12
© Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo
Recibido: 11-12-2020 | Aceptado: 23-01-2021
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Santos Juliá, historiador de nuestro tiempo (1940-2019)
Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo
Universidad Complutense de Madrid
mercedes.cabrera@cps.ucm.es
Resumen: Santos Juliá es una referencia indiscutible en la historiografía contemporánea de España. Su propuesta de un nuevo análisis de la Segunda República se materializó en sus estudios sobre la izquierda socialista primero, después sobre el Madrid republicano y, por fin, sobre Manuel Azaña, del que se convirtió en biógrafo y editor de sus obras completas. Defensor del diálogo entre la historia y las ciencias sociales, fue sobre todo un investigador exhaustivo en archivos y hemerotecas. Abordó el largo recorrido con obras seminales como Los socialistas en la política española 1879-1982 (1997), Historias de las dos Españas (2004) y Transición. Historia de una política española (1937-2017) (2017). Fue autor de innumerables artículos y capítulos de libros, coordinador de obras colectivas y animador de seminarios, así como creador de opinión por su colaboración en la prensa, en especial en el periódico El País.
Palabras clave: socialismo, Segunda República, Manuel Azaña, intelectuales, Transición.
Abstract: Within the field of contemporary Spanish history, Santos Juliá was a historian who will be remembered as an undisputable point of reference for his era. He led a movement that renovated the analysis of the Second Republic. After publishing a number of influential studies on the socialist left, he then moved to the subject of republican Madrid. He culminated this project as the biographer of Manuel Azaña and the editor of his complete works. A defender of a fruitful dialogue between history and social sciences, he was also a meticulous researcher who dedicated great attention to archival and periodical sources. He published seminal works on the “longue durée”, such as Los socialistas en la política española 1879-1982 (1997), Historias de las dos Españas (2004) and Transición. Historia de una política española (1937-2017) (2017). He hosted seminars, coordinated collective works and authored innumerable articles and book chapters. He wrote an opinion columni in the press, dedicating the bulk of his articles to the newspaper El País.
Keywords: socialism, Second Republic, Manuel Azaña, intellectuals, transition to democracy.
En 1979 se celebró el décimo de los congresos historiográficos que venía convocando Manuel Tuñón de Lara en la Universidad de Pau. Se dedicó a hacer balance de muchos de los temas que habían sido objeto de discusión a lo largo de aquellos años y en el libro que recogió las ponencias, Santos Juliá publicó la suya: «Segunda República: por otro objeto de investigación». Afirmaba allí que la hegemonía de la historiografía anglosajona, con un estilo elegante y destinada a un público amplio, había hecho del fracaso de la República el punto de partida de sus explicaciones, y de los discursos de los líderes o de sus memorias posteriores su base fundamental. «La específica realidad de la República» se había disuelto y era necesario plantear nuevos objetivos de investigación. «El gran ausente» de la historia de la República eran los movimientos populares y las clases cuya formación, conciencia y práctica reflejaba. Sin abordarlo resultaba imposible entender la política organizada en toda su complejidad. No se había hecho hasta entonces no ya por razones teóricas, sino por otras más prosaicas: era mucho más difícil porque exigía sumergirse en los archivos de los partidos, de la policía, de la guardia civil, de las patronales, de la iglesia. «Quizá al final de ese viaje, concluía, pueda reescribirse una historia de la República que no se limite a repetir las razones ilusorias de su presunto fracaso» 1.
Era la primera vez que Santos Juliá hablaba en uno de aquellos coloquios de Pau y mantuvo desde entonces una gran cercanía con Tuñón de Lara, participando en los coloquios que organizó ya en España, así como en varios libros colectivos por él dirigidos y en los que se publicaron en homenaje a él, antes y después de su fallecimiento en 1997. Pero en 1979 era la primera vez que Santos Juliá intervenía en una de aquellas convocatorias que tanto supusieron en la renovación de la historiografía española. No hablaba por hablar. Había escrito ya dos libros en los que los discursos políticos de los socialistas y de otros líderes de la izquierda se insertaban en la acción de sus respectivas organizaciones y en su incidencia en las movilizaciones populares, para tratar de responder a la pregunta de por qué no hicieron la revolución si se decían revolucionarios. Acuñó la expresión «reformismo radical» para explicar que los dirigentes ugetistas radicalizaron una organización, una ideología y una práctica, «pero que seguían siendo reformistas, y esa fue, en definitiva, la razón de su fracaso». El grupo de intelectuales de la izquierda socialista tenía una «formación elemental» de los asuntos políticos, decía Santos. Bloquear a Prieto significaba inutilizar la salida reformista a la crisis de la República, pero inutilizar una salida no era posibilitar otra. En ese sentido, su responsabilidad fue inmensa, «no porque fueran otra cosa que reformistas, sino porque, siéndolo, pretendieron pasar, en el mundo ilusorio de la ideología, por revolucionarios». Muchos años más tarde, le dio una vuelta de tuerca al tema y escribió un divertimento contrafactual al preguntarse qué habría pasado si Indalecio Prieto hubiera aceptado la presidencia del Gobierno en mayo de 1936. Santos Juliá compartía con muchos historiadores de su generación el interés personal por explicar la crisis política de los años treinta, pero, en su caso, lo hacía reivindicando la urgencia de analizar en su complejidad los años de la República, sin proyectar sobre ella su trágico desenlace 2.
Santos Juliá llegó tarde a la historia, dijo más tarde en alguna entrevista. Había nacido en Ferrol en 1940, pero por circunstancias ligadas a represalias de la guerra contra su padre, la familia se trasladó muy pronto a Sevilla. Allí, en el Instituto San Isidro estudió el bachillerato, luego entró en el seminario diocesano y estudió teología en Salamanca. Comprometido y siempre inquisitivo, vivió el diálogo entre cristianos y comunistas. Estuvo en París en el 68, conoció allí a José Bergamín y a Fernando Claudín, y escribió algunos artículos en la revista Ruedo Ibérico. Su fe religiosa hizo crisis definitiva. Estaba ya casado con Carmen Martínez Tellería y era director gerente de un colegio, recién inaugurado en Sevilla, con perspectivas de futuro, por tanto, pero tras una entrevista con el comité de la Fundación Fullbright el 20 de diciembre de 1973, el día del asesinato de Carrero Blanco, consiguió una beca para irse a la Universidad de Stanford. No podía desperdiciar la ocasión de dedicarse a lo que en realidad le atraía, la investigación y la escritura, en concreto sobre la sociología de las revoluciones. En la Hoover Institution leyó sobre el partido socialdemócrata alemán y la SFIO francesa, y se topó con el fondo Bolloten sobre la República y la guerra, de donde surgieron sus libros iniciales.
Volvió a Madrid cuando ya había muerto Franco, y se afilió al Partido Comunista, aunque por poco tiempo. Como contó mucho más tarde, no podía soportar al responsable de su célula, porque les dejaba discutir para luego cerrar con las conclusiones que traía preparadas de antemano. Estudió sociología y sobrevivió gracias a las traducciones de libros de Perry Anderson, Ralph Miliband y Göran Therborn para la editorial Siglo XXI. Otra vez surgió la oportunidad de una beca, esta vez de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del Banco Urquijo, y pasó el curso 1978-9 en Oxford, en el Iberian Centre que dirigía entonces Juan Pablo Fusi en St Antony’s College, cuyo dean era Raymond Carr, uno de aquellos eminentes hispanistas. En la Bodleian Library leyó sobre la revolución industrial, para entender a Marx en su contexto; se deslumbró con E. P. Thompson y la formación de la clase obrera en Inglaterra; pero fue la lectura del Oucast London de Stedman Jones y la necesidad de hacer una tesis doctoral lo que acabó por inclinarle al estudio del Madrid republicano. El trabajo acumulado sobre Marx, Engels y la clase obrera se convirtió en un largo artículo en la revista En teoría que dirigían Ludolfo Paramio y Jorge Reverte, y con la que Santos colaboró en aquellos años 3.
La propuesta que había hecho sobre la necesidad de un nuevo enfoque en el estudio de la República, y su profusa búsqueda en fuentes hemerográficas y de archivos, se tradujeron en una investigación sobre el Madrid republicano y el proceso de construcción de las clases sociales, del pueblo, los obreros y los patronos. El resultado fue una tesis doctoral y un libro en el que analizaba los determinantes sociales que transformaron la «fiesta popular» de la primavera de 1931 en la gran confrontación de clases de la vida madrileña en el otoño e invierno de 1933-1934, cuando se produjo aquel derrumbe de los mecanismos tradicionales de conciliación de intereses de clase. Terminaba en 1934, aunque prometía entonces una continuación: el paso de la fiesta y la lucha a la insurrección y el frente (Popular) 4.
Había entrado en la universidad, en el ICE de la UNED, en 1979 «por la puerta de atrás», decía, gracias al apoyo de Carlos Moya, pero con aquella tesis y sus libros se convirtió diez años más tarde en catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología en la misma Universidad. Ese iba a ser, como siempre reconoció, el espacio que le permitiría desarrollar su pasión investigadora. De su lección magistral en la oposición a cátedra salió un libro ese mismo año, reeditado veinte años más tarde en una colección de clásicos, porque quienes la dirigían, Marisa González de Oleaga y Jesús Izquierdo, consideraron que lo era. Reflexionaba allí sobre el desarrollo de la historia social, desde aquella historia económica y social de la escuela de los Annales a la «emancipación» de la historia económica, primero, y de la historia social, después, para desembocar en la aparición de la sociología histórica, y en una disquisición final sobre la relación entre sociología e historia. La década de los ochenta había sido, sin duda, la edad de oro de la historia social. En la segunda edición del libro, publicada en 2010, se incluía una entrevista realizada por Marisa González de Oleaga, en la que Santos explicaba lo importante que fue para él la lectura de Marx y de Max Weber, «dos grandes que siempre caminaron en el filo de la teoría social y la historia» 5.
Santos estaba atento a los giros que se iban sucediendo en los enfoques historiográficos, más en otros países que en España donde, en su opinión, la transición a la democracia y la necesidad de conocer nuestro pasado inmediato relegaba aquellos debates a un segundo plano. La vieja historia social que había dado por supuesta la solidez de las estructuras sin, por eso, dudar de la eficacia de la agencia humana en su transformación, pareció entrar en una especie de «crisis terminal», escribió más tarde. La vuelta al sujeto y la primacía de la política se fundieron con el giro lingüístico en una explosión de estudios culturales, y el pensamiento posmoderno pareció anunciar el fin de los grandes relatos, extendiendo una sensación de crisis. La «sociedad quedó disuelta en la cultura; inmediatamente la cultura se redujo a lenguaje y el lenguaje a comunicación, poniéndose en duda la posibilidad de un conocimiento científico del pasado que, a fin de cuentas, tampoco servía para arrojar luz sobre un presente que, tras el hundimiento del socialismo real, proclamó solemnemente la democracia (y soterradamente el capitalismo) como horizonte irrebasable; en definitiva, el fin de la historia». Santos se preguntaba si más que crisis de la historia lo que estaba produciéndose era la apertura de nuevos territorios. Él permanecía fiel a lo que siempre le había interesado en la ciencia social: la acción que construía realidad social, y a los significados de la acción se accedía por el lenguaje. La nueva historia cultural no hacía sino acentuar lo que ya estaba presente en la teoría weberiana de la acción. Dio por clausurado aquel debate y continuó con lo que tenía entre manos, una propuesta de Javier Pradera para escribir una historia de la República «en forma de biografía de Manuel Azaña», en el cincuentenario de su muerte 6.
Había dedicado el libro sobre el Madrid republicano a sus «viejos amigos y queridos maestros», José Bergamín y Ramón Carande. Fue este quien, en sus tiempos sevillanos, le recomendó que leyera a Weber, pero también a Azaña, y Santos se hizo con la edición que Juan Marichal había hecho de sus obras. En 1980 escribió que el poder le vino a Azaña a las manos «como regalado» y que nunca luchó por él siguiendo las reglas habituales, creando una organización, insertándola en la sociedad, acumulando experiencias y capacidades de decisión. «Con un solo discurso me hice presidente del Gobierno», citaba Santos. Pero la palabra de Azaña era una palabra eficaz, destinada a tener efectos políticos, y «obraba maravillas». No estaba dispuesto a dedicarse a «componendas» y consideraba «indigno» dedicarse a la política diaria y «sucia». Y así, acabó «víctima del espejismo que le provocaba tanta altura. Tomó la expresión luminosa de un problema por su solución política, y confundió la solución política de un problema con la plasmación en la ley de la palabra luminosa». Contrariamente a lo que se decía, Azaña no representó el fracaso de los intelectuales en la política. Eso fue, en todo caso, lo que le ocurrió a Ortega. «Azaña fue un político, y no como se dice un intelectual en la política». Fue muy lúcido al saber que era necesaria la transformación en las relaciones sociales, pero no aprendió a hacerlo. Se limitó a aplicar desde el poder lo único que realmente había cultivado: la palabra y la razón, y con ellas pretendió transformar las relaciones sociales o, para expresarlo en términos políticos, «pretendió edificar un nuevo Estado» 7.
Deslumbrado por la palabra de Azaña, Santos se sumergió en su biografía «política», que vio la luz en 1990. Allí estaba Azaña «llevado en brazos de la revolución popular» a la presidencia del gobierno, y empeñado en llevar a cabo «una ambición gigantesca»: enseñar a gobernar en democracia. Frustrados sus grandes propósitos, apartado del gobierno y más tarde perseguido y procesado tras la revolución de octubre de 1934, reemprendió su tarea de «enderezar» la República y liberarla de los «malandrines» que la tenían secuestrada. No había más solución republicana a la crisis de poder que la que él representaba, escribía Santos: «ahora la República era Azaña y todo lo que quedase fuera de su ámbito de radiación quedaba también fuera de la República. Fue este, en verdad, el momento en que aparece el «azañismo» como nombre de una posición política, la de pasar a la ofensiva con el objeto de rescatar la República». Azaña marcó la República porque era el único que podía hacer realidad una coalición de republicanos e izquierdas 8.
Aquel libro era sobre todo una nueva historia de la República, pero la biografía le había quedado «manca de la guerra y del destierro, coja de juventud e hinchada sobremanera de República», como escribió más tarde, entre otros motivos porque esperaba poder consultar los papeles de Azaña incautados en Pyla-sur-Mer y entregados por el gobierno de Felipe González a su viuda, Dolores de Rivas Cherif, los diarios de la guerra, que resultaron muy numerosos y de gran interés. Investigó también a fondo sobre la juventud de Azaña, su trabajo en el Ateneo, su militancia en el Partido Reformista y su actuación durante la dictadura de Primo de Rivera. Editó y prologó los «cuadernos robados», los diarios de 1932-1933, y una selección de sus discursos políticos que se cerraba con el del 18 de julio de 1938 y aquel llamamiento a «paz, piedad y perdón» 9. Solo después llegó la biografía completa y, además, la edición promovida por José Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón como director y subdirector de publicaciones del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, de unas Obras completas en siete volúmenes, precedido cada uno de ellos de una exhaustiva introducción del propio Santos, que quedó definitivamente identificado como el historiador que había recuperado la presencia del político que marcó la República: «Había que desechar la imagen, cansinamente repetida hasta hoy, del solitario, desconocido, frustrado, rencoroso, oscuro funcionario», escribió en su prólogo 10.
A mediados de los años noventa, animado de nuevo por Javier Pradera, comenzó una colaboración con el periódico El País, que se mantuvo con breves interrupciones a lo largo de toda su vida. Como animador y coordinador de series de fascículos, y desde luego como columnista, aquella experiencia resultó definitiva. Nunca se había atrevido a escribir sin notas a pie de página, ni se había visto obligado a desarrollar un argumento en 750 palabras, como tenía que hacer en sus columnas, reconoció más adelante. Irrumpió en la escena pública como un «observador crítico», decía de sí mismo citando a Raymond Aron. Pero, además, su atención hasta entonces centrada en los años republicanos extendió su mirada hacia atrás, hasta al menos el año del «desastre», el 98 del siglo xix, y hacia delante, hasta la transición a la democracia. Al tiempo corto le sustituyó el tiempo largo, el ensayo se sumó a los escritos estrictamente historiográficos y temas a los que se había acercado con anterioridad ampliaron su espectro. En 1994, por ejemplo, escribió en más de doscientas páginas una historia de Madrid entre 1833 y 1993, desmontando la imagen de su capitalidad «artificiosa» y «culpable» de la frustración histórica de España, así como de haber alcanzado su cima en la jerarquía urbana solo por obra y gracia de los vencedores en la guerra civil 11.
A lo largo de veintiséis semanas en 1996, El País publicó una serie de fascículos bajo el título Memoria de la Transición, que luego se publicaría como libro 12. Había artículos, entrevistas y biografías de los protagonistas. Santos escribió sobre «La renuncia al marxismo» por parte del PSOE, que encabezó Felipe González en los primeros años de la transición. Ya había escrito sobre aquella «reconversión ideológica» en un homenaje a Raymond Carr 13. No había abandonado en ningún momento su atención a la historia del PSOE, con la que había iniciado su investigación. Lo probaban los dos seminarios sobre «El socialismo en España», que coordinó en 1986 y 1987 en la Fundación Pablo Iglesias, dirigida por Fernando Claudín, y que dieron lugar a dos libros colectivos, así como una larga colección de artículos y otras contribuciones, entre ellas el tercer volumen de la Historia del socialismo español dirigida por Tuñón de Lara, y publicada en 1989. En 1996, cuando se ponía fin a la sucesión de gobiernos presididos por Felipe González, Santos publicó por fin su historia de los socialistas. Era esta vez un largo recorrido, un «libro político y sobre política», con un hilo conductor: las políticas elaboradas por los socialistas desde la fundación del PSOE hasta su llegada al poder en la democracia, como lucha por el poder en el ámbito de un sistema de partidos y, dentro del mismo partido, entre diversos grupos por el control de sus organismos dirigentes, escribía en su prólogo. Todo lo demás —la cultura y la coyuntura políticas, el sistema de partidos, el contexto social— aparecía de manera esquemática, «únicamente por la obvia necesidad de evitar que los peces naden fuera del agua» 14.
En los años finales de siglo y cuando comenzaba el xxi, su actividad como coordinador de obras colectivas se multiplicó. La celebración del centenario del 98 le llevó a dirigir una nueva serie de fascículos de El País bajo el título de «Memoria del 98. De la guerra de Cuba a la semana Trágica», y fue comisario con Jaime Ojeda de una exposición, «Prensa y opinión en 1898», en la Fundación Carlos de Amberes. Coordinó y escribió en un volumen colectivo sobre las víctimas de la guerra civil, en otro sobre la violencia política en el siglo xx y en el volumen XL de la Historia de España Menéndez Pidal, publicó con Giuliana Di Febo un libro sobre el franquismo y con José Carlos Mainer otro sobre los últimos años de la dictadura y la transición a la democracia 15. Pero, además, Santos se había lanzado a escribir sobre la historia política española en el largo plazo. Lo había hecho en un ensayo temprano sobre los siglos xix y xx, y luego sobre el siglo xx: «Entre la Monarquía que abrió el siglo y la Democracia que encara su final, una sucesión de élites de distinto signo y procedencia ha accedido al gobierno con el propósito de construir un Estado al servicio de sus intereses e ideologías», escribía en la presentación de Un siglo de España. Cómo administraron cada una de ellas su tiempo en el poder era la línea argumental 16.
En un artículo en la revista Claves de la Razón Práctica, Santos había sostenido que en las dos décadas anteriores se había producido en la historiografía un giro radical en la «representación que los liberales hicieran de la historia de España como una anomalía, los noventayochistas como un dolor y los historiadores que trabajaron en los años cincuenta y sesenta como un fracaso». Él, que había nacido justo después de la guerra, había crecido convencido de que «lo nuestro no tenía remedio», pero una nueva generación de historiadores había arrojado todo aquel «lastre» y proyectado sobre el pasado una nueva mirada, «menos dramática y, por tanto, menos fatalista». Consolidada por fin la democracia española a finales de los ochenta, y convertida la transición en «modelo» incluso exportable, la pregunta que se hacían los historiadores ya no era por qué había fracasado España, sino por qué había tenido éxito. De todo aquel viaje, concluía Santos, quedaba al menos algo seguro: «que la representación del pasado cambia a medida que se transforma la experiencia del presente» 17.
Fue quizá el anuncio de Las dos Españas, un libro que recibió el Premio Nacional de Historia en 2005 y que tuvo un inmenso eco. Era una historia de las sucesivas generaciones de intelectuales, pero no una historia de las ideas políticas tradicional. Lo que le importaba a Santos Juliá era la presencia pública de los intelectuales en su doble expresión: el discurso, pero también las propuestas de acción en el contexto de sus respectivas circunstancias políticas. Lo que le interesaba era el vínculo entre una y otra, la mediación en ambos de la experiencia personal o colectiva del intelectual o de grupos, normalmente generacionales y con conciencia de ser intelectuales. Arrancaba con la presencia pública de escritores, clérigos, catedráticos y juristas en la revolución liberal para terminar con el relato de la «reconciliación nacional» que asomó en los años sesenta del siglo xx, cuando por fin los intelectuales aprendieron el lenguaje de la democracia y la Constitución, sostenía Santos. Liquidaron así los grandes relatos que habían resultado ser relatos sobre «las dos Españas». Lo que más le había sorprendido era que el discurso de los intelectuales giraba de manera abrumadora en torno a la nación, al ser y al problema de España, representado siempre como una dualidad: verdadera y falsa, nueva y vieja, oficial y real, a pesar de que la historia de España había sido la de un país fragmentado por múltiples conflictos. Había creído que aquella dualidad era cosa de la generación de Ortega y Gasset, la del 14, pero sus orígenes hundían sus raíces en el xix y lo había cerrado la generación de 1956, la de la «reconciliación nacional», para la que el debate sobre la democracia sustituyó a la nación como tema fundamental del debate intelectual. Y allí se detuvo, porque lo que pudiera seguir debía ser materia para otro libro. En más de 450 páginas y casi cien de notas quedaba justamente reflejado el inmenso acopio de bibliografía y de fuentes directas que sostenía su construcción. En los agradecimientos estaba la generosidad de Santos Juliá hacia quienes de una u otra manera le habían ido empujando en la tarea, y el recuerdo también de los amigos, con uno emotivo hacia Carlos Serrano, fallecido pocos años antes 18.
En 2011, José Álvarez Junco y yo misma, con la colaboración imprescindible de Fernando del Rey Reguillo, Javier Moreno Luzón, Miguel Martorell y Marisa González Oleaga, coordinamos un libro de homenaje a Santos con motivo de su jubilación. Quizás pensamos que habíamos «cerrado» la producción de Santos. Qué equivocación. Al año siguiente, rindió homenaje a su gran amigo Javier Pradera, que había intervenido en la presentación de aquel libro de homenaje, y que murió poco más tarde. Santos reunió en una serie de documentos y escritos de Pradera, con un largo prólogo que era en gran medida una historia de aquella generación del 56, la de la «reconciliación», una historia de la militancia de Pradera en el Partido Comunista y de su salida, «sin hacer ruido». También era casi un libro el prólogo que escribió Santos en una nueva vuelta de tuerca a la presencia pública de los intelectuales (escritores, profesionales y artistas), mediante la edición de una abrumadora colección de manifiestos y protestas que, esta vez, se alargaba hasta las décadas de la democracia, y que puso a disposición de historiadores e investigadores 19.
A todo el mundo le llegaba el momento de preguntarse qué había sido «de los trabajos de sus días», había dicho Santos Juliá en el X Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, en 2010, cuando fue invitado a contar su trayectoria como historiador. Era una pregunta que se le había vuelto «más punzante» al comprobar que un mundo que le resultada familiar y parecía sólido, se había disuelto en el aire. Se había producido una quiebra entre el ayer en el que se inició en el X Coloquio de Pau, en 1979, y el «hoy» en el que, recordando a Tony Judt, sentía que «algo iba mal». Reivindicaba Santos a los historiadores, a «la gran familia de observadores de los hechos del pasado», en unos momentos en los que los políticos recuperaban la memoria y la memoria histórica se convertía en «ideología política». Ya había escrito sobre aquello unos años atrás. La reconciliación nacional que había desembocado en democracia no se había basado en el olvido de la guerra civil y la dictadura, sostenía, sino en la decisión de «echarlo al olvido». No hubo ni olvido ni ocultación. Pero en los últimos años comenzaban a proliferar las críticas a la transición, atribuyéndole un pacto de silencio sobre el pasado y, como consecuencia de ello, a considerar que la democracia española era de baja calidad y que en el país faltaba cultura democrática 20.
Atento a los cambios en la realidad política, Santos Juliá vio y expuso los pasos, los debates y las medidas legales que llevaron a los partidos políticos a situar en la escena pública aquel pasado que había creído clausurado, y que ahora se encaminaba a reconocer los derechos de quienes padecieron violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, como se tituló la ley de 2006, que todos llamaban de la «memoria histórica». No rehuyó el debate público, pero además concluyó un nuevo libro: Transición. Historia de una política española (1937-2017) (Barcelona, Galaxia Gutenberg 2017) 21, que abrió recordando a Juan J. Linz quien, en 1996, dijo que la transición era ya historia, no algo que fuera objeto de debate o lucha política. Veinte años más tarde, con nuevos movimientos y fuerzas políticas en escena, aquella afirmación se había invertido: hablar de transición era hablar de política mucho más que de historia. Lo que él hacía en su libro era «historia política», una investigación en las huellas que el proceso político de transición a la democracia había dejado a lo largo de ochenta años, reconstruyéndolo con las voces del pasado, interfiriendo con ellas lo menos posible.
Aquel libro, que recibió el Premio Francisco Umbral y tuvo de nuevo un gran eco, pretendía mostrar que la transición fue una «historia larga, no la invención de unos oportunistas», como dijo en una entrevista. El libro era un largo y detenido recorrido de lo que dijeron e hicieron quienes, desde 1937, comenzaron a hablar de una necesaria transición que clausurara la guerra civil, de lo que entendieron por transición y de cómo aquella tuvo lugar varias décadas más tarde, así como de lo que sobre esa transición se había dicho y escrito desde que comenzó. Recorría etapas, giros y novedades, llamamientos y fracasos, que desembocaron en una transición que llegó, en su opinión, por unos caminos imprevistos, como imprevistos fueron sus resultados. Su último capítulo, «La Transición cumplida y desechada», dejaba paso a un epílogo abierto. Afirmaba Santos allí que, entrada la década de 1990, los partidos políticos habían vuelto a usar el pasado como arma política del presente. No solo ellos, sino también los propios historiadores, los politólogos y sociólogos, los periodistas, los jueces, los artistas y novelistas comenzaron a construir relatos e interpretaciones de las que salió la «Transición como mito, mentira, amnesia, traición y, finalmente, régimen del 78».
Al año siguiente, vio la luz un nuevo libro, esta vez una recopilación de textos dispersos, al que puso el título de Demasiados retrocesos 22. Era una frase que le había repetido Ramón Carande allá en sus tiempos sevillanos. La historia de España no habría sido la historia de una decadencia secular, ni una anomalía congénita, ni tampoco un puro y simple fracaso, sino una sucesión de «retrocesos» en la carrera por incorporar a España a la corriente general de la civilización europea. La plena inmersión en aquella corriente llegó con la transición a la democracia, que había clausurado la retórica de «las dos Españas» para poner en su lugar la de una España «diversa». Sin embargo, Santos cerraba aquel volumen con una serie de artículos, esta vez en la prensa y otras publicaciones periódicas, que reunió bajo el título «Momentos de una crisis de Estado», y un epílogo que dejaba el interrogante: «¿Una democracia en crisis?». Sin dejar de mirar, como siempre hizo, a lo que ocurría en otros países de nuestro entorno, se preguntaba Santos, finalmente, si no estábamos ante un nuevo «retroceso» en la convivencia política respecto «a aquella complaciente seguridad en el brillante futuro que aguardaba a la democracia española cuando recién comenzaba este siglo xxi».
Fue, esta vez sí, el último libro de Santos Juliá. Un melanoma que había sufrido diez años atrás se reprodujo, imparable. Su muerte fue un duelo unánime en la profesión, también entre quienes habían discutido con él y sostenido interpretaciones opuestas acerca de nuestro pasado. «Fue el mejor», escribió su colega y amigo José Álvarez Junco. Fue, sin duda, el historiador de su tiempo. Monástico en su dedicación a la profesión, carente de poder académico, pero siempre dispuesto a acudir donde le llamaran. Animador de seminarios y congresos. Su producción va mucho más allá de lo que he podido recoger en estas páginas. Tuvo la suerte de dedicarse a lo que más le gustaba, como dijo en más de una ocasión, y fue siempre leal y honrado con los colegas. Con los amigos, qué decir.
1 Manuel Tuñón de Lara (coord.): Historiografía española contemporánea, Madrid, Siglo XXI, 1980, pp. 295-313.
2 Santos Juliá: La izquierda del PSOE (1935-1936), Madrid, Siglo XXI, 1979, e íd: Los orígenes del Frente Popular en España (1934-1936), Madrid, Siglo XXI, 1980. El contrafactual en Nigel Towson (dir.): Historia virtual de España (1870-2004). ¿Qué hubiera pasado si...?, Madrid, Taurus, 2004.
3 Santos Juliá: «Marx y la clase obrera», En teoría, 8-9 (octubre 1981-marzo 1982).
4 Santos Juliá: Madrid, 1931-1934. De la fiesta popular a la lucha de clases, Madrid, Siglo XXI, 1984.
5 Santos Juliá: Historia social/sociología histórica, Madrid, Siglo XXI, 1989 (reedición de 2010 con dos apéndices: el artículo «En teoría» y la entrevista con Marisa González de Oleaga).
6 Santos Juliá: Elogio de historia en tiempo de memoria, Madrid, Marcial Pons, 2011, pp. 79-80. «¿La historia en crisis?» fue el título de un artículo escrito a raíz del Congreso celebrado en 1993 en Santiago de Compostela bajo el titulo de «Historia a debate», publicado después en un cuadernillo encargado por El País para el que solicitó la colaboración de Roger Chartier, Gabrielle M. Spiegel, Carlos Martínez Shaw, Peter Burke y Lawrence Stone.
7 Santos Juliá: «Manuel Azaña: la razón, la palabra y el poder», en Vicente Alberto Serrano y José María Sanluciano (coords.): Azaña, Madrid, Edascal, 1980, pp. 297-310.
8 Santos Juliá: Manuel Azaña. Una biografía política, Madrid, Alianza Editorial, 1990.
9 Manuel Azaña: Diarios, 1932-1933. «Los cuadernos robados», Barcelona, Crítica, 1997, e íd.: Discursos políticos, edición de Santos JULIÁ, Barcelona, Crítica, 2003.
10 Santos Juliá: Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940, Madrid, Taurus, 2008.
11 Santos Juliá, David Ringrose y Cristina Segura: Madrid. Historia de una capital, Madrid, Alianza Editorial, 1994.
12 Santos Juliá, Javier Pradera y Joaquín Prieto (coords.): Memoria de la Transición, Madrid, Taurus, 1996.
13 Santos Juliá: «The Ideological Conversion of the Leaders of the PSOE, 1976-1979», en Frances Lannon y Paul Preston (eds.): Elites and Power in Twentieth Century Spain. Essays in Honor of Sir Raymond Carr, Oxford, Clarendon Press, 1990. pp. 269-285.
14 Santos Juliá: Los socialistas en la política española, 1879-1982, Madrid, Taurus, 1996.
15 Santos Juliá: Víctimas de la guerra civil, Madrid, Temas de Hoy, 1999; íd.: Violencia política en la España del siglo xx, Madrid, Taurus, 2000; íd.: República y guerra civil, vol. XL de la Historia de España Menéndez Pidal, Madrid, Espasa Calpe, 2004; íd.: El franquismo, Barcelona, Paidós 2005, e íd.: El aprendizaje de la libertad, 1973-1986, Madrid, Alianza Editorial 2000.
16 Santos Juliá: «Liberalismo temprano, democracia tardía», en John Dunn (dir.): Democracia. Un viaje inacabado (508 a. C.-1993 d. C.), Barcelona, Tusquets 1993, pp. 253-291, e íd.: Un siglo de España. Política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999. En 2003, la misma editorial reunión en un solo volumen el texto de Santos Juliá y los de José Luis García Delgado y Juan Carlos Jiménez, dedicado a la economía, y el de Juan Pablo Fusi, dedicado a la cultura. En 2006 Espasa Calpe publicó Historia de España, en la que Julio Valdeón se ocupaba de la Edad Media, Joseph Pérez de la Edad Moderna y Santos de la Edad Contemporánea desde 1808 hasta 2005.
17 Santos Juliá: «Anomalía, dolor y fracaso de España» (intervención de Santos Juliá en la Conferencia Anual de la Society por Spanish and Portuguese Historical Studies en abril de 1996), Claves de Razón Práctica, 66 (1996), pp. 10-21, y recogido también en Santos Juliá: Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo xx, Barcelona, RBA, 2010, pp. 25-56.
18 Santos Juliá: Historias de las dos Españas, Madrid, Taurus, 2004.
19 Santos Juliá: Camarada Javier Pradera, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012, e íd.: Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas (1896-2013), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014.
20 Santos Juliá: Elogio de historia en tiempo..., e íd.: «Echar al olvido: memoria y amnistía en la transición a la democracia», Claves de Razón Práctica, 129 (2003), pp. 14-24, un texto recogido también en Hoy no es ayer..., pp. 303-333.
21 Santos Juliá: Transición. Historia de una política española (1937-2017), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017.
22 Santos Juliá: Demasiados retrocesos. España, 1898-2018, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.