Ayer 121/2021 (1): 197-223
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2021
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/121-2021-08
© David Castro Devesa
Recibido: 13-04-2018 | Aceptado: 18-07-2018
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
La corrida de toros en los proyectos de regeneración de la masculinidad nacional (1898-1923)
David Castro Devesa
Université Paris 8
davidcastrodevesa@gmail.com
Resumen: En un contexto de crisis nacional y de reconfiguración de los roles sociales generizados, la figura del torero fue utilizada en la construcción de los diferentes proyectos de regeneración nacional. El principal objetivo de esta investigación es el análisis de los discursos que relacionaron el espectáculo taurino con la nación y la masculinidad en las primeras décadas del siglo xx. Este estudio histórico explora la discusión ideológica en torno a la masculinidad nacional a través de la prensa y la literatura, descifrando las prácticas discursivas de periodistas e intelectuales sobre la identidad nacional y las identidades de género.
Palabras clave: corrida de toros, masculinidades, identidad nacional, regeneración, historia cultural.
Abstract: Within the context of a national crisis and reconfiguration of gender roles in society, the figure of the bullfighter was used to construct different national regeneration projects in Spain. The main objective of this research is to analyse the discourses about bullfighting as they relate to Spain and masculinity in the early twentieth century. This historical study explores the ideological discussion regarding masculinity in Spain through media and literature, deciphering the discursive practices of journalists and intellectuals with respect to national and gender identities.
Keywords: bullfight, masculinities, national identity, regeneration, Cultural History.
El estudio de la relación entre las identidades de género y las identidades nacionales ha germinado de manera paulatina hasta convertirse en una destacada línea de investigación de la historiografía internacional. En España, donde las investigaciones sobre la historia de los vínculos entre la nación y el género han ido creciendo en las últimas décadas 1, este campo de estudio ha empezado a ser analizado de forma cada vez más sistemática, como demuestran las monografías recientemente publicadas acerca de la correlación entre las identidades generizadas y el nacionalismo español 2. Estos trabajos abordan la incidencia de las representaciones masculinas y femeninas de la identidad nacional española en la construcción de la organización social del orden de género.
Las imágenes nacionales generizadas no son inmutables, sino que se desarrollan a lo largo de la historia en torno a la evolución de las identidades de género y a las vicisitudes de la nación. Las naciones florecieron a lo largo del siglo xix sobre la base de la diferenciación de los sexos. Las alegorías nacionales fueron determinadas por los discursos de género instituidos en la sociedad de la época y, a su vez, estas constituían un vehículo a través del cual los grupos sociales buscaban normativizar la existencia de hombres y mujeres, atribuyéndoles funciones, espacios y poderes diferenciados 3. La comunidad nacional fue imaginada 4 a través de las relaciones de parentesco en el seno de la familia, concebida como una institución clave en la nueva sociedad liberal burguesa. La organización familiar legitimaba una jerarquía nacional generizada 5. En este nuevo orden nacional, los ciudadanos debían apropiarse del papel de padres de familia 6, adoptando actitudes patrióticas en pos de la defensa del territorio nacional 7, ya que tenían la obligación de amar, respetar y ser leales a la nación, representada por la madre 8. La mujer, excluida de la vida política, debía atenerse al marco normativo de la feminidad hegemónica, que reposaba sobre la ideología de la domesticidad 9.
A lo largo del proceso histórico de construcción de la identidad nacional española, diferentes sujetos históricos han elaborado, en función de sus intereses, múltiples alegorías generizadas de la nación, que han ido evolucionando en paralelo al devenir del país. A pesar de que España fue representada sobre todo a través de la figura de la madre 10, el torero se transformó en las décadas centrales del siglo xix en una encarnación masculina de la nación española 11. Para Xavier Andreu, la nacionalización del espectáculo taurino se produjo gracias a la confluencia de diversos factores: la construcción del pueblo como sujeto político soberano durante el establecimiento del sistema político liberal, la racionalización progresiva de la tradición tauromáquica y la depuración de los rasgos peyorativos atribuidos a esta por el relato romántico producido por los extranjeros 12. La fiesta de los toros fue entonces interpretada, desde las diferentes culturas políticas liberales, como una práctica representativa de los valores de la identidad nacional española, ensalzando la virilidad del torero como una cualidad innata del conjunto de la nación.
El propósito de esta investigación histórica es mostrar cómo las representaciones nacionales generizadas proyectadas por el espectáculo taurino colaboraron en construir discursivamente los diferentes proyectos de regeneración de la masculinidad española entre 1898 y 1923. El fenómeno cultural de la corrida de toros, entendido como una metáfora del carácter de los españoles, tuvo un rol significativo durante el periodo de estudio en la producción y reproducción de modelos y normas de comportamiento que definían la manera de ser un hombre español.
La derrota militar frente a Estados Unidos en la Guerra de Independencia de Cuba provocó el cuestionamiento de los fundamentos de la identidad nacional. Desde la pérdida de su imperio colonial hasta la crisis política que desembocó en la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera, España fue el escenario de un prolífico debate acerca de la esencia y el lugar de la nación española en el mundo. La variable «género» tuvo un papel relevante en esta discusión 13. La crisis de la identidad nacional fue relacionada con el problema de una virilidad en declive 14. El Desastre del 98 diezmó el frágil prestigio de una nación decadente, exacerbando la crisis de la masculinidad española.
Desde las diferentes culturas políticas presentes en la sociedad española, los hombres fueron representados como pasivos e invertebrados 15. El movimiento intelectual del Regeneracionismo asoció la conmoción nacional a la ausencia de virilidad de los españoles y este miedo al fantasma de la degeneración masculina se plasmó también en los relatos de los miembros del Novecentismo. El hombre español fue representado, por los extranjeros y también por muchos autores españoles, como la antítesis del ideal normativo de masculinidad en el mundo occidental, personificado por el modelo del gentleman inglés 16. Más allá de las fronteras, los españoles fueron asociados al estereotipo del torero, resaltando su «bárbara crueldad e irreflexiva temeridad» 17. La pasividad de la masculinidad española frente a la potencia de la masculinidad imperial 18 fue relacionada con el estereotipo masculino de las naciones latinas.
La representación de España como una nación orientalizada 19, y por ende feminizada 20, fue interiorizada por los intelectuales españoles. Estos diagnósticos, realizados desde la antropología política, engendraron el miedo a la desaparición de la nación española, amenazada desde el exterior por un imperialismo beligerante. La diferenciación de género se manifestaba también en el interior del país por la separación entre el norte, activo y europeo, y el sur, pasivo y africano 21. La cristalización de discursos nacionalistas periféricos, en especial en Cataluña y el País Vasco, acentuó la sensación de decadencia de la nación 22 y de la masculinidad española 23.
En pleno apogeo del imperialismo europeo, la clase política española entendió la colonización de África del norte no solo como un medio para combatir el declive geopolítico de España en el panorama internacional, sino también como un marco en el que forjar la regeneración de la imagen del hombre español 24, definida por la supremacía militar española en términos de virilidad patriótica y racial 25. Sin embargo, los diferentes fracasos de esta campaña militar y la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial acentuaron todavía más la sensación de marginación de una nación que continuaba considerándose a sí misma como un suburbio de Europa 26.
Los intelectuales contestaron a la humillación de la nación y al resquebrajamiento del statu quo de las relaciones de género, formulando discursos que tenían como objetivo la regeneración del modelo de masculinidad nacional. Como ha señalado Nerea Aresti, los teóricos sociales laicos y los reformadores liberales buscaron la renovación del modelo de hombre español sobre los principios de progreso y civilización, mientras que los defensores del modelo de masculinidad tradicional articularon la ideología nacional masculina que desembocaría en aquel movimiento de hombres que quería revirilizar la nación española 27.
La hipótesis que vertebra este trabajo es que las representaciones nacionales generizadas proyectadas y vehiculadas por la corrida de toros fueron utilizadas por los periodistas taurinos, pero también por las elites políticas y por un nutrido grupo de intelectuales, para consolidar la masculinidad nacional, representada por el torero, frente al fantasma de la degeneración masculina y el surgimiento de nuevos modelos masculinos en las primeras décadas del siglo xx. La metodología de esta investigación, construida con las herramientas de la historia cultural 28, se fundamenta en el análisis de los discursos sociales generados por la práctica taurina, explorando los textos e imágenes en la literatura y la prensa para elucidar cómo las representaciones culturales 29 de la nación y el género fueron empleadas para contestar o fortalecer la masculinidad nacional. El análisis de los discursos sociales es un instrumento para explorar los problemas sociales y lograr entender la percepción de estos por los sujetos sociales 30. Las representaciones lingüísticas de la realidad son un reflejo de la normatividad social, pero también un lugar desde el que los individuos pueden generar discursos alternativos que transgredan y transformen las identidades de género hegemónicas 31. En este sentido, la masculinidad hegemónica representa el modelo masculino dominante en cada periodo histórico, inscrito como un ideal normativo en el imaginario de la colectividad 32, al que se subordinan otros modelos de masculinidad. Para Raewyn Connell, la masculinidad hegemónica, que garantiza la dominación masculina, es a menudo encarnada por hombres con una proyección pública manifiesta 33.
La corrida de toros, símbolo nacional por antonomasia, se convirtió, entre 1898 y 1923, en el escenario de la refracción de una intensa polémica sobre la masculinidad nacional. Algunos autores regeneracionistas utilizaron el espectáculo taurino para criticar la masculinidad española, representada por el torero y los espectadores, e instar a la refundición del ideal masculino nacional. Por oposición, los periodistas taurinos, la Administración del Estado y la mayoría de hombres que formaron el movimiento intelectual, artístico y literario del Novecentismo, defendieron de forma positiva la figura del torero como la materialización del que debía ser, según ellos, el arquetipo de hombre español que regenerase la patria.
El Regeneracionismo destacó por ser un movimiento intelectual enemigo de la fiesta taurina 34. La argumentación de estos intelectuales seguía en parte la misma retórica de los ilustrados del siglo xviii. Pedro Rodríguez de Campomanes 35 o Gaspar Melchor de Jovellanos 36 concebían la corrida como una práctica cruel y perniciosa para la economía que deterioraba la imagen de España en el extranjero. Sin embargo, en el contexto de la crisis nacional desencadenada por la pérdida de las colonias, el Regeneracionismo estableció un nexo entre la degeneración de España y la fiesta nacional. Por otra parte, no podemos entender este movimiento intelectual como un bloque monolítico, ya que incluso algunos autores regeneracionistas se manifestaron a favor del espectáculo.
La corrida de toros se transformó para destacados escritores regeneracionistas en un síntoma de la enfermedad que aquejaba al país. Esta fue caracterizada en múltiples ocasiones como uno de los males de España por Joaquín Costa: «Las corridas de toros son un mal inveterado que nos perjudica más de lo que muchos creen y de lo que a primera vista puede parecer; desde la perversión del sentimiento público hasta el descrédito extranjero, hay una serie tétrica de degradaciones que nos envilecen» 37. Ramiro de Maeztu señaló al espectáculo taurino como uno de los elementos responsables de la decadencia nacional 38. Estos autores concibieron el Desastre del 98 como una consecuencia del carácter de los españoles que sufrían una «parálisis moral, evidenciada en esos abonos increíbles para las corridas de toros» 39. Ricardo Macías Picavea aseguraba que España prefería gastar su dinero en los toros en vez de invertir en las ciencias 40, ya que la máxima «pan y toros» era la representación del «carácter sempiterno de nuestra raza» 41.
Joaquín Costa se dolía de que España apareciese «en el concierto universal con la cabeza desmelenada, los brazos humeantes de sangre, la voz ronca y fatal, gritando aún: ¡Sangre, sangre, más caballos a los toros!» 42. El inferior desarrollo técnico, la irrelevancia geopolítica, la brutalidad y la pasividad de la nación española fueron características subrayadas, dentro y fuera de las fronteras, para situar a los españoles por debajo de las naciones modernas, representantes del grado más alto de civilización. Estas particularidades atribuidas al pueblo español permitían describir a España como una nación femenina 43. El propio Costa utilizó el término «eunucos» para definir el estado de feminización de los hombres españoles 44. La debilidad de España fue percibida como el resultado de la feminización de la población masculina. La solución pasaba pues por la restauración de la masculinidad más allá de los valores de la feminidad 45. Los escritores de la Generación del 98 explicitaron también su desapego hacia la fiesta taurina. Pío Baroja calificaba a la corrida como «estúpida y sangrienta» en su novela El árbol de la ciencia:
«Los domingos, sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras y no dejar uno de los que volvían de la estúpida y sangrienta fiesta. Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador de corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en el histrión o en el torero en el circo» 46.
El problema no era solo la corrida en sí, sino también la propia masculinidad de los espectadores, a los que Baroja tachaba de cobardes. Miguel de Unamuno lamentaba la indiferencia de los españoles que se divertían en las plazas de toros el mismo día que el ejército español sucumbía ante Estados Unidos 47. Aunque este hecho fuese sobredimensionado de forma deliberada, ya que el público no se precipitó a presenciar las corridas ni ese día ni los días siguientes 48, las palabras de Unamuno sirven para comprobar que durante estos años el argumentario antitaurino se deslizó de manera progresiva desde la reprobación de la barbarie hacia la censura de la masculinidad de los espectadores 49. Serían el propio Unamuno y, sobre todo, Eugenio Noel los encargados de evidenciar la relación causal entre la afición a los toros y la flamenquería 50. Noel llevó a cabo una campaña contra el espectáculo taurino en la década de 1910 publicando varios libros 51 para alertar a la sociedad española de sus consecuencias nocivas:
«Por eso, porque el flamenquismo es una peste, una plaga; porque arrasa el genio de la estirpe...; porque ha entronizado el espíritu torero hasta hacer desaparecer todo otro mérito, industrial o artístico; los intelectuales emprendemos la cruzada contra el vicio funesto... Nosotros le confesamos [al pueblo] que es un crimen la diversión cuando ha de trabajarse sin cesar en la regeneración de una Raza que se pudre roída por la sarna. [...] ir a esas fiestas es ir contra el País y la Raza, es retardar el triunfo de la cultura... Se sabe ya que es una enorme mentira, que no trae bien alguno, que devora muchos millones, que causa la chulería y la ineducación, que es la escuela de las mayores degeneraciones, que es un baldón, un lazareto de lepra moral, una letrina y un foco de infección» 52.
Estos intelectuales interpretaban la propensión a la chulería de los españoles como uno de los rasgos característicos del casticismo, porque ser castizo era sinónimo de ser «todo un tío» 53: «El casticismo resolvió sobre la marcha el vasto problema de que España no desapareciera del mapa. Buscó al macho en el hombre y le dijo: “Guíate por tu sexo; él hará lo demás”. Y lo hizo» 54. Miguel de Unamuno afirmaba que la regeneración nacional solo sería posible a través de la feminización de la masculinidad española, es decir, de la adopción por parte de los españoles de los valores morales que el intelectual atribuía a las españolas 55. Para Noel, la corrida de toros era una metáfora de todos los defectos de la masculinidad española:
«De las plazas de toros salen estos rasgos de la estirpe: la mayor parte de los crímenes de navaja; el chulo; el hombre que pone la prestancia personal sobre toda otra moral; la grosería; la ineducación; el pasodoble y sus derivados; el cante hondo y la canallada del baile flamenco, que tiene por cómplice la guitarra; el odio a la ley; el bandolerismo; esa definición extraña del valor que se concentra en la palabra riñones y que ha sido y será el causante de todas nuestras desdichas; ese delirio de risa, de diversión, de asueto, que caracteriza nuestro pueblo; el endiosamiento del valor físico, duelo, riña, engalle, orgullo, fastuosidad, irreverencia; la libertad de poder hacer lo que de la gana; el echar por la boca todas las palabras soeces del idioma o del caló; el teatro del género chico; la pornografía sin voluptuosidad, ni arte, ni conciencia; el “apachismo” político, todos, absolutamente todos los aspectos del caciquismo y del compadrazgo; el ningún respeto a la idea pura; el desbordamiento del sentimentalismo sensual, grosero y equívoco, que rodea hasta las entrañas nuestra nación; la crueldad de nuestros sentimientos; el afán de guerrear; nuestro ridículo donjuanismo; la trata de blancas y la juerga, y en fin, cuanto significa entusiasmo, arrogancia, gracia, suntuosidad, todo, todo está maliciado, picardeado, bastardeado, podrido por esas emanaciones que vienen de las plazas de toros a la ciudad y desde aquí a los campos» 56.
Estos intelectuales deseaban destronar al torero como modelo masculino nacional: «Aspiro a que el hombre representativo de España no sea el torero» 57. El ideal masculino que preconizaban era totalmente opuesto a la figura del torero y al estereotipo del aficionado a los toros, caracterizados como hombres ignorantes, fanfarrones, inconscientes, chulos, camorristas y juerguistas. Unamuno y Noel, próximos al republicanismo y al socialismo, pensaban que la masculinidad española debía ser encarnada por un hombre inteligente, instruido, humilde y con autocontrol. No obstante, debemos considerar los postulados antitaurinos de estos autores como minoritarios. Pese a que los discursos regeneracionistas tuvieron una manifiesta influencia sobre la sociedad española de la época y fueron compartidos por gran parte de las elites, incluyendo aquí la propia Corona 58, el discurso contra las corridas de toros de esta minoría intelectual no estuvo amparado por las elites políticas y económicas.
Aun así, en 1904, el Partido Socialista Obrero Español consiguió, mediante su participación en el Instituto de Reformas Sociales, abolir de forma temporal las corridas de los domingos tras incluir la profesión de torero en el reglamento de la Ley de Descanso Dominical. La movilización de los aficionados, ganaderos y toreros, jaleados por el altavoz de la prensa taurina, el informe del Consejo de Estado y la decisión del Consejo de Ministros lograron siete meses después el total restablecimiento de las corridas. Las elites políticas rechazaron en esa época toda proposición parlamentaria que abordase la eliminación de las corridas de toros, consiguiendo desactivar a principios de siglo la pujanza de organizaciones antitaurinas como la Comisión Abolicionista de las Corridas de Toros, liderada por el político republicano Tiberio Ávila 59.
El socialismo español intentó construir un nuevo modelo masculino representado por la figura del trabajador consciente. Este «nuevo hombre» se oponía al estereotipo normativo de la masculinidad, caracterizado por su nacionalismo y agresividad latente 60. El líder de los socialistas, Pablo Iglesias, apostaba por crear «hombres conscientes y vigorosos que puedan constituir una sociedad civilizada de paz y de concordia, que es el ideal de la humanidad dolorida» 61. Por ello, para los socialistas, la fiesta taurina era un freno al progreso y a la civilización, un obstáculo para el nacimiento de un nuevo hombre español. El discurso socialista describió la corrida como un impedimento para la emancipación de las clases obreras. Las características de la identidad masculina nacional, encarnadas en el cuerpo del torero, se oponían al modelo de trabajador consciente 62 que los intelectuales socialistas perfilaban como un nuevo ideal masculino 63. El socialista Conrado de Anteyo, aun reconociendo que su partido era la única organización que luchaba por la abolición de las corridas, afirmaba en la publicación Vida Socialista que no todos los socialistas compartían una visión crítica de la fiesta taurina 64.
La masculinidad del aficionado a los toros fue también asociada al donjuanismo. El periodista socialista José Alcina Navarrete explicaba con estas palabras el motivo de la pasividad de los españoles frente a la «aventura estúpida» en la que el Gobierno español había embarcado al pueblo en su guerra con Marruecos: «Pues sencillamente por falta de virilidad, esa virilidad tan chula que se pone á prueba todos los días por defender á cualquier torero de altura ó en traspasar el corazón á las hembras por cualquier motivo insignificante» 65. La figura del Don Juan fue criticada como el reverso del ideal masculino anhelado por los sectores que querían reformar la masculinidad española tras el Desastre del 98 debido a su «naturaleza irreflexiva, improductiva e irresponsable» ligada al prototipo del hombre español 66.
Alejados del modelo masculino del legendario caballero español, los sectores más progresistas de la sociedad española requerían a los hombres españoles tener valor, pero un valor «sereno, consciente, grave» 67 que estuviese «al servicio de la inteligencia más compleja y perspicaz» 68. Estos intelectuales reivindicaban una identidad masculina nacional basada en el «honor-autocontrol», que implicaba el rechazo de la violencia y el ejercicio de la negociación 69, frente al «honor-valor» del torero, definido por Rafael Núñez Florencio como «el héroe vulnerable, víctima y verdugo, el ser que muere y mata sin perder nunca su dignidad» 70.
Desde el mundo taurino y desde las esferas ideológicas más imbuidas del casticismo, la corrida fue representada como un instrumento para la salvaguarda de la virilidad del pueblo español. La crisis de la masculinidad nacional desembocó en la formación de proyectos de regeneración de la virilidad que se impusieron al discurso antitaurino. Durante las primeras décadas del siglo xx, los periodistas taurinos defendieron la imagen del torero como un ideal masculino capaz de impedir el supuesto proceso de feminización de la sociedad española. Esta postura fue refrendada en diferentes ocasiones desde la Administración del Estado.
En mayo de 1898, meses antes del Tratado de París, el Estado organizó las denominadas «corridas patrióticas». Estas corridas fueron utilizadas para reforzar la virilidad nacional. En este sentido, podemos comprender dicho fenómeno como la exaltación del mito colectivo de la corrida para responder a los traumas nacionales 71. Por primera vez, la corrida era utilizada de manera explícita por las autoridades públicas para fomentar el sentimiento nacional entre las masas. El espectáculo nacional, inscrito en la vida cotidiana del pueblo español, era, desde las décadas centrales del siglo xix, un mecanismo de reproducción sutil e implícito del sentimiento nacional 72. Sin embargo, en las corridas patrióticas de mayo de 1898 y más tarde en las de septiembre de 1921 73, coincidiendo con las crisis más importantes del ejército español, el objetivo era servirse de este símbolo para recordar a los españoles que, pese a las derrotas, el pueblo español era y seguía siendo viril.
Para ello, Joaquín Sorolla dibujó para las entradas de la corrida patriótica de Madrid en 1898 un hombre con el torso desnudo y coronado por laureles, sosteniendo la bandera nacional en la que se podía leer la palabra «patria» en mayúsculas y banderolas con los nombres de las grandes victorias militares de la historia de España como Breda, Lepanto, Bailén, Pavía, San Quintín y Covadonga 74. Esta alegoría masculina de España contrastaba con la imagen femenina del cartel de la corrida. Emilio Sala pintó para dicho cartel a una mujer, que representaba a la nación española, levantando la bandera nacional horizontalmente y protegiendo la urna funeraria que contenía las cenizas de los soldados muertos en Cuba, en una procesión en la que estaba escoltada por «marineros de guerra y gastadores de infantería» 75. Esta metáfora de la nación aludía al duelo de una madre y, a su vez, servía para subrayar el heroísmo y el sacrificio de los mártires 76, glorificando un modelo de virilidad nacional predispuesto a defender la patria hasta las últimas consecuencias. Antes de empezar la corrida en una plaza repleta de símbolos nacionales, los espectadores pudieron escuchar la marcha de Cádiz 77, que ese mismo año fue propuesta como himno nacional 78. En el programa oficial de la corrida patriótica de la Diputación Provincial de Madrid, las analogías entre la corrida y la virilidad de los españoles fueron la nota recurrente en todos los textos incluidos en la publicación: «La lucha de la fiera y el hombre en el circo taurino simboliza el valor indomable de la raza española» 79.
En un momento histórico en el que las naciones vivas absorbían a las naciones moribundas, según los términos utilizados por Lord Salisbury en 1898, los periodistas taurinos insistieron en caracterizar la corrida como un espectáculo que permitía mantener la «virilidad tan necesaria en la lucha pacífica, pero enérgica, de los pueblos modernos para adquirir robustez, sin la que se hunden y perecen absorbidos por otros como ley natural» 80. El periodista Manuel Bueno, tras la muerte de un torero, afirmaba en La Esfera que «el espíritu nacional, que echaban de menos Costa, Silvela y Macías Picavea y que aún hoy se duelen de no advertir Unamuno, Maeztu y Ortega-Gasset, existe y se manifiesta con viril concreción» 81 en las corridas de toros.
En Europa, como afirma André Rauch, las prácticas deportivas fueron también utilizadas para ahuyentar y combatir la obsesión de la degeneración masculina 82. El deporte en general, y en particular el fútbol 83, fue considerado un elemento indispensable para la virilización de la raza española. Fue también en esos años cuando nació la Organización de los Exploradores Españoles, una «expresión regeneracionista envuelta en un discurso de exaltación nacional» 84. El médico Gregorio Marañón, que contribuyó a robustecer el esencialismo biológico de la masculinidad y la feminidad, afirmaba que el deporte contribuía a desarrollar las características viriles del cuerpo:
«Es, pues, indudable, que en un muchacho cualquiera una educación de tipo muy varonil estimulará el desarrollo no solo de sus hábitos viriles [...] sino el desarrollo de su tejido específico, de sus órganos viriles, es decir, de una condición anatómica y permanente. A la vez, naturalmente, se dificultará el desarrollo de sus elementos femeninos. E inversamente sucederá en una muchacha, según se eduque o no en un ambiente de feminidad [...]. El aumento, que hoy observamos, de muchachas con estigmas físicos de virilización [...] me parece, sin duda, debido al exceso de deporte, es decir, al abuso de una actividad viril» 85.
Los ideales de la educación deportiva, defendidos también desde la ciencia, permitieron reactivar la diferenciación sexual y renovar la misoginia por la que la masculinidad era considerada como superior a la feminidad 86.
Esta misoginia se materializó en la Real Orden del 2 de julio de 1908 promulgada por Juan de la Cierva y Peñafiel, ministro de Gobernación del denominado Gobierno largo del Partido Conservador dirigido por Antonio Maura. Días antes de anunciar la ley, el propio ministro afirmaba en la prensa: «tengo el criterio de que las mujeres no deben torear» 87. Esta legislación excluía a las mujeres de los ruedos españoles. Por un lado, la interdicción puede ser enmarcada en el seno de un programa legislativo de corte paternalista que fue erigido para proteger a las mujeres y también a los niños de trabajos supuestamente peligrosos. Por otro lado, esta decisión debe ser entendida también como el resultado de las resistencias masculinas a la participación de las mujeres en una práctica que representaba la virilidad de los españoles.
El Gobierno frenaba de esta manera el ascenso y la notoriedad pública de toreras como La Reverte, que consiguieron hacerse un hueco en el mundo taurino en el periodo del cambio de siglo. Esta prohibición fue una de las manifestaciones de la consolidación del orden de género establecido a principios de siglo xx frente a los tímidos progresos de las mujeres españolas 88. A partir de este momento, una vez eliminadas estas intrusas, era necesario defender la masculinidad hegemónica, representada por el torero, frente al surgimiento de modelos alternativos de la masculinidad como el socialista.
Ramón del Valle-Inclán fue una de las excepciones más relevantes del Regeneracionismo, ya que se significó como firme defensor de las corridas de toros. El dramaturgo español criticó la campaña antitaurina realizada por unos escritores a los que calificaba de «cursis» y faltos de vigor 89. Como ha mostrado Karin Peters, Ramón del Valle-Inclán utilizó sus novelas para criticar la degeneración de la virilidad nacional, modelando a través de sus personajes su ideal de masculinidad, antitético a la masculinidad frágil y débil que ridiculizaba en sus relatos 90. La palabra «cursi» fue utilizada para representar a los antitaurinos, como evidenciaba Miguel de Unamuno: «Se ha declarado cursi el pronunciarse contra él [el espectáculo taurino]» 91. Los defensores de la fiesta taurina no solo caracterizaban a los antitaurinos como afeminados, sino también como antiespañoles 92. Para Valle-Inclán, España, que era una nación fuerte, se había transformado en un pueblo que lloraba como una mujer ante la muerte de un torero 93.
La postura de los autores del Novecentismo fue totalmente diferente a la del Regeneracionismo. A pesar de que siguieron reconociendo ciertos defectos de la fiesta nacional, los novecentistas la valorizaron como una representación positiva de la idiosincrasia y el temperamento del pueblo español 94. Este giro interpretativo fue favorecido por la aparición del torero Juan Belmonte. La amistad de Belmonte con gran parte de esta nueva generación de escritores y artistas mitigó el discurso antitaurino entre los círculos intelectuales y colaboró en la consolidación de la hegemonía del estereotipo masculino nacional del torero. Ramón del Valle-Inclán, Julio Camba, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Sebastián Miranda, Julio Antonio, Julio Romero de Torres, Enrique de Mesa, Joaquín Dicenta, Pedro de Répide, José López Pinillos o Luis de Tapia 95 se convirtieron en amigos del torero que se transformó en un nuevo mito masculino español.
Este proceso fue posible en parte gracias a la personalidad de Belmonte, descrito como «antiflamenco» 96, que representaba un modelo antagónico al estereotipo tradicional del torero, lo que le valió muchas críticas en el medio taurino, ya que un torero debía hablar «de toros, de mujeres, de vino, de cante flamenco, de cortijos y de cacerías» 97. Belmonte era un lector empedernido 98 y un amante de las obras de arte 99. El torero, que vestía a la manera anglosajona 100, era descrito como un hombre humilde 101 y como un padre y marido responsable 102. Belmonte frecuentaba las tertulias de los intelectuales 103 y rehuía hablar de toros frente a los periodistas 104. Ramón Gómez de la Serna aseguraba que Belmonte era su torero favorito dentro y fuera de la plaza, donde apoyaba la obra de los intelectuales españoles 105. A su llegada a Madrid en 1913, un gran número de personajes públicos del mundo de la cultura, entre los que se encontraban, por ejemplo, Ramón del Valle-Inclán o Ramón Pérez de Ayala, ofreció un banquete a Belmonte en los jardines del Retiro. El periódico La Época se burlaba de dichos escritores «progresivos y conscientes» que «son los que luego publican artículos hablando de las catástrofes nacionales» 106. Estos artistas y escritores anunciaban en una carta la invitación al torero al que consideraban un igual:
«Las artes todas son hermanas mellizas, de tal manera que capotes, garapullos, muletas y estoques, cuando los sustentan manos como las de Juan Belmonte y dan forma sensible y depurada a un corazón heroico como el suyo, no son instrumentos de más baja jerarquía estética que plumas, pinceles y buriles, antes los aventajan, porque el género de belleza que crean es sublime por momentánea, y si bien el artista, de cualquier condición que sea, se supone que otorga por entero su vida en la propia obra, solo el torero hace plena abdicación y holocausto de ella» 107.
Juan Belmonte podía ser admirado por estos autores porque el hombre que se escondía bajo el traje de luces se ajustaba a un modelo masculino acorde a los valores de la civilización, encarnando así las transformaciones del modelo de masculinidad española propuestas por los nuevos moralistas laicos 108. Las alabanzas de hombres como el escritor Ramón Pérez de Ayala o el médico Gregorio Marañón 109 hacia la figura de Belmonte nos permiten asociar este torero a un proyecto reformista de la masculinidad nacional que giraba en torno a los valores del progreso y la civilización. Este proceso, que podemos comparar al apoyo de las elites políticas y culturales a Francisco Montes a mediados del siglo xix, basado también en la masculinidad respetable de este torero 110, favoreció de nuevo la exaltación de la corrida en la sociedad española a principios del siglo xx. Sin embargo, a pesar de alejarse de las características negativas del flamenquismo, los intelectuales regeneracionistas antitaurinos siguieron criticando a Belmonte 111.
Ramón Pérez de Ayala, aficionado a las corridas, creía que los «apóstoles antitaurinos» no eran escuchados «ni para bien ni para mal» 112. El escritor afirmaba que, si fuese dictador de España, suprimiría de inmediato las corridas, pero consideraba que para él estas eran divertidas e instructivas. Pérez de Ayala reconocía que el comportamiento de los espectadores no era el adecuado, pero no creía que el espectáculo taurino fuese responsable de ello ni tampoco de la decadencia nacional:
«Son una cosa tan nuestra [las corridas], tan obligada por la naturaleza y la historia como el habla que hablamos. Nacieron con España y es de barruntar que no concluyan sino cuando ella concluya. [...] Nuestra decadencia histórica y las corridas de toros son, en mi sentir, fenómenos independientes. [...] ¿Hemos de achacar a los toros la culpa de este carácter del público? No. Lo que ocurre es que en los toros, espectáculo sobremanera apasionado, se descubre constantemente al desnudo el carácter del pueblo español» 113.
La postura ambivalente de Pérez de Ayala difiere de la contundencia con la que se expresaba el filósofo José Ortega y Gasset para defender las corridas de toros. Para este, la corrida había sido el acontecimiento que había hecho más feliz a una gran parte de los españoles e inspirado a los artistas españoles más reconocidos, contribuyendo también al desarrollo económico de España 114. El intelectual español sostenía que la única excepción en la que la sangre no producía repugnancia en los hombres era cuando esta surgía del morro de un toro 115. José Ortega y Gasset se maravillaba de que «siendo el toreo ocupación silenciosa, que se ejercita taciturnamente, sin embargo, da enormemente que hablar» 116.
Por oposición a Unamuno, Ortega y Gasset argumentaba que la regeneración nacional solo era posible a partir de la restauración de los valores de la masculinidad tradicional 117 y apreciaba el apetito de peligro, el entusiasmo, el honor y la fidelidad del guerrero frente a la utilidad y la racionalidad del empresario industrial: «La ética industrial [...] es moral y vitalmente inferior a la ética del guerrero» 118. Zaida Godoy Navarro define el modelo masculino orteguiano a través del cual la nación debía regenerarse mediante estas características: «Su brío y energía, el deseo de luchar, de usar la violencia y de imponerse cuando las circunstancias lo requieran» 119. Podemos afirmar pues que el modelo masculino del torero se integraba a la perfección en el modelo masculino que tenía la misión de vertebrar España y solucionar la defectuosa génesis de la nación 120. El éxito de Belmonte entre los intelectuales fue tal que Ortega y Gasset lo utilizaba en sus escritos para ilustrar sus teorías filosóficas 121. Eugenio Noel reprochaba a intelectuales como Ortega y Gasset o Eugeni d’Ors que tratasen de analizar la corrida desde un punto de vista filosófico 122.
Joselito y Belmonte protagonizaron la denominada Edad de Oro del toreo moderno. La crisis que atravesó la corrida, manifestada en la ausencia de grandes celebridades desde la retirada en 1899 del torero Rafael Guerra Bejarano, apodado Guerrita, y en las pérdidas económicas de los diferentes actores del medio taurino en esos años 123, fue contrarrestada por el desarrollo de la rivalidad entre Joselito y Belmonte. En este momento histórico, el prestigio de la figura del torero aumentó de una forma inimaginable en la sociedad española gracias, sobre todo, al apoyo a la fiesta nacional de un gran número de intelectuales, escritores y artistas 124. La rivalidad entre Joselito y Belmonte puede ser interpretada como la revirilización del espectáculo taurino tras la prohibición a las mujeres de torear en 1908.
El estilo tauromáquico de Belmonte, que toreaba más cerca de los cuernos del toro de lo que nadie lo había hecho 125, supuso una revolución del arte taurino, como atestiguó Ernest Hemingway 126. Esta peculiar manera de burlar al toro, la más peligrosa, le valió el apodo de El Misterioso y la veneración de los espectadores que veían en cada lance cómo se rozaba la tragedia 127. Como explicaba Ramón Pérez de Ayala, la osadía de Belmonte era la clave de su éxito entre las clases populares, mientras que su rival Joselito, representante del virtuosismo técnico, se convirtió en el torero preferido de la burguesía:
«Belmonte es, por lo pronto, el torero que goza fama de más valiente. Es, en consecuencia, el ídolo popular. Belmonte, entre la plebe española, mejor que hombre es un mito. Se han compuesto en su encarecimiento coplas a manera de loas, oraciones rimadas, y hasta circulan en Andalucía imágenes suyas, coronadas de nimbo celestial y con esta inscripción: “San Juan de Triana”. La canonización en vida. Joselito es, sin disputa, el torero más habilidoso. El público burgués le tiene levantado sobre su cabeza. [...] El pueblo siente no disimulada antipatía por Joselito, a causa de su falta de valor» 128.
El torero afirmaba que Valle-Inclán solía decirle: «¡Juanito! No te falta más que morir en la plaza» 129. La figura de Belmonte se mitificó en gran parte gracias a su innovadora manera de torear, basada en una valentía temeraria frente a la muerte. Su coraje reforzaba la imagen del ideal masculino heroico y viril que estaba destinado a regenerar la patria. En un contexto histórico en el que las características del soldado como «el valor, la dureza, el estoicismo ante las penalidades, la fortaleza, la resistencia, el autocontrol, la voluntad firme, la victoria» conformaban una identidad masculina deseable también en la retaguardia 130, Belmonte se convirtió en una personificación del soldado-ciudadano. En 1921, Belmonte participó en la corridas patrióticas de Madrid y también de Barcelona, donde el torero decidió brindar la muerte del toro por «la belleza de las presidentas, por Cataluña, por España y por el Ejército» 131. Asimismo, el cuerpo del torero sufrió, durante su trayectoria taurina, su propio proceso de regeneración: «De aquella figurilla raquítica queda solamente el recuerdo humorístico de sus caricaturas [...] se le veía con un vigor y una musculatura que nunca podíamos esperar de un candidato seguro á la tuberculosis» 132. Las representaciones masculinas nacionales proyectadas por este torero contribuían a difuminar los presuntos efectos que la degeneración de la virilidad provocaba en el pueblo español.
La corrida de toros y su personaje principal, el torero, símbolos del retraso de España para la mayoría de autores regeneracionistas, se reconvertían para una gran parte de la Generación de 1914 en representaciones positivas de la masculinidad nacional. José Bergamín argüía que la corrida reunía todas las cualidades físicas e intelectuales del hombre 133. Autores de la talla de Ramón del Valle-Inclán y de José Ortega y Gasset, que describían a España como una nación afeminada, fueron grandes defensores de la virilidad representada en el espectáculo de la corrida. Para estos intelectuales, la nación necesitaba un ideal masculino vigoroso y agresivo que fuese capaz de regenerar un país sumido en el abatimiento y la pusilanimidad. En este sentido, la llegada de Juan Belmonte permitió a los novecentistas reconocer en la figura del torero la simbolización de una renovada virilidad nacional.
La contestación de la masculinidad nacional representada por el torero que construyeron discursivamente los intelectuales regeneracionistas más progresistas, materializada políticamente a través del republicanismo y del socialismo, no logró sus objetivos. La llegada al poder del africanismo militarista en 1923 confirmó la victoria entre las elites políticas de los discursos de la masculinidad hegemónica, que sometieron a los nuevos modelos masculinos emergentes. Así lo expresaba Primo de Rivera en el manifiesto publicado en toda la prensa nacional: «Este movimiento es de hombres: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón, sin perturbar, los días buenos que para la Patria preparamos. ESPAÑOLES: ¡VIVA ESPAÑA Y VIVA EL REY!» 134. Como ha explicado Darina Martykánová, el problema de la virilidad nacional no supuso finalmente la construcción de un hombre español nuevo 135.
A partir de la muerte de su rival directo, Joselito, en la arena de Talavera en 1920, Juan Belmonte se transformó en un icono de la naciente sociedad de masas. Tras su primera retirada en 1922, Belmonte se dedicó a participar en diferentes películas como Frivolinas, El Relicario o La Malcasada. En esta última, dirigida por Francisco Gómez Hidalgo 136, participó un amplio abanico de personajes de la vida pública española. Esta película, utilizada para proyectar una determinada imagen de los militares africanistas y de la clase intelectual 137, sirvió también para legitimar la imposibilidad legal del divorcio, objeto de polémica desde principios del siglo xx 138. El propio Gómez Hidalgo 139, y más tarde Manuel Chaves Nogales 140, escribieron sendas biografías de Belmonte que reforzaron el carácter mítico del personaje. El éxito de Belmonte traspasó las fronteras españolas y le hizo aparecer en la portada de la revista estadounidense Time en enero de 1925, portada a la que se asomaron solo tres españoles más en los años 1920: el rey Alfonso XIII, la actriz y cantante Raquel Meller, imagen de la feminidad española 141, y el dictador Primo de Rivera.
En conclusión, las representaciones nacionales y masculinas producidas a través de la corrida de toros fueron, en efecto, utilizadas en la querella de la masculinidad nacional. Tras la virulencia del discurso antitaurino del Regeneracionismo, la reafirmación de la corrida como símbolo nacional viril, mediante la exclusión jurídica de las toreras en 1908 y la elevación de Belmonte a mito nacional por el Novecentismo, permitió blindar la tríada corrida-nación-masculinidad que se había articulado en las décadas centrales del siglo xix, en paralelo a la definición cultural de la identidad masculina española, sellando así la esencia viril de la lidia de toros y, por extensión, de la propia nación española.
Juan Belmonte fue clave en este proceso de reafirmación de la corrida de toros como un símbolo de la masculinidad nacional, logrando fusionar dos imágenes en apariencia antitéticas: el torero representaba fuera de las plazas el modelo del que debía ser, para los teóricos sociales laicos y los reformadores liberales, el hombre moderno español 142, simbolizado por este padre de familia responsable, de fuertes inquietudes intelectuales, autocontrolado y humilde, y el modelo del legendario caballero español 143, defendida por el militarismo africanista y escenificada en la arena de las plazas por el «honor-valor» de este torero. Juan Belmonte hizo posible el proceso de renacionalización de la corrida porque era un representante de una masculinidad que podemos considerar como híbrida, realizando una síntesis entre el modelo de soldado patriótico y viril, y un modelo de masculinidad más racional, en consonancia con los valores del progreso y la modernidad, que le permitió codearse con grandes figuras del mundo de la cultura.
1 Mercedes Ugalde (coord.): Género y construcción nacional: una perspectiva internacional, dosier de Arenal: Revista de historia de las mujeres, 3-2 (1996); Patricia Bastida Rodríguez, Isabel Carrera Suárez y Carla Rodríguez González (coords.): Nación, diversidad, género. Perspectivas críticas, Barcelona, Anthropos, 2010, y Ana Aguado y Mercedes Yusta (coords.): Género, sexo y nación: representaciones y prácticas políticas en España (siglos xix-xx), dosier de Mélanges de Casa Velázquez, 42-2 (2012).
2 Xavier Andreu (ed.): Género y nación en la España contemporánea, dosier de Ayer, 106 (2017); Nerea Aresti, Julia Brühne y Karin Peters (eds.): ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo xx, Granada, Comares, 2017, y Nerea Aresti y Darina Martykánová (eds.): Masculinidades, nación y civilización en la España contemporánea, dosier de Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017).
3 Ida Blom, Karen Hagemann y Catherine Hall (eds.): Gendered Nations: Nationalisms and Gender Order in the Long Nineteenth Century, Nueva York, Berg, 2000, y Nira Yuval-Davis: Gender and Nation, Londres, Sage, 1997.
4 Benedict Anderson: Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Londres, Verso, 1983.
5 Anne McClintock: Imperial Leather: Race, Gender and Sexuality in the Colonial Context, Nueva York, Routledge, 1995, pp. 350-390.
6 Mercedes Arbaiza: «Obreras, amas de casa y mujeres liberadas. Trabajo, género e identidad obrera en España», en Mary Nash (ed.): Feminidades y masculinidades. Arquetipos y prácticas de género, Madrid, Alianza Editorial, 2014, pp. 129-157.
7 Stefan Dudink, Karen Hagemann y John Tosh (eds.): Masculinities in Politics and War: Gendering Modern History, Manchester, Manchester University Press, 2004, y Joane Nagel: «Masculinity and Nationalism: Gender and Sexuality in the Making of Nations», Ethnic and Racial Studies, 21, 2 (1998), pp. 242-269.
8 Alberto Banti: La nazione del Risorgimento. Parentela, santità e onore alle origini dell’Italia uñita, Roma, Einaudi, 2000; Joan Landes: Visualizing the Nation: Gender, Representation and Revolution in Eighteenth-Century France, Londres, Cornell University Press, 2003, e Ilaria Porciani: «Famiglia e nazione nel lungo Ottocento», en Ilaria Porciani (ed.): Famiglia e nazione nel lungo Ottocento italiano. Modelli, strategie, reti di relazioni, Roma, Viella, 2006, pp. 15-53.
9 Nerea Aresti: «El ángel del hogar y sus demonios. Ciencia, religión y género en la España del siglo xix», Historia Contemporánea, 21 (2000), pp. 363-394, esp. p. 378.
10 Juan Francisco Fuentes: «Iconografía de la idea de España en la segunda mitad del siglo xix», Cercles. Revista d’Història Cultural, 5 (2002), pp. 8-25, esp. p. 13.
11 Xavier Andreu: El descubrimiento de España. Mito romántico e identidad nacional, Madrid, Taurus, 2016, pp. 273-281.
12 Xavier Andreu: «De cómo los toros se convirtieron en fiesta nacional: los “intelectuales” y la “cultura popular”», Ayer, 72 (2000), pp. 27-56, e íd.: «¡Cosas de España! Nación liberal y estereotipo romántico a mediados del siglo xix», Alcores, 7 (2009), pp. 39-61, esp. p. 61.
13 Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad. Una mirada de género a la crisis del 98», en Mary Nash (ed.): Feminidades y masculinidades. Arquetipos y prácticas de género, Madrid, Alianza Editorial, 2014, pp. 47-73.
14 Richard Cleminson y Francisco Vázquez García: «Los Invisibles»: A History of Male Homosexuality in Spain, 1850-1939, Cardiff, University of Wales, 2007, p. 175.
15 Inmaculada Blasco: «Mujeres y nación: ser españolas en el siglo xx», en Xosé Manoel Núñez Seixas y Javier Moreno Luzón (eds.): Ser españoles: imaginarios nacionalistas en el siglo xx, Barcelona, RBA, 2013, pp. 170-171.
16 Luis Martínez del Campo: «La educación del gentleman español. La influencia británica sobre la elite social española (1898-1936)», Ayer, 89 (2013), pp. 123-144, esp. p. 131.
17 Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad...», pp. 51 y 60.
18 Nerea Aresti y Daryna Martykánová: «Masculinidades, nación y civilización en la España contemporánea: Introducción», Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017), pp. 11-17, esp. p. 14.
19 Edward Said: L’orientalisme. L’Orient créé par l’Occident, París, Éditions du Seuil, 2005.
20 Xavier Andreu: El descubrimiento de España..., p. 40, y Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad...», pp. 59-62.
21 Richard Cleminson y Francisco Vázquez García: «Los Invisibles»: A History..., pp. 186-187.
22 Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad...», p. 54.
23 Nerea Aresti: «El gentleman y el bárbaro. Masculinidad y civilización en el nacionalismo vasco (1893-1937)», Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017), pp. 83-103, y Helena Miguélez-Carballeira: «El imperio interno: discursos sobre masculinidad e imperio en los imaginarios nacionales español y catalán del siglo xx», Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017), pp. 105-128.
24 Ferran Archilés: «Piel moruna, piel imperial. Imperialismo, nación y género en la España de la Restauración», Mélanges de Casa Velazquez, 42, 2 (2012), pp. 37-54; Susan Martín-Márquez: Desorientaciones. El colonialismo español en África y la performance de identidad, Barcelona, Bellaterra, 2011, pp. 191-253, y Gemma Torres Delgado: «La nación viril. Imágenes masculinas de España en el africanismo reaccionario después de la derrota de Annual (1921-1927)», Ayer, 106 (2017), pp. 133-158.
25 Ann Laura Stoler: Carnal Knowledge and Imperial Power: Race and the Intimate in Colonial Rule, Los Ángeles, University of California Press, 2002, p. 16.
26 Ferran Archilés: «Una nación descamisada: Ortega y Gasset y su idea de España durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918)», Rúbrica Contemporánea, 4, 8 (2015), pp. 29-47.
27 Nerea Aresti: «Masculinidad y nación en la España de los años 1920 y 1930», Mélanges de Casa Velazquez, 42, 2 (2012), pp. 55-72.
28 Anacleto Pons y Justo Serna: La historia cultural. Autores, obras, lugares, Madrid, Akal, 2013.
29 Roger Chartier: «Le monde comme représentation», Annales: Économies, Sociétés, Civilisations, 44, 6 (1989), pp. 1505-1520.
30 Nerea Aresti: Médicos, donjuanes y mujeres modernas: los ideales de feminidad y masculinidad en el primer tercio del siglo xx, Bilbao, Universidad de País Vasco, 2001, pp. 12-13.
31 Xavier Andreu: «El género de las naciones. Un balance y cuatro propuestas», Ayer, 106 (2017), pp. 21-46, esp. p. 45.
32 Raewyn Connell: Masculinités. Enjeux sociaux de l’hégémonie, París, Éditions Amsterdam, 2014, pp. 74-76.
33 Ibid., p. 74. En este caso, Connell hace referencia a los actores de cine o a los papeles masculinos que representan en sus películas.
34 Xavier Andreu: «De cómo los toros...», pp. 55-56, y Rafael Núñez Florencio: «Los toros, fiesta nacional», en Javier Moreno Luzón y Xosé Manoel Núñez Seixas (eds.): Ser españoles: imaginarios nacionalistas en el siglo xx, Barcelona, RBA, 2013, pp. 441-442.
35 Pedro Rodríguez de Campomanes: Discurso sobre el fomento de la industria popular, Madrid, Imprenta de D. Antonio de Sancha, 1774, p. 129.
36 Gaspar Melchor de Jovellanos: Obras de Jovellanos, Barcelona, Imprenta de D. Francisco Oliva, 1839, p. 260.
37 Joaquín Costa: Ideario de Costa. Recopilación de José García Mercadal, Madrid, Biblioteca Nueva, 1932, pp. 301-302.
38 Ramiro de Maeztu: Hacia otra España, Bilbao, Imprenta Andrés P. Cardenal, 1899, p. 126.
39 Ibid., p. 22.
40 Ricardo Macías Picavea: El problema nacional, Madrid, Imprenta G. Juste, 1899, p. 143.
41 Ibid., p. 346.
42 Joaquín Costa: Costa contra los toros. Costa por el árbol. Costa y el desastre: primera colección de artículos del Gran Hombre, Zaragoza, Egido, 2000, p. 5.
43 Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad...», pp. 60-62, y Darina Martykánová: «Los pueblos viriles y el yugo del caballero español. La virilidad como problema nacional en el regeneracionismo español (1890s-1910s)», Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017), pp. 26-27.
44 Joaquín Costa: Los siete criterios de Gobierno, t. 7, Madrid, Biblioteca Costa, 1914, pp. 176 y 222.
45 Richard Cleminson y Francisco Vázquez García: «Los Invisibles»: A History..., p. 177.
46 Pío Baroja: El árbol de la ciencia [1911], Madrid, Alianza Editorial, 1979, p. 222.
47 Miguel de Unamuno: Obras completas, t. 5, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 355-356.
48 Sandra Álvarez: «La corrida fin de siècle: un loisir controverse (parcours dans la presse de 1890 à 1915)», Les travaux du CREC, 6 (2009), p. 291.
49 Jean-Claude Rabeté: «Miguel de Unamuno et la “fiesta nacional”», en Jean-René Aymes y Serge Salaün: Être espagnol, París, Presses Sorbonne Nouvelle, 2000, pp. 241-279.
50 Flamenquería o flamenquismo: definido por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como la «propensión a las actitudes achuladas».
51 Eugenio Noel: Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca, Valencia, F. Sempere y Compañía, 1913, e íd.: Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos [1916], Córdoba, Berenice, 2014.
52 Citado por Rosario Cambria: Los toros: tema polémico en el ensayo español del siglo xx, Madrid, Gredos, 1974, pp. 197, 200 y 201.
53 Eugenio Noel: Señoritos chulos..., pp. 111-112.
54 Ibid.
55 José Javier Díaz Freire: «Miguel de Unamuno: la feminización de la masculinidad moderna», Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017), pp. 39-58, esp. p. 56.
56 Eugenio Noel: Escritos antitaurinos, Madrid, Taurus, 1967, pp. 61-62.
57 Citado por Rosario Cambria: Los toros..., pp. 189-190.
58 Antonio Niño: «El rey embajador. Alfonso XIII en la política internacional», en Javier Moreno Luzón (ed.): Alfonso XIII: un político en el trono, Madrid, Marcial Pons Historia, 2003, pp. 239-276, esp. p. 248.
59 José D. Benavides: «Un enemigo de las corridas de toros... Don Tiberio Ávila, el último diputado de las Constituyentes del 73», Estampa, 22 de julio de 1930, pp. 33-34.
60 George Mosse: La imagen del hombre. La creación de la moderna masculinidad, Madrid, Talasa, 2000, p. 19.
61 Augusto C. De Santiago: «El problema obrero», El Día, 26 de mayo 1903, p. 1.
62 Carlos Serrano: «De l’habit de lumière à l’Espagne noire», en Jean-Paul Duviols, Araceli Guillaume-Alonso y Annie Moliné-Bertrand (coords.): Des taureaux et des hommes, París, Presses de l’Université de Paris-Sorbonne, 1999, p. 53.
63 Miren Llona: «Las contradicciones de la respetabilidad. Género y cultura política socialista en el primer tercio del siglo xx», Historia, Trabajo y Sociedad, 5 (2014), pp. 45-64, esp. p. 47.
64 Conrado de Anteyo: «Los toros, producto de la civilización», Vida Socialista, 24 de marzo de 1912, pp. 9-10.
65 José Alcina Navarrete: «Continúa el desangre», Vida Socialista, 4 de agosto de 1912, p. 12.
66 Nerea Aresti: «Masculinidad y nación...», pp. 62-64.
67 Eugenio Noel: Escenas y andanzas..., p. 237.
68 Miguel de Unamuno: Obras Completas, t. 3, p. 1015.
69 Anne-Marie Sohn: Sois un homme! La construction de la masculinité au xixe siècle, París, Seuil, 2009, pp. 114-115.
70 Rafael Núñez Florencio: «Los toros...», p. 457.
71 Wolfgang Schivelbusch: The Culture of Defeat. On National Trauma, Mourning and Recovery, Nueva York, Metropolitan Books, 2003.
72 Michael Billig: Banal Nationalism, Londres, Sage, 1995.
73 Las corridas patrióticas de 1921 fueron promovidas por la Cruz Roja meses después del desastre de Annual, pero contaron con la presencia de la familia real y el ejército.
74 Adrian Shubert: A las cinco de la tarde. Una historia social del toreo, Madrid, Turner, 2002, p. 254.
75 J. B.: «Recuerdos de la corrida patriótica», Blanco y Negro, 21 de mayo de 1898, pp. 15-16.
76 George Mosse: Soldados caídos. La transformación de las guerras mundiales, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2016.
77 J. B.: «Recuerdos de...», pp. 15-16.
78 María Nagore Ferrer: «Historia de un fracaso: el “himno nacional” en la España del siglo xix», Arbor. Ciencia, Pensamiento y Cultura, 187-751 (2011), pp. 827-845, esp. p. 840.
79 Antonio Guerra y Alarcón: «Símbolo nacional», en Programa oficial de la corrida patriótica, Madrid, Diputación Provincial, 1898, p. 21.
80 Citado por Adrian Shubert: A las cinco de la tarde..., p. 114.
81 Manuel Bueno: «Heroismo sin ventura», La Esfera, 18 de julio de 1914, p. 4.
82 André Rauch: «Le défi sportif et l’expérience de la virilité», en Alain Corbin, Jean-Jaques Courtine y Georges Vigarello (dirs.): Histoire de la virilité, t. 2, París, Seuil, 2011, p. 285.
83 Jorge Uría: «Imágenes de la masculinidad. El fútbol español en los años veinte», Ayer, 72 (2008), pp. 153-155.
84 Xavier Torrebadella Flix: «España, regeneracionismo y deporte durante la I Guerra Mundial», Athenea Digital, 16, 1 (2016), pp. 237-261, esp. p. 240.
85 Gregorio Marañón: Obras completas. Recopilación de Alfredo Juderías, t. 3, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, p. 337.
86 André Rauch: «Le défi sportif...», p. 286.
87 Mangue: «Voz de Alarma», El País, 28 de junio de 1908, p. 3.
88 David Castro Devesa: «La exclusión social y jurídica de las toreras: un símbolo de la consolidación del orden de género establecido (1895-1910)», Arenal. Revista de Historia de las Mujeres, 27, 1 (2020), pp. 199-218.
89 Don Pepe: «Valle Inclán y los toros», Palmas y pitos, 29 de marzo de 1915, pp. 3-4.
90 Karin Peters: «Las trampas de la memoria. Imaginación histórica y masculinidad nacional en El Ruedo Ibérico (1927-1932) de Ramón del Valle-Inclán», en Nerea Aresti, Julia Brühne y Karin Peters (eds.): ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo xx, Granada, Comares, 2017, pp. 157-172, esp. p. 158.
91 Miguel de Unamuno: Obras completas, t. 3, p. 944.
92 Conrado de Anteyo: «Los toros...», pp. 9-10, y Sobaquillo: «Tauromaquia a contrapelo», Nuevo Mundo, 17 de julio de 1915, p. 24.
93 Don Pepe: «Valle Inclán...», pp. 3-4.
94 Rosario Cambria: Los toros..., pp. 176-177.
95 Manuel Chaves Nogales: «Juan Belmonte, matador de toros; su vida y hazañas», Estampa, 19 de octubre de 1935, p. 33.
96 Antonio de la Villa: Belmonte: el nuevo arte de torear, Madrid, Espasa-Calpe, 1928, p. 419.
97 «Belmonte “intelectual”», The Kon Leche, 3 de agosto de 1914, p. 7.
98 Wenceslao Fernández Flórez: «Terremoto no está», ABC, 30 de abril de 1917, p. 9, y El Caballero Audaz: «La figura de la semana: Juan Belmonte», Nuevo Mundo, 15 de abril de 1921, p. 11.
99 F. González-Rigabert: «La mejor faena», El Globo, 10 de mayo de 1915, p. 1, y El Caballero Audaz: « La figura de la semana...», p. 11.
100 «Las reformas de Juanito», The Kon Leche, 13 de diciembre de 1915, pp. 5-6.
101 El Toreo, 23 de marzo de 1914, pp. 1-2.
102 El Caballero Audaz: « La figura de la semana...», p. 11.
103 J. M. Alonso: «Aquel banquete de los escritores y los artistas a Juan Belmonte», El Ruedo, 18 de julio de 1945, p. 17.
104 El Caballero Audaz: «La figura de la semana...», p. 11.
105 Citado por Antonio de la Villa: Belmonte..., pp. 365-367.
106 «Banquete á un ídolo taurino», La Época, 28 de junio de 1913, p. 2.
107 Ibid.
108 Nerea Aresti: «Masculinidad y nación...», pp. 58-61.
109 Rosario Cambria: Los toros..., p. 159. El hijo de Gregorio Marañón afirmaba: «Siempre les unió una mutua comprensión, llena de recíproca admiración, de afecto y de íntima y pública lealtad. Juan Belmonte fue su amigo y su torero».
110 Xavier Adreu: El descubrimiento de España..., pp. 264-265.
111 Rosario Cambria: Los toros..., p. 213.
112 Citado por ibid., p. 110.
113 Ramón Pérez de Ayala: Política y toros, Madrid, Calleja, 1918, p. 192.
114 José Ortega y Gasset: Obras Completas, t. 9, Madrid, Taurus, 1965, pp. 471-472 y 122-123.
115 Citado por Rosario Cambria: Los toros..., pp. 137-138.
116 Ibid., pp. 139-140.
117 José Javier Díaz Freire: «Miguel de Unamuno...», p. 56.
118 Citado por Zaida Godoy Navarro: «Masculinidad y nación: “Género político” en España y México a partir de los años veinte», en Nerea Aresti, Julia Brühne y Karin Peters (eds.): ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo xx, Granada, Comares, 2017, pp. 61-78, esp. p. 64.
119 Ibid., p. 63.
120 Aurora Morcillo: «Historia y género en el pensamiento orteguiano», en Nerea Aresti, Julia Brühne y Karin Peters (eds.): ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo xx, Granada, Comares, 2017, pp. 29-43, esp. p. 32.
121 José Ortega y Gasset: Obras Completas, t. 9, p. 363.
122 Rosario Cambria: Los toros..., p. 221.
123 José María de Cossío: Los toros, t. 1, Madrid, Espasa-Calpe, 1999, pp. 182 y 189.
124 Rafael Núñez Florencio: «Los toros...», p. 452.
125 Antonio de la Villa: Belmonte..., p. 398.
126 Ernest Hemingway: Muerte en la tarde [1932], Nueva York, Scribner, 1999, p. 61.
127 Ramón Pérez de Ayala: Política y toros..., pp. 247-248.
128 Ibid., pp. 247-248.
129 Manuel Chaves Nogales: Juan Belmonte, matador de toros: su vida y sus hazañas [1937], Madrid, Alianza Editorial, 1996, p. 157.
130 Gemma Torres Delgado: «La nación viril...», p. 147.
131 La Voz, 26 de septiembre de 1921, p. 4.
132 José Nuño de la Rosa: «Belmonte, ó la fuerza de una voluntad», La Lidia, 17 de diciembre de 1917, p. 5.
133 José Bergamín: Obra taurina, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, p. 37.
134 La Acción, 13 de septiembre de 1923, p. 1.
135 Darina Martykánová: «Los pueblos viriles...», pp. 36-37.
136 Francisco Gómez Hidalgo: La Malcasada, Latino Films, 1926.
137 Cristóbal Marín Molina: «La película La Malcasada como ejemplo de la proyección de la imagen estereotipada de los militares africanistas en los medios de comunicación», Revista Universitaria de Historia Militar, 6, 11 (2017), pp. 217-238.
138 Carmen de Burgos Seguí: El divorcio en España, Madrid, M. Romero, 1904.
139 A. Lamares: «Belmonte, el misterioso», El Globo, 11 de junio de 1913, p. 2.
140 Manuel Chaves Nogales: Juan Belmonte...
141 Marta García Carrión: «Peliculera y española. Raquel Meller como icono nacional en los felices años veinte», Ayer, 106 (2017), pp. 159-181, esp. p. 180.
142 Nerea Aresti: «Masculinidad y nación...», pp. 58-61.
143 Ibid., pp. 61-63.