Ayer 131 (3) 2023: 219-244
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1277
© Marco da Costa
Recibido: 24-10-2020 | Aceptado: 16-06-2021 | Publicado on-line: 10-04-2023
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

El Nuevo Estado español, más allá del nazismo y el fascismo italiano: la (re)interpretación del kemalismo y la figura de Atatürk durante la Guerra Civil

Marco da Costa

Saint Louis University (campus Madrid)
marcodacosta1@hotmail.com

Resumen: Este artículo pretende rescatar la figura del jurista Juan Beneyto en su papel como propagador del ideario kemalista durante los años de la Guerra Civil. Su tarea divulgadora se apoyaría también desde diferentes plataformas periodísticas como Nueva Economía Nacional, ABC (Sevilla), Vértice o Destino, donde, a partir de la muerte de Atatürk, periodistas y colaboradores incorporarían en sus respectivos artículos, de una manera, en cualquier caso, partidista, al fundador de la República turca junto con los modelos nacionalsocialista y fascista como sustento ideológico para la construcción del Nuevo Estado español.

Palabras clave: Juan Beneyto, Atatürk, Nuevo Estado, Guerra Civil española, totalitarismo.

Abstract: This article aims to rescue the figure of the jurist Juan Beneyto in his role as a propagator of the Kemalist ideology during the years of the Civil War. His dissemination task would also be supported by different journalistic platforms such as Nueva Economía Nacional, ABC (Sevilla), Vértice or Destino, where, after Atatürk’s death, journalists and collaborators would incorporate in their respective articles, in a way, in any case, partisan, to the founder of the Turkish Republic together with the National Socialist and Fascist models as ideological support for the construction of the New Spanish State>

Keywords: Juan Beneyto, Atatürk, New Spanish State, Spanish Civil War, totalitarianism.

Introducción

Este trabajo se enmarca dentro del debate establecido en plena Guerra Civil entre periodistas, escritores, intelectuales y juristas de la España nacional a la hora de cimentar los fundamentos ideológicos del edificio del Nuevo Estado que periclitarían las estructuras sociopolíticas de la República española. La mayoría de los miembros de la intelligentsia buscaron, entre los principales modelos, cosmovisiones consolidadas, afines y aliadas como eran el fascismo italiano, el nazismo o el Estado Novo salazarista 1. Con todo, el propósito principal se centrará en resaltar cómo la moderna Turquía nacida bajo el liderazgo de Atatürk también fue incorporada —si bien no como referencia frecuente en comparación con el resto de los líderes totalitarios anteriormente mencionados, al menos como mención teórica puntual dentro de la extensa bibliografía que surgiría después de la creación del Nuevo Estado español— por alguno de aquellos ideólogos del Derecho político a esa galería de regímenes alternativos al parlamentarismo y al comunismo de la época. La inclusión de la Turquía de Atatürk entre los países a la cabeza del Nuevo Orden europeo tendrá, por contrapartida, un estudio partidista y dogmático del ideario kemalista, poniendo el acento sobre aquellos aspectos que se ajustaban a los principios establecidos por el nacionalsindicalismo español: para todo ello, nos serviremos fundamentalmente de la obra política confeccionada durante la Guerra Civil por el jurista alicantino Juan Beneyto —uno de los pocos teóricos del bando nacional que glosaron en sus escritos el kemalismo— así como de otras referencias periodísticas publicadas en Nueva Economía Nacional, ABC, Vértice o Destino a raíz de la muerte del líder turco.

Sin embargo, antes de entrar de lleno en el siguiente apartado con el análisis sesgado que se efectuaría sobre la Turquía ataturquista, es necesario recordar, a modo de prefacio, el papel ejercido por Ernesto Giménez Caballero (Gecé) como pionero, glosador y aglutinador de todos los renaceres nacionalistas que estaban teniendo lugar en Europa y en otras partes del mundo y, por supuesto, su contribución, al menos teórica, en la conformación del futuro nacionalsindicalismo ledesmaniano 2. El descubrimiento de la Roma imperial y su fascinación por la ideología mussoliniana, unido a la coyuntura socioeconómica de la España republicana en la que autores con la misma sensibilidad contrarrevolucionaria (Juan Tusquets, Orígenes de la Revolución española, 1932; Álvaro Alcalá-Galiano, La caída de un trono, 1933; José María Carretero, España hacia el fascismo, 1933; o Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad, 1934) estaban ofreciendo en sus respectivas obras alternativas políticas al régimen parlamentario, le llevarían a publicar uno de los volúmenes seminales del fascismo español: Genio de España (1932) 3.

En lo que concierne a nuestro objetivo, en el capítulo III («El secreto de todo nacionalismo») de la tercera parte de su libro, Giménez Caballero individualizaba la personalidad política de dirigentes que, bien en el poder (Mussolini y Lenin), bien a la espera de conseguirlo un año después (Hitler), reencarnaban a los respectivos «genios» de sus países. A esta tríada se sumaba un apartado dedicado al fundador de la nueva Turquía que llevaba por título «El secreto del Ghazi otomano: Mustafá Kemal» 4. Así pues, para Gecé, Atatürk ingresaba, con derecho propio, en aquel conjunto de líderes que personalizaban la resurrección nacional de Italia, Rusia y Alemania. Cabe señalar, en este punto, que Giménez Caballero ya había tenido la oportunidad de visitar Turquía a finales de 1929 en un viaje por Grecia y la Europa de los Balcanes financiado por la Junta de Relaciones Culturales donde su cometido se limitaba a informar sobre la situación de los judíos sefarditas en estos países 5.

El retrato emprendido por Gecé del nuevo caudillo turco se iniciaba con la alargada sombra del Imperio otomano. Esta referencia histórica era el primer puntal ideológico (y erróneo desde el punto de vista reformista del kemalismo) que se adecuaba a la (re)interpretación del nacionalismo de aquellos países en armas contra el liberalismo y se ajustaba a la visión imperialista de la historia española que, por aquella misma época, Giménez Caballero comenzaba a destilar en sus escritos. En consecuencia, partía de comparativas donde la toma de Constantinopla se asemejaba a la conquista de Granada por los Reyes Católicos o, al igual que España con el catolicismo, el Imperio otomano constituía «el brazo diestro del islam» 6. Además, a los turcos los definía como «unificadores, ordenadores e imperiales» 7, calificativos a los que recurría con frecuencia cada vez que hacía mención al fascismo mussoliniano como heredero espiritual de la Roma clásica.

Aquel pasado glorioso quedaría truncado una vez terminada la Gran Guerra. Era en ese preciso momento cuando irrumpía «el Ghazi, el Ductor, el Victorioso» 8 que, con su victoria militar, impedía que las potencias extranjeras acabaran por repartirse el pastel territorial del ya periclitado Imperio otomano como había quedado ratificado en la resolución del Tratado de Sèvres. Del mismo modo que hablaba del «genio» de España, Alemania o Italia, transmitido de generación en generación, Mustafa Kemal había hecho resurgir al «genio turco» para reconducir la vida nacional del país.

Teniendo en cuenta que Genio de España se había publicado en 1932 durante el bienio azañista, su autor todavía llegaba a destacar, entre los cambios implantados por el fundador de la República turca, aspectos que posteriormente, iniciada la coyuntura bélica, quedarían soslayados por no adaptarse a los patrones esperados como modelo ideológico para el Nuevo Estado español. Era el caso, por ejemplo, de las alusiones de Gecé a la libertad de culto que supondría todo un desafío a la autoridad religiosa del islam o al proceso de laicización en la vida pública que tendría como resultados visibles la desaparición de las madrasas (escuelas islámicas religiosas) y la construcción de una amplia red de escuelas, institutos y academias que pasarían a ser controladas por el Estado 9.

Giménez Caballero tampoco se olvidaría de mencionar en las escasas páginas que le dedicaba a la obra sociopolítica de Atatürk reformas hoy tan conocidas como fueron la occidentalización en la indumentaria, aboliendo en 1925 el uso del fez 10; o la introducción, en lugar del árabe, del alfabeto latino a partir del 3 de noviembre de 1928 que tenía como uno de sus objetivos acercar a la población una vasta literatura occidental que estaba al alcance de su mano 11. Gecé era consciente de que aquella modernización del país, analizada, a continuación, a través de las dos obras políticas más destacadas de Beneyto durante la guerra y la inmediata posguerra, se había producido bajo un régimen de naturaleza republicana, tal y como en aquel momento regía la España de los primeros años de la década de los treinta. Con todo, señalaba que a la sombra de la República turca se encontraba un dictador cuyos retratos «llenan las calles, las escuelas, los edificios públicos, como en Italia los de Mussolini» 12. La referencia al caudillismo consustancial a todo régimen totalitario y al culto a la personalidad de su admirado líder italiano no era baladí. De ahí que poco después matizara —o manipulara, más bien, el argumento para transferir el republicanismo kemalista a su terreno ideológico, olvidándose de que para Atatürk la Tercera República francesa (1870-1940) era el modelo de Estado más perfecto de la historia de la humanidad— 13 que «su república nace al son francés de la Libertad, Igualdad, etcétera. Pero su espejo está en Italia: en la Autoridad y la Jerarquía. El Ghazi es el Duce turco» 14.

Tras aquel recurso comparativo, habitual, por otra parte, en el lenguaje exaltado de Giménez Caballero, la veda quedaba abierta para la orquestación, en tiempos venideros, de un proceso de maquillaje y ocultamiento de algunas políticas de Atatürk. Este maridaje entre el republicanismo laico y el Gobierno unipersonal de la nueva Turquía daría, pues, mucho juego entre los teóricos del Nuevo Estado español para poder encajar el modelo turco dentro del resto de los regímenes totalitarios que conformaban la vanguardia imitativa para la España del primer franquismo.

Juan Beneyto, el Nuevo Estado español y el kemalismo

Antes del estallido de la conflagración civil, Juan Beneyto era un conocido periodista y jurista dentro del ambiente contrarrevolucionario y fascistizante de la derecha española que había dado a la imprenta uno de los primeros volúmenes publicados en la España republicana, y probablemente el más documentado a nivel académico, que analizaba en profundidad el fenómeno hitleriano y, sobre todo, difundía la ideología y propaganda del Tercer Reich: Nacionalsocialismo (1934). En este ensayo Beneyto abordaba las políticas sociales, agrarias y económicas del régimen hitleriano y toda la legislación promulgada hasta ese momento por el Gobierno alemán que sentaría las bases jurídicas de la nueva comunidad nacionalsocialista 15.

Por su condición de jurista resultaba lógico que estuviera familiarizado con aquel tipo de análisis dogmáticos que le conducirían también a adentrarse, a su debido tiempo, en territorios kemalistas. No es desproporcionado pensar que, dada su germanofilia rampante, Beneyto tuviera conocimiento de la fascinación que siempre ejerció sobre Adolf Hitler la figura de Atatürk a quien consideraba ario debido al color azul de sus ojos 16: admiración que ya había comenzado en la Alemania weimariana (se llegaron a publicar hasta cuatro biografías del líder turco durante los años veinte) desde la propia fundación del NSDAP y por parte de la prensa de derechas y de sectores paramilitares-nacionalistas que no dudarían en aplicar una «Germanification of Turkish topics» para romper las ataduras del Diktat de Versalles al tiempo que exaltaban los éxitos militares y diplomáticos (Guerra de la Independencia y Tratado de Lausana) de Atatürk 17. En resumidas cuentas, las políticas y postulados ideológicos que los nacionalsocialistas resaltarían de la nueva Turquía se basaron, entre otros, en las reformas seculares 18, la recuperación económica y revaloración del campesinado y, sobre todo, en la instauración de un Estado völkisch que implementó el principio de autoridad (Führerprinzip) 19 en un contexto moderno 20.

Por otro lado, la relación de Beneyto con el régimen turco tendría también un componente personal añadido que reforzaría su estima hacia Atatürk: durante los primeros meses de la Guerra Civil y en plena persecución anárquica contra cualquier persona afecta al golpe de Estado, el alicantino pudo escapar de una muerte segura a manos de las indisciplinadas brigadas de milicianos gracias a la protección concedida por la Embajada turca en Madrid 21. Como confesaría en un artículo publicado en Vértice sobre el que hablaremos más adelante, la salida, desde Valencia, de su barco rumbo a Italia se celebró con cantos del Cara al sol, de la Giovinezza fascista, del Horst Wessel nazi y, por supuesto, de la İstiklâl Marşı (Marcha de la Independencia), himno oficial turco desde 1921.

Después de pasarse a la zona nacional, Beneyto ejercería como periodista en San Sebastián en la recién creada Agencia Dux. Además, participaría de lleno, junto con una galería de políticos, filósofos, juristas, periodistas y legisladores (Fernández Cuesta, Gumersindo Montes, Laín Entralgo, José Pemartín, García Valdecasas, Martínez de Bedoya, Francisco Bravo, Luis Legaz Lacambra, Vicente Gay, etc.), en el debate inicial sobre la constitución teórica del Nuevo Estado español y en la búsqueda de modelos estatalistas del totalitarismo europeo en cuanto a la edificación de las estructuras gubernamentales y del corpus legislativo de la nación. Si bien un repaso por la prensa falangista de la época evidencia una querencia por parte de sus autores a la hora de difundir la ideología, la legislación y las organizaciones de países como la Italia de Mussolini, la Portugal de Salazar y la Alemania de Hitler, uno de aquellos protagonistas que iría monopolizando la teorización política del Estado durante la Guerra Civil como lo fue Beneyto también dejaría en sus escritos periodísticos y ensayísticos referencias puntuales a la Turquía kemalista.

En primer lugar, y siguiendo un orden cronológico de publicación, Juan Beneyto publicaba «Atatürk, Caudillo de Turquía» en la revista Vértice 22. Este artículo aparecía cuando ya se había anunciado oficialmente su enfermedad en marzo (cirrosis de hígado) y tan solo unos meses antes de su muerte en noviembre de aquel mismo año. Al igual que la prensa nacional inundaba sus páginas de artículos sobre las biografías de Hitler y Mussolini o sobre los orígenes de sus movimientos nacionales, aquel artículo se leía como si fuera un panegírico al líder turco o un elogio pre-póstumo a una vida repleta de éxitos militares y políticos en la que habían destacado su paso por la Academia Militar de Estambul, su participación en la Gran Guerra, su liderazgo en la guerra de la independencia contra los griegos y, finalmente, la proclamación de la República turca de la que sería elegido presidente. Pero, por encima de todo, Beneyto se encargaba de resaltar la mejora social, económica e industrial de un país que «tiene el interés de constituir, al otro extremo del Mediterráneo, un ejemplo de Pueblo que por un Caudillo se sabe liberar y engrandecerse» 23.

Esta frase emplazada estratégicamente en la última parte del artículo conectaba con el recordatorio a sus lectores de la Cruzada Nacional o la Guerra de Liberación que estaba llevando a cabo en sus últimos estadios el «Caudillo» español. La breve pincelada comparativa entre los dos artífices de la resurrección nacional de sus respectivos países se desarrollaría más extensamente en El nuevo Estado Español (1939). Publicado poco después de terminada la guerra, aquel ensayo aspiraba a convertirse, junto con el Qué es «lo nuevo»... Consideraciones sobre el momento español presente (1937) del monárquico José Pemartín, en una guía teórico-práctica de cómo debía conducirse el futuro Estado franquista.

Como hemos venido aludiendo en párrafos anteriores, el análisis pormenorizado en la búsqueda de paralelismos entre los diferentes regímenes italiano y alemán para situar al nuevo Estado nacionalsindicalista en la órbita de los totalitarismos europeos no impedía alusiones a Portugal y Turquía «por las razones que respectivamente dan la cordial vecindad y parentesco, y la análoga Guerra Liberadora» 24. Esta afinidad inicial con relación a la coyuntura bélica se trasladaba también a sus protagonistas. En concreto, afirmaba que «el Caudillo turco nace con similitudes notorias con el Caudillo español» 25 puesto que su misión liberadora se asemejaba a la que Franco acababa de realizar ante el enemigo comunista y, como este, se había erigido después de la Kurtuluş Savaşı (Guerra de Liberación) en «Presidente de la República, Jefe del Estado, del Ejército y del Partido» 26. Por lo que se refería al CHP (Cumhuriyet Halk Partisi), partido fundado oficialmente por Atatürk el 9 de septiembre de 1923, que gobernaría Turquía sin oposición política hasta que en 1946 se legalizara el bipartidismo 27, Beneyto valoraba la identificación, tal y como ocurría bajo la dirección de FET y de las JONS después del Decreto de Unificación de 1937, entre la Jefatura de Estado y el Partido kemalista cuya «construcción se inspira en el Fascismo» 28: una unidad bajo los principios del caudillismo que, como la de su homólogo español, tenía «acentuado carácter militar» 29.

Además de estas inspiraciones fascistas que puntearían la superficie del kemalismo, el autor de El nuevo Estado Español no dudaba en recalcar que la nueva Turquía era un extraordinario antecedente nacional y político para la España surgida de la Guerra Civil tanto en su naturaleza rupturista como en su función creadora. En lo que concernía a la primera cualidad, Atatürk había derribado el sultanato a través de la creación de un movimiento nacional de la misma manera que Franco había liquidado el sistema liberal de 1931 30. La segunda lección que podía extraer la España victoriosa en los campos de batalla provenía de un régimen que no miraba al pasado. Atatürk había creado un nuevo Estado «con sentido nacional profundo y vigor social notorio» 31.

Esta constante correspondencia con la que Beneyto buscaba equiparar la historia reciente de España y Turquía no venía acompañada, en cambio, con un desarrollo más amplio de la ideología kemalista. Se limitaba, en su lugar, a enumerar «las bases ideológicas propias del Partido revolucionario (turco): republicanismo, nacionalismo, populismo, estatismo, laicismo y revolucionarismo» 32. Estos seis principios del kemalismo —que todavía hoy presiden el emblema del CHP en forma de seis flechas blancas sobre fondo rojo—, si bien eran producto del proceso revolucionario que desencadenaría la independencia y la consecuente formación del Estado, tenían su origen en las grandes revoluciones occidentales como la americana, la francesa o la rusa. En el caso turco, la diferencia era que no hubo una declaración internacionalista como sí existió en los tres modelos anteriores sino que se fundamentó en un espíritu nacional implementado, primero, en el programa político del CHP durante el Tercer Congreso del Partido en mayo de 1931 e incorporado, años después, en 1937, en la propia constitución turca.

No cabe duda de que la implantación práctica de todos aquellos principios (6 ana ilke) condicionó y afectó a las instituciones y la vida social de un pueblo que llevaba siglos a las órdenes de un sistema teocrático como el otomano 33. De ahí que resulte necesario una breve exposición teórica de «las bases ideológicas» a las que se refería Juan Beneyto para obtener una perspectiva más amplia que la que estaban ofreciendo en aquellos momentos los principales teóricos del Nuevo Estado franquista sobre el kemalismo 34. Si respetamos el orden de la secuencia ofrecida por el jurista español, el «republicanismo» (Cumhuriyetçilik) constituyó uno de los principios fundamentales del Estado turco cuando el régimen republicano fue instaurado el 29 de octubre de 1923 como reacción natural frente al califato y sultanato del Imperio otomano. Atatürk consideraba este sistema político como el más adecuado para representar la voluntad del pueblo 35.

El «nacionalismo» (Ulusalcılık) fue otro de los puntales ideológicos imprescindibles de la vida política, social y cultural de la nueva Turquía de Atatürk. Como pronunciaría en un discurso en la Facultad de Derecho de Ankara en 1925: «The Turkish Revolution signifies a transformation far broader than the word revolution suggests... It means replacing an age-old political unity based on religion with one based on another tie, that of nationality» 36. Este tenía que ver con un concepto de nacionalismo territorial muy próximo al que había surgido en el siglo xix donde la nación se identificaba con un espacio geográfico concreto. Asimismo, el nacionalismo kemalista excluía de su filosofía política conceptos tan caros a los totalitarismos y regímenes autoritarios de los años treinta como eran la raza (el Blut und Boden de la ideología nacionalsocialista) 37, la religión (la España franquista y la Portugal de Salazar) o el imperialismo, en una década que sería testigo de la invasión de Abisinia por parte de la Italia fascista o de todos los movimientos diplomáticos de Hitler antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial (Anschluss austriaco, anexión de los Sudetes, etc.). Todo aquel antibelicismo que se oponía, a su vez, a la naturaleza imperialista del extinto Imperio otomano o al imperialismo occidental en la propia guerra de la independencia, se condensaba en la célebre sentencia ataturquista de «paz en casa, paz en el mundo» («Yurtta sulh, cihanda sulh»). Conseguida la libertad nacional y una vez ilegalizado el Partido Progresista Republicano (Terakkiperver Cumhuriyet Fırkası) en 1925, la nueva Turquía se presentaba ante el mundo como un gobierno autoritario cuya política internacional, lejos de las aspiraciones territoriales de Italia, Alemania y la España de la etapa imperialista, se orientaría a la cooperación económica con sus vecinos, a la defensa del derecho de otros pueblos a poder decidir su futuro y a resolver situaciones conflictivas por mediación del diálogo 38.

Por el contrario, el nacionalismo turco, que ejercería de nueva religión civil, se fundamentaría en tres conceptos: la lengua, la historia y la cultura 39. En este aspecto, esta tríada identitaria lo acercaría, salvando las distancias idiosincrásicas, a movimientos políticos e ideológicos coetáneos de la contrarrevolución portuguesa y española como el Integralismo Lusitano de António Sardinha o Acción Española —con Ramiro de Maeztu a la cabeza y su Defensa de la Hispanidad— respectivamente, que rastreaban en el pasado heroico de sus países un nacionalismo legitimador que hiciera frente al internacionalismo comunista o al liberalismo democrático. Esta búsqueda, por parte de Atatürk, de un patrimonio lingüístico, histórico y cultural común al pueblo turco garantizaría, en su opinión, la unidad nacional por encima de cualquier vínculo religioso que hasta aquel momento había regido los destinos del Imperio otomano. Para ello y con la ayuda de la comunidad científica y educativa creó, por un lado, la Asociación para el Estudio de la Lengua turca (Türk Dili Tetkik Cemiyeti) el 12 de julio de 1932 que ayudaría a reformar y depurar la lengua de extranjerismos y préstamos provenientes principalmente del árabe y el persa. Por otro lado, un año antes, el 15 de abril, se había inaugurado la Sociedad para el Estudio de la Historia turca (Türk Tarihi Tetkik Cemiyeti) con la que se pretendía reinterpretar el papel del pueblo turco en el origen y evolución de la humanidad, así como diferenciar y legitimar su identidad nacional dentro de la propia historia otomana 40.

Uno de los principios a los que Juan Beneyto prestaría más atención en su ensayo fue el «populismo» kemalista (Halkçılık): un concepto que enlazaba directamente con el anterior sentimiento nacional de unidad e identidad. Fue a partir de la Revolución turca cuando el «pueblo» (Halk) empezó a cobrar protagonismo político. Con la llegada del sistema republicano la nueva Turquía se convertía, definitivamente, en un Estado, «gobernado por la comunidad del pueblo», que «va contra los privilegios individualistas y clasistas, y mantiene la igualdad nacional de los ciudadanos» 41. Frente al egoísmo del capitalismo se contraponía una comunidad nacional donde el obrero, el médico o el profesor cumplían una función social al servicio del pueblo y del Estado. Dentro de la Volksgemeinschaft turca la figura del campesino —«el verdadero dueño de Turquía es el campesino», llegaría a decir supuestamente Atatürk— sobresaldría por su importante papel en la economía autárquica del país impuesta, al igual que el resto de los totalitarismos, como reacción a la crisis desencadenada por el sistema capitalista durante la época de la depresión.

En lo que atañía al «estatismo» (Devletçilik), Atatürk insistió en muchos de sus discursos políticos que el desarrollo económico-tecnológico y las mejoras sociales de los trabajadores dependían, en gran medida, de la modernización e industrialización del país. De ahí que, sin excluir del todo a la inversión extranjera o a la empresa privada que lo alejaba de las medidas decretadas por aquellos años en la Rusia comunista, otorgara al Estado el control para regular la actividad económica del país en beneficio del interés colectivo y atender a las necesidades de cada uno de los miembros de la comunidad nacional. Dejaremos para el siguiente apartado lo que resaltarían, después de la muerte de Atatürk, autores como Ferrándiz Luna de su obra socioeconómica tras este proceso de estatalización con el que el Estado se hacía dueño de la mayoría de las industrias del país. Ahora nos interesa, sin embargo, acentuar el comentario de Beneyto sobre el papel de la República turca a la hora de dirigir la cultura y la educación: un tema que le preocupaba sobremanera si atendemos a su insatisfacción con respecto a la supervisión del Nuevo Estado español en el ámbito de la «Cultura». A pesar de la existencia en aquella época de una Delegación de Prensa y Propaganda a las órdenes del poeta Dionisio Ridruejo, el jurista echaba en falta «Cámaras y Asociaciones Corporativas» que regularan todas las actividades culturales, «desde el cine y el teatro a la literatura y la escuela» 42.

Así pues, junto con el modelo nacionalsocialista donde alabaría organizaciones como la Kraft durch Freude («La fuerza a través de la alegría») y las «Cámaras nacionales de cultura» que «recogen el impulso conjunto de la vida espiritual alemana» 43, el teórico español volvería a fijarse en la Turquía kemalista. Destacaba, en este sentido, la labor primordial de las Casas de Cultura Popular ­(Halkevleri) «que se esfuerzan en la divulgación de los conocimientos humanos» 44. Estos centros, inaugurados en 1931 —y que, según Beneyto, alcanzarían los cien mil miembros que participaban «activamente en una tarea tan importante»—, comenzaron a instalarse para alfabetizar a la sociedad y mejorar sus estándares culturales mediante la promoción del teatro, exposiciones de arte, actividades educativas, literarias, deportivas, etc. 45 En un principio, este control estatal sobre el ocio y la vida privada fue concebido con vistas a la emancipación social del individuo de la autoridad de la religión, lo que no eximiría, por supuesto, de un cierto adoctrinamiento ideológico, particularmente durante la etapa estatalista de la década de los años treinta, que iría concienciando a la sociedad de los nuevos valores y principios del kemalismo 46.

En este punto, el proceso de secularización recogido en el quinto principio, el «laicismo» (Laiklik), se mostraría indispensable en la modernización del país no solo en la esfera cultural sino en todo lo que tenía que ver con las estructuras institucionales, legislativas y educativas del Nuevo Estado turco. No fue fácil adoptar medidas seculares en un país donde la religión y el Estado habían ido de la mano más de seiscientos años. Hay que puntualizar, no obstante, que el laicismo kemalista no significó estrictamente una separación entre las instituciones religiosas y las estatales sino que el principal cometido de Atatürk se centró en desvincular a la religión de la enseñanza y la educación, en eliminar su uso como instrumento al servicio del poder para controlar las emociones y miedos de la sociedad y en imponer una visión racionalista del mundo. Las tres grandes reformas institucionales de Atatürk en cuanto a la laicización social del país fueron la formación de la Gran Asamblea Nacional en Ankara el 23 de abril de 1920 47 —previo paso a la proclamación de la República en 1923—, la abolición del califato el 3 de marzo de 1924 48 y la promulgación de un paquete de medidas legislativas a partir de 1926 que sustituirían a las Cortes religiosas (Şeriat Kanunu) y que se inspirarían en el Código Penal italiano, el Código Mercantil alemán y, sobre todo, en el Código Civil suizo 49.

Por último, el principio del «revolucionarismo» (Inkılapçılık) —que también podría denominarse como «reformismo» en el sentido de que la nueva Turquía surgida de las cenizas del Imperio otomano se olvidaba del pasado y de la tradición— pondría en marcha la adaptación de las instituciones del Estado turco a los nuevos tiempos en los que la ciencia, especialmente, se convertiría en «the most truthful guide in life» 50.

Tras incorporar a Turquía en su volumen El nuevo Estado Español como modelo estatal e ideológico para guiar, como los casos alemán, italiano y portugués, los primeros pasos de la construcción del edificio nacionalsindicalista español, Juan Beneyto volvería a acordarse del kemalismo en su siguiente ensayo (Genio y Figura del Movimiento), publicado tan solo un año después. Se trataba de una breve alusión enmarcada dentro del contexto de la formación ideológica de una minoría rectora que dirigiera los destinos de la nación y perpetuara el régimen en cuestión. En concreto, ponía el ejemplo nacionalsocialista a partir de la creación de una serie de instituciones como las Ordensburgen, las Adolf Hitler Schulen o las Nationalpolitische Erziehungsanstalten (NAPOLA) que formarían a unos jóvenes que con el tiempo se convertirían en el cuerpo de elite tanto de la dirección política como del ejército. Reflexionando sobre este aspecto era consciente de las semejanzas entre aquellos centros de educación política del Tercer Reich y las iniciativas establecidas por el régimen franquista como la fundación del Instituto de Estudios Políticos el 9 de noviembre de 1939 o la de las dos cátedras universitarias «José Antonio» que moldearían a las futuras generaciones dirigentes bajo la doctrina política del fundador de Falange Española 51.

En Turquía, «este mismo tema hubo de ser abordado [...] hace ya varios años». Atatürk creaba un Instituto de la Revolución «con el doble carácter de centro de estudios y oficina de observación y propaganda». Continuaba explicando que los cursos impartidos en el Instituto eran obligatorios tanto para estudiantes como para aquellos abogados y médicos que quisieran ejercer su profesión. De aquella forma, «todo el mundo sabe así algo de filosofía kemalista». Pero acto seguido se preguntaba si «¿es este el verdadero problema de la formación de dirigentes?» 52.

Era uno de los pocos instantes en los que Beneyto se distanciaba de su admirado Atatürk especificando que «nuestra cuestión se presenta en otros términos». El planteamiento español, por lo tanto, no ambicionaba que todos los ciudadanos conocieran la teoría nacionalsindicalista sino «de que haya unos miles de hombres que lo sepan aplicar y algunos centenares capaces de sistematizarlo y atenderlo en un amplio cuadro de cultura» 53. El Instituto de la Revolución y el Instituto de Estudios Políticos compartían el mismo objetivo de adoctrinamiento ideológico elaborado desde las clases dirigentes y amoldado a un caudillismo autoritario. Pero, mientras que el primero se democratizaba haciéndose extensible a grandes sectores de la población turca para que tomaran conciencia de las reformas seculares respecto al periodo otomano, en aquella España colaboracionista con los regímenes fascistas durante las primeras etapas de la Segunda Guerra Mundial el elitismo intelectual de aquellos «miles de hombres» y de «algunos centenares» estaría mucho más marcado, defenestrando, de alguna manera, la involucración y participación de amplias capas de la sociedad en la política nacional, así como el papel social que habían protagonizado en tiempos de la República los movimientos proletarios y los partidos políticos de ideología socialista y comunista.

La muerte de Atatürk en la prensa del bando nacional

A las 9:05 de la mañana de un 10 de noviembre de 1938 moría Mustafa Kemal Atatürk, «el Duce turco», tal y como lo había presentado propagandísticamente seis años antes Ernesto Giménez Caballero en Genio de España. En plena Guerra Civil la prensa del bando nacional se haría eco de la noticia con todos los honores. Queremos destacar, en particular, dos artículos que aparecerían publicados en Nueva Economía Nacional cuya línea editorial estaba especializada en asuntos del mundo de las finanzas y en alabar los logros socioeconómicos de los regímenes totalitarios. Este semanario no muy conocido hoy día fue fundado durante la Guerra Civil por el valenciano Vicente Gay y Forner, economista y periodista situado en la órbita política de la derecha fascistizada que colaboraba con artículos de talante antisemita en diarios filonazis como Informaciones con el seudónimo Luis de Valencia 54. Asimismo, divulgaría durante la misma época, con menos objetividad, en este caso, que Beneyto, dada las ayudas económicas que recibiría del Ministerio de Propaganda nazi 55, las excelencias del Tercer Reich en volúmenes propagandísticos como La revolución nacional-socialista (1934).

El primer artículo que recogería la muerte del fundador de la Turquía moderna estaba firmado por El Mundano. No es descabellado pensar, como Álvarez Chillida 56, que detrás de aquel seudónimo se escondiera el propio Vicente Gay que ya había dejado muestras suficientes de su antisemitismo a raíz de los sucesos ocurridos durante la «Noche de los cristales rotos» por la «siembra de odios» que habían ido dispersando los judíos tanto en Alemania como en la España republicana 57. Una semana después de aquel apoyo incondicional a la violencia nazi contra la comunidad semita alemana, El Mundano publicaba «Tradición, renovación y futurismo» 58 en homenaje a Atatürk. Aunque no abandonaba su obsesión antisemita haciendo referencia a los «vestigios rabínicos» que habían cubierto los rostros de las mujeres en época otomana, su autor reflexionaba sobre el kemalismo al que definía como un movimiento «moral», «personal» y «espiritual». Sus comentarios, mediatizados seguramente por la recuperación de la religión católica y de sus instituciones dentro del entramado político-educativo del bando nacional, sorprendían al insistir que el reformismo kemalista «lo fue en todo menos en religión, alma de las tradiciones del pueblo». A ello se añadía, continuaba, la decisión de elegir Ankara como capital de Turquía porque «somos Oriente, solía decir Kemal Pachá, y no Europa. Vámonos a Angora, a nuestro ambiente».

El autor olvidaba con premeditación el proceso de occidentalización y laicización del primer país musulmán —si descartamos breves experimentos en Azerbaiyán (1918) o en el Rif (1923)— que adoptaba el sistema republicano. Además, la opción de Ankara para sustituir a Estambul poco o nada tenía que ver con la tradición. Todo lo contrario: era una declaración simbólica que desafiaba directamente a la que había sido hasta entonces la capital del Imperio otomano 59. El artículo, finalmente, también sacaba a colación al enemigo público número uno del bando franquista. El internacionalismo bolchevique, que desmembraba el espíritu nacional de los países, se oponía, de frente, a uno de los principios del kemalismo. En el caso, pues, del nacionalismo turco, esta divergencia ideológica evidente con el comunismo se complementaba con la preferencia ataturquista por los modelos políticos y legislativos europeos. Aun así, una vez que Atatürk se hizo con el poder eliminando a sus rivales políticos (elementos reaccionarios, nostálgicos del sultanato, constitucionalistas liberales, nacionalistas kurdos, Jóvenes Turcos, miembros del CUP, etc.) 60 y a cierta disidencia, incluida la comunista, sus relaciones con la Unión Soviética se mostrarían cordiales tanto en el ámbito diplomático como en el comercial 61.

Otro economista valenciano como Salvador Ferrándiz Luna se encargaría de escribir el segundo artículo sobre la figura de Atatürk a finales de aquel año de 1938. Merece la pena transcribir el primer párrafo para hacer constancia de las razones por las que la Turquía kemalista era un extraordinario modelo para España:

«No nos cansaremos de recomendar el estudio del caso turco, ejemplarísimo para las naciones que como España han sufrido una convulsión trascendental en su vida política y económica. No nos arrepentiremos si deseamos aprender en Turquía lo que puede una energía nacional aplicada a un ideal colectivo cuanto todo ello está dirigido por un hombre excepcional acompañado por un Partido único, pletórico de entusiasmo y de fe patriótica» 62.

Estas breves líneas compendiaban, en opinión de todos aquellos ideólogos, teóricos y economistas de la España azul, los tres elementos esenciales de la Turquía kemalista: comunidad nacional, unipartidismo y doctrina del caudillaje. Aspectos, todos ellos, que no se diferenciaban, por otro lado, del resto de los sistemas totalitarios-autoritarios que conformaban el modelo político por antonomasia para el Nuevo Estado español. Este proceso de (re)interpretación del kemalismo para adaptarlo a las consignas del Neuordnung Europas se observaba, de manera diáfana, cuando el articulista exponía el nuevo papel de la mujer en la sociedad turca. No es difícil intuir cómo Ferrándiz Luna evitaba comentar que uno de los colectivos que más se beneficiarían de las reformas legislativas introducidas por el Código Civil de 1926 serían precisamente las mujeres. A partir de ese momento, todo ciudadano, sin distinción de sexo, tuvo los mismos derechos ante la ley, la monogamia fue instaurada, el divorcio legalizado y las mujeres pudieron votar en las elecciones municipales de 1930 y en las del Parlamento de 1934 63. En una entrevista realizada a Jorge Blanco Villalta, a raíz del septuagésimo quinto aniversario de la proclamación de la República turca, el diplomático argentino recalcaba que para Atatürk «the female emancipation was one of the first issues that was brought into the agenda» 64 y que, como ya había dejado escrito en la biografía del personaje, la «feminine emancipation is one of Kemal’s most brilliant humanitarian victories» 65.

Lo único que destacaba el articulista de los cambios introducidos en lo que concernía a la emancipación femenina era que «se suprimen los harems [sic] y la mujer participa en toda la vida social turca luciendo su cuerpo fresco en las grandes formaciones atléticas» 66. Por tanto, la incorporación de la mujer turca a la sociedad civil quedaba reducida, siempre desde su punto de vista, a la desaparición de la poligamia —pecado grave contrario al sacramento del matrimonio para todos aquellos autores católicos— y a la participación en modelos organizativos que, como el Glaube und Schönheit nacionalsocialista o la Hermandad de la Ciudad y el Campo franquista, reforzaban los vínculos espirituales con la comunidad nacional.

Dejando de lado otros escuetos (y desafortunados) comentarios sobre el resto de las reformas implementadas después de la fundación del país como «la supresión del pintoresquismo otomano, del fez y de toda la carroña explotada por las agencias turísticas» 67, el artículo, como indicaba el título, se centraba esencialmente en la obra legada por Mustafa Kemal: la implementación de un Plan quinquenal que facilitó la industrialización del país, la modernización de la agricultura, la nacionalización de la red telefónica, la estabilización de la moneda turca y la construcción de una amplia red ferroviaria.

Todos estos logros socioeconómicos —a los que se podía añadir, entre otros que no aludía Ferrándiz Luna, la construcción de carreteras, puertos, escuelas, hospitales y fábricas; la nacionalización de compañías extranjeras; la creación de un Banco Central que fuera el único autorizado para emitir moneda y se encargara de las operaciones financieras; la supervisión del precio de los productos industriales; la fuerte inversión en servicios públicos como sanidad o educación; la nacionalización de minas y ferrocarriles; el aumento en la producción industrial de textil, azúcar, papel, cemento, hierro o acero; etc.— 68 se hicieron realidad a partir de enero de 1931 cuando el Estado turco adoptó, de manera oficial, el principio del «estatismo». El crac bursátil neoyorquino de 1929 provocó que aquella crisis económica mundial se vinculara, desde la perspectiva del fascismo y el comunismo, con la decadencia inexorable del sistema capitalista y de las democracias liberales. La depresión ­desencadenada por todo el mundo originó que países como Turquía se acogieran a políticas autárquicas y proteccionistas que, bajo una mayor intervención y supervisión estatal, tomarían medidas para reducir el desempleo laboral y potenciarían la industrialización y modernización del país sin tener que depender de los mercados internacionales o del capital extranjero.

Además de Nueva Economía Nacional, otras rotativas del bando rebelde como ABC, Vértice o Destino también realizarían diferentes recordatorios a la muerte del fundador de la Turquía moderna. El ABC sevillano reproducía el punto de vista de su aliado alemán a través de la agencia de noticias, Deutsches Nachrichtenbüro (DNB), destacando la figura de un «presidente» y «dictador» que

«prohibió el velo que ocultaba el rostro de las mujeres, ordenó disolver los harenes, admitió a las mujeres en los cargos públicos, implantó la vestimenta occidental y las modas europeas, adoptó nuestro alfabeto y el calendario gregoriano, declaró obligatoria la enseñanza primaria y proclamó el laicismo del Estado, implantando, entre otras leyes desusadas en su país, el divorcio, que él mismo practicó» 69.

Más acordes con los intereses partidistas de la propaganda franquista se mostrarían los artículos firmados por Cristóbal del Castillo y Martínez de Oria para Vértice y Destino, respectivamente. En el primero se definía la muerte de Atatürk como «una pérdida irreparable», resaltando, por encima de todo, su batalla contra la infiltración comunista en Turquía 70. Por su parte, el periodista de Destino justificaría uno de los principales idearios kemalistas —la laicización (Laiklik) de la sociedad— al deseo, en primer lugar, de imponer un criterio nacionalista en la confección de «la primera dictadura implantada en la post-guerra» y, segundo, por la intención de Atatürk de no querer enemistarse con las potencias occidentales 71.

Conclusiones

Este artículo, que analiza el régimen kemalista bajo la dirección de su fundador (1923-1938) a partir de los comentarios vertidos por una serie de escritores, periodistas y economistas, se ha centrado en unas coordenadas temporales muy concretas como fueron la Guerra Civil y la edificación del Nuevo Estado español que delimitan, asimismo, el estudio de una Turquía, la de los años treinta, que adoptó principios estatalistas para controlar las políticas económicas, sociales y culturales del país.

Esta situación, que alinearía, por momentos, a Atatürk con los líderes autoritarios y fascistas de su época en la búsqueda de reformas y soluciones para combatir la recesión capitalista, condujo a algunos teóricos y analistas del bando nacional a examinar al Gobierno turco bajo un único prisma ideológico sin aristas y a incluirlo, como un bloque homogéneo, dentro de la vanguardia del Nuevo Orden que estaba pronto a erradicar, de una vez por todas, el parlamentarismo y las democracias liberales. Se observaba, por tanto, en la mayoría de aquellos análisis multitud de generalizaciones, verdades a medias e interpretaciones erróneas que respondían al escaso interés por profundizar en teorías políticas poco o nada conocidas por la opinión pública o al punto de vista adoptado donde predominaban el integrismo católico y el nacionalismo imperialista. Otra cuestión, susceptible de ser ampliada en futuras investigaciones, sería hasta qué punto el acercamiento colateral al kemalismo fue producto exclusivamente de la coyuntura teórico-política del Nuevo Estado o provino, por el contrario, de las iniciativas personales de autores germanófilos o, directamente, filonazis, que posiblemente conocieran que la Turquía de Atatürk había sido para Hitler uno de sus modelos políticos inspiradores.

Aun así, para todos aquellos que llegaron a difundir propaganda kemalista en artículos y ensayos durante la Guerra Civil no fue fácil (y no lo es todavía hoy) estudiar la naturaleza de un país que se declaraba orgullosamente laico y republicano pero que, al mismo tiempo, como el fascismo, exteriorizaba una fuerte identificación entre el Estado, el Partido y el Caudillo. Esta aparente contradicción en cuanto al catálogo ideológico que se presuponía a cualquier régimen personalista se incrementaba cuando se comparaba a Atatürk con el resto de los líderes (Hitler, Mussolini, Lenin, Salazar y Franco) con los que compartía capítulos en Genio de España o El nuevo Estado Español. A diferencia de todos ellos, con especial atención a los tres primeros, Atatürk era un hombre de Estado que rehuía de adoctrinamientos y dogmas absolutos que pudieran contradecir su proyecto político; un autodidacta pragmático que interpretaría y ejecutaría, con convicción autoritaria y escasa tolerancia para aceptar cualquier crítica, las reformas que necesitaba, en su opinión, la sociedad turca en cada momento. Una muestra de todo ello era que, desde la fundación de la República hasta 1931 cuando se incorporaron los seis principios kemalistas, Turquía estuvo casi ocho años sin un programa político oficial, algo inaudito en otros regímenes para los que conceptos como el universalismo, el racionalismo o la igualdad de todos sus ciudadanos ante la ley, independientemente de la raza o la religión, no tendrían cabida en sus respectivas sociedades.

Es por todo ello que la visión del kemalismo por parte de los autores seleccionados se nutrió fundamentalmente de manipulaciones y silencios para poder adecuarla a la teorización que se estaba llevando a cabo para fundar el Nuevo Estado español. No interesaba, pues, airear para aquella España que volvía a ser católica aspectos incómodos de la utopía ataturquista como la laicización de la sociedad, la proclamación de un sistema republicano o la concesión del voto a la mujer.

En cambio, resaltarían aquellos fundamentos ideológicos que fueran parangonables e identificables a los movimientos nacionales que luchaban por su existencia. En ese sentido, junto con el ­caudillismo y el unipartidismo inherentes a un gobierno autoritario —aunque con escasa inclinación, por parte de Atatürk, de convertir al CHP en un partido político de masas como el resto de sus homólogos (PNF, NSDAP y FET y de las JONS)—, el nacionalismo turco sería el otro componente que más se destacaría desde la España franquista. Dentro del auge de los nacionalismos por toda Europa, una vez terminada la Gran Guerra, el combate del pueblo turco (y el de su líder) por romper las ataduras con el pasado y mirar hacia el futuro con plenas garantías se equipararía, como se ha podido comprobar en los textos de Beneyto, con el que tenía lugar en aquellos momentos en España. Como Atatürk anteriormente, Franco estaba liberando a la nación de doctrinas extranjerizantes. Y como Atatürk, buscaba la unidad nacional bajo los postulados del bien común frente a los egoísmos del liberalismo político y el capitalismo económico. O eso es lo que creerían todavía en 1939 los falangistas de primera hora hasta que, con el transcurrir del tiempo, comenzaron a darse cuenta de que Franco no haría realidad el sueño nacionalsindicalista ni fundaría un Nuevo Estado, como aquella Turquía kemalista, sino que su España tendría muy poco de nueva y de reforma y mucho de aquella reacción propia del tradicionalismo y el militarismo más rancio.


1 Para un mayor conocimiento del fascismo portugués recomendamos la lectura del volumen de António Costa Pinto: Os camisas azuis e Salazar: Rolão Preto e o fascismo em Portugal, Coimbra, Edições 70, 2015, donde se analiza con profundidad los antecedentes ideológicos y el origen del «Movimento Nacional-Sindicalista».

2 Enrique Selva: «Gecé y la vía estética al fascismo en España», en Ferran Gallego y Francisco Morente (eds.): Fascismo en España, Barcelona, El Viejo Topo, 2005, pp. 69-108.

3 Seguiremos la cuarta edición publicada en 1939, Ernesto Giménez Caballero: Genio de España (1932), Barcelona, Ediciones Jerarquía, 1939.

4 Ibid., pp. 115-121.

5 Ernesto Giménez Caballero: «Mi regreso a España», La Gaceta Literaria, 72 (15 de diciembre de 1929), p. 1. De un segundo viaje por las mismas tierras en 1931 resultaría la filmación del documental Los judíos de patria española donde se veían imágenes del barrio judío de Estambul. Recuperado de internet (https://www.rtve.es/alacarta/videos/archivo-historico/judios-patria-espanola/2915949/).

6 Ernesto Giménez Caballero: Genio de España..., p. 117.

7 Ibid., p. 116.

8 Ibid., p. 119.

9 Jorge Blanco Villalta: Atatürk, Ankara, Türk Tarih Kurumu, 2014, pp. 412-414.

10 Ibid., pp. 367-370, y Alexander L. Macfie: Atatürk, Londres, Longman, 1999, pp. 140-141.

11 Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 399-402; Ismet Bozdağ: Universal Dimensions of Atatürk, Ankara, Publications of Republic of Turkey-Ministry of Culture, 2002, pp. 151-156; Patrick Kinross: Atatürk: The Rebirth of a Nation, Londres, Phoenix Press, 2001, pp. 441-445 y 465-467; Alexander L. Macfie: Atatürk..., pp. 141-145; Özer Ozankaya: Atatürk’s Legay: Views by World-Famous Intellectuals, Ankara, Publications of Republic of Turkey-Ministry of Culture, 2001, p. 136, y M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk: An Intellectual Biography, Princeton, Princeton University Press, 2011, pp. 171-176.

12 Ernesto Giménez Caballero: Genio de España..., p. 120. Gecé ya destacaba el carácter caudillista del líder turco cuando todavía no se había producido la concesión a Mustafa Kemal, por parte de la Gran Asamblea Nacional en noviembre de 1934, del apelativo «Atatürk» (literalmente, «padre de los turcos»), epítome y cristalización del culto a su personalidad que llega hasta nuestros días.

13 M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., pp. 134-135.

14 Ernesto Giménez Caballero: Genio de España..., p. 120.

15 Juan Beneyto: Nacionalsocialismo, Barcelona-Buenos Aires, Editorial Labor, 1934, pp. 52-58 y 92-112.

16 Hugh Trevor-Roper (ed.): Las conversaciones privadas de Hitler, Barcelona, Crítica, 2004, p.182.

17 Stefan Ihrig: Atatürk in the Nazi Imagination, Cambridge, Harvard University Press, 2014, pp. 10-67.

18 «La rapidez con que Mustafá Kemal Atatürk se libró de sus clérigos es uno de los capítulos más notables de la historia. ¡Colgó de inmediato a treinta y nueve, al resto los echó y Santa Sofía de Constantinopla es hoy un museo!», Hugh Trevor-Roper (ed.): Las conversaciones privadas de Hitler..., p. 485. En 2020, el Consejo de Estado turco aprobó la decisión del Consejo de Ministros de cambiar el estatus de Santa Sofía (ahora, templo islámico), anulando, de paso, el decreto de 1935 que había convertido a este famoso monumento en museo.

19 Adolf Hitler: Mi lucha, Ávila, Frank Eher Verlag, 1937, pp. 55-73 y ­181-183, y Hannah Arendt: Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Alianza Editorial, 2009, p. 514.

20 Stefan Ihrig: Atatürk in the Nazi Imagination..., pp. 108-208.

21 Pilar Equiza Escudero: Juan Beneyto: periodismo y universidad, Alicante, Publicaciones de la Caja de Ahorros Provincial, 1986, p. 46. Beneyto tuvo la fortuna de no estar como refugiado en el interior de la Embajada turca cuando esta se vio asaltada el 28 de enero de 1938. Este hecho vandálico se relataba en las memorias del militar falangista Martín Rubio y Hernández: Tierras Rojas (Memorias de un cautivo), 1936-1939, Murcia, Talleres Tipográficos «La Moderna», 1940, pp. 129-174. El investigador Pablo de Miguel, responsable del proyecto www.zurbano21.com, se ha encargado de profundizar en el asilo que la Legación turca ofreció a cientos de personas que huían de la persecución miliciana. Referencias al papel de la Embajada turca durante la guerra civil se encuentran también en volúmenes pioneros como los de Javier Rubio: Asilos y canjes durante la guerra civil española, Barcelona, Planeta, 1979, y Carmen Uriarte: Las relaciones hispano-turcas durante la Guerra Civil española, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1995, y en el ensayo más reciente de Antonio Manuel Moral: Estudios sobre asilo diplomático en la Guerra Civil española, Madrid, UAH, 2018.

22 Juan Beneyto: «Atatürk, Caudillo de Turquía», Vértice, 10 (mayo de 1938), s. p.

23 Ibid.

24 Juan Beneyto: El nuevo Estado Español, Cádiz-Madrid, Biblioteca Nueva, 1939, p. 5.

25 Ibid., p. 158.

26 Ibid., pp. 158-159.

27 Patrick Kinross: Atatürk..., pp. 388-396; Ergun Özbudun: «The nature of the Kemalist political regime», en Ali Kazancigil y Ergun Özbudun (eds.): Atatürk: Founder of a Modern State, Londres, Hurst & Co., 1997, pp. 79-102, esp. pp. 79-87 y 92-98.

28 Juan Beneyto: El nuevo Estado Español..., pp. 177-178.

29 Ibid., p. 115.

30 Ibid., pp. 33-34.

31 Ibid., pp. 54-57.

32 Ibid., p. 54.

33 Hay autores que afirman tajantemente que el Imperio otomano nunca fue una teocracia, sino un Estado que priorizó la supremacía política por encima del islam: consúltese, por ejemplo, el artículo publicado en la web de la Brookings Institution por Ömer Taşpinar: «Islamization is Not the Issue in Turkey», 1 de marzo de 2010. Recuperado de internet (https://www.brookings.edu/opinions/islamization­-is-not-the-issue-in-turkey/).

34 El desarrollo que viene a continuación sobre los seis principios kemalistas es una síntesis glosada de las siguientes referencias bibliográficas, así como de otras citas que se irán intercalando a lo largo del texto: Ismet Bozdağ: Universal Dimensions of Atatürk..., pp. 48-49, 54-55, 125-135 y 146-150; Şerif Mardin: «Religion and secularism in Turkey», en Ali Kazancigil y Ergun Özbudun (eds.): Atatürk: Founder of a Modern State, Londres, Hurst & Co., 1997, pp. 191-219, esp. pp. 208-218; Ergun Özbudun: «The nature...», pp. 87-92, y Enver Ziya Karal: «The principles of Kemalism», en Ali Kazancigil y Ergun Özbudun (eds.): Atatürk: Founder of a Modern State, Londres, Hurst & Co., 1997, pp. 11-35.

35 Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 349-352; Patrick Kinross: Atatürk..., pp. 377-383, y Alexander L. Macfie: Atatürk..., pp. 131-133.

36 Alexander L. Macfie: Atatürk..., p. 138.

37 A pesar de que la raza no constituyó, en ningún momento, una parte consustancial de las políticas del Estado turco como sí fue el caso del Tercer Reich, no hay que olvidar tampoco el interés que siempre mostró Atatürk por la antropología racial como un componente más en su proceso revisionista de la historia a la hora de mostrar la superioridad racial turca en el origen de civilizaciones como la hitita, la sumeria o, incluso, la griega: M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., pp. 166-171.

38 Turquía ingresaría en la Sociedad de Naciones en julio de 1932. Sobre la política internacional llevada a cabo por Atatürk, véanse Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 435-447; Vladimir I. Danilov: «Kemalism and world peace», en Ali Kazancigil y Ergun Özbudun (eds.): Atatürk: Founder of a Modern State, Londres, Hurst & Co., 1997, pp. 103-125, y Patrick Kinross: Atatürk..., pp. 458-464 y 479-483.

39 Otros investigadores han apuntado una mayor ascendencia de la religión como elemento aglutinador del nacionalismo turco: Gregory J. Goalwin: «Religion and Nation Are One: Social Identity Complexity and the Roots of Religious Intolerance in Turkish Nationalism», Social Science History, 42(2) (2018), pp. 161-182.

40 Patrick Kinross: Atatürk..., pp. 467-472, y M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., pp. 161-166.

41 Juan Beneyto: El nuevo Estado Español..., p. 95.

42 Ibid., pp. 203-204.

43 Ibid., pp. 213-214.

44 Ibid., p. 95.

45 Alexander L. Macfie: Atatürk..., p. 142, y Ergun Özbudun: «The nature...», p. 94.

46 Sobre las Casas de Cultura Popular, véase Cumhuriyet Halk Fırkası Halkevleri Talimatnamesi, Ankara, Hakimiyeti Milliye Matbaası, 1932. Agradecemos a la profesora Arzu Aydonat que nos haya puesto en conocimiento de este folleto gubernamental.

47 Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 239-245; Patrick Kinross: Atatürk..., pp. 216-224, y Alexander L. Macfie: Atatürk..., pp. 101-104.

48 Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 353-360; Patrick Kinross: Atatürk..., pp. 384-387; Alexander L. Macfie: Atatürk..., pp. 125-131, y M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., pp. 148-152.

49 Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 377-383, y Alexander L. Macfie: Atatürk..., p. 143.

50 Este es uno de los aforismos más recordados de Atatürk. De la importancia de la ciencia en los Jóvenes Turcos y en la formación de Atatürk, puede consultarse M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., pp. 48-56.

51 Juan Beneyto: Genio y Figura del Movimiento, Madrid, Ediciones Afrodisio Aguado, 1940, pp. 109-116.

52 Ibid., pp. 116-117.

53 Ibid., p. 117.

54 Informaciones: «La nueva Internacional», 27 de abril de 1932, p. 1; «Judaísmo, marxismo y destruccionismo», 22 de abril de 1933, p. 1, y «El judío errante», 12 de julio de 1933, p. 1.

55 Ángel Viñas: Franco, Hitler y el estallido de la guerra civil, Madrid, Alianza Editorial, 2001, p. 187.

56 Gonzalo Álvarez Chillida: El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002), Madrid, Marcial Pons, 2002, p. 362.

57 El Mundano: «Lo que se urdía en el “ghetto”», Nueva Economía Nacional, 63 (24 de noviembre de 1938), p. 10.

58 El Mundano: «Tradición, renovación y futurismo», Nueva Economía Nacional, 64 (1 de diciembre de 1938), p. 10.

59 M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., p. 146. Los nazis llegarían a equiparar Ankara-Múnich como ciudades völkisch frente al cosmopolitismo de Estambul-­Berlín (Stefan Ihrig: Atatürk in the Nazi Imagination..., pp. 68-107).

60 Con respecto a las complejas relaciones entre Atatürk —él mismo miembro del CUP hasta su disolución en 1918— y los Jóvenes Turcos, recomendamos la lectura de Erik Jan Zurcher: «Atatürk as a Young Turk», New Perspectives on Turkey, 41 (2009), pp. 211-226.

61 Vladimir I. Danilov: «Kemalism...», pp. 116-118; Patrick Kinross: Atatürk..., p. 460; Ergun Özbudun: «The nature...», p. 96, y M. Şükrü Hanioğlu: ­Atatürk..., pp. 105-109 y 119-120.

62 Salvador Ferrándiz Luna: «Mustafá Atatürk y su obra», Nueva Economía Nacional, 67 (22 de diciembre de 1938), p. 7.

63 Hay que matizar, como indicaba Ömer Çaha: Women and civil society in Turkey: women’s movements in a Muslim society, Farnham, Ashgate Publishing, 2013, que la adopción del nuevo Código Civil no implicó la igualdad absoluta entre hombre y mujer en términos laborales y familiares.

64 Özer Ozankaya: Atatürk’s Legay..., p. 135.

65 Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., p. 385. Más información sobre el nuevo estatus de la mujer, republicana y nacionalista —que no feminista—, en la Turquía kemalista en Patrick Kinross: Atatürk.., pp. 418-424; Alexander L. Macfie: Atatürk..., p. 144, y M. Şükrü Hanioğlu: Atatürk..., pp. 208-214.

66 Salvador Ferrándiz Luna: «Mustafá Atatürk...», p. 7.

67 Ibid., p. 7.

68 Feroz Ahmad: «The political economy of Kemalism», en Ali Kazancigil y Ergun Özbudun (eds.): Atatürk: Founder of a Modern State, Londres, Hurst & Co., 1997, pp. 151-161; Jorge Blanco Villalta: Atatürk..., pp. 417-433; Korkut Boratav: «Kemalist economic policies and étatism», en Ali Kazancigil y Ergun Özbudun (eds.): Atatürk: Founder of a Modern State, Londres, Hurst & Co., 1997, pp. 165-189, esp. pp. 172-177; Ismet Bozdağ: Universal Dimensions of Atatürk..., pp. 73-123, y Alexander L. Macfie: Atatürk..., pp. 148-150.

69 ABC (Sevilla): «En el día de ayer murió Mustafa Kemal Atatürk», 11 de noviembre de 1938, p. 10.

70 Cristóbal del Castillo: «La política exterior durante el año 1938», Vértice, 17 (diciembre de 1938), s. p.

71 J. Martínez de Oria: «Cien años de Turquía», Destino, 90 (19 de noviembre de 1938), s. p.