Ayer 132 (4) 2023: 255-281
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/1931
© Margarita Barral Martínez
© Alfonso Iglesias Amorín
Recibido: 11-05-2021 | Aceptado: 19-11-2020 | Publicado on-line: 09-10-2023
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Alfonso XIII, ese hombre: masculinidad, nación e imperio *
Margarita Barral Martínez
Universidade de Santiago de Compostela
margarita.barral@usc.es
Alfonso Iglesias Amorín
Universidade de Santiago de Compostela
alfonso.iglesias@usc.es
Resumen: En la redefinición del icono masculino moderno que sucede desde finales del siglo xix se evidencia el progresivo abandono de los ideales caballerescos y la asunción de los valores burgueses y de los vínculos con la nación y la guerra. Por ello, la imagen fuerte y viril de los reyes-soldado se convertía en la masculinidad hegemónica. Para el caso de la figura de Alfonso XIII, en su definición como modelo masculino español fueron importantes aspectos como las aficiones del monarca, su imagen familiar, su aportación humanitaria durante la Gran Guerra y el elemento colonial ligado a la ocupación de Marruecos. Sin duda, el colonialismo imperial acercaba España a Europa, algo importante por estar en la frontera del orientalismo o de lo africano.
Palabras clave: Alfonso XIII, masculinidad, nación, imperio, Marruecos.
Abstract: In the redefinition of the modern male icon since the end of the nineteenth century, the progressive abandonment of chivalric ideals and the assumption of bourgeois values and ties with the nation and war is evident. For this reason, the strong and virile image of the soldier-king became a hegemonic expression of masculinity. In the case of Alfonso XIII, various aspects were important in defining him as a model of Spanish masculinity, such as the monarch’s hobbies, his family image, his humanitarian contribution during the Great War, and the colonial occupation of Morocco. Undoubtedly, imperial colonialism brought Spain closer to Europe. This was important because Spain was thought to be it on the frontier of Orientalism or Africanism.
Keywords: Alfonso XIII, masculinity, nation, empire, Morocco.
En la construcción y consolidación de los Estados-nación en el siglo xix a la nación casi siempre se la ha representado como una mujer, portadora especialmente de los valores maternos 1. Frente a esto, la ciudadanía ha tendido a ser masculina, minusvalorándose en ella la importancia de las mujeres y considerando responsabilidad de los hombres la defensa de esa patria que, según los discursos de género de largo recorrido, no podría ser sino defendida por la virilidad y valentía de la población masculina en caso de guerra 2. Además, los hombres, como hijos de la nación, debían amar y proteger a su madre, por lo que los discursos nacionales han dado legitimidad a las nociones normativas de masculinidad y feminidad. Así, la corona se convirtió en la representación de la patria y los monarcas encarnaron la masculinidad hegemónica de la nación, el ideal normativo que funcionaba como referente masculino, al tiempo que estigmatizaba otras formas de representación de la masculinidad 3.
Desde finales del siglo xix tuvo lugar un progresivo abandono de los ideales caballerescos en la construcción de la efigie masculina y adquirieron peso los valores burgueses que enfatizaban el trabajo, el hogar, la familia y la religiosidad. Esta realidad llevaría a la definición de una masculinidad donde la recreación del icono masculino hegemónico estaba encarnada por el rey 4. Se trató de un momento clave para dicha (re)definición de la masculinidad hegemónica, con «estrechos vínculos entre la guerra, la nación y la masculinidad» 5. La imagen fuerte y viril, en clave física, «muscular» 6, de los reyes-soldado, como fue el caso de Alfonso XIII (que se proyectó desde el reinado de su padre, Alfonso XII) estaba vinculada a su legitimidad nacional. En esta realidad cambiante la acción, la fuerza de voluntad, la determinación y la resolución adquirieron relevancia como modelo de masculinidad.
Sin olvidar los contrastes y claroscuros que ofrece la personalidad de Alfonso XIII, como la misma época que le tocó vivir, su proyección como icono masculino pretendió aglutinar connotaciones tan contrapuestas que no llevaron a convertirse en esa imagen masculina icónica que se pretendía 7. A la hora de analizar la figura de Alfonso XIII en relación con la masculinidad son muy importantes tanto las aficiones del monarca y su imagen familiar como su aportación humanitaria durante la Gran Guerra y, sobre todo, el elemento colonial, íntimamente ligado a su reinado por el papel desempeñado con respecto a la ocupación de Marruecos.
El colonialismo era entonces un elemento definidor de la potencia de una nación. Para España la pérdida de Cuba había llevado a cuestionar la masculinidad de la patria, su feminización en contraposición a la virilidad que implica la beligerancia de la guerra, y Marruecos ofreció una oportunidad al país y a la monarquía para resarcirse. En este texto pretendemos hacer un análisis de la construcción de una imagen teóricamente fuerte y viril, de masculinidad hegemónica, proyectada por Alfonso XIII de cara a la cosmovisión social contemporánea y a la reafirmación de la identidad nacional. La aspiración final de todo ello sería la superación de la debilidad e irrelevancia asociadas a la decadencia tras el Desastre del 98 (véase la imagen 1), a la neutralidad durante la Gran Guerra y a la consecución de un imperio en Marruecos que apuntalara la regeneración —masculina— de la nación con la que se vinculó el nuevo reinado del joven Alfonso XIII.
Imagen 1
Caricatura de la monarquía española, con Alfonso XIII todavía niño, durante la Guerra de Cuba frente a Estados Unidos

Fuente: Judge Magazine, 9 de abril de 1898.
Resulta un caso muy excepcional de monarca nacido ya rey por la muerte prematura de su padre; la presión de la corona estuvo presente en la cosmovisión del personaje desde el mismo vientre materno. Y en estas circunstancias lo masculino fue fundamental, pues el nacimiento de un hijo varón se asociaba a estabilidad, a una protección frente a los desafíos de carlistas y republicanos. Por el contrario, el nacimiento de una hija se asociaba a la inestabilidad y el caos, al retorno de las guerras civiles que habían desangrado al país y a la inestabilidad política y moral que proyectaba el recuerdo de Isabel II. Cuando el 17 de mayo de 1886 nació el tercer hijo y único varón del difunto Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo, Alfonso XIII, Sagasta le dijo a Cánovas: «sí, ya tenemos rey, pero ¡la menor cantidad posible de rey!» 8.
La personalidad del monarca estuvo muy condicionada por su entorno, una corte rodeada de mujeres en las que primaba una mentalidad sumisa a los hombres, y más a la de un monarca al que nadie se atrevía a contradecir 9. Así, la infancia de Alfonso XIII se desarrolló en un ambiente de adulación, y sería lógico pensar que dicha realidad potenciara egoísmo y cierto complejo de superioridad, sopesado con una actitud campechana, aspecto que lleva a historiadores como Gabriel Cardona a hablar de un «populismo elitista» 10. La realidad cotidiana del niño-rey generó un debate público sobre su educación, temiendo que un exceso de influencia femenina afectase negativamente al monarca. En el programa determinado la formación militar adquirió un peso excesivo, aspecto que posiblemente también ayudó a desarrollar la creciente injerencia del monarca en cuestiones políticas y militares 11. Pero el debate entre un poder regio que se resistía a ceder y la nueva política liberal-demócrata que pretendía «marcar el paso de la Corona» vendría a ser una realidad extensible al resto de las monarquías europeas 12. Alfonso XIII nunca llegó realmente a entender su función meramente simbólica como rey constitucional de la sociedad de masas de comienzos del siglo xx 13. Cuando ascendió al trono, con dieciséis años, era demasiado joven como para virilizar la nación, y durante un tiempo todavía permaneció la imagen del niño-rey, o del eterno adolescente, dependiente de su progenitora 14. Gonzalo de Reparaz lo definió como «archiduque vienés elevado a la categoría de rey de España» 15; incluso con el monarca entrado en la edad adulta, plumas como la de Unamuno seguían cuestionando el sometimiento al control de su madre 16.
Las valoraciones sobre la influencia materna suponían en buena medida un cuestionamiento de la masculinidad del monarca, tal y como referenciaba algún semanario satírico: «Si hasta ahora se han fiado de la debilidad de una mujer, en lo sucesivo se fían de la inexperiencia de un chico; pero sobre todo de la mansedumbre inverosímil de un país decrépito, aniquilado, sin espíritu e imbécil» 17.
Alfonso XIII no sería ajeno a las consideraciones que se vertían sobre él y es muy probable que se afanase en demostrar lo contrario, incluso en un trato personal en el que quería dejar clara su superioridad, recibiendo a los invitados con un estricto protocolo y, en ocasiones, haciéndolos sentar en una banqueta baja para quedar a nivel físico —y simbólico— en una posición más elevada 18. Y sobre todo favoreció la extensión de una imagen de rey valiente, viril, con una hombría que estaría incluso por encima de la caballerosidad, rasgos arquetípicos de la idea de masculinidad del momento 19. En el atentado que sufrieron los reyes el mismo día de su enlace en mayo de 1906, y en el que sufrió Alfonso XIII en abril de 1913, el rey mostró en todo momento serenidad y valentía 20, una «varonil entereza» muy aclamada por el pueblo 21 frente a la «cobardía del agresor» 22. El entusiasmo del público llevó a la proliferación de poesías laudatorias al soberano que referenciaban la «brava juventud gloriosa / como un baluarte de la patria mía / tenéis del león hispano la energía / y de Vivar la sangre tumultuosa» 23. Actos como este le generaron una imagen de hombre impulsivo pero sereno y lleno de coraje, imperturbable ante el peligro e incluso temerario. Y al propio monarca este entusiasmo momentáneo le pudo haber generado una percepción de admiración por parte de su pueblo que, en verdad, superaba la realidad 24, otorgándole un exceso de confianza.
Aunque su físico se puso en duda en ocasiones 25, el monarca demostró confianza en sí mismo y, de algún modo, también en sus atributos viriles. Resulta muy significativo lo sucedido en su viaje a Las Hurdes de 1922, a través del cual se pretendió reafirmar la imagen patriarcal del monarca, pero que curiosamente entraba en abierta contradicción con una imagen frívola de su disfrute en centros turísticos de moda de la elite cosmopolita europea. En las Hurdes, tras una fatigosa jornada, Alfonso XIII consideró que, ante la ausencia de lugar en que bañarse, debían hacerlo desnudos en una charca. Se quitó toda la ropa, pero nadie más se atrevió a hacerlo; el único que lo acompañó en el baño fue el médico Gregorio Marañón y manteniendo unos calzoncillos largos. La anécdota podría parecer uno de tantos de los relatos apócrifos sobre la vida del monarca, pero sorprendentemente el rey quiso que el fotógrafo que los acompañaba, Pepe Campúa, inmortalizara la experiencia y le ordenó: «¡ven Pajarito!, que vas a hacer una fotografía que no me ha hecho nunca tu padre» 26. Fue entonces cuando echaría el brazo por encima del hombro a Marañón y Campúa tomó la foto 27 (véase la imagen 2).
No se conservan las placas originales de aquella fotografía porque se saqueó el estudio de Campúa durante la Guerra Civil. No obstante, el propio Campúa comentó en una entrevista en 1963 que El Caballero Audaz (pseudónimo del periodista José María Carretero Novillo) se había hecho con un cliché y había difundido la foto 28. Siguiendo ese rastro nos encontramos con que El Caballero Audaz utilizó la foto como reclamo de su libro ¿Alfonso XIII fue buen rey?... Historia de un reinado, publicado en Madrid en 1934. Se presuponía que el libro incluía la fotografía, pero al llegar a la página correspondiente lo que el lector se encontraba era un mensaje del autor explicando que, para evitar escándalo alguno, había decidido omitir el retrato; como alternativa, a los interesados se ofrecía la posibilidad del envío postal de la misma, para lo que deberían cubrir el formulario incluido en el libro.
Pese al «engaño» de la edición, la última parte de esta curiosa estrategia de marketing sí que fue real y El Caballero Audaz enviaba la fotografía, aunque con una banda blanca estratégicamente colocada para ocultar la parte más «íntima» 29. La instantánea que hacía alarde del cuerpo y atributos regios, al parecer, fue incautada por la Gestapo a Azaña y posteriormente entregada al régimen franquista, coincidiendo en época con la entrada del nudismo en España a través del movimiento anarquista, en choque frontal con la moral conservadora que definían a la Corona y a la Iglesia 30.
Imagen 2
Alfonso XIII y Gregorio Marañón en Las Hurdes,
22-23 de junio de 1922

Fuente: Foto Campúa (hijo). Archivo privado.
A pesar de ser una anécdota, esta historia resulta interesante por varios aspectos, por lo que no nos deja de sorprender la escasa difusión que la fotografía tuvo. Resulta una muestra evidente de que Alfonso XIII tenía gran confianza en sí mismo y en sus atributos, no siendo una persona pudorosa, aunque su entorno sí lo fuese; es revelador que Gregorio Marañón incluso se tapase los pezones. El mismo hecho de posar para la instantánea demuestra que a Alfonso XIII no le preocupaba especialmente el escándalo. Por mucho que Pepe Campúa fuese de su plena confianza, el peligro de que una fotografía así se difundiera era evidente.
Entre sus aficiones destacaron los deportes, sobre todo la hípica, el polo, el tenis, el esquí, la navegación a vela y otros deportes náuticos. Su proyección pública estuvo ligada a ellos y fueron habituales las noticias y fotografías en las que se destacaba la energía, la agilidad y la juventud del monarca, transmitiendo una imagen moderna y saludable, símbolo de una nación sana, además de viril 31. Pero la afición a la que más tiempo dedicó fue la caza, tanto la mayor como el tiro al pichón, actividades muy vinculadas a los hombres de alta alcurnia y que Alfonso XIII desarrolló hasta la saciedad, como demuestran las casi 8.000 piezas que obtuvo en la temporada 1907-1908 32. Su primera cacería, ya como rey, en los Picos de Europa tuvo lugar en 1905, ocasión que llevó a la creación del Coto Real en los pueblos de la provincia de Santander para su uso exclusivo durante las estancias de veraneo que la Familia real disfrutó en el Palacio de la Magdalena entre 1913 y 1930 33.
También dedicó mucha atención a los automóviles, otra inclinación claramente masculina y entendida como deporte en la época, adquiriendo una importante colección de ejemplares. Pero en esto no fue una rara avis ya que los «monarcas chauffeurs» era una moda extendida, destacando los casos de Víctor Manuel de Saboya, Leopoldo de Bélgica y Eduardo de Inglaterra. La actitud del rey de España en favor de las nuevas máquinas rodantes ofreció una influencia en el sector de la motorización, hasta el punto de dar su nombre a un modelo de automóvil, el Hispano-Suiza «Alfonso XIII», que se fabricó entre 1910 y 1915, comercializándose hasta 1920 las 500 unidades realizadas de los diecinueve modelos desarrollados, de los cuales el rey dispuso de tres 34. De las diferentes fábricas de automoción que fueron surgiendo en España el rey adquirió algún modelo —Elizalde, David, España, etc.— e incluso se hacía fotografiar para hacerles propaganda. Pero el más claro ejemplo se dio en el caso de la Hispano-Suiza, con la cual mantuvo una estrecha relación, no solo afectiva, sino también económica al convertirse en accionista 35. El día 31 de junio de 1912 el rey participó, fuera de concurso, en una subida contra reloj al Alto de León, en el puerto de Guadarrama, organizada por el RACE y en la que le acompañaba de copiloto su primo el Infante don Alfonso de Orleáns, también muy aficionado 36. Durante la visita que el gran duque Borís, primo del zar Nicolás II, hizo a España en marzo de 1908 el rey lo agasajó con un viaje en automóvil desde Madrid a El Escorial 37 (véase la imagen 3).
Otro elemento de distinción varonil al que se adhirió fue la elegancia. Las modas de Londres y París sirvieron de referente para el moderno estilo masculino del que el monarca hacía alarde, potenciando la imagen de un rey fuerte y masculino pero que, paradójicamente, también lo alejaban del deporte en su versión más popular e integradora 38.
Y a todas estas imágenes habría que añadir la vida privada del rey y su afición por las mujeres. Alfonso XIII reprodujo fielmente el mito del donjuan, uno de los referentes en España de la masculinidad ligada a la extrema virilidad y pasión 39. En palabras de Gabriel
Imagen 3

Fuente: Nuevo Mundo, 27 de junio de 1912.
Cardona, «desde muy joven resultó adicto a las señoras, heredando la capacidad amatoria de su padre y de su abuela Isabel II, muy proclives a los ejercicios de alcoba» 40. Entre sus amoríos destacaron artistas y mujeres anónimas. Poco después de su matrimonio con la nieta de la reina Victoria de Inglaterra dejó encinta a una nodriza irlandesa con la que tuvo una hija. Alrededor de 1910 viajaba a París de forma clandestina bajo el pseudónimo de Monsieur Lamy junto con una chica que lo acompañaba desde Madrid. En 1915 Mèlanie de Vilmorin dio a luz a otro hijo fuera del matrimonio regio y desde 1916 la actriz Carmen Ruiz de Moragas fue su relación más frecuente y con la que tendría dos hijos más. Aunque pudo haber sectores que referenciaran esta imagen del monarca desde la perspectiva de la virilidad masculina, de donjuán español, desde posiciones moralistas laicas ligadas al liberalismo y al progresismo también se hicieron campañas contra ese estereotipo del monarca; era la representación de una masculinidad pretérita y rancia, en abierta oposición al modelo anglosajón de gentleman que imperaba en el mundo occidental, ligado a la civilización y al progreso y caracterizado por el autocontrol, la monogamia, el trabajo y la austeridad 41.
Sin embargo, en su vida amorosa también destacaron algunos elementos de caballerosidad y romanticismo. Nos referimos aquí a su decisión de no casarse por cuestión de Estado, como correspondería a todo monarca, sino por amor, en teoría. Para ello visitó varios países hasta decantarse finalmente por Victoria Eugenia de Battenberg. En la correspondencia mantenida entre los prometidos se hacía gala de un romanticismo que, sin duda, agradaba a una sociedad definida por los roles de género burgueses de los que no escapaban los reyes y reinas. En 1906 Alfonso XIII escribió a su prometida desde Canarias manifestando: «Estoy muy agradecido a Dios por haberme ayudado a encontrar una buena y amante esposa. Puedes estar segura [de] que nunca te olvido y te envío mi amor» 42.
Es decir, incluso se hacía referencia a la religiosidad católica, al menos en público, condición inherente a su cargo y a su realidad social 43. Las familias reales también se definieron por los valores y caracteres sexuados del patrón cultural hegemónico, el burgués, en hibridación con la identidad nacional que encarnaban. Para Mónica Moreno y Alicia Mira la imagen familiar de Alfonso y Victoria Eugenia «interviene en un juego de espejos en el que el rey encarna al hombre viril y la reina reafirma dicha imagen a través de sus funciones como esposa y madre», arquetipos que sin duda buscaban empatía popular e identidad nacional 44. Pero esta temprana proyección del personaje tuvo difícil encaje con la vida sexual del monarca y con una pasión por el erotismo que se extendió también a la fotografía y el cine, siendo un gran coleccionista de material pornográfico, e incluso productor de filmaciones del género con la ayuda del conde de Romanones, para cuyo disfrute instaló una sala de proyecciones en el Palacio real 45. A falta de un estudio riguroso sobre el desarrollo de esta faceta por parte del monarca, quizá se pueda aventurar que dicha afición también pudo haber apuntalado la masculinidad donjuanesca de épocas pasadas, pero colisionaba con el progresismo laico y la masculinidad moderna que se definían con los albores del siglo xx.
Una vida tan activa llevó a que se generasen muy diversas imágenes de Alfonso XIII: las de político, soldado, sportman, hijo, padre y gentleman. Un «perfecto hombre de familia» como monarca «moderno y demócrata» 46. Pero todas ellas tuvieron que combinarse con las que no eran tan deseadas: las de niño mimado, mujeriego, enfermo (sobre todo en la etapa final de su vida) o dandy, que fueron utilizadas por los detractores de la corona. Además, también se forjaron otras imágenes que, aunque no eran las que mejor encajaban con la figura del rey, se explotaron para que pudiesen sentirse identificados la mayor cantidad posible de sectores poblacionales. Así, en referencia al rey se buscó su asimilación con el agricultor, el obrero, el ingeniero o el gran emprendedor 47; imágenes muy explotadas de cara a la nacionalización en los viajes y visitas reales que el nieto de Isabel II realizó a las diferentes regiones del reino 48. Todas tenían como elementos comunes su españolidad y patriotismo; incluso desde fuera se le consideró el arquetipo del hombre español: individualista, impulsivo, romántico, sincero, idealista y terco 49.
Frente a esto, las imágenes de su madre y su mujer encarnaron perfiles que encajaban en los ideales de madre y esposa, pese a las diferencias entre ambas. Si María Cristina estaba ligada a la tradición y la austeridad 50, además de a la influencia clerical 51, su nuera era un dechado de juventud, energía, modernidad y progreso, educada en un país «vigoroso y fuerte» que llenaba de «entusiasmo» a la sociedad española; una «encantadora» princesa que también llevaría a la anhelada regeneración nacional 52.
En medio del conflicto marroquí que mantuvo ocupado al Ejército español entre 1909 y 1927 estalló la Primera Guerra Mundial, en la que España no participó de forma directa pero sí indirectamente. Alfonso XIII desarrolló una labor en tareas humanitarias que le reportaría, sobre todo en el exterior, cierto prestigio y respetabilidad 53. Sin embargo, la no participación de España en el conflicto internacional fue vista como un signo de debilidad y atraso técnico. Uno de los argumentos usados por los simpatizantes de ambos bandos fue la falta de carácter del soberano para imponerse a su madre (partidarios del Eje) y/o a su esposa (partidarios de los Aliados).
La Gran Guerra también se consideró un espacio temporal clave para la (re)definición de la masculinidad hegemónica y la consolidación de la militarización de la masculinidad, con la figura del soldado como el modelo normativo de hombre 54. Rasgos como el coraje, la disciplina, el estoicismo o la fortaleza se entendían como cualidades definitorias del género masculino en el primer cuarto del siglo xx; y valores como la dureza, la resistencia, el autocontrol y la victoria caracterizaron la identidad de género, y no solo en relación con la guerra.
La decisión de neutralidad del rey, que se podría hacer extensible a la mayoría de la clase dirigente y de la sociedad española, vendría determinada por la realidad política y social del país. Sin obviar el hecho de que la reina madre era austriaca y la esposa del rey inglesa, la realidad de la debilidad militar de España, con un ejército en estado ruinoso y mal considerado envuelto en la guerra de Marruecos, era una evidencia que el mismo monarca, quizá por su locuacidad, llegó a expresar en una carta al embajador galo, Léon Geoffray, donde también lamentaba su posición neutral 55. Esta «neutralidad obligada» 56 resultaba una situación decepcionante para alguien definido por una mentalidad cuartelaria. En la documentación diplomática francesa e italiana se trasluce cierta pretensión del monarca por desempeñar un papel activo en la contienda, sin renunciar a la neutralidad de la que era cautivo, por lo que deseaba alcanzar un papel como mediador de la paz 57. Por esta razón desde muy temprano quiso darle a la neutralidad un carácter benévolo, lo que le llevaría a desarrollar una acción humanitaria a través de la llamada Oficina Pro-Cautivos, promovida por iniciativa particular del rey, a modo de moderna política pública dentro de la welfare monarchy que se difundía por Europa y de la que el monarca pretendería obtener rendimiento de cara a su proyección internacional e incluso en su reino. Aunque sin duda esta «neutralidad activa» 58 fue el balance más positivo de índole no material que España pudo desarrollar, cuando concluyó la guerra en noviembre de 1918 Alfonso XIII ya era objeto de fuertes ataques por su vinculación tanto con las represiones de los movimientos sociales derivados de la inestabilidad que vivía el país desde 1914, como con la Guerra del Rif y por su constante intromisión en política, lo que llevaría al aliadófilo Luis Araquistáin a referirse a una «monarquía paralítica» 59. Sin duda, los significados de la masculinidad hegemónica que deseaba interpretar Alfonso XIII desentonaban con los déficits en desarrollo y prosperidad que todavía definían la materialidad y subjetividad del Estado español.
El hecho más sonado en España durante la minoría de edad de Alfonso XIII fue la amarga derrota sufrida en 1898 contra los Estados Unidos a propósito de Cuba (véase la imagen 1). Aunque las consecuencias en ámbitos como el social, el económico e incluso el político no fueron tan graves como cabría esperar, el descalabro afectó a la confianza y al prestigio de una España temerosa del darwinismo social, unas ideas que estaban muy vinculadas a la relación entre lo masculino, lo fuerte y dominante por naturaleza, y lo femenino. La derrota del 98 se leyó así en clave de devaluación de la raza, de supuesto declive de los pueblos latinos, con un componente de género: la nación se había afeminado 60.
Nerea Aresti ha demostrado que el contexto histórico posterior a la derrota estuvo marcado por un evidente contenido sexual y adjetivos como femenino o afeminado, masculino o viril, adquirieron gran carga ideológica y serían explotados tanto por el discurso imperialista estadounidense como por diversas ideologías en la Península 61. Las lecturas afectarían dentro y fuera de España: en el extranjero era habitual describir al hombre español como orgulloso, soberbio, pasional e ignorante, vago y anclado en los tiempos de gloria del Imperio 62. La representación gráfica por excelencia era la del torero, que a menudo aparecía como temerario y cruel; de hecho, desde el espectáculo taurino también se buscó construir los diferentes proyectos de regeneración de la masculinidad 63. Y en cierto modo también había una perspectiva más «africana», con ciertas analogías a las representaciones del Magreb, que contrastaba con el ideal de hombre del norte de Europa vinculado a calificativos tópicos como racional, educado, comedido y constante. Y dado que la monarquía pretendía ser la simbología nacional por excelencia, esta adquiría un papel clave en las representaciones de género, de la masculinidad hegemónica.
Las ideas de que España necesitaba ser regenerada y recuperar los valores que la habían hecho grande implicaban dejar atrás rasgos arcaicos y caducos, mirar hacia la virilidad para revertir la tendencia hacia la feminización de la nación. Uno de los aspectos más importantes en los que esta (re)conversión resultaba necesaria fue el militar.
El Ejército, el miembro fuerte y poderoso de la nación del que dependía su prestigio en el exterior, tenía que demostrar que mantenía su vitalidad y virilidad. Fijó sus ojos en Marruecos como un lugar en el que demostrar que la hombría española no había desaparecido. La intromisión de Alfonso XIII en temas militares fue muy temprana y la actitud permisiva de los políticos le animó a ir haciéndose cada vez con más poder en asuntos como ascensos, destinos y recompensas militares. La guerra en el norte de África, impopular pero necesaria desde la óptica de los gobernantes, reforzó el vínculo entre el monarca y el ejército.
Las lecturas en clave colonial del monarca también afectaron a su matrimonio; el hecho de haber elegido una mujer inglesa se leyó como un sometimiento a Gran Bretaña, análogo al que llevaba tiempo existiendo respecto de los intereses coloniales 64. En la historiografía más actual sobre nación y masculinidad es interesante la integración de los roles de género aplicados al contexto colonial 65. Una de las expresiones recurrentes para definir el avance colonialista, «penetración pacífica», tenía unas connotaciones sexuales fuertes que marcaba los roles de género entre colonizador y colonizado.
Alfonso XIII siempre había manifestado interés por el norte de Marruecos como único escenario viable para que España volviera a tener poder colonial. Pero fue a partir de la derrota acontecida el 27 de julio 1909, el desastre del Barranco del Lobo, cuando la cuestión se convertiría en central para el monarca. En 1911 el rey visitó Melilla y el área circundante, un viaje que demostró su interés por los asuntos militares y en el que la prensa destacó continuamente su vitalidad 66. A su vuelta, el presidente del Senado, Eugenio Montero Ríos, afirmó que la historia tendría motivos para apellidar el suyo como el «Reinado de Don Alfonso el Africano» 67, algo que para muchos era una demostración de belicosos deseos y de que la lucha en Marruecos continuaría. Para entonces, el socialismo y otros grupos republicanos ya habían emprendido una campaña contra el rey acusándolo de dirigir personalmente la guerra de Marruecos, como demuestra la referencia de Melquíades Álvarez en 1912 a la existencia de una «voluntad superior» 68.
En 1914, durante el gobierno Dato, culminó la intromisión del monarca a partir de la promulgación del decreto de 14 de enero que llevaría a declaraciones como la de que «el rey interviene directa y constantemente en cuanto se relaciona con las tropas, así como en la concesión de mandos y ascensos» 69. De este modo se autorizaba a la oficialidad a tratar directamente con Alfonso XIII en lugar de seguir los cauces establecidos. Y muchos parecieron más dispuestos a seguir deseos privados del monarca que los públicos del gobierno, como sin duda sucedió en los casos de los generales Marina y Silvestre 70.
Cuando en otoño de 1921 se reabrieron las puertas de la Oficina Pro-Cautivos (cerradas en febrero de ese año) para desarrollar la misma acción humanitaria que durante la Gran Guerra pero para los desastres acontecidos en el Rif, la realidad de la masacre que allí aconteció, con un «universo de desaparecidos» 71 y con el rey bajo sospecha de complicidad, llevó al cierre inmediato de las dependencias para ocultar la bochornosa realidad. Sin duda, la imagen que esto proyectaba del mismo rey resultaba decepcionante, lejos de cualquier ideal de masculinidad.
Entre 1925 y 1927 el monarca se percibiría ya como un elemento cautivo del régimen militar que había apoyado, en teoría, en favor de la modernización autoritaria. Con su unión a Primo de Rivera el rey no solo fue desleal al liberalismo, sino que también se olvidó de su figuración masculina de la nación. Poco a poco fue perdiendo su condición de guía de la nación —en el sentido masculino, fuerte y viril—, de la regeneración; y por ello no se convertiría en el mediador neutral de la evolución hacia la democracia 72.
Que Alfonso XIII tuvo un papel relevante con respecto a las campañas de Marruecos es algo que queda fuera de toda duda, aunque la extensión exacta en las mismas nunca se ha dilucidado. Pero la influencia del monarca fue grande, amplificada por su papel en las designaciones, incluyendo las del Alto Comisario, puesto en el que encontramos a generales palaciegos como Francisco Gómez-Jordana, que era Gentilhombre de Cámara, o su sucesor, Dámaso Berenguer, hombre de confianza del rey. También estuvo recomendado por él el general Silvestre.
Antes del Desastre de Annual, entre julio y agosto de 1921, Silvestre ignoraría a los ministros de la Guerra e incluso al alto comisario Berenguer, mientras que según parece le había prometido a Alfonso XIII que el 25 de julio, día de Santiago, patrón de España y de la Caballería, llegaría hasta Alhucemas donde fundaría una ciudad en su honor. Aunque nunca se encontraron pruebas documentales que implicaran directamente al rey, sí está demostrada la buena sintonía entre ambos y que Silvestre había vuelto a África recomendado por Alfonso XIII 73.
Lo acontecido en Annual, la mayor catástrofe de una potencia europea en África, sirvió para que se reforzara el discurso relativo a la necesidad de que el país demostrara su fuerza, diera un golpe en la mesa y castigara al enemigo. La dureza de la derrota había invertido los roles de género entre colonizador y colonizado, y se señaló la pérdida de virtudes varoniles en el Ejército como una de sus causas 74. Se insistió en que la principal causa del desastre fue el miedo y pánico de los soldados, que abandonaron la disciplina para huir desesperados, más que el poder del enemigo. España, nación débil y afeminada, había hecho el ridículo. No obstante, también hubo lecturas opuestas en las que se consideraba que el exceso de testosterona había sido el causante de los problemas, y Alfonso XIII tendría parte de culpa por haberlo fomentado en la figura del Silvestre, modelo de «conquistador impetuoso y bravucón que representaba todas las características nefastas de la acción colonial española: la de una nación excesivamente agresiva que no pretendía civilizar sino meramente conquistar» 75.
No por casualidad, Silvestre sería considerado desde 1921 en teoría el principal culpable del desastre. Su impaciencia, carácter irreflexivo y temeridad —la misma que le llevaba a referirse al Estado Mayor como «estorbo mayor»— 76 habían resultado un verdadero fracaso. Para el periodista Luis de Oteyza, Silvestre pensaba que «España tenía poder para ir a donde le diera la gana» y que «prefería llegar por la fuerza, mejor que templando gaitas» 77. Juan Guixé comparaba la superioridad intelectual que el líder rifeño Abd el-Krim había demostrado con Silvestre, «cuyo fuerte, como sabe todo el mundo, residía en otro órgano, que no es, precisamente, el cerebro» 78. Pero pocos ejemplos reflejan tan bien el estilo y la actitud de Silvestre como el que relató Víctor Ruiz Albéniz en referencia a cómo se había presentado ante unos rifeños:
«Yo soy un hombre valiente. He estado en Cuba, y he luchado siempre bravamente. Yo tengo en mi cuerpo todas estas heridas (y se desabrochó la guerrera, y mostró también su mano mutilada). Aquel monte —y por una ventana señaló a Quilates— lo tomo yo con mi... (hizo alusión a un atributo de virilidad). Los moros callaron avergonzados [...], no comprendían a tenor de qué el general se dejaba ir por el camino de las bravatas» 79.
Aunque las formas de Silvestre pueden no ser las más representativas por exageradas, son un buen ejemplo de una mentalidad en la que la oficialidad se imponía más por la fuerza que por sus virtudes para el mando, lo cual se reflejaba en una forma de hacer la guerra más brava que estratégica.
El papel de Alfonso XIII como rey-soldado devenía después del desastre en un grave problema. Aunque se trató de evitar su vinculación con Silvestre, esta era de sobra conocida y detalles como que el cajón del escritorio del militar en Melilla apareciese descerrajado aumentaron las sospechas sobre una posible vinculación del monarca 80.
Marruecos acabaría convirtiéndose en un problema para la imagen de Alfonso XIII. La puntilla fue la frase que se le atribuyó después de conocer el pago de 4 millones de pesetas para el rescate de los prisioneros españoles en manos de los rifeños: «¡Qué cara se vende la carne de gallina!». Pese a que su veracidad nunca fue demostrada, acabaría definiendo la imagen de un rey insensible, que valoraba el orgullo y la valentía por encima de la vida de sus ciudadanos. Según el mismo Alfonso XIII, «el año 1921 es el más triste de mi reinado, solo comparable a 1931, y en definitiva el que más contribuyó a acelerar el proceso que me obligó a abandonar España [sic]» 81.
Desde entones el abandonismo, que repuntó tras el Desastre de Annual y del que Miguel Primo de Rivera demostró ser un claro exponente, se ligaba a una falta de virilidad. Maeztu señaló que «España no podía desistir de su empresa sin una confesión de impotencia que no habría sido favorable a su prestigio ni a su seguridad» 82. Primo de Rivera viajó varias veces a San Sebastián y Santander para que el rey apoyase su plan de retirada táctica, lo que al final hizo, en contra del deseo de los africanistas 83. Estos se consideraban ejemplos de la fuerza y la vitalidad de la nación, en contraste con la debilidad y abulia de los oficiales peninsulares, un pensamiento que se extendió también por la opinión pública y que estuvo influido por ideologías ultraconservadoras con una concepción concreta de la masculinidad, de las que el fascismo italiano serviría de modelo. Pero el contraste no se hizo solo con los militares peninsulares sino también con los políticos, considerados débiles, cobardes y materialistas, alejados de la parte viril de la nación que ellos representaban, y que aquellos no dejaban desarrollar 84. En estos sectores más militaristas del Ejército la idea era colonizar Marruecos para reverdecer las glorias imperiales hispanas; la fortaleza y austeridad de Castilla que había dominado un imperio debían volver. El culmen del africanismo y de la masculinidad en el Ejército sería la Legión.
Primo de Rivera terminó liderando un proyecto de recuperación del «hombre español» 85 que sería insuficiente y que se frenó durante la República, no siendo hasta el régimen de Franco cuando se impuso la nación (re)virilizada en toda su extensión. Y Alfonso XIII se colocó al lado del golpe militar que lo defendía, pero con una miopía política que no le permitió ver la imagen de autoritario que le endilgaba y que terminaría por alejarlo de su inconclusa imagen de masculinidad hegemónica de la nación. Con la vuelta de los sables a la política regresaron los valores castrenses relativos a la masculinidad, la masculinidad física y muscular a la que se refería Banerjee 86, lo que llevaría a muchos sectores a aplaudir la llegada de hombres «fuertes» para sustituir a los políticos de la Restauración, aquellos que representaban en cierto modo el amaneramiento de una política que no había sabido afrontar las crisis sucesivas. Alfonso XIII, al ponerse de su lado, se había posicionado, supuestamente, con la hombría.
Cuando en octubre de 1925 Primo de Rivera, apoyado por efectivos militares franceses, procedió al desembarco de Alhucemas y España ganó finalmente la guerra frente a las cabilas rifeñas, Alfonso XIII pudo comprobar cómo el dictador al que él había encumbrado se quedaba con el ansiado éxito, el aprecio de los soldados y, por extensión, de la población. Mientras, él permanecía vinculado al Desastre de Annual. Desde entonces, aunque se continuó con la proyección de la imagen del rey como «paradigma del español perfecto», el carácter nacional tenía ya un doble sentido, el monárquico y el primorriverista, con el nacionalcatolicismo como punto de unión entre Corona y régimen 87. El rey perdía así su condición de encarnación de la nación, de la masculinidad hegemónica de dicha representación 88. Alfonso XIII acabó perdiendo no solo la corona sino también la imagen que pudo haber adquirido como icono masculino de la identidad nacional.
En la realidad tan cambiante de comienzos del siglo xx la acción, la fuerza de voluntad y de resolución, la determinación y decisión adquirieron relevancia como modelo de masculinidad 89. Pero curiosamente en la imagen el rey Alfonso XIII esos atributos se proyectaban a través de las facetas superficiales relacionadas con sus aficiones deportivas y aristócratas, aunque también abundaban las presentaciones del monarca como persona frívola, inconsciente e impulsiva, que anteponía la acción a la reflexión, deseoso siempre de protagonismo y fuertemente herido por la guerra de Marruecos y la neutralidad obligada durante la Gran Guerra. Paradójicamente, muchas de sus indiscreciones quizá pudieron ser erróneamente interpretadas por él como muestra de un carácter fuerte, incapaz de subordinarse a las decisiones de un gobierno que no debía controlar.
Alfonso XIII fue un personaje singular y deformado de todas las maneras posibles: valiente, decidido, arrogante y con espíritu aventurero, obsesionado por los uniformes, el ejército, los motores y los deportes de elite. Sin duda podría encarnar el prototipo de aristócrata moderno e inconformista de la Belle Époque. Además, utilizó y explotó todas estas imágenes que se proyectaban con sus contradicciones para convertirlas en elementos de distinción social masculina que le ayudaran a recrear la pretendida masculinidad hegemónica del primer cuarto del siglo xx, con la consiguiente simbología nacional.
Finalizada la Gran Guerra, el proyecto político que se gestó ya de forma evidente desde 1917 era una realidad en la que se veía al rey como el jefe de una nación conservadora y católica, vinculado a posiciones reaccionarias y antiliberales que culminaron con su abrazo al régimen dictatorial de Primo de Rivera, lo que llevaría a alguna expresión lingüística dicotómica como la de «dictadura coronada»; y no se convirtió en el pretendido icono masculino que encarnara la hombría nacional.
Alfonso XIII presentó elementos de una masculinidad moderna, alejada de los ideales caballerescos de monarcas anteriores, igual que el régimen de la Restauración introdujo muchos aspectos propios de los Estados más avanzados de la época, y distanciados de la España más tradicional. No obstante, en ambos casos, estos elementos fueron en gran medida cosméticos y apenas escondieron una difícil realidad. Alfonso XIII encarnó los elementos viriles del rey-soldado en una España que luchaba por conservar o acrecentar su imperio, pero los fracasos militares en Cuba y en Marruecos, más propios de una «nación moribunda» o «afeminada» que de una verdadera potencia colonial, lastraron la imagen exterior del país y la de un monarca que voluntariamente se había ligado demasiado al imperio. Alfonso XIII fue partícipe de los irreales sueños de grandeza de su nación, ligados a un patrioterismo de ideología ultraconservadora que desconfiaba del poder político. Esta España, que se creía más de lo que realmente era, nos remite también a aquel niño que nació rey, adulado y complacido, y que se vio a sí mismo como superior a la política liberal-demócrata sobre la que quiso imponerse.
Sus aficiones viriles y modernas no podían cambiar la realidad de un soberano que política e ideológicamente no encarnaba el progreso. Su imagen donjuanesca retrataba una masculinidad de otro tiempo, en comparación con la elegante caballerosidad que se imponía en los países más avanzados de Europa. Por eso, la percepción de Alfonso XIII que pasaría a la historia sería la de un altivo cosmopolita e interesado bon vivant 90, lejos de la figura de un monarca social y compasivo.
En definitiva, los fracasos de España como Estado-nación moderno y como potencia imperial fueron al mismo tiempo los fracasos de su monarca. Un rey incapaz de transitar por la senda del progreso, y que acabó por dejarse caer en brazos del autoritarismo reaccionario; un rey incapaz de imponer cautela a un ejército sobre el que tenía mucha influencia, pero cuyas quijotadas coloniales también tuvieron mucho que ver con el fin de su propio reinado.
* Margarita Barral pertenece al grupo de investigación HISTAGRA y Alfonso Iglesias al grupo HISPONA, ambos adscritos a la Univerisidade de Santiago de Compostela (USC). Este artículo forma parte de la producción científica del proyecto PGC2018-093698-B-I00.
1 Joly Maud: «Souffrances des corps, souffrances des territoires: la République espagnole en guerre se raconte», Mélanges de la Casa de Velázquez, 42(2) (2012), pp. 73-90, e Ida Blom, Karen Hagemann y Catherine Hall: Gendered Nations, Nationalism and Gender Order in Long Nineteenth Century, Oxford-Nueva York, Berg, 2000.
2 Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad. Una mirada de género a la crisis del 98», en Mary Nash (coord.): Feminidades y masculinidades: arquetipos y prácticas de género, Madrid, Alianza Editorial, 2014, pp. 47-75; Mary Vincent: «La reafirmación de la masculinidad en la cruzada franquista», Cuadernos de Historia Contemporánea, 28 (2006), pp. 135-151, e Inmaculada Blasco: «Género y nación durante el franquismo», en Stéphane Michonneau y Xosé M. Núñez (eds.): Imaginarios y representaciones de España durante el franquismo, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, pp. 49-72.
3 Robert W. Connell: Gender and Power, Stanford, Stanford University Press, 1987.
4 Joane Nagel: «Masculinity and nationalism: gender and sexuality in the making nations», Ethinic and Racial Studies, 21(2) (1998), pp. 242-269, y Alicia Mira: «Estereotipos de género como estrategia de legitimación en la monarquía española contemporánea», Historia Constitucional, 17 (2016), pp. 165-191.
5 Mónica Moreno y Alicia Mira: «¿Un rey viril para una España fuerte? La masculinidad de Alfonso XIII y la nación», en Nerea Aresti, Karin Peters y Julia Brühne (eds.): ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo xx, Granada, Comares, 2016, pp. 101-135, esp. p. 103.
6 Sikata Banerjee: Muscular Nationalism. Gender, Violence and Empire in India and Ireland, 1914-2004, Nueva York-Londres, New York University Press, 2001.
7 Morgan Hall: «El rey imaginado. La construcción política de la imagen de Alfonso XIII», en Javier Moreno (ed.): Alfonso XIII. Un político en el trono, Madrid, Marcial Pons, 2003, pp. 59-82, 61 y 81-82, y Mónica Moreno y Alicia Mira: «¿Un rey viril...», p. 103.
8 María Teresa Puga: Alfonso XIII, Barcelona, Planeta, 1997, p. 22.
9 Eulalia de Borbón: Memorias, Barcelona, Juventud, 1987, p. 14.
10 Gabriel Cardona: Alfonso XIII, el rey de espadas, Barcelona, Planeta, 2010, p. 39.
11 Joaquín Varela-Suanzes: «Un influyente maestro del derecho político español: Vicente Santamaría de Paredes (1853-1924)», Teoría y Realidad Constitucional, 34 (2014), pp. 641-658, esp. p. 657.
12 Alicia Mira: «Monarquía y neutralidad en la Gran Guerra: Alfonso XIII y la fragilidad de la nación masculina», en Renata de Lorenzo y Rosa Ana Gutiérrez (eds.): Las monarquías de la Europa meridional. Ante el desafío de la modernidad (siglos xix y xx), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2020, pp. 481-510, esp. pp. 486 y 489.
13 Salvador de Madariaga: España. Ensayo de Historia contemporánea, Madrid, España Calpe, 1979, p. 105.
14 Mónica Moreno y Alicia Mira: «¿Un rey viril...», pp. 112-113.
15 Javier Moreno: «El rey de papel. Textos y debates sobre Alfonso XIII», en Javier Moreno (ed.): Alfonso XIII. Un político en el trono, Madrid, Marcial Pons, 2003, pp. 23-58, esp. p. 28.
16 David Robertson: «“La mano oculta” y “El poder moderador”, unas notas sobre las campañas periodísticas de Unamuno entre 1918 y 1923», EPOS, XIV (1998), pp. 207-225.
17 «17 de maig», La Campana de Gracia, 17 de mayo de 1902, p. 2.
18 Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., p. 105.
19 Esta consideración es la que personifica el protagonista masculino, Alejandro Gómez, en la novela de Miguel de Unamuno: Nada menos que todo un hombre (1906), Boston, Ginn and Company, 1961, pp. 57, 59 y 71-72.
20 Julio Camba: Cuando la boda del rey, 4.ª ed., Madrid, Instituto Editorial Reus, 1944, p. 301.
21 «El atentado contra sus majestades», La Correspondencia de España, 2 de junio de 1906, p. 2; «Atentado contra los reyes», Nuevo Mundo, 31 de mayo de 1906, p. 22, y «Las bodas reales», El Noroeste (La Coruña), 1 de junio de 1906, p. 1.
22 ABC, 14 de abril de 1913, p. 5, y La Época, 14 de abril de 1913, p. 1.
23 Epicteto: «Romancero. A mi rey», La Monarquía, 19 de abril de 1913, p. 12.
24 Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., p. 115.
25 Al parecer, el mismo rey le preguntó a un cortesano de su confianza si de verdad era tan feo. Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., p. 76.
26 César Moreno: Los borbones y sus locuras, Madrid, La Esfera de los libros, 2020, p. 363.
27 Para el viaje del rey Alfonso XIII a Las Hurdes, Juan Sánchez: «De visita por Extremadura: los viajes de Alfonso XIII en 1905 y 1912», en Margarita Barral (ed.): Alfonso XIII visita España. Monarquía y nación, Granada, Comares, 2016, pp. 173-196, esp. pp. 187-196.
28 Pueblo, 18 de junio de 1963. Citado en https://campuafotografo.es/
2013/09/20/campua-unico-fotografo-en-el-viaje-de-alfonso-xiii-a-las-hurdes/.
29 «La curiosa historia de un rey en pelotas», De Jigu a Brevas, 149 (2017), pp. 11-13.
30 César Moreno: Los borbones..., p. 363.
31 Julio Montero, María Antonia Paz y José J. Sánchez: La imagen pública de la monarquía. Alfonso XIII en la prensa escrita y cinematográfica, Barcelona, Ariel, 2001, pp. 229-234.
32 Javier Tusell y Genoveva G. Queipo de Llano: Alfonso XIII. El rey polémico, Madrid, Taurus, 2001, p. 105.
33 Aurora Garrido: «Los viajes de Alfonso XIII a Cantabria y Asturias», en Margarita Barral (ed.): Alfonso XIII visita España. Monarquía y nación, Granada, Comares, 2016, pp. 127-145, esp. pp. 131-132.
34 Unai Mezcua: «Los coches más importantes de la Historia de España (II): Alfonso XIII, el coche de la aristocracia», ABC, 7 de septiembre de 2019, recuperado de internet (https://www.abc.es/motor/reportajes/abci-coches-mas-importantes-historia-espana-alfonso-xiii-coche-aristocracia-201909070015_noticia.html).
35 Entre 1910 y 1931 Alfonso XIII adquirió 1.580 acciones y 40 más a nombre del príncipe de Asturias, con un importe nominal de 820.000 pesetas. Jordi Nadal: La Hispano-suiza. Esplendor y ruina de una empresa legendaria, Barcelona, Pasado & Presente, 2021, pp. 78-79.
36 Emilio Polo: Alfonso XIII y el automóvil, Madrid, CIE Dossat 2000, 1996, pp. 53-56 y 97.
37 Olga Volosyuk (dir.): Diplomáticos rusos en España, 1667-2017, Moscú, Universidad Nacional de Investigación, 2016, p. 489.
38 Alicia Mira: «Monarquía y neutralidad...», p. 491.
39 José J. Díaz: «El Don Juan de Unamuno como crítica de la masculinidad en el primer tercio del siglo xx», en Nerea Aresti, Karin Peters y Julia Brühne (eds.): ¿La España invertebrada? Masculinidad y nación a comienzos del siglo xx, Granada, Comares, 2016, pp. 13-28.
40 Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., p. 55.
41 Nerea Aresti: «Masculinidad y nación en la España de los años 20 y 30», Mélanges de la Casa Velázquez, 42(2) (2012), pp. 55-72.
42 Javier Tusell y Genoveva G. Queipo de Llano: Alfonso XIII..., p. 157.
43 David San Narciso, Margarita Barral y Carolina Armenteros: «Possible monarchies: the political and cultural modernisation of Spanish liberalism», en David San Narciso, Margarita Barral y Carolina Armenteros (eds.): Monarchy and Liberalism in Spain. The Building of the Nation-State, 1780-1931, Nueva York-Londres, Routledge, 2021, pp. 1-20, esp. p. 11.
44 Mónica Moreno y Alicia Mira: «¿Un rey viril...», p. 103.
45 Tres de estas producciones cinematográfica, realizadas por los hermanos Ricardo y Ramón Baños Martínez, han sido rescatadas por el productor y coleccionista José Luis Rado. César Moreno: Los borbones..., p. 372.
46 Mónica Moreno y Alicia Mira: «¿Un rey viril...», p. 103.
47 Ibid., p. 105.
48 Margarita Barral (ed.): Alfonso XIII visita España. Monarquía y nación, Granada, Comares, 2016.
49 Javier Moreno: «El rey de papel...», p. 106.
50 «Victoria Eugenia» y «Días de júbilo», El Imparcial, 26 y 30 de mayo de 1906, y «S.A.R. la Princesa Victoria-Eugenia de Battenberg», La Correspondencia de España, 25 y 28 de mayo de 1906, portadas, y «La novia», El Noroeste, 25 de mayo de 1906, p. 1.
51 A. Maura: «La boda del Rey de España», suplemento de Coruña Moderna, 27 de mayo de 1906, p. 1.
52 «El regalo de boda», El Correo de Galicia, 30 de mayo de 1906, portada.
53 Margarita Barral: «De neutralidad obligada a neutralidad activa a través de la acción humanitaria: Alfonso XIII y la Oficina Pro-Cautivos durante la Gran Guerra», en Carlos Sanz y Zorann Petrovici (dirs.): La Gran Guerra en la España de Alfonso XIII, Madrid, Sílex, 2019, pp. 119-139, y Juan Pando: Un rey para la esperanza. La España humanitaria de Alfonso XIII en la Gran Guerra, Madrid, Temas de Hoy, 2002.
54 George Mosse: La imagen del hombre: la creación de la moderna masculinidad, Madrid, Talasa, 2001.
55 Archivo General de Palacio (AGP), RA13, C.ª 15.600, exp. 15.
56 Javier Ponce: «La política exterior española de 1907 a 1920: entre el regeneracionismo de intenciones y la neutralidad condicionada», Historia Contemporánea, 34 (2007), pp. 93-115.
57 Ministère des Affaires Éterangères, Documents Diplomatiques Français (DDF), 1915, tome III (15 septembre-31 décembre), Geoffray a Delcassé, Saint-Sébastien, 23.09.1915, doc. 51, p. 50, y Achivio del Ministero degli Affari Esteri, Documenti Diplomatici Italiani (DDI), V serie, volume VI, Bonin a Sonnino, Madrid, 19.10.1916, doc. 585, p. 393.
58 Margarita Barral: «De neutralidad obligada...», p. 125.
59 Luis Araquistáin: «El país de los paralíticos», España, 31 de enero de 1918.
60 Nerea Aresti: «La historia de las masculinidades, la otra cara de la historia de género», Ayer, 117 (2020), pp. 333-347, esp. p. 339.
61 Nerea Aresti: «A la nación por la masculinidad...».
62 Gemma Torres: «La reivindicación de la nación civilizada: masculinidad española en el discurso colonial sobre Marruecos (1900-1927)», Cuadernos de Historia Contemporánea, 39 (2017), pp. 59-81, esp. p. 63.
63 David Castro: «La corrida de toros en los proyectos de regeneración de la masculinidad nacional (1898-1923)», Ayer, 121 (2021), pp. 197-223, esp. p. 200, y Javier Andreu: El descubrimiento de España. Mito romántico e identidad nacional, Madrid, Taurus, 2016, pp. 273-281.
64 Mónica Moreno y Alicia Mira: «¿Un rey viril...», p. 113.
65 Manuela Marín: Testigos coloniales: españoles en Marruecos, Barcelona, Bellaterra, 2015, pp. 257-275, y Gemma Torres: «Emociones viriles y la experiencia de la nación imperial en las guerras del Rif (1909-1927)», Stvdia historica. Historia contemporánea, 38 (2020), pp. 99-127.
66 Aunque el papel de la reina fue activo a través de su vinculación con la Cruz Roja, en lo relacionado con Marruecos lo normal era la presencia únicamente del rey. Alfonso Iglesias: «Alfonso el africano: la monarquía en Marruecos», en Margarita Barral (ed.): Alfonso XIII visita España. Monarquía y nación, Granada, Comares, 2016, pp. 245-266.
67 «Solemnidades palatinas. El santo del Rey», La Correspondencia de España, 24 de enero de 1911, p. 5.
68 En España Libre, 26 de enero de 1912. Tomada de Federico Villalobos: El sueño colonial. Las guerras de España en Marruecos, Barcelona, Ariel, 2004, p. 82.
69 Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., p. 124.
70 Andrée Bachoud: Los españoles ante las campañas de Marruecos, Madrid, Espasa, 1988, pp. 88-94.
71 Juan Pando: Un rey para la esperanza..., p. 480.
72 Margarita Barral: «Royal Travels: The Modern Staging and Legitimation of the Spanish Monarchy, 1858-1931», en David San Narciso, Margarita Barral y Carolina Armenteros (eds.): Monarchy and Liberalism in Spain. The Building of the Nation-State, 1780-1931, Nueva York-Londres, Routledge, 2021, pp. 202-220, esp. p. 213.
73 Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., pp. 185-192.
74 Gemma Torres ha recogido reflexiones expresadas a través de la masculinidad de autores como Franco, Queipo de Llano, Ruiz Albéniz, Luis Santa Marina o Ramiro de Maeztu. Gemma Torres: «La nación viril. Imágenes masculinas de España en el africanismo reaccionario después de la derrota de Annual (1921-1927)», Ayer, 106 (2017), pp. 133-158, esp. p. 147.
75 Gemma Torres: «La reivindicación...», p. 67.
76 Carlos Seco: Alfonso XIII, Madrid, Arlanza, 2001, p. 215.
77 Luis de Oteyza: Abd-el-Krim y los prisioneros (1922), Melilla, Ciudad Autónoma de Melilla, 2000, p. 91.
78 Juan Guixé: «El jefe de la harca enemiga, Abd-el-Krim», El Heraldo de Madrid, 4 de agosto de 1921, p. 1.
79 Víctor Ruiz: Ecce homo: prueba documental y aportes inéditos sobre las causas del derrumbamiento y consecuencias de él, Madrid, Biblioteca Nueva, 1922, p. 240.
80 Juan Pando: Historia secreta de Annual (1999), Barcelona, Altaya, 2008, p. 183.
81 Julián Cortes Cavanillas: Alfonso XIII. Vida, confesiones y muerte, Madrid, Editorial Prensa Española, 1956, p. 63.
82 Ramiro de Maeztu: «Con el ejército», Revista de Tropas Coloniales, 1 (1924), p. 4.
83 Gabriel Cardona: Alfonso XIII..., p. 226.
84 Gemma Torres: «La reivindicación de la nación...», p. 64.
85 Nerea Aresti: Masculinidades en tela de juicio. Hombres y género en el primer tercio del siglo xx, Cátedra, Madrid, 2010.
86 Sikata Banerjee: Muscular Nationalism...
87 Guillermo María Muñoz: «El año de la Corona: 1927. Monarquía, dictadura y nacionalismo en las bodas de plata de Alfonso XIII», Ayer, 121 (2021), pp. 225-251, esp. p. 249.
88 Margarita Barral: «Royal travels...», p. 213.
89 George L. Mosse: La imagen del hombre..., pp. 119 y 156.
90 Javier Moreno: «¿El Rey de todos los españoles? Monarquía y nación», en Javier Moreno y Xosé Manoel Núñez Seixas (eds.): Ser españoles Imaginarios nacionalistas en el siglo xx, Barcelona, RBA, 2013, pp. 133-167, esp. p. 139.