Ayer 126/2022 (2): 301-327
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2022
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/819
Matteo Re
Recibido: 25-01-2019 | Aceptado: 09-07-2019 | Publicado: 21-04-2022
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Cómo financiar el terrorismo: el caso de las Brigadas Rojas italianas (1970-1988) *

Matteo Re

Universidad Rey Juan Carlos matteo.re@urjc.es

Resumen: En este artículo se analizan las diferentes maneras de financiación que utilizaron las Brigadas Rojas italianas para llevar a cabo sus ataques y mantener una estructura clandestina durante casi veinte años, entre 1970 y 1988. De acuerdo con las investigaciones realizadas para este estudio, se detectan principalmente tres vías de financiación: atracos, secuestros y ayudas externas. Gracias a los datos de los que disponemos hoy es posible afirmar que a través de estas tres fuentes se logró la casi totalidad de la financiación de las Brigadas Rojas.

Palabras clave: financiación, terrorismo, Italia, Brigadas Rojas, izquierda extraparlamentaria.

Abstract: This article analyses the different means used by the Red Brigades to fund their clandestine structure and to launch attacks over a period of almost twenty years, between 1970 and 1988. In relation to the activities of the Red Brigades, the findings of the research reveal three main financial sources: robberies, kidnappings, and external funding. Thanks to information that has been made currently available, it is possible to affirm that practically all the Red Brigades’ financing was secured through these three channels.

Key words: financing, terrorism, Italy, Red Brigades, extra parliamentary left.

Introducción

Este estudio quiere ser una aproximación a la financiación de las Brigadas Rojas a lo largo de su historia, desde su nacimiento, en 1970, hasta su epílogo (y una vez divididas en diferentes facciones) en 1988. Este tipo de trabajo, basado en casi su totalidad en fuentes primarias, presenta ciertas dificultades, ya que la literatura previa sobre este tema es escasa. A pesar de tratarse de un análisis preliminar, creemos que puede ser un primer paso para el estudio de los métodos de financiación del terrorismo italiano, poco analizados, pero fundamentales para reconstruir las dinámicas de la lucha armada a lo largo de su existencia. En estas páginas nos centraremos en el análisis de las diferentes modalidades de autofinanciación, aunque, en la parte final del artículo, realizaremos también una interpretación sobre la actividad armada de las Brigadas Rojas en comparación con su fluctuación financiera.

Para llevar a cabo este trabajo se ha consultado una amplia bibliografía sobre la organización terrorista italiana, incluyendo las autobiografías de sus militantes, en las que aparecen algunas referencias esporádicas sobre cómo conseguían dinero. Debido a que los exterroristas no solían detallar en sus escritos la fuente de sus ingresos, la mayor parte de este estudio se ha tenido que realizar consultando las actas de las comisiones parlamentarias de investigación, órganos colegiados creados según el artículo 82 de la Constitución italiana, cuyo objetivo es investigar temas de interés público. Dichas comisiones estuvieron legitimadas para interrogar a quienes considerasen que pudiera aportar datos sensibles sobre los hechos examinados (miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad el Estado, políticos, magistrados, agentes de los servicios secretos, militantes de las organizaciones extraparlamentarias, terroristas, etc.), recaudaron todo tipo de documentación y analizaron los hechos como si se tratara de autoridades judiciales. Sin embargo, las conclusiones a las que llegaron no implicaron un fallo. Es decir, no se pronunciaron sobre una condena o una absolución, sino que se limitaron a la fidedigna reconstrucción de los hechos.

Las comisiones consultadas en este artículo son las que se refieren a hechos terroristas. De fundamental importancia fue la Comisión Parlamentaria de investigación sobre la matanza de la calle Fani, el secuestro y el asesinato de Aldo Moro y sobre el terrorismo en Italia, también conocida como Commissione Moro. Activa entre 1979 y 1983, consta de 130 volúmenes, que contienen una amplia documentación policial y las actas de los interrogatorios. Veinte años después, se activó otra Commissione Moro, que concluyó en 2017 y que introdujo nuevos hallazgos. Entre 1988 y 2001 se puso en marcha la Comisión Parlamentaria de Investigación sobre el Terrorismo y sobre las causas del intento fallido de identificar los responsables de las matanzas (más conocida como Commissione Stragi). Aunque más centrada en la violencia neofascista, ha sido también consultada para este trabajo de investigación.

La financiación del terrorismo

Hacer efectiva la lucha armada es una tarea que, en general, no necesita demasiados recursos. El terrorismo, tal y como afirma Mikel Buesa, se puede considerar como «una forma específica de guerra» que se fundamenta sobre una «economía depredadora» 1. Por lo tanto, la terrorista es, básicamente, una guerra barata. Un atentado en sí no requiere mucho dinero para su ejecución; los hechos a los que estamos asistiendo en los últimos tiempos con los ataques de corte yihadista perpetrados en Occidente son prueba de ello. Mantener una organización terrorista en el tiempo, sin embargo, sí que requiere una cierta liquidez.

La gestión de gastos, la manera a través de la cual una organización terrorista consigue dinero, cómo lo utiliza o si lo blanquea es información difícil de obtener, pero útil, ya que nos proporciona una instantánea sobre cómo fue posible que una estructura terrorista se mantuviera activa a lo largo de los años. Estudiar las fuentes de financiación y empeñarse en contrarrestarlas nos podrían dar las claves para hacer frente a la amenaza terrorista. Por otra parte, cada organización violenta tiene, o tenía, diferentes métodos para lograr recursos económicos. Al margen de los atracos, recurrentes en la mayoría de los grupos armados, cada organización terrorista ha desarrollado una manera particular de acumular dinero. Algunas se han beneficiado de la venta de estupefacientes, otras han convertido a los empresarios en el objeto de sus extorsiones, unas pocas han obtenido ayudas financieras por parte de Gobiernos o servicios secretos extranjeros y muchas han pedido rescates para la liberación de rehenes 2.

De estos últimos ejemplos, las Brigadas Rojas solo se dedicaron, y de una manera muy reducida, al secuestro de personas. Ni el apoyo de gobiernos o servicios secretos extranjeros (aunque se hayan analizado algunos intentos de acercamiento de estos últimos a las Brigadas Rojas 3, por otra parte, nada sencillos de demostrar) 4, ni la extorsión ni tampoco la venta de estupefacientes formaban parte de los métodos de financiación de los brigadistas. El tráfico de drogas, en Italia, era una actividad copada por el crimen organizado, donde la banda terrorista difícilmente podía entrar. Tampoco quería, debido a unas barreras ideológicas que le impedían rebajar su actividad al tráfico de sustancias ilegales 5, actividad que sí llevaron a cabo los neofascistas 6. La mafia siciliana había extendido sus influencias hasta el resto de Italia. En 1974, la detención, en Milán, de uno de sus jefes se interpretó como la señal de que Cosa Nostra ya estaba presente en toda la península. En la capital de Lombardía, donde nacieron las Brigadas Rojas, coexistían también otras organizaciones criminales que se habían repartido el territorio 7. En las zonas de Padua y Venecia (otros lugares donde las Brigadas Rojas estaban presentes con sus columnas, pero donde también había una fuerte concentración de grupos de extrema derecha terrorista) se encontraba la denominada Mafia del Brenta. Los brigadistas llegaron a Roma a mitad de los setenta y se toparon allí con la banda de la Magliana, que dirigía la mayor parte del crimen organizado de la capital. Cuando decidieron instalarse en Nápoles, tuvieron que coexistir con la Camorra, tarea nada sencilla a juzgar por el poco tiempo que se quedaron allí.

Investigando el contenido de las comisiones parlamentarias a las que nos hemos referido más arriba, averiguamos que las Brigadas Rojas italianas, tal y como veremos de manera más detallada a lo largo de este artículo, se financiaron principalmente a través de tres vías: los atracos, los secuestros y algunas ayudas externas. Procedemos, por lo tanto, a describir estas tres tipologías de financiación.

La importancia de los atracos

Entre 1970 y 1991, los asesinatos en Italia se triplicaron, los robos se multiplicaron por cinco, los atracos se duplicaron 8. Los atracos fueron precisamente una de las principales fuentes de financiación de las Brigadas Rojas. Según el exbrigadista Corrado Alunni, atracar «no era el objetivo principal de la organización, pero era fundamental, ya que permitía su supervivencia» 9. Los brigadistas, utilizando una clara calificación eufemística, llamaban a los atracos «expropiaciones». Dichas actividades criminales no eran prerrogativa exclusivamente de las organizaciones clandestinas. El conjunto de la izquierda extraparlamentaria solía también llevarlas a cabo 10. Por ejemplo, el exmilitante de Lotta Continua, Leonardo Marino, recuerda cómo la organización tuvo que empezar a dedicarse a los atracos cuando vio que la cantidad que recaudaba a través de los donativos de sus miembros no era suficiente para la supervivencia del grupo 11.

Las Brigadas Rojas nunca reivindicaron los atracos que cometieron, algo que sí solían hacer con los asesinatos y las demás acciones violentas que perpetraban. De hecho, ese tipo de actividad causaba preocupación entre sus militantes 12. Alberto Franceschini, uno de los fundadores de la banda, afirma en sus memorias que convertirse en atracador fue el obstáculo más difícil que tuvo que superar en su experiencia como brigadista 13. Ser detenido durante un robo significaba, de cara a los demás, convertirse en un delincuente común, estropeando esa imagen de militante comunista que «expropiaba» solo para financiar la revolución 14. Franceschini recuerda cómo él y sus compañeros se adiestraron en los atracos:

«nuestros enseñantes fueron los amigos delincuentes comunes, nos explicaron sus técnicas y escogimos la clásica: manos arriba, esto es un atraco. Nada de gritos, como hacían ellos para asustar y evitar así cualquier tipo de reacción. Nosotros les diríamos a los empleados y a los clientes que no les haríamos nada, que ni siquiera les robaríamos su dinero» 15.

La realidad, sin embargo, no siempre coincidía con lo que se había planeado. Algunas de las «acciones de autofinanciación» acabaron de manera trágica: el 21 de octubre de 1982, tras llevarse el dinero del Banco de Nápoles en Turín, unos brigadistas dispararon a dos guardias de seguridad, matándolos; el 14 de diciembre de 1984 hirieron de gravedad a otros dos guardias durante el atraco en un supermercado en Roma 16; también en Roma, el 14 de febrero de 1987, mataron a dos policías en un asalto a un furgón blindado 17.

Los atracos se llevaban a cabo sobre todo en zonas de provincia 18, aunque los más lucrativos se perpetraron en grandes ciudades. Recordemos, por ejemplo, el robo cometido el 25 de febrero de 1980, cuando unos brigadistas sustrajeron 450 millones de liras del Banco Nacional de las Comunicaciones, entidad bancaria vinculada al Ministerio de Fomento 19, o el atraco a la Caja de Ahorros de Génova e Imperia del Hospital San Martino de Génova, el 8 de octubre de 1975, de donde los terroristas se llevaron 118 millones de liras 20.

Esta práctica era bastante común, especialmente durante la década de los setenta, en el entorno de los grupos revolucionarios que gravitaban alrededor de las Brigadas Rojas; lo confirman las numerosas menciones a ese tipo de delito que aparecen en la documentación de la Commissione Moro 21.

Con el paso del tiempo, los brigadistas comenzaron a interpretar esas «expropiaciones» no solo como un medio de financiación de un proceso revolucionario que consideraban justo, sino también como una manera de hacer política 22. No podía haber revolución sin ese dinero para financiarla, así que atracar un banco se convertía en un acto revolucionario en sí, dejando de interpretarse como una acción delictiva común.

Para llevar a cabo la lucha armada también era necesario conseguir armas. Para ello solo cabían dos posibilidades, comprarlas o robarlas. Las Brigadas Rojas optaron por ambas opciones. En varias ocasiones las compraron en las armerías, utilizando una documentación falsa 23. Les resultaba más práctico y menos arriesgado, ya que recurrir al mercado negro supone un cierto riesgo de ser identificados. En otras ocasiones optaron por atracar directamente las armerías 24. A veces hasta sustrajeron las armas a los policías 25 o las robaron en viviendas 26. Existía también una red de intercambio de armas entre diferentes organizaciones terroristas europeas y de Oriente Medio. Los grupos palestinos entregaron importantes cargamentos de armas entre la segunda mitad de 1978 y la primavera de 1979 con la intención de que los brigadistas efectuaran unas operaciones contra objetivos israelíes y contra la OTAN 27. Las Brigadas Rojas no atacaron a los israelíes, pero sí a miembros norteamericanos involucrados en operaciones internacionales de paz: el general norteamericano James Lee Dozier fue secuestrado en 1981 (y después liberado gracias a una intervención policial), y Leamon Ray Hunt, director general de la Fuerza Multinacional de Observación en el Sinaí, fue asesinado en 1984.

En la Commissione Moro, concluida en 2017, el exfiscal Luigi Carli afirmó haberse enterado por parte de la exterrorista Fulvia Miglietta de que Fatah entregó un cargamento de subfusiles Sten a la organización terrorista; desde Bulgaria llegaron unas metralletas Skorpion y de Action Directe, explosivos 28. No queda claro para qué servían estas armas, ya que los Sten no son adecuados para una lucha de guerrilla urbana y las Brigadas Rojas nunca utilizaron explosivos. De hecho, los brigadistas tenían una especial animadversión hacia su uso, ya que lo vinculaban con el terrorismo neofascista y la estrategia de la tensión 29. Carli también contó haberse enterado por unos brigadistas colaboradores con la justicia de que las Brigadas Rojas recibieron financiación del Mossad israelí, ya que «ayudar a debilitar la situación interna de Italia habría beneficiado [...] a aumentar el prestigio y la autoridad de Israel» 30. Se hacen suposiciones sobre el posible interés de Israel en lograr mayor visibilidad en el área del Mediterráneo, sin embargo, en la audición no se profundiza sobre este tema. Tampoco parece que tenga mucho sentido que las Brigadas Rojas hayan podido colaborar al mismo tiempo con el Mossad y con los palestinos.

Con los secuestros se recauda más dinero

Con el paso del tiempo, los militantes «regulares», es decir, los que habían pasado a la clandestinidad, habían ido aumentando y, con ellos, los gastos. Hacía falta suministrarles un sueldo mensual (unas 250 mil liras, según lo que contó al juez el brigadista colaborador con la justicia Patrizio Peci) 31, alquilar o comprar viviendas y poner en marcha una imprenta para la difusión de los comunicados y la producción de documentos falsos; también estaba prevista una ayuda económica para los familiares de los detenidos (que en realidad se activaba solo en casos de extrema necesidad). Cada tres meses, las columnas presentaban los presupuestos de gastos al comité ejecutivo, que los aprobaba o los mandaba modificar 32. Si en un principio para adquirir inmuebles los brigadistas utilizaron documentación falsa, cuando la Policía comenzó a investigar las planimetrías catastrales, los terroristas empezaron a servirse de testaferros que, una vez adquiridas las viviendas, las alquilaban a los militantes de la organización 33. La necesidad de aumentar los ingresos llevó a optar por una de las actividades criminales más lucrativas: los secuestros. Entre 1972 y 1989, en Italia, 593 personas fueron secuestradas, siendo 1977 el año más negro, con 75 delitos de esa naturaleza 34. Fue solo a partir de 1991 cuando los secuestros fueron disminuyendo hasta desaparecer, tras la aprobación de la Ley número 82, que imponía el bloqueo de los bienes de las familias de los secuestrados, imposibilitando así el pago del rescate 35.

Las Brigadas Rojas llevaron a cabo dos tipos de secuestros: los de naturaleza política y los de índole económica. Los primeros no preveían ninguna compensación dineraria para la liberación del rehén, eran acciones cuyo objetivo era enviar un mensaje político al entorno del secuestrado o a la sociedad italiana en su conjunto. Así se desarrollaban las acciones que se solían denominar de propaganda armada 36: una célula brigadista se llevaba a la víctima (a menudo una persona vinculada con el mundo empresarial), la retenía unas horas, la interrogaba sobre determinados asuntos que versaban acerca de la gestión de la empresa (metodología de contratación, orientación ideológica de los dirigentes, situación de los trabajadores...) y la liberaba. A esos secuestros de breve duración les sucedieron otros más largos. El primero de ellos fue el de Ettore Amerio, jefe de recursos humanos de FIAT, que estuvo en manos de los terroristas del 10 al 18 de diciembre de 1973. A través de esa operación los brigadistas querían avisar al mundo empresarial de que de ahí en adelante había que tener cuidado porque, al margen de los sindicatos, había nacido una organización que iba a defender a los trabajadores valiéndose de cualquier medio que tuviera a su disposición.

Un año más tarde, las Brigadas Rojas secuestraron al juez Mario Sossi, al que liberaron tras treinta y cinco días de cautiverio a cambio de la promesa (finalmente no cumplida) de puesta en libertad de unos detenidos de otra organización armada afín a las Brigadas Rojas 37. Años más tarde se llegó a uno de los episodios más emblemáticos de la historia del terrorismo italiano: un comando de las Brigadas Rojas secuestró al presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro, tras asesinar a los cinco agentes que lo escoltaban. Era el 16 de marzo de 1978. El 9 de mayo de ese mismo año, Mario Moretti, el jefe de la banda terrorista en ese momento, mató al estadista. Durante el secuestro de Moro, las Brigadas Rojas se plantearon llevar a cabo otro al mismo tiempo. El objetivo iba a ser el empresario multimillonario Leopoldo Pirelli, para asegurarse no solo visibilidad política (con la operación Moro), sino también una importante recaudación económica. Al final, los terroristas decidieron centrarse exclusivamente en la campaña de primavera (así es como los brigadistas denominaron el secuestro de Aldo Moro) por considerar demasiado complicada la gestión simultánea de dos rehenes de ese calibre 38.

Otro secuestro que tuvo una gran repercusión mediática fue el del magistrado Giovanni D’Urso (diciembre de 1980), liberado tras una serie de chantajes por parte de los brigadistas a los medios de comunicación, obligados a publicar unos comunicados redactados por ellos 39.

El surgimiento de corrientes internas en la organización clandestina, la detención del jefe, Mario Moretti, y la toma de conciencia de que la sociedad italiana (y en especial el mundo obrero) estaba cambiando llevaron a una serie de fisuras que fracturaron la unidad de la organización. En 1981, en una especie de competición entre diferentes facciones brigadistas, se realizaron cuatro secuestros, casi simultáneos.

En abril, los militantes de la columna napolitana se llevaron a Ciro Cirillo, concejal regional de Obras Públicas de Nápoles y vicepresidente del comité técnico para la reconstrucción de la zona afectada por el terremoto de 1980. Lo que en un principio iba a ser exclusivamente un secuestro político, se convirtió en una acción de autofinanciación. Los brigadistas acabaron aceptando el pago de mil quinientos millones de liras que se les ofreció tras unas largas y poco claras negociaciones entre brigadistas, Camorra napolitana y representantes políticos democristianos 40.

El 20 de mayo, la columna véneta secuestró al director de la empresa petroquímica Montedison de Porto Marghera (Venecia), Giuseppe Taliercio. Ese secuestro había que interpretarlo en clave de lucha obrera, como defensa de los trabajadores frente a los posibles despidos tras la inminente remodelación de la empresa y su privatización. Taliercio fue asesinado mes y medio después.

El 3 de junio, la columna milanesa secuestró al jefe de personal de Alfa Romeo, Renzo Sandrucci. Con esta operación los terroristas pretendían denunciar las «condiciones laborales de explotación» en las que se encontraban los trabajadores de una de las empresas más conocidas de Italia 41. Tras cincuenta días de cautiverio, el rehén fue liberado. Mientras Sandrucci se encontraba todavía en manos de sus captores, la columna napolitana secuestró a Roberto Peci, hermano del brigadista Patrizio Peci, quien, tras su detención, había comenzado a colaborar con los jueces delatando a sus compañeros a cambio de unas considerables reducciones de condena. Este secuestro se zanjó con el asesinato de Roberto Peci para castigar a su hermano, considerado un traidor.

A finales de 1981 los terroristas llevaron a cabo el ya mencionado secuestro del general de la OTAN en el sur de Europa, James Lee Dozier, de estancia en la base militar de Verona. La operación acabó con la detención de todos los brigadistas involucrados en ese crimen.

Todos estos secuestros tuvieron como objetivo unas reivindicaciones políticas, sin contemplar el pago de un rescate, exceptuando el caso de Ciro Cirillo, donde sí hubo una conspicua suma de dinero para la liberación del rehén, aunque no fuera ese el objetivo inicial de los brigadistas. Al margen de los secuestros políticos, las Brigadas Rojas perpetraron secuestros para su autofinanciación. No queda claro cuántos fueron, ya que supuestamente no todos se denunciaron. Valga como ejemplo lo que cuenta el exbrigadista Prospero Gallinari, quien recuerda el secuestro de un terrateniente milanés (del que omite el nombre): «para raptarlo se utilizó como señuelo a una chica dispuesta a echar un polvo fácil. El secuestrado firmó una serie de cheques y, cuando fue liberado, ni denunció lo ocurrido» 42.

El mayor secuestro realmente pensado con intenciones económicas fue el de Piero Costa. Miembro de una rica familia de armadores, Costa fue llevado por la fuerza el 12 de enero de 1977 y por su liberación se pagó un rescate de mil quinientos millones de liras 43. A pesar de la ingente cantidad lograda con el pago del rescate, Marco Clementi afirma que, poco más de un año y medio después, ese dinero ya se había esfumado 44. Según el exterrorista Patrizio Peci, se había utilizado toda esa cantidad para pagar varios gastos y para la construcción de un chalé en las afueras de Roma, que iba a servir de almacén y de base. Un incendio provocado de manera fortuita por Valerio Morucci destruyó el edificio que había costado unos 450 millones de liras 45.

El dinero de los secuestros tenía que ser blanqueado, ya que los billetes solían estar marcados, aunque, al parecer, no se trataba de una operación complicada. De nuevo según Peci «ibas al banco y pedías que te cambiaran el dinero», así de sencillo 46. Por su parte, tal y como se reconoció en los interrogatorios de la Commissione Moro, la Policía no tenía a su disposición medios suficientes para localizar los billetes marcados, en particular si se blanqueaba en bancos de provincia.

En 1975, antes del secuestro de Piero Costa, las Brigadas Rojas habían raptado al empresario Vallarino-Gancia. La Policía, sin embargo, descubrió el lugar donde los brigadistas mantenían encerrado al rehén y lo liberó tras un violento tiroteo en el que murieron un agente y una terrorista, y dos agentes resultaron heridos de gravedad. No se puede hablar con seguridad de otros secuestros económicos realizados por las Brigadas Rojas.

La importancia de las ayudas externas

Según un documento del CESIS 47, el órgano de coordinación de los Servicios Secretos italianos entre 1977 y 2007, las Brigadas Rojas se financiaban a través de dos modalidades: la denominada «autofinanciación», es decir, atracos y secuestros, y por medio de las remesas de dinero blanqueado proveniente de relaciones comerciales entre sociedades italianas y extranjeras de importación y exportación, que desarrollaban sus actividades de manera aparentemente legal entre Italia y los países comunistas del Este de Europa.

El exministro del Interior, Virginio Rognoni, admitió en una audiencia de la Commissione Moro que

«los intentos para definir los costes de las actividades terroristas no pueden considerarse logrados. Existen evidentes dificultades para detectar la red de subvenciones. De momento no es posible establecer [...] si revistas ideológicas, círculos políticos, colectivos de diferente naturaleza proliferados por doquier entre 1976 y 1978, estructuras de apoyo, etc., hayan contribuido a la financiación de la organización terrorista».

Y añadía que hay que considerar «una característica típica de las organizaciones muy ideologizadas: el uso de prestaciones personales gratuitas o semi-gratuitas por parte de sus militantes hasta llegar a ejemplos, nada infrecuentes, de autofinanciación total» 48. Por lo tanto, a la financiación pecuniaria es importante añadir la no pecuniaria, ya que la suma de favores, de ayudas logísticas y de préstamos, de cesiones, etc., también contribuyó al desarrollo y al mantenimiento de la organización terrorista.

Atendiendo a lo revelado por los brigadistas en sus publicaciones o en sede procesal, la organización recibió ayudas económicas a lo largo de su historia, aunque se desconocen la cantidad y la procedencia. Alberto Franceschini declara que en los momentos previos a la experiencia brigadista el abogado Corrado Costa les ayudaba a él y a su grupo pasándoles algo de dinero 49; en el mismo periodo «un grupito de intelectuales milaneses» les había dado «algo de dinero» 50. No sabemos a quiénes se refiere, pero se puede suponer que fueron personas del entorno de la izquierda extraparlamentaria afines a las primeras acciones de las Brigadas Rojas.

Entre los distintos tipos de ayuda, uno de los más preciados era el suministro de armas. Sabemos, porque lo han contado unos cuantos terroristas, que las primeras armas provenían de la lucha partisana contra el nazi-fascismo 51. Se trataba de material bélico escondido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en no muy buen estado y ya obsoleto. Gracias a la relación de amistad o, en varias ocasiones, de parentesco (de especial interés fue el vínculo abuelo-nieto) entre expartisanos y militantes brigadistas, se favoreció esa especie de relevo generacional —también simbólico— entre quienes se habían enfrentado a una dictadura con la pretensión de llevar a cabo un proceso revolucionario (finalmente fallido) y los que, años más tarde, querían instaurar la dictadura del proletariado y, de alguna manera, reanudar esa lucha comenzada a finales de la Segunda Guerra Mundial 52.

Al margen de esa cesión casi romántica de armas empleadas durante el último conflicto bélico, no es sencillo reconstruir cómo los brigadistas se hicieron con su arsenal, aunque sabemos que muchas se compraron utilizando documentación falsa, tal y como vimos en las páginas anteriores. Según las declaraciones realizadas por el exministro del Interior, Virginio Rognoni 53, en la Commissione Moro, «de las 1.361 armas incautadas en operaciones policiales en 1979, 625 son italianas, 257 de nacionalidad imprecisa, 20 de países del Este de Europa, las demás de países de Oriente [Medio]». Rognoni sentenció que, a pesar de tener la certeza de que entre las armas de las Brigadas Rojas había una pistola Skorpion de fabricación checoslovaca y un subfusil AKM que solían usar las tropas de asalto soviéticas (y también argelinas), «esas informaciones y otras referidas a otros países y servicios secretos no fueron probadas en sede judicial» 54.

Según lo declarado por Giulio Grassini, director de los servicios secretos italianos entre 1978 y 1981, mientras que los demás grupos terroristas como los NAP (Núcleos Armados Proletarios) o grupos extraparlamentarios como Prima Linea solían adquirir las armas en las redes de delincuencia común, las Brigadas Rojas privilegiaban los «canales políticos», es decir, utilizaban su entorno y sus contactos con organizaciones terroristas extranjeras para mover armamento 55. Por otra parte, dentro del movimiento de la Autonomia Operaia —que tuvo su auge en 1977 y que estuvo dirigido, entre otros, por exlíderes de Potere Operaio como Toni Negri, Franco Piperno y Lanfranco Pace— existía el grupo que gravitaba alrededor de la revista Metropoli que, tal y como declaró Piperno en una de las audiencias de la Commissione Stragi, llegó a vender 40.000 copias, lo que sirvió para que el grupo ingresara una buena suma de dinero 56. El contacto entre Brigadas Rojas y el grupo de Metropoli fue favorecido por la pareja Valerio Morucci-Adriana Faranda (brigadistas y exmilitantes de Potere Operaio) y también por Franco Piperno y Lanfranco Pace. Unos cuantos terroristas de diferentes organizaciones de la extrema izquierda armada (para las Brigadas Rojas fue Antonio Savasta) informaron sobre las armas que ese grupo lograba introducir en Italia y cómo aquellas circulaban de una organización a otra 57.

Más controvertida es la supuesta ayuda económica que Giangiacomo Feltrinelli, rico editor fascinado por la revolución cubana y la guerra de guerrillas, habría ofrecido a los brigadistas. Que existió relación entre él y los brigadistas está más que comprobado. Por un lado, son los mismos terroristas quienes lo afirman 58; por otro, hay evidencias judiciales como el hallazgo del pasaporte de Feltrinelli en una base de las Brigadas Rojas encontrada por la Policía en 1972 59. Franceschini recuerda cómo Feltrinelli les había ofrecido dinero, pero, según el brigadista, ellos nunca lo aceptaron 60. No se conoce el motivo, probablemente para evitar que Feltrinelli les controlara de alguna manera o les impusiera su línea política, que poco tenía que ver con la visión obrerista, y nada foquista, de las Brigadas Rojas. En cambio, Marco Pisetta, primer infiltrado en la organización terrorista, afirmó que «en los primeros momentos Feltrinelli se había encargado de una parte de la financiación» 61.

Feltrinelli mantenía buena relación con Cuba 62 y también con funcionarios y agentes del servicio de información de la Unión Soviética y de Checoslovaquia 63. Está contrastada la presencia de Feltrinelli en Praga entre el 14 y el 16 de febrero de 1971. El editor fue a acompañar a Augusto Viel, miembro de la organización armada XXII de Octubre, huido de la justicia italiana, al haber sido declarado culpable de secuestro y asesinato. También, entre 1973 y 1974 resulta probada la estancia de los brigadistas Alberto Franceschini y Fabrizio Pelli en Checoslovaquia 64. A pesar de estas referencias, no podemos aseverar que el Gobierno de ese país, o sus servicios secretos, mantuviera conexiones con las Brigadas Rojas y, menos aún, que financiara sus actividades.

Feltrinelli, como se dijo, se movía en el seno del terrorismo internacional 65. Tenía contactos con Cuba y con las guerrillas latinoamericanas. Suya era la pistola con la cual la terrorista alemana Monika Hertl asesinó en Hamburgo al cónsul boliviano, Roberto Quintanilla, considerado responsable de la captura y posterior asesinato del Che Guevara 66. Asimismo «llevó a cabo una intensa actividad de conexión entre diferentes organizaciones subversivas y terroristas europeas y del área del Mediterráneo, especialmente alemanas, palestinas, francesas e italianas» 67. Feltrinelli financiaba diferentes organizaciones clandestinas a través de la cuenta que tenía en un banco en Lugano. Desde esa cuenta se entregaron cheques al terrorista alemán Wolfgang Meyer (instructor de los GAP, los Grupos de Acción Partisana, una organización armada creada por el mismo Feltrinelli) y a Giambattista Lazagna (otro fundador de los GAP), así como 130.000 francos suizos a un tal Joachin Hans Hirche, de Berlín, quien «resultó haber comprado en Vaduz una pistola que se encontró en un piso franco de los GAP en Milán» 68.

Que muchas armas fueran de fabricación suiza se destapa en el informe del CESIS mencionado más arriba 69. Que otras tantas provinieran del territorio suizo lo afirmaba Valerio Morucci (futuro brigadista), responsable a principios de los años setenta del «trabajo ilegal» de Potere Operaio y quien se encargó de proporcionar armas a las Brigadas Rojas siendo aún militante de la organización extraparlamentaria 70. La rama suiza de esa red estaba liderada por Gianluigi Galli, proveniente de la Facultad de Ciencias Políticas de Padua (como Toni Negri), que se encargaba, junto con su grupo Klassenkampf 71, de robar armas, especialmente en los almacenes del Ejército suizo. Ese grupo ejecutó un robo de gran envergadura el 16 de noviembre de 1972 cuando, junto con Morucci, desvalijó un arsenal militar en la ciudad helvética de Ponte Brolla. Algunas de esas armas fueron recuperadas por la Policía en las bases brigadistas de Robbiano di Mediglia (1974), en el cobertizo donde los brigadistas mantuvieron secuestrado a Vallarino-Gancia (1975), en el piso de la calle Gradoli de Roma, donde Mario Moretti y Barbara Balzerani vivían durante el secuestro de Aldo Moro (1978) 72 y durante la detención de Valerio Morucci y de Adriana Faranda (1979) 73.

Es importante destacar la figura de Valerio Morucci, ya que a través de él los militantes de Potere Operaio abastecían de armas a las Brigadas Rojas 74. Cuando, en 1973, Potere Operaio dejó de existir, algunos de sus militantes confluyeron en las Brigadas Rojas 75; otros, en cambio, rompieron su relación con ellas. Años después, uno de los más críticos con los brigadistas fue el dirigente de Potere Operaio Franco «Bifo» Berardi, quien los definió como «estalinistas» que «dieron el golpe de gracia a todo el movimiento con el asesinato de Aldo Moro» 76.

Valerio Morucci, que se convertiría en militante de peso en las Brigadas Rojas, describe cómo Feltrinelli suministraba armas y pisos francos a todo el movimiento de la izquierda revolucionaria. Recuerda un encuentro en Roma con el editor cuando este le entregó la llave de un piso (base) de la capital, quitándola de un manojo «más grande que el de san Pedro» 77.

Tras la muerte de Feltrinelli, ocurrida el 14 de marzo de 1972 por el estallido de un artefacto que él mismo estaba colocando en un poste de la luz cerca de Milán, entre Potere Operaio y Brigadas Rojas tuvo lugar una disputa por la herencia del amigo revolucionario. Según lo afirmado por el brigadista Michele Galati en la Commissione Moro, los brigadistas eligieron quedarse con el dinero, mientras que a Potere Operaio se le entregaron las armas 78. Es complicado saber, primero, si Galati dijo la verdad, y, segundo, cuantificar la cantidad de dinero que las Brigadas Rojas percibieron.

Al margen de las ayudas provenientes de Feltrinelli, se ha debatido mucho sobre posibles financiaciones procedentes del extranjero. Sin embargo, dichas subvenciones exógenas no se han llegado a demostrar 79. Se habló, por ejemplo, de que una remesa de alrededor de 70 millones de liras proveniente de la empresa automovilística checoslovaca Skoda acabó en las cajas de Autonomia Operaia. Se supone que ese dinero llegó a las arcas de la organización extraparlamentaria gracias a uno de los socios de Skoda Italia pariente de la terrorista de Prima Linea, Fiora Pirri-Ardizzone, mujer de Franco Piperno, militante y fundador de Autonomia Operaia 80. Sin embargo, si algo de esa cantidad pasó a las Brigadas Rojas, se desconoce. Lo más probable es que se quedara en Prima Linea.

A todo lo analizado hasta ahora habría que añadir la importancia de lo que se puede describir como radical milieu 81, aquel ambiente social que, citando a Luca Falciola:

«comparte con los grupos armados perspectivas, ideales y objetivos y apoya los grupos violentos moral y logísticamente. El radical milieu ofrece a las organizaciones armadas recursos materiales y recursos simbólicos. Por un lado, pone a su disposición bases, ayudas logísticas, información y asistencia legal. Por otro, ofrece legitimación teórica, apoyo moral y solidaridad pública» 82.

A menudo se tiende a subestimar la importancia de este segundo factor: la creación de consensos que puede aportar un movimiento afín. Los mecanismos de aumento de la violencia, de hecho, se basan también en el nivel de aceptación percibido por parte de las organizaciones a su alrededor 83. Esa zona gris facilitaba, de alguna manera, la vida de los brigadistas, proporcionándoles pequeñas ayudas económicas, favores de diferente naturaleza, protección, asesoramiento médico o legal, medios de transporte o reparaciones, todo ello de forma gratuita 84.

Evolución estratégica y dimensión económica

En esta parte final procuraremos investigar si hubo una correlación entre los cambios estratégicos de las Brigadas Rojas y sus movimientos económicos. Por comodidad, dividiremos la actividad de la organización según la periodización realizada por Donatella della Porta: el periodo de la propaganda armada (1970-1973/1974), el del «ataque al corazón del Estado» (1974-1976), el de la aniquilación (1977-1978) y el del enfrentamiento militar contra el Estado para la supervivencia (1979-1982) 85. A estos cuatro momentos hay que añadir el de la fragmentación y consecuente derrota de la organización (1982-1988).

El primer periodo coincidió con el liderazgo de los ideólogos y fundadores del grupo: Renato Curcio y Alberto Franceschini. En esta fase, en la que las acciones brigadistas no diferían mucho de la actividad violenta perpetrada por los obreros más beligerantes y tenían poco que ver con la violencia ejercida unos años después 86, los atracos eran limitados y servían para poner en marcha la organización. En esta fase, suponemos que Feltrinelli ayudó a los brigadistas, por lo menos hasta su muerte, en 1972. Por lo tanto, no hacía falta arriesgarse demasiado con peligrosos asaltos a bancos o a armerías.

Una vez detenidos Curcio y Franceschini (el 8 de septiembre de 1974), las actividades para financiarse aumentaron. Desde 1975 comprendieron atracos, robos en armerías y secuestros. Los secuestros del periodo curciano se reducían a acciones demostrativas que, como vimos, pretendían asustar a jefes de fábricas o a sindicalistas de derechas. En este nuevo periodo comenzaron los secuestros por dinero. El del empresario Vallarino Gancia fue ­desarticulado por la Policía. Fue un fracaso para los brigadistas, pero quedaba clara la consigna de que, a partir de ese momento, se empezaba a secuestrar también para recaudar dinero. La estrategia delictiva de los brigadistas iba cambiando. De la propaganda armada se pasó al «ataque al corazón del Estado». Al mando de esta nueva fase se colocó Mario Moretti, líder militarista de la organización. Con él, aumentó la violencia y se perpetró el asesinato de manera sistemática.

Las acciones terroristas se fueron incrementando a partir de 1975, aunque los asesinatos llegaron a su culminación entre 1978 y 1982 87. Tal vez no sea ninguna casualidad que, en plena expansión y en un momento de crisis de las organizaciones extraparlamentarias, a mediados de los setenta 88, las Brigadas Rojas «ejercieran su mayor capacidad de atracción y de proselitismo» 89, logrando así aumentar exponencialmente el número de sus militantes. Según los datos recogidos, en ese periodo la cantidad de atracos se mantuvo constante, lo que aumentó fue la cantidad de dinero recaudado. El periodo 1977-1982 fue el de máxima expansión económica, ya que, además de los atracos, hay que tener en cuenta dos secuestros, el de Costa y el de Cirillo. En 1978 el número de atracos se redujo considerablemente, a pesar de ser el año en el cual los brigadistas realizaron su acción más destacada: el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro. La escasa actividad económica se puede explicar gracias a dos consideraciones. Por un lado, los terroristas, al estar empeñados en ese secuestro, probablemente quisieron evitar llamar la atención perpetrando atracos que pudieran exponerles sobremanera a detenciones e intervenciones policiales. Ya vimos que desistieron de secuestrar al empresario Pirelli justo porque la gestión de dos secuestros de ese calibre les pareció demasiado complicada. Por otro lado, tan solo un año antes habían secuestrado al magnate Piero Costa, cuyo rescate les había procurado una ingente suma de dinero, suficiente para no arriesgarse en ulteriores secuestros ni atracos durante un tiempo, a pesar de la investigación realizada por Marco Clementi, arriba mencionada, según la cual esa cantidad de dinero se esfumó rápido.

A partir de 1983, las Brigadas Rojas redujeron el número de acciones de financiación. Esta fase coincidía con el aumento de las divisiones internas (que habían empezado con la salida de la columna milanesa, Walter Alasia, en 1980) 90, preludio de la derrota definitiva. Se incrementaron también las detenciones. Tras lo ocurrido con Aldo Moro en la primavera de 1978, la Policía intensificó su labor y, ya en 1979, detuvo a unos 76 brigadistas (hasta ese momento nunca se habían alcanzado los 45 brigadistas detenidos por año). En 1980 fueron 205 los detenidos, 83 en 1981 y 542 en 1982. Las detenciones fueron disminuyendo a partir de 1983, año en el cual, de todas formas, se encarcelaron a 67 terroristas 91. Por lo tanto, podemos afirmar que la fluctuación de ingresos coincidió con el aumento del número de militantes y también repercutió en la cantidad de acciones violentas llevadas a cabo por parte de la banda.

A pesar de que las Brigadas Rojas estuvieran ya fragmentadas, de que muchos de sus militantes se encontraran en la cárcel, 1982 supuso una especie de canto del cisne en esa fase final de enfrentamiento contra el Estado para su supervivencia. Los terroristas mataron a 11 personas, siendo ese el tercer año más mortífero de todos los comprendidos entre la creación y la desarticulación de la banda. Fue también el año en el que se llevaron a cabo importantes atracos. Solo unos meses antes, una columna de las Brigadas Rojas había secuestrado al concejal de la Democracia Cristiana, Ciro Cirillo. Entre las distintas facciones se habían ajustado cuentas contra quienes habían accedido a colaborar con la justicia 92. Esta violencia interna, junto con el aumento de los atracos, se puede interpretar como una especie de disputa entre las diferentes facciones para ver cuál de ellas se iba a quedar con el mando de la organización.

Conclusiones

Una organización terrorista tiene unos gastos fijos a los que ha de hacer frente si quiere mantenerse activa durante un largo periodo de tiempo y si desea modificar sus tácticas de lucha y su estrategia para lograr su objetivo final. Los militantes brigadistas «regulares» (aquellos con dedicación completa a la lucha armada) percibían un sueldo mensual y se les facilitaban un alojamiento (solían ser pisos compartidos) y armas. A ello, había que añadir el material de propaganda (folletos, comunicados internos, reivindicaciones de atentados...) y todo tipo de documentación falsa. Los «irregulares», por su parte, tampoco querían perder dinero apoyando la lucha armada y asumiendo riesgos muy elevados.

Los gastos eran continuos, así que los flujos de dinero tenían que ser también constantes, aunque no excesivamente elevados. Sin embargo, es posible afirmar que el aumento de las acciones armadas coincidió con el auge de los ingresos económicos. En ello también influyó que el número de militantes creció de manera exponencial para luego ir disminuyendo una vez aumentaron las detenciones.

Tal y como se ha analizado en este trabajo, las Brigadas Rojas se financiaron principalmente a través de las siguientes maneras: atracos, secuestros y ayudas externas. Quedan descartadas otras prácticas utilizadas por diferentes organizaciones terroristas como son la venta de drogas o la extorsión. El mercado de la venta de drogas ya estaba copado por las organizaciones criminales de tipo mafioso. La extorsión económica (tal y como hacía ETA) también se desestimó, a pesar de ser una práctica bastante lucrativa 93, pues en Italia esa praxis también solía evocar a la criminalidad organizada mafiosa. Emular a la mafia no podía atraer simpatías ni siquiera del entorno más comprometido y proclive a las acciones brigadistas.

Los atracos fueron un recurso utilizado a lo largo de casi toda la actividad armada de la organización clandestina y, en su fase inicial, servían para conseguir dinero rápidamente (aunque no fueran cantidades demasiado elevadas) para poner en marcha la maquinaria brigadista. En los años setenta, además, atracar una sucursal bancaria era una tarea mucho más sencilla que ahora, ya que las medidas de seguridad de la época no eran tan sofisticadas como hoy, especialmente en los bancos de las ciudades de provincia o de los pueblos. Más lucrativos resultaron los secuestros, aunque solo dos fueron de relevancia económica (si bien el secuestro de Ciro Cirillo fue un secuestro político, también —y como hemos visto— le siguió una compensación de tipo dinerario, convirtiéndolo así en una acción crematística). A pesar de la elevada cuantía recaudada, ese dinero fue menguando con relativa rapidez, según declaraciones de los brigadistas en los tribunales. Es curioso que las Brigadas Rojas no hayan recurrido más a menudo a este tipo de acción, ya que les permitía ingresar mucho dinero. Es posible que los secuestros económicos se quedaran como una opción secundaria debido también a la mala prensa que tenía ese tipo de actividad, en un periodo plagado de secuestros realizados por los diferentes grupos criminales presentes en Italia. Las Brigadas Rojas se inclinaron hacia los secuestros políticos, más aceptados por sus simpatizantes e incluso no tan censurados por una parte de la sociedad italiana, si se resolvían finalmente con la liberación del rehén.

Para hacer la revolución hacían falta armas. Las primeras de las que dispusieron los brigadistas fueron heredadas por los partisanos que lucharon contra los nazi-fascistas en los compases finales de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de una herencia más simbólica que práctica, ya que las pistolas eran antiguas y se encontraban en mal estado. Por lo tanto, los terroristas optaron por comprar las armas en las armerías sirviéndose de documentación falsa. Era la opción más sencilla, ya que evitaba todo tipo de contacto con el mercado subterráneo del tráfico de armas, mucho más fácil de rastrear por parte de la Policía. También se cometieron atracos a armerías, y otra parte del armamento llegó del extranjero. El que venía de Suiza era robado, el procedente de otro lugar no se ha vinculado a ningún servicio secreto o Gobierno 94. Quedan comprobadas, sin embargo, las colaboraciones con grupos armados extranjeros, especialmente con la RAF alemana y los palestinos, aunque resulte complicado averiguar si, además del envío de armas, hubo alguna remesa dineraria fruto de esas colaboraciones.

En el entorno de la izquierda extraparlamentaria quedan comprobadas unas conexiones especialmente sólidas con Potere Operaio, primero, y con Autonomia Operaia, después. También hubo contactos con Lotta Continua. Esto no quiere decir que se crearan vínculos indisolubles. Es más, las diferencias eran frecuentes, pero también las colaboraciones y, en casos puntuales, se produjo el trasvase de militantes de la izquierda extraparlamentaria a las Brigadas Rojas. Aquellos contactos posibilitaban intercambios de armas y ayuda logística, además de un apoyo de tipo propagandístico que fue mermando con el paso del tiempo.

Quedan comprobados también los vínculos con Giangiacomo Feltrinelli. Fueron los mismos terroristas quienes, en sus numerosas publicaciones, no ocultaban el cariño que le tenían al editor milanés. No sabemos con exactitud el alcance de las ayudas recibidas. A pesar de que Franceschini le reste importancia, Galati afirma que el dinero del editor pasó a las arcas de las Brigadas Rojas.

Por último, no hay que olvidar el apoyo que los brigadistas lograron de la «zona gris», de aquellos colaboradores anónimos que dispensaban favores a la organización de manera gratuita. Dichas ayudas son imposibles de cuantificar, pero de vital importancia para el mantenimiento de una organización clandestina en un país democrático. Reparar un coche, cambiar la matrícula de un vehícu­lo robado o dar cobijo a un militante en clandestinidad son solo algunos de los gestos que, a pesar de parecer baladíes, adquieren un significado considerable y son de gran ayuda para un grupo terrorista que logró permanecer activo casi veinte años.

A todo lo afirmado hasta ahora hace falta añadir los recursos simbólicos que legitiman la lucha armada y estimulan un proceso de solidaridad pública eficaz para que la violencia sea aceptada como algo inevitable y como una respuesta a una violencia padecida mucho mayor que la ejercida. Ese proceso de comparación ventajosa hizo que, de cara al exterior, la organización terrorista desarrollase un profundo sentimiento de victimización. Así se explica, por ejemplo, cómo numerosos brigadistas fugados de Italia se beneficiaron de la protección de algunos Gobiernos extranjeros, que se negaron a extraditarlos.


* Este estudio forma parte del proyecto «El terrorismo europeo en los años de plomo: un análisis comparativo» (HAR2015-65048-P) financiado por el Plan Nacional I+D+I del Ministerio de Economía y Competitividad.

1 Mikel Buesa: ETA, S. A., Barcelona, Planeta, 2011, p. 21.

2 Max Taylor y John Horgan: «Playing the Green card-financing de Provisional IRA. Part 1», Terrorism and Political Violence, 11(2) (1999), pp. 1-38; Max ­Taylor y John Horgan: «Playing the Green card-financing de Provisional IRA. Part 2», Terrorism and Political Violence, 15(2) (2003), pp. 1-60; Nimrod Raphaeli: «Financing of Terrorism: sources, methods, and channels», Terrorism and Political Violence, 15(2) (2003), pp. 59-82; Andrew Silke: «Drink, Drugs and Rock’n’Roll: Financing Loyalist Terrorism in Northern Ireland», Studies in Conflict and Terrorism, 23(2) (2000), pp. 107-127; Mark Pieth: Financing Terrorism, Boston-Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 2002; Rogelio Alonso: Matar por Irlanda, Madrid, Alianza Editorial, 2003; Vanda Felbab-Brown y James Forest: «Political Violence and the illicit Economies of West Africa», Terrorism and Political Violence, 24(5) (2012), pp. 787-806; Mikel Buesa: «Financiación del terrorismo», ICE, Revista de Economía, 893 (2016), pp. 27-50; James Piazza y Scott Piazza: «Crime Pays: Terrorist Group Engagement in Crime and Survival», Terrorism and Political Violence, (2017), DOI: 10.1080/09546553.2017.1397515, y Angela Bourne: «Securitization and the Proscription of Terrorist Organizations in Spain», Terrorism and Political Violence, 30(2) (2018), pp. 318-335.

3 Sergio Flamigni: La tela del ragno, Milán, Kaos Edizioni, 2003, p. 195; Giuseppe De Lutiis: «La vicenda Hipérion», en Roberto Bartali et al. (coords.), Il sequestro di verità, Milán, Kaos Edizioni, 2008, pp. 189-214, y Fernando Imposimato y Sandro Provvisionato: Doveva morire, Milán, Chiarelettere, 2008, cap. 9, «La lunga mano del KGB», esp. pp. 193 y ss.

4 Giovanni Mario Ceci: La CIA e il terrorismo italiano, Roma, Carocci Editore, 2019, pp. 109 y ss., y Valentine Lomellini (ed.): Il mondo della guerra fredda e l’Italia degli anni di piombo, Florencia, Le Monnier, 2017.

5 Las Brigadas Rojas, a pesar de no haberse involucrado en la venta de estupefacientes, tuvieron contactos con ese mundo criminal. Commissione Moro (2007) (en adelante C. M.), vol. IX, p. 161.

6 Angelo Ventrone (ed.): L’Italia delle stragi: le trame eversive nella ricostruzione dei magistrati delle inchieste, Roma, Donzelli, 2019.

7 Salvatore Borsellino: La Repubblica delle stragi, Roma, Paper First, 2018, pp. 117-142.

8 Marzio Barbagli: L’occasione e l’uomo ladro. Furti e rapine in Italia, Bolonia, Il Mulino, 1995.

9 Corrado Alunni: «Portare a casa i soldi, riportare a casa tutti», en Klaus Schönberg (ed.): La rapina in banca, Roma, Derive Approdi, 2001, pp. 119-121.

10 Recordaremos el atraco llevado a cabo por parte de unos miembros de Potere Operaio: el 5 de diciembre de 1974 atracaron un banco en la localidad de Argelato, cerca de Bolonia. Mientras huían fueron detenidos en un control policial y dispararon a los dos carabinieri matando al primero e hiriendo al segundo. Toni Negri, años más tarde, fue condenado como cerebro de ese atraco.

11 Aldo Cazzullo: I ragazzi che volevano fare la rivoluzione. 1968-1978 Storia critica di Lotta Continua, Milán, Sperling & Kupfer Editori, 2006, pp. 187 y ss. Véase también Marco Scavino: «La piazza e la forza. I percorsi verso la lotta armata dal Sessantotto alla metà degli anni settanta», en Simone Neri Serneri (ed.): Verso la lotta armata, Bolonia, Il Mulino, pp. 117-203, esp. pp. 136 y ss.

12 C. M., vol. XX, p. 801.

13 Alberto Franceschini: Mara Renato e io, Milán, Mondadori, 1988, p. 45.

14 Mario Moretti: Brigate Rosse. Una storia italiana, Milán, Baldini & Castoldi, 2002, p. 24, y Enrico Fenzi: Armi e bagagli, Génova, Costa & Nolan, 1994, pp. 8-9.

15 Alberto Franceschini: Mara Renato e io..., p. 47. En las páginas de este mismo libro, Franceschini admitió que lo de ser atracador le acabó gustando (p. 49). A pesar de esta visión edulcorada de los atracos y, en general, de la actividad terrorista, no son pocos los exmilitantes de las Brigadas Rojas que no dieron muestra de excesivo valor durante su militancia.

16 Claudio Gerino: «Un brigatista ucciso a Roma. In fin di vita due metronotte», La Repubblica, 15 de diciembre de 1984.

17 Giorgio Galli: Piombo Rosso, Milán, Baldini Castoldi Dalai, 2004, p. 225.

18 «La rapina come esproprio», Il Borgehese, 10 de febrero de 1974. Véase también Pietro Calogero, Carlo Fumian y Michele Sartori: Terrore rosso, Roma-Bari, Laterza, 2010, p. 32.

19 C. M., vol. LIV, p. 21, y vol. XIII, p. 143. En la sesión de la Comisión Moro del viernes 27 de junio de 1980, el jefe de policía Coronas citó otros pocos atracos, y no muy lucrativos, llevados a cabo hasta 1980, C. M., vol. IV, p. 74.

20 Reivindicación de las BR de octubre de 1975. Ahora en C. M., vol. XIX, p. 464.

21 Véase C. M., vols. LIV, LXXXIV, LXXXVII, LXXXVIII y XCI.

22 C. M., vol. XX, pp. 677 y 803.

23 C. M., vol. XII, p. 445, y vol. IV, p. 141, y Patrizio Peci: Io l’infame, Milán, Mondadori, 1983, p. 147.

24 Carlo Schaerf et al. (coords.): Venti anni di violenza politica in Italia (1969-1988), t. 2, parte 1, Roma, Isodarco-Università degli Studi di Roma «La Sapienza»-Centro Stampa d’Ateneo, 1992, pp. 786, 798 y 960, y C. M., vol. III, p. 278.

25 C. M., vol. XII, pp. 377, 391 y 404.

26 Véase la condena a Ruggero De Luca por apropiarse indebidamente de dos pistolas pertenecientes a los policías Francesco Leonardo, Bario Morelli y Carmine Mauriello en C. M., vol. LIV, pp. 164 y 198. También C. M., vol. XX, p. 248.

27 El primer cargamento se transfirió desde el Líbano a Italia a través de ambientes de la Autonomia. El segundo fue recogido directamente por dos jefes brigadistas, Mario Moretti y Riccardo Dura, en las costas libanesas. C. M., vol. I, Relazione conclusiva, pp. 151 y 146. Véase también Ely Karmon: Coalition between Terrorist Organizations, Leiden, Brill Academic, 2005, pp. 106-107.

28 C. M., vol. I, Relazione conclusiva, p. 54.

29 Juan Avilés Farré: La estrategia de la tensión, Madrid, UNED, 2021.

30 Ibid., p. 55.

31 C. M., vol. LXIV, p. 285.

32 Valerio Morucci: La peggio gioventù, Milán, Rizzoli, 2004, pp. 116-117, y C. M., vol. XXVI, p. 763.

33 C. M., vol. XVII, p. 448.

34 Giovanni Maria Bellu: «In diciassette anni 600 sequestri», La Repubblica, 17 de junio de 1989.

35 Enzo Ciconte: «Un delitto italiano: il sequestro di persona», en Luciano Violante: Storia d’Italia, Annali criminalità, Turín, Einaudi, 1998, pp. 185-215.

36 Angelo Ventrone: Vogliamo tutto, Roma-Bari, Laterza, 2012, p. 287.

37 En realidad, la liberación de los militantes de la organización terrorista nunca se llevó a cabo. En el último momento, el magistrado Francesco Coco rechazó lo que le consideraba un chantaje por parte de unos criminales. Dos años después, las Brigadas Rojas vengarían esa afrenta matándolo.

38 Prospero Gallinari: Un contadino nella metropoli, Milán, Bompiani, 2006, p. 181.

39 Matteo Re: «Dejar de informar: la prensa italiana y el debate sobre el apagón informativo tras los ataques de las Brigadas Rojas», Historia Contemporánea, 56 (2018), pp. 221-248.

40 Marco Clementi: Storia delle Brigate Rosse, Roma, Odradek, 2007, p. 295, y Carlo Alemi: Il caso Cirillo. La tratativa Stato-BR-Camorra, Nápoles, Tullio Pironti Editore, 2019.

41 Comunicado número 1 del secuestro de Sandrucci, 4 de junio de 1981, Archivio Flamigni, C/f 14.

42 Prospero Gallinari: Un contadino nella metropoli..., p. 81.

43 C. M., vol. XV, documentación sobre el secuestro de Piero Costa, pp. 27 y 30.

44 Marco Clementi: Storia delle Brigate Rosse..., p. 239.

45 Patrizio Peci: Io l’infame..., p. 81.

46 C. M., vol. IV, p. 19, y vol. VII, p. 267.

47 C. M., vol. XXVIII, pp. 577 y ss.

48 C. M., vol. III, p. 271. Renato Curcio y Mario Moretti hablan de la autofinanciación inicial en Mario Scialoja: Renato Curcio. A cara descubierta, Tafalla, Txalaparta, 1994, p. 59, y en Mario Moretti: Brigate Rosse. Una storia italiana, Milán, Baldini & Castoldi, 2002, p. 24.

49 Giovanni Fasanella y Alberto Franceschini: Che cosa sono le BR, Milán, BUR, 2004, p. 40. Corrado Costa, además de abogado, fue un poeta de reconocido valor. Fue miembro del Grupo 63, en el que militaban, entre otros, intelectuales del calibre de Umberto Eco y Alberto Arbasino. Como abogado, fue uno de los defensores de los brigadistas en el primer proceso contra la organización armada celebrado en Turín de 1976. Los terroristas, antes del comienzo del juicio, revocaron la defensa no aceptando el tribunal que les estaba juzgando. Véase Marco Clementi: Storia delle Brigate Rosse..., p. 146.

50 Alberto Franceschini: Mara Renato e io..., p. 45.

51 Giovanni Fasanella y Alberto Franceschini: Che cosa sono le BR..., p. 106. El vínculo entre los primeros brigadistas y la lucha partisana fue muy grande. En el libro de Fasanella y Franceschini (p. 107) se cita también cómo los militantes utilizaban un apodo que muchas veces pertenecía a un exguerrillero de la Resistencia italiana al nazi-fascismo. Curcio, el fundador de las BR, se hacía llamar Armando, como su tío, que había sido partisano.

52 Prospero Gallinari: Un contadino nella metrópoli. Ricordi di un militante delle Brigate Rosse, Milán, Bompiani, 2008, pp. 20 y ss.

53 Virginio Rognoni fue ministro del Interior entre junio de 1978 y julio de 1983. Sustituyó al dimisionario Francesco Cossiga, que había decidido renunciar a su cargo tras la ejecución de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas el 9 de mayo de 1978.

54 C. M., vol. III, sesión del 13 de junio de 1980, audición del ministro del Interior Virginio Rognoni, pp. 261-262. Rognoni no se refería solo a las armas, también a los campos de entrenamiento proporcionados supuestamente por países extranjeros.

55 C. M., vol. IV, p. 212, y también vol. III, p. 303.

56 Commissione Stragi (en adelante C. S.), audición 68, Franco Piperno, 18 de mayo de 2000.

57 C. M., vol. I, Relazione conclusiva, p. 119.

58 Renato Curcio: A viso aperto, Milán, Mondadori, 1993, p. 55, y Alberto Franceschini: Mara Renato e io..., pp. 46 y ss.

59 C. M., vol. XVIII, p. 335. La base es la de la calle Delfico en Milán.

60 Giovanni Fasanella y Alberto Franceschini: Cosa sono le BR..., p. 92. Alberto Franceschini habla del rechazo al dinero ofrecido por Feltrinelli también en Mara, Renato e io..., p. 46.

61 Lorenzo Ruggiero: Dossier Brigate Rosse, 1969-1975, Milán, Kaos Edizioni, 2007, p. 181.

62 Eduardo Rey Tristán y Guillermo Gracia Santos: «The role of the Left-wing editor son the diffusion of the New Left wave. The case of Giangiacomo Feltrinelli», en Alberto Martín Álvarez y Eduardo Rey Tristán (eds.): Revolutionary Violence and the New Left, Londres, Routledge, 2016, pp. 89-109.

63 C. M., 002, Relazioni di minoranza, p. 396.

64 C. M., vol. III, p. 306.

65 Para profundizar sobre el tema de las vinculaciones internacionales del terrorismo italiano, véase Giovanni Mario Ceci: Il terrorismo italiano, Roma, Carocci Editore, 2013, pp. 263-269.

66 Claire Sterling: La trama del terrore, Milán, Mondadori, 1981, p. 47.

67 Angelo Ventura: Per una storia del terrorismo italiano, Roma, Donzelli, 2010, p. 44.

68 Ibid., p. 45.

69 C. M., vol. XXVIII, p. 670.

70 Morucci afirma que, tras la muerte de Feltrinelli, Suiza siguió siendo el lugar donde se podía comprar armas con bastante facilidad. El mismo Morucci, una vez disuelto Potere Opeario, pasó a las Brigadas Rojas. Valerio Morucci: Ritratto di un terrorista da giovane, Casale Monferrato, Piemme, 1999, pp. 40 y 94. Véase también a Giovanni Fasanella y Alberto Franceschini: Che cosa sono le BR..., p. 88.

71 Stelio Marchese: I collegamenti internazionali del terrorismo italiano, Roma, Jadapre,1989, pp. 37 y ss.

72 Las armas secuestradas en el piso franco de la calle Gradoli de Roma durante el secuestro de Aldo Moro, el 18 de abril de 1978, pertenecían a un cargamento robado en Suiza que incluía las armas que la RAF alemana había utilizado para matar a Hans Martin Schleyer el 18 de octubre de 1977. C. M., documentación del SISDE (servicios secretos italianos,) vol. XXVIII, p. 29, y vol. III, p. 313.

73 Ibid., pp. 14-15.

74 Giovanni Fasanella y Alberto Franceschini: Cosa sonole BR..., p. 88.

75 Richard Drake: The Revolutionary Mystique and Contemporary Terrorism in Italy, Indiana University Press, 1989, p. 83.

76 Franco Berardi: La nefasta utopia di Potere operaio, Roma, Castelvecchi, 1998, p. 141.

77 Valerio Morucci: Ritratto di un terrorista da giovane, Segrate, Piemme, p. 38.

78 Sentencia del juicio de 7 de abril, p. 445.

79 Donatella Della Porta: Il terrorismo di sinistra, Bolonia, Il Mulino, 1990, p. 260; C. S., audición 52, Giannicola Sinisi, 25 de mayo de 1999.

80 C. M., vol. XXVIII, p. 30, y vol. IX, p. 196.

81 Stefan Malthaner y Peter Waldmann: «The Radical Milieu: Conceptualizing the Supportive Social Environment of Terrorist Groups», Studies in Conflict & Terrorism, 37(12) (2014), pp. 979-998.

82 Luca Falciola: Il movimiento del 1977 in Italia, Roma, Carocci Editore, 2015, p. 211.

83 Christopher Hewitt: «Terrorism and Public Opinion: A Five Country Comparison», Terrorism and Political Violence, 2(2) (1990), pp. 145-170.

84 Massimiliano Griner: La zona grigia, Milán, Chiarelettere, 2014.

85 Donatella Della Porta: Terrorismi in Italia, Bolonia, Il Mulino, 1984, p. 155.

86 Guido Panvini: Ordine nero, guerriglia rossa, Turín, Einaudi, 2009, p. 234.

87 En 1978 las Brigadas Rojas mataron a quince personas, diez en 1979, quince en 1980, siete en 1981 y once en 1982. Antes de ese periodo habían matado en total a trece personas, mientras que a partir de 1983 los fallecidos por mano de la organización armada fueron ocho. Fuente elaboración propia.

88 Cristoph Cornelissen, Brunello Mantelli y Petra Terhoeven: Il decennio rosso, Bolonia, Il Mulino, 2012.

89 Luigi Manconi: Terroristi italiani, Milán, Rizzoli, 2008, p. 85.

90 Andrea Saccoman: Le Brigate Rosse a Milano. Dalle origini della lotta armata alla finde della colonna Walter Alasia, Milán, Edizioni Unicopli, 2013, pp. 109 y ss.

91 Progetto Memoria: La mappa perduta, Dogliani, Sensibili alle foglie, 2007.

92 Una de las ejecuciones más impactantes fue la del hermano de Patricio Peci, Roberto, quien pagó con la vida la decisión de su hermano de colaborar con la Policía. Giorgio Guidelli: Terra di piombo, Urbino, QuattroVenti, 2007, p. 95. Los ajustes de cuentas se llevaron a cabo también en las cárceles. Véase Monica Galfré: La guerra è finita, Roma-Bari, Laterza, 2014, pp. 154-155.

93 Mikel Buesa: ETA, S. A..., p. 80; íd.: ETA: estadísticas de actividad terrorista. Edición 2012, documento de trabajo n. 82, 2013, p. 19; Gaizka Fernández Soldevilla, Florencio Domínguez y Javier Merino: «¡Paga y calla!», El Correo, 21 de junio de 2015; Izaskun Sáez de la Fuente Aldama (ed.): Misivas del terror, Madrid, Marcial Pons, 2017, y Josu Ugarte Gastaminza (ed.): La bolsa o la vida, Madrid, La Esfera de los Libros, 2018.

94 C. M., vol. I, Relazione conclusiva, p. 139.