Ayer 111/2018 (3): 253-282
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/111-2018-10
© Gabriela de Lima Grecco
Recibido: 15-4-2016 | Aceptado: 13-1-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
El fascismo tropical: literatura y Ação Integralista Brasileira*
Gabriela de Lima Grecco
Universidad Autónoma de Madrid
gabriela.lima@uam.es
Resumen: Este artículo se propone analizar la temática de las políticas culturales fascistas, en especial aquellas surgidas en torno a los intelectuales y a la literatura del movimiento Ação Integralista Brasileira. Para ello, llevaremos a cabo un análisis de las ideas del integralismo brasileño, que consideramos clave para comprender la extensión de la ideología fascista a otras partes del mundo. Por otro lado, el artículo pretende destacar el fascismo como experiencia política del modernismo y el papel de la literatura en el desarrollo del fascismo autóctono en Brasil.
Palabras clave: Brasil, fascismo, literatura, modernismo, Ação Integralista Brasileira.
Abstract: The aim of this paper is to study the subject of fascist cultural policies by focusing on those that emerged from the intellectual and the literary movement known as Açao Integralista Brasileiro. The article analyses Brazilian Integralism, and, by so doing, reflects on the spread of fascist ideology into other parts of the world. It also discusses the importance of the politics of modernism and the role of literature in the development of a native version of fascism in Brazil.
Keywords: Brazil, fascismo, literature, modernism, Ação Integralista Brasileira.
La Gran Guerra supuso una recomposición del panorama político en Europa y América con una amplia politización de la sociedad civil y la irrupción de nuevas fuerzas. Tras el triunfo bolchevique en 1917, el comunismo se erigió como el nuevo adversario de la derecha antiliberal y de las fuerzas reaccionarias, que veían en él un mal incubado por la democracia liberal. En términos generales se puede afirmar que los acontecimientos políticos que sacudieron el inicio del siglo xx tuvieron una clara influencia en la crisis generalizada del parlamentarismo y la democracia. En casi toda Europa y en algunos países de Latinoamérica se crearon formaciones políticas de carácter antiparlamentario que tuvieron un impacto creciente en la contienda pública. Como muchos otros países, Brasil vivió esta experiencia.
Una parte de estos movimientos surgidos durante el periodo de entreguerras se inscriben en el marco de los discursos y prácticas que pretendieron aportar una respuesta de las elites y de la clase media emergente a la crisis del liberalismo. Se trataba de una respuesta autoritaria que intentaba reestructurar las relaciones entre los sectores de la sociedad civil y el Estado. En Italia, de modo más decisivo, estos proyectos se plasmaron en un nuevo régimen que supuso el ensayo de un proyecto político autoritario: el fascismo. En 1922, cuando Mussolini ascendió al poder, los fascistas fueron aplicando e improvisando nuevas políticas, entre las cuales las culturales tuvieron un papel destacado. Estas políticas culturales estaban dotadas de formas y contenidos nuevos y se orientaban a una fascistización de la sociedad en su conjunto1. La política fascista sirvió de modelo, tanto en su organización como en sus valores ideológicos, a diversos movimientos y regímenes.
Ismael Saz señala que «el fascismo constituyó en el periodo de entreguerras un punto de referencia inexcusable tanto para las fuerzas de la izquierda como de las de derecha»2. Brasil experimentó la influencia de la ideología fascista, principalmente a través de la organización Ação Integralista Brasileira (en adelante AIB). El movimiento integralista presentaba similitudes importantes con otros movimientos fascistas y fascistizados en diferentes lugares del mundo, por lo que su estudio resulta de gran utilidad para acercarse a los elementos comunes y diferenciales de la movilización política de la derecha autoritaria en Europa y Latinoamérica.
El integralismo dio su apoyo activo al Gobierno de Getulio Vargas (1930-1945) que puso fin al Estado republicano-liberal brasileño, la República Velha, en 1930, con un interregno autoritario entre 1930 y 1934 y un periodo constitucionalista tras la aprobación de la constitución democrática de 1934, presididos ambos por Vargas. El Estado Novo (1937-1945), tercera etapa en la que Vargas se hizo con el poder pleno y estableció constitucionalmente un sistema autoritario, fue un régimen que se inspiró en los fascismos italiano y alemán. Pero no fue un régimen fascista. Entre otras razones porque —pese a que el fascismo fuese un componente importante en la ideología, el discurso y las políticas del régimen, y pese a que tuviese una influencia directa en personajes centrales del Gobierno— la relación entre el Estado Novo y el movimiento fascista de la AIB (el único movimiento de masas que podría haber otorgado al primero una base popular amplia y haber radicalizado sus propuestas) fue conflictiva. Es posible decir que hasta 1937 las relaciones entre el integralismo y el dictador estuvieron marcadas por el reconocimiento y la interacción entre ambas partes, pero a partir del autogolpe de estado de Vargas de 10 de noviembre de 1937 se inició un periodo de distanciamiento. El integralismo quería un papel central en el nuevo régimen que Vargas le negó al prohibir todos los partidos, incluida la AIB. Por ello los integralistas intentaron deponerlo mediante una acción armada, el Levante integralista, el 11 de mayo de 1938, que fracasó, lo que supuso el aplastamiento del movimiento.
A fin de entender el desarrollo del fascismo brasileño, debemos partir de una cierta concepción del fascismo y de su relación con los intelectuales, así como del concepto de modernismo. En la primera parte, este artículo se propone desarrollar la interpretación del historiador Roger Griffin, quien ha destacado el vínculo de los nuevos modelos artísticos y literarios y el radicalismo político, sobre todo tras la Gran Guerra, y las relaciones existentes entre modernismo y fascismo. Según este autor, el fascismo —al querer llevar a cabo una revolución material y espiritual contra la modernidad— fue un referente ideológico y político importante para diversos intelectuales. Brasil no fue ajeno a este proceso mundial y el líder de la AIB, Plínio Salgado (1895-1975) —escritor y periodista destacado, implicado en la difusión en Brasil del modernismo—, manifestó su fe en la misión regeneradora del mundo moderno y de la identidad nacional a través de un proceso de fascitización político-literario. El análisis de la génesis intelectual del integralismo será de utilidad para proponer un marco de estudio alternativo y novedoso, realizado desde una visión crítica dentro del campo denominado «estudios del fascismo».
En la segunda parte pretendemos conectar el desarrollo del movimiento fascista brasileño con las manifestaciones artísticas y, sobre todo, literarias del modernismo. Según Pierre Francastel, frecuentemente, las obras artísticas son más «desarmadas» ideológicamente que los documentos oficiales y, por ello, acaban revelando más las ideologías subyacentes presentes3. Empero, en este trabajo consideramos que la literatura no solo reveló ideas que subyacían al integralismo, sino que fue un instrumento importante para su desarrollo, porque este movimiento nació como proyecto de un sector de las elites culturales y estuvo liderado por un escritor, Plínio Salgado.
Finalmente, en la última parte haremos una aproximación de forma más minuciosa y a través de fuentes primarias [como las obras de los principales ideólogos del integralismo y documentación disponible en los fondos del Centro de Pesquisa e Documentação de Historia Contemporânea do Brasil de la Fundação Getulio Vargas (en adelante CPDOC/FGV)] a los fundamentos doctrinales del integralismo brasileño. Este análisis es importante para comprender la adaptación activa de la ideología fascista al otro lado del Atlántico y las particularidades del pensamiento integralista. A su vez, hay que señalar la relevancia del estudio de este movimiento para detectar elementos políticos comunes entre los movimientos fascistas europeos y latinoamericanos, y para comprender la importancia de la ideología fascista como fuente de inspiración o referente político en otras dictaduras o movimientos antiliberales del subcontinente americano.
A partir del rechazo a la modernidad occidental preconizada por las elites liberales y por sus críticos socialistas y anarquistas, el fascismo surgió en el seno de una generación cultural de políticos e intelectuales vinculados a movimientos con objetivos modernistas. Fue definido, en palabras de Mussolini, como «una vanguardia destinada a liderar la sustitución del decadente sistema liberal»4. Estos planteamientos concebían la revolución de la nación y no de la clase como la síntesis de una nueva acción política, social y cultural de los estados fascistas que, según Mussolini, encarnarían la capacidad revolucionaria de los nuevos tiempos. Por su parte, en Alemania, como señala Peter Gay, algunos de los jóvenes nazis eran auténticos revolucionarios, es decir, «no eran simples reaccionarios, y algunos de sus criterios nihilistas o totalitarios eran un repudio tanto del autoritarismo del Imperio muerto como del reaccionarismo democrático moderno de la República moribunda»5.
El historiador Zeev Sternhell6 explica que casi todas estas ideas que nutrieron al fascismo surgieron en Francia. El movimiento antiliberal francés, representado particularmente por la Action Française, ofreció muchos de los materiales con los que se llevaría a cabo la construcción del fascismo7. El modelo de Estado monárquico, antiliberal y de nacionalismo integral propuesto por Charles Maurras proporcionó una referencia a los idearios políticos de la derecha antiliberal, en especial en los países latinos y entre diversos movimientos católicos8. Georges Valois, militante que abandonó en 1925 la Action Française, creó el movimiento Le Faisceau, incorporando nuevos elementos ideológicos que constituyeron la base para la creación del fascismo francés. Valois veía el fascismo como un fenómeno de izquierda —aunque crítico a la democracia— y una mezcla entre elementos de la tradición socialista y el nacionalismo, una especie de «socialismo nacional». Con todo, aunque sea difícil establecer quién fue el fundador del fascismo, sus ideas se expandieron por toda Europa, buscando dar una respuesta a problemas percibidos como comunes, entre ellos el de la decadencia política y el de la división de clases. Frente a esas y otra fracturas sociales, la respuesta estaba, para quienes se habían formado en la lectura de las obras de Action Française, en el reconocimiento y fortalecimiento de la organicidad de la sociedad, en la comunidad nacional y en una revolución espiritual9.
De hecho, el fascismo no puede entenderse sino en los términos intelectuales, morales y culturales de la Europa de finales del siglo xix y principios del xx10. También en ese contexto cobró impulso el modernismo, cuando los mitos del progreso liberal e ilustrado pasaron a ser cuestionados. El modernismo es un término genérico equivalente, en una concepción amplia, a la reacción artística, literaria y más en general cultural frente a la modernidad occidental construida en el siglo xix11. El fascismo puede entenderse como una variante política del modernismo (aunque no la única), que incorporó nuevas formas de acción política para poner en marcha la regeneración de la sociedad a fin de conseguir una modernidad diferente.
Esta interpretación del fascismo como una forma de modernismo programático —es decir, como un proyecto cultural de renovación de las prácticas simbólicas y que tenía la misión de crear un mundo nuevo— fue formulada sobre la base de su comprensión como producto de una rebelión contra la modernidad liberal (y su variante socialista). Este enfoque cultural del fascismo, desarrollado por el historiador inglés Roger Griffin, encara el fascismo como una respuesta a la sociedad liberal construida dentro del modelo de Estado nación. Según Griffin, el fascismo debe ser entendido como un movimiento pionero que buscaba un nuevo camino hacia una modernidad alternativa, como una variedad política del modernismo12.
Donde más claramente se articuló el proyecto modernista fue en la esfera artística y cultural, plasmándose en diferentes «ismos» como, por ejemplo, el futurismo, el expresionismo, el surrealismo y el dadaísmo. Pero el modernismo traspasó las fronteras artísticas y tiñó determinados fenómenos sociales y políticos. Es precisamente en ese contexto de cuestionamiento de la cultura decimonónica en el que hay que situar al fascismo. Los intelectuales fascistas pretendieron crear un nuevo hombre y una nueva civilización que derribara el modelo de la burguesía liberal. Gracias a la voluntad modernista de cambio cultural, que ofrecía una respuesta al «decadente» liberalismo y una alternativa al comunismo, el artista de vanguardia fascista trató de comprender los nuevos procesos de la modernidad y pretendió llevar a cabo cambios estructurales en la sociedad.
El fascismo se presentó de esta manera como una vía revolucionaria estética y política, atribuyendo en este sentido especial peso al papel de la cultura. De hecho, se concebía a sí mismo como una revolución cultural13. Por ello, dictadores como Hitler y Mussolini fueron convertidos en «poetas estadistas»14. Las diferencias entre la poesía y el arte de gobernar se diluían, el poeta encarnaba una visión del ser alemán o italiano a través del cual se crearía un nuevo pueblo. En este sentido, Emilio Gentile15 argumenta que se conformó una dimensión religiosa de lo político a través de una política cultural fascista que se construyó a partir de la movilización de ceremonias, desfiles, rituales y símbolos de lo político, diseñados con una clara conciencia de su dimensión estética, para conducir a lo que llamó la «sacralización de lo político». El resultado fue el establecimiento de una política cultural estrechamente relacionada con los fines y problemas de lo nacional. Esa política, inspirada en el impulso de renovación simbólica y estética de los «ismos» modernistas, definió nuevas fronteras semánticas para el arte del siglo xx. Bajo los regímenes fascistas se buscó que sucumbiera la noción liberal de la inspiración individual artística y la expresión del creador se convirtió en el símbolo de los lazos de la «comunidad del alma y de la sangre de una nación»16.
Si, por un lado, el poeta futurista Filippo Marinetti ofreció los componentes para la construcción de un nuevo arte de culto a la violencia, a la guerra y al nacionalismo agresivo, por el otro, algunos artistas apostaron por el aliento al irracionalismo romántico, cuya principal representación estética fue la obra La Nave, de Gabriele D’Annunzio, perteneciente a otra vanguardia, el decadentismo. Este literato tuvo una influencia clave en el desarrollo del fascismo y ejerció un gran atractivo entre las masas a través de sus novelas y poemas de culto a la violencia heroica y de rechazo al sentimentalismo cristiano y humanitario. D’Annunzio fue apoyado económicamente por el régimen fascista y cubierto de honores, tales como el título de príncipe di Montenevoso y el cargo de presidente de la Real Academia de Italia17. Los escritos esotéricos y de evocación a la violencia de Marinetti se sumaron a las obras y al teatro d’annunzianos y atrajeron a centenares de miles de lectores. Estos artistas apostaron por el sentimiento y las emociones y, paralelamente, fomentaron el desprecio por la democracia y sus instituciones.
Los intelectuales fascistas fueron agentes legitimadores de un nuevo orden sociopolítico y llevaron a cabo su misión enlazada al Estado, jugando, como observa Musiedlak18, un doble papel de militantes y burócratas. Mientras que durante el liberalismo había habido una mayor separación entre las esferas política y cultural, en los regímenes fascistas esta diferenciación no existió. El escritor, como productor de símbolos y prácticas, debía someterse a los designios del Estado y de la comunidad nacional, siendo el pueblo el principal destinatario de su mensaje. Hubo, pues, una adhesión plena al régimen, de servicio a la nación, y los intelectuales pasaron a contribuir al juego de las «pasiones políticas»19. Una de las características sobresalientes fue que el Estado creó sus propios «intelectuales orgánicos» y estos se tornaron agentes políticos, capaces de intervenir en los asuntos sociales por medio de su participación en los aparatos ideológicos del Estado20.
Los regímenes fascistas se apropiaron de discursos con el objetivo de articular una serie de argumentos que legitimaran y sustentaran su poder. Buscaron, así, afirmar un nuevo orden del estado dominante de las cosas desarticulando los «contradiscursos». El arte, absorbido por las estructuras del Estado, tendió hacia una «estetización de la vida política» —como señala Walter Benjamin—. Ello tuvo como consecuencia una abundante producción artística de carácter oficial y la exclusión de otras formas de expresión. Dentro de este proceso de marginación de los disidentes se formó paralelamente un sistema de protección social de los fieles que constituyó un elemento de consenso21. Los regímenes buscaron atraer a los intelectuales a fin de crear una base sólida para sus políticas culturales y tuvieron la habilidad de crear diversas instituciones que funcionaron como elemento de captación y como mecanismo de politización. Con ello, el creciente nacionalismo en las artes fue cimentando el paradigma propuesto para representar la nueva comunidad nacional «fascistizada» a través de un mensaje de renovación patriótica.
Existió una cultura política fascista transnacional y transatlántica, aunque no fuese homogénea en los diferentes países: la historiografía actual reconoce que los movimientos fascistas no fueron un fenómeno exclusivo del continente europeo22. Las redes de relaciones a nivel económico, cultural y político entre países europeos y latinoamericanos eran profundas y el impacto de las ideas fascistas fue significativo. Especialmente en Brasil, donde se gestó el principal movimiento de derecha autoritaria en América Latina. De acuerdo con Hélgio Trindade23, el integralismo fue una respuesta generacional a la crisis de la República Velha brasileña, a sus fundamentos liberales y a las conmociones políticas de comienzos de los años treinta en Brasil. Los integralistas incorporaron nuevas formas de acción política y se mostraron como un proyecto de regeneración política que buscaba una síntesis entre el fascismo y el espiritualismo latente, según ellos, en la cultura mestiza del país. En un contexto mundial de descrédito del sistema liberal que apuntaba hacia la afirmación del totalitarismo como nuevo modelo emergente, la génesis del integralismo se vio justificada por la constatación de la falta de salidas inmediatas de la experiencia liberal y por el rechazo a la modernidad que el liberalismo defendía.
En efecto, Latinoamérica fue una región donde el fascismo fue un ingrediente fundamental en el despliegue de las nuevas opciones en el campo político en el periodo de entreguerras. Pese a que muchos de los regímenes posliberales incorporaran algunos de sus símbolos y pese a que vehiculizaran proyectos culturales inéditos de claras resonancias fascistas a través de la propaganda de masas, como ocurrió con los de Getulio Vargas o Juan Domingo Perón, ninguno de esos proyectos autoritarios puede ser fácilmente categorizado como fascista, sin convertir este adjetivo en una mera designación peyorativa. Existieron, por el contrario, movimientos claramente fascistas, como el integralismo brasileño, que atrajeron a un número de personas lo suficientemente amplio como para resultar alarmantes, aunque no lograsen llegar al poder. No hay que olvidar que en el Brasil de 1937, la evolución de las alianzas políticas estuvo cerca de alumbrar la unión de un movimiento de masas de tipo fascista (el integralismo) con el régimen autoritario de Getulio Vargas.
Mientras que, por una parte, autores como Payne afirman que, dado el peculiar contexto latinoamericano, el fascismo no logró adaptarse y sufrió cambios que hicieron que en ese continente «no [hubiese] sino unos pocos movimientos específicamente fascistizantes», por otra, autores como el brasileño Trindade observan que esto no parece ser una característica solo de América Latina24. También en Europa muchos de estos movimientos fracasaron o experimentaron grandes transformaciones, adaptándose a las circunstancias de sus sociedades para sobrevivir. En este sentido —y en oposición a lo observado por Payne—, consideramos que sí se desarrollaron movimientos fascistas en el continente americano, como la AIB, si interpretamos fascista no como una réplica sin más del fascismo italiano, sino como un movimiento de masas, ultranacionalista, revolucionario, antiliberal, antisocialista y de vocación totalitaria.
Entre el periodo finisecular y los años treinta del siglo xx, algunas corrientes de pensamiento y diversos intelectuales brasileños pasaron a defender una posición autoritaria25. Justificaron la necesidad de un Estado fuerte para Brasil y mostraron su rechazo del liberalismo por su conexión con las prácticas oligárquicas, el fraude electoral y la poca participación política de la población26. La revolución de 1930 y la destrucción de la República Velha abrió un espacio para el surgimiento de nuevos grupos y nuevos liderazgos que deseaban romper con el pasado liberal27. En un contexto en el cual empezaron a gestarse nuevos proyectos y se prodigaron los aspirantes a líderes políticos, los nuevos abordajes ideológicos antiliberales proporcionaron argumentos e ideas claves para la formación de una nueva «derecha radical»28. En ese caldo de cultivo surgieron organizaciones como la Propaganda Nativista, Pátria Nova y la Ação Social Nacionalista, y se difundieron teorías novedosas sobre el «autoritarismo», como las formuladas por los intelectuales Azevedo Amaral, Oliveira Viana y Francisco Campos. Sus escritos vieron la luz en importantes revistas del escenario intelectual de derechas que sirvieron como elemento aglutinador de intelectuales para la reflexión y la propaganda, como Hierarquia, Gil Blas, Cultura Política, Ciencia Política y A Razão.
La difusión de estos discursos fascistas o cercanos al fascismo coincidió con una etapa de triunfo del autoritarismo político en toda América Latina29. La crisis de las repúblicas liberales y del propio orden internacional de posguerra favoreció un proceso de radicalización de las derechas cuya consecuencia fue el despliegue de una política nacionalista radical. Brasil no escapó, como hemos señalado, a ese proceso: también en este país inició un proceso de fascistización de determinados sectores de la derecha radical y la aparición de organizaciones que suponían un corte radical con los patrones tradicionales de la derecha brasileña. Entre ellas cabe destacar el Partido Fascista Brasileiro, la Legião Cearense do Trabalho, el Partido Nacional Fascista, Partido Nacional Sindicalista y, sobre todo, la Ação Integralista Brasileira, el principal grupo fascista de Brasil30. Según Trindade, la fundación del movimiento integralista no fue un hecho aislado, sino el resultado de la consolidación de las ideas radicales de la derecha brasileña de los años treinta y de la convergencia de movimientos precursores, que Plínio Salgado supo articular en una única formación31.
Las formulaciones más radicales de las derechas autoritarias contribuyeron decisivamente a la formación de una «cultura política» fascista brasileña32. Su desarrollo hizo posible una lectura compartida del pasado y del futuro y proporcionó un conjunto de valores, códigos y actitudes que determinaron el desarrollo de prácticas y de discursos identificados con el fascismo internacional. Desde luego el fascismo en Brasil fue una cultura política nacional y diferenciada, pero muy conectada a la vez con los modelos foráneos (como el fascismo italiano). Podemos hablar de hecho de una cultura política de características híbridas33. En nuestra opinión, si trasladamos el concepto de hibridación al análisis de la cultura política, el fascismo brasileño refleja su potencia: el integralismo fue un movimiento muy enraizado en los rasgos socioeconómicos, culturales y políticos del país, y la variante local de un movimiento internacional originado en otros lugares del planeta a la altura del periodo de entreguerras. Se constituyó así como resultado de un proceso de hibridación intercultural. No hay duda de que la afirmación de los rasgos diferenciales del fascismo brasileño, en especial de la AIB, no es apenas original. Todos los movimientos fascistas fueron nacionales y fueron a la vez variantes de un fenómeno transnacional34. Se puede afirmar, pues, que el fascismo poseyó una ideología con un núcleo intelectual genérico, pero también articulaciones históricas diferentes y mutaciones nacionales.
La creación de la AIB vino a situar la cultura política fascista en una posición destacada en el escenario político brasileño. Pronto se convirtió en un partido de masas y desarrolló todas las dimensiones posibles de una cultura política diferente, tanto en sus discursos como en sus prácticas. El integralismo se distinguió de las otras culturas políticas antiliberales por su insistencia en la completa transformación de la vida social en Brasil y en el mundo. Y formuló ese objetivo desde una perspectiva revolucionaria, lo que significó una ruptura con las tradiciones anteriores. Era antiliberal, se identificaba con el fascismo internacional y hacía suyo de forma acentuada el modernismo de los intelectuales fascistas.
«É preciso que nós, intelectuais, tomemos conta do Brasil. Definitivamente. Temos que romper com a tradição medíocre da política [...] Estamos fartos de vivermos, nós, intelectuais, à sombra dos poderosos. Queremos mandar».
(Plínio Salgado)
Celebrada en la ciudad de São Paulo en febrero de 1922, la Semana de Arte Moderno fue un acontecimiento cultural que permitió el arranque del movimiento modernista en Brasil. Se trató de un evento artístico que influyó decisivamente en el desarrollo de un nacionalismo interesado en encontrar los orígenes primitivos de Brasil y cuyo concepto de «brasileñidad» fue decisivo para la construcción de muchos de los aspectos del nacionalismo integralista. Sin embargo, el primer episodio simbólico que se halla en los orígenes de la revolución estética-cultural propugnada por los artistas que se encontraron en la Semana fue la exposición individual de Anita Malfatti, celebrada algunos años antes, en 1917. Sus pinturas expresionistas crearon una fuerte conmoción en el público paulista y supusieron un punto de inflexión para el arte brasileño. Malfatti esparció la simiente del movimiento modernista y le otorgó un principio de unidad de acción. Su ruptura estética, empero, encontró la resistencia de algunos intelectuales. Entre ellos estuvo el escritor Monteiro Lobato, quien escribió un artículo de crítica vehemente a la joven Malfatti afirmando que este nuevo arte había nacido de la «paranoia y mistificación». Para Lobato, el arte modernista era producto de los tiempos decadentes, interpretado a la luz de teorías efímeras, y no tenía nada de revolucionario: nada era más arcaico que el arte anormal o «teratológico»35.
A pesar de esta y otras críticas, el arte modernista tuvo un gran éxito. Como consecuencia de la Semana surgieron dos movimientos modernistas, el Pau-Brasil y el Verde-Amarelo. Plínio Salgado tuvo un gran protagonismo en este último. La cuestión del nacionalismo pasó a ser el eje central de las discusiones entre los intelectuales y los artistas de estos movimientos, que en su propia denominación llevaban inscrita su orientación nacional (puesto que el verde y el amarillo son los colores brasileños). Los modernistas expresaron sus concepciones artísticas e ideológicas a través de manifiestos. En particular, Plínio Salgado fue uno de los redactores del Manifesto do Verde-Amarelo, donde expuso los objetivos del movimiento artístico: «Tenemos que construir esta gran nación, integrando la patria común a todas las expresiones históricas, étnicas, sociales, religiosas y políticas. Por la fuerza centrípeta del elemento tupi»36. Por otro lado, el Manifiesto Pau-Brasil (1924) y el posterior Manifiesto antropófago (1928) buscaron reinterpretar el arte nacional. En el Manifiesto antropófago, la frase: «Tupy or not tupy, that is the question» ejemplifica bien los objetivos del grupo: habría que devorar la cultura europea para incorporar sus virtudes, mientras que se debía reforzar el propio organismo, la cultura brasileña.
Durante la década de los años treinta Plínio Salgado, pese a que consideró al grupo Verde-Amarelo como una vía óptima para desarrollar su concepción nacionalista de la cultura, pensó que era necesario profundizar en el debate ideológico y radicalizar el movimiento. Por ello, fundó el grupo Anta37 de perfil ultranacionalista, que se convertiría en la base para la posterior fundación de la AIB. Según Leandro Gonçalves, este momento representó la ruptura de Salgado con los modernistas y con los verde-amarelos y la radicalización de su pensamiento38. A partir de entonces pasó a idear la construcción de un movimiento político radical y de pretensiones fascistas, la AIB.
Brasil, a partir de esta nueva visión articulada por los modernistas, sería una síntesis entre lo primitivo y lo innovador. Esta nueva conciencia nacional por parte de las vanguardias implicó la politización de las artes durante los años veinte y treinta. Para el integralista Pômpeo, el arte brasileño suponía la unión entre la poesía, la música, la arquitectura, la pintura y la escultura en un mismo principio estético marcado, al mismo tiempo, por el nacionalismo y por el tradicionalismo39. El arte debía tener esta visión total y doctrinaria y no nacer de ideas parceladas. De hecho, se puede considerar a Salgado como uno de los más prolíficos intelectuales de entre todos los ideólogos fascistas debido a su elaboración mitológica de la historia brasileña —llamada «síntesis brasileña»— producto de la fusión de las tradiciones indígenas-primitivas y del pueblo criollo.
Los modernistas verde-amarelos también resaltaron el problema de la vida moderna que se caracterizaba por el «mal urbano». El ritmo de la ciudad creaba un individualismo exacerbado en el que cada persona buscaba aumentar al máximo su cuota de comodidad sin preocuparse por sus semejantes. Para Plínio Salgado, el caboclo brasileño —o sea, «la gente sencilla, pobre y honesta»— representaría los verdaderos ciudadanos de la nación, alejados del materialismo de las elites metropolitanas. Los habitantes del interior, en especial del sertão40, serían los poseedores del espiritualismo primitivo de la patria, pues la influencia cosmopolita había destruido la conciencia nacional al rechazar las tradiciones. Buen ejemplo de estas ideas fue la novela de Plínio Salgado, O estrangeiro (1926)41, que revela la procedencia racial brasileña a partir de la asimilación de diversas culturas y hace una descripción y un análisis de la vida del campo y de la ciudad en un tono nacionalista. Según Leandro Gonçalves42, esta obra es considerada la mayor expresión literaria del movimiento modernista verde-amarelo y la base del pensamiento pliniano y, por tanto, la iniciadora del integralismo brasileño. De hecho, su novela O estrangeiro fue considerada por el propio Plínio Salgado como el primer manifiesto integralista43. Según Trindade44, el compromiso literario representó una experiencia más importante para Salgado que su participación en actividades políticas. El ideal nacionalista, desarrollado en primer lugar en la literatura, alcanzó un significado político al pasar del cuestionamiento del pensamiento y del sistema de valores dominantes a la lucha por su superación.
En concreto, esta vanguardia literaria se caracterizó por un intento de ruptura generacional, por su renovación estética y por su interés creciente por la política. Quizá uno de los principales triunfos de los verde-amarelos fue lograr la construcción de un movimiento literario que atrajo a diversos intelectuales, precisamente en un momento en que la mayoría se situaban en posiciones de izquierda. Además, posibilitó que las letras se convirtieran en arma política y canal para el desarrollo de ideas tanto estéticas como políticas, hecho característico del periodo de entreguerras. La literatura pasó entonces a servir a los ideales político-filosóficos y sus narraciones empezaron a ofrecerse como armas para construir la sociedad forjada a partir del espíritu nacionalista, a la vez que modernista y de pretensiones revolucionarias, que los integralistas encarnarían.
Plínio Salgado consideraba que la política y la estética eran una misma cosa, siendo su primer influjo el literario y no el político-ideológico. Al mismo tiempo que veía en el pueblo el alma de la nacionalidad, consideraba que este debía ser guiado por las elites intelectuales y políticas del país. Su visión concebía al intelectual como el sujeto mejor preparado para conducir a la Nación a una nueva era. Los intelectuales tenían la misión de «revelar» la nacionalidad en un contexto autoritario. Considerados únicos poseedores del saber, debían conducir el proceso sociocultural de identificación, de descubrimiento y aceptación de la identidad nacional.
A lo largo de la historia de Brasil, la novela había sido el principal instrumento utilizado por los intelectuales para la elaboración de su crítica tanto en términos político-filosóficos como estrictamente literarios. No obstante, durante el primer tercio del siglo xx la narrativa literaria incorporó la función de instrumento movilizador. A partir del artefacto literario se desplegaron las formulaciones políticas e ideológicas. La influencia del intelectual-escritor estuvo íntimamente ligada a la evolución política. En el proyecto integralista, la función de la literatura y el peso del intelectual fueron determinantes, y, por ello, los integralistas reconocerían en la figura de Plínio Salgado a su principal dirigente. En este sentido, el espiritualismo predicado por el movimiento representó esta visión, que otorgaba el máximo valor a los sentimientos e ideas —expresadas, sobre todo, a través de la literatura— frente al materialismo que, en su opinión, impregnaba la cultura liberal-ilustrada.
El 7 de octubre de 1932, a través del Manifiesto de Octubre presentado en el Teatro Municipal de São Paulo, la AIB fue fundada por Plínio Salgado, intelectual influido por las ideas de Charles Maurras, Gil Robles, Oliveira Salazar, Haya de la Torre y, sobre todo, Benito Mussolini. El Duce brasileño, tras su viaje a Europa en 1930, regresó a Brasil extasiado con la Italia fascista y afirmó que «el concepto de fascismo será la luz de la nueva era»45. En su encuentro con Mussolini, este le dijo que, más que la organización de un partido político de tintes fascistas, Brasil necesitaba primero un movimiento de ideas46. Salgado, convencido de que urgía la instauración de un régimen alternativo a la democracia, regresó a su país dispuesto a organizar y coordinar las fuerzas intelectuales del país.
El movimiento integralista era una organización que se gestó durante la segunda oleada fascista y que llegó a raíz de una crisis nacional, la revolución de 1930, al igual que sucedió con el movimiento fascista en España, la Falange Española. Durante estos años, la creación de los partidos políticos estaba todavía regulada por la constitución republicana brasileña, que no ponía obstáculos mayores a la asociación política y permitió el nacimiento de la AIB. El ascenso en militancia de la nueva organización se produjo a un ritmo vertiginoso. Desde esta fuerte posición empezó la negociación política con el presidente Getulio Vargas, que se tradujo en la instauración de una mayor benevolencia gubernamental hacia el integralismo, que favoreció la ampliación de su base social y la capitalización de sus vínculos con sectores importantes afines al Estado. AIB se convirtió en el primer partido político brasileño de implantación nacional y de masas, contando con cerca de medio millón de militantes en 1937, en una población con cerca de 41,5 millones de habitantes47.
El movimiento integralista siguió de cerca los patrones del fascismo europeo en cuanto a propaganda, organización, símbolos y actividades. Quiso representar un «estilo de vida» en el cual los símbolos y rituales jugaban un papel central. Para ello, adoptó como equivalente de la esvástica (en cuanto a su estética) y del fascio littorio italiano (en cuanto a su significado de «unión de fuerzas») la letra griega sigma (∑) —símbolo matemático de la adición, la suma de infinitas partes—, el saludo fascista —con la exclamación indígena Anauê—48, las camisas verdes, el lema «Deus, Pátria e Família», y la organización de complejos rituales políticos de integración como asambleas y desfiles. El concepto de «integral» estaba relacionado con esta visión «total» y orgánica del movimiento. En las sedes del partido también se adoptó una ornamentación fascista —se dispuso la fotografía del jefe, o Chefe, en la parte central de la sala principal, rodeada por los retratos de otras figuras destacadas del movimiento— y se formaron bibliotecas con obras integralistas y lecturas relacionadas con sus ideas políticas. Todo este culto pone de manifiesto la importancia de los elementos fascistas en el movimiento brasileño y su intento de renovación orgánica comunal, de moralidad corporativa, que trató de reforzar el sentimiento de «pertenencia a algo» y de solidaridad social. Sobre este sentimiento de pertenencia, el historiador Griffin destaca que los militantes se encontraban inmersos en una experiencia revolucionaria y podían sentir que vivían al filo de la historia y que tenían el poder de cambiar su curso49.
El primer acto público de relieve se celebró en 1933 en São Paulo, donde se reunieron cerca de cuarenta mil seguidores. En este mismo acto, Miguel Reale —uno de los principales líderes e ideólogos integralistas— lanzó su candidatura para la Asamblea Constituyente de 1934. Asimismo, durante este periodo aparecieron las Banderas50 integralistas en el nordeste y sur de Brasil, con el objetivo de extender las ideas del movimiento por el territorio estatal. Durante el año 1934, en el primer congreso nacional organizado por la AIB, Plínio Salgado fue elegido jefe supremo y perpetuo, y Gustavo Barroso51 fue designado jefe de las milicias integralistas52.

Grupo de integralistas posando para foto. Al fondo, fijadas en la pared, las banderas brasileña e integralista. En la misma pared, en posición central, se puede ver el retrato de Plínio Salgado, jefe de la AIB.
Fuente: Archivo Público del Estado de São Paulo, Prontuario 040583/Acervo Iconográfico.
A lo largo de los años treinta, los desfiles integralistas pasaron a ser cada vez más frecuentes en las grandes capitales gracias al crecimiento acelerado de sus miembros. En las elecciones de 1936, la AIB obtuvo cerca de 500 concejales, 20 alcaldes y cuatro diputados estatales, logrando cerca de 250.000 votos. Desde estos puestos contribuyeron los integralistas a la radicalización de las luchas políticas, en un combate cada vez más intenso entre izquierda y derecha, sin excluir la violencia como recurso. En efecto, los militantes «sigmáticos» practicaban «la acción dentro de la ley si es posible, pero no dudan ante la acción violenta si es preciso»53.
Lo que hace de la AIB un movimiento original entre los distintos fascismos europeos y latinoamericanos fue su esfuerzo de crear una síntesis nueva de ideas basadas en el carácter pluricultural y multirracial brasileño, sumado, a la vez, al espiritualismo católico (característica esta última que compartía con otros movimientos fascistas como la Falange Española). De esta forma, la peculiar versión brasileña del fascismo se caracterizó por el fuerte peso de los elementos católicos, aunque sin la subordinación a posiciones integristas o reaccionarias católicas. El carácter tradicional del movimiento liderado por Salgado se fundamentó en la doctrina social de la Iglesia y en las propuestas fundamentales de renovación de las elites defendidas por el catolicismo político. Por ello, muchos intelectuales católicos y una masa de practicantes simpatizaron con el movimiento54. Semejante a otros movimientos fascistas —particularmente al de España—, el integralismo produjo un sincretismo de elementos culturales y políticos basados en el autoritarismo y el catolicismo. Sus ideólogos se proclamaron defensores de la espiritualidad frente a los males del materialismo de la sociedad moderna y urbana, representados por el liberalismo y el comunismo. No solo por esta inclinación, pero también por ella, podemos concluir, de acuerdo con las ideas de Emilio Gentile, que se otorgó una dimensión religiosa a la política y el integralismo avanzó hacia una sacralización de su ideología55.
Los integralistas dejaron claro desde sus orígenes que su filosofía política pasaba por la revalorización del espiritualismo cristiano y por la búsqueda de la espiritualización de las masas. En el Manifiesto de Octubre, el movimiento ya señalaba la figura divina como la responsable del futuro de la humanidad. En este sentido, el texto comenzaba con la frase «Dios dirige los destinos de las naciones». Igualmente, un libro editado en 1935 por Antonio Pômpeo, titulado ¿Por qué soy integralista?, explicaba que dicha adscripción implicaba «creer en Dios, amar a Brasil y defender la familia cristiana». Su doctrina subrayó la exaltación de los valores de la concepción espiritualista de la vida, tales como la creencia en Dios y en la inmortalidad del alma, y la unión entre fe y nacionalismo.
A partir de este humanismo espiritualista, Plínio Salgado realizó una síntesis ideológica entre nativismo y catolicismo. Desde esta concepción, señaló el espíritu igualitario de la nación brasileña a través de la impresionante «democracia racial» existente, fruto de una fusión entre tres grupos: los indígenas, los negros y los blancos. Esta idea en realidad era compartida por diversos intelectuales del periodo —entre los que destacó Gilberto Freyre con su libro Casa-Grande & Senzala—56 y por aquellos que formaron parte del movimento modernista. Uno de sus máximos exponentes fue Mario de Andrade, conocido por su célebre romance Macunaíma (1928). Por su parte, el caboclo —el hombre mestizo—, a su vez, era el representante por excelencia de esta fusión racial y de su religiosidad innata, que haría de la nación brasileña un lugar singular para la manifestación de un movimiento espiritualista. Para el integralismo, el carácter mestizo de la nación había sido alumbrado durante el periodo colonial, momento en el cual tuvo lugar la mezcla de culturas57. Brasil fue presentado como un lugar sagrado, donde todas las razas se encontraron para complementarse y fundirse, y cuyo resultado representaba la más perfecta unidad humana existente.
Por ello, la sociedad brasileña se diferenciaba en términos comparativos de la europea por su composición multirracial, un multirracialismo compatible para algunos líderes integralistas con el antisemitismo58. Este elemento, al contrario de lo que argumenta Stanley Payne, no difuminó la identidad nacional, sino que se reveló como el componente aglutinador del fascismo brasileño59. Así, mientras que el racismo integralista se basó en la «exclusión para la integración» a partir de una propuesta de mestizaje étnico-racial, el nazismo se fundamentó en la exclusión por razas y culturas60. Precisamente, la participación e inclusión de diversas «minorías» —como los negros— en las filas de la AIB fue fundamental61. A pesar de ser pocos en número, ocuparon cargos de relevancia dentro del movimiento, como en el caso de João Cándido. De esta manera, el lugar que se otorgó al mestizaje debe ser comprendido en relación a su proyecto nacionalista, cuyo objetivo sería el de unir la nación en un «solo espíritu» para formar un futuro tipo humano de mezcla racial.
Del mismo modo, la mayor preocupación de Plínio Salgado residía en construir una organización pedagógica de carácter evangelizador que tuviera las condiciones para diseminar correctamente los valores espirituales. Estos valores liberarían a las personas del despotismo de la materia y del individualismo propuestos por el liberalismo. Esta «revolución espiritual» —según Salgado— ya funcionaba en otros países y con gran éxito en Italia y Alemania. Con el triunfo de esta concepción espiritualista de la existencia se fundaría un nuevo orden universal: la humanidad integralista62. Esa idea palingenésica63, la de la nación renacida tras un periodo de decadencia, hacía referencia a la idea utópica de construir un nuevo mundo, una regeneración de la civilización.
Tanto Plínio Salgado como Gustavo Barroso desarrollaron una interpretación global de la historia de la humanidad en sus obras A Quarta Humanidade64 y O Quarto Império65. Los teóricos fascistas asociaron el crecimiento de la AIB al surgimiento de una «cuarta era» de la humanidad —una variación de la triádica evolución histórica de los ideólogos fascistas del Tercer Reich y la Tercera Roma—. Esta «nueva era», resurgida en América, representaba, más que una realidad geográfica, un mito utópico. Se proponía la construcción de una nueva civilización, basada en los principios espiritualistas del integralismo para imponer una moral armónica en el mundo material66. Esta «Era» sería posible mediante una «revolución espiritual» que rescataría la verdadera espiritualidad de los antiguos valores medievales67. En este sentido, los integralistas ubican el centro de la historia en América y no en Europa. La proclamación de una nueva «Era» iba de la mano de la edificación de una nueva sociedad y una cultura enraizada en el continente americano. A este último respecto, aunque los ideólogos integralistas creían en un nuevo orden a nivel internacional, reconocían la centralidad y las particularidades del integralismo brasileño. El hecho de que cada país tuviera una matriz común no impedía que contara además con características propias que se trasladarían a sus culturas políticas.
El teórico integralista Miguel Reale argumentaba que el liberalismo había completado su ciclo histórico68. Tras tres siglos de unidad territorial y lingüística en Brasil, el liberalismo se había impuesto en el país y había desplegado una política desligada del nacionalismo y negativa para la formación histórica del país. La mentalidad racionalista, disgregadora y fragmentaria había mostrado sus límites y dado paso a un fenómeno nuevo, una categoría de negación del antiguo liberalismo: el fascismo. Este agotamiento de la democracia liberal había supuesto una crisis a la cual tanto Europa como Latinoamérica debían hacer frente: estaba en juego el dilema de la victoria del comunismo o del fascismo, las dos revoluciones verdaderamente globales del mundo moderno, según Reale. En este sentido, la sociedad debía encaminarse hacia una nueva política de reforzamiento del Estado, cuyo objetivo último sería la construcción de una unidad internacional orgánica. El teórico integralista entendía el bolchevismo como una consecuencia final e indirecta del liberalismo. Por esta razón, el fascismo, al restablecer la plena soberanía a través de la identificación de la nación y de la integración orgánica de la sociedad, se presentaba como la mejor opción. Miguel Reale señaló, además, que el fascismo no había surgido solamente como una reacción al comunismo, sino también como una nueva concepción de la vida, espiritualista, voluntarista y profundamente moral y heroica69.
En la transición hacia la nueva era que se debía iniciar con la revolución fascista, Reale consideraba como un elemento clave el surgimiento del «arquitecto genial», como había sido Mussolini en Italia. El Duce representaba la afirmación de los valores humanos, del poder y de la voluntad de afirmar el dominio mediante la conquista del poder. Siguiendo esta misma lógica, Plínio Salgado argumentaba que cada civilización necesitaba la conciliación entre el determinismo de la historia y el arbitrio individual. En este proceso, el «genio político» sería el sujeto que sacaría provecho de esta síntesis entre lo histórico y lo individual. Solo los pueblos que contaran con ese genio saldrían adelante, porque en la nueva era las nacionalidades débiles serían subyugadas por las naciones fuertes.
Para avanzar hacia esa nueva política se buscó generar entre los militantes un sentimiento ultranacionalista y de conciencia de su «brasileñidad». Este movimiento ideológico pretendía llevar a cabo una regeneración completa de la sociedad brasileña para crear un nuevo tipo de civilización: la civilización tropical, llena de delicadeza y de espiritualidad cristiana70. En un momento de crisis social, política y económica como el que se estaba viviendo, estas ideas alcanzaron un gran eco y muchas personas asumieron los ideales integralistas, convencidos de que se encontraban inmersos en una experiencia nueva y revolucionaria. Los que se unieron al partido entraron en una subcultura autónoma, casi en una contrasociedad, en una organización que tenía sus propias leyes y en una estructura que abarcaba diversos aspectos de la vida social de sus miembros (como educación, cultura, artes, salud, familia, etc.) Así, su organización burocrática y totalitaria se caracterizaba como paraestatal, pues se diseñó para conformar un modelo de los rasgos del Estado integral a punto de ser erigido71.
El integralismo, por tanto, se distinguió de las otras corrientes de «derechas radicales» por su insistencia en la completa transformación de la vida social en Brasil y en el mundo. Esta transformación se formuló desde una perspectiva revolucionaria, que implicaba una ruptura con las tradiciones anteriores. Asimismo, buscaron diferenciarse de la versión europea del fascismo en una reivindicación que se esforzaba por otorgar a la diferencia un signo positivo. La AIB representó, pues, una expresión del modernismo como un proyecto de «modernidad alternativa», nueva y radical. Postulaba una revolución a través del sincretismo racial y cultural, así como el comienzo de una nueva «Era»: los camisas verdes creían estar inaugurando una etapa de la historia radicalmente nueva.
A lo largo de estas páginas hemos examinado cómo la creación de la AIB, surgida en un periodo de crisis tanto brasileña como internacional en cuyo transcurso alcanzaron notable fuerza las ideas autoritarias de derecha, se mostró como una nueva opción política, de corte revolucionario, capaz de congregar un alto número de militantes. Su ideología ecléctica, en la que confluyeron el misticismo religioso y la idea de una nueva raza mestiza, permitió el surgimiento de un fascismo sui generis en el seno de la sociedad brasileña. Tal y como señalamos a lo largo del artículo, se puede decir que el integralismo surgió a partir del despliegue del movimiento modernista brasileño, cuyo vehículo de difusión fue la literatura. Esto es, sin duda, un elemento diferenciador del fascismo brasileño: el haber nacido de un movimiento artístico-literario y ser liderado por un escritor, Plínio Salgado. La producción literaria de Salgado experimentó una importante politización, lo que acabó desembocando en la creación de la AIB. Por ello el pensamiento político e ideológico integralista están claramente expresados en temas y figuras literarias, aunque, como señala el historiador Leandro Gonçalves, este bagaje intelectual suele ser relegado ante lo novedoso de su acción y producción política72. Sea como fuera, el compromiso literario y político se unieron de tal manera que no resulta posible separarlos. En este sentido, la literatura surgió como un artefacto definidor de la identidad nacional en un contexto en que los movimientos fascistas se veían a sí mismos como los únicos capaces de liderar la reconstrucción de los caracteres determinantes de lo nacional y salvar a sus pueblos de la degeneración implícita en la nación liberal.
Desde este punto de partida en unas vanguardias nacionalistas, el integralismo, en sintonía con los otros movimientos fascistas mundiales, construyó sus propias bases ideológicas. Durante los años treinta, en Brasil se desplegó una doble dinámica. Por un lado, se demostró el peso y la intensidad de la radicalización y la fascistización de amplios sectores sociales, pero, por el otro, no acabó por consolidarse la asociación entre movimiento fascista y Estado. En relación a este último, aunque el fascismo tuviese un peso considerable en la ideología del Estado Novo y una influencia directa en personajes centrales del Gobierno, la relación entre el régimen y el movimiento fascista de la AIB fue contradictoria, confrontada y turbulenta. Dicho de otra forma, es evidente que las fuerzas tradicionales acabaron por rechazar el fascismo, lo que puso a la AIB y a Getulio Vargas en trincheras distintas, si bien es cierto que los vínculos ideológicos, e incluso personales, nunca se rompieron enteramente73.
Tras la instauración de la Constitución de 1937 y con la extinción de las formaciones políticas en el mismo año por la dictadura de Vargas, se negoció la transformación de la AIB en asociación cultural (con el nombre de Associação Brasileira de Cultura)74. No obstante, poco después se canceló el registro de la asociación y se prohibió cualquier manifestación o publicación integralistas. El papel secundario otorgado por Vargas a la AIB no encajaba desde luego con las pretensiones fascistas que aspiraban a la transformación radical del pueblo y el «redireccionamiento» de la historia. Ello llevó a que la ruptura definitiva entre el ejecutivo y los integralistas fuese inminente y a que se plasmase finalmente en un intento de golpe de estado integralista en mayo de 1938. Tras el fracaso del putsch, cerca de 1.500 militantes integralistas fueron detenidos y, entre ellos, 300 integralistas fueron condenados a la cárcel. En esta persecución política, sin embargo, las grandes personalidades del movimiento no tuvieron excesivos problemas, con la excepción de Plínio Salgado, que se exilió en Portugal, si bien con el auxilio gubernamental. Las autoridades le facilitaron un pasaporte e incluso recursos financieros durante su exilio75. Este episodio marcó la desintegración de la AIB y supuso, no obstante la reconstrucción de un neointegralismo tras 1945, el fin del mayor movimiento fascista latinoamericano76.
En términos generales, Salgado apoyó a las fuerzas partidarias de una salida autoritaria para Brasil de forma sistemática tanto durante los años que precedieron al golpe de Getulio Vargas como luego, durante la construcción del Estado Novo. Esta alianza estratégica hizo que su plan de conquistar el poder resultaran un completo fracaso. Sea como fuera, está claro que, pese a que la doctrina integralista constituyó un recurso para el proyecto autoritario del Gobierno de Getulio Vargas, este sabía que la AIB era un movimiento de masas, movilizado y activo. Y por esta razón, podía llegar a poner en riesgo su poder personal, en la medida en que la movilización política que fomentaba comprometía el equilibrio de la alianza presidida por Vargas. Las consecuencias de una política paralela y autónoma del Gobierno podrían ser imprevisibles. El integralismo, que incluía ciertos elementos paramilitares y que reunía cerca de un millón de militantes, llegó a ser visto sin duda como una amenaza a la que debía hacerse frente por parte de la jerarquía y la estructura de poder de Vargas, cuya apuesta política pasaba por un autoritarismo desmovilizador. Vargas, por tanto, prefirió romper con el integralismo brasileño, excluyéndolo del proceso de establecimiento del Estado Novo: el fascismo, definitivamente, ya no formaría parte de la «cultura política» del régimen varguista. La traición del dictador a los integralistas es un testimonio más de las difíciles relaciones entre regímenes autoritarios—que a menudo incorporaron elementos fascistas en su práxis y en su doctrina— y los proyectos de los fascistas, de los revolucionarios nacionalistas, como el de la AIB.
* Esta investigación se ha realizado dentro del proyecto del Ministerio de Economía y competitividad HAR2016-76398-P, «Intercambios culturales y creación de identidades a través de fuentes literarias, siglos xix-xx», coordinado por Carmen de la Guardia y Pilar Toboso. Asimismo, este trabajo fue financiado por la Comunidad de Madrid (Atracción de Talento Investigador).
1 Por «fascistización» nos referimos al proceso en cuyo transcurso determinados sectores de derecha, frente a los desafíos de la sociedad de masas, fueron adoptando una serie de elementos tomados del fascismo. Véase al respecto Ismael Saz: Las caras del franquismo, Granada, Comares, 2013.
2 Ismael Saz: «El franquismo: ¿régimen autoritario o dictadura fascista?», en Javier Tusell et al.: El régimen de Franco (1936-1975), Madrid, UNED, 1993, p. 192.
3 Pierre Francastel: Sociologie de l’Arte, París, Anthropos, 1970.
4 Nicolás Sesma Landrin: «De la elite intelectual a la aristocracia política. El discurso de la renovación ideológica y generacional en Gerarchia, Rassegna Mensile della Rivoluzione Fascista y Jerarquía, la revista negra de la Falange», en Francisco Morente (ed.): España en la crisis europea de entreguerras, Madrid, Catarata, 2011, p. 273.
5 Peter Gay: La cultura de Weimar. Una de las épocas más espléndidas de la cultura europea del siglo xx, Madrid, Paidós Contextos, 2011, p. 151. Véase también al respecto George L. Mosse: Nazi Culture, Nueva York, Schocken Books, 1981.
6 Zeev Sternhell: La droite révolutionnaire: les origines françaises du fascisme (1885-1914), París, Seuil, 1978.
7 Las ideas de este movimiento influyeron en el integralismo brasileño. Véase al respecto Leandro Pereira Gonçalves: Entre Brasil e Portugal: trajetória e pensamento de Plínio Salgado e a influencia do conservadorismo português, tesis doctoral, PUCSP, 2012.
8 Véase al respecto Eugen Weber: L’Ation française, París, Fayard, 1985.
9 Walter Laqueur y George L. Mosse (eds.): Fascism, 1920-1945, Nueva York, Journal of Contemporaray History, 1966.
10 Zeev Sternhell: «Fascist Ideology», en Walter Laqueur: Fascism. A reader’s guide, Los Ángeles, University of California Press, 1976, p. 321.
11 Jan-Pieter Barbian: The Politics of Literature in Nazi Germany. Books in the Media Dictatorship, Londres, Bloomsbury Academic, 2013.
12 Roger Griffin: International Fascism. Theories, Causes and the New Consensus, Londres, Arnold, 1998, pp. 21-26. Véase al respecto Joan Antón Mellón (ed.): El fascismo clásico (1919-1945) y sus epígonos, Madrid, Tecnos, 2012.
13 Walter Laqueur y George L. Mosse (eds.): Fascism..., p. 20.
14 León Degrelle, líder fascista belga, llamó a Hitler y Mussolini «poetas de la revolución».
15 Emilio Gentile: «La sacralización de la política y el fascismo», en Javier Tusell et al.: Fascismo y franquismo cara a cara: una perspectiva hitórica, Madrid, Biblioteca Nueva, 2004, pp. 57-68.
16 Lionel Richard: Nazismo y literatura, Buenos Aires, Granica Editor, 1972, p. 56.
17 Stein Ugelvik Larsen et al. (eds.): Fascism and European Literature, Darmstadt, Peter-Lang, 1991.
18 Daniel Musiedlak: «O fascismo italiano: entre consentimento e consenso», en Denise Rollemberg y Samantha Quadrat (eds.): A construção dos regimes autoritários. Legitimidade, consenso e consentimento no século xx, Río de Janeiro, Civilização Brasileira, 2010, p. 160.
19 Julien Benda: La traición de los intelectuales, Argentina, Efece Ediciones, 1974, p. 45.
20 Antonio Gramsci: La formación de los intelectuales, México DF, Grijalbo, 1967.
21 Daniel Musiedlak: «O fascismo italiano...».
22 Véase al respecto Juan J. Linz: «Some Notes towards a Comparative Study of Fascism in Sociological Historical Perspective», en Walter Laqueur (ed.): Fascism. A Reader’s Guide, Los Ángeles, University of California Press, 1976, pp. 3-121, y Federico Finchelstein: Fascismo transatlántico, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 2010.
23 Hélgio Trindade: O nazi-fascismo na América Latina. Mito e realidade, Porto Alegre, UFRGS, 2004.
24 Stanley Payne: El fascismo, Madrid, Alianza Editorial, 2014, p. 210, y Hélgio Trindade: O nazi-fascismo...
25 Véase al respecto Evaldo Vieira: Autoritarismo e Corporativismo no Brasil, São Paulo, Cortez, 1981; Bolívar Lamounier: «Formação de um pensamento político autoritário na Primeira República», en Sérgio Buaque de Holanda y Boris Fausto (eds.): História Geral da civilização brasileira, vol. 9, São Paulo, Bertrand, 1985, y Boris Fausto: O pensamento nacionalista autoritário, São Paulo, Zahar, 2012.
26 Boris Fausto: O pensamento nacionalista...
27 Fue un golpe de Estado que culminó con el fin de la llamada República Vieja y el derrocamiento del presidente Washington Luís, dando lugar al gobierno de Getulio Vargas.
28 Sabemos que no existe un consenso sobre esta categoría. Algunos historiadores, como Stanley Payne, trabajan con el concepto de «derecha radical», otros, como Ismael Saz, con el de «nacionalismo reaccionario». Véase al respecto Ismael Saz: Las caras del franquismo; Stanley Payne: El fascismo; João Fábio Bertonha: «A direita radical brasileira no século xx: do monarquismo e das ligas nacionalistas ao fascismo e à ditadura militar (1889-2011)», Ediciones Universidad de Salamanca, 30 (2012), pp. 133-150, y Sandra McGee Deutsch: Las derechas. The Extreme Right in Argentina, Brazil, and Chile, 1890-1939, Stanford, Stanford University Press, 1999.
29 Stanley Payne: El fascismo, p. 26.
30 Como señala Roger Griffin en Fascism, Oxford, Oxford University Press, 1995, p. 234: «Brazilian Integralist Action (AIB) was altogether a more phenomenon, and perhaps the only non-European fascism to bear direct comparison with Fascism or Nazism in their movement phase before seizing power».
31 Hélgio Trindade: Integralismo, o fascismo brasileiro na década de trinta, São Paulo, Difel, 1979, p. 106.
32 Usamos este término porque resulta interesante por el hecho de que el enfoque analítico recae en los actores y en los discursos que elaboran comunidades políticas imaginadas y que definen las reglas de inclusión y exclusión en el espacio político. Esto implica la utilización de un concepto inclusivo y dinámico que depende de las prácticas y discursos de los diferentes actores sociales. Véase al respecto Manuel Pérez Ledesma y María Sierra (eds.): Culturas políticas: teoría e historia, Zaragoza, Historia Global, 2010, y Chistian Büschges et al.: «¿Fascismo en las instituciones del Nuevo Estado? Personal político, cultura política y participación en el franquismo, 1936-1951», Rubrica Contemporánea, 3, 5 (2014), pp. 29-43.
33 Este concepto, importado de los «Estudios Culturales», hace referencia a las complejas interacciones que pueden llevar a la construcción de culturas articuladas a partir de la confluencia de diferentes representaciones sociales. Véase al respecto Néstor García Canclini: Culturas Híbridas, São Paulo, Editora da Universidade de São Paulo, 1997, y; Peter Burke: Hibridismo cultural, São Leopoldo, Editora Unisinos, 2003.
34 Para otra interpretación de las causas de la especificidad del integralismo véase Gilberto Vasconcellos: Ideologia curupira: análise do discurso integralista, São Paulo, Brasiliense, 1997.
35 Monteiro Lobato: «Paranóia ou mistificação?», Estado de São Paulo, 20 de diciembre de 1917.
36 «Tupí» es la persona perteneciente al conjunto de tribus que forman el núcleo de la familia tupí-guaraní, es decir, una sinécdoque del indio brasileño. La cita procede de Menotti del Picchia: «Nhengaçu Verde-Amarelo», en Jorge Schwartz: Vanguardas Latino-Americanas: polêmicas, manifestos e textos críticos, São Paulo, EDUSP, 1995, p. 148.
37 Animal con función mítica en la cultura tupí.
38 Leandro Pereira Gonçalves: «A intelectualidade integralista: nacionalismo e identidade na literatura de Plínio Salgado», Locus Revista de História, 15, 1 (2009), p. 120.
39 Antonio Pompeo: «Por que sou integralista?», Revista dos Tribunais, 1935, pp. 9-13.
40 Es una vasta región geográfica semiárida del interior y del nordeste brasileño que contrasta con el litoral, región que abunda la flora y fauna.
41 Plínio Salgado: O estrangeiro, Río de Janeiro, José Olimpio, 1936.
42 Leando Pereira Gonçalves: «Literatura integralista: o nacionalismo latente e o espírito imigratório de Plínio Salgado em O estrangeiro», en Anais do XIX Encontro Regional de História, São Paulo ANPUH/SP-USP, 2008, p. 5.
43 Plínio Salgado: Despertemos a nação!, Río de Janeiro, J. Olympio, 1935.
44 Hélgio Trindade: Integralismo..., p. 48.
45 Plínio Salgado: «Como eu vi a Itália», Hierarchia, I, 5 (1932), pp. 203-205.
46 Hélgio Trindade: Integralismo..., p. 75.
47 Según una carta de Salgado, solo en la ciudad de Río de Janeiro en 1938 había cerca de cincuenta mil integralistas y en el resto del país alrededor de un millón y medio (CPDOC/FGV:GVconfid.1938.01.28).
48 «Anauê», palabra de origen tupí que significa «usted es mi hermano».
49 Roger Griffin: Modernismo y fascismo, Madrid, Akal, 2010.
50 Fueron llamadas de «Banderas» las conferencias y ponencias realizadas con el objetivo de difundir el pensamiento integralista en territorio brasileño.
51 Barroso fue un escritor de prestigio, autor de una vasta obra literaria e histórica. Se incorporó a la AIB en 1933, teniendo posición destacada en la organización e identificándose con la ideología antisemita.
52 Marcos Chor Maio y Roney Cytrynowicz: Ação Integralista Brasileira: um movimento fascista no Brasil (1932-1938), Río de Janeiro, Civilização Brasileira, 2003, p. 42.
53 Plínio Salgado et al.: «A cartilha do Integralismo Brasileiro», São Paulo, 8 de março de 1933, pp. 8-14, en A doutrina Integralista, Porto Alegre, AIB, Prov. do Río Grande do Sul, s.d.
54 Hélgio Trindade: Integralismo..., p. 2.
55 Emilio Gentile: Fascismo. Historia..., pp. 219-245.
56 Gilberto Freyre: Casa-grande & Senzala, Madrid, ALLCA-XX, 2002.
57 En la misma época también en el México posrevolucionario un movimiento cultural hegemónico en los años veinte situó en el mestizo la quintaesencia de la identidad nacional. Estas ideas estuvieron plasmadas, sobre todo, en los textos de José Vasconcelos, donde este afirma que surgiría una «quinta raza universal, fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado», Véase José Vasconcelos: La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana, México, Aguilar, 1961 [1925], p. 12.
58 El líder integralista Gustavo Barroso era antisemita. Señaló en sus escritos un conjunto de elementos distintivos en el terreno «político» de los judíos, como su supuesta relación con el capitalismo financiero internacional o el comunismo, que los convertía en indeseables como grupo. Aunque el antisemitismo no puede ser considerado como uno de los pilares de la ideología integralista, hay que subrayar que, de cierta forma, los judíos no fueron incluidos en la lista de grupos integrantes del mestizaje étnico-racial brasileño pregonado por la AIB. Salgado y Reale defendían su «asimilación» solo con la condición de que no estuviesen ligados al «capitalismo internacional». Véase al respecto Marcos Chor Maio: Nem Rotschild nem Trotsky. O pensamento anti-semita de Gustavo Barroso, Río de Janeiro, Imago, 1992; Odilon Caldeira Neto: Integralismo, Neointegralismo e Antissemitismo: entre a relativização e o esquecimento, tesis doctoral, UEM, 2011, y Roney Cytrynowicz: Integralismo e anti-semitismo nos textos de Gustavo Barroso na década de 30, tesis doctoral, USP, 1992.
59 «La composición multirracial de muchas sociedades latinoamericanas, que difumina la identidad nacionalista radical y suele criar divisiones internas y complejos que refuerzan el status quo». Véase Stanley Payne: El fascismo..., p. 211.
60 Natalia dos Reis Cruz: O integralismo e a questão racial: a intolerância como princípio, tesis doctoral, UFF, 2004.
61 Jaqueline Sentinelo: «O lugar das “raças” no projeto de nação da Ação Integralista Brasileira», Revista Espaço Acadêmico, 108 (2010), pp. 146-147.
62 Ricardo B. de Araújo: Totalitarismo e revolução: o integralismo de Plínio Salgado, Río de Janeiro, Zahar, 1988, p. 63.
63 Este concepto se relaciona a la «utilización del pasado glorioso como base ideológica para la construcción de un nuevo orden, mediante la nacionalización de dicho pasado y la actualización de sus elementos identitarios con el fin de dotarlos de funcionalidad en el presente». Véase Miguel Alonso Ibarra: «Cruzados de la civilización cristiana. Algunas aproximaciones en torno a la relación entre fascismo y religión», Rúbrica Contemporánea, 3, 5 (2014), p. 140.
64 Plínio Salgado: A Quarta humanidade, Río de Janeiro, José Olimpio, 1934.
65 Gustavo Barroso: O Quarto Império, Río de Janeiro, José Olympio, 1935.
66 Roger Griffin: Fascism, pp. 234-235.
67 Gustavo Barroso: O Quarto Império...
68 Miguel Reale: Obras políticas (1 fase -1931-1937), vols. 1-3, Brasilia, Editora UB, 1983, pp. 90-98.
69 Miguel Reale: O Estado Moderno, Río de Janeiro, Livr. José Olympio, 1934, p. 23.
70 Miguel Reale: Obras políticas..., p. 168.
71 Hélgio Trindade: Integralismo...
72 Leandro Pereira Gonçalves: «A intelectualidade integralista...», pp. 111-128.
73 João Fábio Bertonha: «Plínio Salgado, o integralismo brasileiro e as suas relações com Portugal (1932-1975)», Análise Social, 198 (2011), pp. 65-87.
74 Archivo CPDOC/FGV, FC 38.05.12tp.
75 Archivo CPDOC/FGV, GVc 1939.06.15.
76 Sin embargo, el fin de la AIB no significó el cese de sus actividades. Véase al respecto Gilberto Calil: O integralismo no pós-guerra. A formação do PRP (1945-1950), Porto Alegre, EDIPUCRS, 2001.