Ayer 127/2022 (3): 211-236
Seccion: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2022
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/896
Rafael Pedemonte
Recibido: 21-11-2019 | Aceptado: 27-03-2020 | Publicado on-line: 17-06-2022
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El proceso insurreccional en Cuba: la historia del descalabro de un régimen (1952-1959)

Rafael Pedemonte

Université de Poitiers
Rafael.pedemonte@univ-poitiers.fr

Resumen: Una asentada tradición teórica se enfoca en los regímenes prerrevolucionarios como factores explicativos esenciales de un estallido revolucionario. Esta visión «estado-centrada» no se ha aplicado satisfactoriamente para entender la Revolución cubana, cuya narrativa oficial la ha envuelto de un aura mitológica que obstaculiza su comprensión. Junto con brindar una visión menos centrada en el M-26 —movimiento que ha definido la cronología de la Revolución—, trasladaremos nuestra mirada a las características intrínsecas del régimen personalista y alienante de Batista, las que contribuyeron a alimentar el espíritu revolucionario y facilitaron la cohesión de la multifacética alianza opositora que destronó al dictador.

Palabras clave: revolución, fuerzas armadas, corrupción, elites, régimen político.

Abstract: A well-established theoretical tradition has focused on pre-revolutionary regimes as key factors triggering a successful revolution. This «state-centred» approach has not been satisfactorily implemented to understand the Cuban Revolution. Rather, its proper comprehension has been impeded by an official narrative that has endowed it with a mythological aura. Our analysis provides a picture that it is not solely focussed on the M-26 movement, which has defined the Revolution’s traditional chronology. Instead, we will shift our attention to the inner characteristics of the personalistic and alienating Batista regime, which contributed to fuel the revolutionary spirit and facilitated the cohesion of the broad alliance that eventually overthrown the dictator.

Keywords: revolution, armed forces, corruption, elites, political regime.

La visión predominante del periodo de lucha insurreccional antibatistiana en Cuba (1952-1959) está rodeada de generalizaciones que, a pesar de la existencia creciente de una serie de antecedentes que ofrecen una imagen más compleja del fenómeno, permanecen ancladas en el imaginario colectivo. El ideal vehiculado por la representación de una lucha liderada por un grupo reducido de guerrilleros que, expuestos a la amenaza permanente de la muerte, lograron acapararse del poder resulta a tal punto encandilador que muchos se resisten a abandonarlo. Sin embargo, gracias a una serie de fuentes de archivo antes inaccesibles y de publicaciones recientes, estamos hoy en condiciones de proponer un relato desmitificado, multifacético y mejor adaptado a la realidad.

Muchos testimonios nos invitan a mirar más allá de las acciones de los «barbudos» de la Sierra Maestra, a menudo concebidos como los agentes claves (sino únicos) del proceso revolucionario. Gracias a los esfuerzos de un grupo de especialistas serios (tales como Julia Sweig 1, Steve Cushion 2, Mario Mencía 3 y Lillian Guerra 4) observamos, por ejemplo, que el frente opositor a la dictadura precastrista constituía una estructura con una dinámica compleja, muchas veces contradictoria, y que comprendía múltiples acciones que iban más allá de la Sierra. De la misma manera, sorprende que, a pesar de la abundante literatura teórica sobre el fenómeno revolucionario, este arsenal conceptual no haya sido suficientemente aplicado al caso cubano. Aparte de los ejemplos brindados por Brian Meeks 5 y Timothy Wickham-Crowley 6 —quienes incluyen en sus análisis a la lucha antibatistiana, pero sin enfocarse exclusivamente en ella—, no existe un esfuerzo determinado por esclarecer la Cuba de antes de 1959 mediante una aproximación empírica inserta en un esquema teórico convincente. La tradición analítica iniciada en 1979 por la socióloga Theda Skocpol con su estudio comparado de las revoluciones francesa, rusa y china 7, contiene una serie de pistas interpretativas que deben aplicarse para una mejor asimilación —por ende, una reevaluación— del caso cubano. Contrariamente a la narrativa oficial y a la propaganda anticastrista, tendientes ambas a acentuar la excepcionalidad del proceso caribeño, la óptica estructural delineada por Skocpol y algunos de sus seguidores nos invita a relativizar el rol omnipresente del Movimiento 26 de Julio (M-26) y a desplazar el acento, tradicionalmente puesto sobre el movimiento insurreccional, hacia el paulatino colapso del régimen de Fulgencio Batista. En este artículo, defendemos la idea de que para un mejor discernimiento de la insurrección cubana debemos focalizar nuestra atención en la estructura prerrevolucionaria (el sistema político batistiano y la desafección social que generó) en vez de reproducir las interpretaciones fundadas en el rol de vanguardia de la guerrilla armada.

Sostenemos que es justamente el desprestigio acelerado y el carácter excluyente de la administración prerrevolucionaria lo que explica el ascenso y la posterior convergencia de un conjunto disímil de actores oposicionistas. Una pléyade de obreros, campesinos, estudiantes, miembros prominentes de la elite y agitadores urbanos contribuyó en conjunto a erosionar la legitimidad del ­régimen imperante. Como ha sido demostrado por los estudios sobre revoluciones, cierto tipo de gobiernos excluyentes y represivos —como el de Batista en Cuba, el de Somoza en Nicaragua o el régimen del Shah en Irán— tiende a acelerar la desafección ciudadana, favoreciendo la configuración de amplias coaliciones revolucionarias, dentro de las cuales las elites locales juegan un rol predominante 8. Estas alianzas son agitadas por variados actores que logran interpretar adecuadamente las sensibilidades sociales (siendo Fidel Castro el más hábil a la hora de crear un proceso de identificación entre la insurrección y el pueblo). No obstante, la causa profunda detrás del colapso batistiano no solo se encuentra en la eficacidad de uno de los tantos movimientos rebeldes que surgieron a partir del golpe de Estado de 1952, sino en el trasfondo político y social marcado por excesos y errores, y «que son quizás la semilla de donde brotó el fidelismo» 9.

La persistencia del relato revolucionario enfocado en la Sierra Maestra se debe a la construcción posterior de una narrativa poderosa y eficaz, alimentada por las apreciaciones de uno de los más destacados protagonistas del gobierno castrista, Ernesto Guevara, quien a partir de su experiencia esquematizó una teoría con pretensiones universalistas: el foquismo. Pero si bien es innegable que la gesta de la Sierra desempeñó un rol significativo, una visión concentrada en las acciones guerrilleras desplaza la significancia de factores menos espectaculares, pero tanto o más determinantes, como la pérdida de legitimidad de la dictadura de Batista, la corrupción, la brecha creciente entre el régimen y las elites, la desafección en el seno de las Fuerzas Armadas, la existencia de un contexto internacional «permisivo» 10.

El presente trabajo utiliza un abanico de fuentes originales y de entrevistas recientemente realizadas —sumadas a las contribuciones existentes, sobre todo a la literatura publicada en Cuba— en vista de ofrecer un paradigma renovado para la comprensión de la caída de Batista. Aspiramos mediante esta contribución a delinear los rasgos principales de nuestro enfoque «estado-céntrico». Se trata aquí de transferir la mirada, por mucho tiempo puesta en la acción insurreccional, hacia el orden prerrevolucionario y su inexorable decadencia, componente clave que explica, en último término, la articulación del movimiento opositor. Ciertos rasgos de la segunda administración batistiana se han estudiado 11, pero —como lo constatan historiadores de la talla de Marifeli Pérez Stable 12 y Alejandro de la Fuente 13— aún hace falta un análisis más global para entender la naturaleza alienante del gobierno que se extendió de 1952 a fines de 1958. Para rectificar este desequilibrio, pretendemos en este artículo brindar una serie de pistas interpretativas que nos autoricen a entender la interacción entre la emergencia de la lucha insurreccional y los componentes intrínsecos al régimen batistiano. Para ello contamos con un arsenal inédito de fuentes, tales como los papeles de Fulgencio Batista atesorados en la Cuban Heritage Colletion (Miami) y los archivos militares de antes de 1959 consultados en el Instituto de Historia de La Habana.

Junto con repensar la cronología revolucionaria habitual —articulada en torno a una serie de fechas consagradas ligadas al M-26—, dirigiremos nuestra atención a los diversos factores propios del régimen de Batista que explican su paulatino desmoronamiento: desarticulación de las Fuerzas Armadas, corrupción y alienación de las elites locales. Veremos que las características propias de la autoridad batistiana y del funcionamiento de su administración hacían particularmente vulnerable al Gobierno ante una amenaza revolucionaria. Esta adquirió la forma de una amplia coalición opositora compuesta por diversos sectores sociales y tendencias ideológicas, en la cual destaca el papel de una porción significativa de la burguesía nacional que buscaba recuperar sus espacios de poder menoscabados por la administración clientelar de Batista. El éxito de la insurrección cubana fue posible gracias a un tejido social y político que, debido a la grieta cada vez más honda entre la sociedad y el régimen, era susceptible de derivar en un desmantelamiento del orden existente.

Repensar la cronología de la lucha insurreccional en Cuba (1952-1959)

La representación cronológica de la insurrección cubana ha sido definida en función de las acciones insurreccionales emprendidas por Fidel Castro y sus colaboradores del M-26. Es así como el Asalto al Cuartel Moncada —suerte de «Bastilla cubana»— 14 perpetrado el 26 de julio de 1953 pasó a concebirse como el «nacimiento de la Revolución» 15. El periodista francés Claude Julien, autor en 1961 del libro sobre la Revolución cubana que más impacto tuvo en el público francófono a comienzos de los sesenta, calificaba a Santiago de Cuba como «la capital de la rebelión», subrayando que «es aquí donde todo comenzó en 1953» 16. El norteamericano Robert Taber, quien estuvo junto a los «barbudos» en la Sierra, inicia el segundo capítulo de sus memorias con una frase elocuente: «26 de julio: nacimiento de la Revolución» 17.

Sería erróneo creer —como ya lo están empezando a reconocer los propios historiadores cubanos— 18 que la organización clandestina de Castro, articulada subrepticiamente al interior del Partido Ortodoxo, haya constituido el primer movimiento en proponerse el derrocamiento por las armas de Batista. Hemos recabado múltiples antecedentes que nos permiten aseverar que la tendencia insurreccional nació prácticamente en paralelo con el golpe de marzo de 1952. La apropiación del poder por parte de Batista suscitó la gestación de tres notorios movimientos insurreccionales a lo largo de ese año 1952: la Triple A, la Acción Libertadora y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). A eso habría que sumar desde finales de 1952 la historia del poco recordado Frente Cívico de Mujeres del Centenario Martiano (FCMCM), cuyas pretensiones conspirativas extendidas a múltiples ciudades del país (Pinar del Río, Camagüey, Oriente) quedaban de manifiesto en sus objetivos programáticos: «el derrocamiento de la dictadura por la insurrección armada e instauración del poder del pueblo a través de un gobierno popular revolucionario» 19. De acuerdo con la única fundadora del FCMCM que permanece con vida al momento de la redacción de este artículo, Rosa Mier, su movimiento no definió una orientación ideológica precisa como condición para ingresar a sus filas: «No, ahí había de todo. [A] nosotras no nos interesaba nada más que la gente que estaba dispuesta a que la violaran, a que fuera a la cárcel o a que la mataran. [...] Si estás de acuerdo con eso, puedes venir a luchar aquí al Frente» 20.

En cuanto al MNR, existía una evidente continuidad entre sus esfuerzos y los del M-26: «Muchos de los militantes del MNR nos incorporamos posteriormente a la lucha activa contra el régimen desde las filas del Movimiento 26 de Julio», confiesa Enrique Oltuski, quien conoció de cerca al fundador del MNR, Rafael García Bárcena. Para este último, la idea a seguir era de una radicalidad inclaudicable: «nada de politiquería, solamente una revolución armada puede darnos el poder sin compromisos» 21. Faustino Pérez, con posterioridad jefe de la clandestinidad del M-26 en La Habana, había efectuado su bautizo revolucionario desde el seno del MNR, al igual que Armando Hart, quien trabajó estrechamente con Bárcena 22.

De la misma manera en que el Moncada es visto como el desen­cadenante de la revolución, opacando así la significación de grupos tales como el MNR o el FCMCM, la cronología habitual basa su relato oficial en el seguimiento de los pasos de Fidel Castro: la famosa defensa sintetizada en el documento «La Historia me absolverá» (octubre de 1953) es percibida como el primer programa de la revolución, el desembarco del yate Granma (diciembre de 1956) es representado como un giro fundamental en la lucha, y todo ello mientras que las narraciones recurrentes apartan la mirada de Cuba para transferirla a México durante los meses de autoexilio de los hermanos Castro, como si con la partida del líder se diluyera súbitamente todo brote insurreccional en territorio cubano.

Esto no corresponde cabalmente a la realidad. En las zonas rurales de la isla, no pocos eran los campesinos que comenzaban a organizarse y a desafiar a la autoridad batistiana creando zonas de territorio autónomo. Poco se ha insistido en la larga tradición de resistencia campesina que desde la década de 1930 hacía frente a los desalojos y abusos de los grandes propietarios, lo que desencadenó, por ejemplo, las luchas incesantes de Realengo 18 en la provincia de Guantánamo 23. Los contactos que Castro logró entablar, por intermedio de Celia Sánchez 24, antes de la llegada del Granma con un hombre clave pero olvidado de la revolución, Crescencio Pérez, constituye un dato ineludible para entender la implantación de la guerrilla castrista en la Sierra. Sin Pérez, quien había consolidado en torno suyo una red de fidelidad campesina, los escasos combatientes del Granma jamás habrían podido asentarse en aquellos parajes hostiles. Un testigo de la época recuerda que el líder campesino era «patriarca de cincuenta mil guajiros» y que tenerlo a su lado «era para Fidel Castro, en aquel momento, la baza número uno de su revolución» 25. Aquellos antecedentes nos invitan a subrayar el rol clave de los campesinos de Oriente, no solo en cuanto a receptores entusiastas del mensaje de los hermanos Castro, sino como auténticos agentes insurreccionales cuya determinación ya había quedado demostrada durante las tres décadas anteriores a la odisea del Granma.

Sumado a eso, si bien los dirigentes más renombrados del M-26 se encontraban en México hasta noviembre de 1956, muchos fueron los rebeldes que seguían sacrificando sus vidas en las ciudades de Cuba antes de esa fecha, conformando lo que se ha dado a llamar el Llano. Ciertos antecedentes brindados por insurgentes claves del Llano nos invitan a destacar la continuidad del espíritu revolucionario antes y después de la llegada del famoso yate. Enrique Olstuski revela en sus memorias que una serie de decisiones cruciales se tomaron a lo largo del año 1956 sin la intervención directa del futuro comandante en jefe. Junto a sus correligionarios del M-26, Armando Hart, Faustino Pérez y Carlos Franqui, Olstuski tuvo la responsabilidad de garantizar la publicación del primer periódico del movimiento, aparecido en mayo de 1956 bajo el título de Aldabonazo (más tarde pasaría a llamarse Revolución 26, por determinación de Franqui) 27. De la misma manera, fueron los representantes del Llano quienes primero discutieron y redactaron los principios del programa revolucionario del M-26, el cual solo después de haber sido elaborado sería presentado «a Fidel para su aprobación y entonces lo haríamos público antes de su llegada a Cuba» 28. Esta información, poco conocida, relativiza la naturaleza fundadora del Granma y da cuenta de la holgada autonomía y poder de decisión con la que contaban los dirigentes urbanos del M-26 meses antes del inicio de las actividades en la Sierra Maestra. Después de todo, continúa Oltuski, «Fidel, con un puñado de sobrevivientes, quedaba en la montaña al principio, como un símbolo» 29.

Pero, más allá del M-26, las acciones no se reducían exclusivamente a los sacrificios de los militantes de la organización castrista. El asalto frustrado al Cuartel Goicuría en Matanzas, ocurrido en abril de 1956, fue financiado por el expresidente Carlos Prío Socarrás (1948-1952) y ejecutado por miembros de la Organización Auténtica (OA). Esta sangrienta acción generó un impacto considerable en la opinión cubana y forzó al Gobierno de Batista a suspender las garantías constitucionales, afectando así la libertad de prensa, la inviolabilidad de domicilios y el derecho de reunión 30, todo lo cual acrecentó la indignación contra el régimen 31. En una carta dirigida a Emilio Ochoa en mayo de 1953, el otrora jefe de Estado ya esgrimía sus pretensiones insurreccionales al expresar que «el precedente que semejante acción representa para Cuba [el golpe de Estado de Batista] tiene que ser borrado por la acción violenta de la ciudadanía», para lo cual pretendía llegar a «un acuerdo que suponga la lucha en común, como el medio más eficaz de unificar la acción directa contra el régimen ilegal imperante en Cuba» 32. Por lo demás, si bien el relato tradicional dentro de Cuba tiende a presentar a los dirigentes auténticos como militantes rivales y oportunistas —a menudo calificados como «politiqueros»—, en realidad, los lazos con las distintas organizaciones insurreccionales eran bastante más estrechos de lo esperado. La propio Rosa Mier provenía del Partido Auténtico 33, mientras que Fidel Castro mantenía contacto con Prío Socarrás. En una carta inédita escrita desde México en julio de 1956, el líder del M-26 se dirige al expresidente para reforzar la «coordinación», haciendo «patente a la nación que la revolución es el esfuerzo unido y decisivo de todos los adversarios de la tiranía» 34.

En esta misma línea, si delineamos la historia de la militancia antibatistiana del Directorio Revolucionario (DR) 35 o del equivalente cubano de los partidos comunistas —el Partido Socialista Popular (PSP)— 36, no cabe duda de que la cronología canónica basada en la conducción de Fidel Castro resultaría poco adecuada. En pocas palabras, la reiteración de la temporalidad heredada del M-26 tiende a opacar el mérito revolucionario de muchos combatientes y agrupaciones antibatistianos. Pero, sobre todo, posicionar a Castro en el centro del relato nos impide capturar el proceso de rápida deslegitimación del régimen de Batista, factor vital para entender cómo se logró constituir una coalición opositora de la magnitud suficiente para tumbar el régimen existente.

Siguiendo la línea teórica de Theda Sckopol y la del mejor de sus discípulos, Jeff Goodwin, creemos que la causa profunda de la Revolución cubana es la naturaleza propia, y el posterior desmoronamiento del estado prerrevolucionario. A través del análisis de una serie de casos, entre los que se incluyen algunos países de Centroamérica, Goodwin constata pertinentemente que el «éxito o el fracaso de un movimiento revolucionario depende fundamentalmente de la naturaleza de los estados específicos que los revolucionarios han intentado derrocar». En este sentido, aquellos regímenes que además de recurrir a la opresión brutal, se comportan como gobiernos autoritarios, corruptos y excluyentes, tendiendo así a «alienar, debilitar o dividir a las elites», son susceptibles de verse confrontados a un levantamiento revolucionario 37. Intentaremos demostrar ahora que, a pesar de la irresistible atracción ejercida en el imaginario por las hazañas de los «barbudos», el esquema conceptual brindado por el sociólogo norteamericano también puede y debe aplicarse al caso cubano, y al papel central que ejerció la «mafiacracia» (mafiacracy) 38 de Batista.

El desmoronamiento de un régimen

La hostilidad hacia lo que Batista denominó el «movimiento revolucionario-democrático del 10 de marzo» 39, iniciado con un golpe de Estado a pocos días de una elección en las que el dictador tenía pocas chances de ganar, se inició el mismo día de su «zarpazo» y provino tanto de sectores estudiantiles, como de partidos políticos y sectores de la elite. Junto a una insurgencia armada que no cesaría de crecer hasta 1959, existía también una significativa «oposición institucional». Charles Ameringer ha estudiado las «alternativas reformistas» a la dictadura de Batista, estimando que la oposición del Partido Cubano Revolucionario-Auténtico ­(PCR-A) «ayudó a definir las expectativas del pueblo». Mediante una actividad política no-insurreccional que logró movilizar a cientos de miles de personas, personalidades como Manuel Antonio de Varona, presidente del PCR-A, «crearon un clima que facilitó las acciones de Castro», quien pudo así «aprovecharse de la atmósfera creada por la oposición política» 40. El caso del PCR-A indica que en la Cuba de los años cincuenta no solo los guerrilleros combatieron a un régimen que, por la naturaleza de su acto inaugural, suscitó la oposición de un largo espectro de la política tradicional. La formación de esta amplia base opositora solo puede explicarse por el carácter intrínseco del batistato, sistema que poseía un alto potencial alienante. Este último es uno de los factores claves que ha sido subrayado por la teoría revolucionaria privilegiada en el presente artículo.

Para empezar, la hostilidad de amplios sectores de la población hacia Batista puede entenderse como una reacción al «pecado original» de su gobierno: el golpe de 1952. A pesar de la incesante justificación de la violenta reaparición política de Batista, que insistía sobre todo en el descontrol gansteril y en un supuesto plan de Prío Socarrás por llevar a cabo un autogolpe 41, muchos fueron los que jamás aceptaron la interrupción de la precoz democracia cubana. El político Manuel Bisbé resumía en la prensa de la época la frustración de numerosos cubanos: «Porque lo que más duele del golpe de fuerza del 10 de marzo es que no se puede encontrar un solo motivo que lo justifique» 42. Un observador belga enviado en misión diplomática a La Habana en mayo de 1952 notaba un escaso entusiasmo hacia la figura de Batista y constataba que en Cuba «no gusta la manera en que tomó el poder» 43. Incluso un colaborador de Batista como Rafael Guas Inclán, vicepresidente de Cuba entre 1955 y 1958, no dudó en reprocharle posteriormente al antiguo dictador el carácter ilegítimo de su golpe militar: «El interrogante comenzó por ahí, por el 10 de marzo. [...] Eso encolerizó a los enemigos de usted», ya que «estábamos a dos meses de unos comicios, que yo entendía era obligatorio esperar por ellos» 44. El primer defecto de este nuevo régimen de fuerte potencial revolucionario y carente de toda uniformidad ideológica 45 era, en consecuencia, el carácter ilegítimo de la intervención golpista, agravado por el hecho de que, al efectuarla, Batista suspendía la vigencia de la Constitución de 1940, considerada como una de las más progresistas de América Latina 46.

Una variable poco estudiada a la hora de entender los procesos revolucionarios y que tuvo en Cuba un rol esencial en la generalización de la frustración popular es la corrupción. Batista presentó su nueva agenda política como una reacción contra el incontrolable peculado de los gobiernos anteriores. No obstante, el nuevo jefe de Estado no logró acabar con este flagelo, mientras que Batista acumulaba una enorme fortuna personal, generando el rechazo de ciertos sectores de la elite cubana que veían sus maniobras financieras reducidas ante el acaparamiento creciente del presidente y de su círculo. José Suárez Núñez, quien fuera asistente de prensa de Batista, describe cómo su jefe comenzó a acaparar significativos sectores de la economía nacional, entre otros el transporte. Batista creó «un poderoso monopolio que concentró a todos los dueños de camiones de la isla», para luego pasar a comprar este imponente entramado por ocho millones de dólares, «liquidando todos los pequeños propietarios» 47. Luego de evocar otros ejemplos, el periodista concluye: «Siempre he considerado la caída de Batista producto de la desenfrenada corrupción que, partiendo del propio presidente de la República, pudrió el régimen» 48. Al gigantesco patrimonio amasado por Batista, se suma también su estrecha colaboración con los inversionistas norteamericanos, cuya penetración en la economía cubana alcanzó su apogeo a fines de los cincuenta, tendiendo así a bloquear la iniciativa de la burguesía local 49. Si bien la corrupción permanecía ya fuertemente anclada en la administración en tiempos de los gobiernos auténticos, investigadores tales como Jorge Domínguez o Alfred Padula han demostrado que la máquina de malversaciones se aceleró a partir del golpe de 1952 50.

Mediante la creación de circuitos clientelistas ligados a la figura de Batista, largos segmentos de la elite cubana se vieron marginalizados y adoptaron, en consecuencia, una actitud beligerante. Ya volveremos sobre el papel decisivo de estos sectores sociales en la formación de la alianza revolucionaria. Por el momento, subrayemos que a tanto llegó la impopularidad de Batista, transmitida por miembros de la elite cubana, así como por la prensa estadounidense, que Washington optó finalmente por desligarse del dictador. La decisión de detener el envío de armas a la isla intervino en marzo de 1958 y constituyó un durísimo golpe para el régimen, a partir del cual los responsables militares tuvieron que ingeniar sofisticadas maniobras para conseguir el armamento necesario y enfrentar a los rebeldes. Solo a finales de 1958, cuando la suerte estaba echada en favor de los revolucionarios, se logró volver a evaluar un plan de cooperación con una misión del ejército de Estados Unidos. Pero, como lo constatara el comandante Claudio Medel Fuentes en una nota de diciembre de 1958, la decisión de Washington ya había causado un duro efecto: «El embargo de armas, que tanto daño nos hace, lo logró el enemigo paso a paso, capitalizando todos los aspectos, grandes y pequeños, que pudieran llamar la atención del norteamericano hasta un plano favorable a su causa» 51. Desde su exilio en Florida, un fiel colaborador de Batista, el coronel Orlando Piedra, llegaba hasta el extremo de atribuir la culpa del descalabro del régimen, no a Fidel Castro, sino a «la ceguera y la falta de talento de los hombres del State Departament»: «los responsables de todo lo sucedido en Cuba», escribe en 1960. El golpe de gracia fue precisamente el embargo de 1958 «no [...] por el hecho físico de las armas, sino en lo moral, todo el mundo enterado de esto se volcó a favor de Castro, pues interpretaban que tal actitud decía que estaba con Castro frente a Batista» 52.

Junto con la posición de los Estados Unidos, muchos fueron los factores que contribuyeron a debilitar a las Fuerzas Armadas de la isla. Ya hemos visto que una de las características recurrentes que conlleva al colapso de un régimen y a la emergencia de un vasto movimiento revolucionario es la naturaleza «personalista» del gobierno, que tiende a aislar a las autoridades superiores del resto de las fuerzas sociales. Este fenómeno generó también serias repercusiones en el ejército. Como lo observa el cubano Servando Valdés, la «elite militar» no permanecía suficientemente vinculada a las acciones en terreno de lucha y se resistía a desplazarse a las zonas de operaciones 53, ampliando la brecha que separaba a las autoridades del ejército de las tropas. Son múltiples los testimonios que atestiguan las numerosas deserciones de soldados batistianos, muchos de los cuales eligieron abandonar los rangos del ejército para integrarse a las columnas rebeldes. El caso más célebre en la isla es el del general José Quevedo, quien inmortalizó sus vivencias en la obra La Batalla del Jigüe. En estos recuerdos, el exmilitar batistiano da cuenta de las deficiencias estructurales que las Fuerzas Armadas regulares debían afrontar y que derivaron, en último término, en su deserción en favor de las fuerzas castristas: «El estado moral de aquella tropa no era bueno por lo que había sucedido y por otra parte, su preparación militar era pobre, ya que estaba formada por personal mixto procedentes de las plantillas de oficiales y alistados de la dirección logística G-4 y de la escuela de cadetes [...] En cuanto al armamento de las unidades no estábamos muy contentos» 54.

Un grupo de militares había confabulado en 1956 contra el régimen en la acción conocida como la «Conspiración de los Puros», lo que provocó que, además de los militares procesados por su participación directa, «otros 300 o más fueran retirados del servicio activo y una cifra similar fuera trasladada a otros mandos» 55. Todo aquello aceleraba la desorganización de unas Fuerzas Armadas en crisis y amenazadas por un enemigo militar de creciente envergadura. La acción masiva, pero a menudo olvidada, de los «Puros» tuvo además importantes implicaciones psicológicas, ya que la existencia de disensiones crecientes en el seno del ejército salió a relucir a la luz pública. Según uno de los conspiradores, José Ramón Fernández, un quinto de los oficiales del ejército (cerca de cien) estaba involucrado en el complot, por lo que le resultaba imposible a Batista a partir de ese momento seguir pretendiendo que las Fuerzas Armadas constituían un «conjunto monolítico» 56.

En un buen balance, el analista cubano Roberto Pérez Rivero ofrece una exhaustiva lista de factores estructurales que coadyuvaron al colapso militar de 1959. Si bien el autor subraya «la fuerza y la justeza de las ideas» del ejército rebelde como causa esencial de la victoria revolucionaria, su aseveración tiende a desmentirse a sí misma ante la profusión de variables internas (lo que Pérez Rivero llama «los males de fondo») que son evocadas en su libro: deformaciones en la composición y funciones del ejército; dependencia de la ocupación de cargos de la política de los partidos de turno, inexperiencia combativa, falta de ejemplaridad en la alta oficialidad, nepotismo, adulonería, servilismo, racismo 57.

Además, las divisiones internas en el alto mando no hacían más que agudizarse con el pasar de los días y el aumento de la presión guerrillera. En un libro recién publicado en La Habana y que constituye un valiente primer esfuerzo por comprender los móviles de los soldados en tiempos de Batista (conocidos en Cuba como «casquitos»), sus autores concluyen que «se produjo una progresiva desmoralización de las Fuerzas Armadas batistianas», y que esta resultó particularmente severa «en el alto mando, de los tenientes coroneles hacia arriba» 58. A pocos meses de la llegada de los revolucionarios al poder, Batista volvía a recibir una acerba pero respetuosa misiva en su nueva residencia en República Dominicana de parte de Rafael Guas Inclán, quien se interrogaba: «¿Cuántas veces le dije a Ud. en mi condición de Vice, que caído Ud., por cualquier circunstancia, el régimen se desplomaría y nadie dispararía un tiro por sostenerlo? Pues ahí lo tiene confirmado en los hechos». El antiguo vicepresidente estimaba que su superior debió haber entablado un diálogo con el líder del M-26, pero que, ante falta de voluntad de Batista de hallar una «solución de derrotismo pacífico», fue imposible «darle a las Fuerzas Armadas un basamento moral que el desenfreno había destruido» 59.

Batista, en su afán por controlar las reglas del juego, alimentó también las desavenencias en el mundo militar. El jefe de la División de Tanques y secretario personal de Batista, Francisco Tabernilla Palmero, rememora alguna de las desconcertantes decisiones asumidas por el presidente. Una de ellas se produjo ante la noticia del desembarco del Granma, cuando el jefe de Estado se negó a aceptar los consejos de sus colaboradores y sentenció displicente: «vamos a mandar cuarenta hombres». Para Tabernilla Palmero esta anécdota es el reflejo de una autoridad terca e intransigente: «Es que con Batista no se podía. El pretendía saberlo todo y más que nadie. Sabía de economía, de periodismo, de literatura, de cocina, de pesquería, de todo» 60. El padre del autor de esta cita, el jefe del Estado Mayor del ejército, Francisco Tabernilla Dolz, se quejó amargamente de la actitud de su superior en una carta escrita en 1959. A su juicio, tanto él como el jefe de la Marina eran autoridades «sin mando de ninguna clase», pues Batista «era el que lo sugería y ordenaba todo» 61.

Por su afición de mando individualista —susceptible de crear descontento tanto en el seno de la elite cubana como en la castrense—, su voluntad de enriquecimiento personal y su tendencia a involucrarse en asuntos de carácter militar, Batista encarna perfectamente el tipo de liderazgo «neopatrimonial» y centralista que un cierto número de autores han identificado como desencadenante potencial de movimientos revolucionarios exitosos. Habiendo destacado una serie de factores intrínsecos al gobierno precastrista que, a nuestro juicio, constituyen las causas profundas de la Revolución cubana, podemos entender mejor ahora porqué un amplio conjunto de actores convergió en una lucha común por destronar al «tirano», incluidos prominentes sectores de la elite local, sin la cual el triunfo de los «barbudos» en 1959 habría sido muy difícil de materializar.

La paulatina alienación de las elites cubanas

Ernesto Guevara tuvo desde muy temprano un rol fundamental en la construcción de un relato revolucionario funcional a los intereses del proceso político que, como pieza clave del nuevo gobierno, estaba contribuyendo a edificar. En su intento por «hacer una historia de nuestra Revolución» 62, el Che tendió a acentuar el papel de sus compañeros de armas, minimizando la acción decisiva de otros combatientes claves, en particular la de los insurgentes que actuaban desde los centros urbanos de la isla. Así, Guevara presenta dos frentes de batalla: la Sierra, de la cual hace parte, y el Llano 63. La impresión que deja entrever el Che es la de un antagonismo constante entre ambas: «nuestras discusiones y nuestras luchas internas fueron bastante agudas» 64. Como lo confesara un antiguo revolucionario y representante del Llano, Enrique Olstuski, en un libro publicado en Cuba, las relaciones con el Che eran, en efecto, difíciles: «Nos enfrascábamos en discusiones en las cuales cada quien veía un mismo hecho con ojos diferentes». Uno de los puntos conflictivos era la dimensión que debía adquirir la reforma agraria en Cuba. Mientras que Guevara defendía la idea de ceder gratuitamente tierras al campesino, Oltuski creía que había que ofrecerles más bien facilidades de pago: «Pero esa es una tesis reaccionaria!», clamaba el famoso guerrillero. «Eres igual que toda la gente del Llano», concluía 65. Guevara no solo dudaba de la eficacia de llevar a cabo acciones armadas en las ciudades, sometidas a una «gran vulnerabilidad de la sección represiva» 66, sino que estaba convencido de que algunos integrantes del Llano pretendían sabotear su columna revolucionaria y les atribuía una cierta debilidad ideológica 67. Esta desconfianza lo llevó lógicamente a acentuar el peso de la lucha en zonas rurales y de los campesinos como motores principales de la insurrección que destronó a Batista, mientras minimizaba los esfuerzos de los sectores medios urbanos, muchos de los cuales eran, por lo demás, hostiles a las influencias del comunismo 68.

En oposición a la narrativa esgrimida por el Che Guevara, que conlleva naturalmente a un oscurecimiento de los esfuerzos de la burguesía urbana de la isla, defendemos la idea de que la erosión progresiva de la autoridad batistiana fue acelerada por el osado activismo de un abanico de actores, sin una común identidad de clase y que, desde múltiples frentes, inspirados por ideologías o motivaciones diversas, disputaron incansablemente el poder constituido 69. El advenimiento de la revolución fue más bien el resultado de un largo y multifacético proceso de debilitamiento institucional que terminó por forzar a Batista, consciente de su irreversible pérdida de legitimidad, a huir del país el 1 de enero de 1959. Fue también este proceso de implosión paulatina el que activó la constitución de variopintas organizaciones insurreccionales (MNR, FCMCM, Organización Auténtica, Triple A, Directorio Revolucionario, PSP, Grupo Montecristi, etc.), muchas de las cuales fueron decididamente apoyadas, y en parte constituidas, por las llamadas «fuerzas vivas» de la isla.

Estas últimas, de hecho, efectuaron una contribución financiera indispensable para mantener viva la esperanza de la revolución. La joven militante del M-26 Consuela Elba Álvarez recuerda en una reciente entrevista que «muchos capitalistas ayudaron». Ella personalmente se encargó de ir a hablar con el dueño de las galletas Gilda en La Habana, quien «respondió bien», ofreciendo «dinero para el movimiento» 70.

El Movimiento de Resistencia Cívica (MRC), una organización paralela al M-26 que «tiene una fuerza enorme en Cuba», estaba compuesta por individuos «que tenían negocio y que no iban a entrar a un grupo de gente de cabeza caliente [...], pero sí estaban dispuestos a ayudar económicamente» 71. Si bien el MRC abogaba por el derrocamiento de Batista y apoyaba decididamente las acciones subversivas del M-26, sus representantes no aspiraban a una ruptura radical con el modelo económico de la isla, sino que propugnaban más bien un «capitalismo mejorado» 72. A la imagen de Ángel Santos Bush —un prominente médico santiaguero que firmó a nombre del MRC el famoso Pacto de Caracas de 1958—, la mayoría de sus miembros eran anticomunistas que habían llegado a la conclusión de que «no se podía obtener un gobierno democrático por medios que no fueran militares». «Teníamos que tener una revolución, una revolución armada. Todos aceptaban eso en Santiago, incluso las elites», nos dice el hijo de Ángel Santos Bush, Charles Santos Bush 73. Este último asumió el rol de representante del MRC en Estados Unidos mientras proseguía estudios en la Universidad de Harvard. Consultado por los motivos que lo empujaron a él y a su familia a oponerse a Batista, Santos Bush evoca la desatada corrupción, así como los esfuerzos del dictador por acapararse de vastos sectores de la economía nacional, lo que ponía en riesgo las provechosas inversiones de la elite local 74.

En efecto, para muchos cubanos empresarios, Batista era visto como un intervencionista deshonesto, y por ende susceptible de reducir los espacios de libertad de emprendimiento. Contrariamente a lo que hoy podría pensarse hoy, Batista era percibido a menudo como un adversario del modelo capitalista, doblemente amenazado por la corrupción y las tendencias intervencionistas de la dictadura. Como ha demostrado brillantemente Alfred Padula, a través de la constitución de su propia red clientelar, que excluía a largos segmentos de la elite tradicional cubana, Batista tendió a ocupar espacios económicos que antes pertenecían a una burguesía fragilizada, pero consciente de los riesgos que ello implicaba 75.

Ese era también el sentimiento de José «Pepín» Bosch, propietario de la empresa Bacardí y probablemente el mayor contribuyente financiero a la causa de la insurrección de la Sierra Maestra. Los agravios de este último contra Batista, quien ya había intervenido Bacardí en los años cuarenta 76, se justificaban por sus temores respecto a las consecuencias económicas de su régimen: «Este tipo de dictaduras tienen dos fases económicas. En un comienzo, [...] la malversación y la redirección de los fondos públicos es suficiente para satisfacer los deseos de enriquecimiento. Pero en una segunda fase, esos fondos ya no son suficientes y ellos [los dictadores] proceden a apropiarse de las empresas del país en beneficio propio» 77.

Muchos son los estudiosos que subrayan la importancia de la conformación de una amplia alianza multiclases para dar cauce a un proceso revolucionario eficaz 78. Como nos muestra el ejemplo de la familia Santos Bush y de José Bosch, Cuba no fue la excepción. Por su parte, el argentino Marcos Winocur ha demostrado con acierto cómo la política desfavorable de Batista en relación con los productores azucareros de la isla empujó a estos últimos a idear una alianza con la insurgencia castrista —hecha realidad con el Pacto de Caracas en julio de 1958—, mientras que los dardos de este sector poderoso de la elite local se dirigían contra el gobierno batistiano 79.

Estos sectores no solo temían, como vimos, verse obstaculizados en sus afanes de expansión económica, sino que también veían disminuido el acceso a la participación política. Una de las debilidades estructurales del gobierno de Batista fue haber definido una forma de hacer política que se reveló incapaz de incorporar a ciertas capas de la elite nacional en la administración, empujando así a los sectores moderados y burgueses a buscar alianzas con las fuerzas insurgentes 80. La corrupción, el favoritismo, la represión y las arbitrariedades terminaron por alienar a las elites y por transformarlas en auténticos agentes revolucionarios, hasta el punto de que «prácticamente todos los cubanos» apoyaron en su momento a Fidel Castro, mientras que las «clases económicas [...] se sumaron a las celebraciones por la revolución» 81.

Consideraciones finales

La fase insurreccional en Cuba ha sido un fenómeno abundantemente estudiado tanto en la isla como en el extranjero, en especial en los Estados Unidos, donde millones de cubanos opositores a la administración castrista se han instalado a partir de 1959. Sin embargo, la mayoría de los trabajos sobre la Cuba de los años cincuenta ponen el acento en la evolución del frente revolucionario y priorizan, en particular, las acciones del M-26. Así, el relato tradicional suele iniciarse con el ataque al Cuartel Moncada, para luego desplazarse a los meses de cárcel de Fidel Castro y brincar en 1956 de México hacia la Sierra Maestra. Mientras que los «barbudos» acaparan las miradas, pocos historiadores se han preocupado por entender la articulación compleja de la política batistiana desde 1952 hasta su definitivo colapso. Mientras que sobre Fidel Castro se ha escrito más de un centenar de estudios sobre su vida en muy diversos países e idiomas, no existe ni una sola biografía de Fulgencio Batista que abarque los años cincuenta. Estando en la Biblioteca de la Universidad de La Habana, nos propusimos recopilar las obras relativas a Batista, pero en el catálogo de fichas definido por materias solo figuraban dos libros sobre este personaje clave de la historia cubana, y ambos correspondían al Batista de los años treinta y cuarenta. En la Biblioteca Nacional José Martí hallamos unos pocos libros más, pero no pudimos consultarlos por estar sometidos a una política de acceso restringido.

Más problemático aún, al delinear una cronología basada en las acciones del M-26, prácticamente todas las historias de la fase insurreccional pasan por alto los rasgos propios del régimen que derivaron en una extendida desafección entre la autoridad gubernamental y la sociedad cubana. Hoy en día, una tímida, aunque insuficiente, voluntad de sobrepasar estas limitaciones se puede comenzar a observar en la isla gracias fundamentalmente a especialistas afiliados al Instituto de Historia de Cuba. No obstante, como han planteado Marilú Uralde Cancio y José Abreu Cardet, al notar que «hasta el presente no se ha publicado un análisis [...] sobre las fuerzas de la dictadura que, no por contrarias, carecen de importancia», es necesario «escapar del análisis simplista y panfletario que tanto reduce la historia de la revolución» 82.

Impulsados por nuestra convicción de que más que la eficacidad del liderazgo revolucionario, son las características propias del régimen impugnado las que engendran una situación revolucionaria potencialmente explosiva, hemos deseado en estas páginas poner de relieve los factores del disfuncionamiento del gobierno de Batista que conllevaron a la formación de un robusto frente opositor que incluía largas capas de la burguesía, sectores de la Iglesia y una creciente presión de los Estados Unidos. Al proponer esta hipótesis no partimos desde una tabula rasa, sino que nos hemos inspirado de una tradición teórica ya asentada gracias a autores como Theda Skocpol, Timothy Wickham-Crowley y Jeff Goodwin, quienes se han encargado de volver a poner al Estado y a su estructura en el centro del relato revolucionario.

La tradición marxista —naturalmente enraizada en la historiografía cubana— tiende a subrayar el papel insustituible de la vanguardia revolucionaria (concepto leninista retomado por el guevarismo), llamada a guiar a las masas que aún no han desarrollado una auténtica conciencia revolucionaria. Esta tesis, por ende, es particularmente propensa a observar las revoluciones como movimientos grandiosos y ascendentes concebidos esencialmente como un proceso irreversible de transferencia de poder de una clase social a otra 83. No resulta difícil identificar al M-26 y al liderazgo carismático de Fidel Castro con la noción de vanguardia, desplazando así del relato —en consonancia con la idea de lucha de clases— a los sectores de la elite que, sin embargo, contribuyeron al desmoronamiento del gobierno batistiano. El propio Fidel Castro, quien no había manifestado una afiliación al comunismo antes de 1961, solía presentarse ulteriormente como un marxista de toda una vida, satisfaciendo así el esquema teórico que a esa altura constituía la línea oficial de La Habana. Adicionalmente, la búsqueda de las raíces económicas y de clases de las revoluciones propia del marxismo difumina la importancia de los contextos políticos en los cuales las tensiones sociales se enmarcan 84. Esto ha conducido a numerosos estudiosos cubanos a obviar la relevancia de las características del régimen de Batista que produjeron la masiva desafección que permeó a la sociedad en su conjunto.

Hemos deseado a través de este breve artículo reincorporar al análisis de la Cuba prerrevolucionaria el contexto político del «batistato», el que debido a las particularidades de la historiografía de la isla y a la obsesión por la figura de Fidel Castro y de sus compañeros de la Sierra Maestra ha sido perjudicialmente relegado. Para ello, no pretendemos estar brindando un esquema inédito. Por el contrario, insertamos nuestro análisis en una tradición teórica posmarxista arraigada, pero que aún no se ha aplicado adecuadamente al caso cubano, a menudo estudiado de forma aislada, en ausencia de una mirada comparativa y con escasa evidencia empírica. Gracias al uso de un conjunto de fuentes hasta hace poco inaccesibles, preservadas tanto en La Habana como en Miami, y a un conjunto de entrevistas, el presente trabajo se ha constituido en un esfuerzo por conciliar una tendencia analítica de larga data con uno de los casos más emblemáticos y radicales del fenómeno revolucionario.


1 Julia Sweig: Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground, Cambridge, Harvard University Press, 2002.

2 Steve Cushion: A Hidden History of the Cuban Revolution: How the Working Class Shaped the Guerrillas’ Victory, Nueva York, Monthly Review Press, 2016.

3 Mario Mencía: El Moncada: la respuesta necesaria, La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2013.

4 Lillian Guerra: Heroes, Martyrs, and Political Messiahs in Revolutionary Cuba, 1946-1958, New Haven, Yale University Press, 2018.

5 Brian Meeks: Caribbean Revolutions and Revolutionary Theory: An Assessment of Cuba, Nicaragua and Grenada, Londres, The Macmillan Press, 1993.

6 Timothy Wickham-Crowley: Guerrillas and revolution in Latin America: a comparative study of insurgents and regimes since 1956, Princeton, Princeton University Press, 1992.

7 Theda Skocpol: States and Social Revolutions: A Comparative analysis of France, Russia, and China, Cambridge, Cambridge University Press, 1979.

8 Sobre el concepto de «coalición revolucionaria», véase John Foran: «The Comparative-Historical Sociology of Third World Social Revolutions. Why a few succeed, why most fail», en John Foran (ed.): Theorizing Revolutions, Londres, Routledge, 1997, pp. 227-267, esp. p. 229.

9 José Suárez Núnez: El Gran Culpable. ¿Cómo 12 guerrilleros aniquilaron a 45.000 soldados,? Caracas, s. e.,1963, p. 8.

10 World permissive context es un concepto introducido en 1979 por Walter Goldfrank para dar cuenta de la importancia de los equilibrios internacionales y de la posición de las potencias mundiales en determinar el éxito o fracaso de un movimiento revolucionario. John Foran: «The Comparative-Historical...», p. 229.

11 Véase Louis Pérez: Army Politics in Cuba, 1898-1958, Pittsburgh, Uni­versity of Pittsburgh Press, 1976, y Brian Meeks: Caribbean Revolutions..., pp. 48-77, y Jorge Domínguez: Cuba: Order and Revolution, Cambridge, MA, Belknap Press, 1978.

12 Marifeli Pérez Stable: The Cuban Revolution: Origins, Courses, and Legacy, Nueva York, 1993, p. 6.

13 Alejandro De la Fuente: Una nación para todos: Raza, desigualdad y política en Cuba, 1900-2000, Madrid, Colibrí, 2001, p. 4.

14 Esta analogía ha sido esbozada por el escritor francés Robert Merle, quien se pregunta: «¿Cómo podríamos explicar a un extranjero el 14 de julio de 1789 sin antes contarle qué era el Antiguo Régimen francés?, ¿Cómo explicar el 26 de julio de 1953 a los franceses sin antes delinear a grandes rasgos el rostro de Cuba? Robert Merle: Moncada, premier combat de Fidel Castro: 26 juillet 1953, París, Laffont, 1965, p. 15.

15 Antonio De la Cova: The Moncada Attack: Birth of the Cuban Revolution, Columbia, University of South Carolina Press, 2007.

16 Claude Julien: La Révolution cubaine, París, Julliard, 1961, p. 70.

17 Robert Taber: M-26: Biography of a Revolution, Nueva York, Lyle Stuart, 1961, p. 32.

18 Mario Mencía: El Moncada...

19 Ibid., p. 224. Sobre el FCMCM, véase Carmen Castro: La lección del maestro, La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2010.

20 Rosa Mier (antigua militante del Frente Cívico de Mujeres del Centenario Martiano), en discusión con el autor, 11 de marzo 2019.

21 Enrique Oltuski: «Rafael García Bárcena y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR)», en Eduardo Torres-Cuevas, Enrique Oltuski y Héctor Rodríguez (eds.): Memorias de la Revolución, La Habana, Imagen Contemporánea, 2007, pp. 43-46.

22 Armando Hart: Aldabonazo: Inside the Cuban revolutionary underground, 1952-1958, Nueva York, Pathfinder, 2004, p. 62.

23 Antero Regalado: Las luchas campesinas en Cuba, La Habana, Comisión de Educación Interna del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, 1973.

24 Entrevista de Ted Szulc con Guillermo García, Ted Szulc Collection of Interview Transcripts (CHC0189) Cuban Heritage Collection, box 1.

25 Enrique Meneses: Fidel Castro: Patria o muerte, A Coruña, Ediciones del Viento, 2016, p. 55.

26 Para un excelente análisis de la prensa ligada al M-26 durante la fase insurreccional, véase Patricia Calvo González: «La prensa clandestina en la insurrección cubana (1953-1958): mismo objetivo, diferentes tácticas», Izquierdas, 41 (2018), pp. 117-140.

27 Enrique Oltuski: Gente del llano, La Habana, Imagen Contemporánea, 2001, p. 93.

28 Ibid., p. 95.

29 Ibid., p. 107.

30 Carta de Guy Doneux a Paul-Henri Spaak (La Habana, 30 de abril de 1956), Service public fédéral Affaires étrangères, Archives diplomatiques, fondo Cuba, núm. 12837.

31 Muy poco se ha escrito sobre la Organización Auténtica, a pesar de que antes de 1957, el régimen batistiano la percibía, probablemente con razón, como la principal amenaza revolucionaria, como se infiere de los archivos del ejército de Cuba en tiempos de Batista. Hemos podido consultar estos documentos en el Instituto de Historia de Cuba durante una estadía de investigación en La Habana en febrero-marzo 2019.

32 Carta de Carlos Prío Socarrás a Emilio Ochoa (Miami, 10 de mayo de 1953), Cuban Heritage Collection, Fulgencio Batista Zaldívar Collection (CHC5155), series 2, box 9.

33 Rosa Mier (antigua militante del Frente Cívico de Mujeres del Centenario Martiano), en discusión con el autor, 11 de marzo de 2019.

34 Carta de Fidel Castro a Carlos Prío Socarrás (México DF, 14 de julio de 1956), colección privada de Marian Prío.

35 Respecto a los lazos entre los «auténticos» y el DR, ciertas figuras de lo que hoy algunos llaman «la fuerza sana de los auténticos», tales como Menelao Mora, cooperaron estrechamente con el movimiento fundado por José Antonio Echeverría. Héctor Terry (antiguo militante del Directorio Revolucionario), en discusión con el autor, 16 de marzo de 2018. Faure Chomón, líder del DR a partir de 1957, confirma que su movimiento recibió armas de parte de Mora y que estas provenían del expresidente Carlos Prío Socarrás. Faure Chomón: «La hombrada de José Antonio», en Eduardo Torres-Cuevas, Enrique Oltuski y Héctor Rodríguez (eds.): Memorias de la Revolución, La Habana, Imagen Contemporánea, 2007, pp. 194-205, esp. pp. 197-200.

36 Steve Cushion: A Hidden History of the Cuban Revolution...

37 Jeff Goodwin: No Other Way Out: States and Revolutionary Movements, 1945-1991, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, pp. 25, 49 y 290.

38 Concepto elaborado por Timothy Wickham-Crowley: Guerrillas and Revolution..., pp. 269-271.

39 Batista se refiere de esta manera a su propio gobierno en una carta dirigida a su antiguo compañero de armas, Sergio Carbó. Carta de Fulgencio Batista a Sergio Carbó (La Habana, 2 de agosto 1953), Archivo del Instituto de Historia de Cuba, fondo Ejército, 24/1/1.2/1.

40 Charles Ameringer: «The Auténtico Party and the Political Opposition in Cuba, 1952-57», The Hispanic American Historical Review, 65(2) (1985), pp. 327-351. Para una visión desde Cuba, véase Jorge Ibarra: El fracaso de los moderados en Cuba, La Habana, Editora Política, 2000.

41 Para hacerse una idea de los principales argumentos aludidos para justificar el golpe recomendamos la lectura de Pablo Carrera Jústiz: Justificación del 10 de marzo, La Habana, Úcar García, 1952.

42 Citado en José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt: Batista: El Golpe, La Habana, Ediciones Unión, 2013, p. 29.

43 Albert de Vlesschauwer: «Rapport sur ma mission auprès du Président et du gouvernement de la République de Cuba», KADOC Archives, Archief Albert de Vleeschauwer, BE/942855/217/629.

44 Carta de Rafael Guas Inclán a Fulgencio Batista (Miami, 19 de octubre de 1963), Cuban Heritage Collection, Fulgencio Batista Zaldívar Collection (CHC5155), series 1, box 2.

45 Ha subrayado el carácter incoherente del ideario batistiano a lo largo de todo su itinerario político, Andrea Alcántara: «Antes de la Revolución: Fulgencio Batista y el eclecticismo ideológico», en Patricia Calvo (ed.): Discursos e ideologías de derechas y de izquierdas en América Latina y Europa, Santiago de Compostela, USC, 2015, pp. 99-113.

46 En efecto, en un inicio, el objetivo principal de los revolucionarios, incluido el primer embrión del M-26 que atacó el Cuartel Moncada, era restaurar la Constitución de 1940. Antonio De la Cova: The Moncada Attack..., p. XXVI.

47 José Suárez Núnez: El Gran Culpable..., p. 23.

48 Ibid., p. 26.

49 Joana Salem Vasconcelos: História Agrória da Revoluçao Cubana: Dilemas do socialismo na periferia, Sao Paulo, Alameda Casa Editorial, 2016, pp. 68 y 74.

50 Jorge Domínguez: «The Batista Regime in Cuba», en H. E. Chehabi y Juan Linz (eds.): Sultanistic Regimes, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1998, pp. 113-131, esp. pp. 123-125, y Alfred Padula: The Fall of the Bourgeoisie, Alburquerque, The University of New Mexico, 1974, pp. 66-68.

51 Comandante Claudio Medel Fuentes al JEMC (La Habana, 19 de diciembre de 1958), Archivo del Instituto de Historia de Cuba, fondo Ejército, 24/3.4/1.1/1-18.

52 Carta de Orlando Piedra a Aldo Baroni (Fort Lauderdale, 2 de junio de 1960), Cuban Heritage Collection, Fulgencio Batista Zaldívar Collection (CHC5155), series 1, box 3.

53 Servando Valdés: La elite militar en Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2008.

54 José Quevedo: La batalla de El Jigüe, La Habana, Editorial de Arte y Literatura, 1976, p. 10.

55 Roberto Pérez Rivero: Desventura de un Ejército, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2003, p. 35.

56 Entrevista de Ted Szulc con José Ramón Fernández, Ted Szulc Collection of Interview Transcripts (CHC0189), Cuban Heritage Collection, box 1.

57 Roberto Pérez Rivero: Desventura de un Ejército..., pp. 65-71.

58 Marilú Uralde Cancio y José Abreu Cardet: Mau mau y casquitos. El Regimiento 7 contra las columnas guerrilleras (1958), La Habana, Casa Editora Abril, 2017, p. 129.

59 Carta de Rafael Guas Inclán a Fulgencio Batista (México DF, 27 de abril 1959), Cuban Heritage Collection, Fulgencio Batista Zaldívar Collection (CHC5155), series 2, box 48.

60 Gabriel Taborda: Palabras esperadas. Memorias de Francisco H. Tabernilla Palmero, Miami, Ediciones Universal, 2009, p. 100.

61 Carta de Francisco Tabernilla Dolz a Juan Estévez, en Gabriel Taborda: Palabras esperadas..., p. 203.

62 Ernesto Guevara: Pasajes de la guerra revolucionaria, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1985, https://creandopueblo.files.wordpress.com/2011/08/che-pasajesdelaguerrarevolucionaria.pdf.

63 La mejor obra sobre la relación, por momentos tensa, entre estas dos facciones del M-26 (la Sierra y el Llano) es el libro de Julia Sweig: Inside the Cuban Revolution...

64 Ernesto Guevara: Pasajes de la guerra revolucionaria..., p. 56.

65 Enrique Oltuski: Gente del llano..., pp. 1 y 193.

66 Ernesto Guevara: Pasajes de la guerra revolucionaria..., p. 59.

67 Simon Reid-Henry: Fidel and Che: A Revolutionary Frienship, Londres, Sceptre, 2009, p. 157. En una discusión posterior a la victoria revolucionaria, Ernesto Guevara le reprocha a Carlos Franqui, también miembro del Llano, las «vacilaciones ideológicas de la ciudad», frente a «el radicalismo de la guerrilla». Carlos Franqui: Retrato de familia con Fidel, Barcelona, Seix Barral, 1981, p. 457.

68 Para una fundamentada y reveladora crítica del relato guevarista, recomendamos el excelente artículo de Matt Child: «An Historical Critique of the Emergence and Evolution of Ernesto Che Guevara’s Foco Theory», Journal of Latin American Studies, 27(3) (1995), pp. 593-624.

69 A nuestro juicio, la mejor obra que da cuenta de la diversidad de movimientos y tendencias en el proceso de insurrección antibatistiano es el libro reciente de la historiadora Lillian Guerra: Heroes, Martyrs, and Political Messiahs...; véase también el artículo de Rafael Pedemonte: «Roots and Reassessment of the Cuban “guerrilla ethos”: From the Armed Imperative to the End of Foquismo», Contemporanea xixth and xxth Century History Review, 23(1) (2020), pp. 53-77.

70 Consuelo Elba Álvarez (antigua militante del Movimiento 26 de Julio), en discusión con el autor, 9 de marzo 2018.

71 Entrevista de Ted Szulc con Eduardo Chibás, Ted Szulc Collection of Interview Transcripts (CHC0189) Cuban Heritage Collection, box 3.

72 José María Cuesta Braniella: La Resistencia Cívica en la guerra de liberación de Cuba, La Habana, Instituto de Historia, s. f., p. 32.

73 Charles Santos Bush (antiguo militante del Movimiento de Resistencia Cívica), en discusión con el autor, 30 de julio 2019.

74 Ibid.

75 Padula llega a decir que Batista se convirtió en el hombre más rico del mundo. Alfred Padula: The Fall of the Bourgeoisie..., p. 101 y 571.

76 Ibid., p. 98.

77 Tom Gjelten: Bacardi and the Long Fight for Cuba, Londres, Penguin Books, 2008, pp. 191-192.

78 Por ejemplo, Jack Goldstone: Revolutions: A very short introduction, Oxford, Oxford University Press, 2014, pp. 16-17.

79 Marcos Wiconur: «Les calculs politiques de la bourgeoisie face à la révolution de Fidel Castro», La Découverte, 1(194) (2001), pp. 25-37.

80 Timothy Wickham-Crowley: Guerrillas, and revolution..., pp. 9-10 y 209-211.

81 Marifeli Pérez Stable: The Cuban Revolution..., pp. 62-63.

82 Marilú Uralde Cancio y José Abreu Cardet: Mau mau y casquitos..., pp. 10-11 y 176-177.

83 Perez Zagorin: «Prolegomena to the Comparative History of Revolution in Early Modern Europe», Comparative Studies in Society and History, 18(2) (1976), pp. 151-174, esp. pp. 159-161.

84 Jeff Goodwin: No Other Way Out..., p. 23.