Ayer 126/2022 (2): 79-105
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2022
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/814
Mercedes Peñalba-Sotorrío
Recibido: 04-06-2019 | Aceptado: 09-07-2020 | Publicado on-line: 21-04-2022
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
FET y de las JONS como fuente de disenso en el Franquismo a la luz del concepto Resistenz *
Mercedes Peñalba-Sotorrío
Manchester Metropolitan University M.Penalba-Sotorrio@mmu.ac.uk
Resumen: Este artículo se centra en el disenso en torno a FET y de las JONS, identificando las líneas de fractura que se produjeron en la interacción del partido único con otros grupos que apoyaron al régimen. Más allá de la rivalidad política, este artículo se centra en el rechazo a FET enraizado en la preservación de aspectos culturales que se entendía debían ser respetados por la Dictadura. Para ello utilizamos el concepto de Resistenz, acuñado por Martin Broszat, con el objetivo de identificar qué aspectos culturales tuvieron mayor peso en la delimitación del consenso y del disenso.
Palabras clave: disenso, Falange, Franquismo, Resistenz, cultura.
Abstract: This article focuses on the study of dissent surrounding the FET y de las JONS in order to identify the fault lines between this single party and other groups that supported the regime. Rather than focusing on political rivalries, this article emphasizes how attitudes of rejection directed towards the FET revealed a desire to preserve cultural aspects to be respected by the regime. In so doing, we apply Martin Broszat’s concept of Resistenz with the goal of identifying what cultural aspects were most important in defining the limits of consent and dissent.
Keywords: dissent, Falange, Francoism, Resistenz, culture.
La Guerra Civil otorgó a Falange Española de las JONS no solo la oportunidad de crecer a un ritmo que no había experimentado antes, sino la posibilidad de desempeñar un papel determinante en la construcción del nuevo Estado impuesto por los sublevados. La creación desde arriba de FET y de las JONS y la fusión en torno al falangismo de los partidos que habían apoyado el golpe revelan en sí mismas el primer paso en el proceso de acomodación del falangismo a la nueva situación. Una «franquistización» de la Falange, si se quiere, que le otorgaba una vía de influencia sobre la sociedad española que jamás hubiera podido conseguir por sí misma. En este nuevo contexto, FET pasó a convertirse en correa de transmisión entre el pueblo y el Estado, y de ese modo desempeñó un papel fundamental en la construcción del consenso, tanto activo como pasivo 1.
No obstante, como ya señaló Robert Gellatelly para el caso alemán, el consenso está en constante proceso de formación y se encuentra entrelazado con el disenso 2. En este sentido, bajo el Franquismo podemos ver cómo ambos se forman y desarrollan tanto dentro como en torno al partido único. Si miramos más allá de la dicotomía colaboración/oposición, adhesión/resistencia, es fácil observar cómo en muchos casos se produce un proceso de «negociación» y adaptación a la nueva situación, que puede englobar tanto la colaboración activa como la indiferencia. Así, de igual modo que muchos falangistas de la primera hora «negociaron» consigo mismos su lealtad al régimen y sus límites, otros sectores que, en general, recibieron positivamente el establecimiento del nuevo régimen, hubieron de resolver el conflicto entre esa adhesión a Franco y su rechazo del partido único o, cuando menos, de algunos de los aspectos que representaba. Es en este proceso de negociación donde probablemente radica una de las razones que explican la longevidad del régimen de Franco. Lo interesante, por tanto, es identificar las líneas de fractura, aquellos aspectos que para estos grupos e individuos eran irrenunciables. Quienes colaboraron con o consintieron de un modo u otro el régimen no bandearon entre actitudes de fidelidad absoluta y disidencia declarada, sino que mostraron actitudes mucho más complejas. Solo estudiando y comprendiendo estas posturas, podremos comprender cómo funcionan los mecanismos legitimadores y de poder en los regímenes dictatoriales.
Gracias a Franco, Falange Española, aquel partido marginal de preguerra, se encontró al frente de un partido estatal y con acceso a unos canales de influencia sobre la sociedad nada desdeñables. Sin embargo, sus distintos secretarios generales, capaces de ver que el desarrollo de Falange dependía por completo del apoyo del Caudillo, optaron por un «fascismo pragmático» 3, aceptando que de su fidelidad al jefe del Estado dependían sus planes para el desarrollo del partido 4. Una posición, no obstante, desde la que buscaron ampliar, en la medida de sus posibilidades, las cotas de poder del partido único. Postura que llevó a FET a chocar con estructuras ya existentes, dentro de la dinámica que Paxton ha llamado «the four-way struggle for dominance» 5. Este proceso llevó, inevitablemente, al choque con otras instituciones clave para la supervivencia de la Dictadura, particularmente el Ejército y la Iglesia.
Como ya señaló Alfonso Lazo, «las distintas ramas familiares» tuvieron en común su antifalangismo, el rechazo a una Falange que percibían como un peligro para el régimen 6. Sin embargo, no nos interesa aquí el rechazo de FET fruto de la mera rivalidad política, sino uno más profundo, enraizado en la preservación de aspectos culturales y tradiciones que se entendía debían ser respetados por la Dictadura. Una defensa que no amenazaba necesaria o inicialmente al Franquismo, pero que podía evolucionar tanto hacia la adaptación al y del régimen, como hacia actitudes de resistencia. En este contexto, el concepto de Resistenz acuñado por Martin Broszat dentro de la Alltagsgeschichte que tanto ha avanzado nuestro conocimiento del Tercer Reich y que fuera introducida en España por Ismael Saz y Gómez Roda 7, puede ayudar a comprender la problemática a la que nos referimos. Resistenz es un concepto moralmente neutro que se refiere a la inmunidad, en sentido médico, de algunos sectores a la penetración social y al desarrollo totalitario del Estado 8. Por supuesto, el Franquismo presenta características particulares, pero no por ello el concepto pierde su utilidad. En el caso español, el rechazo de algunos sectores católicos a la mitificación de José Antonio Primo de Rivera, la negativa del cardenal Segura a dejar grabar los nombres de los caídos en la fachada de la catedral, la resistencia del carlismo a ver sus símbolos y tradiciones despreciados, negarse a cumplir con el Servicio Social o rehuirlo, o tratar de mantener las organizaciones católicas alejadas de la influencia falangista, son actitudes que no responden a una mera rivalidad política, sino a la resistencia cultural de grupos e instituciones que protegen su identidad y sus costumbres ante la penetración excesiva de un Estado, en este caso representado por Falange, que por otra parte aceptan y con el que colaboran sin problemas. La aplicación de este concepto al estudio de las dinámicas que se desarrollaron entre FET y otros sectores, en especial la Iglesia y el carlismo, arroja nueva luz sobre el modo en que el consenso y el disenso interactúan, lo que a su vez ayuda a comprender mejor la construcción del régimen franquista.
En este contexto, la Iglesia es un claro ejemplo de cómo la rivalidad política coexiste con una actitud de resistencia a FET nacida del deseo de preservar su identidad cultural e independencia respecto al partido. Resulta aquí interesante la referencia al caso de la Iglesia confesional alemana que, sin mostrar un claro rechazo hacia las políticas hitlerianas, podía llegar a colaborar con el régimen, pero no a tolerar la Gleichschaltung, es decir, la coordinación absoluta de sus actividades con las del Estado nazi. En respuesta, su prioridad pasó a ser la preservación de su tradicional misión social y cultural 9. Una actitud que se movía entre el disenso y el consentimiento, pero que no dejaba de suponer un obstáculo para el régimen nacionalsocialista. En el caso español, el carácter de cruzada que se le otorgó a la Guerra Civil española selló la alianza entre la Iglesia y el Franquismo, pero no entre la Iglesia y Falange. La Iglesia podía resistir las presiones de Falange y oponerse a sus proyectos sin que ello supusiera una disidencia hacia el régimen. Sin embargo, en esas líneas de fractura creadas por el enfrentamiento con el falangismo llegaron a surgir espacios en los que sí pudieron anidar actitudes disidentes. En este sentido, nos centramos aquí en aquella parte del clero que aceptó, cuando menos inicialmente, el Franquismo y no al clero declaradamente antifranquista.
Los conflictos entre el partido único y la Iglesia han sido ampliamente estudiados 10, sin embargo, todos estos trabajos describen estas relaciones conflictivas solo en términos de rivalidad política. Hubo, desde luego, rivalidad, pero también una resistencia frente a Falange que hundía sus raíces en la preservación de su identidad y estructuras tradicionales. Ambas actitudes surgían de la incompatibilidad de dos modos de interpretar el catolicismo 11, la eclesiástica y la falangista, que bebía de una interpretación jonsista del catolicismo en clave política y cultural, que no religiosa 12. El catolicismo tenía un lugar privilegiado dentro de la cosmogonía falangista en tanto que se identificaba con la esencia española y la historia imperial. Esto, por supuesto, no implica que no resultara posible ser al mismo tiempo falangista y católico convencido, ni que la Falange originaria fuera, como señala Sanz, realmente aconfesional 13, pero ayuda a explicar de dónde procedía el deseo falangista de mantener la separación Iglesia-Estado y, aún más importante, la prevalencia de la nación y el Estado sobre la Iglesia. Si a ello añadimos el carácter fascista y, por tanto, integracionista, del falangismo, que llevaba a la larga a querer imitar el proceso de sincronización nacionalsocialista, es fácil comprender dónde se iban a originar las líneas de fractura entre el partico único e instituciones como la Iglesia, con una larga tradición histórica y una estructura y funciones definidas y consideradas como privativas.
De este modo, las sospechas sobre la catolicidad de la Falange por parte del cardenal Gomá, el obispo Eijo Garay y el cardenal Segura 14, así como por parte del carlismo, eran la expresión de un rechazo al deseo falangista de integrar a la totalidad de la nueva España en su proyecto fascista. La admiración por los fascismos, la intensificación de las relaciones entre el partido único, Italia y Alemania, la censura temporal de la encíclica Mit brennender sorge y la copia de organismos como Auxilio Social, las organizaciones juveniles o la inclusión de actividades deportivas en el programa educativo de la Sección Femenina no hacían más que confirmar estos temores. Pero el deseo por parte de la Iglesia de preservar la independencia de sus publicaciones, sindicatos, organizaciones, como Acción Católica, e incluso de sus sacerdotes respondía, en gran medida, a un ferviente deseo por preservar sus tradiciones y estructuras, en particular las que facilitaban su labor social y por tanto identitaria. Si la Guerra Civil había sido una cruzada para recuperar a España para el catolicismo —una caracterización no siempre aceptada por los representantes más notables del falangismo— 15, la Iglesia no iba a permitir que el deseo exclusivista del falangismo la malograra. Por ello, muchas de las quejas respecto a Falange aducían la falta de respeto por la jerarquía y las normas eclesiásticas.
El cardenal Gomá advertía en abril de 1937 contra la influencia nazi, que estimaba no solo incompatible con la tradición eclesiástica, sino «con el respeto profundo que a la Santa Sede ha profesado siempre nuestra nación» 16. Anidaba en su valoración un claro intento de preservación de las relaciones tradicionales entre el Estado español y el Vaticano, así como por mantener a salvo de injerencias políticas las estructuras eclesiásticas. Ejemplos de esta resistencia los encontramos también en los choques entre Falange y el cardenal Segura. El disenso del cardenal se hizo evidente cuando decidió dar plantón a Franco en la procesión del Santo Entierro de Sevilla en 1940 17. No obstante, su inconformismo no se debía solo a la decisión unilateral de los falangistas de pintar sobre los muros de la iglesia los nombres de los caídos en la guerra, a raíz de la oposición del prelado a hacerlo de modo oficial. Una acción que Segura no dudó en calificar de intimidatoria, actitud que confirmó la Falange sevillana al vigilar las pintadas con personal armado y apalear a los curas en respuesta a la resistencia del cardenal 18. Pero lo interesante es que, como ha estudiado Parejo, los conflictos no se redujeron a este asunto y es en la multitud de choques donde se aprecia el origen de la oposición del cardenal al partido único. Segura no dudó en prohibir en 1944 el saludo a la romana en las procesiones de Semana Santa o el uso del emblema del partido en las solicitudes de ingreso a las hermandades sevillanas en 1938 19. También se las ingenió para impedir, en ocasiones, la celebración de misas en honor de José Antonio Primo de Rivera 20. Una actitud plenamente coincidente con las preocupaciones del primado, quien, ante la petición de Julián Pemartín de celebrar funerales por José Antonio y de situar lápidas en honor de los caídos en todas las iglesias, escribía al nuncio lo siguiente: «Creo que la Iglesia ha de andar con mucho tiento en este punto, por cuanto alrededor de este nombre se acumula una literatura tendenciosa, que remeda orientaciones extranjeras. Nunca, ni a los Reyes de España, se concedieron a nadie tales honores...» 21. Gomá se quejaba especialmente del «procedimiento imperativo» de los falangistas, que no habían respetado ni el procedimiento jerárquico ni el protocolo eclesiástico 22. En sentido parecido, se oponían tanto Gomá como el arzobispo de Zaragoza a los intentos de Falange de involucrar al clero en sus actividades, por considerarse contrarias a las normas canónicas 23. Y con argumentos similares se expresaba Segura en contra de la pretensión falangista de celebrar una Misa de Campaña sin haber consultado previamente a la jerarquía, pretendiendo someter el culto católico a disposiciones políticas 24. No se trataba de meras excusas, sino de una fuerte resistencia cultural tanto a la intrusión del falangismo como a cualquier intento por alterar las relaciones Iglesia-Estado o deteriorar el respeto a la jerarquía.
La reacción de la jerarquía a las actividades de Fermín Yzurdiaga confirmaron una vez más esta actitud. Los dos principales puntos de contención eran, por un lado, que el sacerdote no había solicitado permiso al obispo para trabajar en Arriba y Jerarquía ni para ausentarse de la diócesis como le exigían sus responsabilidades en Falange, tal y como establecía el derecho canónico y, por otro, su creciente y pública admiración por el nacionalsocialismo 25. El evidente desprecio a las normas a punto estuvo de saldarse con el cese del sacerdote por parte de su obispo, Marcelino Olaechea, que solo cambió de opinión tras recibir una carta de Franco en la que se solicitaba el necesario permiso para las actividades de Yzurdiaga 26. El viraje de Olaechea ponía en evidencia dos cuestiones: por una parte, la clara importancia que para él tenía el respeto a la normativa de la Iglesia y, por otra, hasta qué punto el rechazo al falangismo podía verse suavizado por el respeto y aceptación de la figura de Franco. No obstante, el debido respeto a la jerarquía no anulaba el segundo problema, el hecho de que Yzurdiaga presentaba una doble obediencia: a la Iglesia y al partido único. Un problema que se agravaba a la par que la actitud filonazi del sacerdote azul iba in crescendo. Su estrecha relación con el nazismo, haber permitido la aparición en prensa de sueltos en contra de políticas enemigas «disfrazadas de religión» y de «elementos enquistados» en Acción Católica —que dejaban mucho que desear frente a los ardorosos sacerdotes fascistas italianos— y, sobre todo, su desobediencia al obispo, al haber asistido a la reunión del Consejo Nacional de marzo de 1938 a pesar de habérsele prohibido 27, convencieron a las más altas jerarquías, incluido el nuncio, de que el riesgo de que una doble dependencia degenerara en una fidelidad absoluta al partido era demasiado alto. Así, en noviembre de 1938, Olaechea retiró a Yzurdiaga las licencias para escribir 28. En sentido parecido, aunque en un asunto menor, actuaba el cardenal Segura al prohibir a una falangista desempeñar cargo directivo en Acción Católica (AC) si ya lo desempeñaba en la Sección Femenina 29.
El temor a que una excesiva influencia falangista pusiera en peligro la independencia de la Iglesia era evidente. Aunque, como Lazo ha señalado, la Iglesia acabó aceptando el Nuevo Orden al calor de las victorias alemanas, esta aceptación era tan solo circunstancial y estaba enraizada en la esperanza en que, antes o después, la cruz vencería a la esvástica 30. En este sentido, en 1931 la Santa Sede había respondido al cierre de los locales de AC en Italia con la encíclica Non abbiamo bisogno, que criticaba las pretensiones exclusivistas del Estado, sobre todo en cuestiones educativas 31. Ante la supresión de los partidos políticos no solo en Italia, sino también en Alemania, España y Portugal, AC se convirtió en pilar fundamental de su actividad social, pastoral y política. En consecuencia, la Iglesia católica trató de proteger sus actividades mediante concordatos 32. No es casualidad que, de una u otra manera, todos estos países trataran de limitar su ámbito de actuación. Así, en la Alemania nazi todas las organizaciones católicas fueron forzadas a integrarse en AC, para limitar sus actividades a aquellas exclusivamente religiosas, culturales o caritativas. Por su parte, Salazar logró que el concordato no regulara las actividades de AC, amparándose en la legislación portuguesa sobre corporaciones, ya que temía que el extinto partido católico continuara sus actividades dentro de dicha asociación. Incluso Franco trató, sin éxito, de evitar cualquier reconocimiento oficial de AC durante la negociación del concordato, no solo porque compartía los mismos temores que sus homólogos, sino por los problemas y tensiones que había causado la disolución de los sindicatos católicos 33. El hecho es que, como ya había notado Yzurdiaga, AC se erguía en numerosas ocasiones como directa competidora frente a los organismos falangistas, puesto que, en muchos casos, como la eliminación de organizaciones como la Asociación de Maestros Católicos o la Asociación Femenina Aragonesa 34, no restó influencia al asociacionismo católico.
Resulta lógico que, años más tarde, la Iglesia española buscara preservar su función educativa gracias a la Ley de Reforma de la Enseñanza Secundaria y al freno del acuerdo cultural con la Alemania nazi 35. No pudieron evitar, sin embargo, la creación del Frente de Juventudes ni las fluidas relaciones entre esta organización o la Sección Femenina con los países del Eje 36. La desconfianza hacia estas organizaciones fue clara en muchos casos, sobre todo cuando era alimentada por cierto anticlericalismo falangista evidente en su prensa 37. Ni tan siquiera la asignación de sacerdotes a las organizaciones juveniles o la aparición de estatutos religiosos erradicaron las dudas 38. Así, en Sevilla, Segura no pudo evitar que el Frente de Juventudes organizara un homenaje a Franco en marzo de 1943, pero procuró dejar claro que participar en el acto de adhesión al jefe de Estado no equivalía a una adhesión o subordinación a la organización falangista 39. Franco y Falange eran dos entidades bien distintas. También, como ha señalado Ángela Cenarro, fue notable la resistencia al Frente de Juventudes por parte de las familias más adictas al régimen y la de los colegios católicos a la presencia en sus aulas de sus instructores 40. Este proceso fue claro en el caso de la Sección Femenina, que, al ver cómo AC desempeñaba actividades similares, vio decaer sus datos de afiliación, mientras AC parecía vivir sus momentos de mayor esplendor en cuanto a participación ciudadana 41. Y aunque algunos autores señalan que AC siempre fue más popular entre las mujeres urbanas y Sección Femenina en los pueblos, el hecho es que, en numerosas ocasiones, el deseo de evitar el adoctrinamiento presente en las actividades falangistas alejó a la gente corriente de FET para acercarla a AC 42. Fueron muchos los padres que prefirieron socializar a sus hijos dentro de organizaciones religiosas como Acción Católica, Hijas de María, cofradías, etc., que, al aparecer como única alternativa a las organizaciones juveniles del partido, acabaron con el tiempo dando lugar a la creación en su seno de espacios disidentes, especialmente en aquellas zonas de España donde el rechazo al falangismo se unía al regionalismo carlista 43.
Si las relaciones entre Falange y la Iglesia estuvieron a menudo caracterizadas por el enfrentamiento, el antifalangismo del carlismo fue aún mayor. A pesar de estar unidos en su oposición al liberalismo, al comunismo y al parlamentarismo 44, Falange y la Comunión Tradicionalista diferían en aspectos fundamentales. Para José Antonio Primo de Rivera, el carlismo no dejaba de ser un movimiento intransigente y obstinado 45, cuyo corporativismo y obsesión por la monarquía no podía resolver los problemas de España. Para el carlismo, el sindicalismo falangista no era más que una desviación socialista, que unida a su centralismo haría peligrar su proyecto de gobierno, anclado en el regionalismo, el foralismo y, al menos sobre el papel, un declarado antiestatismo. Como ya señaló Martin Blinkhorn, la brecha entre ambos movimientos resultaba enorme en algunos puntos e inexistente en otros 46. Claramente, al carlismo, tan asentado en una concepción tradicionalista de España, le resultaba problemático alinearse con un movimiento fascista, modernizante y a ratos pagano, como era Falange. En este contexto, las relaciones entre ambos movimientos sufrieron un rapidísimo deterioro a raíz de la Unificación de 1937, particularmente debido a la actitud absorcionista de Falange durante el proceso de integración 47.
No es extraño, por tanto, que esta actitud, unida al destierro de Manuel Fal Conde, líder de la facción más crítica del carlismo, diera lugar a actitudes disidentes a finales de los años treinta. Así, por ejemplo, el carlismo no dudó en protestar ante la actitud absorbente del Sindicato Español Universitario (SEU) 48, mediante las protestas de la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET) durante las celebraciones del Día de la Raza de 1937, que se saldaron con la expulsión del partido de cuatro tradicionalistas, entre ellos José María Zaldívar y José María Araúz de Robles 49. La rivalidad política con FET dio así lugar a la reorganización en la clandestinidad de la Agrupación Escolar Tradicionalista en 1938 50, especialmente activa en Andalucía, y muy crítica con el SEU 51. De hecho, según los informes de FET, la actividad del carlismo disidente aumentó considerablemente en 1940 52, cuando parecía que la Segunda Guerra Mundial había quedado decidida a favor de Alemania, impulsando las esperanzas de los falangistas más radicales de que el curso de los acontecimientos les permitiera completar por fin la tan esperada conquista del Estado. Desde distintas provincias, el aparato falangista informaba de las actividades del carlismo disidente, así como del apoyo que recibían por parte de algunas autoridades, de la impunidad de algunos grupos clandestinos, de las muestras de resistencia a la unificación e incluso de las críticas a carlistas integrados en FET. En Murcia se había procedido al encarcelamiento de varios jóvenes por pasearse luciendo emblemas tradicionalistas y diciendo que había llegado el momento de combatir la unificación 53. Y en Lérida, donde las actividades disidentes aumentaron a finales de 1941, un grupo de requetés pisoteó los emblemas de FET, gritó consignas carlistas e incluso alguno llegó a llamar cabrón a Franco durante el desfile de enero de 1942. Unas acciones que, para disgusto de FET, parece que quedaron sin castigo 54. No obstante, según los informes, la actividad del carlismo clandestino se reducía a la difusión de propaganda, a crear mal ambiente contra el partido y a intentar, en la medida de lo posible, mantener viva la organización carlista, pero en pocos casos al choque directo con el partido único. El carlismo falcondista vio con especial preocupación la constitución del Frente de Juventudes y la aprobación de la ley sindical 55. En este sentido, el carlismo sevillano fue uno de los primeros en reorganizarse, llegando a contar con su propio boletín informativo: Andalucía Occidental 56.
El carlismo disidente tenía unos orígenes claros en el proceso de integración y en la división interna entre rodeznistas y falcondistas, pero presentaba también dos líneas claras de fractura con el falangismo: la monarquía y los fueros. Falange se había declarado antimonárquica desde sus orígenes, algo que no conjugaba en absoluto con el ideario carlista. No obstante, a la larga y debido a la creciente debilidad del falangismo, este antimonarquismo se hizo circunstancial. Más profunda fue la división en cuanto a los fueros, aspecto irrenunciable para el carlismo. La Comunión Tradicionalista podía llegar a transigir con la unificación, incluso con cierto predominio falangista, pero no con su centralismo. A sus ojos, era preciso frenar este centralismo para no fortalecer a los movimientos separatistas. Para ello, pedían a Franco que se les diera el control del País Vasco, Navarra, Cataluña y Valencia, así como que se garantizara su influencia sobre el partido en cuestiones religiosas y laborales, fortaleciendo el planteamiento corporativista 57. Pero si el rechazo falangista al corporativismo carlista era claro, aún más fuerte era su rechazo a sus planteamientos regionalistas. A ojos de Falange, el carlismo se había convertido en refugio de la Lliga Regionalista, lo que demostraba que el foralismo no era nada más que un separatismo encubierto 58. El impulso totalitario y centralista del falangismo era irreconciliable con los planteamientos territoriales carlistas.
El foralismo como línea de fractura dio lugar a la aparición de espacios disidentes, precisamente en Barcelona, Navarra y Tarragona donde el carlismo disidente se hizo más fuerte en los años cuarenta 59. Así, desde Lérida se informaba de que los incidentes nacían de «resentimientos localistas» 60 y desde Navarra el partido único recomendaba no actuar contra los carlistas, salvo que no pagaran sus cuotas o se hubieran negado a recoger el carnet definitivo. Lo contrario llevaría a la expulsión de más del 90 por 100 de los miembros del partido en la provincia, lo que potenciaría el carlismo disidente 61. De hecho, en algunas provincias el carlismo había recomendado a sus bases que continuaran formando parte del Movimiento Nacional para cubrir las apariencias 62, convirtiendo su colaboración en una táctica. Fueron numerosas las ocasiones en las que los fueros se convirtieron en punto de contención entre la Diputación Foral de Navarra y la Administración del Estado, llegando a provocar la aparición de actitudes disidentes y la reorganización del carlismo clandestino. Fue precisamente en el marco de estos enfrentamientos en torno a los fueros y alimentado por el recuerdo de la unificación, cuando los jóvenes de la AET crearon la publicación El Fuerista, subtitulada «Órgano antiborreguil» 63. Se trató de una de las publicaciones clandestinas más perseguidas por la policía, lo que demuestra la fuerte conexión entre foralismo y disidencia.
No obstante, y a pesar de la rivalidad política existente entre ambos movimientos, es posible explicar la disidencia carlista en referencia al concepto de Resistenz. Los fueros son aquí un ejemplo claro, ya que su defensa no se reducía a una mera cuestión política, sino a un aspecto cultural, a la necesidad de proteger unas tradiciones y un modo de vida que habían pervivido durante siglos y que el Franquismo debía respetar. Asimismo, esta noción de Resistenz resulta aún más evidente si miramos más allá del estudio de las elites. Mientras que la historiografía tradicional ha planteado estos conflictos, particularmente en Navarra y el País Vasco, como un reflejo de las luchas políticas que tenían lugar entre las cúpulas de ambas organizaciones 64, como hemos estudiado en otro lugar, el rechazo de las bases carlistas al intrusismo falangista tenía mucho más que ver con cuestiones identitarias, de mentalidades y culturales, que con cuestiones ideológicas específicas 65. En este sentido, la mayor parte de incidentes entre falangistas y carlistas tenían como raíz el tratamiento irrespetuoso por parte de Falange a los símbolos, canciones y costumbres carlistas. El rechazo a la unificación no se enraizaba solo en la rivalidad política o en la resistencia al absorcionismo falangista, sino en el deseo de las bases carlistas de proteger una identidad amenazada por el proceso de integración, que debía dar lugar a una nueva identidad franquista, consistente, en la práctica, en la adopción de los símbolos falangistas y la postergación de las tradiciones carlistas. Los símbolos, imágenes y tradiciones resultaban fundamentales para preservar no solo su identidad, sino también el sentido de pertenencia al grupo. Un modo, al fin y al cabo, de participar de unas tradiciones compartidas que validaba su decisión de mantener un carlismo con el que muchos sentían que habían nacido 66. De hecho, resulta difícil encontrar una sola queja por parte del carlismo que no mencione algún tipo de desprecio a la boina roja, el Oriamendi u otros símbolos. En Prado del Rey, Cádiz, los falangistas optaron por negar la entrada a cualquiera que vistiese la boina roja 67. Despojarles de la boina, tirársela al suelo, burlarse de sus himnos, arrestarles por no realizar el saludo fascista u obligarles a vestir el uniforme falangista y cantar el Cara al Sol eran acciones habituales 68. Por supuesto, la reacción de las bases carlistas fue a menudo desafiante. En Tolosa (Navarra), un carlista se negó a ponerse el emblema de Auxilio Social hasta que no se cantara el Oriamendi y se repusieran los retratos y banderas carlistas 69. Y, en Huelva, los requetés respondieron a la imposición del uniforme unificado con el uso de la boina negra con la corona real 70. Había lugares, como Igualada (Lérida), donde los carlistas se paseaban libremente dando vivas al rey y a Fal Conde, y diseminando publicaciones que en cualquier otro lugar hubieran sido incautadas por clandestinas 71.
Al igual que diversos miembros de la jerarquía eclesiástica, los carlistas no veían con buenos ojos la interpretación falangista del catolicismo, que no encajaba con el trilema «Dios, Patria y Rey». Como hemos visto, Falange concebía una Iglesia sometida al Estado, pero además situaba a la patria por encima de Dios y la revolución nacionalsindicalista por encima de la idea de cruzada 72. Así, el rechazo carlista al juramento que el partido único pretendía imponer a sus bases, que además exigía a sus miembros la entrega total a la Falange y sus autoridades 73, no es únicamente una cuestión de rivalidad política, sino un mecanismo de defensa ante algo que amenazaba uno de los elementos más esenciales de la identidad y modo de vida carlista. En este sentido, la disidencia carlista se evidenció con fuerza a través de la defensa de sus celebraciones tradicionales. El caso más claro fue la respuesta carlista a la apropiación de la fiesta de los Mártires de la Tradición por parte de Falange. Prueba clara de ello es que en la primera ocasión en que el partido único tuvo que encargarse de su preparación, la fiesta no llegó a tener la publicidad necesaria como para que llegase a ser un éxito 74. A partir de entonces, la fiesta carlista por antonomasia pasó a celebrarse por duplicado, de forma oficial y extraoficial 75. Pero no fue el único caso, otras fiestas alumbraron espacios de disidencia. Así, en Lérida, el carlismo no solo se mantuvo alejado de las fiestas oficiales, sino que mantuvo sus propios espacios a través de la celebración de los Mártires de la Tradición y de la Inmaculada Concepción 76. En algunos casos, estas celebraciones, que el régimen no podía prohibir, servían para hacer evidente un rechazo a Falange que con toda seguridad se vivía día a día en muchos hogares carlistas. Así, el 26 de abril de 1942, alrededor de 10.000 requetés uniformados se reunieron para celebrar la festividad de la Virgen de Montserrat, un acto que culminó con gritos hostiles hacia la Falange 77. Una actitud que no decayó con los años, así, en 1948, varios carlistas, algunos miembros del Requeté clandestino, eran detenidos por haber animado a erigir un monumento a los caídos del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat y por tratar de diseminar propaganda clandestina, una acción calificada por el partido único de «antigubernamental» 78 y protagonizada por uno de los tercios que más resistencia habían mostrado en contra de la unificación 79. El caso, no obstante, se sobreseyó provisionalmente 80.
Tan dolorosa como el desprecio a sus símbolos y tradiciones fue para las bases la decisión de cerrar los círculos carlistas, algo que, según Santa Cruz, nunca pudieron entender 81. Coincidimos con Gelonch en que si algo hizo que los carlistas se sintieran vencidos entre los vencedores fue el hecho de que se les impidiera mantener su estructura organizativa 82. Sin embargo, el cierre de los círculos no tenía solo un significado político, era un ataque al modo de ser del carlismo, a sus espacios de socialización, a su entramado cultural y, por tanto, a su pervivencia. No es extraño que los informes falangistas contemplaran con preocupación el resurgir de los círculos carlistas en diversas provincias, actividades que se identificaban siempre con el carlismo clandestino y disidente, independientemente de que dichos locales sirvieran o no para la puesta en marcha de una agenda política o un verdadero movimiento conspirador. Así, Falange informaba, en algunos casos con preocupación y en otros con irritación, de la persistencia de círculos carlistas en Miranda de Ebro, Guipúzcoa, Navarra, Zaragoza y Palma de Mallorca. Y su preocupación iba en aumento cuando dichos círculos hacían referencia directa a Fal Conde o le recibían 83. Es cierto que el carlismo falcondista buscó reorganizar el carlismo en la clandestinidad 84, camuflando su presencia en los nuevos círculos España, como sospechaba el gobernador civil de Guipúzcoa 85, pero es imposible afirmar que todos los círculos respondieran a esa directiva y no a un mero deseo por mantener costumbres y tradiciones que llevaban largo tiempo enraizadas. Lo que está claro es que la mera existencia de estos círculos clandestinos era un acto de disidencia que buscaba crear espacios propios donde comportamientos disidentes podían llegar a crecer y a desarrollarse. La insistencia por parte del partido único por identificarlos y cerrarlos era a veces respondida con nuevas estratagemas. Así, en Lérida, al cierre del Círculo España, donde según FET se desarrollaban actividades contrarias a la unificación y una política opuesta a Falange, le siguió la apertura de la Colonia Navarra 86. Y en Castellón de la Plana las autoridades falangistas sospechaban que el intencionado ahogamiento de una silueta de José Antonio en el río tenía como autores a los elementos tradicionalistas que poblaban la Peña España 87. De todas formas, también es cierto que, en otros casos, los círculos se reestablecieron con una estrecha dependencia de Falange, como fue el caso del Círculo España abierto en San Sebastián en febrero de 1938, cuyos miembros debían estar afiliados a FET y cuya presidencia correspondía al jefe provincial. Algo poco sorprendente si tenemos en cuenta la fuerza del carlismo en dicha región. Pero a comienzos de los años cuarenta, la situación se deterioró hasta el extremo de comenzar a encargarse el Círculo de la organización de la fiesta de los Mártires de la Tradición, al margen de FET y en oposición a la celebración oficial. Los conflictos entre el Círculo y las autoridades fueron en aumento entre 1942 y 1945. La fuerza del núcleo falcondista llevó a enfrentamientos con el gobernador civil y al sistemático rechazo a FET y su política de donativos, lo que llevó a la purga del círculo carlista, que a partir de 1947 contaría con una nueva junta y pasaría a funcionar como mero centro de recreo de los carlistas más afines al régimen 88. Eran los círculos otra de esas tradiciones que el carlismo esperaba que el régimen respetara y que al ser suprimida por FET, con claro apoyo del gobierno, pasó no solo a crear espacios de disidencia, como en el caso de Guipúzcoa 89, sino a restar al partido único el apoyo que necesitaba en aquellas regiones donde el carlismo era más fuerte.
El fuerte carácter cultural y esencialista del carlismo conllevaba la fusión de su identidad y su posición política y hacía que el desprecio a sus símbolos y tradiciones resultara especialmente humillante, al percibirse como una ofensa a sus muertos, sus antepasados y su historia. Fueron muchos los carlistas que sintieron que el partido trataba de arrebatarles su identidad, a pesar de los sacrificios que habían hecho por lograr la victoria en la Guerra Civil. Este rechazo del falangismo era político, pero era también un mecanismo de defensa ante lo que consideraban una agresión injustificada. De hecho, muchos de los carlistas que rechazaron la unificación no aspiraban a un cargo político ni se oponían a Franco. No obstante, la línea de fractura que originó el proceso de integración y que se hizo aún más profunda durante los años de la Segunda Guerra Mundial facilitó una doble evolución dentro del movimiento carlista: la de aquellos que mantuvieron su apoyo al régimen y su fidelidad a Franco, al tiempo que procuraron preservar ciertos feudos ante las presiones del partido único, como el carlismo navarro, y la de aquellos cuyo rechazo hacia el partido acabó evolucionando en un rechazo frontal del régimen, como la Regencia Nacional Carlista de Estella 90. De hecho, el carlismo disidente pervivió durante décadas, llegando en algún caso a evolucionar hacia posiciones socialistas 91. No obstante, pocos grupos de los aquí estudiados muestran con tanta claridad cómo el consenso y el disenso están entrelazados y cómo el paso de la colaboración a la disidencia puede incluso llegar a revertirse. En este sentido, al enraizar gran parte de la disidencia carlista en la rivalidad política, el carlismo fue también capaz de reconsiderar sus posiciones a mediados de los años cincuenta, cuando el prestigio de FET tocaba fondo y se iniciaba la institucionalización del Franquismo 92. Fue entonces cuando una parte del carlismo falcondista viró de nuevo hacia la colaboración con el Franquismo con el objetivo de implantar una monarquía tradicional y de enterrar de una vez por todas el ya fracasado proyecto «fascista y hitleriano» de Falange, aunque para ello hubiera que negociar con el mismo partido único 93, demostrando que el rechazo a FET no tenía por qué fructificar necesariamente en una actitud de oposición.
En tanto que partido único, FET desempeñó un papel central en la vida provincial y se convirtió en vía de acceso a diversos puestos de poder 94. En este contexto, y dado que la fascistización de la sociedad siempre implica, tal y como ya señaló Adrian Lyttelton 95, la redefinición de la categoría de ciudadano desde un punto de vista ideológico, esta redefinición unida a la tendencia de los partidos únicos a copar todos los espacios de socialización da lugar a una violencia ideológica. En este sentido, sea efectivo o no el proceso de fascistización, la mera existencia de una miríada de organizaciones falangistas, junto a la práctica de desfiles y rituales que sustentan los mitos del líder y de la nación 96, mediatizan inevitablemente la vida de la gente corriente. Así, FET pasó a interferir, sobre todo en el primer Franquismo, de manera constante en la vida cotidiana, ya fuera como agencia de colocación laboral 97, encuadradora de trabajadores, administradora de favores y creadora de redes clientelares 98, proveedora y muy probablemente cobradora de avales, instrumento de vigilancia sobre la población 99, gestora sindical, guardiana de ciertos derechos a través del auxilio social o mediante su presencia en las escuelas a través del Frente de Juventudes, por ejemplo. En consecuencia, y como era de esperar, FET se convirtió en blanco favorito del odio popular, como señalaban los informes del Partido Comunista 100.
Dicha actitud se evidenciaba de distintas maneras, mediante el rechazo a portar los emblemas de Auxilio Social alegando no llevar dinero suelto, resistiéndose a hacer el saludo falangista 101, oponiéndose a entregar el grano al Servicio Nacional del Trigo, evitando asistir a las reuniones de las hermandades del campo o a llevar a cabo trabajos comunitarios 102, o eludiendo el pago de unas cuotas sindicales que no parecían reportar beneficio alguno 103. Entre las resistencias más extendidas estuvo, por ejemplo, el rechazo del Auxilio Social, que las mujeres evitaban de diversas maneras y haciendo uso de las excepciones existentes en la ley, tal y como ha estudiado Pilar Rebollo Mesas: ingresando como novicias en el convento para luego nunca tomar los votos, utilizando la solicitud de acceso al Servicio Social para sacar el carnet de conducir y luego no cumplirlo, o comprando certificados falsos, costumbre ampliamente extendida 104. Por su parte, los trabajadores pasaron a hacer un uso instrumental de la legalidad franquista, que bien encaja con lo que Ana Cabana ha llamado resistencia institucional 105. Asimismo, el incremento de rumores y comentarios antifalangistas al calor de la derrota del Eje muestran con claridad las frustraciones y esperanzas de una parte de la población respecto a Falange. En algunos casos, sobre todo tras los sucesos de Begoña, los rumores reflejaban, ante todo, un ferviente deseo por el retorno de la monarquía 106, en otros aseguraban que pronto llegaría la disolución del partido 107, mientras muchos más señalaban a Falange como la única responsable del estraperlo, o aseguraban que su depuración no había sido idea de Arrese, sino fruto de la presión de los subsecretarios de Gobernación y Justicia 108. Rumores que reflejaban también cómo FET se convertía en un fácil blanco de críticas que de otra manera podrían dirigirse directamente al gobierno franquista.
Sin embargo, aunque hay muchos ejemplos del rechazo popular hacia FET, a la que muchos consideraban culpable del acercamiento al Eje y de la pobreza de la posguerra, es difícil identificar las motivaciones que lo alimentaban y, por tanto, valorar si pueden o no encuadrarse dentro del concepto de Resistenz. Solo un estudio más amplio, que atienda a la complejidad del fenómeno en la línea de una categorización más detallada de actos de resistencia cotidiana en la línea ya establecida por Ana Cabana, y para el que no hay espacio en estas páginas, permitirá valorar el carácter específico del rechazo popular al falangismo y cómo este interactuó con tensiones políticas ya presentes entre la elite gobernante.
Si para que exista disenso, e incluso oposición, es preciso crear espacios sociales donde esta disidencia pueda desarrollarse, resulta lógico suponer que es alrededor de estas líneas de fractura, donde se pueden producir con más facilidad las condiciones necesarias para la creación y desarrollo de dichos espacios. La transformación de los espacios creados por Acción Católica en respuesta a la presión falangista en espacios de disenso es un claro ejemplo, como también lo es la resistencia a la desaparición de los círculos carlistas. Y aunque la existencia de espacios de disenso no es una medida clara de la efectividad o importancia de actitudes disidentes, es en sí misma una prueba de su existencia. Por otra parte, estos espacios no tienen por qué dar lugar hacia actitudes de oposición, aunque puedan hacerlo, sino que también es posible que actúen en ocasiones como válvulas de escape, espacios en los que las frustraciones con el sistema se procesan sin que por ello lleguen a convertirse en una amenaza para la Dictadura, como pareció ocurrir con la disidencia falangista del segundo Franquismo. La raíz de estos comportamientos que se mueven entre el consentimiento y el disenso está en el proceso de negociación. Como ya señaló Bentham: «men should obey in short, so long as the probable mischiefs of obedience are less than the probable mischiefs of resistance» 109. En el caso de la Iglesia o el carlismo, las desventajas eran en general mucho menores que las ventajas que les otorgaba el régimen. Sin embargo, esto no implicaba su renuncia a la protección y defensa de una serie de costumbres y valores que formaban parte de su identidad como grupo y que, por tanto, consideraban irrenunciables. En este sentido, consideramos que el concepto Resistenz desarrollado por Broszat ayuda a comprender esta resistencia al intrusismo falangista, una resistencia que encontramos también en las estructuras e instituciones estatales, aunque no se haya abordado aquí. De hecho, aunque a la Iglesia le benefició, en este sentido, la derrota del Eje en 1945, que conllevó un viraje retórico del totalitarismo a la exaltación de la democracia orgánica, no es menos cierto que la actitud intrusiva y adoctrinadora de Falange llevó a mucha gente a los espacios de socialización ofrecidos por AC. Unos espacios menos politizados y más amplios que, junto con la evolución propia de la Iglesia y otros factores, llevaron a la aparición, décadas más tarde, de actitudes disidentes. Por su parte, la actitud carlista, si bien no amenazó en este periodo al régimen en su conjunto, sí que contribuyó a un mayor y más rápido deterioro de la autoridad e imagen del partido en algunas provincias, en particular en aquellas donde el regionalismo era más fuerte.
Es más, por lo general las críticas al partido no se recibían fuera de FET con excesiva preocupación, salvo que amenazaran con desestabilizar el régimen. En algunos casos este disenso podía ser útil, ya que, al culpabilizar al falangismo, se protegía la figura de Franco, que quedaba oculta tras las críticas a su partido y a sus colaboradores. Cierto disenso no solo no empañaba la imagen de Caudillo salvador de España, sino que podía llegar a fortalecerla. En este sentido, es sintomático, como ya se ha señalado en muchas ocasiones, que Franco relegara, pero no disolviera FET en 1945. De hecho, aunque en ocasiones el rechazo hacia el partido único podía erosionar la legitimidad franquista, en otros casos el disenso frente a Falange podía llegar a ser positivo para la construcción del consenso pasivo.
Por tanto, al mirar más allá de la noción de rivalidad política y aplicar una nueva perspectiva, es posible no solo iluminar las áreas de conflicto dentro del Franquismo, sino comprender mejor de qué modo se construyen el consenso activo y pasivo, y qué aspectos culturales limitaron la penetración y tendencia totalitaria del falangismo. Esto, a su vez, ilustra con claridad cómo aspectos profundamente culturales e identitarios tuvieron un peso específico en la construcción de los apoyos sociales al Franquismo, así como de los límites tanto del consenso como del disenso.
* El presente trabajo se inscribe dentro del proyecto «Posguerras civiles: violencia y (re)construcción nacional en España y Europa, 1939-49» (POS-C-WARS) financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, código PGC2018-097724-B-100.
1 Véanse Mercedes Peñalba Sotorrío: La secretaría general del Movimiento: construcción, coordinación y estabilización del régimen franquista, Madrid, CEPC, 2015, e Ismael Saz: España contra España: los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons, 2003. Como ha señalado Font, la experiencia de guerra tuvo un gran impacto en la aceptación del régimen, e incluso en la valoración positiva de Franco como restaurador del orden. Una actitud que pudo convertir a muchos en cómplices de la Dictadura, independientemente de sus ideas políticas, Jordi Font i Aguilló: ¡Arriba el campo!: Primer franquisme i actituds polítiques entre el camperolat familiar en el camp nord-català (1939-1959), Gerona, Diputació de Girona, 2001.
2 Robert Gellately: Backing Hitler: consent and coercion in Nazi Germany, Oxford, Oxford University Press, 2001, pp. 2 y 8.
3 Aristotle Kallis: «“Fascism”, “Para-fascism” and “Fascistization”: On the Similarities of Three Conceptual Categories», European History Quarterly, 33(2) (2003), pp. 219-249, esp. p. 240.
4 Mercedes Peñalba Sotorrío: La secretaría general...
5 Robert O. Paxton: «The Five Stages of Fascism», en Constantin Iordachi (ed.): Comparative Fascist Studies, Londres, Routledge, 2010, pp. 167-186, esp. p. 177.
6 Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida: Falange, Iglesia y Ejército, Madrid, Síntesis, 2008, p. 16.
7 Ismael Saz, y J. Alberto Gómez Roda: El Franquismo en Valencia: formas de vida y actitudes sociales en la posguerra, Valencia, Episteme, 1999.
8 Martin Broszat, Elke Fröhlich y Anton Grossmann: Bayern in der NS-Zeit. 4, Herrscaft und Gesellschaft im Konflikt. Teil C, Múnich, Oldenbourg, 1981, e Ian Kershaw: The Nazi dictatorship: problems and perspectives of interpretation, Londres, Arnold, 2000.
9 Shelley Baranowski: «Consent and Dissent: The Confessing Church and Conservative Opposition to NationalSocialism», The Journal of Modern History, 59(1) (1987), pp. 53-78.
10 Ismael Saz: España contra España...; Alfonso Lazo Díaz: La Iglesia, la Falange y el fascismo, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1995, e íd.: Una familia mal avenida...
11 Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., pp. 110-111; Julián Sanz Hoya: «Catolicismo y anticlericalismo en la prensa falangista de posguerra», en El Franquismo, el régimen y la oposición: actas de las IV Jornadas de Castilla-La Mancha sobre Investigación en Archivos, Guadalajara, 9-12 de noviembre de 1999, Madrid, Confederación de Asociaciones de Archiveros, Bibliotecarios, Museólogos y Documentalistas, ANABAD 2000, pp. 907-924.
12 Miguel A. Ruiz Carnicer: El sindicato español universitario (SEU) 1939-1965: la socialización de la juventud universitaria en el Franquismo, Madrid, Siglo XXI, 1996, p. 201.
13 Julián Sanz Hoya: «Catolicismo y anticlericalismo...», p. 913.
14 Cayetano Núñez Rivero y Juan Jacobo Núñez Martínez: «La Iglesia y la Falange», Revista de Derecho UNED, 19 (2016), pp. 183-200, esp. p. 184, y Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., pp. 251 y 188.
15 Véase Ismael Saz: España contra España... Sobre la distinta visión de la guerra entre Gomá y Falange, véase Miguel Ángel Dionisio Vivas: «“Condenarla y tener miedo”: El cardenal Gomá frente a la ideología nazi-fascista», Revista Universitaria de Historia Militar, 7(13) (2018), pp. 279-296, esp. p. 293.
16 Citado en Cayetano Núñez Rivero y Juan Jacobo Núñez Martínez: «La Iglesia y la Falange...», p. 185, y Miguel Ángel Diosnisio Vivas: «“Condenarla y tener miedo...”», pp. 283-290.
17 José Antonio Parejo Fernández: «Los pecadores de la Falange y el cardenal Segura: una historia desde abajo y desde el detalle», en José Leonardo Ruiz Sánchez (ed.): La Iglesia en Andalucía durante la Guerra Civil y el primer Franquismo, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2014, pp. 127-154, esp. p. 133.
18 Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., p. 179, y José Antonio Parejo Fernández: «Los pecadores de...», pp. 135-136.
19 Santiago Navarro de la Fuente: «La religiosidad popular como elemento de adhesión al primer Franquismo. Una aproximación al caso de Sevilla», en José Leonardo Ruiz Sánchez (ed.): La Iglesia en Andalucía durante la Guerra Civil y el primer Franquismo, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2014, pp. 120-121.
20 José Antonio Parejo Fernández: «Los pecadores de...», pp. 138-141.
21 Citado en Cayetano Núñez Rivero y Juan Jacobo Núñez Martínez: «La Iglesia y la Falange...», pp. 195-196.
22 Ibid., p. 196.
23 Citado ibid., p. 198.
24 Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., pp. 179-180.
25 Santiago Martínez Sánchez: «Las tensiones político-eclesiásticas en torno a Fermín Yzurdiaga, 1936-1939», Hispania Sacra, 64(1) (2012), pp. 223-260.
26 Ibid., p. 241.
27 Ibid., pp. 237, 243-244, 247, 249 y 254.
28 Ibid., p. 256.
29 José Antonio Parejo Fernández: «Los pecadores de...», p. 142.
30 Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., pp. 147 y 153.
31 José Antonio Cañabate Vecina: «La pugna entre la Iglesia católica y el Frente de Juventudes en el ámbito educativo. Referencias internacionales, antecedentes y trayectoria general durante el primer Franquismo», Historia de la educación: Revista interuniversitaria, 22-23 (2003-2004), pp. 105-121, esp. p. 108.
32 Jean-Marie Mayeur: «Trois Papes: Benoît XV, Pie XI, Pie XII», en íd. (ed.): Histoire du Christianisme, París, Desclée-Fayard, 1990, pp. 13-44, esp. p. 23.
33 Rita Almeida de Carvalho: «Interwar Dictatorships, the Catholic Church and Concordats: The Portuguese New State in a Comparative Perspective», Contemporary European History, 25(1) (2016), pp. 37-55.
34 Ángela Cenarro Lagunas: «Elites, partido, iglesia: el régimen franquista en Aragón, 1936-1945», Studia historica, Historia Contemporánea, 13-14 (1995), pp. 83-103, esp. pp. 98-99.
35 José Antonio Cañabate Vecina: «La pugna entre la Iglesia...», pp. 111-112, y Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., p. 218.
36 José Antonio Cañabate Vecina: «La pugna entre la Iglesia...», pp. 105-121, y Antonio Morant i Ariño: «Envers la Nova Europa (i tornada). La collaboració de la Sección Femenina i del Frente de Juventudes en les activitats «culturals» de les Joventuts Hitlerianes (1940-1943)», en Daniel Lanero y Ana Cabana (coords.): VII Encuentro de Investigadores del Franquismo, Santiago de Compostela, Fundación 10 de Marzo, 2011, pp. 571-581.
37 Julián Sanz Hoya: «Catolicismo y anticlericalismo...», pp. 907-924.
38 Alfonso Lazo Díaz: Una familia mal avenida..., p. 179.
39 José Antonio Parejo Fernández: «Los pecadores de...», p. 148.
40 Ángela Cenarro Lagunas: «Encuadramiento y consenso en la obra del Movimiento: mujeres, jóvenes, obreros», en Miguel A. Ruiz Carnicer (ed.): Falange, las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Instituto «Fernando El Católico», 2013, pp. 199-216, esp. p. 213.
41 Inmaculada Blasco: «“Sección Femenina” y “Acción Católica”: la movilización de las mujeres durante el Franquismo», Gerónimo de Uztariz, 21 (2005), pp. 55-66, esp. pp. 61-62. Sobre Acción Católica, véase Feliciano Montero: «Asistencia social, catolicismo y Franquismo: la actuación de acción católica en la posguerra», en Carme Agustí i Roca, Josep Gelonch Solé y Concepción Mir Curcó (eds.): Pobreza, marginación, delincuencia y políticas sociales bajo el Franquismo, Lleida, Universitat de Lleida, 2005, pp. 113-138.
42 Cristina Gómez Cuesta: «Entre la flecha y el altar: el adoctrinamiento femenino del Franquismo. Valladolid como modelo, 1939-1959», Cuadernos de historia contemporánea, 31 (2009), pp. 297-317, esp. pp. 308 y 311, y J. Alberto Gómez Roda: «Percepciones de las instituciones y actitudes políticas de la sociedad en la posguerra», Pasado y Memoria: Revista de historia contemporánea, 1 (2002), pp. 42-45, https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/696/1/Gomez%20Roda-Percepciones.pdf.
43 Josep Gelonch Solé: Falange i poder. Lleida durant la dictadura franquista, tesis doctoral, Universitat de Lleida, 2010, p. 396, y Javier Sánchez Erauskin: «El nacionalcatolicismo como instrumento cultural y legitimador del Franquismo en el País Vasco (1936-1945)», Vasconia: Cuadernos de historia-geografía, 27 (1998), pp. 235-244, esp. p. 243.
44 El carlista José Luis Zamanillo señalaba esta sintonía como prueba de la armónica colaboración entre falangistas y carlistas al comienzo de la Guerra. Manuel J. Fal Conde, Fernando Miguel Noriega y Juan Pujol: Fal Conde y el requeté juzgados por el extranjero Crónicas de prensa, Burgos, Requeté, 1937, pp. 175-176.
45 Indalecio Prieto: Convulsiones de España: pequeños detalles de grandes sucesos, vol. 1, México, Oasis, 1968, pp. 138-142.
46 Martin Blinkhorn: Carlism and crisis in Spain 1931-1939, Cambridge, Cambridge University Press, 1975, pp. 80-85 y 181.
47 Véase Mercedes Peñalba: Entre la boina roja y la camisa azul: la integración en Falange Española Tradicionalista y de las Jons (1936-1942), Pamplona, Gobierno de Navarra, 2013.
48 Cartas de José María Olazábal sobre unificación con el SEU, septiembre de 1938, Archivo General de la Universidad de Navarra/Manuel Fal Conde (en adelante AGUN/MFC), 272.
49 Boletín del Movimiento, 23 de octubre de 1937, pp. 83-85.
50 José Antonio Parejo Fernández: Las piezas perdidas de la Falange: el Sur de España, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2008, p. 146, y Manuel de Santa Cruz: Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español: 1939-1966, vol. 1, Madrid, Gráficas Gonther, 1979, p. 166.
51 Archivo General de la Administración (en adelante AGA), 9 (17.10) 51/20586.
52 Mercedes Peñalba: Entre la boina roja..., p. 94.
53 Parte mensual, mayo de 1940, AGA, 9 (17.10) 51/20557.
54 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., pp. 328-332.
55 Dictámenes e informes presentados a la Jefatura Delegada de la Comunión Tradicionalista entre marzo y noviembre de 1941, AGUN/MFC, 259, y Carta de Arauz de Robles a Ramón Serrano Suñer, 21 de diciembre de 1940, AGUN/MFC, 179.
56 Caín Somé Laserna: «Boinas rojas sobre el Guadalquivir: la interiorización del carlismo», en José Leonardo Ruiz Sánchez (ed.): La Iglesia en Andalucía durante la Guerra Civil y el primer Franquismo, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2014, pp. 155-180, esp. p. 177.
57 AGUN/MFC, 133/258.
58 Informe falangista, San Sebastián, junio de 1937, AGA, 9 (17.10) 51/20525, y Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 317.
59 Mercedes Peñalba: Entre la boina roja..., pp. 94-95.
60 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 338.
61 Carta del jefe provincial de Navarra al vicesecretario general y jefe de provincias de FET y de las JONS, 12 de diciembre de 1941, AGA, 9 (17.10) 51/20557.
62 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 334.
63 Mercedes Vázquez de Prada y Rosario Ruiz: «Los contrafueros de 1952-54 y la oposición carlista al Franquismo en Navarra», en Comunicaciones presentadas al II Encuentro de Investigadores del Franquismo. Alicante, 11, 12 y 13 de mayo de 1995, vol. 1, Alicante, Diputación Provincial de Alicante-Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 1995, pp. 235-246, esp. pp. 235 y 242. También desde el Pensamiento Navarro se protestó contra la pretensión falangista de acabar con los fueros, Josep Miralles Climent: La rebeldía carlista: memoria de una represión silenciada: enfrentamiento, marginación y persecución durante la primera mitad del régimen franquista (1936-1955), Madrid, Schedas, 2018, p. 103.
64 Manuel Martorell: «Navarra 1937-1939: el fiasco de la Unificación», Príncipe de Viana, 69(244) (2008), pp. 429-458; Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta: «Navarra y lo carlista. Símbolos y mitos», en Ángel J. Martín Duque (coord.): Signos de identidad histórica para Navarra, vol. 2, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1996, pp. 355-370; Joan Maria Thomas: Lo que fue la Falange: la Falange y los falangistas de José Antonio, Hedilla y la Unificación, Barcelona, Península, 1999; Stanley G. Payne: Falange. A History of Spanish Fascism, Stanford, Stanford University Press, 1961, y Sheelagh M. Ellwood: Prietas las filas: historia de Falange Española (1933-1983), Barcelona, Crítica, 1984.
65 Mercedes Peñalba-Sotorrío: «Red Berets, Blue Shirts. Nationalist Militia Forces in the Spanish Civil War», en James Matthews (ed.): Spain at War: Society, Culture and Mobilization, 1936-1944, Londres, Bloomsbury, 2019, pp. 213-234.
66 Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta: «El proceso de secularización de las fiestas carlistas», Zainak, 26 (2004), pp. 781-802, esp. p. 789.
67 Delegado del Requeté al jefe inspector milicias de la provincial de Cádiz, 21 de enero de 1937, AGUN/MFC, 187.
68 Informe sobre las acciones de Falange en Navarra, 8 de marzo de 1937, AGN/DFN/C20301. Otras quejas, procedentes de diversas provincias en AGUN/MFC, 187, 188, 190, 191 y 192.
69 Informe falangista, Tolosa, 30 de octubre de 1938, AGA, 9 (17.10) 51/20517.
70 Informe falangista, Huelva, 31 de octubre de 1939, AGA, 9 (17.10) 51/20502.
71 Conxita Mir Curcó: Vivir es sobrevivir: justicia, orden y marginación en la Cataluña rural de posguerra, Lleida, Milenio, 2000, p. 124.
72 Por ejemplo, «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», 7 de febrero de 1937, Imperio, AGUN/MFC, 259.
73 «Falange y Religión», AGUN/MFC, 259, e Informe falangista, 21 de diciembre de 1938, AGA, 9 (17.10) 52/2961.
74 Zira Box: España, año cero la construcción simbólica del Franquismo, Madrid, Alianza Editorial, 2010, p. 153.
75 Ibid., p. 158. Véanse también Jordi Canal: Banderas blancas, boinas rojas: una historia política del carlismo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons, 2006, y Pedro Rújula: «Conmemorar la Muerte, Recordar la Historia. La Fiesta de los Mártires de la Tradición», Ayer, 51 (2003), pp. 67-85. Otros símbolos clave del carlismo también se convirtieron en espacios de conflicto, especialmente Montejurra; véase Francisco Javier Caspistegui, Jeremy MacClancy y Manuel Martorell: La Montaña Sagrada. Conferencias En Torno A Montejurra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2018.
76 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 323.
77 Ibid., p. 333.
78 Ibid., p. 343, y Conxita Mir Curcó: Vivir es sobrevivir..., pp. 122-123.
79 Mercedes Peñalba-Sotorrío: «Red Berets, Blue Shirts...».
80 Conxita Mir Curcó: Vivir es sobrevivir..., p. 124.
81 Manuel de Santa Cruz: Apuntes y documentos..., vol. 1, p. 17.
82 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 313.
83 En Miranda de Ebro, los miembros del Círculo Carlista, recientemente reabierto, habían destruido un letrero que decía «Falange es España» para que se leyera «Fal es España», AGA, 9 (17.10) 51/20525. En Navarra, en diciembre de 1938, los círculos, que seguirían existiendo en los años cuarenta, recibieron la visita de Manuel Fal Conde, AGA, 9 (17.10) 52/2961. El círculo de Zaragoza, transformado en el Centro Cultural Español, contaba entre sus miembros con afiliados a FET, pero también con gente contraria al partido, AGA, 9 (17.10) 51/20579. Referencias a los otros círculos en AGA, 9 (17.10) 51/20551, 51/20557 y 51/20523.
84 Texto sin firma, 3/1942, AGUN/MFC, 133/179.
85 El gobernador civil de Guipúzcoa a Francisco Franco, 31 de octubre de 1940, AGA, 9 (17.10) 51/20551. En otros casos, el carlismo supo preservar sus espacios de sociabilidad a través de cofradías; véase Claudio Hernández Burgos: Las bases sociales de la dictadura y las actitudes ciudadanas durante el régimen de Franco Granada (1936-1976), tesis doctoral, Universidad de Granada, 2012, p. 165. Otros espacios de reunión fueron, por ejemplo, la Sociedad Civil Pro-Patria en Vila-Real o la Casa de la Cruzada en Bilbao; véase Josep Miralles Climent: La rebeldía carlista..., pp. 112-120.
86 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., pp. 315-319 y 335-336.
87 Andreu Ginés i Sánchez: La instauració del Franquisme al País Valenciá: Castelló de la Plana i València, tesis doctoral, Universitat Pompeu Fabra, 2008, pp. 316-317.
88 Amaia Lamikiz Jauregiondo: «Espacios para una cultura desde abajo: asociacionismo donostiarra e imágenes de la nación durante el Franquismo», Historia y Política, 38 (2017), pp. 135-140.
89 Ibid., pp. 150-151.
90 Mercedes Vázquez de Prada: «El nuevo rumbo político del carlismo hacia la colaboración con el régimen (1955-1956)», Hispania: Revista española de historia, 69(231) (2009), pp. 179-208, esp. p. 208.
91 Josep Carles Clemente: El carlismo contra Franco, Barcelona, Flor del Viento, 2003; Manuel Martorell: Retorno a la lealtad: el desafío carlista al Franquismo, Madrid, Actas, 2010, y Mercedes Vázquez de Prada y Francisco Javier Caspistegui: «Del Dios, Patria, Rey al socialismo autogestionario: fragmentación ideológica y ocaso del carlismo entre el Franquismo y la transición», en Javier Tusell Gómez y Álvaro Soto Carmona (eds.): Historia de la transición y consolidación democrática en España (1975-1986), Madrid, UNED, 1995, pp. 309-329.
92 Mercedes Vázquez de Prada: «El nuevo rumbo...», pp. 179-208.
93 Ibid., p. 205.
94 Antonio Costa Pinto: «Elites, Single Parties and Political Decision-Making in Fascist-Era Dictatorships», Contemporary European History, 11(3) (2002), pp. 429-454; Julián Sanz Hoya: «El partido fascista y la conformación del personal político local al servicio de las dictaduras de Mussolini y Franco», Historia social, 71 (2011), pp. 107-123, y Nicolás Sesma Landrin: «Sociología del Instituto de Estudios Políticos. Un “grupo de elite” intelectual al servicio del partido único y del Estado franquista», en Miguel A. Ruiz Carnicer (ed.): Falange. Las culturas políticas del fascismo en la España de Franco (1936-1975), Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 2011, pp. 253-288.
95 Adrián Lyttelton: The seizure of power: fascism in Italy 1919-1929, Londres, Weinfeld and Nicolson, 1973, p. 149.
96 Acerca del estudio del fascismo y el Franquismo como religión política, Emilio Gentile: «Fascism as Political Religion», Journal of Contemporary History, 25(2/3) (1990), pp. 229-251, y Zira Box y Ismael Saz: «Spanish Fascism as a Political Religion (1931-1941)», Politics, Religion & Ideology, 12(4) (2011), pp. 371-389.
97 Andreu Ginés i Sánchez: La instauració del Franquisme..., p. 324.
98 Daniel Lanero Táboas: «La extensión de los seguros sociales en el mundo rural gallego entre el clientelismo político y los ecos del “Estado de Bienestar” (1940-1966)», Historia del Presente, 9 (2007), pp. 149-162, esp. pp. 152-153; Julián Sanz Hoya: «Los hombres de Franco: sobre los cuadros locales de la dictadura», en VVAA: No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977), Granada, Comares, 2014, pp. 83-96; Antonio Francisco Canales Serrano: «Las lógicas de la victoria. Modelos de funcionamiento político local bajo el primer Franquismo», Historial Social, 56 (2006), pp. 111-130, y Óscar Rodríguez Barreira: Miserias del poder: los poderes locales y el nuevo estado franquista 1936-1951, Valencia, Universitat de València, 2013, pp. 205-356. Según Píriz, en Hinojosa de Duero dos de cada diez vecinos acabaron sirviendo al partido único, Carlos Píriz: «El personal político falangista en Salamanca: el caso de Hinojosa de Duero (1936-1939)», Studia Zamorensia, 14 (2015), pp. 169-182, esp. p. 182.
99 Conxita Mir Curcó: Vivir es sobrevivir..., pp. 119-121, y Andreu Ginés i Sánchez: La instauració del Franquisme..., pp. 327 y 330.
100 J. Alberto Gómez Roda: «Percepciones de las instituciones...», pp. 17-18.
101 Andreu Ginés i Sánchez: La instauració del Franquisme..., p. 355, y Ana Cabana: La derrota de lo épico, Valencia, Universitat de València, 2013, pp. 423 y 679.
102 Ana Cabana: La derrota de lo épico..., pp. 226, 294 y 298.
103 En algunos casos, las hermandades llegaron a contratar los servicios de cobradores profesionales, véanse ibid., p. 250, y Cristina Gómez Cuesta: «Valladolid en la posguerra del escenario falangista a la realidad social», Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea, 21 (2001), pp. 301-318, esp. pp. 305 y 312-313.
104 Pilar Rebollo Mesas: «El Servicio Social de la mujer de Sección Femenina de Falange. Su implantación en el medio rural», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer y Carmen Frías Corredor (eds.): Nuevas tendencias historiográficas e historia local en España: actas del II Congreso de Historia Local de Aragón (Huesca, 7 al 9 de julio de 1999), Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses-Universidad de Zaragoza, 2001, pp. 297-316.
105 Pere Ysàs: «El movimiento obrero durante el Franquismo. De la resistencia a la movilización (1940-1975)», Cuadernos de historia contemporánea, 30 (2008), pp. 165-184, esp. pp. 170-171, y Ana Cabana: La derrota de lo épico..., p. 308.
106 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 337.
107 «Otra vez los bulos», 26 de septiembre de 1944, José Luis de Arrese y Magra: Treinta años de política, Madrid, Aguado, 1966, pp. 287-289.
108 Josep Gelonch Solé: Falange i poder..., p. 553, y AGA, 9 (17.02) 51/18950.
109 Jeremy Bentham, A Fragment on Government (1776), cit. en Philip Schofield: Utility and democracy: the political thought of Jeremy Bentham, Oxford, Oxford University Press, 2006, p. 55.