Ayer 112/2018 (4): 237-264
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/112-2018-10
© Franco D. Reyna
Recibido: 18-11-2016 | Aceptado: 10-2-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Fútbol y espectáculo de masas en Córdoba (Argentina) durante los años veinte*
Franco D. Reyna
Universidad Nacional de Córdoba (Argentina)
CEH «Prof. Carlos S. A. Segreti»
franco2reyna@gmail.com
Resumen: El artículo analiza la emergencia del fútbol como espectáculo de masas en la Córdoba de los años veinte, para lo cual examina tanto el crecimiento de la cantidad de deportistas, asociados, clubes y aficionados y la ampliación de sus estructuras asociativas, como sus articulaciones con la expansión del aparato institucional y competitivo y la organización de un mercado de consumo deportivo. En ese marco, diferentes sectores de la población comenzaron a acceder cada vez de forma más masiva a la práctica y el consumo de actividades de ocio urbano.
Palabras clave: fútbol, espectáculo, asociacionismo, estructuras competitivas, mercado cultural.
Abstract: The article analyses the emergence of football as mass spectacle in Córdoba (Argentina) in the 1920s. The paper examines the growth of the number of sportsmen, members, clubs and fans, and the expansion of their associative structures. It also analyses how these factors interacted with the expansion of the institutional and competitive system and the organization of a sports consumer market. In this context, different sectors of the population began to gain increased access to the practice and consumption of urban leisure activities.
Keywords: football, spectacle, associations, competitive structures, cultural market.
El artículo se propone reconstruir la emergencia del fútbol como espectáculo de masas en la Córdoba de los años veinte, examinando las articulaciones entre el proceso de crecimiento de su práctica y de sus estructuras asociativas y competitivas y la ampliación del mercado cultural deportivo en el marco del proceso de modernización de la ciudad.
Durante esos años de posguerra, los grandes centros urbanos del país experimentaron una gran expansión, con crecimiento demográfico y bonanza económica, a la vez que sus pobladores disponían de mayor tiempo libre, recursos y conocimientos para comenzar a acceder cada vez más masivamente al consumo de actividades de ocio —entre las que destacaba el fútbol— y que se iba generando un mercado en torno a este producto cultural moderno. En efecto, la característica más decisiva del deporte durante el siglo xx fue su conversión en un fenómeno de la sociedad de masas, lo que implicó la superación de una fase en la que habían predominado los intereses de los que lo jugaban para convertirse sobre todo en un espectáculo1. Es decir, la práctica deportiva se fue desarrollando como una actividad representada ante un público como respuesta a necesidades de distinto tipo, desde rituales de integración a mecanismos de mitigación o canalización de tensiones o mero esparcimiento2. Este proceso trajo consigo una mayor normativización, institucionalización y sistematización de sus estructuras, una progresiva especialización de roles entre sus actores y una paulatina mercantilización del ocio de la población, ya que supuso la formación de mercados deportivos que ofrecieron productos culturales de masas.
En ese marco, el fútbol cordobés, el de mayor magnitud del país después del de Buenos Aires y Rosario, comenzó a transformarse en un espectáculo urbano a partir del desarrollo de algunos aspectos intrínsecos a su práctica que se articularon entre sí: por un lado, el gran crecimiento de la cantidad de deportistas, asociados, clubes y aficionados y la ampliación de sus estructuras asociativas; por otro, la expansión del aparato institucional y competitivo y la organización de un mercado de consumo deportivo, producto de contactos e intercambios que trascendieron las fronteras locales. Sobre estos fenómenos, que afectaron el repertorio identitario del deporte cordobés y contribuyeron a modernizar su sociedad urbana, se centra el trabajo. Para dar cuenta de este tema, todavía ausente en la historiografía cordobesa, se han consultado fuentes documentales pertenecientes a asociaciones deportivas locales y nacionales, la prensa y reparticiones públicas de índole municipal y provincial y nacional.
A medida que crecía su población (134.935 habitantes según el censo de 1914), Córdoba vivió una gran expansión, al extenderse sobre zonas adyacentes a los barrios-pueblos urbanizados inmediatos al centro. Para ello, se franquearon barreras naturales, se ampliaron los servicios públicos, se trazaron calles y vías de comunicación, se instalaron viviendas y diferentes tipos de instituciones, empresas e industrias y se incorporaron medios de transportes para favorecer las conexiones. En ese contexto, se formaron nuevos barrios suburbanos donde se asentó una población con nuevas demandas sociales, recreativas y culturales a partir de mejoras en su situación socioeconómica. Esas mejoras nacieron del descenso del coste de la vida y de la elevación de los salarios reales que se vivió en ciertos periodos de la década y del acceso masivo a la instrucción pública y la mayor disposición de tiempo libre gracias a la tecnificación industrial y a la aplicación de conquistas obreras que promovieron el descanso dominical y la reducción de la jornada laboral. En ese marco, y ante un Estado que si bien alentaba la difusión de las prácticas deportivas como un rasgo civilizatorio, no desarrollaba una política pública concreta al respecto, adquirieron un renovado impulso las iniciativas asociativas de la población como una nueva expresión del proceso de modernización de la sociedad. La ciudad les ofreció las condiciones necesarias para establecerse en un territorio, apropiarse del espacio, ofrecer nuevas prestaciones y movilizar a la comunidad.
Como se podrá apreciar a continuación, el fútbol consolidó su posición en la esfera social y su práctica se convirtió en una de las mayores debilidades de niños y jóvenes que aprendían el juego en cualquier espacio al aire libre y crecían anhelando asociarse a un club y transformarse en jugadores de fútbol, tal como se reflejaba en sus relatos3. En la identificación con una práctica deportiva, un territorio, un club y un colectivo transitaba una parte importante de la experiencia citadina de muchos varones.
Los años veinte fueron, por lo tanto, una etapa de afianzamiento del fútbol y sentaron las bases para su conformación como un espectáculo de masas. Aspectos centrales en este proceso fueron la gran expansión de la práctica deportiva misma y la densificación de su trama institucional como consecuencia del aumento de la cantidad de personas que se incorporaron a su ejercicio activo y participaron en clubes tanto en el nivel «oficial», representado por la Liga Cordobesa de Fútbol (en adelante LCF), como en el marco aficionado del fútbol «independiente». Uno de los principales vectores de la expansión de la práctica deportiva fue, de hecho, el significativo aumento del número de equipos y categorías en la LCF, la entidad decana del fútbol cordobés creada en 1913 para la organización, control y fomento de las competencias deportivas en la ciudad.
Tabla 1
El crecimiento del fútbol federado en la LCF
|
1920 |
1921 |
1922 |
1924 |
1927 |
1929 |
1930 |
|
|
Clubes |
20 |
26 |
24 |
23 |
20 |
19 |
22 |
|
Equipos |
76 |
96 |
100 |
114 |
120 |
128 |
168 |
|
Categorías |
7 |
8 |
11 |
13 |
13 |
13 |
17 |
|
Equipos de categorías inferiores |
58 |
72 |
79 |
94 |
92 |
100 |
137 |
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos suministrados por «Campeonatos» (Córdoba, 1920-1930), Liga Cordobesa de Football.
Como se puede apreciar en la tabla, el incremento en la participación deportiva federada fue gradual a lo largo de esta década y en 1930 la inscripción de cuadros llegó a su máximo apogeo4. Este proceso estuvo marcado sobre todo por la inserción de nuevos jugadores en las categorías inferiores de las entidades locales y no tanto por la afiliación de nuevos clubes a la Liga. Por citar algunos ejemplos, Talleres y Belgrano contaban en 1920 con siete equipos cada uno y en 1930 tenían quince y diecisiete, respectivamente; Peñarol y Escuela Presidente Roca pasaron de tres y cuatro, respectivamente, a diez cada uno5. Entre aquellos que formaban parte de sus más altas categorías emergió la vertiente espectacular del deporte, ya que fueron los que dispusieron de los recursos sociales, económicos e infraestructurales para expandir y diversificar su aparato institucional y brindar productos culturales consumibles por cada vez más sectores de la población.
Un aspecto dinamizador de este proceso fue el aumento de la cantidad de socios en estos clubes. Si bien la información es fragmentaria, con los datos que se han podido reconstruir de determinadas asociaciones en dos periodos diferentes (1917 y 1926) se puede sostener que, en algunos casos, el índice de crecimiento superó el 400 por 100.
Tabla 2
Número de socios
|
Club |
1917 |
1926 |
Porcentaje aumento |
|
Belgrano |
265 |
715 |
170 |
|
Central Cba./Talleres |
150 |
750 |
400 |
|
Juniors |
173 |
258 |
49 |
|
Universitario |
68 |
457 |
572 |
|
Peñarol |
80 |
170 |
113 |
|
Audax Córdoba |
350 |
388 |
11 |
|
Escuela Pte. Roca |
56 |
250 |
346 |
|
Nacional |
60 |
200 |
233 |
|
Alem |
42 |
240 |
471 |
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos suministrados por: «Nómina de los Clubs Afiliados» (Córdoba, 2 de agosto de 1917), Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba, Serie Gobierno, Hacienda y Obras Públicas, 1917, t. 3, ff. 215-216, y La Voz del Interior, 9 de abril de 1926, p. 14.
Este proceso no se explica solo por el incremento de jugadores que se unían a los diferentes equipos de los clubes federados. En efecto, poco a poco la práctica deportiva fue dejando de ser casi el único factor de atracción para incorporarse a un club. El caso de Talleres puede ser ilustrativo al respecto: al informar sobre la memoria institucional del club en 1925, la prensa estimaba en un millar y medio el total de socios, aunque un año después el mismo medio redujera la cifra a la mitad; de ellos, solo eran 250 los que practicaban deportes (164 de los cuales jugaban al fútbol)6. En efecto, la intervención en una institución implicó nuevos beneficios y posibilidades, ya que estas empezaron a ofrecer diferentes actividades que facilitaban la integración de nuevos miembros. La figura
del socio-jugador, sobre la que se asentaba el fútbol organizado en sus inicios, se transformaba para dejar paso a nuevas formas de participación societaria, fuera a través de la intervención en otras actividades o como espectador.
Al respecto, los clubes crearon las condiciones para su transformación en entidades sociales y deportivas con un anclaje territorial definido en determinadas áreas urbanas de la ciudad. Para captar el interés de los diferentes sectores, las instituciones renovaron sus estructuras y redefinieron su inserción comunitaria. En primer lugar, una de las estrategias para apuntalar su crecimiento fue la inclusión de otras actividades deportivas como baloncesto, hockey y atletismo, lo cual incentivó también la participación activa de las mujeres en su seno. Al respecto, clubes como Talleres construyeron en estos años canchas de bochas, baloncesto y pistas de atletismo y crearon secciones femeninas para fomentar la incorporación de mujeres al deporte7. Así, a través de la canalización asociativa de nuevas demandas de cultura física, la ciudad comenzó a ofrecer un mercado ampliado para el consumo de otras formas de ocio, entretenimiento y sociabilidad.
Al mismo tiempo, los clubes comenzaron a desarrollar servicios sociales y mutualistas entre los asociados, allegados y vecinos, para facilitar la prestación de algunos servicios que no pertenecían al ámbito del ocio urbano, pero cuyos canales de provisión en la vida pública no siempre eran accesibles: atención médica y remedios, asistencia fúnebre y apoyo a la familia del fallecido. Como se trataba de aspectos que no estaban institucionalizados en las estructuras del deporte pionero, las entidades apelaron a mecanismos de solidaridad para ofrecer estas asistencias: Belgrano auspició una colecta entre socios y simpatizantes del club y la prensa para ayudar a un jugador que había sufrido una fractura8; Talleres hizo lo propio para atraer recursos para la familia de un socio y jugador difunto9.
Otra forma instrumentada para la atracción de seguidores fue la realización de diferentes tipos de reuniones sociales y culturales como funciones teatrales, bailes, kermeses o festivales, y la disposición en sus sedes de bibliotecas, salas de lecturas y juegos de salón para la formación, el entretenimiento y la vinculación de los asociados. Universitario equipó con esas instalaciones a su sede social con el fin de captar el interés y fomentar la sociabilidad entre los estudiantes que procedían desde diferentes puntos del país10. En ocasiones, los clubes ponían sus edificios a disposición para que otras entidades sociales o educativas tuvieran un espacio acorde para desplegar sus actividades benéficas y al aire libre.
Los estatutos de los clubes también cambiaron para adecuarse al nuevo modelo asociativo. En sus inicios, el único objetivo que los guiaba era la difusión de los juegos atléticos o deportes en espacios apropiados para su práctica, para lo cual se ponían en relación con asociaciones que sustentaran igual propósito11. En estos años de entreguerras, se agregaron la organización de torneos, concursos, certámenes y fiestas y el fomento del espíritu de sociabilidad y unión entre todos sus asociados, tanto en sus campos de juego como en locales pertinentes para su esparcimiento12.
El crecimiento de las estructuras asociativas dinamizó la vida interna de las entidades e hizo más complejos los canales de participación y representación. En las asociaciones, los socios estrecharon lazos y compartieron objetivos con sus pares, se involucraron en diferentes asuntos de la gestión institucional, disputaron posiciones, desarrollaron una capacidad de interpelación hacia los mandatarios y ejercieron el control de la representación por diferentes canales: concurrieron a reuniones institucionales, acercaron demandas y propuestas, exigieron información, promovieron candidaturas, engendraron corrientes de opinión y presión, incumplieron compromisos y soslayaron reglamentaciones, entre otras iniciativas. Cada una de esas acciones fueron en sí mismas ejercicios de participación ciudadana de los socios y, en algunos casos, sirvieron como un ensayo para el desempeño cívico en la vida pública, que revistió de nuevos registros y significaciones al proceso de institucionalización del fútbol como otro efecto de la modernización de la vida social13.
La ampliación de la base social de los clubes estuvo vinculada a la garantía de la continuidad de sus actividades y la promoción de otras nuevas. Si bien los clubes no tenían finalidad lucrativa, de alguna manera debían mantenerse y progresar. Su organización y desenvolvimiento requería de recursos más diversificados para comprar o alquilar terrenos como canchas o sedes sociales, la construcción de nuevas instalaciones, el abono de los impuestos inmobiliarios, el aprovisionamiento de elementos e insumos del juego, los gastos de funcionamiento y la participación en diferentes competencias deportivas, entre otros. La posibilidad de los clubes de capitalizarse y obtener recursos pasó a depender, entonces, de la captación de mayor cantidad de asociados y aficionados que abonaran cuotas y pagaran entradas a espectáculos más multitudinarios e invirtieran tiempo, trabajo y relaciones en la entidad14. La mayor eficacia de este proceso estaba supeditada también al éxito de las campañas deportivas de los equipos, motivo por el cual los dirigentes desarrollaron diferentes estrategias para la mejora de su competitividad. Principalmente, estas estrategias estaban dirigidas a la conformación de planteles de jugadores más poderosos, para lo cual pusieron en marcha mecanismos encubiertos de gratificación material (en dinero, trabajo o vestimentas de juego) a fin de obtener su concurso. De esta manera, el fútbol en su vertiente espectacular fue a contramano de la lógica cerrada y corporativa de gran parte de las asociaciones de la sociedad civil y se convirtió en un vector del proceso de apertura y democratización de las prácticas de ocio, lo que apareció como uno de los efectos de la modernización en la sociedad.
Todo este proceso de crecimiento fue acompañado por un franco aumento del número de asistentes que pagaban por el consumo de un juego, devenido en un incipiente espectáculo. En efecto, por esos años comenzó a generalizarse entre los varones el hábito de asistir a las canchas a seguir al equipo por el que se simpatizaba. En gran parte, se trataba de jugadores de las divisiones inferiores de la LCF y del emergente fútbol aficionado que mostraban afecto por una de las instituciones del marco oficial, a los que se le agregaban algunos vecinos de los territorios donde estaban instalados y otros allegados a los clubes. En la prensa se informaba de que las recaudaciones habían tenido un fuerte repunte a lo largo de esos años, que denominaban como la «época de oro del fútbol cordobés», aunque no se disponen de los documentos necesarios para elaborar estadísticas fidedignas sobre la asistencia a los estadios. Como punto de referencia, sirve destacar que los encuentros clásicos entre Talleres y Belgrano hacia mediados de esa década llegaban a convocar hasta 8.000 personas15.
El principal síntoma de este crecimiento fue la continua demanda de construcción de escenarios para contener las concurrencias multitudinarias a los grandes eventos deportivos de la época, donde los aficionados pudieran participar cómoda y activamente del partido. Belgrano en 1929 y Talleres en 1931 fueron los primeros clubes de la ciudad que alcanzaron ese objetivo y pudieron levantar estadios de cemento, con capacidad de hasta 10.000 y 15.000 personas, respectivamente. Hacia 1931, con estas condiciones edilicias, la asistencia alcanzaba recaudaciones récord de 6.000 pesos16. Las crónicas periodísticas señalaban que desde temprano las calles y avenidas que conducían a las canchas se veían abarrotadas de peatones y autos, camiones, colectivos y tranvías. De esta manera, el fútbol se iba imponiendo entre las preferencias del emergente mercado de entretenimientos urbanos de los cordobeses. A ello contribuyó, también, la irrupción de una nueva masa de practicantes del deporte.
Paralelamente al crecimiento de la LCF, cientos de jóvenes se adentraron por estos años al fútbol como práctica recreativa a partir de la creación de una gran cantidad de entidades y federaciones en el universo más informal y accesible del fútbol aficionado, del cual participaron, entre otros, las casas comerciales e industriales, las reparticiones públicas, los centros estudiantiles y profesionales, los círculos militares y los circuitos vecinales de la ciudad17. Se trataba de organizaciones más celulares y corporativas que se agrupaban por actividad y vecindad y que no se afiliaban a la LCF porque no se encontraban financiera ni estructuralmente aptas para amoldarse a las exigencias que la liga requería: inscripción, organicidad normativa, instalaciones adecuadas y, en algunos casos, personalidad jurídica, entre otros. Además, sus torneos tenían un carácter menos competitivo y exigían menor especialización y dedicación física y técnica a sus jugadores. Más bien, en sus impulsores existía un interés por desplegar una práctica deportiva placentera, que estimulara el ejercicio físico y la sociabilidad entre los congéneres. Apenas se formaban los equipos, se organizaban partidos contra otros similares utilizando de intermediaria a la prensa. Una vez que adquirían regularidad en un circuito deportivo, se inscribían en entidades federativas o fomentaban la creación de otras nuevas para regular los campeonatos deportivos con sus similares en el ramo.
En agosto de 1921 se fundó la Federación Comercial de Football, que agrupaba a los clubes constituidos por personal de las casas de comercio de la ciudad que no participara de los campeonatos de la LCF, siguiendo el patrón de su análoga en la capital nacional, la Federación de Football de Buenos Aires18. En general, los propietarios de los comercios fomentaron ese tipo de prácticas que eran beneficiosas a la salud y el esparcimiento sociabilizador de sus empleados, donando pelotas o indumentarias. Además fueron una forma de publicidad de sus negocios en el ambiente. En el año de inicio de sus actividades, nueve equipos se inscribieron en el torneo de la federación. Unos pocos disponían de cancha propia, pero la mayoría la pedía prestada a los clubes de la LCF. Para 1923 había crecido la cantidad de equipos a un número tal que se formaron cinco categorías. Otros equipos y campeonatos se fueron formando entre sectores del rubro: por ejemplo, entre un grupo de empleados de las casas de autos se constituyó la Liga Automovilística de Football, con la adhesión de los clubes Ford Móbile, Studebaker, Chevrolet, Doodge, Rugby, Buick y Ford Vera19. En el ámbito de las fuerzas castrenses, eran regulares los torneos entre las distintas unidades militares asentadas en la capital, pero fue en 1923 cuando apareció la Liga Militar de Football, integrada por Cuartel General, Regimiento 13 de Infantería, IV Batallón de Zapadores Pontoneros y Regimiento 4 de Artillería. Diez años después se mantenía el número de participantes20.
De la misma manera, a lo largo de los años veinte se disputaron campeonatos entre equipos formados en su totalidad por estudiantes de secundaria y universitarios, que tomaban el nombre de la institución educativa de la que provenían. Esos torneos no siempre tenían un desarrollo regular, ya que muchas veces estaban vinculados a eventos específicos como los festejos del día del estudiante y los equipos no se presentaban a sus compromisos por falta de organización o por coincidir con fechas de exámenes, entre otros factores. Impulsado conjuntamente por autoridades, profesores y alumnos, algunos centros educativos crearon sus propias agrupaciones para la coordinación de las actividades deportivas de la institución, como la Asociación Sportiva de Monserrat en el Colegio Nacional. Cuando ese modelo se reprodujo en varios institutos de enseñanza secundaria, normal y especial, surgió a principios de 1928 la iniciativa de formar la Liga Atlética Intercolegial Cordobesa. Hacia 1926, la oleada federativa también alcanzó a representaciones regionales pertenecientes al ámbito educativo. En efecto, ese año se constituyó la Asociación Deportiva Interprovincial de Estudiantes Universitarios entre el alumnado de las casas de estudios superiores para la disputa de un campeonato de fútbol entre combinados de Córdoba, Santa Fe, Tucumán, Salta, Provincia de Buenos Aires, Santiago del Estero y Catamarca.
Por otro lado, a partir de la iniciativa de los funcionarios públicos dependientes del gobierno provincial también se organizaron torneos con la participación exclusiva de las diferentes reparticiones que la formaban. En 1921 se creó la Liga de Empleados de la Casa de Gobierno con la presencia de siete equipos y el apoyo del entonces gobernador Dr. Rafael Núñez21. Los bancarios también se sumaron a estas prácticas y constituyeron en 1921 la Liga Bancaria. Los periodistas compartieron la iniciativa y se formaron equipos entre los empleados de La Voz del Interior y los de La Opinión22.
La renovación de los cuadros era permanente a partir de la aparición de nuevos elementos atraídos por el juego. Los empleados de la policía fundaron en 1926 el Club Deportivo Policial para la práctica de diferentes deportes, principalmente el fútbol. La jefatura concedió su autorización e intervino en la elección de un terreno fiscal para levantar un campo de deportes. Este tipo de iniciativas eran vistas como factor de sociabilidad y desarrollo físico entre su personal y como un modo de acercamiento a la población23. Mientras tanto, en el ámbito gubernamental siguieron apareciendo muchos clubes y a fines de la década del veinte, la Liga fue reemplazada por la Federación de Football Casa de Gobierno.
Los gremios y las mutualidades también organizaron sus propios centros deportivos. En 1927, la Mutualidad Postal y Telegráfico, de alcance nacional, creó una sección local para la práctica deportiva y de ella nació el club atlético del mismo nombre24. El gremio de los canillitas —Sindicato de Resistencia y Ayuda Mutua Difundidores de la Prensa— era otro asiduo organizador de eventos deportivos exclusivamente para sus miembros25.
Por otro lado, en los años veinte se hizo más habitual la creación de clubes que reivindicaban una identidad obrera con raigambres en las corrientes ideológicas anticapitalistas. Como ha estudiado Hernán Camarero26, por esos años el Partido Comunista buscó insertarse en el mundo del trabajo desde otras facetas de la vida cotidiana y la sociabilidad proletaria, distintas de las del tránsito diario en el establecimiento industrial y en el mercado como productores y consumidores o en las luchas y organizaciones gremiales. Esas iniciativas se relacionaban con el uso del tiempo libre para el ocio, aspecto en el que los anarquistas y los socialistas habían abierto el camino. Los comunistas reivindicaban una cultura obrera alternativa que privilegiara el desarrollo de formas asociativas y hábitos ligados a la instrucción y el recreo de los trabajadores y sus familias. Junto con otras actividades culturales como la apertura de bibliotecas, la formación de cuadros artísticos y musicales, la propaganda antialcohólica e higiénica, la divulgación científica y las celebraciones festivas y excursiones, impulsaron la creación de asociaciones deportivas de tipo amateur. El deporte obrero se alzaba contra la mercantilización y el interés competitivo de los «clubes empresa» y la producción de un ocio alienado por parte de la cultura de masas. Por el contrario, dispusieron de reglamentaciones de juego y disciplina propias que tenían como protagonista principal a las colectividades de trabajadores y no a figuras individuales que sobresalieran entre los demás. Asimismo, promovían un juego de carácter fraternal y festivo sobre bases más éticas, en el que se propiciaban valores como la solidaridad y la camaradería proletaria y los incidentes no tenían cabida27.
Del seno del Centro Juvenil Carlos Marx surgieron dos de las primeras entidades obreras: Estrella Roja y 1º de Mayo. Ambas se sumaron a las campañas realizadas por la Juventud Comunista, a la vez que organizaban conferencias sobre cultura deportiva para sus socios, que concurrían en forma asidua y en un número cercano al medio centenar. Las disertaciones versaban sobre la historia del movimiento deportivo y las diferencias entre el deporte obrero y el burgués. A su entender, este último transformaba a los clubes en un medio más de explotación que alejaba a los atletas proletarios de sus organismos de lucha (el sindicato y el Partido Comunista). Por el contrario, la pertenencia a entidades obreras donde se podía practicar libremente los deportes sin prejuicios ni privilegios de clase los capacitaba para el advenimiento de una sociedad mejor, donde imperara la justicia y la igualdad proletarias y no la explotación del hombre28. Estos cuadros obreros dieron sus primeros pasos enfrentando a equipos de la LCF, del fútbol independiente o de otras localidades vecinas (como Estación Losada), a través de los que ponían en escena su identidad de clase29.
La iniciativa de la juventud comunista de «dotar al movimiento obrero del país de un fuerte impulso deportivo que liberte a los jóvenes proletarios de las influencias nocivas del deporte burgués y los instruya en los problemas de su clase»30 prendió entre varios núcleos de muchachos obreros, que fundaron nuevos clubes. Sobre esa base y tomando como modelo los estatutos de la Federación Deportiva Obrera Argentina, el 30 de septiembre de 1925 se formó una entidad análoga en Córdoba, encargada de agrupar a esas instituciones locales y organizar la práctica deportiva. De la asamblea constitutiva participaron ocho clubes y representantes del centro Carlos Marx, quienes además de ponderar la finalidad saludable de los deportes, recalcaron su utilidad para el proletariado en la lucha por la «redención». La idea de formar clubes obreros se extendió también en localidades de la provincia como Marcos Juárez y Deán Funes31.
En 1931 integraban la Federación Deportiva Obrera, en su campeonato reservado para divisiones inferiores, los clubes Ítalo Argentino, Mercado de Abasto, Referee Brizuela, Internacional V, Mariano Moreno, Saldán, 1º de Mayo y Estrella Roja32. En general, los clubes se identificaron por la rama laboral y gremial a la que pertenecían y sus denominaciones aludían al espacio laboral que los congregaba, a personajes ligados a las corrientes ideológicas obreras y la historia política nacional y a la iconografía y fechas conmemorativas de la clase proletaria, entre otros. Asimismo, en su gran mayoría se dedicaban casi en exclusiva al fútbol, aunque algunos ampararon deportes como el atletismo y el baloncesto. También organizaban otras actividades sociales y culturales e instalaron sus propias bibliotecas.
Por lo que se pudo apreciar de la escasa documentación referente al futbol obrero cordobés en la época, una vez formada la federación obrera, el circuito de competencia de estos clubes se circunscribió a su área de influencia y en sus propios campos de juegos. A la vez que cesaron los intercambios deportivos con equipos del fútbol «comercial», también los enfrentamientos con equipos obreros foráneos parece que se limitaron a los realizados con localidades de menor envergadura dentro del marco provincial, dadas las grandes distancias que existían con los principales centros urbanos del país y la imposibilidad económica que tenían estas instituciones de franquearlas.
Si bien los partidos respetaban la dinámica competitiva del deporte mismo, en las crónicas periodísticas no aparecían hechos de violencia ni casos de corrupción o mercantilización ilegal de los futbolistas, fenómenos que eran más recurrentes en el universo de la LCF. Más bien destacaban el fin recreativo y pedagógico de su práctica, exhibida como una nueva herramienta del movimiento proletario para difundir sus valores y doctrinas y captar nuevos interesados a su lucha. A su vez, incluso antes de la formación de la federación, existían gremios que ponían trabas a la participación de sus miembros en entidades de la LCF. «La Fraternidad», asociación sindical de los ferroviarios vinculada al Partido Socialista, instaba a sus integrantes a que renunciaran a ser socios del club Instituto, ya que entendían que representaba a la patronal33. Aunque no sea más que una conjetura, la creación de entidades de esparcimiento exclusivamente obreras puede haber contribuido a zanjar estos conflictos de intereses. Sin embargo, es bastante probable que parte de sus jugadores adeptos hayan simpatizado simultáneamente por clubes del fútbol-espectáculo, asumiendo otras identidades deportivas y barriales por fuera de la de clase.
En general, una parte de los jugadores que se iniciaban en entidades independientes del fútbol aficionado barrial o de la campaña soñaban con «pegar el salto» desde ahí hacia los clubes del circuito oficial, según relataba al rememorar los años de su niñez uno de los jugadores cordobeses más reconocidos empezando la década del cuarenta34. A su vez, además de inmiscuirse en la dinámica asociativa, estos flamantes participantes del fútbol independiente fueron engrosando las filas de un mercado de consumidores de espectáculos deportivos en formación. Para evitar que su asistencia a los grandes eventos del mundo deportivo local se viera restringida, desarrollaban su práctica futbolística aficionada en días u horarios diferentes.
Este crecimiento de la práctica deportiva asociada y su progresiva transformación en un espectáculo de masas fue de la mano también con la ampliación del mercado futbolístico como producto cultural, el cual no se limita solo a las transacciones entre clubes y jugadores o a la irrupción de los ídolos populares, tal como la ha abordado mayormente la literatura deportiva. Más bien, la conversión del fútbol en espectáculo necesitó, entre otros aspectos, de una reorganización y expansión del marco institucional y competitivo de las entidades locales para conformarse como un mercado masivo.
Para su desarrollo fue fundamental la aparición o resignificación de nuevos sentidos de pertenencia en el proceso de identificación de los deportistas y simpatizantes con los clubes. En efecto, transmitida por sus padres o por la misma experiencia barrial, quienes ingresaban a la práctica futbolística y asociativa desde un principio incorporaban la adhesión a algún club en particular y movilizaban identificaciones colectivas múltiples, generalmente asociadas al territorio, la clase, la profesión, los centros laborales o educativos, entre otros. El fútbol transformó la materialidad de esos espacios y forjó una pluralidad de lazos de pertenencia. Las experiencias de todos los sujetos que participaban de la práctica deportiva desde diferentes roles se configuraban en torno del honor que ponían en juego al competir por el triunfo deportivo, el reconocimiento social y la pertenencia a un colectivo. La honra era un valor a disposición de todos, que estructuraba sus identidades, modelaba sus conductas e impregnaba cada una de las relaciones en que se inscribían. Los clubes ofrecieron no solo nuevas actividades y beneficios sociales y recreativos, sino que también diversificaron las fuentes de sociabilidad e identificación de sus asociados y de toda la comunidad barrial. Como resultado, creció la masa tanto de socios como de se-
guidores de los clubes (las llamadas «hinchadas»), que se sentían depositarios de la identidad del club. A partir del compromiso y la fidelidad que los movía, desplegaron una diversidad de comportamientos dentro y fuera del campo de juego: alentaron, agredieron, presionaron y amenazaron a árbitros, rivales y hasta a sus propios jugadores y dirigentes. «Todos los clubes los tenían, hasta los independientes, y todos los conocían por encontrárselos alguna vez en una cancha, un café o un tranvía, amargando la vida al resto por su fanatismo por un club», según retrataban los cronistas locales al referir una obra de teatro que representaba sus comportamientos35.
La prensa ayudó a amalgamar ese proceso a nivel local, fomentando la articulación del club con su barrio, dando cuenta de sus actividades y acercando a los vecinos, estimulando su identificación e impulsando rivalidades deportivas y territoriales. De esta manera, se convirtieron en uno de los principales responsables de la difusión del espectáculo y la organización del consumo deportivo, lo que lo situaba como un productor cultural privilegiado en este proceso. Desde sus páginas se impulsaron, circularon y debatieron propuestas para ordenar y mejorar el desarrollo del espectáculo, para lo que puso también a disposición todo su artefacto técnico, estadístico y propagandístico36.
A fin de participar del mercado deportivo, Córdoba debió uniformar reglas y competencias, obtener la legitimidad de la entidad madre del fútbol internacional (la Fédération Internationale de Football Association) y establecer lazos institucionales con otros centros. Para conseguirlo, tuvo que proyectarse fuera de sus marcos y articular su aparato institucional con el eje central del fútbol nacional, que era Buenos Aires. Ya apenas fundada en 1913, la LCF, que gozaba del reconocimiento legítimo de los clubes y asumía la representación oficial del fútbol cordobés, había solicitado su afiliación a la Federación Argentina de Football, entidad rectora del fútbol porteño y nacional, con sede en Buenos Aires. Inmediatamente, comenzó a organizar los campeonatos, que tenían un carácter estrictamente local. Al año siguiente, participó en la reunión convocada por dicha federación (con posterioridad llamada Asociación Argentina de Football), a la que se llamó a las diversas instituciones de la república en la Capital Federal. En esa asamblea se fijaron las reglas que estipulaban la jurisdicción y denominación de las federaciones regionales y se definió la naturaleza de los vínculos que unían a la Federación Argentina con las instituciones afiliadas. Esta pasó a ser reconocida como autoridad superior de todas las entidades adheridas y a ostentar la potestad de fallar, en última instancia, sobre los asuntos que estas le remitieran37. Desde entonces, la LCF empezó a realizar gestiones para recibir de manera ocasional las visitas de clubes o selecciones de las ligas provinciales, que eran los partidos de mayor atractivo en la época. Especial capacidad de convocatoria tenían los desafíos contra los equipos de Buenos Aires, ya que implicaban la posibilidad no solo de compartir prácticas modernas provenientes de centros urbanos cosmopolitas, sino también la de medir fuerzas y mostrar el potencial frente a quienes eran los precursores y poseían la hegemonía en el fútbol nacional, a fin de dejar bien parado el honor provinciano.
Todos estos acuerdos corporativos mostraban la dependencia de las ligas provinciales respecto a las federaciones deportivas de Buenos Aires, a las que supeditaban su afiliación y su representación exterior. Así, cuando apenas iniciados los años veinte el fútbol porteño se vio envuelto en un cisma entre las asociaciones Amateurs y Argentina de Football, la división se extendió también a Rosario, Tucumán y Córdoba. La imposibilidad de que ambas asociaciones se hiciesen con la representación de las competiciones locales trajo importantes consecuencias para estas ligas, cuyas disputas tuvieron altos costas deportivos y financieros. En 1921, la LCF resolvió su fusión sobre la base de la neutralidad con las entidades porteñas, pero necesitaba afiliarse a una de ellas para ser reconocida de manera oficial y tener la posibilidad de realizar intercambios deportivos con los clubes que la formaban y los de aquellas otras ligas nacionales e internacionales que se hallaban bajo su órbita. Al año siguiente, entabló relaciones con la Asociación Amateurs, que conservaba para sí el gobierno exclusivo del fútbol en la Capital Federal, la provincia de Buenos Aires y el plano internacional, además de ser la encargada de organizar el campeonato argentino. Como acto de legitimación del nuevo vínculo y con el propósito de incorporar nuevas estructuras que favorecieran una mayor eficacia en la articulación entre todas las ligas y asociaciones afiliadas a dicha entidad porteña, delegados de Tucumán, Córdoba, Santiago, Corrientes, Santa Fe, La Rioja, Mendoza, Salta, Gobernación del Chaco y Liga del Oeste resolvieron un par de meses más tarde constituir la Confederación Nacional de Football. Sus estatutos seguían considerando a su par porteña como entidad madre, por lo que las ligas signatarias continuaron afiliadas a ella38.
Finalizando la década del veinte, cuando las ligas porteñas se habían vuelto a fusionar en la Asociación Amateurs Argentina de Football, la LCF presionó activamente para que la Confederación terminara resolviendo que las ligas departamentales debían afiliarse directamente a las ligas provinciales, que a su vez lo debían hacer con las entidades de carácter nacional (la LCF tenía la representación de la provincia de Córdoba), en lo que veían la gradación lógica de la organización del fútbol en el país39. Así, poco a poco se fueron afiliando bajo su órbita clubes y federaciones de diferentes puntos del interior cordobés como Villa María, Bell Ville, Oncativo, Jesús María, Cruz del Eje, San Francisco y Río Cuarto, entre otros.
El crecimiento de la práctica deportiva a nivel nacional, la mayor institucionalización de sus estructuras y las mejores condiciones económicas e infraestructurales del país se vieron cristalizados en la organización de competiciones de carácter regional y nacional. En efecto, a partir de 1920, Córdoba participó de la instauración del Campeonato Nacional de Football, torneo que congregaba en la capital del país a equipos representativos de la mayor parte de las provincias argentinas. Organizadas por la Asociación Amateurs de Football, en su primera edición participaron delegaciones de la Capital Federal, Córdoba, Tucumán, Santa Fe, Santiago del Estero y Corrientes. La competición adquirió un carácter anual y logró cierta continuidad en el tiempo, incorporando en las siguientes ocasiones a otras provincias como La Rioja, Mendoza, San Luis, Salta, Chaco y Buenos Aires. Para disputar el torneo, la LCF disputaba previamente la representación de la provincia con otras ligas departamentales de Córdoba.
El éxito de la operación fue subrayado más de una vez en las crónicas de la época y en algunas memorias oficiales de las entidades intervinientes, que daban cuenta del superávit logrado y resaltaban su gran importancia para la difusión del deporte y la cultura física en el interior del país. A la vez, la competición era pensada como factor de unidad nacional, al confraternizar en un espacio de cordialidad gran parte de las provincias argentinas. En los anales de la Asociación Amateurs de Football se destacaba el valor cultural y social de la edición inaugural de este evento, refrendado por el hecho de que era la primera vez que casi la mayoría de los jugadores provincianos visitaban la Capital Federal y podían admirar sus edificios, teatros, paseos públicos y establecimientos importantes40. Paralelamente, otros partidos amistosos y torneos de magnitud regional se disputaron por esos años, tales como el Campeonato del Centro de la República, que involucraba a equipos selectivos de las ligas cordobesas, santiagueñas, santafecinas y tucumana. Todas esas eran instancias de integración interregional, que sirvieron también para la progresiva conformación de un mercado nacional de jugadores a partir de los traspasos de jugadores que comenzaron a darse, tanto a nivel departamental como provincial, hacia las ligas de mayor importancia.
Las incidencias de esos eventos eran ampliamente seguidas por los deportistas locales, a la vez que la prensa les destinaba una extensa cobertura. Hacia finales de los años veinte existen incluso constancias de que grupos de aficionados cordobeses viajaron a la Capital Federal a seguir al representativo de la LCF en el campeonato argentino41. En ellos, emergía una nueva identidad deportiva provincial, ya que el prestigio y el nivel del fútbol cordobés eran puestos en juego al medir sus fuerzas frente a las demás seleccionados. Los clubes cordobeses se disputaban el honor de tener representantes en el seleccionado local, ya que era otro motivo para crecer en prestigio y reconocimiento. La LCF era la encargada de elegir el equipo, pero en ocasiones los clubes expresaron su descontento por el relegamiento de algunos de sus jugadores sobre los de otros. A veces, eso los llevaba a boicotear la presencia de otros futbolistas de la entidad seleccionados, quienes renunciaban alegando su ausencia de la ciudad o enfermedad42. Asimismo, en la prensa se organizaban encuestas para conocer la opinión de los lectores sobre quiénes debían conformar los cuadros locales: pensado como una forma de auxiliar a la Liga en la tarea selectiva, también ejercía como factor de presión.
Los campeonatos argentinos o regionales, junto a los esporádicos encuentros interprovinciales entre clubes o federaciones locales, le ofrecieron al mercado deportivo cordobés un nuevo producto cultural que era consumido por cada vez mayor cantidad de aficionados. Además, se configuraron en la única forma de competencia deportiva en la época que integró a instituciones deportivas en el ámbito nacional, ya que el desarrollo de ligas regulares entre los principales clubes del país no se contemplaba como una posibilidad en el ambiente deportivo, conscientes de las dificultades geográficas, de transporte, económicas y laborales que ello implicaba. El futbol era otro plano de la vida social donde también se construía la imagen nacional en el contexto de una sociedad multicultural como la argentina de los años veinte.
En el plano internacional, la Asociación Argentina de Football era la institución reconocida oficialmente por la FIFA para ostentar la representación nacional. A lo largo de todos estos años, la entidad tuvo serias dificultades financieras para enviar un equipo a las competencias internacionales disputadas en territorio europeo. La falta de contribución del Estado obstaculizaba aún más la participación del elenco nacional. Asimismo, mientras conservaba la representación del fútbol del interior, la Confederación Nacional de Football no estaba dispuesta a prestar su apoyo a una empresa que carecía de una política de integración nacional y que solo favorecía a los intereses del fútbol porteño. En efecto, los seleccionados eran armados por las federaciones deportivas de Buenos Aires, siempre que se jugaba de local se hacía en su territorio y, con la excepción de Rosario, casi no había representantes del interior43.
De todos modos, esas competiciones internacionales generaban grandes expectativas entre el público deportivo cordobés. Los partidos del seleccionado nacional eran seguidos por cientos de aficionados estacionados frente a los diarios que cubrían telefónica y radialmente el evento y experimentaban la idea de simultaneidad con el acontecimiento que ofrecía el medio44. A la vez, la prensa gráfica disponía de páginas enteras con información actualizada de sus vicisitudes.
Sin embargo, los equipos representativos nacionales no fueron los únicos actores deportivos en ocupar la escena internacional por esos años. En efecto, por primera vez un club local comenzó a intervenir en ese ámbito al organizar la llegada de equipos extranjeros y, fundamentalmente, al realizar giras deportivas por otros países, lo que representaba el mayor punto de inflexión de su desarrollo alcanzado. La entidad en cuestión era Talleres, cuyo éxito deportivo a principios de la década del veinte (entre 1921 y 1924, ganó consecutivamente el título de primera y varios de divisiones inferiores) contribuyó a generar una próspera situación económica, que se vio materializada, entre otros aspectos, en su emergencia en el plano internacional. Al respecto, el club organizó la visita, para agosto de 1923, de unos de los principales equipos sudamericanos, Peñarol de Montevideo. El partido, presentado en las crónicas periodísticas como una de las iniciativas más notables de la historia deportiva cordobesa, se jugó en la cancha de la LCF y el triunfo correspondió a los locales. Asistieron más de 7.000 personas, lo que daba cuenta del apoyo recibido por Talleres del público deportivo cordobés en general. Además, contó con la presencia de autoridades como el Cónsul de Uruguay45. Días más tarde, los montevideanos se enfrentaron a un selectivo de la LCF.
Un mes más tarde, el equipo fue invitado a viajar a Chile para jugar una serie de encuentros contra combinados locales, en lo que fue la primera gira internacional organizada por un club cordobés. Los partidos generaron una amplia expectativa entre los aficionados chilenos, suscitando asistencias que superaron las 10.000 personas. La delegación cordobesa ofició de embajadora cultural, ya que hizo entrega de un trofeo donado por la municipalidad cordobesa al ganador como muestra de la cordialidad que los unía, a la vez que fue objeto de numerosos presentes como recuerdo de su estadía, que coincidía con las celebraciones de la independencia chilena. Los jugadores actuaban como embajadores culturales en dichos encuentros deportivo-institucionales, que ejercían como manifestaciones de reciprocidad diplomática entre las partes. Esta era una de las formas por las que la política irrumpía en la cultura de masas.
El equipo cosechó tres victorias y una derrota contra selectivos locales y nacionales y sus actuaciones fueron motivo de comentarios elogiosos en el ambiente deportivo santiagueño. Los diarios cordobeses también evocaron las repercusiones que estos eventos habían tenido en la prensa porteña, que remarcaban el triunfo de Talleres como prueba del progreso alcanzado por el fútbol del interior y lo colocaban entre los mejores equipos sudamericanos, a la vez que señalaban lo bien colocado que había dejado los prestigios no solo del fútbol de la provincia, sino también del nacional. Los simpatizantes albiazules acompañaron las vicisitudes de la gira y se apilaban en los pizarrones de los periódicos locales para seguir los resultados. A su retorno, la delegación fue agasajada por instituciones deportivas locales, por los honores conquistados en el exterior46.
Al año siguiente, Talleres correspondió a la visita de Peñarol y viajó para jugar con él a Montevideo, trayendo como saldo un empate y una derrota en un segundo cotejo contra un combinado de la Federación Uruguaya. La prensa uruguaya fue elogiosa con la actuación de los cordobeses, afirmando que habían defendido con honra los prestigios del fútbol local47.
Desde los anales del club y los periódicos locales se construyó un relato épico alrededor de esas gestas, reconstruidas como el símbolo del mayor logro del fútbol cordobés. Fue, además, el exponente más acabado del potencial de la institución, que la situaba como una de las de mayor importancia en el plano local y nacional. En términos materiales, el club pudo capitalizar el éxito obtenido a nivel local y en esas experiencias trasnacionales a partir de tres indicadores fundamentales: por un lado, a decir de su presidente, entre 1921 y 1924 incrementó de 780 a 1.550 la cantidad de socios en sus filas48; por otro lado, ahorró dinero para comprar posteriormente un terreno para instalar su campo de deportes; por último, dio un fuerte impulso a la práctica de otros deportes como las bochas, el baloncesto o el atletismo, para el cual creó una sección femenina49. Además, fue convocado por equipos de Buenos Aires a jugar partidos amistosos, tal como lo hizo el club Sportivo Palermo en 192750. De esa manera, la trascendencia que fue tomando la actividad exterior de las asociaciones deportivas fue un aspecto esencial en el proceso de transformación del deporte como espectáculo masificado. A la vez que favoreció la mayor repercusión del fútbol cordobés en el espectro sudamericano, auspició el establecimiento de nuevas vinculaciones institucionales y coadyuvó a la delineación de un entramado de lazos identitarios modernos de alcance nacional e internacional.
La puesta en conocimiento público de estos acontecimientos deportivos que tuvieron lugar fuera de las fronteras de la ciudad fue posible gracias a la circulación trasnacional de información deportiva que realizaban los medios de comunicación. Para cubrir sus incidencias, los periódicos introdujeron la figura del enviado especial. Asimismo, el servicio informativo incluyó la exposición en las pizarras de la sede del diario de las noticias relacionadas al cotejo y la habilitación de teléfonos para pedir informes. A partir de ello, establecieron contactos e intercambios con los colegas de distintas latitudes e instalaron el pedigrí y la idiosincrasia del fútbol local en el plano nacional e internacional.
En general, estos intercambios deportivos en sus diferentes escalas incorporaron a Córdoba dentro del mercado de productos culturales ofrecidos y organizados desde Buenos Aires. Simultáneamente, Córdoba fue capaz de construir sus propios circuitos por fuera del eje porteño a partir de su centralidad geográfica y la posibilidad de establecer nuevas conexiones regionales, nacionales e internacionales: no solo buscaba modelos donde mirarse, sino que también comenzó a ofrecerse como un novedoso modelo deportivo de exportación y un atractivo mercado cultural. Nuevas formas de identidad deportiva fueron entrando en juego en este contexto, ya no solo vinculadas a la filiación asociativa de las entidades locales. Por un lado, la aparición de competiciones regionales, nacionales e internacionales activó la formación de cuadros selectivos que representaban a la provincia o la nación y contaron con la adhesión de sus aficionados. Por otro lado, algunos clubes asumieron la representación del futbol cordobés en los enfrentamientos contra entidades de otras provincias, en los que afirmaban una identidad local. Cuando los desafíos eran contra equipos de otros países, la identidad cordobesa salía a escena, pero integrada a una nación ampliada: se confería a los cordobeses el papel de portavoces del interior del país, brindando a la mirada externa una nueva imagen de la nación moderna desde una de sus periferias. Sus renombradas actuaciones, que fueron seguidas y apoyadas por todo el universo deportivo local en nombre de una pertenencia territorial mayor, tornaron más eficaz esa forma de representación. Tal transmutación de identidades en estos espacios propios de la modernidad contribuyó a que sus productos culturales fueran consumidos por públicos cada vez más numerosos y formados que demandaban espectáculos más especializados y accesibles donde pudieran dirimir y referenciar el prestigio deportivo local.
La investigación realizada ha intentado desentrañar algunos de los factores que influyeron en la emergencia del fútbol como espectáculo de masas. El análisis procuró constatar la gran expansión del deporte en la ciudad de Córdoba durante los años veinte como resultado del aumento de la cantidad de jugadores, aficionados y socios que se integraron a la práctica; la multiplicación de las iniciativas de formación de clubes y federaciones tanto en el marco oficial como aficionado; y la mayor complejidad y diversificación de sus estructuras. Este desarrollo fue posible en la medida en que, por un lado, mayor cantidad de sujetos dispusieron de tiempo y capitales económicos, sociales y culturales para intervenir en actividades de ocio y consumirlas de manera más sistemática; por otro lado, las instituciones deportivas ampliaron su base social de adeptos para incluirlos. El fútbol se transformó, así, en un factor dinamizador del proceso de democratización del ocio en la sociedad, al exhibir una lógica de mayor apertura y franquear los límites cerrados y corporativos de acceso de muchas asociaciones de la sociedad civil.
El proceso de conversión del fútbol en un espectáculo fue de la mano y se potenció a partir de la ampliación del mercado de entretenimientos brindado por las principales asociaciones deportivas de la LCF. En efecto, ante una sociedad que demandaba espacios de ocio y un Estado que no intervenía en el área, las entidades diversificaron sus actividades y organizaron eventos y competiciones de gran capacidad de convocatoria que resultaron cruciales para la captación de cada vez mayor cantidad de asociados y aficionados. Así, clubes que en los años pioneros del fútbol se dedicaban exclusivamente a su ejercicio sobre la base de un aparato orgánico todavía frágil, comenzaron a renovar sus estructuras y diversificar sus medios de participación, sociabilidad e identificación, ya no tan restringidos ni ligados exclusivamente a su filiación asociativa original. De esta manera, se crearon las condiciones para su transformación en entidades sociales y deportivas. En otras palabras, empezaron a ofrecer nuevos productos culturales que extendieron el mercado de espectáculos y fueron consumidos por cada vez más sectores que se iban incorporando a la práctica. Para lograrlo, estas entidades debieron articular sus alineaciones institucionales en el plano interno y externo, uniformar reglas y organizar nuevos marcos competitivos que les permitieran superar el espacio local y proyectarse hacia afuera para crecer. Esto favoreció el proceso de mayor institucionalización de los sujetos y sus agrupaciones colectivas como otro corolario de la modernización de la vida social. La prensa acompañó este proceso desde su rol difusor y organizador del espectáculo deportivo.
Así, la estructuración y difusión del fútbol cordobés como espectáculo de masas moderno se valió de su configuración como un mercado cultural, producto de la diversidad de influencias y contactos entre prácticas, saberes, instituciones y actores vinculados a la práctica deportiva que trascendieron los contornos locales. Los intercambios deportivos conectaron a clubes y asociaciones de diferentes territorios, facilitando la uniformización de ciertas estructuras de competición, la mayor difusión de su práctica y la puesta en escena del fútbol local, cuya identidad se ponía en juego en la interacción con sus similares. En ese proceso, Córdoba, cuyas competiciones habían mantenido hasta entonces un carácter mayormente local, se integró en un circuito cultural deportivo en formación centralizado en Buenos Aires y amplió sus fronteras hacia nuevos mercados regionales e internacionales. Esto favoreció el crecimiento de las instituciones que intervinieron en ese devenir y contribuyó al despegue definitivo de su fútbol como producto de consumo masivo. La identidad cordobesa y argentina se construía también desde una de las expresiones emergentes de la cultura popular urbana.
En el contexto de modernización de la ciudad, la expansión de la práctica deportiva como ejercicio físico y su desarrollo como espectáculo durante los años de entreguerras fueron procesos que integraron a amplios sectores de la población en la naciente sociedad de masas y les otorgaron nuevos polos de identificación.
* Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en las IV Jornadas «Política de masas y cultura de masas. América Latina en entreguerras: miradas locales, nacionales y transnacionales», organizadas por la Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires, en septiembre de 2016.
1 Xavier Pujadas y Carles Santacana: «Deporte y modernización en el ámbito mediterráneo. Reflexiones para una historia comparada (1870-1925)», Cercles: revista d’història cultural, 3 (2000), pp. 43-58, esp. p. 52.
2 Edward Baker y Demetrio Castro: «Presentación. Espectáculos en la España contemporánea: de lo artesanal a la cultura de masas», Ayer, 72 (2008), pp. 13-26, esp. p. 13.
3 La Voz del Interior, 1 de marzo de 1927, p. 14; 10 de diciembre de 1930, p. 3, y 15 de diciembre de 1930, p. 3.
4 Previamente, en 1917, había 23 clubes inscriptos en la LCF, que formaban 64 equipos divididos en 9 categorías (La Voz del Interior, 14 de mayo de 1917, p. 9).
5 «Campeonatos» (Córdoba, 1920-1930), Liga Cordobesa de Football.
6 La Voz del Interior, 16 de enero de 1925, p. 11.
7 La Voz del Interior, 3 de junio de 1924, p. 10.
8 La Voz del Interior, 4 de julio de 1927, p. 8.
9 Los Principios, 4 de agosto de 1922, p. 8.
10 Archivo General Histórico de la Universidad Nacional de Córdoba, Serie Documentos, 1930, libro 117, f. 506.
11 Por ejemplo, Juniors buscaba «fomentar toda clase de ejercicios físicos»; Belgrano, «fomentar la difusión de toda clase de sports y especialmente el football». Club Atlético General Paz Juniors, «Estatutos» (Córdoba, 11 de abril de 1919), Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba, Serie Gobierno, Hacienda y Obras Públicas, 1919, t. 6, ff. 334-343; Club Atlético Belgrano, «Estatutos» (Córdoba, 30 de noviembre de 1921), Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba, Serie Gobierno, Hacienda y Obras Públicas, 1922, t. 16, ff. 510-517.
12 Club Atlético Talleres, «Estatutos y Reglamento» (Córdoba, 1929), Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba, Serie Gobierno, Hacienda y Obras Públicas, 1935, t. 8, f. 412; Club Atlético Escuela Presidente Roca, «Estatutos y Reglamentos» (Córdoba, 1928), Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba, Serie Gobierno, Hacienda y Obras Públicas, 1938, t. 13, f. 66.
13 Franco D. Reyna: «Los clubes de futbol como espacios de prácticas ciudadanas en la Córdoba de entreguerras», Investigaciones y Ensayos, 63 (2016), pp. 211-247.
14 El club Instituto fue un ejemplo de ello. Como sobrevivía solo gracias al aporte de sus socios, desde 1924 abrió sus puertas al conjunto de la comunidad, ya que hasta entonces permanecía restringida al personal ferroviario. La Voz del Interior, 12 de marzo de 1927, p. 15.
15 En la década anterior, los partidos de mayor trascendencia rondaban entre las 3.000 y las 5.000 personas.
16 La Voz del Interior, 5 de mayo de 1931, p. 10.
17 De la revisión de los periódicos La Voz del Interior y Los Principios a lo largo de toda la década, se puede establecer que el número de entidades creadas en esos años superó la centena, aunque la gran mayoría de ellas desaparecía antes de llegar al lustro de existencia.
18 La Voz del Interior, 11 de agosto de 1921, p. 6.
19 La Voz del Interior, 5 de mayo de 1926, p. 14.
20 La Voz del Interior, 8 de julio de 1933, p. 14, y 12 de agosto de 1933, p. 15.
21 La Voz del Interior, 16 de marzo de 1921, p. 10.
22 La Voz del Interior, 17 de marzo de 1921, p. 10.
23 La Voz del Interior, 7 de junio de 1926, p. 15.
24 La Voz del Interior, 16 de julio de 1927, p. 15.
25 La Voz del Interior, 28 de julio de 1934, p. 14.
26 Hernán Camarero: A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007, pp. 217-219.
27 bid., pp. 250-252.
28 La Internacional, 4 de julio de 1925, s. p.
29 La Internacional, 4 de agosto de 1925, s. p.
30 La Internacional, 11 de octubre de 1925 s. p.
31 La Internacional, 11 de octubre de 1925 s. p.
32 La Voz del Interior, 29 de mayo de 1931, p. 10.
33 La Voz del Interior, 10 de enero de 1924, p. 11.
34 La Voz del Interior, 3 de enero de 1942, p. 12.
35 La Voz del Interior, 27 de marzo de 1929, p. 15.
36 Para un análisis más pormenorizado sobre el rol de la prensa en este contexto, véase Franco D. Reyna: La difusión y apropiación del fútbol en el proceso de modernización en Córdoba (1900-1943). Actores, prácticas, representaciones e identidades sociales, tesis doctoral, Universidad Nacional de Córdoba, 2015.
37 La Voz del Interior, 14 de abril de 1914, p. 3.
38 Confederación Nacional de Football de la República Argentina, Estatuto y Reglamento, Buenos Aires, Guillermo Kraft, 1926, pp. 1-18.
39 Liga Cordobesa de Football, Boletín Oficial, 161, Córdoba, 27 de mayo de 1927.
40 Asociación Amateurs de Football, Memoria y Balance General, Córdoba, 1920, pp. 22-26.
41 La Voz del Interior, 3 de octubre de 1929, p. 14.
42 La Voz del Interior, 16 de septiembre de 1922, p. 11.
43 Miguel Dellavalle fue el único cordobés convocado para la selección argentina hasta la década del treinta.
44 Las primeras transmisiones radiales vinculadas al fútbol tuvieron lugar en Buenos Aires con la disputa del clásico Boca Juniors vs. River Plate en el año 1922; dos años después se emitió un amistoso entre Argentina y Uruguay. No se han encontrado referencias a este tipo de transmisiones en Córdoba.
45 La Voz del Interior, 12 de agosto de 1923, p. 8, y 13 de agosto de 1923, p. 8.
46 Los Principios, 21 de septiembre de 1923, p. 7, y La Voz del Interior, 21 de septiembre de 1923, p. 9, y 22 de septiembre de 1923, p. 9.
47 La Voz del Interior, 24 de julio de 1924, p. 11.
48 La Voz del Interior, 8 de octubre de 1924, p. 14.
49 La Voz del Interior, 3 de junio de 1924, p. 10.
50 La Voz del Interior, 24 de noviembre de 1927, p. 15.