Ayer 107/2017 (3): 21-45
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2017
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/107-2017-02
© Roberto Pittaluga
Recibido: 09-06-2016 | Aceptado: 13-01-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Ideas (preliminares) sobre la «historia reciente»
Roberto Pittaluga
IESH (Instituto de Estudios Socio-Históricos)
Universidad Nacional de La Pampa
Universidad Nacional de La Plata
Universidad de Buenos Aires
roberto.pittaluga@gmail.com
Resumen: En este trabajo se abordan algunos rasgos diferenciales de la historia reciente a partir de los distintos cuestionamientos a los que se ha enfrentado esta práctica historiográfica en la Argentina en los últimos años. Frente a esas críticas, la historiografía sobre el pasado reciente ha establecido sólidamente su legitimidad. Pero además ha permitido volver a pensar los puntos de vista y las perspectivas histórico-conceptuales de la misma historiografía, pues en su propia práctica la historia reciente pone en cuestión los lugares para la construcción de un saber histórico legítimo, así como las relaciones entre historia y política.
Palabras clave: historia reciente, historia oral, testimonio, memoria, temporalidades.
Abstract: In this work I will approach some distinctive features of «recent history» by beginning with the critiques that it has faced in debates taking place in Argentina in recent years. Despite such critiques, its practitioners have firmly established its legitimacy. What is more, the debates have provoked historians to rethink various points of view and to adopt historical and conceptual perspectives on the nature of historiography itself. Indeed, the practice of «recent history» throws into question the spaces where a legitimate historical knowledge is constructed and the relationship between history and politics.
Keywords: recent history, oral history, testimony, memory, temporalities.
Hace varios años que nos preguntamos qué alberga la noción de «historia reciente» o de «historia del tiempo presente» y denominaciones afines, aun cuando los estudios e investigaciones que en la Argentina vienen agrupándose bajo esta etiqueta hayan tomado como objeto un arco temporal más o menos preciso y una serie de temas más o menos delimitados 1. Podría decirse que, en principio, en estas latitudes el nombre ha estado al servicio de la defensa de esas investigaciones cuando eran cuestionadas por su falta de distancia, su apelación crucial a los testimonios y las memorias y su permeabilidad a las pasiones de «un pasado todavía vivo» 2. Precisamente estas objeciones, formuladas en distintos momentos y con diversos argumentos, sirven para pensar algo de lo que la historia reciente puso en debate como problemas activos de la historiografía pero elididos en las formulaciones académicas hegemónicas 3. Podríamos referirnos a estos problemas como la cuestión del tiempo, de sus concepciones, que permanecen generalmente como «lo impensado de la historia» —en la célebre formulación de Michel de Certeau— 4; la cuestión de las subjetividades, es decir, las posiciones de sujeto legitimadas para escribir historia y lo que de ello se deriva en términos epistemológicos y, vinculada a las precedentes, la cuestión de la política, ese fantasma que permanentemente quiere ser puesto a raya por el discurso científico, como si éste pudiera ubicarse en algún punto de exterioridad respecto de los conflictos que atraviesan la sociedad y las condiciones sociales de producción del saber. Estos tres aspectos —temporalidades, subjetividades y política—, así discriminados, en rigor actúan superpuestos y sólo a los fines de esta exposición son tratados separadamente, aunque el lector podrá apreciar cómo cada uno se inscribe necesariamente en el tratamiento de los otros. De todos modos, en tanto estos problemas son constitutivos de toda historia no pueden definir la especificidad de la historia reciente, aunque sí permitirnos un acercamiento a las razones por las cuales esta última es objeto de sospecha, cuando no es directamente impugnada por muchos de los profesionales de la historia. Por ese camino, que conduce desde las impugnaciones a la historia reciente hacia las problemáticas de base mencionadas, es posible estimar algunos de los desafíos que dicha historiografía ha planteado a la disciplina, a la vez que esbozar lo que sería su gesto propio, aunque ya no como una especie de nueva distribución de objetos de la historia o como nueva periodización —como lo hacen suponer sus nombres—, sino como perspectiva abierta a la potencial renovación historiográfica 5. En esta presentación, que es, reitero, una aproximación preliminar, me concentraré en la primera de las cuestiones mencionadas, con algunas observaciones sobre las otras dos.
Si hubiera que comenzar una reflexión sobre la historia reciente aludiendo a su transgresión de una distancia cronológica impuesta por la disciplina, nos encontraríamos con la paradoja, como se ha señalado 6, de que esa transgresión ha existido siempre, de Tucídides a Thierry y Michelet 7. Un argumento para cuestionar la actual historia reciente que no atiende a la historia de la historiografía no parece ser un buen argumento —sobre todo entre historiadores— 8. Podría señalarse, ciertamente, que la impugnación basada en la necesidad de una distancia no alude sólo a la separación cronológica con lo acontecido, sino a una separación empática con los actores y con la situación —con el «objeto»—, pues esa distancia sería la apropiada al sujeto cognoscente —el «observador distanciado» de las concepciones ilustrada o positivista y sus derivas científicas— 9. Si bien el cuestionamiento apuntaría entonces a alguna suerte de cercanía «pasional», «subjetiva» 10, tal proximidad afectiva derivaría de una colindancia temporal. En efecto, el argumento temporal se impone, pues sólo habría que dejar que el tiempo transcurriera para que las pasiones se aligeraran y las subjetividades investigadoras quedaran a buen resguardo de los conflictos de antaño.
La objeción, entonces, es al supuesto carácter no pasado del pasado reciente, como algunas modalidades retóricas de designación de ese «objeto» ponen de manifiesto: «el pasado que no pasa», «un pasado todavía vivo». Su conversión en un pasado tal que pueda ser abordado históricamente requiere del paso del tiempo. Incluso cuando se admite su carácter pasado desde un punto de vista ajustadamente cronológico, se trata de todos modos de un pasado no completamente pasado (que sigue pasando). El cuestionamiento al carácter «reciente» o «del tiempo presente» —es decir, no-pasado— del objeto de esta nueva historiografía se realiza desde las concepciones del tiempo propias de la modernidad, cuando «el tiempo deviene una fuerza histórica por derecho propio» 11. Pues con la modernidad y en el propio concepto de modernidad «el tiempo no sigue siendo solamente la forma en la que se desarrollan todas las historias, sino que adquiere él mismo una cualidad histórica. La historia no se efectúa en el tiempo, sino a través del tiempo. Se dinamiza el tiempo en una fuerza de la historia misma» 12. Sin embargo, y justamente para que el «tiempo moderno» se estableciera como totalmente distinto respecto de un tiempo anterior —es decir, cuando se pensaba que la actualidad era cualitativamente diferente y no equiparable a situaciones pasadas—, fue preciso disponer de él en una posición que también lo diferenciase del futuro. Lo que supuso tanto el descubrimiento de un «tiempo contemporáneo» como la necesidad de periodizaciones que distinguieran el tiempo propio de «lo reciente» y aun de «lo más reciente», elaboraciones arraigadas en esa experimentación de la actualidad como tiempo transicional, como una temporalidad en marcha a la cual se busca asir a través de «conceptos de movimiento» que son tanto expresiones de una nueva experiencia derivada de la doble revolución como factores que actúan en esa situación emergente 13. Este carácter de movimiento de la misma historia temporalizada es lo que Koselleck estima que constituye la causa del abandono del tipo de historiografía aditiva que manifiestan los anales, las crónicas 14. De modo que la prevención ante la cercanía «subjetiva», ante la dimensión «afectiva» del pasado reciente, con el propósito de garantizar la posición de sujeto y el carácter del objeto en la tarea historiográfica, tiene, en esta perspectiva, fundamentos temporales. En tanto «fuerza histórica por derecho propio», la «experiencia» de la aceleración de la temporalidad moderna produce la objetivación de ese pasado, le otorga «paseidad», si se permite la expresión, a cada presente que pasa, convirtiéndolo en posible objeto de indagación de una disciplina, la historia.
Para objetivarse —y para que, en consecuencia, haya un conocimiento objetivo— tal pasado debe abordarse como concluido, terminado, cerrado. Éste es el otro aspecto de la objeción cronológica a la historia reciente. La postulación moderna de la historia como universal exigía pensarla en su unicidad, sin bifurcaciones ni supervivencias, y, por tanto, cerrada en cada una de sus instancias pasadas. Lo que significa que cada pasado es inactual e inactualizable. Una clausura que se afirma, sobre todo, en la ilusión eucrónica 15 derivada de esa elevación del tiempo a estructura de la historia; un tiempo concebido como continuo, lineal y homogéneo —como decía Benjamin— 16. Por eso Koselleck, al historiar la expresión Zeitgeschichte, destaca que se produce en ella un cambio cualitativo a partir de la segunda mitad del siglo xviii: el concepto pasa a ser empleado para la actualidad sincrónica del «pasado reciente», inmediato, perdiéndose aquella capacidad combinatoria de la sincronía y la diacronía forjada en la primera acepción de la expresión hacia mediados del siglo xvii 17.
«De hecho, cuando uno está deambulando por las salas de Somerleyton abiertas a los visitantes, a veces no sabe con certeza si se encuentra en una residencia veraniega en Suffolk o en un lugar muy apartado, casi extraterritorial, en las costas del océano Glacial Ártico o en el corazón del continente negro. Tampoco puede decirse sin dificultad el decenio o siglo en el que se vive, ya que aquí se han superpuesto muchas épocas que se perpetúan en yuxtaposición» (W. G. Sebald, Los anillos de Saturno).
La historia concebida sobre la base de ese tiempo continuo de la cronología que va cerrando cada pasado como tal a medida que transcurre está tan arraigada que el propio François Bédarida, director del Instituto de Historia del Tiempo Presente en Francia, sostenía, en 1998, que «la verdadera objeción a poner a la historia del tiempo presente sería la de que debe analizar e interpretar un tiempo del cual no conoce ni el resultado concreto ni el final» 18. Preocupación semejante planteaba Abdón Mateos al buscar las diferencias entre historia del tiempo presente e historia inmediata: «La historia del tiempo presente, como el resto de especialidades historiográficas, estudia preferentemente procesos históricos que, aunque sean recientes, están ya cerrados o para los que existe una mínima distancia cronológica (...) Esto no implica que la historia más inmediata carezca de legitimidad o de razón de ser, pero a las clásicas prevenciones profesionales sobre la distancia cronológica, estudio de proceso abierto y carencia de fuentes primarias, cabría añadir la falta de fijación del pasado como tal pasado, como memoria autobiográfica e histórica» 19.
Aún tributarios de aquella noción de la temporalidad del continuum, los investigadores de la historia reciente han explicitado desde sus inicios las dificultades para delimitar el objeto llamado «presente» o a qué se denomina «reciente». Citemos nuevamente a Bédarida:
«¿Cómo definir el presente? ¿No constituye un espacio de tiempo minúsculo, un simple espacio pasajero y fugitivo? Su característica, en efecto, es la de desaparecer en el momento mismo en que comienza a existir. En sentido estricto no se puede hacer historia del presente, porque basta con hablar de ello para que se esté ya en el pasado. Es obligado, pues, alargar este dato instantáneo del presente que se escurre bajo nuestra mirada a fin de darle sentido y contenido» 20.
Las interrogaciones en torno a cómo definir el tiempo propio de esta historiografía han dado lugar a un conjunto diverso (en profundidad y alcance) de elaboraciones. Presente, inmediata, contemporánea, reciente, actual: las denominaciones vacilantes, las búsquedas por distinguir lo actual de lo reciente, lo contemporáneo de lo presente, han iniciado un todavía incipiente pensamiento en torno a las concepciones del tiempo que subyacen a la empresa historiográfica, aunque aún predomina, más o menos abiertamente, la concepción continuista y homogénea, acelerada y progresista, de la temporalidad moderna. Una de esas reflexiones sobre la temporalidad se manifestó en relación con las periodizaciones posibles para una historia del presente o reciente 21. Sin embargo, la identificación de aquellos «momentos axiales que abran periodos cualitativamente diferentes del tiempo histórico» 22 que sugería Julio Aróstegui se ha revelado como una tarea para nada sencilla 23. Koselleck señalaba que tras la aparente simplicidad del concepto de Zeitgeschichte había obstáculos crecientes, empezando por la misma definición de «tiempo presente», que el historiador alemán buscaba precisar por medio de la temporalización de las dimensiones del tiempo, lo que lo llevaba a concluir que el «tiempo presente» está también habitado por pasados y futuros de ese mismo presente, y aun por pasados y futuros de otros presentes ya pasados. La historia reciente o del presente, más allá de o precisamente por sus imprecisos nombres, vuelve polémica la cuestión de la temporalidad histórica, separando el sentido de lo histórico de una significación derivada de la cronología y de un objeto pasado establecido por el devenir continuista y lineal de ese tiempo naturalizado 24.
Precisamente por este afloramiento de la cuestión temporal en la historiografía del pasado reciente, algunos investigadores se han propuesto revisar las concepciones de la temporalidad histórica, tornando complejo aquello que denominamos «tiempo presente» o «pasado reciente». Así, en El tiempo presente como campo historiográfico, Juan Andrés Bresciano apunta que «desde una perspectiva teórica, el presente —en cuanto tiempo histórico con atributos diferenciales— plantea serios problemas de delimitación, dado que su circunscripción espacio-temporal ofrece diferentes soluciones, de acuerdo con la forma en que se lo conciba (...) tiempo vivido, tiempo contemporáneo, tiempo reciente, tiempo actual, tiempo inmediato, constituyen cinco categorías que dividen de manera distinta el flujo evanescente del presente» 25. De todos modos, en la mayor parte de estos intentos, los criterios para reflexionar sobre las concepciones del tiempo han seguido vinculados a un sustrato común: la idea de un flujo continuo y eucrónico de la temporalidad sobre el que se podrían practicar distintos tipos de periodizaciones o cortes transversales, atendiendo a diferentes fenómenos, acontecimientos o dimensiones de la historia.
Pero lo que Koselleck estimaba al analizar la Zeitgeschichte era, precisamente, que todo presente o pasado reciente está siempre atravesado por distintas estructuras y procesos de diferente profundidad temporal que no pertenecen sólo al pasado reciente. Reinscribir la diacronía en la conceptualización de la historia del tiempo presente lo conducía a esa idea de los distintos estratos del tiempo que cohabitan en cada situación. La metáfora geológica de Koselleck se vuelve más compleja todavía si se atiende a que aquellos estratos de más larga duración sólo pueden concebirse en el medio de los de corta duración, a que estos últimos liberan u obstaculizan la realización de determinados tempi que son condiciones internas del acontecer, o a la intercambiabilidad posicional en la coordinación mutua de estructuras y acontecimientos (tiempos largos y cortos) dependiendo del plano de la investigación —para lo cual establece las nociones de «estructura diacrónica» y «estructuras in eventum»— 26. Que diversas configuraciones del tiempo referidas a distintas dimensiones sociales existen «al mismo tiempo» sin por ello ser sincrónicas ya había sido anotado por Siegfried Kracauer, quien a la vez intentó reflexionar sobre los modos en que esas configuraciones se anudan peculiarmente para dar lugar a una época 27.
La ambigüedad léxica de la «historia reciente» se ha movilizado en torno a la imposibilidad puramente sincrónica de ese tiempo presente o pasado reciente que se pretende sea el objeto de una historiografía, de una escritura, pero que socava la pretendida eucronía de quienes escribimos —como ahora se admite— desde el presente. Y aunque no necesariamente sus cultivadores conciban al pasado como abierto o no finalizado, o reflexionen explícitamente sobre la complejidad temporal de los temas que investigan, han abierto el debate —por su propia existencia y por la amplitud y volumen de las obras editadas— tanto sobre el carácter cerrado o concluido de lo que se llama pasado como sobre su propia concepción y, por ende, la de lo histórico. Se trata, efectivamente, de un cuestionamiento de hecho, cuyas implicaciones para la historiografía han sido, en el caso argentino, apreciables 28.
Cuando se objeta el lugar eminente de lo testimonial, de los ejercicios de memoria, en la trama misma de la historia reciente, ¿qué es lo que se cuestiona? 29 Por un lado, la convivencia de la historia reciente (de cierta historiografía sobre lo reciente, digamos) con las producciones de saberes originados en testimonios y memorias sociales obliga a un careo con construcciones de sentido sobre lo pasado que escapan al control epistémico de las instituciones académicas y cuyas verdades no pueden escrutarse en función de dichos parámetros.
El cuestionamiento académico de la historia reciente ha entrañado muchas veces una reprobación de las fuentes testimoniales y orales derivada de la caracterización de la memoria como un campo pasional, selectivo y subjetivo. Respecto del testimonio, sucede algo parecido a lo que Georges Didi-Huberman 30 explica a propósito de la imagen: se le pide demasiado (que diga todo y «exactamente como pasó») o demasiado poco (que sea apenas una ilustración de lo ya sabido o una provisión de datos), dos formas de inatención respecto del testigo. Validar estas fuentes frente al primado de lo escrito requirió de una sólida fundamentación epistemológica que se fue enhebrando sin pausa, tarea en la que se reunieron aportaciones provenientes de la crítica literaria y la etnología, la antropología y la sociología, la lingüística, el psicoanálisis y la historiografía. Precisamente, una de las grandes fortalezas de la historia reciente con vistas a una renovación historiográfica la ha constituido su reflexión y su práctica sobre las fuentes. La historiografía sobre lo reciente se ha interrogado por lo que ella misma colabora en producir, ha ampliado considerablemente el campo de lo que se denomina «fuente» y se ha acercado, en no pocos casos, a todo ese material en tanto que tal, es decir, como emergencia de significaciones. En la producción testimonial el historiador se encuentra frente a los sentidos que promueve el testigo, pues si se ha tematizado dicha situación como un espacio de confluencia y conflicto entre testigo e investigador es porque ambos participan de esa construcción, aunque de modo asimétrico. Ponerse a la escucha es, precisamente, atender a los significados del testimonio, aun cuando cuestionen nuestros saberes o aparenten ser inconsistentes, incoherentes o contradictorios. Significa estar atentos a las relaciones que la narrativa testimonial establece entre sucesos y acontecimientos, a las analogías derivadas de la experiencia, a los tempi de la narración en su vinculación con la historia narrada. Por lo demás, la crítica al testimonio por su no contemporaneidad respecto de lo relatado parte de un supuesto cuestionable: la ficción de que lo simultáneo es contemporáneo, la creencia en que cada presente es homogéneamente de un solo tiempo 31.
La producción de testimonios —que en la Argentina de los últimos años ha cobrado un impulso considerable— 32 ha modificado notablemente el universo del archivo y la relación de la práctica historiográfica con dicho fondo documental. Lo cual ha influido, de hecho, en una reconsideración de lo que se denomina fuente histórica, tanto en términos de ampliación de dicho universo como de su comprensión como algo más que un acervo de datos, para pensar y analizar las fuentes como productoras de sentido, atendiendo tanto a sus manifestaciones como a sus omisiones, dudas, asociaciones, etc. Una práctica que es doblemente relevante en aquellos contextos atravesados por amplias políticas represivas y exterminadoras, toda vez que esas políticas incluyen borrar las huellas de sus actos. La producción testimonial —junto a la recuperación de los restos documentales que han llegado fragmentariamente hasta el presente— 33 se torna así no sólo indispensable, sino que al implicar una reflexión sobre la propia producción de la «fuente histórica» ha posibilitado nuevos modos de legibilidad del pasado, redundando en la construcción de pasados invisibles para sus protagonistas, pasados que sólo determinados presentes podían abrir, es decir, actualizar. Tal es el caso, como ha expuesto Alejandra Oberti, de las significaciones de la participación de las mujeres en las filas de las organizaciones armadas setentistas, cuya actuación implicaba una subversión de los modos masculinizados de la militancia entonces dominantes. Esas subjetivaciones femeninas, aunque siguieran la norma, resultaban irreductibles a las figuras del militante varón, pero sólo fueron legibles en este plano de ruptura años después y a partir de los testimonios de muchas de las protagonistas 34.
Otro brevísimo excursus en torno a una experiencia concreta permitirá exponer esta doble implicación de la redefinición del archivo y la fuente y de la apertura hacia legibilidades de otro modo elididas. En noviembre de 1983 en Bolivia, en el marco del curso que impartía Silvia Rivera Cusicanqui en la carrera de sociología de la Universidad de San Andrés de la Paz, nació el Taller de Historia Oral Andina (Qhip nayra uñtasa nayraqatar saraña), cuyas actividades continúan hasta hoy. Originalmente se trataba de una iniciativa que tenía el propósito de contribuir a la elaboración de una historia desde el punto de vista indígena, pero rápidamente los docentes y estudiantes involucrados en el proyecto se encontraron con el obstáculo de la inexistencia de archivos, documentos, bibliografía desde la cual se pudiera acometer esa tarea. La historia oral emergió como una alternativa documental, pero desde casi el principio puso de manifiesto un poder crítico de múltiple alcance: la narrativa oral difiere de la escrita, la escena de su puesta en acto es colectiva, en su factura se manifiestan las desigualdades sociales en términos de pasado y presente, y, para el caso de esta experiencia particular, en su producción se cuestionan gran parte de las categorías analíticas del universo cognoscitivo occidental.
Uno de los aspectos críticos que resulta fundamental, a mi entender, de la práctica del Taller de Historia Oral Andina (THOA) es la descomposición del tiempo lineal y continuo de la historiografía tradicional occidental al enfrentarse con la narrativa del tiempo mítico que un discurso ideológico autónomo, el de las comunidades andinas, propone. En palabras de Rivera Cusicanqui: «la historia mítica —y las valoraciones éticas que implica— nos remite a tiempos largos, a ritmos lentos y a conceptualizaciones relativamente inmutables, donde lo que importa no es tanto “lo que pasó”, sino por qué pasó y quién tenía razón en los sucesos: es decir, la valoración de lo acontecido en términos de la justicia de una causa» 35. Las historia oral así practicada permite a las comunidades aymaras unir las luchas anticoloniales del siglo xviii con la movilización democrática propia de la revolución de 1952, las luchas de los ayllus de fines del siglo xix y principios del siglo xx con las actuales luchas de los movimientos sociales, comprender el viejo yugo colonial y su persistencia mutada en la actualidad, etc. La experiencia del THOA promueve así un régimen de legibilidad de las luchas de los subalternos en distintos tiempos a partir de la singularidad de cada una de ellas, sin convertirlas en antecedentes o consecuencias, es decir, sin inscribirlas en un régimen de continuidades. La temporalidad que así se moviliza establece un lazo entre pasado y presente que considero se asemeja al «salto de tigre» en la historia que Walter Benjamin conceptualizó en sus tesis de 1940 36.
Lo que se hace visible en la experiencia del THOA, como también en la buena «historia oral», en la buena producción testimonial, es la dificultad de responder respecto a su contemporaneidad si la clave se remite al tiempo cronológico y, por ello, a la simultaneidad. Precisamente, los reparos ante la historia reciente por su apelación a lo testimonial traslucen, de modo generalmente implícito, las contrariedades que provoca la emergencia y exposición de unos regímenes de temporalidad irreductibles a la concepción vacía, homogénea y continua de la historiografía académica hegemónica. La historia reciente —nuevamente, cierta historiografía— resulta ser una práctica historiográfica hibridada con lo memorial y, al serlo, recupera la dimensión rememorativa de la historia, que es la que posibilita que se revelen temporalidades situadas fuera del campo de visión por las concepciones meramente cronológicas. Temporalidades que existen superpuestas a la cronología, que la reorganizan según planos de corte diferentes a los de la sucesión homogénea de instantes; temporalidades que no pueden reducirse a la ilusión eucrónica que esta última impone ni a su ordenamiento fechado y que trabajan entre la sincronía y la diacronía. Son, principalmente, esas temporalidades las que exponen los trabajos de la memoria, pues la propia memoria establece vínculos entre pasado y presente que no se rigen por su inscripción en el orden de las fechas ni en el continuum, como advertía Kracauer. La memoria es, como dice Georges Didi-Huberman, siguiendo en gran medida a Walter Benjamin, anacrónica; pero el anacronismo, como advierte Jacques Rancière, lejos de ser el pecado capital de la historiografía, es una ineliminable dimensión de lo histórico 37. La dimensión rememorativa de la historia es la que permite un vínculo entre dos momentos del tiempo que de otro modo no se relacionarían 38. En la praxis de la historia reciente se vuelve posible esta crítica del continuum histórico, exponiendo la existencia de temporalidades diversas superpuestas o subyacentes (con sus diferentes regímenes historiográficos asociados) que se intersectan y disputan las concepciones del tiempo histórico y, con ello, de la historia. Se establece aquí otro tipo de corte, no el transversal que divide el tiempo continuo en periodos sucesivos, sino el longitudinal, que da cuenta de la convivencia de tiempos distintos al mismo tiempo, que permite pensar en la multitemporalidad de cada fenómeno histórico, a la par que hace posible establecer relaciones de inteligibilidad entre situaciones históricas que la sucesión cronológica desconecta 39.
El carácter crítico de una historia no se pierde por su entrelazamiento con la memoria; al contrario, se potencia siempre que en su encuentro cada una aporte sus propios procedimientos críticos. A la oposición taxativa entre historia y memoria, en la cual sólo la primera conservaría las cualidades analíticas y tendría entre sus tareas la de vigilar epistémicamente a la segunda, se opone una combinación productiva entre ambas —hasta el punto de que en ciertos casos se conjugan las modalidades narrativas y escriturarias de una y otra— 40.
Hace algunos años, Pilar Calveiro se preguntaba si no era posible concebir una historia que, en lugar de imaginarse como opuesta y vigilante de la memoria, tuviera con ésta una relación complementaria y colaborativa: «se podría pensar en hacer una historia que no clasifique, califique y compita con las memorias, sino que las acoja en tanto narraciones, como elemento iluminador para descubrir algunas de las claves de sentido de los actores» 41. Para dar cuenta de la densidad de dichas narraciones, Calveiro retomaba las elaboraciones que proponía Walter Benjamin a partir de los relatos populares, los Märchen (cuentos), que requerían no sólo de un narrador, sino también de quienes escuchan. La narración en la que piensa Benjamin posee diferentes capacidades, entre las que destacan la facultad para convocar lo inmemorial, estar asociada a y ser productora de un vínculo comunitario de corte no autoritario, articular repetición y diferencia, dar cuenta de una historia discontinua sin perder de vista la necesidad de la continuación, hacer justicia al hecho que se ha supuesto irrelevante 42.
Y así como la genuina transmisión integra el salto y la discontinuidad del inevitable límite que para cada generación implica la muerte, permitiendo así la continuación, pero sustrayéndose a la ocultación que provoca el continuum 43, del mismo modo el historiador materialista, decía Benjamin, debe enfrentarse al hecho repetido de la discontinuidad de la tradición de los oprimidos. Su actitud ante el pasado es la del rescate, que exige, más que recuperación, salvación. «¿Pero de qué puede ser rescatado algo sido?», se preguntaba Benjamin. «De un determinado modo de su transmisión», respondía 44. Salvarlo del conformismo, de ser atropellado por la tradición de los vencedores, dándole nueva actualidad a partir de la mirada del historiador crítico, comprometido con un presente en peligro. Pero también debe ser salvado de su pasaje intergeneracional como herencia: rescatar lo sido de «un determinado modo de su transmisión» es rescatarlo también de esa modalidad que «lo honra como “herencia”», pues resulta «más funesto de lo que podría ser su desaparición» 45.
En su tarea crítica del continuum, el recuerdo, decía Benjamin, modifica de algún modo el pasado, transformando lo incumplido en cumplido y lo cumplido en incumplido. A lo que Agamben agrega que si el recuerdo es en este sentido la fuerza que restituye posibilidad a lo que ha sido (y, sin embargo, lo confirma como pasado), el olvido es lo que incesantemente le sustrae esa posibilidad, aunque a su manera custodie su presencia. Por eso, privar a la historia de su dimensión rememorativa es desarmarla de esa capacidad de escucha por la cual ese secreto índice de las voces enmudecidas del pasado puede ser recuperado por un presente determinado. Ese presente es un tiempo desdoblado: si es que se pretende dar lugar a una historia crítica (en el sentido fuerte del término), se requiere de un distanciamiento del propio presente para atender en él a lo que tiene de pasado ocluido y perdido. Y tal vez en este punto pueda pensarse, a partir de ciertas reflexiones de Didi-Huberman, otra noción de la distancia necesaria: ni tratar de fijarla ni suprimirla, sino dejarla trabajar en el cruce entre un pasado que expone sus demandas al presente por medio de sorpresivos y fulgurantes momentos de atracción empática, y una reflexión crítica que modula las tareas del rescate de lo sido, pero que está atenta a lo que ese pretérito impone como conmoción por su actualidad 46.
Las dificultades para definir el presente o lo reciente provienen de la misma concepción cronológica del tiempo, de una representación que sigue los criterios de la representación espacial 47, de modo que no basta con problematizar los lugares de las continuidades y las discontinuidades, o buscar el establecimiento de cortes transversales que separen nítidamente las secuencias temporales, intentando distinguir lo presente de lo reciente, lo inmediato de lo vivido. Es la recuperación de las potencias evocativas y rememorativas de una historiografía de lo reciente hibridada con lo memorial la que pone de manifiesto esa esencial heterogeneidad del tiempo histórico, cuestionando la supuesta unicidad temporal de cualquier acontecimiento y exponiendo el espesor multitemporal de todo fenómeno cultural. En la medida en que se haga cargo de esta apertura, la historia reciente puede contribuir a una perspectiva historiográfica que atienda tanto a la discontinuidad como a la multitemporalidad, a «la multiplicidad de las líneas de temporalidades, de los sentidos mismos de tiempos en un mismo tiempo [que] es la condición del hacer histórico», como sostiene Rancière 48. Es lo que nos enseña, por ejemplo, la tradición oral, para la que es imposible distinguir entre pasado y presente, entre original y copia, entre creación y performance. Cada cuento narrado (como bien apuntaba Benjamin) o cada canción versionada configuran una amalgama entre original y repetición, y por ello cada cuento y cada canción son contemporáneos y arcaicos a la vez, son hibridación de sincronía y diacronía, objetos situados entre lo sincrónico y lo diacrónico, objetos multitemporales (cada cual es uno y, a la vez, múltiple temporalmente), y lo mismo podría decirse de otros «objetos» como la fotografía 49 y, más en general, la imagen —como lo ha expuesto Didi-Huberman— o la literatura. Cada uno alberga distintos tiempos que una mirada crítica puede poner en movimiento.
El carácter de pasado concluido, decíamos, es condición para la existencia de la historia universal concebida a partir del tiempo homogéneo, lineal y continuo, y en la cual no hay lugar para otras historias, a las cuales se les suprimen sus posibilidades por medio del «podría haber sido». Aquella historia que «habría podido» ser, esa «otra historia» clausurada por ciertos aconteceres de la coyuntura, mantiene intacto el criterio temporal que estructura la narrativa histórica, por lo que aquel «habría podido» —esa oportunidad, esa contingencia— pertenece al pensamiento de la necesidad y pierde así su carácter de apertura de la historia, permaneciendo adherida a la historia como una, es decir, a la Historia. La «historia reciente» constituye, desde ciertos ángulos, una intervención que desarticula esos supuestos no discutidos de la historiografía, siempre y cuando sea fiel a la pretensión de pensar el carácter histórico de las relaciones humanas no como una existencia derivada del tiempo —de su ubicación en una serie temporal homogénea y continua—, sino, al contrario, como una dimensión inherente a dichas relaciones que, por eso, pueden ser objeto de reflexión en su aspecto temporal 50. Como dice Agamben a propósito del pensamiento de Marx: «El hombre no es un ser histórico porque cae en el tiempo, sino todo lo contrario, únicamente porque es un ser histórico puede caer en el tiempo, temporalizarse», y agrega que: «Marx no elaboró una teoría del tiempo que sea adecuada a su idea de la historia, aunque es cierto que ésta es inconciliable con la concepción aristotélica y hegeliana del tiempo como sucesión continua e infinita de instantes puntuales» 51.
Como en el caso del THOA y otras experiencias, se trata de una disputa por los sentidos del pasado, pero también el contrapunto se funda en dispositivos de producción de saber disímiles que dan lugar a modos diferentes y no completamente compatibles en la construcción de las significaciones históricas. Disputas por el sentido y por los procedimientos de elaboración de sentido: aquí reside otra de las diferencias epistemológicas que lo testimonial instala en el debate historiográfico. Ese desplazamiento hacia nuevos fundamentos gnoseológicos —en los planos de las concepciones del tiempo histórico, de la construcción del archivo 52 y de la crítica de las fuentes históricas, como ya he señalado— se revela también en las instancias de producción de saber histórico.
Las reflexiones elaboradas por los historiadores sobre la producción de testimonios han dado cuenta de los problemas y dificultades que la fabricación de la historia reciente ofrece a sus practicantes, desde el momento mismo en que éstos participaban activamente en la producción de las fuentes históricas —a lo que se sumó que, en Argentina, no desempeñaron este rol las instituciones destinadas a ello, como los archivos, las bibliotecas, el campo académico, etc.—. A diferencia de las prácticas historiográficas académicas tradicionales, los investigadores de lo reciente fueron muy conscientes desde el inicio del delicado trabajo de producción de la fuente histórica, de modo que no la redujeron a las razones (epistémicas, políticas) de la institución ni dejaron de interpretarla de modo crítico. Consecuentemente, muchos de ellos promovieron el diálogo con otras disciplinas, como la etnografía o la antropología, la literatura o la sociología, el psicoanálisis y determinados enfoques filosóficos, y se apropiaron de algunos de sus hallazgos, es decir, apelaron a un trabajo transdisciplinar con esas otras «ramas» de las ciencias humanas. Como señaló hace tiempo Luciano Alonso, se intuía la posibilidad, en esta «historia reciente», de que fuese capaz de expresar el surgimiento «de una nueva ciencia histórico-social». De esa nueva disciplina se esperaba que pudiese traspasar las fronteras de los campos disciplinares, pues éstos establecen procedimientos y definen objetos acordes a esos procedimientos, produciendo así un saber ya implícito en los presupuestos epistémicos instituidos 53.
De manera más central, la práctica de la historia reciente, en un territorio de significaciones sobre dicho pasado tramado por una importante y prolífica producción testimonial y memorial, ha obligado a los investigadores a resituarse en tanto que sujetos historiadores, dando lugar en sus mejores versiones —como decíamos— a una escritura dialógica e hibridada con la escritura de la memoria. Los investigadores dedicados al pasado reciente argentino escriben para un abanico de interlocuciones extenso y variado; un campo animado por diversos actores sociales que ha producido una diversa, amplia y profunda obra interpretativa sobre el pasado reciente argentino. La historia reciente se produce como parte de esa pluralidad de construcciones de sentido histórico, en diálogo y conflicto con otras modalidades de significación del pasado, de lo temporal y de la legitimidad de la posición de enunciación historiográfica. Esta aleación de la historiografía —o, por lo menos, de la que practican muchos de los que hacen «historia reciente» en la Argentina— con otras formas de hacer historia, que no habían sido aceptadas como tales porque sus modos narrativos y sus procedimientos cognoscitivos eran incompatibles con los denominados científicos —y fueron por ello circunscritas a las manifestaciones de la memoria—, es la que redunda en la emergencia de un potencial «proto-régimen historiográfico» bajo el nombre de «historia reciente», una operación que colisiona con ciertos aspectos de la historiografía académica.
Que se trata de una producción hibridada lo expresa una de las mejores obras sobre el pasado reciente argentino; me refiero al libro de Pilar Calveiro, Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina 54. En su invectiva contra el testimonio, Beatriz Sarlo 55 erige al libro de Calveiro como ejemplo de un saber mediado por las herramientas heurísticas de la disciplina académica; contrariamente, Calveiro afirma que el libro se sostiene en la dimensión testimonial —la ajena y la suya propia— tanto como en los saberes disciplinares 56. La hibridación no alcanza sólo a las manifestaciones escriturarias —para lo cual basta ver, en algunas de las mejores obras del pasado reciente argentino, el lugar central y el modo crítico del trabajo con lo testimonial—, sino que implica otra posición del sujeto cognoscente. Además de la transdisciplinariedad consciente, esa mezcla entre tradición académica y producción testimonial en la historia reciente atestigua una praxis historiográfica que se ha desplazado del tradicional lugar institucional para reubicarse en contigüidad con los movimientos sociales, protagonistas indudables de la emergencia de la historiografía sobre lo reciente.
De modo que lo que se menciona frecuentemente como la mayor «politicidad» de la historia reciente tal vez no sea más que esta reubicación y reconfiguración de las relaciones entre instancias del saber 57. Esa nueva posición de sujeto cognoscente instala otros regímenes de inteligibilidad —en el cruce entre las herramientas críticas de las disciplinas y los modos críticos de la rememoración—, a la vez que deshace la ficción de que la política y la ideología son cuestiones «personales» del investigador para situarlas en la trama misma de la elaboración de la historia. La política que emerge en esta historiografía hibridada con lo testimonial reside, precisamente, en la generación de espacios y diálogos que amplían, a la vez que transforman, los lugares legítimos de enunciación de sentido histórico, conformando una forma novedosa de construcción de la historia, una historiografía crítica.
Lo que potencialmente la historia reciente ha abierto es la posibilidad de una escritura del pasado a partir de una crítica (muchas veces implícita) de la historiografía; crítica expuesta en su hibridación con lo testimonial (y por su medio, de las concepciones del tiempo hegemónicas) y con otras disciplinas (y con ello de las fronteras y de los objetos de las mismas). Hacerlo, cuando se hace, implica un desplazamiento que conforma una nueva figura intelectual (aun cuando muchos de quienes la practican se reclamen como académicos) porque participa de una diferente comunidad de pensamiento. Una comunidad no identitaria, sino emergente de una praxis, que se ancla tanto en los procedimientos críticos de la historiografía como en los espacios productivos y reflexivos de la memoria social; una comunidad de pensamiento distinta, que es ella misma una toma de posición política.
1 La misma diversidad de denominaciones expresa las dificultades y a la vez las tensiones de este universo de escrituras, pero por razones de espacio no podemos detenernos en las implicaciones que de ello derivan. Puede consultarse la aproximación que realiza Julio Aróstegui a esta problemática como preámbulo a su preferencia por «historia del presente» en función de la contemporaneidad que tal nombre expresaría. Cfr. Julio Aróstegui: La historia vivida. Sobre la historia del presente, Madrid, Alianza Editorial, 2004, esp. pp. 27 y ss. Del mismo modo, por este tipo de restricciones y por un marco de referencias predominante —el del campo historiador de la Argentina— debo advertir del carácter fragmentario y ciertamente preliminar de las siguientes consideraciones.
2 Cfr., entre otros ejemplos, Luis Alberto Romero cuando sostenía que «la historia termina hace cincuenta años; lo que sigue es política» (Luis Alberto Romero: «¿Para qué sirve la historia?», Clarín, 11 de octubre de 1996). Lo que no le había impedido publicar su obra de divulgación Breve Historia Contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1994, que abarcaba desde la primera posguerra hasta el año anterior a la edición del libro.
3 No se trata aquí de promover alguna definición de la «historia reciente», sino de pensar a partir de las dificultades (en términos temporales, epistémicos, metodológicos, etc.) que sus mismos practicantes han encontrado a la hora de delimitarla y de los desafíos que ello plantea para la historiografía en general; consecuentemente, tampoco se abordan de modo integral las obras que se han propuesto definirla. Sobre los problemas para su definición puede consultarse, entre otros, el citado libro de Julio Aróstegui: La historia vivida..., esp. pp. 45 y ss. Incluso un acercamiento a una definición por referencia principal a la temporalidad y no a una periodización —«la historia del presente es siempre una “temporalidad” y no una “historia concreta”»—, como el que ensaya Aróstegui, no está exento de problemas —la identificación de «momentos axiales» que abren nuevos periodos, como su interpretación de los acontecimientos de 1989-1991—. Cfr. ibid., pp. 55, 104-107 y 231-237.
4 Michel de Certeau: «La operación historiográfica», en íd.: La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 1993, pp. 67-118. Desde entonces se ha producido una mayor reflexión historiadora sobre la cuestión del tiempo; en algunos casos apoyándose en las previas reflexiones de autores como Bergson, Arendt, Benjamin, Kracauer o Heidegger. Cfr., entre otros, Reinhart Koselleck: Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993; íd.: Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Barcelona, Paidós-Universidad Autónoma de Barcelona, 2001; Paul Ricoeur: Tiempo y narración, 3 vols., México, Siglo XXI, 1995-1996; íd.: La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000; Giorgio Agamben: «Tiempo e historia. Crítica del instante y del continuo», en Infancia e historia, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2001, pp. 129-155; íd.: El tiempo que resta. Comentario a la carta a los romanos, Madrid, Trotta, 2006; Kzysztof Pomián: El orden del tiempo, Madrid, Júcar, 1990; Georges Didi-Huberman: Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2006; François Hartog: Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo, México, Universidad Iberoamericana, 2007; Peter Osborne: The Politics of Time: Modernity and Avant-Garde, Londres, Verso, 1995; Julio Aróstegui: La historia vivida..., y Christian Delacroix, François Dosse y Patrick Garcia: Historicidades, Buenos Aires, Waldhuter, 2010.
5 Otra aproximación a las novedades de la historia reciente en términos de los problemas de las variaciones de escala (ampliando a lo local y lo regional lo tradicionalmente trabajado en términos nacionales), del cuestionamiento de las periodizaciones, de la ampliación del universo de actores y del trabajo interdisciplinario puede consultarse en Ernesto Boholavsky et al.: «Promesas y problemas de la historia reciente del Cono Sur (a modo de introducción)», en Ernesto Bohoslavsky et al. (comps.): Problemas de historia reciente del Cono Sur, vol. I, Buenos Aires, UNGS-Prometeo Libros, 2010, pp. 11-19, esp. pp. 14-16.
6 Entre otros, véanse François Bédarida: «Definición, método y práctica de la Historia del Tiempo Presente», Cuadernos de Historia Contemporánea, 20 (1998), pp. 19-27, y Luciano Alonso: «Sobre la existencia de la historia reciente como disciplina académica. Reflexiones en torno a Historia reciente. Perspectivas y desafíos de un campo en construcción de Marina Franco y Florencia Levín», Prohistoria, XI, 11 (2007), pp. 191-204.
7 Salvo, quizás, desde fines del siglo xix a la década de 1970 aproximadamente, de la mano de la profesionalización de los estudios históricos. Pero aún en ese «siglo» profesionalizante escribieron Trotsky (sobre la revolución que lo había tenido entre sus protagonistas), Arendt (sobre los orígenes del totalitarismo que había sufrido en carne propia) y la lista podría seguir con Raul Hilberg, José Luis Romero y muchísimos otros. Ciertamente, muchos de estos intelectuales, que abrieron campos novedosos de investigación y pensamiento, no siempre son considerados como historiadores por las instituciones académicas, que así hacen gala de un corporativismo ramplón.
8 Lo que no supone dejar de atender a las razones por las cuales la historia reciente que nos ocupa es tratada como una novedad, como lo hace, por ejemplo, Hilda Sábato: «Saberes y pasiones del historiador. Apuntes en primera persona», en Marina Franco y Florencia Levín: Historia reciente. Perspectivas y desafíos de un campo en construcción, Buenos Aires, Paidós, 2007, pp. 221-233.
9 María Inés Mudrovcic: «Algunas consideraciones epistemológicas para una “historia del presente”», Hispania Nova, 1 (1998-2000).
10 En ese uso laxo del término por los impugnadores de la historia reciente, «subjetiva» remite a una subjetividad —la del investigador— captada por el objeto con el que se identificaría, para lo cual antes debe construirse la ficción de la desconexión entre el intelectual y la institución historiadora, a fin de desembarazar a ésta de cualquier afectación política o ideológica. Cfr. Michel de Certeau: La escritura de la historia..., pp. 69-71.
11 Peter Osborne: The Politics of Time..., p. 13.
12 Reinhart Koselleck: Futuro pasado..., p. 307.
13 Ibid., p. 319.
14 Cuando Koselleck habla de «temporalización de la historia» utiliza esa expresión como lenguaje especializado para distinguir la experiencia del tiempo en la modernidad respecto de épocas pasadas, distinción que se funda en que aquélla produjo (o resignificó) diversos conceptos como conceptos temporales que fueron enriquecidos teóricamente, lo cual impuso que se explique toda la historia según una estructura temporal.
15 La expresión es de Georges Didi-Huberman: Ante el tiempo...
16 La historiografía hegemónica se rige —es su régimen— por un procedimiento de acercamiento al pasado que exige su fijeza, en tanto se trata de aproximaciones sucesivas que brindarían de ese modo un conocimiento más exhaustivo por acumulación. Cfr. Walter Benjamin: Paris. Capitale du xixe siècle. Le livre des passages, París, Cerf, 2002, esp. pp. 405 y ss. Pero esa fijeza es algo que la propia modernidad pone en crisis —y esto explica tanto las invectivas contra el anacronismo como una profesionalización que no debiera ocuparse de los últimos cincuenta años—. La incorporación de la dimensión subjetiva en una historiografía moderna que necesariamente debe cambiar porque mutan los presentes desde los cuales se construye no mina el carácter cerrado, fijo, de la concepción del objeto y del modo de aproximación —como cuando se dice que se trata de «ir al pasado»—. Que un pasado puede llegar a ser diferente de como se lo conoció porque es interrogado desde un presente que ya no es el de su primera escritura, generalmente es atribuido a un cambio de énfasis en los elementos destacables de aquel pretérito, al estilo de la sumatoria de las «historias olvidadas» que «complejizan» el cuadro —como cuando se agrega a la historia tradicional la «de las mujeres», antes ocluidas y ahora con pleno derecho a ser reconocidas como «actoras»—. Pero lo que el feminismo propuso críticamente es un cambio del punto de vista que, radicalmente, hiciera emerger una historia no escrita de la que sólo nos llegan vestigios, ya que no es adicionable a la hegemónica, porque la subvierte. Y en tanto vestigios, más que «ir al pasado», la pregunta que debería orientarnos es «cómo el pasado nos llega». Cfr. Georges Didi-Huberman: Ante el tiempo..., esp. pp. 11-79.
17 La expresión alemana Zeitgeschichte es traducida generalmente por «historia del tiempo presente», siguiendo la misma apreciación de Koselleck, quien indica que en primera instancia alude «a nuestra propia historia, a la del presente, de nuestro tiempo, como se dice». Esto no priva al historiador alemán de realizar ciertos juegos de palabras desde las distintas significaciones del término. Cfr. Reinhart Koselleck: Los estratos del tiempo...
18 François Bédarida: «Definición, método y práctica...», p. 24. Ciertamente trataba, unas líneas más adelante, de matizar esa advertencia al plantear el estatuto provisional de todo conocimiento histórico, pero el razonamiento atendía a la variabilidad de las interpretaciones más que a las (im)posibilidades de clausura.
19 Abdón Mateos: «Historia, Memoria, Tiempo Presente», Hispania Nova, 1 (1998-2000). De modo semejante, Julio Aróstegui afirmaba que hacer la «historia vivida» significaba trabajar con «una experiencia de sujetos e instituciones que no está acabada, sino en curso en el momento en que esta historia se construye». Véase Julio Aróstegui: «Historia del presente. ¿Cuestión de método?», en Carlos Navajas Zubeldía (ed.): Actas del IV Simposio de Historia Actual (Logroño, 17-19 de octubre de 2002), Gobierno de La Rioja-Instituto de Estudios Riojanos, 2004, pp. 41-75, esp. p. 42.
20 François Bédarida: «Definición, método y práctica...», p. 21.
21 Bédarida lo planteaba de modo retórico al señalar que una nueva época se iniciaría con la Segunda Guerra Mundial: «¿Los años 1939-1945 no constituyen, de alguna manera, el acta de bautismo de nuestro tiempo?» [citado en Josefina Cuesta Bustillo: «La historia del tiempo presente: un estado de la cuestión», Studia historica. Historia contemporánea, 1 (1983), pp. 227-241].
22 Luciano Alonso: «Sobre la existencia...», p. 199.
23 Aróstegui retoma las nociones de «momento axial» de Emile Benveniste y de «intervención» de Georg Henrik von Wright a través de Paul Ricœur, nociones que apuntan a la idea de «hacer presente» y suponen la de acontecimiento (de lenguaje, histórico, político).
24 Es el camino que emprende, en toda la primera parte de su libro, Julio Aróstegui intentando definir la «historia del presente» a partir de una indagación en las dimensiones del tiempo como construcciones socioculturales. Cfr. Julio Aróstegui: La historia vivida..., esp. pp. 55-107.
25 Juan Andrés Bresciano (comp.): El tiempo presente como campo historiográfico, Montevideo, Cruz del Sur, 2010, p. 13.
26 Reinhart Koselleck: Futuro pasado..., pp. 146 y ss.
27 Siegfried Kracauer: Historia. Las últimas cosas antes de las últimas, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2010.
28 En los últimos años, nuevas investigaciones han sometido a discusión las periodizaciones de la historia argentina reciente y, con ellas, las categorías que las denominaban (por ejemplo, las organizadas en torno al par democracia-dictadura propias de la historiografía argentina de los años ochenta). Véanse, entre otros, Pilar Calveiro: Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años setenta, Buenos Aires, Norma, 2005; Roberto Pittaluga: «La memoria según Trelew», Sociohistórica. Cuadernos del CISH, 19/20 (2006), pp. 81-111; íd.: «El pasado reciente argentino: interrogaciones en torno a dos problemáticas», en Ernesto Bohoslavsky et al. (comps.): Problemas de historia reciente del Cono Sur, vol. I, Buenos Aires, UNGS-Prometeo Libros, 2010, pp. 23-35, y Marina Franco: Un enemigo para la Nación. Orden interno, violencia y subversión, 1973-1976, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2012. Al mismo tiempo, los trabajos de memoria sobre la represión dictatorial en el pasado reciente, que desbordan largamente al campo académico, han permitido un diálogo fructífero y una renovación de los estudios históricos sobre pasados «no recientes» que la historiografía hegemónica desestimó, como los estudios de las prácticas de exterminio contra las poblaciones indígenas durante la formación del Estado nacional y de la expansión capitalista de la frontera en la segunda mitad del siglo xix. Un buen punto de partida para internarse en dichos estudios es Diana Lenton et al.: «Genocidio y política indigenista. Debates sobre la potencia explicativa de una categoría polémica», Corpus. Archivos virtuales de la alteridad americana, 1, 2 (2002), disponible en http://ppct.caicyt.gov.ar/index.php/corpus/issue/view/51/showToc. Imposible, por cuestiones de espacio, hacer aquí el listado de las obras más relevantes sobre la experiencia argentina reciente. Quienes estén interesados pueden consultar el artículo de Mauricio Chama y Hernán Sorgentini, el cual presenta un panorama de esa producción académica a partir de los distintos momentos que han atravesado las relaciones entre historia y memoria en los últimos treinta años. Cfr. Mauricio Chama y Hernán Sorgentini: «Momentos, tendencias e interrogantes de la producción académica sobre la memoria del pasado reciente argentino», Nuevo Mundo. Mundos nuevos, Cuestiones del tiempo presente (2011), disponible en https://nuevomundo.revues.org/62176 (última consulta realizada: 9 de diciembre de 2016).
29 Entre varias intervenciones, la que más eco logró como modelo de los reparos y devaluaciones de lo testimonial fue el libro de Beatriz Sarlo: Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005. Excelentes críticas a ese libro son las de Pilar Calveiro: «El testigo narrador», Los puentes de la memoria, 24 (2008), pp. 50-55 y Alejandra Oberti: «Lo que queda de la violencia política. A propósito de archivos y testimonios», Revista Temáticas, 34 (2009), pp. 125-148.
30 Georges Didi-Huberman: Imágenes pese a todo. Memoria visual del holocausto, Barcelona, Paidós, 2004.
31 Para el tema de la testimonialidad pueden consultarse, entre otros, Alessandro Portelli: «Lo que hace diferente a la historia oral», en Dora Scharzstein: La historia oral, Buenos Aires, CEAL, 1991; John Beverly y Hugo Achúgar: La voz del otro: testimonio, subalternalidad y verdad narrativa, Lima-Pittsburgh, Latinoamericana Editores, 1992; Pierre Bourdieu (dir.): La miseria del mundo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999; Paul Ricoeur: La memoria, la historia, el olvido; Pilar Calveiro: «Testimonio y memoria en el relato histórico», Acta Poética, 27 (2) (2006), pp. 65-86; Pilar Calveiro: «El testigo narrador», y Alejandra Oberti: «Lo que queda de la violencia política...».
32 Hasta principios del nuevo siglo, la construcción de depósitos institucionales de testimonios orales quedó a cargo de unos poquísimos investigadores en el marco de algunos proyectos sobre el pasado reciente, como el que en la Universidad Nacional de La Plata dirigió María Cristina Tortti o el que entre 1987 y 1991 se conformó, con un centenar de entrevistas a autoridades, docentes, etc., como Archivo Oral de la Universidad de Buenos Aires (limitado a la reconstrucción de la historia de dicha universidad). Un pequeño archivo oral se había realizado en los años setenta en el Instituto Di Tella. En 2001 surgió el mayor emprendimiento de construcción de un archivo oral en la Argentina, que se ha convertido en referencia más allá de las fronteras nacionales. Enfocada al terrorismo de Estado y animada por un conjunto de organizaciones de derechos humanos se formó Memoria Abierta, una asociación civil que, como parte de sus diversos programas, ha producido y abierto a la consulta el mayor acervo documental de entrevistas audiovisuales con cerca de 900 testimonios que abarcan diversos temas desde los años sesenta hasta la actualidad. Una iniciativa que no ha provenido de las instancias tradicionales de investigación, sino de la propia militancia de derechos humanos.
33 La reunión y accesibilidad de documentos impresos por los movimientos de contestación política y social de los años sesenta y setenta de la Argentina fue escasa en los años ochenta. Avanzada la década de los noventa se publicaron compilaciones documentales y comenzaron a funcionar algunos centros de documentación autogestionarios (como el CeDInCI, que años después se integró como dependencia de la Universidad Nacional de San Martín). La situación ha variado en los últimos diez años gracias a algunos emprendimientos de difusión de diversos materiales documentales que han sido digitalizados y subidos a sitios de internet especializados, tanto por iniciativa estatal como de colectivos de investigación, facilitando notablemente el acceso al archivo.
34 Alejandra Oberti: Las revolucionarias. Militancias, vida cotidiana y afectividad en los setenta, Buenos Aires, Edhasa, 2015.
35 Silvia Rivera Cusicanqui: «El potencial epistemológico y teórico de la historia oral: de la lógica instrumental a la descolonización de la historia», Temas Sociales, 11 (1987), pp. 49-64, esp. p. 50.
36 Walter Benjamin: «Sobre el concepto de historia», en íd.: La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia, Santiago de Chile, ARCIS-LOM, 1995 [1940].
37 Por supuesto, no todo anacronismo es productivo historiográficamente. Cfr. Georges Didi-Huberman: Ante el tiempo..., y Jacques Rancière: «Le concept d’anachronisme et la vérité de l’historien», L’Inactuel, 6 (1996), pp. 53-68.
38 Stephane Moses: El ángel de la historia. Rosenzweig, Benjamin, Scholem, Madrid, Cátedra-Universitat de València, 1997, p. 151.
39 Para un tratamiento de este tipo de corte para el caso del «tiempo mesiánico» véase Giorgio Agamben: El tiempo que resta..., esp. pp. 67 y ss.
40 Sin embargo, todavía es preciso advertir que, así como no toda obra histórica reviste un carácter crítico en la producción de saberes sobre el pasado, tampoco todas las formas de la memoria social, y, en particular, del testimonio, tienen esa capacidad de abrir nuevas significaciones.
41 Pilar Calveiro: «El testigo narrador», p. 54.
42 Cfr. Walter Benjamin: El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolai Leskov, Santiago de Chile, Metales Pesados, 2008 [1936]. Véase también Pablo Oyarzún Robles: «Introducción», en Walter Benjamin: El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolai Leskov, Santiago de Chile, Metales Pesados, 2008, pp. 7-51.
43 Stephane Moses: El ángel de la historia..., pp. 135 y ss.
44 Walter Benjamin: «Sobre el concepto de historia», p. 92.
45 Ibid., p. 92. «¿De qué son salvados los fenómenos? No solamente y no tanto del desprestigio y el desprecio en que han caído, como más bien de la catástrofe, tal como la exhibe muy a menudo un modo determinado de su transmisión, su “dignificación en cuanto que herencia”» (p. 145).
46 Georges Didi-Huberman: Ante el tiempo..., esp. pp. 25 y ss.
47 Giorgio Agamben: «Tiempo e historia...».
48 Jacques Rancière: «Le concept d’anachronisme...».
49 «El espectador se siente irresistiblemente forzado a buscar en la fotografía [...] el lugar inaparente donde, en la determinada manera de ser de ese minuto que pasó hace mucho, todavía hoy anida el futuro y tan elocuentemente que, mirando hacia atrás, podemos descubrirlo» [Walter Benjamin: «Pequeña historia de la fotografía», en íd.: Sobre la fotografía, Valencia, Pre-Textos, 2005 (1931), pp. 21-53, esp. p. 26].
50 Al modo en que Kracauer (2010) oponía la serie cronológica a la memoria de los protagonistas.
51 Giorgio Agamben: «Tiempo e historia...», p. 145.
52 A lo ya mencionado habría que sumarle una problemática primordial —en la que no podemos detenernos aquí— como lo es la transformación del «archivo» merced a las nuevas tecnologías, que en algunos aspectos no sólo lo han democratizado y sustraído a los principios arcónticos del Estado, sino que por ese desplazamiento lo han redomiciliado —para usar la expresión de Jacques Derrida—. Cfr. Jacques Derrida: Mal de archivo. Una impresión freudiana, Madrid, Trotta, 1997. Esta remodelación del archivo —pensado como primer acto de escritura historiográfica (como sostienen De Certeau y Ricoeur)— es parte de la emergencia de la historia reciente, y ha sido gran parte de la documentación y la testimonialidad del pasado reciente argentino la que fuera objeto de esta nueva inscripción y circulación. Algo de estas cuestiones esbozaban Roberto Pittaluga: «Notas a la relación entre archivo e historia», Políticas de la memoria. Anuario de Investigación e Información del CeDInCI, 6/7 (2006-2007), pp. 199-205; íd.: «Democratización del archivo y escritura de la historia», en Actualidad y perspectivas. I Encuentro Regional de Archivos y Derechos Humanos, Buenos Aires, Memoria Abierta, 2007, y también Alejandra Oberti y Roberto Pittaluga: «Prólogo a la segunda edición», en Memorias en montaje. Escrituras de la militancia y pensamientos sobre la historia, Santa Fe, María Muratore, 2012, pp. 13-22.
53 Luciano Alonso: «Sobre la existencia de la historia reciente...».
54 Pilar Calveiro: Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina, Buenos Aires, Colihue, 1998.
55 Beatriz Sarlo: Tiempo pasado...
56 Pilar Calveiro: «El testigo narrador».
57 Luciano Alonso: «Sobre la existencia de la historia reciente...»; Mauricio Chama y Hernán Sorgentini: «Momentos, tendencias e interrogantes...», y Roberto Pittaluga: «Notas sobre la historia del pasado reciente», en Jorge Cernadas y Daniel Lvovich (eds.): Historia, ¿para qué? Revisitando una vieja pregunta, Buenos Aires, UNGS-Prometeo Libros, 2010, pp. 119-143.