Ayer 112/2018 (4): 21-45
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/112-2018-02
© Rafael Serrano García
Recibido: 27-09-2017 | Aceptado: 04-05-2018
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

La biblioteca de un texto vivo (en torno a los orígenes intelectuales de la Revolución Gloriosa de 1868)*

Rafael Serrano García

Instituto de Historia Simancas-Universidad de Valladolid
rafael.serrano@uva.es

Resumen: Este artículo está dedicado al estudio de la biblioteca que poseía el sacerdote y catedrático Fernando de Castro (1814-1874), un intelectual próximo al grupo krausista y que abandonó el catolicismo. La biblioteca sobresale por su tamaño y por la atención a materias como la historia o las cuestiones religiosas. El estudio de las fechas de edición, además, permite entender mejor su evolución personal en la que influyeron el catolicismo liberal, la historia de las religiones o autores como Ernest Renan, Charles Darwin o Pierre-Joseph Proudhon.

Palabras clave: bibliotecas privadas, sacerdocio católico, krausismo, catolicismo liberal, historia de las religiones.

Abstract: This article concerns the study of the library owned by the priest and professor, Fernando de Castro (1814-1874), a leading intellectual who joined the Krausist movement and renounced Catholicism. His library is notable for its size and for its contents, and is rich on history and religious subjects. The study of the publication dates provides a window into understanding his religious development and the extent to which he was influenced by liberal Catholicism, the history of religion, and by specific authors such as Ernest Renan, Charles Darwin or Pierre-Joseph Proudhon.

Keywords: private libraries, Catholic priesthood, Krausism, liberal Catholicism, history of religions.

Introducción

El estudio de las bibliotecas privadas, ciertamente bastante más atendido por lo que respecta a los siglos modernos1, constituye una materia de estudio también de gran interés por lo que respecta a la contemporaneidad para profundizar en la circulación de las grandes corrientes de pensamiento, de las novedades culturales, de su llegada a sujetos individuales o colectivos representativos desde una perspectiva social o estamental, profesional, cultural, de género, etc. Coyunturas, además, en que se condensaron grandes transformaciones históricas —como la crisis del Antiguo Régimen en Francia2, la Independencia norteamericana3 o la etapa de la revolución liberal en España— y que han atraído la atención de los investigadores de este objeto particular de estudio al constituir ámbitos temporales emplazados muy estratégicamente para sopesar la profundidad de los cambios operados y también las anticipaciones y rémoras.

Es cierto que la posesión de una biblioteca todavía en un siglo como el xix, y mucho más en España, predetermina o acota de entrada el ámbito sociocultural de sus dueños; un ámbito generalmente elitista, aunque pueda haber excepciones. Pero en contextos en los que las elites tenían atribuido un protagonismo legal o social especialmente marcado, como ocurría con la desigualitaria sociedad liberal-censitaria, este tipo de búsquedas sigue mereciendo, precisamente por eso, la atención de los historiadores. Eso no implica, sin embargo, el olvidar que el desarrollo de la prensa y los progresos —es cierto que muy limitados todavía en España— de la alfabetización y de la educación primaria favorecieron la emergencia de públicos lectores, ajenos u olvidados hasta entonces por los editores por lo que hace a la difusión de lo impreso (tales como las mujeres, los obreros, los niños, etcétera)4.

En España, la lectura elitista en el siglo xix, tomando como base un amplio repertorio de bibliotecas privadas reflejadas en los inventarios post mortem, ha sido muy bien estudiada por Jesús Antonio Martínez Martín en lo que respecta fundamentalmente a la burguesía madrileña del reinado de Isabel II5. Se trata, para nosotros, de una referencia fundamental, pero que, a nuestro juicio, cabe complementar y enriquecer, cuando ello sea posible, enfocando la atención sobre individuos particulares6, especialmente sobre aquellos cuyas opciones en materia política, intelectual o religiosa no se ajustaron a las pautas dominantes en la España isabelina o de la Restauración. Y a este respecto, el caso que vamos a abordar aquí, el del sacerdote e intelectual Fernando de Castro, nos parece que puede ser particularmente interesante por su adscripción al pequeño —pero muy influyente— grupo krausista y por la evolución que siguió en el último tramo de su vida. Fue entonces, en efecto, cuando rompió con el catolicismo y prescribió a sus fideicomisarios el ser enterrado en el cementerio civil de Madrid en 1874, al lado de la tumba de Julián Sanz del Río, fallecido cinco años antes que él. Se trató, pues, de un heterodoxo, y como tal le trató Menéndez Pelayo en su conocida obra juvenil7.

Se da la circunstancia, la cual reforzaría nuestra elección del personaje en tanto que representativo de la elite intelectual que en buena parte sustentó el proyecto regenerador de la Gloriosa, de que a Castro le vamos a encontrar directamente involucrado en algunos de los retos políticos más exigentes que se suscitaron en el Sexenio y sobre los cuales se proyectaron reformas de calado, con independencia del éxito logrado o del consenso que sobre las mismas existió entre los partidos de la coalición revolucionaria. Retos representados por la cuestión educativa, en primer término, objeto predilecto de los planteamientos reformistas del grupo krausista y en cuya materialización él ocupó un lugar de privilegio al ser nombrado por el Gobierno provisional rector de la Universidad de Madrid; en segundo término, por la persistencia de la esclavitud en las colonias, a propósito de la cual se organizó un potente movimiento que reclamaba su abolición orquestado por la Sociedad Abolicionista Española, que Castro presidió durante buena parte de esta etapa, y, por último, por la cuestión religiosa, que la legislación revolucionaria resolvió extendiendo el cuadro de libertades de los españoles también a ese ámbito, un avance con el que Castro y sus compañeros concordaban plenamente, aun cuando su pronunciamiento público se conocería después de su muerte.

Igualmente, otro asunto no menor que también atrajo poderosamente su atención y que encabezara diversas iniciativas reformistas fue el de la educación de la mujer, bien en colaboración con algunas escritoras muy activas en este y otros asuntos, como Faustina Sáenz de Melgar (las Conferencias dominicales celebradas en la Universidad de Madrid)8, o bien promoviendo directamente entidades que serían pioneras en ese campo, como la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, creada por él en 1870 con la que colaboraron como profesores miembros muy destacados del grupo krausista y cuya junta directiva, en vida de Castro, es revelador que celebrara sus sesiones en su propio domicilio.

En la época, además, si tenemos en cuenta las acerbas críticas que recibió desde la prensa neocatólica (y, singularmente, de Navarro Villoslada en las páginas del Pensamiento Español)9 tras pronunciar su discurso de ingreso en la Academia de la Historia en 1866 o el expediente administrativo que se instruyó contra él en 186710 y que le abocó a ser desposeído de su cátedra junto con Giner de los Ríos, Salmerón y Julián Sanz del Río, no nos cabe duda de que encajó en la categoría de texto vivo, expresión acuñada por el arzobispo de Tarragona José Domingo Costa Borrás y obispos sufragáneos en una exposición a la reina de 20 de enero de 186211. Aunque la campaña iniciada por la jerarquía episcopal y orquestada fundamentalmente por El Pensamiento Español giraba sobre el binomio libros de texto/textos vivos, reclamando del Gobierno que actuara punitivamente contra unos y otros, la etiqueta de textos vivos invita a interrogarse sobre aquellas otras publicaciones cuya lectura llevó a estos profesores a asumir de viva voz ante sus alumnos (o en los círculos de sociabilidad intelectual por ellos frecuentados como el Ateneo de Madrid, principalmente) una actitud crítica e independiente, para disgusto de la jerarquía eclesiástica y de los neocatólicos. Entre esta segunda clase de textos sobresalían, desde la perspectiva episcopal, los escritos de Ernest Renan12, lo cual refuerza la pertinencia de dirigir la atención hacia esta biblioteca, como luego intentaremos mostrar al analizar su contenido.

El personaje elegido nos parece especialmente apropiado para ilustrar bien todos esos extremos, habiendo él mismo relatado, en un documento publicado póstumamente por sus fideicomisarios en 1874, el impacto que sobre su conciencia religiosa hicieron toda una serie de lecturas13, cuya importancia en el trasfondo de los cambios que los revolucionarios del 68 trataron de impulsar podemos colegirla también de la relación de autores y de obras que llevaría como bagaje el personaje de Galdós, Vicente Halconero, en el Episodio Nacional, España trágica.

Fernando de Castro: algunas notas sobre su evolución personal y religiosa

Fernando de Castro14, por su condición de sacerdote católico y por las distintas fases que experimentó en sus planteamientos en materia religiosa, se aproxima a otros conocidos clérigos eu­ropeos de la época, como Antonio Rosmini, Felicité de La Mennais o Gioachino Ventura di Raulica. Pero su evolución se antoja más compleja, ya que él no partió en absoluto, como en los casos anteriores, de una posición ultramontana e integrista, manifestando, en cambio, con claridad y desde el principio, sus convicciones liberales, lo que se aprecia bien en sus sermones y en las responsabilidades que asumió durante los aproximadamente nueve años en que residió en la ciudad de León, a donde había sido llamado, precisamente en 1836, por su liberalismo, a ocupar un puesto de profesor en el seminario diocesano15 (dado que la mayor parte del clero leonés era carlista). Había nacido en la localidad leonesa de Sahagún en 1814 y, con anterioridad a sus cometidos docentes en el Seminario de San Froilán, había pertenecido a la orden de franciscanos descalzos, en cuyo convento de San Diego, de la ciudad de Valladolid, había ingresado en 1829. Como era previsible, su carrera monacal se vio bruscamente interrumpida en 1836 con la legislación ­desamortizadora impulsada por Juan Álvarez Mendizábal.

Pero más tarde, cuando se instala en Madrid a partir del otoño de 1845 y se le confiere un encargo docente en el Instituto de San Isidro, parece transitar en un sentido del todo contrario, si no formalmente antiliberal, ya que es nombrado para ocupar puestos relevantes dentro del nuevo sistema educativo puesto en pie por la reforma Pidal (como el de director de la Escuela Normal de Filosofía, una experiencia desgraciadamente efímera), sí, desde luego, tremendamente reticente al respecto de la autonomía de la razón, del pensamiento humano frente a la fe revelada y el dogma católico, y porque, en la estela de los acontecimientos romanos (la República de 1849 y la marcha del papa de Roma), efectuó pronunciamientos que se podrían calificar como ultramontanos, alineándose estrechamente con Pío IX con motivo de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 185416. Este brusco giro o involución en sus planteamientos religiosos se ha atribuido al deseo, por parte de Castro, de ascender en su carrera clerical y de ser nombrado obispo en una coyuntura, la abierta por la firma del Concordato con la Santa Sede en 1851, que parecía brindarle buenas posibilidades debido a la existencia de toda una serie de diócesis que carecían de titular.

A partir, no obstante, de la segunda mitad de la década de 1850, nuestro personaje, cuya involución religiosa estaba acarreándole, según su propia confesión, un elevado coste íntimo bajo la forma de dudas y angustias, inició un camino distinto en el que el conocimiento personal de Julián Sanz del Río, su concentración cada vez mayor en sus actividades docentes como catedrático de historia general en la Universidad Central —renunciando a su puesto de capellán de honor en la Real Capilla— y sus viajes al extranjero le condujeron a moldear su conciencia religiosa de un modo mucho más personal y libre en una línea en la que la filosofía krausista, tan teñida, por otra parte, de religiosidad, fue seguramente determinante.

Sabemos positivamente, por otro lado, pues él mismo lo cuenta, que en sus años de crisis personal y de búsqueda de salidas para la misma, Castro leyó mucho y no se puso ningún freno a su afán de formarse un criterio propio sobre el complejo panorama religioso de su tiempo (y tampoco sobre otras cuestiones) trascendiendo el marco católico, y así, aun cuando es cierto que algunas de sus tomas de posición más conocidas (señaladamente, su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia de 1866)17 parecen ubicarle en una posición católico-liberal (tal y como se ha interpretado a partir, sobre todo, del elogioso artículo que le dedicó Francisco Giner de los Ríos), él se interesó también por el protestantismo, por el judaísmo o por la tendencia cientificista y laica que estaba cobrando fuerza en el pensamiento europeo y que dio nuevos vuelos al anticlericalismo18. Una evolución intelectual en buena medida coincidente con la seguida por otros miembros caracterizados del primer krausismo, como Gumersindo de Azcárate, según su Minuta de un testamento de 1876.

Es difícil saber cuándo rompió con la Iglesia y con el dogma. A partir de lo que dice en su Memoria testamentaria parece que ese proceso de ruptura ya se había iniciado en él en el año 1860, cuando estaba escribiendo los dos primeros tomos de su Compendio de Historia General, aparecidos, respectivamente, en 1863 y 186619, pero sabemos de cierto que el cese en su ministerio sacerdotal se retrasó varios años, coincidiendo significativamente con la conclusión, para él sin duda decepcionante, del Concilio Vaticano I. Desde luego, la etapa del Sexenio Democrático fue decisiva en este proceso, y sin esperar a la confesión sobre su nueva fe religiosa que cabe hallar en la Memoria póstuma, ya en el tomo III de su Compendio, publicado en 1872, se puede percibir que está escrito por alguien que se considera fuera de la Iglesia al adoptar un notorio distanciamiento y aparente frialdad cuando trata de instituciones como el Papado.

De cualquier forma, estos agitados años del Sexenio debieron brindarle la ocasión para experimentar una auténtica liberación personal en lo tocante, sobre todo, a su conciencia religiosa (como testimonia una carta que le escribió a Nicolás Salmerón en 1871)20, cuyos beneficios debían trascender a su propia patria, a sus amigos y conciudadanos. Releyendo los relatos que asistentes a la ceremonia de su entierro civil el 6 de mayo de 1874 efectuaron años después, uno no puede por menos de quedar impresionado por el anhelo de Castro de que dicha ceremonia se convirtiera en una protesta diáfana a favor de la libertad religiosa en España y, más aún, de lo que sería su base fundamental: la libertad de conciencia.

Su biblioteca: características generales en el contexto de la España de Isabel II. Contenidos principales

El estudio de su biblioteca nos ha parecido que permite visualizar mejor los sucesivos giros que Castro fue imprimiendo a su pensamiento en materia religiosa, pero también por lo que hace a otros capítulos fundamentales como la historia (no en vano, desde su llegada a Madrid, su especialización profesional la tuvo en esta disciplina), la filosofía o el pensamiento social, y también discriminar con un mayor grado de detalle el cúmulo de influencias que las minorías intelectuales en la España isabelina y del Sexenio experimentaron y que pudo servir de fundamento a los planteamientos que los revolucionarios de 1868 formularon en materia religiosa, educativa, colonial, etc.21 Es cierto, no obstante, que esta búsqueda ha tropezado con limitaciones importantes: la primera de ellas, que, como tal, la biblioteca de Fernando de Castro no se ha conservado incólume, ya que su dueño decidió dividirla en tres partes legando los lotes respectivos a tres instituciones con las que había mantenido estrecho contacto: el Seminario de San Froilán de León, donde había ejercido como profesor y del que llegó a ser vicerrector; la biblioteca provincial de la misma ciudad, que él mismo había contribuido a crear en la década de 1840 con fondos literarios de los conventos desamortizados en la provincia leonesa, y, en tercer lugar, la biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad Central, a la que había estado vinculado también como profesor. Afortunadamente, no obstante, pudimos localizar el inventario post mortem de los bienes legados por Castro22 que nos permiten conocer la ubicación, en el domicilio del profesor fallecido, del mueble que contenía su biblioteca y, sobre todo, la relación completa de sus libros según el orden que debieron establecer sus testamentarios (entre otros, Nicolás Salmerón, Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate o Manuel Sales y Ferré) en función del destino final de sus libros que el fallecido había prescrito.

La relación que aparece en dicho inventario es técnicamente muy defectuosa, pero nos permite saber que Castro poseía una biblioteca importante, medida según los parámetros de la época. Y ello tanto por el número de obras que contenía (855), que, si contabilizamos los folletos (de los que se da su número total, pero no sus títulos) y aquellas obras que se componían de varios tomos, equivaldría a unos 2.200 volúmenes23, como por su valor inventariable, más de 14.000 reales, que representaba más del 5 por 100 del caudal total dejado por el testador, lo que situaba a Castro dentro del segmento, muy reducido, de poseedores de bibliotecas madrileñas cuyo valor superaba el 1 por 100 del capital inventariado24. En realidad, el caudal en libros que dejaba el profesor fallecido era muy superior, ya que en el inventario se contabilizaban también las ediciones de sus obras, libros de textos sobre todo, que guardaba en su propia casa y en la tienda de libros de la viuda de Pellanne.

Tabla 1
Clasificación de las obras según grandes áreas temáticas

Áreas temáticas

Obras contabilizadas

Porcentaje

Poesía

18

2,10

Teatro

5

0,58

Novela

6

0,70

Lingüística/literatura

105

12,28

Ciencia/técnica

52

6,08

Arte/deporte

16

1,87

Historia

196

22,92

Geografía

14

1,60

Derecho/política

91

10,64

Economía

10

1,69

Filosofía/teología

323

37,77

Hemerografía

3

0,35

Miscelánea

16

1,87

Total

855

100,00

Fuente: Las fuentes utilizadas han consistido en el inventario de los bienes dejados por Castro a su fallecimiento (Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, leg. 31015), en el catálogo de la donación efectuada a la biblioteca de la Universidad Central (publicada en la Memoria de la Biblioteca de la Universidad Central correspondiente a 1878, Madrid, Imprenta y fundición de M. Tello, 1879) y en la relación de obras legadas a la Biblioteca Provincial de León facilitada por su director.

Afortunadamente hemos podido disponer de otros instrumentos de análisis como son el catálogo publicado de los fondos que legó a la Universidad Central25, así como una lista completa de la donación que hizo a la Biblioteca Provincial de León. Nos ha faltado, sin embargo, obtener la relación de lo que dejó al seminario diocesano de la misma ciudad, aunque sabemos que las cien primeras entradas del inventario de su librería se corresponden con las obras que fueron a parar a dicha institución, y pese a lo defectuoso de la transcripción, podemos hacernos una idea bastante aproximada de qué tipo de libros componían ese legado e, incluso, identificar una buena parte de los mismos. Toda esa información permite establecer que el lote de libros cuantitativamente más nutrido, a la par que el más interesante y polémico desde el punto de vista de su contenido, fue el destinado a la Universidad de Madrid. También el más rico en obras publicadas en otras lenguas, especialmente en francés, aunque con una significativa presencia, asimismo, de libros en inglés.

Tabla 2
Lenguas en que se publicaron las obras

Idioma

Total contabilizado

Porcentaje

Universidad Central

Porcentaje en Madrid

Español

323

37,77

159

26,85

Francés

431

50,40

382

64,52

Latín

60

7,01

11

1,85

Inglés

34

3,97

33

5,57

Otros

7

0,81

7

1,18

Total

855

100,00

592

100,00

Castro era sacerdote, pero por lo que sabemos de las bibliotecas de otros clérigos españoles de la primera mitad del siglo xix, la suya era diferente, con una menor presencia cuantitativa del libro religioso y no solo eso, sino que el tipo de libros que poseía sobre estas materias era también muy distinto, ajustándose solo muy parcialmente a las preferencias que podía tener un sacerdote católico de su tiempo26. Únicamente el primer lote de libros, el que sus testamentarios seleccionaron pensando en el Seminario leonés de San Froilán como receptor, se adecuaría propiamente a ese perfil clerical convencional. Se trataba, pues, de un conjunto bibliográfico mucho más plural que lo aproximaba más bien a las bibliotecas de los profesionales de la docencia, de los catedráticos universitarios, en definitiva, como lo era él mismo. En su caso, además, la abundancia de obras de historia, la disciplina que profesaba en la Universidad, refuerza su inclusión en ese grupo de lectores.

Pero entrando ya en el análisis de lo que poseía de diversas disciplinas, deseamos aclarar de entrada que lo que atañe a la rúbrica «Religión» lo hemos unido a la de «Filosofía», ya que, para Castro, hallar nuevos cimientos para su conciencia religiosa implicó, igual que había ocurrido con Julián Sanz del Río o con Nicomedes Martín Mateos, el acudir a la filosofía como la principal disciplina que le podía guiar en ese proceso, y afinando aún más a la filosofía de la historia, una rama del conocimiento muy cercana al pensamiento religioso y que a Castro le sedujo especialmente, como se aprecia en sus trabajos históricos pero también en los argumentos que esgrimió en el expediente instruido contra él en 1867.

En su caso, además, es claro que se propuso explorar una rama nueva del conocimiento que estaba cobrando un gran predicamento en los países intelectualmente más avanzados (Francia, Alemania, Gran Bretaña o Suiza) como era la historia de las religiones27, así como aquellas confesiones religiosas que competían con el catolicismo en la Europa de su tiempo, principalmente el protestantismo o determinados desarrollos heterodoxos —o presuntamente tales— del catolicismo, sin olvidar las respuestas desde el lado católico, ya fuera la intransigencia dogmática que sancionó y sistematizó el Syllabus, el llamado catolicismo liberal, la escuela de Tubinga, etcétera.

En nuestra opinión, esas diferentes direcciones de las lecturas que previsiblemente hizo Fernando de Castro, a juzgar por los libros que poseía, estaban vinculadas entre sí por el afán de encontrar una salida a sus dudas en materia religiosa y por dotarse, en el interior de su conciencia, de un enfoque personal, aunque ello le acabara suponiendo una ruptura explícita con el catolicismo. Para ello debió considerar que necesitaba reunir una información muy completa sobre todo lo que atañía a las religiones en la Europa de mediados del siglo xix. Y es esa la razón que nos ha llevado a reunir esas distintas direcciones de lectura en un solo apartado («Filosofía y Teología») a la hora de clasificar sus libros.

Castro, por otro lado, en tanto que un espíritu crecientemente libre y autónomo, no podía desatender otros caminos que estaba recorriendo el pensamiento de su época y que llevaban a la exaltación de la razón y de la ciencia como el solo método válido para aprehender la realidad o dar respuesta a los grandes interrogantes y dudas que suscitaba tanto el mundo natural como el social, todo ello en detrimento de las respuestas que se brindaban desde la fe religiosa y la autoridad dogmática, especialmente desde el lado católico. Hay que tener en cuenta que los decenios de 1850 y 1860 fueron críticos en ese sentido, siendo quizá Francia el país europeo donde se perfilaron con mayor nitidez los campos enfrentados del ultramontanismo y del anticlericalismo y el librepensamiento28, una contraposición que también alcanzó a nuestro país, pese a las mayores dificultades que pudo encontrar antes de 1868 la difusión de los pensadores críticos o abiertamente hostiles respecto de la Iglesia católica, pero que intelectuales como Castro, versados en otras lenguas, seguramente pudieron obviar con más facilidad; aparte de que, en su caso, los viajes al extranjero que empezó a realizar desde 1857 tuvieron que ser un medio excelente de ponerse al día en cuanto a las novedades editoriales.

A ese respecto, su biblioteca, aunque no posee muchas, sí que tiene algunas obras y autores significativos en el panorama científico de la época, como Humboldt, Cournot, Büchner o Littré, pero donde sobresale la adquisición de la primera traducción francesa de On the Origin of Species de Charles Darwin. Y respecto de su especialidad profesional, la historia, el repaso a los libros de esta materia que contenía su biblioteca permite advertir que estaba bastante bien provisto de manuales, de atlas históricos y de estudios monográficos acerca de los periodos en los que concentró más su atención: las edades antigua y media, aquellas sobre las que versa su ­inacabado Compendio. Se nota, asimismo, que estuvo preocupado por tener a la mano las obras de los principales historiadores, especialmente contemporáneos, destacando los franceses, aunque también alemanes e ingleses, además de contar con una amplia representación de los historiadores antiguos.

Etapas en la formación de esta biblioteca

Pero quizá lo que más pueda interesar aquí es acotar y diferenciar bien las etapas de la vida de Castro en que presumiblemente hicieron su entrada en su biblioteca determinadas obras y autores significativos en su evolución intelectual y religiosa, con el inconveniente de que, por lo que respecta a su fase primeriza de clérigo liberal entre 1836 y 1845, lo que podamos decir es objetable, dada la amplitud de las fechas de edición, que es el criterio por el que nos hemos guiado para discriminar las diferentes etapas en que los libros presumiblemente fueron adquiridos o pudieron llegar a las manos de Castro. Pero dada su orientación ideológica liberal y el contenido de algunas de sus piezas oratorias primeras (como la Oración inaugural de los estudios en el Seminario de San Froilán de 1840)29 se puede inferir, con un cierto grado de certeza, que entonces pudieron ingresar en su biblioteca una serie de obras pertenecientes al primer catolicismo o clericalismo liberal30 o de autores españoles reputados como jansenistas (como Joaquín Lorenzo Villanueva, Antonio Bernabéu, Félix Amat o su sobrino Félix Torres Amat, obispo de Astorga), o que adquiriera, asimismo, obras de los ilustrados españoles, ya se orientaran luego hacia el liberalismo o a la colaboración con José I.

Tabla 3
Reparto de las obras según el año de su edición

Fechas edición

Número de obras

Sin fecha

15

Anteriores a 1808

110

Entre 1808 y 1850

165

Década de 1850

206

Posteriores a 1860

249

Total

745

Nota: El recuento, en este caso, se ha llevado a cabo sobre un número más reducido de obras, porque no hemos podido contar con las fechas de edición del lote de libros que fue a parar al Seminario leonés de San Froilán.

Cuadra también que comprara entonces determinados textos representativos de corrientes religiosas foráneas como el jansenismo o el galicanismo, tan influyentes en el pensamiento de la Ilustración española o del primer liberalismo, pese a que, en varios casos, se editaron antes de 1808 (Jansenius, Bossuet, Fleury o Nicole), o de algunas obras de filósofos escoceses o franceses que reaccionaron frente al sensualismo de los Idéologues (como Dugald Stewart). Aunque, en realidad, textos originales de los principales filósofos europeos desde la Ilustración hasta mediados del siglo xix hay pocos, por lo que Castro debió suplir esa carencia recurriendo a manuales de historia de la filosofía o a mélanges de autores como el cousiniano Adolphe Franck o el suizo Philipp-Albert Stapfer, que habían estudiado, por ejemplo, a algunos de los principales filósofos alemanes.

La siguiente fase, que se iniciaría hacia 1845 con su instalación en Madrid, es la más problemática de cara a su interpretación, ya que muy posiblemente fue a partir de esos años cuando entraron en su biblioteca toda una serie de autores católicos de signo ultramontano o conservador, recelosos de la civilización moderna, aunque también, debido a las dudas y angustias que este sesgo reaccionario debió de ocasionarle en su interior, aparecen —si miramos las fechas de edición— otras que disuenan claramente.

Dado que fue a partir de esta época cuando Castro pudo contar con unos ingresos más saneados, ya que a sus emolumentos como catedrático se le sumaron los de capellán de honor, esta circunstancia debió llevarle a incrementar sus compras bibliográficas. Pues bien, un dato muy significativo del cambio de orientación de Castro que se percibe al poco tiempo de su instalación en Madrid en 1845 es la omnipresencia de Balmes, que cabría asociar a la entrada de algunas obras de autores significados por su conservadurismo católico, su posición contrarrevolucionaria o, mejor aún, por su hostilidad al protestantismo31 (De Bonald, Parisis o Du Lac). Un sesgo que persistió todavía en la década siguiente de 1850, en la que el dueño de esta biblioteca se hace con obras de Donoso Cortés, Louis Veuillot y De Maistre. Todo ello, hay que subrayarlo, en medio de fuertes contradicciones, ya que entre las numerosas obras que compró en esta década (206) observamos que adquiere una muy significativa de Émile Littré, Conservation, révolution et positivisme (1852), de enorme influencia entre los republicanos franceses de la segunda mitad del siglo xix32, u otras del frenólogo Georges Combe, acusado de ateísmo, o del geólogo Robert Chambers. Probablemente fue en este decenio también cuando empezó a hacerse con obras de autores krausistas como Ahrens, Tiberghien o el propio Krause —en traducción de Sanz del Río—, que marcan, a nuestro juicio, la dirección principal, aunque no la única, hacia la que se orientaron sus lecturas para solucionar su crisis religiosa, y que fue muy útil, asimismo, para imprimirle un sesgo específico a sus explicaciones en su cátedra, tal y como nos es dado apreciar por los primeros tomos del Compendio de historia general.

Al propio tiempo, Castro mostró una afición creciente por la filosofía de la historia, una materia a la que sin duda estaba bien predispuesto por el providencialismo cristiano y por autores como Bossuet, pero que con seguridad se vio reforzada por el peso de esta rama de la filosofía en el krausismo33. Por esa razón consideramos como bastante plausible el que, en virtud de sus obligaciones docentes como catedrático de historia general de la Universidad de Madrid, comenzara a hacerse con un buen elenco de obras de esta materia, en varios casos anteriores a esta década, pero que resulta coherente adquiriera a partir de estos años, como las de Herder, Vico, Schlegel, Buchez o Altmeyer, a los que se sumarán otras, más cercanas a los años que estamos tratando, de Ferrari, Barchou de Penhoën, Wronski o posteriores34. Es una lástima que el manuscrito Introducción al estudio de la historia, que figura en el inventario de los bienes dejados por Castro, no se haya conservado, pues seguramente nos habría dado mucha más luz sobre su predilección por este enfoque filosófico de su disciplina.

Compró ya muchos libros de historia, seguramente en la idea de componer su Compendio de historia general, cuyo primer tomo apareció en 1863, pero sorprende lo tardío de la entrada en su biblioteca de autores fundamentales en la renovación de la historiografía durante el siglo xix, como Michelet o Guizot. Por lo que respecta a la temática religiosa, siempre en esta década de 1850, adquirió obras del catolicismo liberal (Charles de Montalembert o Albert de Broglie) y de otros autores católicos más difícilmente clasificables, como el republicano Bordas Demoulin35. Pero es interesante el que compaginara estas adquisiciones con las de autores de otras confesiones, como el protestantismo y el judaísmo, así como con el deísmo o de corrientes de pensamiento que negaban la trascendencia y repudiaban el hecho religioso, como el racionalismo. Aquí habría que situar a autores como Pressensé, Lichtemberg, Colani, Scherer, Philippson, Salvador, Larroque36 o los italianos Mamiani y Franchi. Ello parece indicar que Castro estaba empezando a seguir una orientación plural y liberal en su pensamiento que adquirirá pleno desarrollo en los años siguientes y que además experimentaba la necesidad de conocer bien el panorama religioso de su tiempo, tan variado y contradictorio, para dar con un criterio propio y autónomo en su proceso de búsqueda.

El último tramo que hemos diferenciado de cara a secuenciar la entrada de obras en esta biblioteca es el que va de 1861 hasta 1874, fecha de su muerte. En este periodo se percibe, por un lado, cómo Castro prosigue su exploración por las distintas manifestaciones o enfoques contemporáneos del hecho religioso, pero excluyendo ya la línea más ortodoxa y apegada a las directrices romanas, aunque continúa adquiriendo obras de la tendencia católica liberal, de Montalembert, del jesuita Ambroise Matignon o de Ignaz von Döllinger. Pero, en conjunto, es obvio que estaba prestando mucha más atención a lo que estaba ocurriendo en el universo protestante y, secundariamente, en el judaísmo, leyendo plausiblemente todo un conjunto de autores que se alineaban con la corriente liberal, no dogmática, de esas religiones37. Se trataría, en el caso concreto de los protestantes franceses, de los emplazados enfrente de los evangélicos del Réveil38. Dentro de este interés por el mundo protestante destaca su atracción por el norteamericano William Ellery Channing, principal representante de una confesión, el unitarismo, que sedujo particularmente a los krausistas españoles y, más en general, que fue muy bien acogida en el mundo intelectual europeo de la época39. Es plausible, además, que las obras principales de Lutero y Calvino o de antiguos protestantes españoles ingresaran por esta época en su biblioteca.

Complementariamente a esta posición abierta frente al hecho religioso hay que subrayar como otra importante dirección por la que se encaminaron sus afanes la constituida por la historia de las religiones, tan relacionada, por otra parte, con la filología comparada40. Tal orientación se advierte bien en la presencia de Renan, ya que es el sabio bretón el autor mejor representado en la biblioteca que estamos examinando con nada menos que once obras datadas entre 1858 y 1872, y, significativamente, con una de las primeras ediciones de la Vie de Jésus de 186341. Pero también cuenta con varios títulos de su maestro Eugène Burnouf, de Barthélemy Saint-­Hilaire y su polémica obra Le Boudha et sa religion42, que tanto impresionó a Castro, de Mackay y del alemán Strauss, como aportación de la escuela exegética de Tubinga, entre otros.

La ruptura cientifista que encarna muy bien Renan cabe percibirla en otras entradas de la biblioteca del sacerdote leonés. Lo más sobresaliente es, sin lugar a dudas, el hecho de que dispusiera de la primera edición en francés de la obra culminante de Charles Darwin, que se publicó en 1862 bajo el título43 De l’origine des espèces ou des lois du progrès chez les êtres organisés44. Sabemos también que tenía referencias o había leído, aunque no figura ninguna obra suya en su biblioteca, al geólogo inglés Charles Lyell, cuyos Principles of Geology fueron determinantes en la formulación de la teoría de la evolución de Darwin. Todo ello abocaba a discutir el relato bíblico y a poner en cuestión o achicar al menos el papel de Dios y de la religión en la explicación del mundo natural y en la historia de las sociedades humanas.

Un autor por el que Castro pareció sentir un gran interés, a juzgar por el número de obras que poseía, fue Proudhon. Resulta difícil explicar su presencia en una biblioteca en la que la atención a las doctrinas socialistas es muy escasa y en la que se ajustaban mejor al talante de su dueño obras de afirmación o profundización en los principios liberales, como las de Stuart Mill, Édouard Laboulaye o Paul Janet, autores que llegan a manos de Castro precisamente en esta fase final y por los que claramente se interesó. Pero lo cierto es que, a contar desde 1860, nuestro personaje se hace con ocho obras de Proudhon, siendo la primera y más importante La justice dans la révolution et dans l’Église, que ha sido considerada como el manifiesto del anticlericalismo francés y como la obra de referencia para todos los partidarios de la separación entre Iglesia y Estado bajo la Tercera República45. El que Castro la tuviera y que continuara adquiriendo libros de Proudhon seguramente es revelador de la atracción que estaba sintiendo hacia voces que ponían en cuestión radicalmente a la Iglesia y sus jerarquías, y esta atracción explicaría a su vez la presencia de otros títulos que atacaban al papado y al catolicismo procedentes de la vertiente protestante (así, la obra Poppery Unveiled, editada por la Religious Tract Society), pero también de la católica, con el folleto de Janus, esto es, Döllinger, de 1870. Y aquí entraría, en fin, una de las obras del importante afrancesado Juan Antonio Llorente, Retrato político de los papas.

Es cierto que esta presencia tan reiterada de libros de Pierre-­Joseph Proudhon puede revelar, asimismo, que Castro empezó a hacerse consciente de la nueva problemática que emergía en las sociedades contemporáneas, industrializadas o en vías de estarlo, como sería el caso de la española. En cierto modo su polémico sermón de 1861 predicado ante la reina y la corte, y conocido como el de las barricadas, apunta en esa dirección46. Pero otras obras que figuran en su biblioteca que fueron adquiridas durante esta etapa final o en la segunda mitad de la década anterior dan fe, a nuestro juicio, de la creciente atención de su dueño por las cuestiones sociales, por los problemas específicos de las clases trabajadoras, por el estado de la moral, por la beneficencia, etc. Así, las de George Combe, Compagnon, Lepelletier de la Sarthe, Christophe Moreau, Pelletan, su amiga Concepción Arenal, Segismundo Moret, etcétera.

Conclusiones

Las áreas temáticas principal o secundariamente atendidas, los autores por los que Castro pudo sentir predilección o la secuencia aproximada de las compras responden ante todo a las circunstancias personales del clérigo leonés, a sus elecciones intelectuales o religiosas en función de las distintas etapas por las que su vida discurrió y que hacen de él un personaje singular en el siglo xix español, con una biografía poco común, sobre todo si tenemos en cuenta su condición de eclesiástico en un contexto en que el margen del clero para actitudes liberales, tolerantes y rayanas en la heterodoxia religiosa se había estrechado enormemente hasta casi desaparecer47.

Sin embargo, y pese a ese componente personal, su biblioteca, tal y como se nos ha desplegado a lo largo de este artículo, nos parece enormemente sintomática no solo de la irrupción de nuevas corrientes de pensamiento y de otras sensibilidades respecto del hecho religioso, sino también de la receptividad hacia ellas que, en medios todavía muy minoritarios de carácter preferentemente académico, empezó a existir de manera clara desde el año 1850 aproximadamente. En ese sentido, la biblioteca de Fernando de Castro sí que ofrece una pauta, trasladable probablemente a otros intelectuales de la época, acerca del nuevo mapa de intereses y lecturas concomitantes que empezó a configurarse por aquellos años y que no deberíamos reducir en modo alguno al krausismo o a la corriente católico-liberal, sino que fue mucho más rico y complejo. En definitiva, si todo este bullir intelectual desemboca en una serie de propuestas, medidas legislativas y actitudes novedosas en planos diversos (el religioso, el educativo, el colonial...), el estudio de este conjunto bibliográfico creemos que permite profundizar más en lo que podríamos definir —tomando prestado el título del conocido libro de Daniel Mornet— como los orígenes intelectuales de la Revolución Gloriosa de 186848. Ese, pensamos, es su principal interés y el que justifica la atención que hemos puesto en su estudio.


* Este artículo se inscribe en el proyecto HAR2013-48000-P del Ministerio de Economía y Competitividad. Deseo agradecer la ayuda prestada y consejos recibidos de Mauricio Jalón, Carmen Massa, Bernard Vincent, María Cruz Romeo, Jesús Millán y Eduardo Anglada.

1 Un periodo en el cual las bibliotecas privadas eran conjuntos bibliográficos mucho más interesantes que las incipientes bibliotecas públicas, ya que estaban en condiciones no solo de obtener un nivel de elevada calidad literaria, sino de poder alcanzar un grado de coherencia, homogeneidad y compacidad disciplinar que resulta legítimo asignarlas el carácter de auténticos paradigmas bibliográficos. Véase Alfredo Serrai: Breve storia delle biblioteche in Italia, Milán, Edizioni Sylvestre Bonnard, 2006, p. 78. Este mismo autor reflexiona sobre la singularidad de las bibliotecas privadas y su mayor valor para la bibliografía —comparadas con las públicas— en íd.: «Le biblioteche private quale paradigma bibliográfico», en Fiammetta Sabba (ed.): Le biblioteche private come paradigma bibliografico, Roma, Bulzoni, 2008, pp. 19-45.

2 Sería el caso del estudio pionero de Daniel Mornet: «Les enseignements des bibliothèques privées 1750-1780», Revue d’Histoire littéraire de la France, 17, 3 (1910), pp. 449-496.

3 Véase Michael H. Harris y Donald G. Davis: American Library History. A Bibliography, Austin, University of Texas Press, 1978.

4 Roger Chartier: «De la historia del libro a la historia de la lectura», en Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 28.

5 Jesús Antonio Martínez Martín: Lectura y lectores en el Madrid del siglo xix, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1991. En el caso español, otra referencia de interés es Pedro Luis Moreno Martínez: Alfabetización y cultura impresa en Lorca, 1760-1860, Murcia, Universidad de Murcia, 1989. Un reciente y modélico estudio sobre una biblioteca privada de la España isabelina puede encontrarse en Raquel Sánchez García: Mediación y transferencias culturales en la España de Isabel II. Eugenio de Ochoa y las letras europeas, Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2017, pp. 86-112. Para Francia, aunque referida al siglo xviii, es imprescindible la de Michel Marion: Recherches sur les bibliothèques privées à Paris au milieu du xviiie siècle (1750-1759), París, Bibliothèque Nationale, 1978. Esta última investigación se ha apoyado nada menos que en el análisis de cerca de 4.000 inventarios post mortem. Otro importante estudio, basado en este caso sobre 3.500 inventarios, es el de Jean Quéniart: Culture et societé urbaines dans la France de l’ouest au xviiie siècle, Paris, C. Klincksiek, 1978.

6 El conocimiento de cuya individualidad, en tanto lectores, puede verse comprometido en los trabajos seriales, cuantitativos, llevados a cabo sobre bibliotecas privadas o sacrificado en aras a conseguir una reconstrucción más global. Véase Lodovica Braida: «Quelques considérations sur l’histoire de la lecture en Italie. Usages et pratiques du livre sous l’Ancien Régime», en Roger Chartier (dir.): Histoires de la lecture. Un bilan des recherches. Actes du colloque des 29 et 30 janvier 1993, París, Éditions de la Maison des Sciences de l’Homme, 1995, p. 24.

7 Los ataques a Castro del polígrafo santanderino en Marcelino Menéndez Pelayo: Historia de los heterodoxos españoles, vol. VI, Heterodoxia en el siglo xix, edición de Enrique Sánchez Reyes, Santander, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1948, pp. 395-402.

8 Un análisis crítico de lo expuesto en dichas conferencias en María Gloria Espigado Tocino: «El género sometido a consideración durante el Sexenio Democrático (1868-1874)», en María de la Concepción Marcos del Olmo y Rafael Serrano García (coords.): Mujer y política en la España contemporánea (1868-1936), Valladolid, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2012, pp. 37-62.

9 Francisco Navarro Villoslada le dedicó a Castro nada menos que doce ar­tículos publicados en El Pensamiento Español entre el 23 de enero y el 27 de marzo de 1866. En cambio, un joven Galdós, que estaba fogueándose como periodista, le consagró un elogioso artículo que puede verse en William H. Shoemaker: Los ar­tículos de Galdós en La Nación, 1865-1866, 1868: recogidos, ordenados y dados nuevamente a luz con un estudio preliminar, Madrid, Ínsula, 1972, pp. 426-428. Es posible que el escritor tuviera en su mente a Castro cuando trazó la figura del sabio sacerdote don Hilario de la Peña. Véase Benito Pérez Galdós: España trágica, en Francisco Caudet Roca (ed.): Episodios nacionales. Quinta serie. Benito Pérez Galdós, Madrid, Cátedra, 2007, pp. 747 y ss.

10 Expediente de Fernando de Castro, en Archivo General de la Administración (en adelante, AGA), Educación, C. 31/15528/24.

11 Dicho prelado parece que fue el inventor del término según El Pensamiento español. Véase Begoña Urigüen González: Orígenes y evolución de la derecha española. El neocatolicismo, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1986, p. 195. El epíteto completo debió de ser el de textos vivos del error. Véase Ramón de Ezenarro (ed.): Obras del excelentísimo e ilustrísimo señor doctor D. José Domingo Costa y Borrás, obispo que fue de Lérida y Barcelona y arzobispo de Tarragona, vol. I, Barcelona, Imprenta del heredero de D. Pablo Riera, 1865, p. 67.

12 En una posterior exposición a la soberana del prelado tarraconense de 9 de enero de 1864 se ponía el acento de manera especial en la novela de Víctor Hugo, Los Miserables, y en la obra científica de Renan, Exposición a la Reina del Obispo de Tarragona, pp. 65-66.

13 Memoria testamentaria del Señor D. Fernando de Castro, publicada por su fideicomisario y legatario Manuel Sales y Ferré, catedrático de geografía histórica de la Universidad de Sevilla, Madrid, Imprenta y Librería de E. Martínez, 1874.

14 Algunas biografías recientes son las de Ramón Chacón Godás: Don Fernando de Castro y el problema del catolicismo liberal español, Madrid, Fundación Fernando de Castro, 2006; Máximo Carracedo Sancha: Fernando de Castro, católico liberal, krausista y heterodoxo, Salamanca, Instituto Leonés de Cultura, 2003, y Rafael Serrano García: Fernando de Castro (1814-1874). Un obrero de la humanidad, Salamanca, Junta de Castilla y León, 2010.

15 Elena Aguado Cabezas: «Segundo Sierra Pambley y Fernando de Castro: dos liberales en la era isabelina», en Francisco Carantoña Álvarez y Elena Aguado Cabezas: Ideas reformistas y reformadores en la España del siglo xix. Los Sierra Pambley y su tiempo, Madrid, Biblioteca Nueva-Universidad de León-Fundación Sierra Pambley, 2008, p. 222.

16 Así, su Sermón que en la función solemne celebrada en el primer real monasterio de las Salesas de Madrid, con el plausible motivo de la definición dogmática del misterio de la Inmaculada Concepción de la Sma. Virgen María, el lunes 19 de febrero de 1855 predicó el señor D. Fernando de Castro, capellán de honor de S M. y catedrático de la facultad de filosofía de la Universidad Central, Madrid, Aguado, Impresor de Cámara de S. M., 1855.

17 Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del presbítero D. Fernando de Castro y Pajares el día 7 de enero de 1866, Madrid, Imprenta y estereotipia de Rivadeneyra, 1866.

18 El enfoque de Castro como católico liberal ha sido obra, principalmente, de José Luis Abellán y de Ramón Chacón. Véanse Fernando de Castro: Memoria testamentaria. El problema del catolicismo liberal, edición y estudio preliminar de José Luis Abellán, Madrid, Castalia, 1975, y Ramón Chacón Godás: Don Fernando de Castro y el problema del catolicismo...

19 Fernando de Castro: Compendio razonado de historia general. Edad antigua, vol. I, Madrid, Establecimiento tipográfico de Gregorio Estrada, 1863, e íd.: Compendio razonado de historia general. Edad Media, 1.º periodo, vol. II, Madrid, Imprenta de F. Martínez García, 1866.

20 La carta se la escribió el 3 de noviembre de 1871, tras conocer el discurso que el filósofo almeriense había pronunciado en la Cortes en el debate sobre la posible ilegalización de la Internacional. En ella le aseguraba que había perdido la «virginidad de la fe» para ganar la «maternidad de la razón y una nueva creencia en Dios». El texto puede hallarse en la edición de Abellán de Fernando de Castro: Memoria testamentaria...

21 Para Pardo Bazán, los años que van de 1860 a 1880 en España constituyeron una etapa en la que tuvo lugar «el crujido de la tradición nacional de pensamiento, al chocar con ella ideas acarreadas de fuera con retraso, algo de filosofía alemana, otro poco de positivismo y de eclecticismo francés». Véase Emilia Pardo Bazán: Retratos y apuntes literarios, Madrid, Imprenta de R. Velasco, s. d. [1908], pp. 75-76.

22 Acta de protocolización del inventario de los bienes dejados por muerte de don Fernando de Castro, en Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, leg. 31015 (protocolo de Román Gil y Masegosa).

23 Hubo, obviamente, bibliotecas más ricas en la España del siglo xix. Así, las de los políticos (y académicos) Antonio María Fabié y Alejandro Llorente que, según los catálogos impresos que se hicieron de las mismas, contabilizaron 2.828 y 1.341 títulos, respectivamente. Véase Benoît Pellistrandi: Un discours national? La Real Academia de la Historia entre science et politique (1847-1897), Madrid, Casa de Velázquez, 2004, p. 89. Unos números no comparables, no obstante, a los de las bibliotecas de estudiosos y eruditos neoyorquinos (algunos de ellos clérigos) de mediados del siglo xix y que se situaban en el rango de los 4.000 a los 16.000 volúmenes. Véase James Wynne: Private Librairies of New York, New York, E. French, 1860.

24 Jesús Antonio Martínez Martín: Lectura y lectores en el Madrid..., p. 70.

25 «Catálogo de las obras legadas a la Biblioteca de la Facultad de Derecho por el Excmo. Sr. D. Fernando de Castro, formado por el jefe local de la misma, Dr. D. Joaquín de Malo y Calvo», en Memoria de la Biblioteca de la Universidad Central correspondiente a 1878, Madrid, Imprenta y fundición de M. Tello, 1879, pp. 71-95. Agradecemos a Marta Torres Sandomingo el habernos facilitado una copia. Por su parte, el director de la biblioteca pública de León, Alfredo Díez Escobar, nos proporcionó una lista de los títulos donados por Castro.

26 Para una comparación véase Jesús Antonio Martínez Martín: «Clero y lectura. Las bibliotecas de los presbíteros madrileños del siglo xix», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 35 (1995), pp. 503-520.

27 Michel Despland: L’émergence des sciences de la religion, París, L’Har­mattan, 1999.

28 Véase Jacqueline Lalouette: La libre pensée en France, 1849-1940, prólogo de Maurice Agulhon, París, Albin Michel, 2001. Por lo que respecta al ultramontanismo véase Philippe Boutry: «Le mouvement vers Rome et le renouveau missionnaire», en Jacques le Goff y René Rémond (eds.): Histoire de la France religieuse, vol. III, París, Seuil, 1991, pp. 423-452.

29 Fernando de Castro: Oración inaugural que en la apertura de los estudios del Seminario conciliar de San Froilán pronunció el presbítero, vice-rector y catedrático D Fernando de Castro el día 21 de octubre de 1840, León, Imprenta de Pedro Miñón, 1840.

30 Leandro Higueruela del Pino: «El catolicismo liberal durante el trienio constitucional», en Estudios históricos. Homenaje a los profesores José María Jover Zamora y Vicente Palacio Atard, vol. II, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense, 1990, pp. 403-422. Véase también Luis Barbastro Gil: «El catolicismo liberal de Villanueva, Bernabeu y Cortés. Una contribución decisiva al primer liberalismo (1808-1823)», Spagna Contemporánea, 26 (2004), pp. 1-24. Una panorámica más general de las opciones defendidas la encontramos en Emilio La Parra López: «La Iglesia imaginada por los primeros liberales», en José Miguel Delgado Idarreta y José Luis Ollero Vallés (eds.): El liberalismo europeo en la época de Sagasta, Madrid, Biblioteca Nueva-Fundación Práxedes Mateo Sagasta, 2009, pp. 76-86.

31 Balmes, no obstante, no sería un pensador neocatólico, pues mostró una actitud hasta cierto punto comprensiva respecto de la sociedad liberal. La complejidad de su pensamiento está muy bien abordada en Josep María Fradera Barceló: Jaume Balmes. Els fonaments racionals d’una política católica, Vic, Eumo, 1996. Otros estudiosos lo tienen como uno de los precursores del nacionalcatolicismo como Manuel Suárez Cortina: Entre cirios y garrotes. Política y religión en la España contemporánea, 1808-1936, Santander, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cantabria-Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2014, pp. 90-92.

32 Obra conocida como el Livre vert. Este dato y una información sobre el significado de Littré podemos verlo en Jean-François Mattei (coord.): Encyclopédie philosophique universelle, vol. III, Les oeuvres philosophiques: 1. Philosophie occidentale: IIIe millénaire avant J.-C.-1889, París, Presses Universitaires de France, 1992, pp. 1931-1933.

33 En Francia, sin embargo, se ha podido hablar, para la etapa en que aproximadamente Castro pudo interesarse por esta disciplina, de «Misère de la philosophie de l’histoire», dada la mediocridad de las obras aparecidas, exceptuando las de Edgar Quinet. Véase Charles-Olivier Carbonell: Histoire et historiens. Une mutation idéologique des historiens français, 1865-1885, Toulouse, Privat, 1976, pp. 150-158.

34 De esta última remesa el más interesante y estudiado es seguramente el italiano Giuseppe Ferrari. Tomamos la información sobre él de Giuseppe Ferrari: Les philosophes salariés suivi de Idées sur la politique de Platon et d’Aristote et autres textes, prólogo y edición de Stéphane Douailler y Patrice Vermeren, París, Payot, 1983.

35 Con mucha influencia sobre el pensador y político español Nicomedes Martín Mateos. Véase María Cruz Romeo Mateo: «Progreso y religión: Nicomedes Martín Mateos», en Rafael Serrano García, Ángel de Prado Moura y Elisabel Larriba (coords.): Discursos y devociones religiosas en la Península Ibérica, 1780-1860. De la crisis del Antiguo Régimen a la consolidación del liberalismo, Valladolid, Universidad de Valladolid-Aix-Marseille Université, 2014, pp. 218-245.

36 Nos han sido de gran utilidad las obras de Jean-Marie Mayeur e Yves-­Marie Hilaire: Dictionnaire du monde religieux dans la France contemporaine, vol. 5, Les protestants, dirección de André Encrevé, París, Beauchesne, 1993, e íd.: Dictionnaire du monde religieux dans la France contemporaine, vol. 9, Les sciences religieuses. Le xixe siècle, 1800-1914, dirección de François Laplanche, París, Beauchesne, 1996.

37 Una obra particularmente útil para seguir la evolución del judaísmo y del protestantismo en Francia durante la década de 1860 y su relación con el crecimiento del republicanismo es la de Philippe Nord: The Republican Moment. Struggles for Democracy in Nineteenth-Century France, Londres, Harvard University Press, 1998.

38 André Encrevé: Protestants français au milieu du xixe siècle. Les reformés de 1848 à 1870, prólogo de Jean-Marie Mayeur, Ginebra, Labor et Fides, 1986.

39 Acerca del surgimiento en Norteamérica de esta confesión religiosa puede consultarse Amanda Portefield y John Corrigan (eds.): Religion in American History, Oxford, Wiley-Blackwell, 2010, pp. 122-123. Se puede encontrar una amplia información sobre el personaje y su influencia sobre el krausismo español en Gonzalo Capellán de Miguel: Gumersindo de Azcárate. Biografía intelectual, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2005, pp. 155-197.

40 Véase la obra ya mencionada de Michel Despland: L’émergence des ­sciences...

41 No podemos precisar si la que poseía Castro fue la primera de entre las varias ediciones que, debido a su éxito, la casa editorial hizo en 1863. Sobre estas cuestiones véase Jean-Yves Mollier: Michel et Calmann Lévy ou la naissance de l’édition moderne, 1836-1891, París, Calmann-Lévy, 1984. En torno a la repercusión de la obra de Renan y su probable influencia sobre Castro véase Francisco Pérez Gutiérrez: Renan en España, religión, ética y política, Madrid, Taurus, 1988, pp. 73-77.

42 Una obra sobre la que se discurre ampliamente en Roger-Pol Droit: Le culte du néant. Les philosophes et le Boudha, 2.ª ed., París, Seuil, 2004.

43 Que no fue del agrado del biólogo británico.

44 La traducción al francés había sido hecha por la científica y feminista Clémence Royer, pero a Darwin no le satisfizo por incluir en el título una referencia al concepto de leyes de progreso. De hecho, buscó un nuevo traductor para la siguiente edición. Todo ello se aborda en Mercedes Gómez-García Plata: «La transmission des théories de Darwin en Espagne: débat scientifique et enjeux idéologiques (1868-1874)», en La transmission culturelle à l’oeuvre: les multiples avatars de l’évolutionnisme en Espagne (1868-1931), vol. I, París, Centre de Recherche sur l’Espagne Contemporaine, Université de la Sorbonne Nouvelle (París III), 2011, p. 17 y ss.

45 Georges Gurvitch: Proudhon. Sa vie, son oeuvre, avec un exposé de sa philosophie, París, Presses Universitaires de France, 1965, p. 10.

46 Este sermón se publicó póstumamente junto con otro de naturaleza muy distinta que pronunció en Bilbao: Sermón predicado ante la Corte en la fiesta del Terremoto el 1º de noviembre del año 1861, y Oración fúnebre pronunciada en la invicta Bilbao al inaugurar el monumento fúnebre de Mallona, el 24 de mayo de 1870, por D. Fernando de Castro, publicado en cumplimiento de su voluntad por los fideicomisarios, Madrid, Imprenta de J. M. Pérez, 1874.

47 De hecho, ya desde las décadas de 1830-1840 la audiencia para clérigos liberales, como, por ejemplo, Torres Amat, se había vuelto insignificante. Véase Josep María Fradera Barceló: Jaume Balmes. Els fonaments racionals d’una..., p. 303. Pocos sacerdotes de esa orientación ideológica cabe discriminar para las décadas de 1860-1870. Se ha señalado, entre otros, a Antonio Aguayo por su Carta a los presbíteros españoles. Véase Gregorio Alonso: La nación en capilla. Ciudadanía católica y cuestión religiosa en España, 1793-1874, Granada, Comares, 2014.

48 Daniel Mornet: Les origines intellectuels de la Révolution française, 1715-1787, París, Armand Colin, 1967.