Ayer 109/2018 (1): 33-58
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/109-2018-02
© Gonzalo Álvarez-Chillida
© Gustau Nerín
Recibido: 09-06-2016 | Aceptado: 05-05-2017
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
La formación de elites guineo-ecuatorianas durante el régimen colonial*
Gonzalo Álvarez-Chillida
Universidad Complutense de Madrid
gachillida@cps.ucm.es
Gustau Nerín
Centro de Estudios Afro-Hispánicos
gustaubata@hotmail.com
Resumen: El artículo aborda el proceso de formación de las elites africanas en la sociedad colonial de la antigua Guinea Española: la minoría criolla llegada con los británicos a partir de 1827; los jefes «tradicionales», subordinados al poder colonial y esenciales para el control de la sociedad colonizada; y la emergente clase de funcionarios, maestros, empleados, catequistas y suboficiales de la Guardia Colonial, todos ellos auxiliares de la Administración, las empresas europeas o las misiones, formados en la escuela colonial. La evolución del proceso se divide cronológicamente en el periodo anterior a la Guerra Civil, el franquismo colonial y el periodo descolonizador iniciado con la provincialización de 1959, cuando se aceleró la formación superior de profesionales.
Palabras clave: Guinea Ecuatorial, sociedad colonial, elites africanas, descolonización.
Abstract: This article focuses on the process of African elite formation in the colonial society of the former Spanish Guinea. In particular, it focuses on: the Creole minority of African colonists who arrived with the British after 1827; the «traditional» chiefs, subordinated to the colonial Government and key to keeping colonized society under control; and the emergent class of civil servants, teachers, clerks, catechists and sergeants of the Colonial Guard. Trained within the colonial school system, this latter group served as assistants and advisors to the colonial administration, the European business community and the missions. The process can be divided into three distinct periods: pre-Spanish Civil War; the Francoist colonial regime; and decolonisation. This latter period began in 1959 with the institution of higher education for professionals, a process known as provincialización.
Keywords: Equatorial Guinea, colonial society, African elites, decolonisation.
Cuando en 1858 llegó el primer gobernador español a Fernando Poo para poner en marcha la Administración colonial española, acompañado de los primeros misioneros jesuitas, la ciudad de Santa Isabel contaba ya con un importante número de habitantes de familias africanas acomodadas, que los españoles llamaron fernandinos. Se trataba de criollos (creoles) llegados con los ingleses en 1827, cuando estos fundaron la ciudad de Clarence, antiguo nombre de la capital de la colonia española. Los primeros criollos se establecieron en Freetown, origen de la posterior colonia de Sierra Leona, a partir de 1787, de la mano de los británicos, siendo en su mayoría libertos norteamericanos y cimarrones jamaicanos. Desde allí se extendieron por toda la costa del golfo de Guinea, se les fueron sumando nuevos libertos procedentes de la persecución británica de la trata ilegal de esclavos, y muchos prosperaron como comerciantes. Así es como llegaron a Fernando Poo, donde se dedicaron a intermediar en el comercio con los nativos isleños, los llamados bubis, productores, sobre todo, de aceite de palma 1. Los fernandinos, como los demás criollos, estaban profundamente asimilados a la cultura británica, eran anglófonos (hablantes de una variedad criolla, el pidgin English) y protestantes y tenían nombres y apellidos ingleses. La misión baptista británica que se estableció en Clarence en 1841 reforzó su cohesión como grupo. Expulsada al llegar los españoles, durante el Sexenio Revolucionario se estableció una nueva misión metodista, también británica. Posteriormente bastantes de ellos se casarían con mujeres bubis, y en el grupo se integraron algunos individuos de otras procedencias, como las vecinas islas portuguesas de Santo Tomé y Príncipe o algunos deportados de Cuba. Fueron estos fernandinos acomodados quienes impulsaron el cultivo del cacao en la isla a partir de 1880.
Con el cambio de siglo, sin embargo, el cacao y el comercio fueron quedando cada vez más en manos de grandes plantadores y empresas españolas, aunque también las había de otros países europeos, con lo que los criollos fueron perdiendo peso económico. Algunas familias mantuvieron una riqueza importante, especialmente la del legendario Maximiliano Jones, pero la mayoría quedó en un estatus social de clase media, debido también a las divisiones de los patrimonios familiares entre los hijos herederos. Si la elite española tenía su centro social en el Casino de Santa Isabel, los criollos se reunían en la época franquista en el Club Fernandino, pero los más ricos se sentaban desde principios del siglo xx en la Cámara Agrícola con los grandes «finqueros» y comerciantes europeos.
En el siglo xix era frecuente que los criollos enviaran a sus hijos a estudiar a las colonias británicas o a la propia Inglaterra. Con el cambio de centuria y el asentamiento del dominio español en la colonia, algunos comenzaron a enviarlos a España, singularmente a Barcelona, que era el puerto al que arribaba la mayor parte del cacao 2. Era obvio que intentaban integrarse en el orden colonial español, procurando mantener las mejores relaciones posibles con las autoridades, e incluso con los misioneros claretianos, pese a ser casi todos protestantes (muchos aportaron importantes donativos para la construcción de la catedral de Santa Isabel). Entre los fernandinos de clase media era frecuente sumar a las rentas de sus propiedades inmobiliarias los ingresos de su trabajo en la Administración, bien como empleados o, quienes tenían el nivel de estudios requerido, como técnicos. Alfredo Jones, uno de los dos hijos mayores de Maximiliano, por ejemplo, era perito agrícola de carrera en el Servicio Agrónomo de la capital colonial. En plena Guerra Civil, él y su hermano Wilwardo, junto con otros criollos, se destacaron en el apoyo a la sublevación militar del 19 de septiembre de 1936 que derribó el régimen republicano en la isla 3.
Al llegar los españoles en 1858 y, sobre todo, al extender su dominio efectivo por la isla de Fernando Poo a finales del siglo xix, coincidiendo con la expansión del cacao, se encontraron con que los nativos bubis vivían en pequeñas rancherías, ampliamente autónomas pero más o menos vinculadas comarcalmente, en sociedades con cierta estratificación jerárquica, presididas por notables destacados (los botukus o mochukus) que los españoles llamaron jefes e incluso reyes. Lo que no cabe duda es que las autoridades coloniales se apresuraron a reforzar su autoridad, eso sí, subordinada a la del Gobierno General y sus delegados. En este contexto se desarrolló la «leyenda del rey Moka», pretendido monarca de todos los bubis, que estudia Juan Aranzadi en sus artículos del dosier.
No ocurría lo mismo en la zona continental que España adquirió definitivamente tras el tratado de París de 1900. Entre los pueblos «playeros» de la costa (los bisiós y los del grupo ndowé fundamentalmente), la trata de esclavos y luego el comercio «legal» favorecieron la aparición de «grandes hombres», que los españoles llamaron de nuevo jefes o reyes, aunque sus sociedades no estaban tan jerarquizadas como la bubi y conservaban en buena medida su carácter acéfalo, igualitario y segmentario. Este era mucho más claro entre los fang que habitaban todo el interior, desplazándose hacia la costa en busca del contacto comercial directo con los europeos. Este comercio favoreció en sus poblados la aparición de individuos polígamos enriquecidos (los nkukuma), convertidos en «cabecillas». Cuando los españoles contactaron con estos poblados a ellos les denominaron también jefes. Pero estos cabecillas o grandes hombres, destacados por sus capacidades personales para la guerra, la caza, la oratoria y la composición de desavenencias mediante la persuasión, carecían de todo poder coactivo (a diferencia de los «jefes» en otro tipo de sociedades). Entre los fang, el poder decisorio en cada aldea, completamente independiente, seguía residiendo, en última instancia, en la asamblea de varones adultos (la «casa de la palabra» o abba). Tampoco tenían capacidad de imponer a los demás la entrega de trabajos o productos; al contrario, eran ellos los que debían mostrase generosos con todos para mantener su prestigio 4. Lo que no impide que algunos de estos jefes tuvieran capacidad de influir en otros poblados vinculados por razones de linaje, que fueron aquellos que los españoles procuraron atraer a la hora de establecer sus puestos de la Guardia Colonial.
Aunque los jefes llamados «tradicionales» no fueron los grandes protagonistas del proceso descolonizador de los años sesenta del siglo xx, sí que podemos considerar las jefaturas, en muy buena medida, como un primer producto de la política española de formación de elites nativas. Así pensaba en 1943 el capitán de la Guardia Colonial Francisco Rancaño, cuando escribía en un informe: «Los fang carecían de jefes» antes de la colonización. Los ricos nkukumas gozaban de «relativo prestigio», pero solo tenían una autoridad temporal, normalmente en tiempo de guerra. «Autoridades permanentes no han existido hasta que fueron creadas por nosotros» 5.
Los españoles (como los otros colonizadores en las zonas de sociedades nativas acéfalas) inventaron o potenciaron las jefaturas para asentar sobre ellas el dominio colonial. Inicialmente sirvió para justificarlo: cuando llegaban a un poblado buscaban a un «jefe» o «rey» al que le hacían «firmar» un «tratado» de adhesión a la soberanía española, a cambio de regalos y una bandera nacional que debía izar en un mástil colocado al efecto. En la zona del estuario del Muni, los españoles, cuando llegaron a mediados del siglo xix, reforzaron (e incluso instauraron) el poder sobre los poblados vecinos de los jefes o «reyes» bengas que se mostraron sumisos. Y hacia 1911 el subgobernador de Elobey nombró a Santiago Uganda jefe de todos los bengas, cuando solo lo era de algunos poblados de la isla de Corisco 6.
Conforme se iba consolidando el control efectivo del territorio, las autoridades coloniales acentuaron la subordinación de los jefes «tradicionales» que estaban contribuyendo a crear. Así, en el nombramiento el 29 de julio de 1906 del «Botuko Malabbo», hijo del mítico «rey» Moka, como «jefe de los poblados bubis de toda la isla de Fernando Poo» en atención a «la lealtad que demuestra», se subrayaba su subordinación al Gobierno colonial, con obligación de dar cumplimiento a sus órdenes y de informarle «de todo suceso grave ocurrido» 7. En 1907 el gobernador Ramos Izquierdo reguló las responsabilidades de los jefes: la resolución de los conflictos («palabras») dentro de las instrucciones del Gobierno, el mantenimiento de los poblados, la acogida de los europeos en tránsito, la persecución de las fugas y la difusión del amor a España. El decreto creaba la nueva figura de jefe de tribu (normalmente el clan de un grupo étnico). Aunque se establecía que los jefes debían ser designados «por acuerdo unánime y elección de los notables de la tribu», teniendo el gobernador la última decisión, desde muy pronto se nombraba a los más afines al poder colonial, e incluso se destituía a algunos díscolos 8. Los jefes contribuían a la sumisión de sus poblados, lo que incluía la aportación de trabajadores para la prestación personal (trabajos de obras públicas) e incluso de braceros para las plantaciones de cacao de Fernando Poo, y posteriormente, para las compañías forestales del continente.
Cuando en 1926, tras la pacificación de Marruecos, se terminó de ocupar efectivamente todo el interior de la zona continental, se reforzó más si cabe el control sobre los jefes. Urgía, además, multiplicar la prestación personal para la construcción de una red de pistas por el continente, y obtener a la fuerza braceros para las plantaciones de Fernando Poo, al disminuir drásticamente la llegada de trabajadores liberianos. Ese año una disposición del gobernador primorriverista Núñez de Prado estableció que el nombramiento de jefes fuera una potestad exclusiva de los gobernadores en propiedad, atendiendo a sus méritos y cualidades. Núñez de Prado no dudó en destituir y condenar a trabajos forzados a los jefes renuentes a colaborar 9.
Pese a todo, los jefes nunca fueron meros títeres del poder colonial. Se erigieron en cierta medida en intermediarios entre colonizados y colonizadores, e intentaron beneficiar, en la medida posible, los intereses de sus subordinados. Esto explica que, cuando consideraron que la ocasión era más o menos propicia, grupos de jefes elevaran protestas a la autoridad colonial, denunciando las injustas condiciones que sufrían las poblaciones nativas. Así ocurrió en 1931, con el advenimiento de la república, en 1936 y 1942, con la llegada de los gobernadores Sánchez Guerra y Mariano Alonso, y con la visita de tres ministros del Gobierno de Franco en enero de 1948 10.
La Administración colonial y los negocios europeos precisaban de auxiliares administrativos. Cuando la enseñanza se fue extendiendo a las zonas rurales, desde la segunda década del siglo xx, precisó también de maestros «auxiliares indígenas». Haber traído todo este personal desde Europa hubiese sido carísimo. El sistema educativo colonial se encargaría de formar a estas «elites» nativas. Estos primeros auxiliares fueron escogidos entre los alumnos más aventajados de las escuelas. Inicialmente de las misionales de los jesuitas y los metodistas. Tras la salida de los primeros, después de la Revolución Gloriosa de 1868, hubo también una escuela pública en Santa Isabel. Los claretianos asumieron la educación oficial de la colonia al llegar en 1883, pero a inicios del siglo xx volvió a reabrirse la escuela pública de la capital y algo más tarde otra similar en Bata. En esta ciudad, los misioneros espiritanos franceses permanecieron hasta 1919, año en que fueron sustituidos por los claretianos españoles, aunque su enseñanza era en castellano. A partir de la década de los diez comenzó a extenderse la escuela rural, a cargo primero de catequistas nativos de la misión católica y de intérpretes de la Guardia Colonial. El nivel de enseñanza que se impartía en la colonia era el de primaria. En su nivel más elemental para todos los escolarizados y en otro algo más elevado para los más aventajados 11. Entre estos se reclutaron los mecanógrafos y auxiliares que precisaban tanto la Administración como los negocios privados, incluyendo los empleados de los comercios, llamados factorías. Este grupo era el más aculturado de entre los nativos, pues alcanzaba un grado suficiente de dominio del castellano, en el que se impartía toda la enseñanza, y casi todos estaban cristianizados.
La enseñanza colonial no se limitaba a españolizar a los nativos mediante la imposición del castellano. Desde el principio se intentaba inculcar un patriotismo español que incluía, de manera oficial desde comienzos del siglo xx, el culto a la bandera, pero también a otros símbolos nacionales como el himno y la figura del rey. Y no solo en las escuelas: hasta el final de la colonización, cuando en la Plaza de España de Santa Isabel se izaba y arriaba diariamente la bandera ante el palacio del Gobierno General (y la catedral), todo el que pasara por los alrededores tenía la obligación de pararse en silencio y descubrirse. Los colegios claretianos y los de las monjas concepcionistas se sumaron a esta educación patriótica, no solo por imperativo legal, sino por un muy sincero nacionalismo español 12.
Por presión de Propaganda Fide, la congregación vaticana directora de las misiones católicas, los claretianos abrieron en 1912 un seminario menor con once alumnos aventajados de sus escuelas. De ellos, solo uno, el bubi Joaquín María Sialo, se ordenaría sacerdote en 1929. Pero varios de los otros terminarían como catequistas. Durante la República el seminario reanudó su actividad y en 1940 se ordenaron tres nuevos sacerdotes nativos. Dieciocho más hasta 1966 13.
En 1909 el vicario Armengol Coll fundó una Asociación de Religiosas Indígenas, en la que ingresaron cinco muchachas nativas, que en 1923 se transformó en Pía Unión de la Oblatas Indígenas de María Inmaculada. En 1936 se abrió un noviciado para formar a nuevas oblatas, a muchas también como maestras. En los años sesenta bastantes de ellas fueron a realizar sus estudios secundarios a Santa Isabel y Bata, donde la institución abrió sendas residencias para su alojamiento en vida comunitaria, y algunas más fueron a hacer estudios superiores a la metrópoli, alojándose en conventos de las monjas concepcionistas, la orden misionera de la colonia 14.
Hasta 1910 el modelo de misión de los claretianos había sido el de los internados de niños y de niñas (estos a cargo de las monjas concepcionistas), a fin de concertar matrimonios entre exalumnos de ambos con los que formar poblados cristianos a la vera de las misiones y bajo su estricto control. Las familias católicas vivían de cultivar pequeñas fincas de cacao. Cuando se fueron extendiendo las fincas de los europeos y los puestos de la Guardia Colonial, el aislamiento de los poblados cristianos disminuyó, y con ello el control de los misioneros y la disciplina que imponían a sus habitantes. Algunos de los poblados casi desaparecieron. Los claretianos apostaron entonces por el modelo de las «reducciones»: la concentración de las pequeñas rancherías dispersas bubis en poblados de mayor tamaño a los que se dotaba de capilla y escuela, atendidas por un catequista nativo, y por un misionero que las visitaba cada cierto tiempo. Es así como se fue formando un grupo creciente de catequistas, seleccionados por los misioneros de entre los más aventajados, españolizados y piadosos de sus colegios, de moral privada intachable y ajustada al matrimonio católico (indisoluble y monógamo). Si en 1911 había solo 9 catequistas, en 1925 eran ya 50 hombres y 10 mujeres, y en 1935 ascendían a 190 y 4, respectivamente 15.
Los catequistas no solo vivían de un pequeño salario que les aportaba la misión, sino también del cultivo de pequeñas plantaciones de cacao o café que les proporcionaban los misioneros. Alguno de ellos terminó adquiriendo un importante nivel de riqueza, como Acacio Mañé, el primer gran impulsor del movimiento nacionalista guineoecuatoriano a finales de la década de 1950, junto con Enrique Nvo Okenve, también antiguo catequista. En otoño de 1959, Mañé fue detenido por la policía en Bata sin que se supiera más de él, y Nvo desapareció en circunstancias aún no aclaradas en el sur de Camerún, cerca de la frontera de la colonia española a la que se dirigía 16. Ambos son considerados «mártires» nacionales 17.
Otra vía de ascenso social para los nativos fue la misma Guardia Colonial, institucionalizada en 1908 para sustituir a las anteriores tropas de Infantería de Marina. Sus mandos eran inicialmente guardias civiles españoles y la tropa nativos africanos, muchos de ellos de origen foráneo, sobre todo en los primeros tiempos del cuerpo. Fuertemente disciplinados por sus mandos, a veces con duros castigos, solían mantener malas relaciones con los nativos de la colonia por los variados abusos y exacciones que ejercían con ellos. Algunos guardias alcanzaban los grados de cabos y sargentos. Aunque estos últimos siempre quedaban subordinados incluso a los cabos españoles, que recibían el nombre de instructores 18. Algunos suboficiales, ya en la época franquista, recibieron facilidades para que sus hijos pudieran realizar estudios medios e incluso superiores 19.
Con la ocupación efectiva del interior continental, en tiempos de Primo de Rivera, la colonización del país recibió un fuerte impulso. Esto se reflejó, por ejemplo, en la reforma del Patronato de Indígenas en 1928. La institución, creada a comienzos de siglo para proteger sobre todo a los braceros de las fincas, expandió notablemente su labor de tutela sobre el conjunto de la población nativa, que quedó reducida jurídicamente al estatus de la minoría de edad. Sin el consentimiento del Patronato no eran válidos los contratos y actos jurídicos de los colonizados, que seguían rigiéndose entre ellos por su propio derecho consuetudinario. La excepción la constituían quienes obtenían la carta de emancipación, atendiendo a su grado de aculturación y a su nivel económico. Los emancipados fueron inicialmente un puñado de docenas de fernandinos, que quedaban sujetos al Código Civil y al resto de la legislación española, siendo teóricamente iguales en derechos a los europeos (aunque se mantenía una importante segregación en la práctica) 20.
Otra de las reformas fue la de la educación colonial, de 26 de julio de 1928, que intentó institucionalizar la expansión de las escuelas públicas rurales, a cargo de maestros auxiliares. Para su correcta formación, así como la de los auxiliares administrativos, sanitarios, de correos y empleados de las empresas privadas, el nuevo reglamento de enseñanza preveía la fundación de una escuela superior primaria masculina. Esta terminó fundándose durante la República con el nombre de Instituto Colonial Indígena. Mientras se puso en marcha, se establecieron cursillos de formación intensivos y obligatorios para los maestros auxiliares, los nuevos y los ya existentes 21.
Por otra parte, en los años de la Primera Guerra Mundial, el gobernador Barrera envió pensionados a la península a un chico y una chica bubis, Apolonio Eria y Pilar Momo Bososo, para estudiar Magisterio. Apolonio procedía del internado claretiano de Santa Isabel y estudió con los escolapios de Madrid Bachillerato, Magisterio y estudios mercantiles. Pilar había asistido a la escuela oficial de la capital colonial con la maestra Mercedes García Lizaso, y el mismo Barrera la había enviado a estudiar a la Escuela Normal de Barcelona, residiendo en el internado de las religiosas de la Sagrada Familia. En 1926 ambos obtenían plaza de maestros nacionales en las escuelas oficiales masculina y femenina de Santa Isabel, y allí permanecieron hasta el periodo franquista 22. Durante la República, las misiones protestantes enviaron a cinco jóvenes, incluyendo a dos muchachas, a estudiar a la península, mientras que las autoridades coloniales enviaron becados a otros ocho, incluyendo una chica, todos para realizar estudios de nivel medio o profesional 23. Era el precedente de una política de becar a nativos para estudios medios o superiores en la península que se reiniciaría a finales de la década de 1940, y se aceleraría en el último decenio de la presencia española en el país.
El 19 de septiembre de 1936, en plena Guerra Civil, el coronel Serrano, jefe de la Guardia Colonial, se sublevó contra la República y la isla de Fernando Poo se pasó al bando de los militares sublevados. El 14 de octubre, un buque artillado procedente de Canarias, cargado de soldados y voluntarios armados, ocupó la zona continental. El franquismo se implantaba en el régimen colonial guineano. A partir de ese momento, la política de españolización de los nativos lo fue también de formación en los principios del Movimiento Nacional. Al igual que en la metrópoli, las camisas azules y los brazos en alto inundaron la vida de colonizadores y colonizados, como también la omnipresencia del catolicismo, sus ritos y sus símbolos 24.
Aunque el régimen colonial no sufrió alteraciones radicales, como tampoco las había experimentado con el advenimiento de la República, sí que hubo algunos cambios significativos. Uno de ellos, una mucho más decidida intervención de las autoridades a favor de la política misionera de cristianizar (en católico) a los nativos, combatiendo con mayor energía el paganismo, el protestantismo y, muy especialmente, las costumbres «salvajes», como la poligamia, el concubinato y la promiscuidad (aunque las extendidas relaciones sexuales de los blancos con las africanas fueron toleradas de facto). El régimen colonial se esforzó, en este sentido, en incluir en la intensificada política de españolización franquista la piedad y la moral católicas. Y para ello intensificó también la formación de elites nativas, subordinadas a los colonizadores, que sirvieran de modelo de ascenso social (limitado) para el conjunto de la población colonizada. Unas elites que habrían de integrar perfectos españoles franquistas, católicos y monógamos, con el modelo de familia nuclear de la España de la época. Fue en estos años cuando bastantes fernandinos abandonaron la Iglesia metodista para hacerse católicos.
Esta política afectó, por ejemplo, a los jefes de poblado y «tribu», cuyo control por los administradores territoriales (los jefes de la Guardia Colonial) se reforzó más si cabe. Este se aplicó con decisión para combatir la extendida poligamia entre los jefes, que hemos visto que era la forma tradicional de manifestar su poder y estatus social. Un documento de 30 de agosto de 1943 incluía una lista de 117 jefes del distrito de Bata, con un breve informe de cada uno, incluyendo su conducta y cualidades, otra de 94 jefes dados de baja, por fallecimiento, «no tener nombramiento» y alguno por haber sido destituido anteriormente, y una última de 10 a destituir, cinco de ellos por «mala conducta» o desobediencia. Aunque en algunos casos se decía que los jefes habían sido o debían ser elegidos en sus poblados, su subordinación al poder colonial era evidente. Un año después, el gobernador Juan Bonelli ordenaba que, para asegurar la evolución de la costumbre indígena hacia «la civilización cristiana», en adelante todos los nuevos jefes debían ser «de los indígenas de moral más firme», es decir, monógamos de hecho, y si dejaban de serlo serían destituidos (art. 1). A cambio se les concedía el usufructo de una parcela de seis o cuatro hectáreas, según el rango, adscrita a la jefatura, no al jefe, que sería explotada mediante prestación personal gratuita de los vecinos (arts. 2 a 4) 25. Pronto la práctica totalidad de los jefes era bautizada católica y se vigilaba la moralidad de su vida familiar.
En 1943 se aprobó un nuevo Estatuto de Enseñanza, elaborado por el maestro Heriberto Ramón Alvarez. En él se intentaba expandir la escolarización elemental a todos los niños y niñas, algo que se logró en buena medida en los lustros siguientes a partir de la expansión de la escuela pública. Aunque una escuela pública completamente católica, en la línea del régimen. Quizás el elemento principal de la reforma era la conversión del Instituto Colonial Indígena de la capital en una Escuela Superior Indígena (ESI), que era una especie de enseñanza profesional media para nativos y no un último nivel de la enseñanza primaria, como en el Estatuto de 1928. Allí se formaban maestros auxiliares, taquimecanógrafos, auxiliares administrativos, sanitarios, radiotelegrafistas y de comercio. Las jóvenes podían cursar solo para maestras de niñas y auxiliares de enfermería. Para entrar en la ESI había que haber pasado pruebas estrictas de selección y, además, ser católico. «Paganos» y protestantes eran excluidos. No pocos adolescentes protestantes tuvieron que cambiar de Iglesia para poder seguir estudiando 26. El Estatuto establecía que el objetivo de la ESI era «capacitar una selección, en funciones subalternas para encuadrar a los demás» (base II). Una elite «subalterna» nativa —diría el maestro Alvarez en 1948— que debería mostrar una «completa identidad de ideales con el pueblo colonizador», dado el destacado papel que había de desempeñar en la sociedad colonial. Para ello el Estatuto establecía que, salvo para los estudiantes de comercio, el régimen de estudios sería «de internado, pretendiendo mediante este sistema inculcar y avivar en los alumnos los sentimientos religiosos, morales, sociales y cívicos que han de hacerlos aptos y dignos de... la misión para la cual se les prepara» (base XII) 27.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tanto Heriberto Alvarez como el gobernador Bonelli fueron conscientes de que las Naciones Unidas y las dos superpotencias vencedoras, Estados Unidos y la Unión Soviética, apostaban por la descolonización, que se inició de inmediato en Asia. En las colonias francesas y británicas de África la independencia parecía lejos, pero se establecieron libertades políticas y sindicales y asambleas representativas, aunque consultivas y con voto restringido para los nativos. Ambos comenzaron a comprender que también las colonias africanas accederían un día (lejano) a la independencia. La política españolizadora y de formación de elites debía mantenerse, si no reforzarse, para lograr que la futura nueva nación formara parte de la Hispanidad, lo mismo que las repúblicas de la vieja América española, compartiendo lengua, religión y cultura, y también, en este caso, la ideología política franquista. Pero ya no bastaba con formar elites «subalternas», de auxiliares. Había que comenzar a formar nativos en los niveles superiores, universitarios, para que el país pudiera algún día regirse por sí mismo. Alvarez proponía ahora «incorporar al indígena superdotado a estudios superiores, que cursarán en [...] la metrópoli», a donde irían también a perfeccionar su formación los alumnos de la ESI «más capacitados, por su inteligencia y por su integridad formativa». Y para mantener en lo posible el régimen de estricta vigilancia y de formación política y religiosa del internado de la ESI, proponía que en la península se alojaran en una residencia universitaria en Madrid creada para este efecto. El Colegio Mayor Nuestra Señora de Africa no se inauguraría, sin embargo, hasta 1964. Bonelli, por su parte, proponía que, por encima de la ESI, «los que por su capacidad y facultades sean acreedores a ello, puedan escalar puestos más altos y llegar a los destinos técnicos principales». De hecho, en 1947 había ya cuatro indígenas no emancipados estudiando en la metrópoli con becas del Patronato de Indígenas 28.
En los años cincuenta, ya con el gobernador Faustino Ruiz González, siguió yendo a estudiar becado a España un pequeño número de estudiantes brillantes nativos de la colonia. Pero en el Patronato Colonial de Enseñanza Media, donde desde el curso 1942-1943 se preparaba el Bachillerato a los hijos de los colonos y de unos pocos emancipados (once en el curso 1948-1949), el número de nativos matriculados comenzó a crecer, ascendiendo a 108 en el curso 1959-1960, primero del régimen provincial. Aunque hasta ese año solo 39 alumnos, entre europeos y africanos, habían aprobado la reválida de Bachillerato superior 29. A pesar de lo que ocurría en las colonias vecinas, muy pocos pensaban en la independencia, y los que lo hacían, como Bonelli o Alvarez, contemplaban un plazo largo. Tampoco los ingleses y, sobre todo, los franceses pensaban hasta muy avanzada la década de 1950 que las políticas de creciente autonomía y participación de los nativos en los Gobiernos coloniales conduciría tan rápido a la independencia.
Los pocos becados mencionados no fueron los únicos guineanos que estudiaron durante estas décadas en la metrópoli. Un puñado de familias ricas de emancipados, no solo fernandinos, llevaban a estudiar a sus hijos a Canarias o la península, a su costa, desde la posguerra. Se formaron así unos pocos profesionales africanos, como el médico Gustavo Watson, los abogados Luis Maho Sicachá y Manuel Morgades Besari y la hermana de este, Trinidad, filóloga de inglés 30.
Durante estos primeros decenios de la Guinea franquista, las emancipaciones crecieron lentamente, pero crecieron, y afectaron cada vez más a individuos no criollos, como el citado bubi Luis Maho, o los excatequistas fang Acacio Mañé y Enrique Nvo, también ya mencionados. Todos ellos, obviamente formados en el más estricto españolismo católico y franquista. Pero para promover el ascenso social de un mayor número de nativos, siempre fiables por sus virtudes patrióticas, religiosas y políticas, el gobernador Bonelli adoptó otras dos medidas de alcance. El Reglamento de Concesiones de Tierras, de 23 de diciembre de 1944, y la posterior Ley del Suelo, de 4 de mayo de 1948, establecieron un nuevo tipo de propiedad, el patrimonio familiar, inalienable, indivisible e inembargable, concedido por el Estado a aquellos nativos «casados canónicamente [...] que vivan con su esposa e hijos legítimos y sean de intachable conducta» y que obtuvieran los «mejores informes de conducta, religiosidad, patriotismo y hábitos morales» (art. 20 del Reglamento de 1944), o fueran «de reconocida asimilación de las costumbres cristianas» acreditada por la Misión y el Patronato de Indígenas (art. 9 de la Ley de 1948).
Desde principios de siglo entre los bubis y desde los años treinta entre los fang, cada vez mayor cantidad de campesinos abrieron pequeñas plantaciones de cacao y café respectivamente, para obtener ingresos monetarios sin tener que contratarse como braceros. La reforma de Bonelli buscaba formar entre ellos una clase media de propietarios acomodados con los más fiables por su españolidad, catolicismo, moralidad y franquismo. Para asentarla mejor, al poco de aprobarse el citado Reglamento sobre la propiedad de la tierra, la Ley de 30 de diciembre de 1944 sobre el estatus jurídico de los indígenas creaba la figura de la emancipación limitada, que se diferenciaba de la no emancipación precisamente por la mayor capacidad jurídica en materia económica. Un ejemplo de este tipo de nativo acomodado, católico y adicto al régimen, es el padre del protagonista de la conocida novela de Donato Ndongo, Las tinieblas de tu memoria negra, inspirado en buena medida en el del propio autor 31.
Sin embargo, todas estas políticas estaban llamadas a cosechar un relativo fracaso. En 1959, con motivo de la conversión de la colonia en dos provincias, un nutrido grupo de guineanos, todos ellos miembros de las elites hasta aquí mencionadas, se organizaron clandestinamente para llevar ante las Naciones Unidas la denuncia contra España por violar los principios de la Carta de San Francisco. Sus dos principales líderes, desaparecidos en octubre de 1959, como dijimos, Enrique Nvo y Acacio Mañé, eran antiguos catequistas, emancipados, católicos y acomodados. Mañé con muy buenas relaciones personales con los misioneros, pues era religioso devoto, y con las mismas autoridades implicadas en su muerte. El abogado bubi Luis Maho fue otros de los líderes nacionalistas, lo mismo que el también excatequista fang Bonifacio Ondó. Maestros indígenas, auxiliares administrativos, catequistas, incluso curas nativos, como Alberto Ndongo, llenaron las filas del nuevo nacionalismo guineoecuatoriano 32. También muchos de los nativos acomodados producto de las leyes de Bonelli. El padre de Donato Ndongo, tan católico y amigo de los españoles, mantenía contactos secretos con los nacionalistas 33. Todos ellos entre los más españolizados, cristianizados en católico y formados en los principios del Movimiento Nacional franquista. Como ocurrió en las demás colonias, fueron los evoloués, los más asimilados, separados en buena medida del grueso de la población nativa, quienes organizaron el movimiento nacionalista, deseosos de liberar a sus pueblos de la opresión colonial y dirigir ellos mismos el Estado propio.
Es preciso mencionar aquí, aunque el espacio nos impida adentrarnos en el tema, a los mulatos, hijos de las frecuentes relaciones sexuales, promiscuas o estables, pero siempre extramatrimoniales, entre colonos varones y mujeres nativas. A diferencia de otras colonias, como algunas de las portuguesas o el vecino Gabón 34, la población mestiza de la Guinea española ni fue muy numerosa (pese a lo extendidas que eran las mencionadas relaciones) ni desempeñó papel alguno apreciable. La gran mayoría de los niños habidos en esas relaciones eran entregados por sus madres a sus parientes rurales, donde se criaban como nativos. Solo una minoría era reconocida por sus padres, que atendían a su educación 35. En algún caso, el padre arrancaba a su hijo o hija de la madre y su familia para llevarlo a España 36.
Tras la entrada de España en las Naciones Unidas en diciembre de 1955, con el consiguiente requerimiento de información sobre sus «territorios no autónomos» en África, y la forzada independencia del protectorado de Marruecos en abril de 1956, el Gobierno de Franco decidió imitar al portugués de Salazar y declarar que sus colonias eran provincias españolas y no territorios no autónomos. Una Ley de 1959 convirtió la colonia guineana en las provincias de Fernando Poo y Río Muni, unidas en la Región Ecuatorial bajo un gobernador general (cargo que se mantenía hasta en el nombre). Esto supuso que todos los nativos quedaran emancipados (aunque conservando su derecho familiar consuetudinario, administrado por los tribunales indígenas, formados por sus jefes) y las funciones asistenciales y de fomento del desarrollo del Patronato de Indígenas pasaron a las nuevas Diputaciones Provinciales. Los viejos Consejos de Vecinos se transformaron en Ayuntamientos, según la legislación local franquista. Este fue el origen de la agitación nacionalista, como hemos visto 37.
Cuando en 1960 la Asamblea General de las Naciones Unidas rechazó las integraciones unilaterales de las colonias en los Estados nacionales y la Cuarta Comisión preparaba una condena formal de España y Portugal, el delegado español en Naciones Unidas reconoció, por propia iniciativa, el carácter de territorios no autónomos de sus provincias africanas (salvo las de Canarias), aceptando suministrar la información requerida. El ministro de Asuntos Exteriores, Castiella, y el mismo Franco terminaron apoyando la iniciativa, en contra del ministro subsecretario de la Presidencia, Carrero Blanco, bajo cuyo mando estaba el Gobierno General de Guinea. Al incrementarse la presión descolonizadora de la ONU, cada vez con más nuevos miembros africanos, España concedió al territorio un estatuto de autonomía en 1963, que entró en vigor en 1964 tras un referéndum de aprobación que se intentó presentar como ejercicio del derecho de autodeterminación. Una parte de los líderes nacionalistas exiliados regresó al país para colaborar con el nuevo poder autónomo. Uno de ellos, el excatequista Bonifacio Ondó, sería nombrado presidente del Consejo de Gobierno. Otros siguieron en la oposición reclamando la independencia. La represión sobre los nacionalistas se dulcificó y los partidos y la propaganda política se toleraron. La apuesta por la independencia creció exponencialmente entre los nativos.
Desde la provincialización el poder colonial precisaba de cuadros nativos suficientemente preparados y de confianza que se integraran en los nuevos organismos administrativos. Muchos alcaldes, concejales, diputados provinciales y procuradores en las Cortes de Madrid pasaron a ser africanos, aunque otros siguieron siendo blancos. Se formó así una elite política colaboracionista, subordinada a las autoridades españolas, que pronto se aficionó a los privilegios de los cargos oficiales, cuando no a la corrupción, tan extendida desde siempre en la Administración de la colonia 38. Muchos de los nuevos políticos supieron crearse sus propias clientelas. Todos ellos procedían de las elites arriba mencionadas. Con la autonomía se africanizaron mucho más las instituciones; los blancos quedaron en clara minoría. Los nueve miembros del Consejo de Gobierno eran africanos. Aunque técnicos y secretarios seguían siendo españoles y por encima de todos seguía el gobernador, denominado ahora comisario general, en el mismo palacio de siempre. La clase política colaboracionista se incrementó con los nacionalistas que regresaron del exilio al aceptar la autonomía. Pero, con el transcurrir de los acontecimientos, hasta Bonifacio Ondó, presidente del Gobierno autónomo, se sumó a la petición de independencia. Algunos colaboracionistas de toda la vida, como Francisco Macías, alcalde de Mongomo durante el régimen provincial y vicepresidente del Gobierno autónomo, aprovecharon la tolerancia de los partidos nacionalistas para vincularse discretamente a ellos. Por otra parte, algunos miembros de la nueva elite política comenzaron a «codearse» con la elite española, incluso en el selectivo Casino de Santa Isabel, trabándose algunas amistades interraciales, aunque normalmente asimétricas. Adolfo Enrique Millán, por ejemplo, recuerda cómo en las fiestas «confraternizábamos, pero al cabo de un rato los blancos estábamos en un rincón y los negros estaban en otro», y también cómo a su «amigo» Ángel Masié le llamaba por su nombre mientras este le llamaba don Enrique, incluso siendo ministro del Interior en el primer Gobierno de Macías 39.
En la nueva clase política guineana, los fernandinos ocuparon puestos relevantes en una proporción muy superior a su mínimo peso demográfico, debido a su preparación y a su tradicional colaboración con las autoridades. En 1967 representaban a Fernando Poo con el único consejero nacional del Movimiento, uno de los cuatro procuradores a Cortes y uno de los cuatro consejeros del Gobierno autónomo. Dos de los tres asistieron a la Conferencia Constitucional de ese año en razón de sus cargos, junto a otros seis representantes de los partidos colaboracionistas (MUNGE, Unión Bubi y Unión Democrática Fernandina) y de su minoría étnica. Ocho criollos entre 43 delegados, que durante las sesiones de la Conferencia repartieron sus actitudes entre todos los bandos en disputa 40.
Desde 1959 se intensificó de manera muy notable la política de formar profesionales nativos, eso sí, tan españolistas, católicos y franquistas como siempre. Se necesitaban para las nuevas provincias integradas en el territorio nacional, luego autónomas, y, finalmente, para el nuevo Estado de la Hispanidad, estrechamente vinculado (subordinado) a España y a sus intereses en el país, pensado casi veinte años antes por Alvarez y Bonelli. La enseñanza colonial dejó de estar segregada y se amoldó a los planes de enseñanza metropolitanos. En Santa Isabel, el anterior centro de Bachillerato se convirtió en Instituto Nacional, al que acudían alumnos de las dos «razas». Los 108 estudiantes indígenas (de ambos sexos) del curso 1959-1960 eran ya 773 (frente a 213 blancos) en 1966-1967 y 1.785 en el curso siguiente. Y en Bata, la vieja Escuela de Artes y Oficios se convirtió en 1959 en centro de Bachillerato laboral de los hermanos de La Salle 41. También aumentó con decisión el número de estudiantes guineanos becados en la metrópoli, que eran ya 45 en el curso 1960-1961, casi todos cursando estudios universitarios medios y superiores 42. La integración de los jóvenes y adolescentes se reforzó cuando se estableció en el país la Organización Juvenil Española (OJE) del partido único oficial, la Falange, lo mismo que la Sección Femenina del mismo. De nuevo se reunían blancos y negros, algo insólito para los mayores, y no pocos guineanos iban a España a los campamentos de verano de ambas organizaciones, mezclados con los muchachos y muchachas de la metrópoli. Una experiencia difícil de olvidar para los hijos de quienes llevaban toda una vida de segregación y discriminación raciales 43.
En la década de los años sesenta se formó así la que iba a ser una nueva elite profesional e intelectual, la que estudió Bachillerato y carreras universitarias. Se trataba de los estudiantes más aventajados del sistema educativo, y los hijos de las elites que se venían formando en las décadas anteriores. En Las tinieblas de tu memoria negra, el protagonista termina marchando a España a estudiar Bachillerato, exactamente igual que lo que le ocurrió al autor, Donato Ndongo. Para ello se multiplicaron las becas de estudio y en 1964 se fundó el Colegio Mayor Nuestra Señora de Africa, como hemos visto. La necesidad de cubrir otros puestos del aparato estatal, como los militares, llevó a la rápida formación de un puñado de oficiales del ejército. En 1963 se seleccionó a seis estudiantes de Enseñanza Media para enviarlos a la Academia Militar de Zaragoza. El segundo año recibieron una formación ad hoc y regresaron a Guinea Ecuatorial en 1965 como alféreces de la Guardia Territorial, nuevo nombre de la antigua Guardia Colonial. Uno de ellos era sobrino de Macías, Teodoro Obiang Nguema 44, que bajo la dictadura de su tío asumiría un enorme poder dentro del régimen, especialmente en su aparato represivo. En 1979 protagonizaría un golpe de Estado que le llevaría al poder, en el que se mantiene como dictador treinta y siete años después. Por otra parte, un grupo de tres sargentos de la citada Guardia Territorial había sido enviado a la Academia Auxiliar Militar de Villaverde, de donde regresaron también como oficiales. Todos ellos formaron las primeras Fuerzas Armadas guineoecuatorianas 45.
Ya hemos visto cómo durante el franquismo se ordenaron sacerdotes un total de 21 nativos, y el año de la independencia había 65 monjas oblatas, bastantes cursando Bachillerato o estudios superiores en la península. En 1965 la provincia de Río Muni alcanzó su propio Vicariato Apostólico, y Propaganda Fide nombró vicario al claretiano nativo Rafael Nze, que en 1966 pasó a ser obispo titular, al convertirse los dos vicariatos en las diócesis de Santa Isabel y Bata 46.
La ONU aplaudió el régimen autonómico de Guinea Ecuatorial, pero lo entendió como un paso necesario para la autodeterminación y la independencia, no como un acto de integración definitiva en el Estado nacional. Por ello las presiones sobre el Gobierno español continuaron y a finales de 1966 España anunció en la sede del organismo en Nueva York que aceptaba conceder la independencia. En otoño de 1967 y primavera de 1968 se celebró en Madrid la Conferencia Constitucional para Guinea Ecuatorial, a la que asistieron las autoridades del régimen autónomo, representantes de todos los partidos políticos (seleccionados por las autoridades coloniales) y algunos representantes de los colonos españoles y miembros de la Administración del Estado. Desde el primer día el ministro Castiella anunció que el objetivo de la misma era cumplir con las exigencias de las Naciones Unidas y, para ello, elaborar una Constitución para la antigua colonia, que se independizaría en un solo Estado, aunque con autonomía entre las dos provincias, pues la mayoría de los bubis, alentados por los colonos españoles y por Carrero Blanco, demandaban (y demandaron en la Conferencia) una independencia separada. En agosto de 1968 se aprobó en referéndum la nueva constitución (redactada por los técnicos españoles con la colaboración de algunos de los guineanos y el rechazo de los separatistas bubis y del mayoritario grupo aglutinado por Francisco Macías), y en septiembre se celebraron las elecciones legislativas y presidenciales. Estas las ganó precisamente Macías, al realizar una campaña que apelaba al resentimiento antiespañol de los nativos, y al dividirse los apoyos de las autoridades españolas entre los otros tres candidatos: Carrero apoyó a Bonifacio Ondó y al separatista bubi Edmundo Bosió, y Castiella al nacionalista Atanasio Ndong. El 12 de octubre de 1968, Día de la Hispanidad, el ministro Fraga Iribarne entregaba al poder al nuevo presidente, proclamando la independencia.
Francisco Macías, el primer presidente de la República de Guinea Ecuatorial tras ganar las elecciones presidenciales en septiembre de 1968, había sido un alumno despierto de la escuela de Mongomo, pequeña ciudad al este de la zona continental, junto a la frontera de Gabón, muy cercana a su aldea. En 1938 comenzó a trabajar para la Administración, y en febrero de 1944 ingresó en el cuerpo de funcionarios auxiliares administrativos. Destinado en Bata y Río Benito, en 1951 pasó a la Administración territorial de Mongomo, donde ejerció como intérprete en el Tribunal de Raza de la localidad, que dirimía los conflictos con los indígenas no emancipados y que estaba presidido por el administrador de la zona, asesorado por varios jefes. Esto le daba un gran poder ante los nativos, cuya suerte dependía en buena medida de cómo quisiera traducir él sus palabras. Con la provincialización logró ser elegido alcalde de su ciudad y posteriormente miembro del Consejo de Gobierno de la autonomía, con los cargos de vicepresidente y consejero de Obras Públicas 47. Pese a su trayectoria colaboracionista, terminó vinculándose a los partidos nacionalistas y ganó las elecciones de 1968 al frente de un amplio grupo de disidentes de los principales partidos, al realizar la campaña más anticolonialista de todas, como hemos dicho. Formó un Gobierno de concentración con los partidos que le habían ayudado a ganar la segunda vuelta de los comicios. Tras el fallido golpe del ministro de Asuntos Exteriores, Atanasio Ndong, Macías implantó un régimen dictatorial de partido único e inició una sangrienta represión. Buena parte de la elite política y profesional (los «intelectuales») protagonista de la descolonización pereció en la misma. Una generación más joven, la de quienes estaban estudiando en España en 1968, permanecería exiliada, formando los primeros grupos de oposición. Se trataba, sin duda, de la generación que constituía la elite mejor formada de la historia del país, que se creía llamada a regirlo por sus méritos y preparación. Tras la caída de Macías, una parte de la misma regresó a su patria y se integró en la nueva dictadura con mejor o peor fortuna. El resto permaneció en el exilio.
Todos los miembros de las elites profesionales educadas durante el régimen franquista habían asumido la cultura españolista, católica y autoritaria de la España del Movimiento Nacional. En la Conferencia Constitucional de 1967-1968 prácticamente todos los delegados guineanos, que estaban pidiendo la independencia, mostraban su cultura franquista defendiendo consignas para su país como la de «Una, Grande y Libre» o elogiando al «Caudillo», y presumían de su españolidad o de haber servido a España en el ejército 48. No solo era la cultura en que se habían formado; era también la que les había elevado a la situación que disfrutaban en la sociedad colonizada. El mismo Macías no tenía en la cabeza, inicialmente, otro modelo político que el del «Caudillo» 49. Realmente el franquismo había tenido éxito a la hora de formar a sus elites en la cultura del régimen. Fracasados los intentos de mantener a la colonia integrada en el país, primero como provincias y luego como región autónoma, todo apuntaba a una independencia «dependiente» de la exmetrópoli, como habían logrado los franceses en los vecinos Camerún y Gabón, con los presidentes Ahmadou Ahidjo y Léon Mba, en lo que se ha llamado neocolonialismo 50. La torpe política española durante el proceso descolonizador, muy especialmente los enfrentamientos entre los ministros Castiella y Carrero Blanco, contribuyó al fracaso de los planes neocoloniales. Por otra parte, la generación más joven, la formada en España en los años sesenta y setenta, tuvo contacto con los movimientos antifranquistas y se alineó mayoritariamente con la cultura democrática, óptima, además, para combatir la dictadura de su país.
* Esta investigación se ha realizado dentro del proyecto del Ministerio de Economía y Competitividad HAR2012-34599.
1 Ibrahim K. Sundiata: From Slaving to Neoslavery. The Bight of Biafra and Fernando Po in the Era of Abolition, 1827-1930, Madison, The University of Wisconsin Press, 1996, y Amador Martín del Molino: La ciudad de Clarence. Primeros años de la ciudad de Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, 1827-1859, Malabo, Centro Cultural Hispano-Guineano, 1993.
2 Véase, por ejemplo, «El primer abogado negro de España», Estampa, 11 de marzo de 1930, pp. 13-14, sobre Jorge Dougan Kinson, educado en Barcelona desde los siete años.
3 Wilwardo Jones entró con otro fernandino en la renovada Junta directiva de la Cámara. Véase «Noticias de la Colonia», La Guinea Española, 29 de septiembre de 1936, pp. 300-302.
4 Marvin Harris: Introducción a la antropología general, 4.ª ed., Madrid, Alianza Editorial, 1983 pp. 305-326, y Ted C. Lewellen: Introducción a la antropología política, Barcelona, Bellaterra, 1994, pp. 33-57.
5 Francisco Rancaño Serille: Observaciones referentes a los indígenas de la Guinea continental española (febrero de 1943), manuscrito de la Biblioteca Nacional, signatura AFRC/7128/6, pp. 1, 5-6 y 17-18.
6 Gustau Nerín: Corisco y el estuario del Muni (1479-1931). Del aislamiento a la globalización y de la globalización a la marginación, París, L’Harmattan, 2015, pp. 68-69, 114-115 y 193-196.
7 Archivo General de la Administración (en adelante, AGA), África, caja 81/8182, exp. 6.
8 Decreto del Gobierno General (DGG), 28 de mayo de 1907. Todas las disposiciones se encuentran ordenadas cronológicamente en Agustín Miranda Junco: Leyes coloniales, Madrid, Impr. Sucesores de Rivadeneyra, 1945, y Gustau Nerín: La última selva de España. Antropófagos, misioneros y guardias civiles, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2010, pp. 141-146.
9 DGG, 10 de julio de 1926. Véase Gustau Nerín: Corisco y el estuario del Muni..., p. 249.
10 Gonzalo Álvarez Chillida: «La protesta de los jefes en 1948. Una tradición oral nacionalista en Guinea Ecuatorial», Éndoxa, 37 (2016), pp. 121-147.
11 Heriberto Ramón Alvarez García: Historia de la acción cultural en la Guinea española (con notas sobre la enseñanza en el África Negra), Madrid, Instituto de Estudios Africanos, 1948.
12 Gonzalo Álvarez Chillida y Eloy Martín Corrales: «Haciendo patria en África. España en Marruecos y en el Golfo de Guinea», en Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas (eds.): Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo xx, Barcelona, RBA, 2013, pp. 399-432, esp. pp. 416-420.
13 Marcelo Ensema: Joaquín María Sialo, primicia claretiana de África, Buenos Aires, Editorial Claretiana Argentina, 2009; Tomás L. Pujadas: La Iglesia en la Guinea Ecuatorial. Fernando Poo, Madrid, Iris de Paz, 1968, pp. 168-172, y Gonzalo Álvarez Chillida: «Les Missions clarétaines et l’administration coloniale en Guinée espagnole. Une relation conflictuelle», Histoire, Monde & Cultures religieuses, 31 (2014), pp. 115-133.
14 Tomás L. Pujadas: La Iglesia en la Guinea Ecuatorial..., pp. 463-478.
15 Jacint Creus Boixaderas: Action missionaire en Guinée Équatoriale, 1858-1910: perplexités et naïvetés à l’aube de la colonisation, tesis doctoral, Université de Paris VII, 1998; Cristóbal Fernández: Misiones y misioneros en la Guinea española. Historia documentada de sus primeros azarosos días (1883-1912), Madrid, Coculsa, 1962, pp. 607-668, y «Prospectus Status Missionis» (28 de febrero de 1911, 19 de noviembre de 1925 y 16 de noviembre de 1935), Archivio Storico de la Sacra Congregazione de Propaganda Fide (Roma), Nuova Serie, vol. 505, fol. 416; vol. 943b, fol. 694, y vol. 1317, fol. 344.
16 AGA, África, caja 81/9035, exps. «Enrique Nvo» y «Acacio Mañé», y José Menéndez Hernández: Los últimos de Guinea. El fracaso de la descolonización, Madrid, Sial, 2008, pp. 15-31.
17 Sh. Carmela Oyono Ayingono: Acacio Mañé Elá, una historia por contar, Malabo, Trifaldi, 2011.
18 Gustau Nerín: La última selva de España..., pp. 57-61.
19 Es el caso del padre de Agustín Nze. Véase Agustín Nze Nfumu: Macías, víctima o verdugo, Londres, Lulu.com, 2010, p. 29.
20 Donato Ndongo-Bidyogo: «Guineanos y españoles en la interacción colonial (1900-1968)», en Mariano de Castro y Donato Ndongo: España en Guinea. Construcción del desencuentro (1778-1968), Madrid, Sequitur, 1998, pp. 107-217, esp. pp. 115-119.
21 Heriberto Ramón Alvarez García: Historia de la acción cultural..., pp. 83-106, y Olegario Negrín Fajardo: Historia de la educación en Guinea Ecuatorial. El modelo educativo colonial español, Madrid, UNED, 1993, pp. 88-98.
22 Ruiaz: «Noticias de la colonia», La Guinea Española, 10 de enero de 1926, pp. 15-16, e íd.: «Apolonio Eria», La Guinea Española, 19 de abril de 1931, p. 1.
23 «Los indígenas de Guinea vienen a estudiar a Madrid», Estampa, 18 de agosto de 1934, pp. 1 y 9-10; «Dos negras de la Guinea», La Voz (Madrid), 16 de julio de 1935, pp. 1-2, y AGA, África, caja 81/6354, exp. 2.
24 Jesús Ramírez Copeiro del Villar: Objetivo África. Crónica de la Guinea española en la Segunda Guerra Mundial, Huelva, Autor, 2004.
25 AGA, África, caja 81/9035, exp. «Acacio Mañé». Ordenanza del GG, 29 de agosto de 1944.
26 Testimonios de Cecilio Iyanga Ilina y Luis Iyanga Masaca a Gonzalo Álvarez Chillida, 4 de junio de 2011.
27 Heriberto Ramón Alvarez García: Historia de la acción cultural..., pp. 133-149 y 260-301, cita en p. 433.
28 Ibid., p. 434, y Juan Bonelli Rubio: Concepto del indígena en nuestra colonización de Guinea, Madrid, Dirección General de Marruecos y Colonias, 1947, p. 19. Las becas en A. Yglesias de la Riva: Política indígena en Guinea, Madrid, Instituto de Estudios Africanos, 1947, p. 200.
29 Datos obtenidos de Resumen estadístico de África española (1953-1955), Madrid, Dirección General de Marruecos y Colonias, 1954; Resumen estadístico del África española (1953-1958 a 1963-1964), Madrid, Dirección General de Plazas y Provincias Africanas, 1957-1965, y Anuario estadístico de España, Madrid, Instituto Nacional de Estadística, 1949-1968.
30 Max Liniger-Goumaz: Historical Dictionary of Equatorial Guinea, 2.ª ed., Metuchen, The Scarecrow Press, 1988.
31 Donato Ndongo-Bidyogo: Las tinieblas de tu memoria negra, Madrid, Fundamentos, 1987, y Joseph-Désiré Otabela y Sosthène Onomo Abena: Entre estética y compromiso. La obra de Donato Ndongo Bidyogo, Madrid, UNED, 2008, pp. 35 y 257-259.
32 AGA, África, cajas 81/9015, 81/9035 y 81/9069.
33 Testimonio de Donato Ndongo.
34 En Gabón los mestizos llegaron a estar organizados y se les concedió en 1936 la plena ciudadanía francesa, equivalente de la emancipación. Véase Florence Bernault: Démocraties ambiguës en Afrique centrale. Congo-Brazzaville, Gabon (1940-1965), París, Khartala, 1996, pp. 61-62.
35 Gustau Nerín: Guinea Ecuatorial, historia en blanco y negro. Hombres blancos y mujeres negras en Guinea Ecuatorial (1843-1968), Barcelona, Península, 1997.
36 Puede verse el caso de la poetisa Raquel Ilombé en Baltasar Fra Molinero: «Biografía literaria de Raquel Ilombé», en Raquel Ilombé del Pozo Epita: Ceiba II (Poesía inédita), Madrid, Verbum, 1914, pp. 34-55.
37 Para el proceso descolonizador véase Alicia Campos Serrano: De colonia a Estado: Guinea Ecuatorial, 1955-1968, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2002.
38 Sobre la corrupción de la Administración colonial véase el testimonio grabado de Juan San León a Gonzalo Álvarez Chillida, 9 de septiembre de 2010, y el artículo de Enrique Martino en este dosier.
39 Véase Millán en Memoria negra, de Xavier Montanyá, Colomo Producciones y Ovideo, 2007. La interrelación entre las elites blanca y negra se describe abundantemente en José Menéndez Hernández: Los últimos de Guinea...
40 Alicia Campos Serrano: De colonia a Estado..., pp. 194 y 347-348.
41 Véase las referencias supra nota 27.
42 Olegario Negrín Fajardo: Historia de la educación en Guinea Ecuatorial..., p. 162.
43 Gustau Nerín: La Sección Femenina de Falange en la Guinea Española (1964-1969), Vic, Ceiba, 2007. Según el escritor annobonés Francisco Zamora, que lo vivió, la convivencia interracial en la OJE y el instituto supuso «una revolución» en el contexto colonial. Véase testimonio a Gonzalo Álvarez Chillida, 12 de mayo de 2011.
44 Teodoro Obiang Nguema Mbasogo: Mi vida por mi pueblo, s. l., Carlos Narbona Hierro, 2010, pp. 32-35.
45 Testimonio de Celestino Okenve Nvo a Gonzalo Álvarez Chillida, 9 de julio de 2015, sobre su padre, Fortunato Sang Okenve Mitui, que ya era teniente en vísperas de la independencia. Véase también http://www.angelfire.com/sk2/guineaecuatorial/fokenve.htm.
46 Tomás L. Pujadas: La Iglesia en la Guinea Ecuatorial..., p. 20.
47 «Excmo. Sr. D. Francisco Macías Nguema, Presidente de la República de Guinea Ecuatorial», Ébano, 2 de octubre de 1968, pp. 1 y 6; Pedro Ekong Andeme: El proceso de descolonización de Guinea Ecuatorial, Madrid, Autor, 2010, pp. 108-109; Agustín Nze Nfumu: Macías..., pp. 14-16, y Agustín Miranda Junco: Leyes coloniales, Madrid, Impr. Sucesores de Rivadeneyra, 1945, p. 1334.
48 Constantes referencias de este tipo en los extractos de las actas recogidos en Pedro Ekong Andeme: El proceso de descolonización..., y Juan Manuel Davies: La última escalada, Barcelona, Mey, 2011. Véanse actas completas en AGA, África, caja 81/17766.
49 Agustín Nze Nfumu: Macías..., y Gustau Nerín: «Francisco Macías: nuevo estado, nuevo ritual», Éndoxa, 37 (2016), pp. 149-168.
50 Florence Bernault: Démocraties ambiguës en Afrique centrale..., y Thomas Deltombe, Manuel Domergue y Jacob Tatsitsa: Kamerun! Une guerre cachée aux origines de la Françafrique (1948-1971), París, La Découverte, 2011.