Ayer 134 (2) 2024: 111-138
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2024
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2199
© Kelly Maddox
Recibido: 27-10-2020 | Aceptado: 10-09-2021 | Publicado on-line: 08-04-2024
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Violencia de masas y radicalización de la estrategia bélica japonesa en el Sudeste Asiático, 1942-1945

Kelly Maddox

Freie Universität Berlin
kelly.maddox@fu-berlin.de

Resumen: Los episodios de violencia de masas salpicaron la ocupación japonesa del Sudeste Asiático entre 1942 y 1945. Aquí examino dos de esos casos: la «purga» de la población china de Singapur tras su captura en febrero de 1942 y las masacres de civiles durante la campaña antiguerrillera en Panay en 1943. Sostengo que estos episodios estaban enraizados en una estrategia militar que posibilitaba el uso de la fuerza como la táctica principal en la gestión de las ocupaciones y que la intermitente escalada de esta estrategia violenta fue contingente a una serie de elementos que condicionaron la toma de decisiones sobre el terreno, facilitando la tolerancia hacia medidas más extremas en la consecución de los objetivos militares.

Palabras clave: violencia de masas, Segunda Guerra Mundial, Japón, Sudeste Asiático, Singapur, Filipinas.

Abstract: Episodes of mass violence punctuated the wartime occupation of Southeast Asia between 1942 and 1945. Here, I examine two such cases: the so-called «purge» of the Chinese population in Singapore after its capture in February 1942 and the massacres of civilians during an anti-guerrilla campaign in Panay during 1943. I emphasize that these episodes were rooted in a military strategy that allowed for the use of force as a principal tactic in the management of occupied peoples; and that the intermittent escalation of this violent strategy was contingent on a range of diverse elements that shaped decision-making in the field and facilitated the permissibility of more extreme measures in the realisation of military objectives.

Keywords: mass violence, World War Two, Japan, Southeast Asia, Singapore, Philippines.

El ejército japonés invadió el Sudeste Asiático en diciembre de 1941, rápidamente ocupado mediante una serie de extraordinarios ataques relámpago. Según la retórica panasiática articulada por los líderes nipones en apoyo de su «avance hacia el sur», la invasión formaba parte de una «benévola misión de liberación» en beneficio de todos los pueblos de Asia 1. La rendición del ejército británico el 15 de febrero de 1942 en Singapur, su «fortaleza inexpugnable», fue celebrada como un «evento que marcará una época», una victoria decisiva sobre el imperialismo occidental y un primer paso importante en el establecimiento de una próspera «Asia para los asiáticos» 2. Sin embargo, lo que siguió a dicho triunfo socavó sobremanera cualquier noción de benevolencia o coprosperidad. Durante las primeras semanas de la ocupación, miles de civiles chinos fueron ejecutados sumariamente durante operaciones de limpieza que, a ojos de algunos contemporáneos japoneses, supusieron una «deshonrosa mancha» para el ejército nipón, solo comparable a la masacre de Nanjing de 1937 3. Justo un año después, la isla filipina de Panay se convirtió en un territorio de «muerte» y «carnicería» cuando las fuerzas japonesas desplegaron una campaña de castigo brutal y extremadamente destructiva en su esfuerzo por aniquilar a la resistencia guerrillera antes de la concesión nominal de independencia al archipiélago en octubre de 1943 4.

En cada una de estas situaciones se hizo un uso deliberado de la violencia de masas bajo el pretexto de operaciones militares legítimas destinadas a (re)afirmar la autoridad japonesa sobre la población local. No se trató de un colapso de la disciplina por parte de soldados que, brutalizados y marcados por sus experiencias bélicas, desobedecieran a sus superiores y descargaran su rabia contra civiles inocentes. Las masacres en Singapur y Panay tampoco fueron planeadas y aprobadas por los dirigentes japoneses en Tokio como parte de una política estatal jerárquica, sino por los comandantes de las unidades sobre el terreno. Aunque guiados por una serie de instrucciones desde arriba, estos tenían cierta libertad de acción para determinar la estrategia bélica y la política de ocupación en sus áreas de operaciones 5. En ambos casos, los elementos más radicales del ejército nipón, partidarios de enfoques represivos —en ocasiones extremos— para lidiar con las poblaciones activa o potencialmente hostiles a la ocupación, consiguieron influir en el proceso de toma de decisiones con más éxito que en otros momentos y escenarios 6. Como resultado, la estrategia militar, que ya de por sí recurría a la fuerza y la coerción en el trato con las poblaciones locales, se radicalizó llegando a la masacre de civiles a gran escala.

Este artículo es una exploración del conjunto específico de circunstancias que permitieron a esos elementos extremistas controlar la toma de decisiones, facilitando la radicalización de esta estrategia militar inherentemente violenta y resultando en la periódica instrumentalización de la violencia de masas por parte del ejército nipón en determinados momentos y lugares. A partir de una introducción sobre el papel integral que tuvo la violencia en la administración militar japonesa del Sudeste Asiático, se articula un análisis detallado de los casos de estudio propuestos desde la perspectiva estratégica, situándolos en un marco comparativo. Este enfoque se construye esencialmente a partir de la bibliografía que ha examinado la lógica estratégica subyacente a casos de violencia (de masas) y abusos contra civiles en otros contextos, fundamentalmente bélicos 7. El marco analítico utilizado en este artículo difiere del empleado normalmente en los estudios que buscan explicar los episodios de violencia militar japonesa por separado, aportando información adicional mediante la exploración de rasgos comunes entre los factores que influyeron en la estrategia en diferentes espacios e identificando patrones clave en las dinámicas de radicalización por más que se dieran sobre el terreno. Además, aunque complementa en buena medida la bibliografía sobre las lógicas causales subyacentes a la violencia de masas en guerra, centrarse en la radicalización sobre el terreno en estos casos evidencia la importancia de seguir investigando la escalada de dicha violencia de masas en el nivel intermedio de la toma de decisiones y la identificación de patrones en las múltiples dinámicas locales que pueden condicionar dicho proceso, facilitando así la adopción de esa violencia masiva como una estrategia contingente en determinados momentos y áreas a lo largo del conflicto.

La violencia y la estrategia militar japonesa en el Sudeste Asiático

El uso de la violencia y la coerción como instrumentos para el mantenimiento de la paz y el orden en el territorio bajo ocupación japonesa constituía una táctica sólidamente establecida que ya se había empleado en diferente medida en Taiwan, Corea y China 8. La continua dependencia respecto a la intimidación y la fuerza como principales estrategias de control de las poblaciones locales, pese a la caracterización panasiática de la ocupación del Sudeste Asiático, evolucionó a partir de los aspectos prácticos y las limitaciones impuestas por el exigente contexto bélico y las prioridades militares concretas para la región. Principalmente, la presencia de las fuerzas niponas en el Sudeste Asiático se explica por la necesidad de adquirir recursos que se consideraban vitales para la defensa nacional y la autosuficiencia militar 9. Así, los gobiernos militares de los nuevos territorios ocupados fueron establecidos casi exclusivamente en pro de estos objetivos. Sin embargo, dado que Japón no había tenido una relación duradera y significativa con el Sudeste Asiático antes de su ocupación en 1942, los oficiales al mando tuvieron que trabajar con un limitado conocimiento de primera mano y sin contar con planes consolidados para la administración de las poblaciones ocupadas, más allá de algunas directrices básicas 10. Los planificadores de cada uno de los ejércitos ocupantes afrontaron la abrumadora tarea de gobernar vastos espacios poblados por gentes de diferentes culturas y tradiciones, considerando que se podían escatimar muy pocos recursos para una población local cuyo bienestar no era una prioridad en medio de una guerra con múltiples frentes en China y el Pacífico 11. Antes del conflicto, los planificadores ya habían reconocido que el carácter extractivo de la ocupación japonesa del Sudeste Asiático conllevaría importantes dificultades para las comunidades asiáticas, aunque insistieron en que había que hacerles soportar esas cargas y que no se atenderían peticiones relacionadas con su bienestar 12. En la práctica, hubo que realizar algunos esfuerzos para cooptar a las elites locales, sirviéndose de los aparatos coloniales existentes donde fuera posible, mientras que las directivas políticas recomendaban por lo general aplicar un enfoque conciliador 13. Sin embargo, aunque la propaganda pro-japonesa circuló ampliamente y determinados destacamentos realizaron «misiones de buena voluntad», apenas se implementaron otros esfuerzos para apaciguar a la población local 14. Pese a ello, la consecución de los objetivos bélicos era plenamente dependiente de su docilidad y obediencia.

La resistencia y la inestabilidad no solo lastrarían la explotación de cada territorio, sino que la continua lucha para reprimir aquella obstaculizaría indirectamente la consecución de dichos objetivos bélicos, obligando a desviar tropas y suministros del principal esfuerzo de guerra. Así, la rápida restauración y el consiguiente mantenimiento de la paz y el orden se tornaron absolutamente vitales y, con las opciones de pacificación limitadas, los estrategas militares tendieron a recurrir a métodos represivos basados en las amenazas y el uso de la fuerza. La forma, alcance, intensidad y escala de las tácticas de control mediante la violencia variaron a lo largo del Sudeste Asiático en función de la respuesta dinámica e impredecible de las poblaciones locales a la ocupación. Pero, en la mayoría de áreas, la estrategia militar empleada para mantener la paz recurrió en grados diversos a severas y frecuentemente desproporcionadas sanciones por violar la ley militar; a la toma de rehenes; a espectáculos violentos y manifestaciones públicas de castigo corporal; a varias formas de tortura física y psicológica; y a la imposición de responsabilidades colectivas por delitos individuales. Cuando en algunas zonas surgía una resistencia armada, los soldados realizaban operaciones de limpieza o castigo ordenadas por sus mandos, que solían incluir praxis de violencia sobre los civiles como el bombardeo aéreo indiscriminado de áreas rebeldes; tácticas de tierra quemada; el maltrato hacia sospechosos de ayudar a los rebeldes; o ejecuciones sumarias y represalias colectivas en tanto que métodos efectivos de represión. Sin embargo, los líderes militares se mostraron cautos con respecto a los teóricos beneficios del sometimiento mediante la violencia, debiendo emplearla juiciosamente para desincentivar la resistencia y no para incitarla 15.

Aunque la fuerza y la intimidación fueron tácticas toleradas, los soldados japoneses no recibieron carta blanca para abusar de las poblaciones ocupadas. Tras sufrir problemas de indisciplina entre sus tropas destinadas en China, los altos mandos eran muy conscientes de las dificultades que podían surgir por la falta de control sobre la violencia 16. El nocivo impacto de las atrocidades sobre los esfuerzos para cultivar relaciones positivas y de cooperación con los ocupados fue una cuestión que los líderes nipones intentaron remediar en el Sudeste Asiático. Se promulgó toda una serie de medidas para refrenar cualquier conducta contraria a los objetivos militares y se advirtió a los comandantes de que debían limitar las situaciones donde pudieran darse atrocidades, reduciendo misiones innecesarias de «búsqueda de alimento» y restringiendo los movimientos de la tropa 17. Por ejemplo, en Singapur se prohibió a los soldados entrar en la ciudad sin un pase autorizado para evitar «altercados y hechos desafortunados» durante las primeras semanas de ocupación 18. En respuesta a la recurrencia de saqueos y violaciones, dos de los crímenes más corrosivos cometidos por las fuerzas niponas en el Sudeste Asiático, en febrero de 1942 se modificó el Código Penal del Ejército para incluir castigos más severos 19. Además, debido a las continuas quejas de funcionarios filipinos sobre el comportamiento de los japoneses, en mayo de 1943 el departamento legal del 14.º Ejército promulgó una ley facultando a la kenpeitai (policía militar) a castigar sumariamente a los civiles o militares nipones cuya conducta «deshonrase el honor de Japón» 20.

La implementación de estas y otras medidas evidencia que el ejercicio de la violencia, un componente nuclear de la estrategia militar japonesa, estaba limitado y altamente regulado por los mandos, al menos en teoría, si no completamente en la práctica. La fuerza debía aplicarse con control y mesura, ya fuera por soldados facultados para ello en operaciones autorizadas o por agentes de la ley (policía militar) y de justicia (miembros de los tribunales militares) encargados del mantenimiento de la paz y el orden. Si la violencia tenía que ser un mecanismo de control había que aplicarla equilibradamente. Por supuesto, dentro de las fuerzas armadas había sectores que creían en la conveniencia y necesidad de realizar despliegues de violencia más impactantes y extremos para establecer y mantener el dominio militar nipón. Un documento elaborado para la guarnición de Manila, titulado «Instrucciones para ganarse la confianza de los filipinos», ofrecía claves sobre los beneficios previstos de enfrentar potenciales resistencias mediante «una demostración de poderío militar que infunda el temor en todos los corazones» 21. Por norma general, los excesos y abusos se consideraban perjudiciales para alcanzar los objetivos militares, aunque a veces quienes abogaban por aplicar una estrategia más intransigente y brutal consiguieron imponer sus agendas. El análisis que se presenta aquí disecciona los contextos donde se produjo una escalada de la estrategia militar japonesa en el Sudeste Asiático, facilitando en determinados momentos la adopción de técnicas de ocupación radicales promovidas por elementos extremistas.

Singapur, 1942

En febrero de 1942, durante los primeros días de ocupación, el caos se adueñó de Singapur. El colapso de la administración británica propició un escenario de anarquía y confusión, incluyendo altercados y saqueos 22. La 2.ª Kenpeitai de Campaña [Dai 2 Yasen Kenpeitai], mandada por el coronel Ōishi Masaharu, fue la unidad encargada de restaurar el orden, tarea que llevó a cabo rápida y decididamente mediante ejecuciones públicas. Aquellos sorprendidos saqueando un almacén militar fueron decapitados in situ y sus cabezas ensartadas en picas y exhibidas en las zonas más concurridas de la ciudad 23. Ese tipo de espectáculos dejó una honda impresión y fue un reflejo temprano del duro estilo de ocupación que desplegaría el 25.º Ejército en la Malasia británica. Todo esto pronto vino seguido por un despliegue de fuerza aún mayor, cuando la kenpeitai ayudó a la recién creada Guarnición de Shōnan, comandada por el mayor Kawamura Saburō, a realizar una «purga» (shukusei) de la población china, que conllevó el asesinato masivo de miles de civiles 24.

Las operaciones previas a las masacres en Singapur fueron caracterizadas como operaciones de limpieza legítimas para extirpar a los «rebeldes», «hostiles» y «traicioneros» elementos chinos y asegurar la «rápida restauración de la paz», como se afirmaba en una declaración publicada el 23 de febrero de 1942 en el periódico Shōnan Times, bajo control nipón 25. Estas operaciones no eran inusuales. Según explicaron en sus memorias Ōtani Keijirō y Ōnishi Satoru, veteranos de la kenpeitai, la limpieza de soldados enemigos y otros elementos (potencialmente) hostiles tras ocupar un territorio constituía un aspecto habitual del procedimiento militar 26. De hecho, otros ejércitos invasores nipones llevaron a cabo operaciones similares, dirigidas específicamente contra miembros de las comunidades chinas en el Sudeste Asiático por sus fuertes críticas hacia la conducta militar japonesa y su participación en actividades antiniponas antes de la guerra 27. En Filipinas, la kenpeitai arrestó a cincuenta representantes de la comunidad china en enero de 1942, que fueron juzgados bajo la acusación de «antijaponismo» por un tribunal militar tras varias semanas de investigación. A excepción de los veinte cabecillas, ejecutados como escarmiento, la mayoría fueron condenados a prisión 28. En esencia, por tanto, la «purga» en Singapur fue coherente con una estrategia más amplia empleada por el ejército japonés para aplacar la prevista amenaza de una población observada como naturalmente hostil a la ocupación.

En la práctica, sin embargo, los métodos empleados por el 25.º Ejército se desviaron notablemente del enfoque más moderado que adoptaron otras fuerzas ocupantes. En otras áreas solo se arrestó a los principales líderes de los movimientos antijaponeses, y se les procesó militarmente en línea con las concepciones niponas de justicia militar. De hecho, la mayoría lo fue según un programa de conciliación propuesto por los legisladores del Ejército del Sur, que, conscientes de la importancia de la población china para la vitalidad económica de la región, hicieron hincapié en la necesidad de desarrollar una relación positiva y cooperante 29. En Singapur, gran número de civiles chinos fueron ejecutados extrajudicialmente, casi todos sin que mediara una investigación meticulosa sobre sus supuestas actividades antijaponesas previas a la guerra. Los relatos de posguerra de los habitantes de Singapur que vivieron el proceso reflejan que los procedimientos, los métodos de investigación o los criterios de selección carecían de uniformidad y consistencia. Como apunta Lee Geok Boi, «la vida de miles de personas en aquellos días dependía esencialmente de los deseos y caprichos de quienes llevaban a cabo las investigaciones» 30.

En su historia oficial, los supervivientes de la 2.ª Kenpeitai de Campaña reconocen y tienden a justificar los defectos de sus métodos al señalar que era tarea imposible investigar en cuestión de días a toda la población china, estimada en más de 700.000 personas. La presión de los altos mandos, que juzgaban su éxito de forma más cuantitativa que cualitativa, sumada a complicaciones prácticas de tipo idiomático, al desconocimiento de Singapur y sus habitantes y a la notable falta de efectivos, impidieron realizar un examen metódico y completo de la población. Por ello, los oficiales de la kenpeitai en apariencia se mostraron sorprendidos al recibir órdenes de «castigar severamente» (genjū shobun), un eufemismo para ejecutar sumariamente a los detenidos. Tras reflexionar a posteriori sobre su papel en las masacres, estos aceptaron parte de la responsabilidad por no haberse mantenido firmes ante los elementos más radicales del 25.º Ejército, que presionaron para aplicar este otro enfoque, mucho más extremo y que contravenía los procedimientos judiciales militares relativos al tratamiento y castigo de poblaciones civiles hostiles 31.

De hecho, parece que la «purga» fue implementada por la insistencia de algunos individuos intransigentes, como el teniente coronel Tsuji Masanobu (considerado como el cerebro detrás de esta estrategia), no como un esfuerzo coordinado para identificar y eliminar amenazas plausibles para la administración militar japonesa, sino más bien como un ejercicio sistemático de terror, una versión radicalizada de la estrategia militar vigente que tenía como fin amedrentar y someter a la población china 32. Aunque debemos ser prudentes frente al relato ofrecido por la kenpeitai sobre su papel en la «purga», parece que los sectores extremistas del 25.º Ejército tuvieron mucho más éxito a la hora de impulsar sus agendas radicales que los de otros ejércitos invasores en esos primeros meses formativos del conflicto. Por ejemplo, los documentos sobre la planificación de la administración militar en la Malasia británica revelan un gobierno militar arraigado en políticas claramente represivas y discriminatorias (especialmente contra la población china), que reflejaban las actitudes más implacables que circulaban en el seno del 25.º Ejército 33. Ese tipo de actitudes, según algunos contemporáneos japoneses, habían evolucionado primeramente al calor de los encuentros previos con resistencias armadas en otras partes del imperio, sobre todo en China, donde las experiencias más recientes de guerra irregular brutal y prolongada y la adopción de métodos cada vez más implacables para combatirla tuvieron un efecto radicalizador 34.

Cuando las fuerzas niponas invadieron el Sudeste Asiático, ya habían aprendido duras lecciones sobre las dificultades de enfrentar una resistencia guerrillera, adoptando estrategias militares más extremas y desarrollando una arraigada desconfianza hacia la población china, que había desempeñado un papel esencial en la persistencia del problema en el continente 35. Desde 1931, los continuos esfuerzos por reducir la actividad guerrillera difuminaron los límites entre combatientes y no combatientes e ignoraron cada vez más las prohibiciones referidas a las formas de acción aceptables. Las prácticas no convencionales, cuestionables y en ocasiones ilegales pasaron a ser la norma. Se entendía que eran necesarias las ejecuciones sumarias frente a las fuerzas irregulares, con el fin de restaurar el orden en áreas de operaciones donde capturar prisioneros se tornaba engorroso y el largo procedimiento de convocar tribunales militares se consideraba muy poco adecuado 36. Además, el continuo acoso por parte de combatientes de paisano, que evitaban el combate directo, se movían por el territorio y desaparecían entre una población generalmente dispuesta a apoyarles y darles refugio, intensificaba las sospechas, miedos y rabia frente a la población china 37. Frente al trasfondo de unas actitudes en proceso de radicalización, la acumulación de fracasos por parte de enfoques más moderados, unido al incremento de la presión para acabar con una penosa guerra de desgaste que consumía innumerables recursos, generaron un escenario propicio para métodos más extremos y periódicas escaladas de violencia. Aunque los asesinatos a gran escala, como los de Nanjing, no fueron algo frecuente, las masacres de menor dimensión y la destrucción generalizada que provocaban las políticas de tierra quemada, como la estrategia denominada «mátalos a todos, saquéalo todo, quémalo todo» que se empleó en el norte de China en 1941, se convirtieron en herramientas de la táctica contraguerrillera japonesa, especialmente cuando las circunstancias parecían justificar una acción drástica 38. Estas experiencias previas dieron forma a la percepción de la población china en el extranjero, exacerbaron las valoraciones de los estrategas sobre los peligros de permitir el desarrollo de resistencias y, simultáneamente, limitaron cualquier inhibición con respecto a la permisividad y al valor con que se veía el empleo de formas extremas de violencia. Sin duda, estos encuentros contribuyeron a que se adoptara la violencia masiva como estrategia preventiva en Singapur en febrero de 1942.

No obstante, la intención inicial de los planificadores del 25.º Ejército no había sido implementar esa impactante y devastadora demostración de fuerza en Singapur. Según el testimonio de posguerra de su jefe de inteligencia militar, el coronel Sugita Ichiji, cuando comenzó la invasión en diciembre de 1941 el plan consistía en operaciones de limpieza a pequeña escala, para lo cual, como en otras áreas, la kenpeitai había empezado a preparar listas de líderes de la comunidad china que serían detenidos e investigados por sus actividades antijaponesas 39. Pero en febrero de 1942, al final de la campaña de Malasia, quienes controlaban la toma de decisiones eran partidarios de un despliegue de fuerza más contundente para establecer decididamente el dominio japonés. Las memorias de los involucrados en la purga sugieren que este cambio de política podría atribuirse a circunstancias específicas de la Malasia británica y a las características individuales de la población china, que, más que en otros territorios ocupados, fue percibida como irremisiblemente predispuesta contra del dominio japonés y completamente partidaria de obstaculizarlo 40. Conviene señalar que la Malasia británica albergaba la comunidad china más extensa, nacionalista y pudiente de todo el Sudeste Asiático 41. En Singapur, se estimaba que constituía el 78 por 100 de la población y se creía que ejercía un importante dominio sobre los círculos financieros de la ciudad 42. Además, aunque la actividad antijaponesa de preguerra era muy amplia entre las poblaciones chinas del Sudeste Asiático, esta había resultado más beligerante, dañina y extendida en la Malasia británica, donde el Kuomintang y el Partido Comunista Chino contaban con bases de apoyo reconocibles 43. Como muestra fehaciente del arraigado y firme sentimiento antinipón, el relativo éxito de la oposición por parte de un grupo amplio e influyente de la población antes de la guerra se convirtió en una fuente de preocupación, especialmente considerando que dicho grupo, al ser el motor económico de la península, estaba muy bien situado para socavar las iniciativas japonesas durante la contienda 44.

Las condiciones escasamente favorables surgidas tras la invasión del 25.º Ejército exacerbaron aún más los prejuicios preexistentes y los temores iniciales frente a la dificultad para gobernar a un numeroso grupo de personas de probada hostilidad que, además, tenía el dominio sobre los activos que los militares buscaban controlar. Fue en Singapur donde las fuerzas japonesas recibieron la acogida más hostil de entre todos los ejércitos invasores del Sudeste Asiático, y, aunque rápidamente controlados, los disturbios que siguieron a la ocupación de la ciudad no contribuyeron a aliviar las preocupaciones existentes en materia de seguridad. De hecho, en el caos resultante desaparecieron los integrantes de una pequeña fuerza de voluntarios, conocida como Dalforce por su comandante, el coronel John Dalley, que había realizado ciertas funciones de quinta columna tras las líneas enemigas antes de la rendición británica. Su llamativa ausencia entre los prisioneros capturados resultó ser especialmente amenazadora, recordando a encuentros acaecidos en China donde los combatientes se despojaban de sus uniformes para confundirse con la población para evitar ser capturados 45. La buena disposición de los miembros de la comunidad china a resistir la invasión, como mínimo a través de la lucha guerrillera, enfureció a algunos oficiales como Tsuji, acrecentando las tensiones y condicionando su percepción de que probablemente se estuviese conformando una resistencia clandestina en Singapur 46. Al parecer, existía una preocupación muy real de que la población china hubiese recibido órdenes de iniciar una resistencia guerrillera en la ciudad y los testimonios ofrecidos durante los juicios británicos de posguerra dibujaron un escenario securitario pésimo 47. Puede cuestionarse la fiabilidad de esas valoraciones, pero la mera posibilidad de resistencia, una amenaza exagerada por las lecciones aprendidas en China y las condiciones particularmente complejas de Singapur parece que tuvieron alguna influencia en la toma de decisiones 48. Además, que dicha resistencia pudiese emerger en un territorio visto como esencial para los éxitos del esfuerzo de guerra nipón en el Sudeste Asiático significaba que era mucho más importante suprimir de forma rápida y terminante cualquier posible oposición.

Dentro de esta guerra por los recursos, que la propaganda japonesa definía cada vez más como una lucha a vida o muerte por la supervivencia, la Malasia británica y sobre todo Singapur iban a desempeñar un papel fundamental 49. La península malaya tenía una ubicación estratégica que la convertía en un lugar indispensable para asegurar, y posteriormente defender, el acceso a los campos petrolíferos de las Indias Orientales Neerlandesas, uno de los principales objetivos bélicos de los militares. Singapur, con sus excelentes conexiones de transporte y su defendible posición, era uno de los centros regionales de almacenamiento y distribución más importantes, y como tal se había convertido en el nodo comercial clave de la región. Combinado con el abundante suministro de recursos naturales que podía obtenerse de Malasia, caso del caucho y el estaño, esta península adquirió un enorme potencial como uno de los puntales económicos de la parte meridional del imperio japonés 50. Conscientes de las ventajas estratégicas y económicas de ocupar la Malasia británica, los planificadores japoneses proyectaron convertirla en el corazón de la estrategia militar japonesa en el sur 51. Así pues, mientras que áreas como Birmania o las Filipinas solo serían importantes durante la guerra y algún día serían nominalmente independientes, siempre se consideró que la Malasia británica sería absorbida como una colonia 52. Junto con las difíciles circunstancias reinantes en la región, los planes a largo plazo para Singapur incrementaron la urgencia de imponer un dominio japonés firme, una tarea que, pese a tener en sí misma una importancia capital, se hizo más acuciante conforme una gran parte de la fuerza de invasión original fue trasladada a otras áreas 53. Así, mientras que algunos moderados como Fujiwara Iwaichi, jefe de una unidad encargada de estrechar vínculos con los líderes nacionalistas en Asia, arremetieron posteriormente contra las masacres en Singapur por el daño irreparable que causaron a las relaciones entre las fuerzas niponas y la población local, los partidarios de la línea dura celebraron la estrategia como un ataque preventivo contra la principal fuente del sentimiento antijaponés dentro de un área considerada clave para la estrategia bélica japonesa 54. El mayor Sakakibara Masaharu, oficial del Cuartel General Imperial que visitó la región en 1942, consideró el «problema chino» en Singapur de la máxima gravedad, elogiando el asesinato de «unos 300 chinos fuera de la ley» en la ciudad como una «medida [completamente] apropiada» 55. Por ende, en Singapur, la violencia de masas como herramienta de ocupación militar fue concebida y apoyada por los sectores más radicales del ejército nipón, pero sería la confluencia de múltiples factores contextuales lo que crearía las condiciones en las cuales se pudo tomar la decisión de emplear una medida tan drástica. Este mismo patrón puede observarse en 1943 en Panay, donde aquellos que abogaban por soluciones radicales para acabar con el problema de la resistencia también fueron capaces de implementar su agenda.

Panay, 1943

La ocupación de Panay por las fuerzas japonesas al mando del mayor Kawamura Saburō, reasignado tras finalizar las operaciones de limpieza en Singapur, fue sencilla comparativamente hablando. La 61.ª División del Ejército de Estados Unidos en el Lejano Oriente (USAFFE) no opuso resistencia a las fuerzas japoneses cuando ­desembarcaron el 16 de abril de 1942, y cuando en mayo se produjo la rendición del coronel Albert Christie, apenas se habían producido algunos pequeños enfrentamientos. De hecho, según el diario de campaña de Kawamura, el principal obstáculo para el avance de su destacamento durante los primeros días de la ocupación fueron las alteraciones y daños producidos por la generalizada política de tierra quemada que implementó el USAFFE antes de la invasión 56. No obstante, solo unos meses después la guarnición japonesa en Panay se encontró frente a una resistencia guerrillera potente y excepcionalmente organizada, hasta el punto de que consiguió apuntarse algunas victorias militares de entidad a finales de 1942, en lo que el capitán Kumai Toshimi describió como la «peor guerra de guerrillas de todo el conflicto del Pacífico» 57.

Tras unos meses de preparación, en agosto de 1942 las guerrillas de Panay, lideradas por el teniente coronel Macario Peralta Jr., lanzaron diversos ataques contra el 33.º Batallón Independiente de Infantería, comandado por el teniente coronel Senō Yasumi, que había permanecido como guarnición en la isla 58. Esta unidad, drásticamente reducida tras el redespliegue de la fuerza principal en Mindanao, no estaba en absoluto preparada para el brusco deterioro de la paz y el orden que se produjo en Panay. De hecho, en un informe enviado a Manila en junio de 1942 se describía a la población como bastante pacífica por su aparente voluntad cooperativa con los esfuerzos militares japoneses 59. Así se explica que la unidad de Senō se viera rápidamente desbordada por las numerosas emboscadas y asaltos guerrilleros que sufrió entre agosto y octubre de 1942. Según Kumai, enviado para reforzar la guarnición a comienzos de octubre como parte del 37.º Batallón Independiente de Infantería (37.º BIF), los combates eran intensos. Las tropas niponas, casi siempre bajo presión enemiga, llegaron a temer abandonar sus campamentos y fueron gestando un creciente resentimiento por el irrespetuoso trato que los guerrilleros brindaban a sus camaradas caídos 60. A finales de octubre, cuando la primera oleada de ataques llegó a su fin, la situación se había tornado crítica para las fuerzas japonesas. Obligadas a retirarse de la mayoría de las localidades, estaban esencialmente confinadas y casi bajo asedio en las cuatro guarniciones que mantenían bajo control 61.

En noviembre de 1942, respondiendo al repentino incremento de la inestabilidad en Panay y en toda la región de las islas Bisayas, el cuartel general del 14.º Ejército en Manila envió refuerzos adicionales para, tal y como manifestaba en el diario Manila Tribune —controlado por Japón—, realizar «operaciones generales e intensivas contra estos bandidos y guerrilleros con el fin de que dichos elementos rebeldes sean completamente aniquilados» 62. Contando con esos refuerzos adicionales, con suministros extra y algo de apoyo aéreo, el 37.º BIF pudo lanzar un contraataque más efectivo contra la guerrilla. No obstante, Peralta había ordenado a sus hombres retirarse y aplicar una estrategia de tierra quemada, consciente de que la munición se estaba agotando y de que la ayuda estadounidense no estaba «a la vuelta de la esquina», contrariamente a lo que había pensado en primera instancia 63. Abandonadas solo unos meses antes por la fuerte presión guerrillera, las guarniciones japonesas pudieron ser recapturadas con facilidad y la influencia nipona se extendió más profundamente en el territorio guerrillero en el interior de la isla. Ahora bien, aunque las fuerzas japonesas pudieron informar de la captura de algunos equipos de radio y suministros militares, no hubo apenas bajas entre los guerrilleros debido a la renuencia de sus unidades a combatir y sus mandos quedaron en parte intactos 64.

La incapacidad para entablar combate directo con el enemigo hizo que las tácticas militares japonesas comenzaran a centrarse más en la población civil como fuente principal de apoyo y sustento para la guerrilla. La violencia a baja escala se empleó como parte integral de la estrategia contraguerrillera, aunque todavía de forma muy limitada. Se advirtió a los civiles de que se les aplicarían castigos severos si colaboraban con la guerrilla, se amenazó con sanciones colectivas por cada soldado nipón muerto y se tomó como rehenes a los familiares de los cabecillas guerrilleros conocidos para forzar su rendición. Los pueblos y ciudades fueron bombardeados intermitentemente, se implementó una política de tierra quemada —aunque de menor alcance que la empleada por las propias guerrillas— y se torturó a supuestos miembros de la resistencia para obtener información, siendo la mayoría liberados, si bien unos pocos fueron sumariamente ejecutados 65. Los documentos de la guerrilla evidencian que, pese a esta variación en la táctica, la violencia contra los civiles y sus medios de vida siguió limitada al mínimo: se recurrió a ella fundamentalmente para desestabilizar la cotidianeidad en las áreas ocupadas por la guerrilla y persuadir a los civiles de que regresasen a las poblaciones bajo control japonés, donde podían monitorizar sus movimientos y quedaban más expuestos a la propaganda pronipona 66. Apoyándose en la enérgica campaña de pacificación de la unidad del teniente Hitome Junsuke, desplegada en Panay tras algunos éxitos iniciales en la pacificación de áreas rebeldes en Luzón a comienzos de año, las operaciones de limpieza comenzaron a ofrecer algunos resultados positivos, al decrecer notablemente la actividad guerrillera 67. Continuaron produciéndose pequeños enfrentamientos intermitentes con patrullas japonesas por la recogida de la cosecha, pero en su mayoría los esfuerzos de la guerrilla se redujeron a emboscadas ocasionales y a tirotear a las unidades que se aventuraban demasiado cerca de sus bases 68. Como resultado, la paz y el orden mejoraron notablemente. Las diversas localidades fueron repoblándose de forma paulatina, los mercados se llenaron de nuevo y se generó una atmósfera más relajada 69.

Sin embargo, pese a la relativa calma que reinaba en ese momento, las guerrillas de Panay seguían siendo vistas como una amenaza importante para la ocupación japonesa en Filipinas. Tras haber logrado establecer una red de inteligencia mucho más extensa, la guarnición nipona era consciente para entonces de que las operaciones de limpieza realizadas en 1942 solo habían forzado a la resistencia a actuar de forma más clandestina 70. Basándose en la monitorización de señales de radio, los comandantes japoneses comprendieron que la drástica reducción de la actividad armada enemiga no era sino un engaño 71. De hecho, su objetivo era persuadir a las fuerzas niponas de que el ejército de Peralta se había disuelto, siguiendo las órdenes del general Douglas MacArthur, comandante de la USAFFE, de «pasar desapercibidos» 72. Aunque las unidades japonesas apenas debían temer ya asaltos a gran escala contra las guarniciones y otras instalaciones militares, la expansión de las actividades subversivas, incluyendo la vigilancia, el sabotaje y los desórdenes públicos, fueron una constante fuente de alarma para los mandos. Resultaba especialmente preocupante la capacidad de Peralta para mantener un contacto regular con MacArthur tras noviembre de 1942 y distribuir sus instrucciones entre los líderes de las unidades guerrilleras diseminadas por el archipiélago a través de una red bien estructurada de comunicaciones 73.

No en vano, dicho apoyo sirvió para impulsar la resistencia en Filipinas. A mediados de 1943, los diversos y desperdigados grupos guerrilleros habían sido capaces de sobreponerse a los conflictos por el liderazgo y comenzaron a lanzar ataques más coordinados, planificados y atrevidos, especialmente en Luzón. En junio se produjo allí un intento de asesinato contra José Laurel, futuro presidente de la «independiente» República de Filipinas 74. El rápido deterioro de la paz y el orden interrumpió la obtención de recursos naturales y puso todavía más presión sobre las escasas y mal equipadas fuerzas niponas en Filipinas, en un momento en que la guerra se tornaba cada vez más desfavorable para Japón 75. Así, previamente a la concesión de la independencia en octubre de 1943, que, aparte de estar supeditada a la cooperación filipina, buscaba una reducción de la presencia militar japonesa en las islas, el cuartel general en Manila lanzó una nueva ofensiva contra las fuerzas guerrilleras. Esta se centró particularmente en Panay, que según el teniente general Wachi Takeji, jefe de Estado Mayor del 14.º Ejército, era vista como un símbolo de resistencia en el archipiélago. Las valoraciones de Takeji estaban condicionadas por los informes de los soldados sobre el terreno, como era el caso de Hitomi, quien había advertido de que la organización de Peralta constituía una fuerza inusualmente poderosa y que debía ser tratada con extrema cautela 76. Esto se vio refrendado por la atrevida emboscada contra el convoy del teniente general Tanaka Shizuichi, comandante del 14.º Ejército, durante su visita a la isla en marzo de 1943, lo que afianzó el estatus de Panay como bastión de la resistencia. Tanto Hitomi como Kumai coinciden en señalar que este ataque desató la ira del mando del 14.º Ejército, siendo un factor determinante en el establecimiento de la isla como el foco de esta segunda ofensiva contra la guerrilla en Filipinas, pese a la relativa tranquilidad reinante 77.

Debido al embarazoso atentado contra Tanaka y los constantes fracasos para terminar con la resistencia, que incluso requirieron del envío de refuerzos desde Manila en dos ocasiones, los comandantes en Panay se encontraron bajo una tremenda presión de sus superiores, que exigían resultados a cualquier precio 78. Las operaciones de castigo realizadas en 1943 por las guarniciones en otras áreas rebeldes del archipiélago siguieron estando bastante controladas en lo que respecta al despliegue de violencia, pero las campañas en Panay representaron una clara desviación frente al enfoque más moderado del año anterior. Esto se debió a un importante cambio en la estrategia adoptada, proporcional al fracaso de esos enfoques más mesurados. Por ejemplo, tras haberse vuelto escéptico respecto al potencial de una estrategia conciliadora en Panay, en mayo de ese año Hitomi ya había sugerido que un cierto uso de la fuerza militar sería esencial para la plena utilización de las capacidades de su unidad de propaganda 79. Otros, como el capitán Watanabe Kengo, propusieron métodos todavía más extremos. ­Inspirándose en sus estudios sobre las tácticas americanas en la guerra filipino-estadounidense (1899-1902), comenzó a abogar por una supresión más meticulosa e inflexible de la resistencia guerrillera, poniendo el foco en los civiles como su principal fuente de apoyo 80. Otros soldados, tras desarrollar una «mentalidad de matar o morir» durante sus experiencias de 1942, se hicieron eco de sus ideas, volviéndose más impacientes con respecto a las prácticas indulgentes, que a su parecer no ofrecían resultados reales o duraderos 81. Por ende, a mediados de 1943, las fuerzas niponas se mostraban más predispuestas a aceptar una estrategia más extrema como la que proponían los partidarios de una línea dura. Tal era el caso de Watanabe, quien, como jefe de operaciones e inteligencia, planeó una campaña contraguerrillera cada vez más dependiente del despliegue de violencia, incluyendo asesinatos masivos e intensivas políticas de tierra quemada, para poder alcanzar los objetivos fijados por unos superiores que exigían resultados en un momento crítico de la ocupación de Filipinas.

Las operaciones se iniciaron en julio de 1943 al sur de la provincia de Iloilo, extendiéndose a buena parte de la isla hasta su conclusión a finales de diciembre de ese año 82. Con las guerrillas manteniendo su política de «pasar desapercibidos», el 37.º BIF tuvo que afrontar importantes dificultades en sus esfuerzos por apresar a los líderes más importantes, localizar las bases de operaciones y capturar equipos de radio y otros suministros militares. Según el teniente Máximo Salvador, ayudante de distrito en el ejército de Peralta, las fuerzas japonesas simplemente carecían de efectivos suficientes para peinar a un tiempo toda la isla. Además, era muy sencillo identificar a los soldados nipones por sus uniformes, lo que significaba que la guerrilla, organizada en unidades altamente móviles, podía ir siempre un paso por delante y replegarse a las localidades situadas fuera del área de operaciones designada 83. Como respuesta, algunos soldados japoneses se disfrazaban de civiles o se movían de noche, empleando a colaboradores filipinos para desplazarse de forma más rápida por un terreno difícil y desconocido 84. Sin embargo, las tácticas adoptadas por el 37.º BIF durante la campaña se caracterizaron en su mayoría por emplear altas dosis de violencia a gran escala que se dirigió deliberada y casi exclusivamente contra los civiles, en contraste con lo sucedido en las operaciones de 1942.

La violencia de masas en Panay fue controlada y sistemática en cuanto a su propósito, pero indiscriminada en la selección arbitraria de civiles, independientemente de si tenían o no vinculación probada con la resistencia. Los objetivos eran tres. Primero, las torturas y ejecuciones públicas, a menudo en grupos pequeños, se emplearon para empujar a las comunidades locales a proveer información sobre la organización de la guerrilla y sus principales bases de operaciones, a la par que para identificar a cualquier vecino que les hubiera prestado apoyo material 85. Segundo, los civiles sorprendidos escondiéndose o intentando escapar de las zonas donde operaban las tropas japonesas eran ejecutados in situ, mientras que los edificios vacíos eran incendiados y saqueados para obligar a la población local a permanecer en sus casas en vez de trasladarse a determinadas áreas, siguiendo instrucciones de la guerrilla. Por último, se realizaron masacres indiscriminadas y la destrucción gratuita de propiedades con el doble propósito de forzar la rendición de representantes del gobierno en áreas que todavía no estaban bajo control nipón y maximizar el sufrimiento de los civiles. La idea era deteriorar la relación entre la población y una guerrilla que parecía incapaz de defenderla o no quería hacerlo 86. Aparte de un incidente en Capiz, donde soldados nipones descargaron su rabia contra civiles tras descubrir que la rendición de los funcionarios locales había sido planeada por la guerrilla, la violencia masiva durante este tipo de operaciones fue en general ejercida de forma organizada y metódica 87. Los informes de inteligencia de la guerrilla documentaron ampliamente la naturaleza estratégica de la violencia desatada por los japoneses en 1943, revelando que en aquellas zonas donde los funcionarios civiles se rindieron o donde la población civil se había mostrado especialmente cooperativa los comandantes japoneses cumplieron en buena medida sus promesas de no causar ningún daño a quienes atendieran sus exigencias 88. En otras palabras, había una lógica identificable detrás del empleo de la violencia masiva en Panay durante la segunda mitad de 1943. Como ya sucediera en Singapur, esta lógica estaba arraigada en el pensamiento estratégico de los sectores más extremistas del ejército japonés. Estos, tras radicalizarse en contacto con una resistencia feroz y con los múltiples fracasos de las praxis de violencia más moderadas, llegaron a considerar las tácticas de terror altamente destructivas y extremas como una solución viable y válida frente a un problema persistente que sus superiores les urgían resolver, debido a las crecientes exigencias de un contexto bélico cada vez más adverso para Japón.

* * *

Las necesidades de la guerra y las correspondientes limitaciones que afectaron a las actividades de pacificación comportaron que la violencia desempeñase un papel central en la estrategia militar japonesa para mantener la paz y el orden en el Sudeste Asiático. Con la idea de cumplir una función beneficiosa, la fuerza se ejercía por lo general de forma controlada y prudente, es decir, como mecanismo para disuadir y castigar las formas de oposición, más que para alimentarlas. Dicho esto, hubo sectores dentro del ejército que abogaron por estrategias de ocupación más extremas. Para estos, la violencia masiva tenía valor ya fuera como demostración preventiva de poderío militar o como solución decisiva para terminar con los continuos fracasos en la supresión de la resistencia. Periódicamente, la estrategia militar nipona en el Sudeste Asiático ocupado se radicalizaba en la medida en que los defensores de estas tácticas se hacían con el control efectivo del proceso de toma de decisiones, imponiéndose a los enfoques moderados de aquellos más preocupados por las potenciales repercusiones de un uso excesivo de la fuerza.

Siguen sin estar claras las motivaciones concretas de quienes planearon las estrategias radicales que dieron como resultado las masacres a gran escala en Singapur y Panay, incluso para los más implicados en la implementación de estas operaciones. Sin embargo, el análisis realizado en este artículo ha permitido identificar algunos patrones importantes en las circunstancias donde la violencia de masas fue empleada como herramienta de control de la población. El haber enfrentado resistencias, especialmente una virulenta guerra irregular, y la exigencia de tener que responder a unos contextos locales fluidos, impredecibles y a menudo hostiles en el trasfondo de un escenario bélico más amplio que acrecentaba la presión y la urgencia de (re)afirmar el control japonés en determinados momentos, condicionaron las interpretaciones de algunos comandantes en ambos escenarios. Estos llegaron a percibir el ejercicio sensato de la violencia como algo demasiado indulgente y como una forma insuficiente de lidiar con los desafíos a los que se enfrentaban. En resumen, frente a grupos concretos y en determinados momentos, los comandantes desplegados sobre el terreno dispusieron que había que adoptar resoluciones más excepcionales para asegurar la docilidad de la población local, de la que dependía la consecución de los objetivos militares.

Esencialmente, este análisis ha permitido ver cómo algunos de los episodios de violencia de masas que salpicaron la ocupación del Sudeste Asiático durante la Segunda Guerra Mundial estuvieron definidos por una lógica causal arraigada en los cálculos estratégicos de los comandantes japoneses. Sus decisiones dirigidas al empleo de medidas más extremas en momentos concretos estuvieron influidas por la confluencia de factores cambiantes relacionadas con el contexto macro y, fundamentalmente, micro. De hecho, la decisión de recurrir a soluciones más radicales en Singapur y Panay no partió de la cúpula, si bien las demandas del alto mando hacia sus subordinados desempeñaron un papel importante. Al contrario, las estrategias de violencia masiva surgieron sobre el terreno; por eso debemos situar la lógica causal principalmente en las cambiantes dinámicas locales y en la relativa autonomía de los comandantes de campo, que de forma eventual y estratégica podían emplear soluciones extremas frente a determinadas situaciones sin ser castigados por ello. Esto subraya el valor de seguir investigando, como propone este dossier, y de abordar la violencia de masas en tanto que fenómeno contingente, entendida como un proceso de radicalización cuyo despliegue se produce a ras de suelo y está condicionado por factores que operan tanto a nivel macro como a nivel micro.

[Traducción del inglés: David Alegre Lorenz y Miguel Alonso Ibarra]


1 Podemos encontrar ejemplos de esta retórica en varios discursos de oficiales japoneses en Filipinas, publicados en el Official Journal of the Japanese Military Administration (en adelante Official Journal), vols. I-XII, 1942-1943.

2 «Significance of the Fall of Singapore Given», Official Journal, vol. I, 16 de febrero de 1942, pp. 9-10.

3 Keijirō Ōtani: Kenpei: Moto tōbu kenpeitai shireikan no jidenteki kaisō [Policía Militar: Memoria autobiográfica del antiguo comandante de la Sección Oriental de la Policía Militar], Tokio, Kōjinsha, 2006, p. 299, e Iwaichi Fujiwara: F. Kikan: Japanese Army Intelligence Operations in Southeast Asia during World War II, traducción de Akashi Yoji, Singapur, Heinemann Educational Books, 1983, p. 98.

4 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro: Taiheiyō Sensō Saiaku no Gerira Sen [La sangre y el barro de Filipinas: la peor guerra de guerrillas del conflicto del Pacífico], Tokio, Jiji Press, 1977, p. 64.

5 Esa libertad de acción se apunta en Satoshi Nakano: Japan’s Colonial Moment in Southeast Asia, 1942-1945: The Occupiers’ Experience, Londres-Nueva York, Routledge, 2019, quien aborda la planificación e implementación de las políticas de ocupación japonesas y destaca el desequilibrio entre los ideales impulsados desde el centro y las realidades sobre el terreno.

6 Por ejemplo, los sectores extremistas presentes en el seno del 16.º Ejército no consiguieron imponer políticas más represivas. Para más detalles, Mitsuo Nakamura: «General Imamura and the Early Period of Japanese Occupation», Indonesia, 10 (1970), pp. 9-19.

7 Entre otros, Alexander Downes: Targeting Civilians in War, Ithaca, Cornell University Press, 2008; Stathis Kalyvas: The Logic of Violence in Civil War, Nueva York, Cambridge University Press, 2006; Martin Shaw: War and Genocide: Organized Killing in Modern Society, Cambridge, Polity, 2003; Scott Straus: The Order of Genocide: Race, Power, and War in Rwanda, Ithaca, Cornell University Press, 2006, y Benjamin Valentino: Final Solutions: Mass Killing and Genocide in the 20th Century, Ithaca, Cornell University Press, 2004. Un útil resumen de los avances en este campo en Scott Straus: «“Destroy Them to Save Us”: Theories of Genocide and the Logic of Political Violence», Terrorism and Political Violence, 24(4) (2012), pp. 544-560.

8 Louise Young: «Ideologies of Difference and the Turn to Atrocity: Japan’s War on China», en Roger Chickering, Stig Förster y Bernd Greiner (eds.): A World at Total War: Global Conflict and the Politics of Destruction, 1937-1945, Cambridge, Cambridge University Press, 2005, pp. 337-338.

9 «Nanpō Senryōchi Gyōsei Jisshi Yōryō» [«Boceto para la implementación de una administración militar en las áreas meridionales ocupadas»] (20 de noviembre de 1941), Japan Center for Asian Historical Records (JACAR), Document C12120152100.

10 Ken’ichi Goto: Tensions of Empire: Japan and Southeast Asia in the Colonial and Postcolonial World, Ohio, Ohio University Press, 2003, p. 78. Para más detalles sobre la implicación japonesa en el Sudeste Asiático antes de la Segunda Guerra Mundial, Mark Peattie: «Nanshin: The “Southward Advance”, 1931-1941, as a Prelude to the Japanese Occupation of Southeast Asia», en Peter Duus, Ramon Myers y Mark Peattie (eds.): The Japanese Wartime Empire, 1937-1945, Princeton, Princeton University Press, 1996, pp. 189-242.

11 Ofrece más detalles al respecto Satoshi Nakano: Japan’s Colonial Moment..., pp. 26-107.

12 «Nanpō Sakusen ni tomonau Senryōchi Tōchi Yōkō» [«Boceto del gobierno en territorios ocupados según las operaciones en la zona sur»] (25 de noviembre de 1941), JACAR, Document C12120137500.

13 Ibid., y Ken’ichi Goto: Tensions of Empire..., pp. 78-79.

14 Keijirō Ōtani: Kenpei..., p. 298.

15 Un informe traducido criticando las operaciones de castigo en Pampanga a finales de 1942 en Pacific Area Command Military Intelligence and Research Service (PACMIRS), Translations 1 (pp. 56-57), National Archives at College Park (NACP), Record Group (RG) 165, Records of the War Department General and Special Staffs, Entry 79, «P Files», Box 1820.

16 Esto fue planteado en un folleto publicado en octubre de 1940 con el nombre del general Nishio Toshizō, comandante del Ejército Expedicionario de China; «Translation of Pamphlet» (p. 13), NACP, RG 165, Entry 77, Military Intelligence Division «Regional Files», Japan 6000-6010, Box 2131.

17 «Bulletin of Punishments», en Wartime Translations of Seized Japanese Documents: Allied Translator and Interpreter Section Reports, 1942-1946 (en adelante ATIS Reports), Enemy Publications, No. 15, Bethesda, Congressional Information Service, 1988.

18 «Records on the Malayan Operations of the 25th Army», en US Army, Historical Section, Japanese Monograph Series, Washington, Military History Section Headquarters, c1952, No. 54, p. 101, y «Miscellaneous Records of Unit 8125 in Malaya and the Philippines», en ATIS Reports, Enemy Publications, No. 9.

19 «Hōritsu Dai San Jū Go Gō: Rikugun Keihō Chū Kaisei Hōritsu» [«Ley n.º 35: Enmienda del Código Penal del Ejército»] (febrero de 1942), JACAR, Document A03022684800, artículo 88.

20 «Watari Hō Dai Hachi Jū Ichi Gō» [«Ley Watari n.º 81»] (mayo de 1943), JACAR, Document C1402069880.

21 PACMIRS, Weekly Report 4 (pp. 21-22), NACP, RG 165, Entry 79, Box 1802.

22 Kawamura Saburō describe la situación en su diario de campo: «Personal War Diary of Japanese Officer (Part 1)» (entrada del 19 de febrero de 1942), The National Archives at Kew (TNA), War Office (WO) 325/1, y Chin Kee Onn: Malaya Upside Down, Singapur, Jitts and Co. Ltd., 1946, pp. 18-25.

23 Mamoru Shinozaki: Syonan - My Story: The Japanese Occupation of Singapore, Singapur, Asia Pacific Press, 1975, p. 18, y Charlie Fook Ying Cheah Interview, Accession 000385 (1984), Transcript (p. 19), National Archives of Singapore (NAS), Oral History Centre (OHC).

24 Un relato de la purga basado en los testimonios orales de los supervivientes en Geok Boi Lee: The Syonan Years: Singapore under Japanese Rule, 1942-1945, Singapur, National Archives of Singapore, 2005, pp. 105-16. Para un relato basado en fuentes japonesas, véase Henry Frei: Guns of February: Ordinary Japanese Soldiers’ View of the Malayan Campaign and the Fall of Singapore, 1941-1942, Singapur, National University of Singapore, 2004, pp. 141-157.

25 «Declaration’», The Shōnan Times, 23 de febrero de 1942, p. 3.

26 Keijirō Ōtani: Kenpei..., p. 299, y Satoru Ōnishi: Hiroku Shōnan Kakyō Shukusei Jiken, Tokio, Kongō Shuppan, 1977, p. 73.

27 Elly Touwen-Bouwsma: «Japanese Policy towards the Chinese on Java, 1942-1945: A Preliminary Outline», en Paul Kratoska (ed.): Southeast Asian Minorities in the Wartime Japanese Empire, Londres, Routledge&Curzon, 2002, pp. 57-61, y Antonio Tan: The Chinese in the Philippines during the Japanese Occupation, Quezon City, University of the Philippines Press, 1981, pp. 40-46. Por su parte, Yoji Akashi: «Japanese Policy towards the Malayan Chinese, 1941-1945», Journal of Southeast Asian Studies, 1(2) (1970), pp. 61-66, examina las actitudes del ejército japonés con respecto al «problema chino» en el Sudeste Asiático durante los primeros meses de ocupación.

28 «Hitō Kakyō Taisaku Yōkō» [«Normas para la toma de medidas en Fili­pinas contra los chinos de ultramar»] (16 de marzo de 1942), JACAR, Document C14061166800; se informó de las ejecuciones el 24 de mayo de 1942 en el Official Journal, vol. IV, p. 3.

29 «Kakyō Taisaku Yōryō» [«Medidas esenciales a tomar contra los chinos de ultramar»] (14 de febrero de 1942), JACAR, Document B02032971500, y Keijirō Ōtani: Kenpei..., p. 298.

30 Geok Boi Lee: Syonan Years..., p. 107; N. I. Low y H. M. Cheng: This Singapore: Our City of Dreadful Night, Singapur, City Book Store, 1947, pp. 17-18, y Lee Kip Lin Interview, Accession 0000016 (1984), Transcript (p. 49), NAS, OHC.

31 Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi [Historia oficial de la Kenpeitai], Tokio, Zenkoku Kenyūkai Rengōkai-Hatsubaimoto Kenbun Shoin, 1976, pp. 973-980; Satoru Ōnishi: Hiroku..., pp. 76 y 88, y Hirofumi Hayashi: Kakyō Gyakusatsu: Nihon Shihai-ka no Marei Hantō [Masacre de los chinos en el extranjero: la península de Malasia bajo dominio japonés], Tokio, Suzuzawa Shoten, 1992, pp. 213-216, aporta más detalles sobre el sistema japonés de justicia militar.

32 El papel desempeñado por Tsuji es analizado en Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi..., pp. 977-978; Satoru Ōnishi: Hiroku..., p. 75, y Hirofumi Hayashi: «Massacre of Chinese in Singapore and its Coverage in Postwar Japan», en Yoji Akashi y Mako Yoshimura (eds.): New Perspectives on the Japanese Occupation of Malaya and Singapore, 1941-1945, Singapur, Singapore University Press, 2007, p. 237.

33 Un ejemplo en «Kakyō Kōsaku Jisshi Yōryō» [«Nociones esenciales para implementar la operación china en ultramar»] (abril de 1942), JACAR, Document C14060608800. Yoji Akashi: «Japanese Policy...», pp. 62-67, aborda esta cuestión más profundamente.

34 Keijirō Ōtani: Kenpei..., p. 303, y Satoru Ōnishi: Hiroku..., pp. 90-92. Akashi Yoji, Hayashi Hirofumi y, más recientemente, Takuma Melber han detallado el impacto de la «experiencia china». Véase Yoji Akashi: «Japanese Policy...», pp. 63-7; Hirofumi Hayashi: «Massacre of Chinese in Singapore...», pp. 238-240, y Takuma Melber: «The Impact of the “China Experience” on Japanese Warfare in Malaya and Singapore», en Miguel Alonso, Alan Kramer y Javier Rodrigo (eds.): Fascist Warfare, 1922-1945: Aggression, Occupation, Annihilation, Cham, Palgrave Macmillan, 2019, pp. 169-193.

35 Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi..., p. 976, y Yoji Akashi: «Japanese Policy...», pp. 63-67.

36 Entrevista a Ōnishi Satoru en Nihon no Eiryō Maraya Shingapōru Senryōki ni Kansuru Shiryō Chōsa Fōramu [Foro para el estudio de fuentes sobre la ocupación japonesa de la Malasia británica y Singapur], Intabyū Kiroku: Nihon no Eiryō Maraya Shingapōru Senryō, 1941-1945 [Crónicas de las entrevistas: la ocupación japonesa de la Malasia británica y Singapur, 1941-1945], Tokio, Ryūkei Shosha, 1998, pp. 179-183.

37 Yoshiaki Yoshimi: Grassroots Fascism: The War Experience of the Japanese People, Nueva York, Columbia University Press, 2015, aporta información muy interesante sobre la experiencia bélica de los soldados nipones.

38 Véanse los recuerdos de Tominaga Shōzō en Haruko Taya Cook y Theodore Cook: Japan at War: An Oral History, Londres, Phoenix Press, 2000, p. 44. Una visión de conjunto en Callum MacDonald: «“Kill All, Burn All, Loot All”: The Nanking Massacre of December 1937 and Japanese Policy in China», en Mark Levene y Penny Roberts (eds.): The Massacre in History, Nueva York-Oxford, Berghahn, 1999, pp. 223-245.

39 «Transcript of “Chinese Massacres Trial” and related documents» (marzo-abril de 1947) (p. 11), TNA, WO 235/1004, y Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi..., p. 975.

40 Las causas de la purga son analizadas en Satoru Ōnishi: Hiroku..., pp. 80-92; Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi..., pp. 974-5, e Hirofumi Hayashi: «Massacre of Chinese in Singapore...», pp. 238-240.

41 Paul Kratoska: The Japanese Occupation of Malaya: A Social and Economic History, Londres, Hurst & Company, 1998, p. 19.

42 Ibid.; Keijirō Ōtani: Kenpei..., p. 299, y Satoru Ōnishi: Hiroku..., p. 67.

43 Jack Kim Boon Ng Interview, Accession 000362 (1983), Transcript (pp. 3-4), NAS, OHC; para más detalles Stephen Leong: «The Malayan Overseas Chinese and the Sino-Japanese War, 1937-1941», Journal of Southeast Asian Studies, 10(2) (1979), pp. 293-320.

44 Satoru Ōnishi: Hiroku..., p. 80, y Masaharu Sakakibara: Ichi Chūi no Tōnan Ajia Gunsei Nikki [Diario de un teniente del ejército sobre la administración militar del Sudeste Asiático], Tokio, Shōshisha, 1998, p. 81.

45 Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi..., p. 976; para más información sobre esta fuerza, véase Kevin Blackburn y Daniel Chew Ju Ern: «Dalforce at the Fall of Singapore in 1942: An Overseas Chinese Heroic Legend», Journal of Chinese Overseas, 1(2) (2005), pp. 233-259.

46 Mamoru Shinozaki: My Wartime Experiences in Singapore, Singapur, Institute of Southeast Asian Studies, 1973, p. 29.

47 Resume estos argumentos «Closing Address of the Defence» (pp. 1-22), TNA, WO 325/1004.

48 Satoru Ōnishi: Hiroku..., pp. 80-92.

49 Podemos encontrar un ejemplo de este tipo de retórica en Hideki Tōjō: «Inaugural address to the Greater East Asia Conference», Contemporary Japan: A Review of East Asiatic Affairs, XII(11) (1943), pp. 1343-1345.

50 Zenkoku Kenyūkai Rengōkai (ed.): Nihon Kenpei Seishi..., p. 965, y Paul Kratoska: The Japanese Occupation of Malaya..., pp. 20-25.

51 «Instructions on the Administration of Malaya and Sumatra» (abril de 1942), en Harry Benda, James Irikura y Kishi Kōichi (eds.): Japanese Military Administration in Indonesia: Selected Documents, New Haven, Yale University Press, 1965, p. 169; Satoru Ōnishi: Hiroku..., p. 66, e Hirofumi Hayashi: Kakyō Gyakusatsu..., pp. 53-54.

52 «Dai Ni Jū Go Gun Gunsei Jisshi Yōkō» [«Directrices para el 25.º Ejército para implementar la administración militar»] (s.d., 1942), JACAR, Document C14060608700, y «Summary of Government of Each Occupied Territory in the Southern Area» (octubre de 1942) (pp. 24-26), TNA, WO 203/6310, Japanese Plans and Operations in Southeast Asia.

53 Satoru Ōnishi: Hiroku..., pp. 66 y 85, e Hirofumi Hayashi: Kakyō Gyakusatsu..., p. 51.

54 Keijirō Ōtani: Kenpei..., p. 300, e Iwaichi Fujiwara: F Kikan..., pp. 192-195.

55 Masaharu Sakakibara: Ichi Chūi..., p. 81.

56 Entradas fechadas entre los días 16 y 19 de abril de 1942, TNA, WO 325/1.

57 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., p. 4, y Charles A. Willoughby: The Guerrilla Resistance Movement in the Philippines 1941-1945, Nueva York, Vantage Press, 1972, p. 46.

58 Para una historia detallada sobre la organización de la guerrilla, véase Gamaliel Manikan: Guerrilla Warfare on Panay Island in the Philippines, Quezon City, Bustamante Press, 1977.

59 «Sen-jō Dai Yon Jū Hachi Gō» [«Boletín de Información n.º 48 de la unidad Senō Unit»] (20 de junio de 1942), JACAR, Document C13071904900, y Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., p. 18.

60 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., pp. 64-65.

61 Ibid., pp. 25-38, aporta un relato detallado sobre estos enfrentamientos ­iniciales.

62 «Army will Annihilate Guerrillas in Visayas», Manila Tribune, 21 de noviembre de 1942.

63 «Letters from Peralta to Relunia (dated 24 & 28 November 1942)», en Central Philippine University World War II Documents (en adelante CPU Docs.), vol. 9. Se trata de un compendio de más de 200 volúmenes de fuentes contemporáneas compilado por José Balagot, oficial de investigación de las guerrillas de Panay.

64 Véase la traducción de un parte de operaciones detallando las actuaciones en Panay en enero de 1943, PACMIRS, War Crimes Information, Series 4 (pp. 1-7), NACP, RG 165, Entry 79, Box 1820.

65 «S-2 Periodic Report No. 5», en CPU Docs., vol. 22; Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., pp. 27, 37-38 y 64; Romeo Lacorum: Reign of Bayonets, Iloilo, s. e., 2001, p. 28, y Eliseo D. Rio: Rays of a Setting Sun: Recollections of WWII, Manila, De La Salle University Press, 1999, p. 166. El diario Panay Shu-Ho, en su número 3 de fecha 23 de enero de 1943, publicó una carta escrita por el padre de Peralta, retenido como rehén desde finales de 1942.

66 «Report on Japanese atrocities (up to November 1944)», en CPU Docs., vol. 202.

67 Entrevista a Hitomi Junsuke en «Nihon no Firipin Senryōki ni kansuru Shiryō Chōsa Fōramu» [«Foro para el estudio de fuentes relativas a la ocupación japonesa de Filipinas»], Intabyū Kiroku: Nihon no Firipin Senryō [Crónicas de las ­entrevistas: la ocupación japonesa de Filipinas], Tokio, Ryūkei Shosha, 1994, pp. 514-521; para más información Sathosi Nakano: «Appeasement and Coercion», en Setsuho Ikehata y Ricardo Trota Jose (eds.): The Philippines under Japan: Occupation Policy and Reaction, Quezon City, Ateneo de Manila University Press, 1999, pp. 21-58.

68 «Unit Journal, 61st Division (1942-1943)», en CPU Docs., vol. 14 nos da una idea de las actividades de la guerrilla en Iloilo por aquel entonces.

69 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., p. 55.

70 Ibid., pp. 54-55, y PACMIRS, War Crimes Information, Series 4 (pp. 1-4), NACP, RG 165, Entry 79, Box 1820.

71 «Iloilo Military Police Field Diary and Intelligence Reports», en ATIS Reports, Translation Series, No. 24.

72 «Radio Message from General Douglas MacArthur (18 December 1942)», en CPU Docs., vol. 1.

73 Testimony of Wachi Takeji, US vs. Kōno Takeshi (15 de abril-1 de mayo de 1946), Public Trial, vol. 7 (pp. 657-676), NACP, RG 331, Records of the General Headquarters Supreme Commander for the Allied Powers (SCAP Records), Entry 1321, US vs. Japanese War Criminals Case Files, 1945-1949, Box 1563.

74 «Counterintelligence Reports (January-December 1943)», en ATIS Reports, Enemy Publications, No. 343. Charles A. Willoughby: The Guerrilla Resistance Movement..., ofrece una visión de conjunto sobre la actividad guerrillera en Filipinas y el apoyo estadounidense.

75 Entrevista a Hotta Shōichi en «Nihon no Firipin Senryōki ni kansuru Shiryō Chōsa Fōramu» [«Foro para el estudio de fuentes relativas a la ocupación japonesa de Filipinas»], en Intabyū Kiroku: Nihon no Firipin Senryō [Crónicas de las entrevistas: la ocupación japonesa de Filipinas] Tokio, Ryūkei Shosha, 1994, pp. 409-414, donde se comentan las actividades y el impacto de las unidades guerrilleras en las islas Bisayas.

76 Entrevista a Hitomi Junsuke..., p. 516.

77 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., pp. 56-58.

78 Ibid., pp. 221-222.

79 «Jōkyō Hōkoku» [«Informe de situación»] (2 de marzo de 1943), en Satoshi Nakano (ed.): Dai 14 Gun Gun Senden Han Senden Kōsaku Shiryō Shū [Fuentes documentales de las operaciones del destacamento de propaganda del 14.º Ejército], vol. 1, Tokio, Ryūkei Shosha, 1996, p. 577.

80 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., p. 81.

81 Ibid., pp. 63-65.

82 Para un relato más detallado sobre la campana de 1943, véase Kelly Maddox: «An Island of Killing and Slaughter: Anti-Guerrilla Warfare and Civilian-Targeted Violence on Panay, 1943», Journal of Contemporary History, 55(3) (2020), pp. 535-556.

83 Maximo Salvador: Panay Guerrilla Memoirs, Iloilo, s. e., 1974, p. 70.

84 Toshimi Kumai: Firipin no Chi to Doro..., p. 81; este tipo de métodos eran igualmente empleados por los agentes de inteligencia de la guerrilla, véase CPU Docs., vol. 90.

85 Ibid., pp. 81-84.

86 Los detalles de las prácticas japonesas fueron extensamente documentados por la Oficina de Asuntos Civiles, un departamento dentro de la guerrilla encargado de monitorizar a la población civil. Véase CPU Docs., vols. 88-136.

87 «Punitive Expedition on Panay Island», NACP, RG 331, SCAP Records, Entry 1214, War Crimes File, 1946-1950, Box 1123, Manila Report, No. 140, ofrece información adicional acerca de la naturaleza de estas operaciones.

88 La correspondencia y los relatos de los funcionarios civiles aportan más detalles sobre esta estrategia. Véase CPU Docs., vol. 201.