Ayer 137 (1) 2025:23-47
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2803
© Óscar J. Martín García
Recibido: 22-07-2021 | Aceptado: 01-08-2022 | Publicado on-line: 15-01-2025
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Las organizaciones internacionales y la misión del desarrollo en la Guerra Fría

Óscar J. Martín García

INGENIO (CSIC-UPV)
ojmargar@upvnet.upv.es

Resumen: En el cuarto de siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial, la sociedad internacional quedó fascinada por el proyecto del desarrollo y su vinculación con los ideales de progreso, modernidad y bienestar. Durante este periodo, la promesa de la modernización económica y social se convirtió en una certeza colectiva que, a modo de verdad absoluta y revelada, movilizó Estados, sociedades y entidades no gubernamentales por igual. La naciente Organización de las Naciones Unidas y otras instituciones fundadas por los vencedores de la contienda también abrazaron la utopía del desarrollo. Este artículo aborda el papel de las organizaciones internacionales en la cruzada del desarrollo global en conexión con el marco ideológico y geopolítico surgido de la intersección entre la descolonización y la Guerra Fría. A través de fuentes bibliográficas, se examinan el contexto, los discursos, los ideales del internacionalismo tecnocrático y los intereses nacionales que modelaron la misión modernizadora de las organizaciones internacionales en las décadas de 1950 y 1960. De este modo, el trabajo traza el cuadro global en el que se enmarcó la actividad de varias de esas organizaciones en la España del franquismo.

Palabras clave: organizaciones internacionales, desarrollo internacional, modernización, Guerra Fría, descolonización.

Abstract: In the quarter century following World War II, international society was fascinated by the project of international development and its links to the ideals of progress, modernity and wellbeing. During this period, the promise of economic and social modernization became a collective certitude that, as a revealed truth, mobilized states, societies and non-governmental entities in similar ways. The nascent United Nations and other institutions founded by the victors of the War also embraced this utopia of development. This article addresses the role of international organizations in the global development crusade in connection with the ideological and geopolitical framework that emerged from the intersection between decolonization and the Cold War. Through bibliographical sources, it examines the contexts, discourses and ideals of technocratic internationalism in addition to the national interests that shaped the modernizing mission of international organizations in the 1950s and 1960s. In this way, the work presents a full picture of how the activities of several of these organizations were framed in Francoist Spain.

Keywords: international organizations, international development, modernization, Cold War, decolonization.

Introducción

Hoy en día, instituciones como el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) prestan apoyo político y moral, proveen asistencia técnica, facilitan formación y financian proyectos que tratan de promover el crecimiento económico a lo largo y ancho del planeta 1. Desde mediados del siglo xx, dichas organizaciones han impulsado un buen número de cumbres, formulado agendas, definido normas e influido en las políticas globales sobre el desarrollo económico y social de las naciones más necesitadas. Se puede afirmar que en los últimos setenta y cinco años los citados organismos internacionales se han erigido en actores principales en el campo del desarrollo. Esta trayectoria ha sido analizada por un conjunto de investigaciones procedentes de diferentes áreas, con especial protagonismo de las contribuciones en el campo de la historia internacional. Estos trabajos han documentado la aportación de entidades internacionales, agentes no estatales, corporaciones multinacionales y redes trasnacionales al proyecto del desarrollo global posterior a 1945 2. Asimismo, han planteado un análisis de dicho fenómeno que trasciende las tradicionales categorizaciones dicotómicas que entienden el desarrollo, bien como un empeño racional, internacionalista y humanitario, bien como una imposición jerárquica y etnocéntrica, dirigida a subyugar a las naciones del Tercer Mundo 3.

Partiendo de dicha historiografía, el presente artículo busca trazar el cuadro global en el que se enmarcó la actividad de varias organizaciones internacionales en la España de Franco. Se trata, en otras palabras, de proveer el telón de fondo que permita situar al resto de las aportaciones del dosier en el contexto internacional del periodo. Para ello, se aborda el papel de las organizaciones internacionales en la cruzada del desarrollo global desde finales de los años cuarenta hasta comienzos de los setenta. Durante este periodo, la promesa de la modernización económica y social se erigió en una especie de certeza colectiva que, a modo de verdad absoluta y revelada, movilizó Estados, sociedades, instituciones multilaterales y organizaciones no gubernamentales por igual 4. En el cuarto de siglo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, la imaginación del mundo quedó seducida por el proyecto del desarrollo y su vinculación con los ideales de progreso, modernidad y bienestar 5. A lo largo de esas décadas, la utopía del desarrollo cautivó las mentes y los corazones de los dirigentes políticos y de sus respectivas opiniones públicas a ambos lados del Telón de Acero, pero también de los nuevos líderes del Tercer Mundo, ávidos por modernizar sus balbucientes naciones como palanca para superar el pasado colonial y su legado de pobreza, analfabetismo y enfermedad 6.

Las organizaciones internacionales no quedaron al margen de la revolución del desarrollo que marcó la política internacional en las décadas de posguerra. Desde finales de los años cuarenta, las agencias especializadas de la naciente Organización de las Naciones Unidas (ONU) y otras entidades creadas por los vencedores de la contienda se entregaron a la misión del desarrollo internacional 7. El presente trabajo examina, mediante la utilización de fuentes bibliográficas, el contexto, las visiones, los ideales internacionalistas y los intereses nacionales que modelaron la cruzada modernizadora emprendida por la OMS, la FAO, la UNESCO, el BM y otros organismos internacionales entre las décadas de 1950 y 1970.

Descolonización y Guerra Fría

La historia del desarrollo es larga. Una abundante bibliografía ha rastreado la genealogía y evolución de dicho concepto desde sus orígenes en el pensamiento ilustrado. Se ha investigado su influencia en diferentes procesos que marcaron la evolución del sistema internacional contemporáneo. Es conocida la impronta del desarrollo en la «misión civilizadora» occidental del siglo xix, en los acuerdos de Bretton Woods, en el internacionalismo de la Sociedad de Naciones, en el reformismo liberal del New Deal y en el «colonialismo benevolente» europeo de los años treinta y cuarenta 8. Todos estos antecedentes proveyeron las bases teóricas, ideológicas y administrativas sobre las que se sustentó el proyecto del desarrollo surgido tras la Segunda Guerra Mundial, pero su plasmación en el periodo histórico posterior a 1945 adquirió un carácter propio y específico, fruto de la interacción entre la descolonización y la Guerra Fría 9.

Conforme avanzó la década de 1950, la desintegración del poder imperial europeo trasladó el eje de la rivalidad bipolar al llamado Tercer Mundo. Desde comienzos de los años sesenta la competición Este-Oeste se vio atravesada por una nueva dimensión Norte-Sur. Eso hizo que el desarrollo se erigiese en piedra angular de la pugna entre las democracias occidentales y sus adversarios del Este por obtener el apoyo de las nuevas naciones independientes y exhibir la superioridad de sus respectivos sistemas políticos, económicos y sociales. A partir de entonces, el hemisferio sur se convirtió en el campo de batalla en el que se desplegaron diversos proyectos de ingeniería social inspirados en concepciones del desarrollo contrapuestas 10. Si bien dicha competición no se articuló sobre paradigmas únicos y absolutos 11, se puede decir que giró en torno a dos modelos antagónicos que aspiraban a modernizar las áreas poscoloniales a su imagen y semejanza 12.

Las potencias occidentales esgrimieron un arquetipo del desarrollo basado en el cambio norrevolucionario, el crecimiento capitalista, la estabilidad política y el establecimiento de sociedades libres y pluralistas. Habitualmente se ha asociado el inicio de la ofensiva occidental en este ámbito con el conocido Point Four Program presentado por el presidente norteamericano Harry S. Truman en el discurso inaugural de enero de 1949, en el que manifestó la voluntad de poner los grandes avances tecnológicos y económicos estadounidenses al servicio de la «mejora y el crecimiento de las zonas subdesarrolladas» de Asia, África y América Latina. Para acabar con la pobreza y el atraso económico, Truman comprometió una cantidad significativa para la ayuda al desarrollo e invitó a otros países a unirse en «una empresa de cooperación en la que todas las naciones trabajen juntas a través de la [ONU] y sus organismos especializados siempre que sea factible» 13. Aunque dicha alocución traslucía la posición estadounidense en la emergente disputa bipolar, causó gran expectación entre los funcionarios de la ONU y contribuyó a reforzar la resolución previa de la Asamblea General que en diciembre de 1948 había instado al Consejo Económico y Social (ECOSOC) a «examinar más a fondo y con carácter urgente todo el problema del desarrollo económico de los países subdesarrollados en todos sus aspectos». Así, la ONU creó en 1951 el Programa Ampliado de Asistencia Técnica, que funcionó en estrecha coordinación con los programas norteamericanos del Point Four 14.

Los países de la órbita soviética blandieron una noción del desarrollo identificada con la lucha de clases, la justicia social, la utopía comunista y la expansión de la revolución a nivel mundial. El bloque del Este denunció la asistencia técnica de la ONU como un instrumento imperialista para esquilmar los recursos de los países más pobres. Hasta 1953, Moscú y sus aliados se negaron a aportar recursos a la ayuda al desarrollo de la ONU. Tal posición cambió tras la muerte de Stalin, pero la contribución comunista en este ámbito continuó siendo muy limitada, rondando el 5 por 100 a finales de la década de 1950, mientras que la aportación de las potencias de Europa Occidental y Norteamérica alcanzaba el 87 por 100 15. Sin embargo, la Unión Soviética canalizó muchos más recursos hacia los países en vías de desarrollo a través de cauces bilaterales 16. En 1956 el premier Nikita Khrushchev anunció el apoyo a los movimientos de liberación nacional y a la promoción del desarrollo en el Tercer Mundo como líneas maestras de la política exterior soviética. A partir de entonces, el Kremlin incrementó de manera sustancial la asistencia económica, científica, educativa y militar a varios países del hemisferio sur. Firmó acuerdos de cooperación económica y técnica con Indonesia (1956), Egipto (1957), Irak (1959), Guinea (1960), Túnez (1961) y Argelia (1962), entre otros. De esta forma, Moscú trataba de aprovechar las aspiraciones de progreso de unas elites poscoloniales atraídas por el ejemplo de rápida industrialización de la Unión Soviética y por su retórica anticolonialista en la ONU 17.

El creciente atractivo del arquetipo de modernización comunista en el Tercer Mundo, unido al lanzamiento del Sputnik en 1957 y a la revolución cubana en 1959, preocuparon enormemente en Washington. A finales de los años cincuenta, los estrategas estadounidenses dieron la voz de alarma ante los avances soviéticos en las zonas más deprimidas del planeta. En respuesta, la nueva Administración de John F. Kennedy multiplicó los esfuerzos para acabar con las lacras (pobreza, analfabetismo, enfermedad) que, en su opinión, facilitaban el arraigo de fuerzas insurgentes en las regiones poscoloniales. Con ese fin fueron creadas diversas organizaciones (Alianza para el Progreso de América Latina, Food for Peace Program, Peace Corps, Agencia para el Desarrollo Internacional), con las que el Gobierno estadounidense pretendía eliminar las causas estructurales que alimentaban movimientos e ideologías revolucionarias. Entre tales iniciativas cabe destacar la declaración de la «Década del Desarrollo» presentada por el presidente norteamericano ante la ONU en septiembre de 1961. Dicha propuesta fue aceptada por la Asamblea General en su resolución 1710 (XVI), la cual llamaba a la comunidad internacional a aunar fuerzas y recursos en favor del progreso económico y social de los países desaventajados 18.

La promulgación de la «Década del Desarrollo» supuso un fuerte impulso para la actividad de las agencias de la ONU, cuyos proyectos en este campo se fortalecieron significativamente. Tal expansión también estuvo relacionada con una serie de factores que desde la década anterior habían coadyuvado una mayor presencia de las organizaciones internacionales en la esfera del desarrollo. Primero, en las décadas de posguerra imperó un discurso académico y diplomático que veía en el desarrollo un fenómeno multifactorial, interdependiente e interconectado a través de diversos ámbitos como la educación, sanidad, alimentación, investigación, agricultura; lo cual abría un vasto campo de acción y legitimación para las emergentes organizaciones internacionales. Estas encontraron en la ayuda al desarrollo un terreno propicio para salvaguardar su supervivencia institucional, elevar su perfil político, fomentar su liderazgo moral y ganar mayor prestigio internacional. Segundo, las principales potencias (especialmente occidentales) decidieron canalizar una parte de su asistencia al desarrollo a través de distintas instituciones internacionales, cuyo carácter multilateral les permitía repartir el peso de la ayuda y difuminar sus implicaciones políticas, así como proyectar una imagen altruista y facilitar una mayor capacidad de maniobra en entornos hostiles. Tercero, conforme avanzaron los procesos de descolonización, los organismos de la ONU se erigieron en plataformas para las expectativas de progreso de las nuevas naciones independientes, que contemplaron en la ayuda internacional al desarrollo un instrumento para romper con un pesado legado de pobreza y opresión 19. En el Sur Global, la utopía del desarrollo no solo fue abrazada por las elites poscoloniales, sino también por regímenes dictatoriales y juntas militares, como los de Europa del Sur y América Latina, que entendieron que la cooperación con los estamentos internacionales en nombre de la modernización tecnocrática suponía un útil instrumento de legitimación política, estabilidad social y aceptación exterior 20.

Ciertamente, en la ayuda al desarrollo a menudo confluyeron los intereses del Primer y el Tercer Mundo. Aquella no siempre respondió a las pulsiones neocoloniales de las organizaciones internacionales, de las nuevas superpotencias o de las antiguas metrópolis europeas. En muchas ocasiones, la petición de la ayuda fue iniciativa de los nuevos Estados independientes, que veían en la cooperación internacional para el desarrollo un medio para avanzar en la soberanía política y económica. Sus líderes desempeñaron un papel proactivo en la puesta en marcha y orientación de numerosos programas de este tipo. La petición de ayuda raramente conllevó la automática aceptación acrítica de las nociones modernizadoras procedentes de Nueva York, Ginebra, Roma o París. No fue inusual que las elites poscoloniales reelaborasen y ejecutasen su propio patrón de desarrollo, seleccionando aquellos esquemas procedentes del exterior que más les convenían y desechando los que no se acoplaban a sus intereses. En los años sesenta, diversos Gobiernos africanos rechazaron el concepto de desarrollo liberal promovido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por considerar que este lastraba su vía autónoma hacia la modernización nacional 21. A pesar de la magnitud de los recursos y del poder de este tipo de organizaciones, el despliegue de sus proyectos de modernización en el hemisferio sur no estuvo libre de obstáculos, dificultades y resistencias, que requirieron de su modificación y adaptación a unas condiciones y actores locales que desempeñaron un papel protagonista en la empresa del desarrollo.

Las tensiones bipolares proveyeron a los dirigentes del Tercer Mundo de una inusitada capacidad de maniobra para traspasar las fronteras geopolíticas de la Guerra Fría. Armados con un evidente pragmatismo, estos líderes negociaron y cooperaron en proyectos de desarrollo con diversos actores de ambos bloques, como hizo el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser en la gran presa de Asuán, cuya financiación corrió a cargo de la Unión Soviética después de que Washington, Londres y el BM rechazaran el proyecto debido a sus elevados costes 22. Asimismo, los tecnócratas locales encargados de llevar a cabo los planes de modernización educativa del país norteafricano se apoyaron en el asesoramiento de Estados Unidos y la Unión Soviética, pero también de otros donantes como la República Democrática de Alemania e India 23. En paralelo, el Gobierno indio recibió ayuda estadounidense, soviética y alemana (federal) para sus institutos de tecnología en Bombay, Madrás y Kanpur 24. Uno de los principales expertos indios en el campo del desarrollo, Chandra Mahalanobis, mantuvo contactos y colaboraciones con modernizadores liberales como John K. Galbraith y Max Millikan y con economistas socialistas de Hungría, Polonia y la Unión Soviética. Es decir, en la búsqueda del conocimiento especializado sobre el desarrollo, los académicos del Tercer Mundo se movieron sin ataduras en el mercado de ideas de la Guerra Fría.

Los factores del desarrollo internacional

Las organizaciones internacionales facilitaron un marco institucional y un espacio de debate entre distintas concepciones sobre la modernización económica, política y social de los países en vías de desarrollo. Aunque tendieron a imperar las visiones occidentales, tales organismos proporcionaron un terreno en el que los actores del Sur hicieron oír sus ideas sobre el cambio social global 25. En los años cincuenta, uno de los enfoques «heterodoxos» que adquirió mayor relevancia fue el elaborado por Raúl Prebisch, director entre 1950 y 1963 de la Comisión Económica de la ONU para América Latina (CEPAL) 26. Junto con el economista Hans W. Singer, Prebisch difundió una influyente explicación sobre las desi­guales relaciones comerciales entre el Norte y el Sur. Sus ideas sirvieron de base para la posterior aparición a finales de los años sesenta de las teorías de la dependencia y del sistema-­mundo, esgrimidas por autores como Immanuel Wallerstein, André Gunder Frank o Samir Amin, entre otros. Asimismo, dicha línea de pensamiento fue parcialmente recogida por el Movimiento de Países No Alineados y por el G77. Ambas entidades expresaron una nueva visión en torno al «derecho al desarrollo» de las naciones pobres, enfatizando la utilización autónoma de sus propios recursos, la soberanía política y económica, la creación de un sistema de comercio internacional justo, la obligación humanitaria de las potencias del Norte y el rechazo a toda injerencia neocolonial. A comienzos de los años setenta, esta clase de argumentos cobraron impulso con la creación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo y el llamamiento a un Nuevo Orden Económico Internacional 27.

No obstante, entre los años cincuenta y setenta el discurso de la ONU en el terreno del desarrollo internacional estuvo claramente orientado por los postulados de las potencias euro-occi­dentales.­ No en vano, en las dos primeras décadas de posguerra, buena parte de la financiación y de los dirigentes de la ONU procedían de naciones del eje eurotrasatlántico 28. A lo largo de ese periodo, las potencias coloniales europeas constituyeron la principal, aunque no exclusiva, fuente de reclutamiento de los expertos de la ONU en la esfera del desarrollo 29. Sin olvidar la influencia proyectada en este campo por Estados Unidos como principal donante de los programas de ayuda al desarrollo. En fin, el peso geopolítico y económico de los fundadores y principales contribuyentes de la ONU hizo que sus organismos tendiesen a reproducir y diseminar un ideal del desarrollo de impronta occidental, que incorporó diversos elementos de la conocida como teoría de la modernización 30.

Surgida en la década de 1950 en Estados Unidos, dicha teoría representó el esfuerzo de las ciencias sociales americanas por comprender y contener las fuerzas desencadenadas por la descolonización, el cambio social global y el ascenso de la amenaza revolucionaria en el Tercer Mundo 31. En la cúspide de la Guerra Fría, esta corriente de pensamiento se convirtió en el paradigma en el que convergieron y adquirieron unidad doctrinal los principales enfoques académicos occidentales sobre el desarrollo poscolonial. A resultas de dicha síntesis, surgió una noción unificada y totalizadora de la modernización, que buscaba erigirse en contrapeso científico, político e ideológico a la creciente influencia del modelo comunista en el Tercer Mundo 32.

En tanto que instrumento científico con una clara orientación normativa, la teoría de la modernización pretendía conducir a los países poscoloniales hacia el progreso económico, político y social en una dirección liberal, así como ganar su lealtad en favor del «Mundo Libre» en la Guerra Fría. Como tal, los modernizadores y científicos sociales norteamericanos prescribieron para las nuevas naciones independientes un camino hacia el progreso inspirado en la experiencia occidental. Autores como Walt W. Rostow, Lucian Pye, Max Millikan y Edward Shils, entre otros, postulaban que la trayectoria histórica de las potencias avanzadas ofrecía el mejor ejemplo a seguir por las sociedades tradicionales para alcanzar la modernidad de forma estable y libre de la tiranía comunista. Frente al carácter revolucionario y opresivo del modelo soviético, el camino ofrecido por la teoría de la modernización anteponía el fomento tecnocrático de la productividad a la ideología y la lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo 33.

El ideal del desarrollo auspiciado por las organizaciones internacionales bebió de este arquetipo, poniendo especial énfasis en el internacionalismo científico, la asistencia técnica, la formación del capital humano y el planeamiento estatal como vías para alcanzar la modernidad sin caer en el caos revolucionario. En primer lugar, dicho modelo mostró una fuerte confianza en el poder transformador del conocimiento científico, identificado como una potente fuerza universal independiente de ideologías, clases sociales, identidades e intereses nacionales. Desde esta perspectiva, la ciencia representaba una lingua franca capaz de cruzar fronteras y de guiar a las sociedades hacia el progreso a través de la razón, la eficiencia, la objetividad y la cooperación internacional. A lo largo de los años cincuenta, una pléyade de dirigentes y expertos internacionales ensalzaron la ciencia como un medio neutral y común, capaz de acabar con la pobreza y otros males que alimentaban el conflicto humano 34. Las instituciones internacionales asumieron que los problemas derivados del subdesarrollo podían ser solucionados con métodos científicos al margen del contexto histórico, social y cultural de los países receptores 35.

En segundo lugar, la confianza en el conocimiento científico fue acompañada del interés de la ONU por la asistencia técnica. Como ya se ha dicho, a comienzos de los años cincuenta el ­ECOSOC estableció el Programa Ampliado de Asistencia Técnica, que a partir de 1966 quedó integrado en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el mayor proyecto multilateral de asistencia técnica del periodo. Los estamentos internacionales dedicaron importantes recursos a sufragar múltiples iniciativas de asistencia técnica, con las que se pretendía poner las bases para el desarrollo mediante el trasvase de conocimientos y capacidades, normalmente enviando expertos internacionales para asesorar a los Gobiernos, pero también ofreciendo formación y becas en diversos campos 36. Las agencias especializadas de la ONU veían la asistencia técnica como un medio barato, apolítico y justo para fomentar la modernización de las naciones del Sur mediante el establecimiento de unos vínculos más horizontales con los países del Norte 37.

Los proyectos de asistencia técnica de la ONU descansaron sobre una concepción tecnocrática del desarrollo, que tendía a despolitizar los problemas asociados a la modernización, reduciéndolos a cuestiones técnicas, que se podían solucionar empleando las fuerzas neutrales de la ciencia y de la tecnología. Sin embargo, a pesar de su carácter pretendidamente objetivo, la asistencia técnica también fue usada como una «nueva forma de diplomacia», que traslucía tanto los intereses de las potencias occidentales como las ambiciones de las agencias de la ONU por erigirse en actores centrales del sistema internacional. Por ello, este tipo de programas a veces chocaron con los recelos de los dirigentes del Tercer Mundo, celosos de su soberanía e independencia nacional, y preocupados por la posible reutilización de prácticas coloniales bajo los auspicios internacionales, si bien muchos Gobiernos poscoloniales acogieron favorablemente la asistencia técnica internacional como medio para reforzar sus proyectos de desarrollo nacional 38.

Para los expertos y modernizadores internacionales, este tipo de asistencia se basaba en una incontrovertible asunción: la falta de personal experto y de conocimientos técnicos era uno de los factores que dificultaban el desarrollo de los países de la (semi)periferia global. En 1967, el director general de la ONU, U Thant (1961-1971), subrayó que uno de los principales obstáculos para la modernización de vastas regiones de África, Asia y América Latina era la existencia de «muy pocas personas cualificadas y demasiadas sin cualificar» 39. Por tanto, el tercer eje del modelo de desarrollo promovido por las organizaciones internacionales fue la formación del capital humano. Desde comienzos de los años cincuenta, varios economistas como Theodore Schultz, Frederick H. Harbison, Mark Blaug y Gary Becker, entre otros, arguyeron que el progreso material de un país —así como las diferencias entre naciones ricas y pobres— estaba relacionado con la capacitación técnica de sus habitantes. En su opinión, las inversiones en áreas educativas relacionadas con la formación profesional y técnico-científica redundarían en un incremento de la productividad y del desarrollo económico de los Estados. Tales autores consideraban que la formación de una mano de obra cualificada conduciría a la industrialización y al crecimiento de la economía en las zonas más pobres del planeta 40.

En grandes líneas, se trataba de un acercamiento econométrico y tecnocrático a la educación que, aunque fue criticado por intelectuales y académicos de diferentes países, comenzó a ganar predicamento en los foros internacionales a finales de los años cincuenta. Desde entonces expertos y funcionarios internacionales se sintieron atraídos por un enfoque educativo vinculado a la productividad, que además se presentaba como objetivo y neutral, alejando la cooperación educativa del terreno de la política. En 1960 la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución que remarcaba la importancia de la educación en el desarrollo nacional. Meses después la OCDE celebró en Washington una conferencia titulada «Crecimiento económico e inversión en educación», cuyas conclusiones impulsaron un ambicioso programa de planeamiento educativo orientado al desarrollo. Mediada esa década dicho programa se fusionó con el Proyecto Regional Mediterráneo (estudiado en este dosier por Lorenzo Delgado), el cual se había creado para evaluar las necesidades educativas en varios países sureu­ropeos 41. En esta línea, instituciones como el BM, que hasta 1961 no había concedido ni un solo préstamo para programas educativos, dedicó entre 1963 y 1969 más de 240 millones de dólares a proyectos de este tipo. Asimismo, la OIT realizó numerosas actividades de capacitación técnica y formación profesional que buscaban mejorar la cualificación de la mano de obra de los países en vías de desarrollo 42. Por su parte, la UNESCO emprendió un ambicioso programa dirigido a erradicar el analfabetismo y sus efectos nocivos para el progreso de los países de la periferia mundial 43. El fomento y la institucionalización de esta noción educativa fueron acompañados de la creación de toda una red trasnacional de institutos de investigación, conferencias internacionales, agencias regionales, seminarios y misiones, que dotaban de mayor visibilidad e influencia a las organizaciones antes citadas 44.

En cuarto lugar, el modelo de desarrollo de las agencias de la ONU confirió gran importancia al Estado como actor principal en el «despegue» hacia la modernización de las naciones desaventajadas. Inspiradas en el New Deal estadounidense, en las experiencias latinoamericanas de las décadas de 1930 y 1940 y en la tradición socialdemócrata europea, las elites internacionales de posguerra concibieron el Estado providente como un poderoso motor para impulsar el crecimiento económico. Tales elites no abogaban por una redistribución radical del poder y la riqueza, sino por reformas graduales en múltiples esferas de la vida pública, que debían ser estimuladas con la intervención gubernamental. Al calor de la ola de prosperidad y optimismo keynesiano que se extendió en los años cincuenta y sesenta, los organismos internacionales vieron en el Estado desarrollista, racionalizador, distribuidor, tecnocrático y benevolente el análogo poscolonial del estado del bienestar occidental 45.

Como reflejo de esta concepción del Estado, los programas de asistencia técnica de la ONU incorporaron la modernización de la Administración pública como parte integral de su empeño por coadyuvar el desarrollo económico de las naciones del Tercer Mundo. Conforme avanzaron los años cincuenta, un número creciente de oficiales y expertos internacionales entendieron que las instituciones ineficientes y mal organizadas constituían una lacra para el progreso económico. Así, la asistencia internacional se centró en promover reformas administrativas que fortaleciesen la capacidad de los Estados para alcanzar los objetivos del desarrollo. Con este propósito, en 1951 la ONU creó una nueva división encargada de analizar «los problemas de la Administración pública con especial referencia a las zonas subdesarrolladas» y de proporcionar asistencia en este ámbito. En 1953, la Asamblea General redobló esos esfuerzos mediante programas de asesoramiento técnico, becas de estudio, institutos de formación, seminarios, conferencias y publicaciones técnicas. A través de estos canales se diseminó un discurso sobre la Administración estatal que conectaba con la ideología de la modernización y las nociones weberianas de racionalización y eficiencia 46.

Desde ese punto de vista, los Gobiernos podían intervenir legítimamente en el desarrollo económico, empleando toda una serie de medios, entre los que destacaba el planeamiento central, entendido como una vía intermedia entre el laissez faire liberal y la planificación estatal soviética. Bajo la influencia del «fervor planificador» que se extendió a escala global durante las décadas de 1950 y 1960, las organizaciones internacionales propugnaron una visión del desarrollo vinculada al potencial del Estado para planear la actividad económica, industrial y educativa de manera desideologizada y compatible con el libre mercado. Aunque en términos teóricos se trataba de un concepto tan vago como polisémico, el planeamiento central, racional, tecnocrático e imparcial inspiró durante ese periodo a académicos, burócratas y políticos a los largo y ancho del mundo 47. El mismo U Thant apuntaba en el prefacio de un informe de la ONU que «la importancia del planeamiento nacional para el desarrollo económico está hoy casi universalmente reconocida» 48. Su aplicación en los países del hemisferio sur supuso el establecimiento de instituciones centrales dedicadas a la elaboración y coordinación de planes de desarrollo dirigidos por grupos de tecnócratas (principalmente formados en universidades occidentales), que —asesorados por expertos extranjeros— pretendían impulsar la economía nacional mediante métodos científicos, al margen de luchas políticas e ideológicas.

Aunque la idea del planeamiento fue difundida globalmente por los organismos de la ONU en connivencia con Washington, Londres y París, su expansión por el Tercer Mundo no solo respondió a una dinámica de jerarquías geopolíticas. Las elites nacionalistas de esas regiones abrazaron con entusiasmo dicho concepto como «expresión formal de la soberanía del Estado» y de su capacidad de dirección y control sobre la economía y la sociedad 49. Conforme avanzó la descolonización, el planeamiento se convirtió en un elemento central de la política económica de las nuevas naciones independientes. Los líderes poscoloniales creyeron que el planeamiento ofrecía un instrumento útil para promover el crecimiento y la autosuficiencia económica de sus países. También los planes de desarrollo fueron utilizados como una herramienta de construcción nacional en Estados con identidades nacionales frágiles y fragmentadas, erigiéndose en muchos casos en símbolo de la independencia y de la unidad nacional 50.

Intereses nacionales, interferencias políticas y cooperación multilateral

Las agencias de la ONU encontraron en el desarrollo una nueva misión de alcance y trascendencia mundial, que les permitía proyectar una imagen neutral y altruista con la que reforzar su legitimidad y carácter global. Los burócratas y funcionarios internacionales presentaron su labor en este campo como un loable esfuerzo internacional, que trataba de modernizar el Tercer Mundo en nombre de la paz y el progreso. Según la retórica al uso, dicho esfuerzo anteponía la colaboración y los principios científico-técnicos, racionales y profesionales a las consideraciones ideológicas y los intereses nacionales 51. Sin embargo, el trabajo de los entes internacionales en la esfera del desarrollo muy a menudo estuvo mediatizado por conflictos y debates de naturaleza política. La fe fundacional en el internacionalismo tecnocrático a menudo tropezó con los objetivos nacionales de los Estados miembros, especialmente de su principal donante, Estados Unidos.

La superpotencia norteamericana trató de influir en las operaciones de ayuda al desarrollo llevadas a cabo en el Sur Global por parte de organizaciones como la FAO. A pesar de sus altas expectativas iniciales, los primeros pasos de esta organización estuvieron condicionados por la emergencia de la Guerra Fría y la transformación de la ayuda alimentaria para el desarrollo en un instrumento de la política exterior y comercial de las grandes potencias. Desde su nacimiento, las aspiraciones internacionalistas y transformadoras de esta organización quedaron limitadas por las prioridades diplomáticas y económicas de Estados Unidos. Washington debilitó las iniciativas de esta institución que tenían un mayor calado político y cuestionaban el orden internacional de posguerra. Este fue el caso, entre otros, de la Freedom from Hunger Campaign (1959-1963), cuya crítica al statu quo del comercio internacional desentonaba con las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos en el hemisferio sur 52. Por el contrario, desde Washington se respaldaron programas como la Revolución Verde, cuyo énfasis en las innovaciones tecnológicas, en el uso de fertilizantes y pesticidas, en la productividad agrícola y en la agricultura comercial sintonizaba en mayor medida con los intereses económicos, ideológicos y geopolíticos de Estados Unidos 53.

Algo similar puede decirse en el caso de la OMS. A finales de los años cuarenta, sus fundadores creyeron que la salud pública constituía un terreno propicio para la cooperación y el entendimiento internacional conducentes a la paz y al desarrollo económico y social. Su objetivo era crear una organización global, con un alto nivel de autoridad científica e independencia política, consagrada al internacionalismo técnico como base del progreso humano 54. Sin embargo, la acción de la OMS en el ámbito del desarrollo estuvo influenciada desde primera hora por cuestiones que trascendían su naturaleza supuestamente apolítica. Interferencias que fueron patentes en los debates sobre la orientación médica de la institución, en los que habitualmente se impusieron las posturas estadounidenses que abogaban por una visión tecnocrática, vertical y biomédica de la salud pública, desvinculando los problemas sanitarios de las estructuras socioeconómicas subyacentes. Tal enfoque quedó institucionalizado en los programas de desarrollo de la OMS con el apoyo de Estados Unidos, que vio en dicha concepción de la salud pública un «arma ideal para contrarrestar la influencia comunista en el mundo en vías de desarrollo» 55.

Bajo la misma óptica, Washington se erigió en el principal apoyo y patrocinador de la campaña mundial contra la malaria lanzada por la OMS en 1955. Dicho proyecto representaba —según los diplomáticos de Estados Unidos— una buena ocasión para exhi­bir su poder tecnológico, mostrar su buena voluntad hacia las naciones poscoloniales, acelerar su desarrollo económico e inmunizarlas frente a ideologías subversivas 56. Sin embargo, una década después, el Departamento de Estado decidió abandonar la campaña contra la malaria debido a sus modestos resultados. Hecho que, unido a la guerra de Vietnam y a sus desastrosos efectos sobre la imagen estadounidense en el Tercer Mundo, llevó a la Administración de Lyndon B. Johnson a embarcarse en una nueva empresa de salud internacional: el programa de erradicación de la viruela de la OMS. Este fue percibido por los estrategas americanos como una nueva oportunidad para mostrar el compromiso estadounidense con la cooperación internacional y la modernización del Sur Global. De esta forma, una iniciativa que desde su fundación a mediados de los cincuenta había tenido una existencia lánguida y sin apenas recursos, quedó vigorosamente reactivada a partir de 1966 dada su utilidad política y propagandística para los objetivos de Estados Unidos en Asia, África y América Latina 57.

Podemos afirmar, por tanto, que la cruzada anticomunista del principal contribuyente del sistema ONU interfirió y redujo las expectativas internacionalistas y modernizadoras de organismos como la FAO y la OMS. Sin embargo, sería erróneo enfocar la historia del desarrollo internacional posterior a 1945 exclusivamente a través de las lentes estratégicas del enfrentamiento bipolar. Aunque de una magnitud relevante, el conflicto entre bloques solo representó un aspecto de las relaciones internacionales en este periodo 58. La pugna entre superpotencias coexistió con otras dinámicas de cooperación y ayuda al desarrollo que transcendieron las fronteras de la Guerra Fría 59. Buena muestra de ello fue la ya mencionada campaña de la OMS contra la viruela, la cual constituyó el primer caso de erradicación exitosa de una enfermedad infecciosa humana a nivel mundial. Un logro conseguido gracias a la colaboración técnica entre Estados Unidos y la Unión Soviética bajo el marco provisto por la OMS 60.

Ciertamente, las instituciones internacionales no solo fueron escenario de la política de bloques, también conformaron espacios de intercambio y cooperación 61. En ocasiones, funcionaron como verdaderos puntos de encuentro, diálogo e interacción entre comunidades científicas y redes de expertos trasnacionales que compartieron un espíritu internacionalista, profesional y neutral. Asimismo, tales organizaciones desempeñaron un papel crucial en la producción y diseminación de conocimientos, prácticas y consensos sobre el desarrollo. Sus informes, publicaciones, misiones y conferencias empujaron la circulación global de métodos y doctrinas para promover la modernización de las sociedades atrasadas y paliar sus grandes carencias alimentarias, sanitarias y educativas. Con ese fin también crearon departamentos y centros de investigación, como el Centro de Desarrollo de la OCDE en 1961, el Centro para el Desarrollo Industrial establecido por el Secretariado de la ONU en 1962 y el Instituto de Investigación de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social fundado al año siguiente.

Conclusiones

El cuarto de siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial fue testigo de la irrupción y el despliegue del proyecto del desarrollo como una religión civil que cautivó las mentes y los corazones de la humanidad. La conjunción de la descolonización y la Guerra Fría hizo del desarrollo un elemento central del escenario internacional de posguerra, que impregnó tanto las relaciones Norte-Sur como la competición Este-Oeste. Las agencias de la ONU y otras organizaciones internacionales desempeñaron un papel muy relevante en el proyecto del desarrollo global que se extendió en las décadas de 1950 y 1960. Durante ese periodo, instituciones como la FAO, la OMS y la OCDE facilitaron importantes recursos técnicos, económicos, financieros, científicos, políticos y morales para fomentar el progreso económico y social de las naciones menos aventajadas del planeta.

Las organizaciones internacionales trataron de aplicar en el Tercer Mundo un concepto de desarrollo occidental, basado en el conocimiento científico, la asistencia técnica, la formación del capital humano y el planeamiento estatal. Dicho modelo aspiraba a modernizar a las naciones poscoloniales en una dirección reformista, estable y favorable a las potencias capitalistas. A pesar de la impronta eurotrasatlántica, y de las conexiones con el viejo marco imperial, la empresa del desarrollo de posguerra no fue una operación neocolonial dirigida a la explotación y al sometimiento de los países del Sur, cuyos líderes adoptaron con un evidente pragmatismo aquellas visiones y esquemas de la modernización que mejor respondían a sus propios intereses y expectativas nacionales. Incluso dispusieron de un significativo margen de maniobra para influir, reelaborar y adaptar los programas inicialmente diseñados en Nueva York, Ginebra, Roma o París.

Imbuidos en el optimismo de posguerra, los organismos internacionales presentaron el proyecto del desarrollo como un icono del internacionalismo tecnocrático, desinteresado y profesional, que anteponía la cooperación y el conocimiento experto, neutral y universal a las ideologías e intereses políticos nacionales. No obstante, la misión del desarrollo también estuvo expuesta a las dinámicas geopolíticas que marcaron el escenario internacional durante esos años. Aunque existieron numerosos ejemplos de colaboración trasnacional, el trabajo de tales entidades se vio mediatizado por las tensiones de la Guerra Fría y por las prioridades geoestratégicas de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos. Para acabar, la ayuda internacional al desarrollo no obedeció solo a un impulso exclusivamente humanitario, sino también a los intereses y agendas políticas e ideológicas de las propias organizaciones de la ONU.


  1. 1 Marc Frey, Sönke Kunkel y Corinna Unger: «Introduction: International Organizations, Global Development, and the Making of the Contemporary World», en Marc Frey, Sönke Kunkel y Corinna Unger (eds.): International Organizations and Development, 1945-1990, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014, pp. 1-22; Irene Schmidt y Helpe Pharo: «Introduction», Contemporary European History, 12 (2003), pp. 387-394, y Mark Frey y Sönke Kunkel: «Writing the History of Development: A Review of Recent Literature», Contemporary European History, 20 (2001), pp. 215-232, esp. pp. 216-217.

  2. 2 Sunil Amrith y Glenda Sluga: «New Histories of the United Nations», Journal of World History, 19 (2008), pp. 251-274. Dicha superación del marco Estado-nación bebe del giro global y trasnacional promovido en la historia de las relaciones internacionales por trabajos como el de Akire Iriye: Global Community: The Role International Organizations in the Making of the Contemporary World, Berkeley, University of California Press, 2002.

  3. 3 Frederick Cooper: «Writing the History of Development», Journal of Modern European History, 8 (2010), pp. 5-23. Una obra clásica de la primera visión es la de Amy Staples: The Birth of Development. How the World Bank, Food and Agriculture Organization Changed the World, 1945-1965, Ohio, Kent State University Press, 2006. Sobre la segunda interpretación pueden citarse, entre muchos otros, a James Ferguson: The Anti-Politics Machine: Development, Depoliticisation and Bureaucratic Power in Lesotho, Cambridge, Cambridge University Press, 1990; Arturo Escobar: Encountering Development: The Making and Unmaking of the Third World, Princeton, Princeton University Press, 1996, y Michael Adas: Machines as the Measure of Men: Science, Technology, and Ideologies of Western Dominance, Ithaca, Cornell University Press, 1999.

  4. 4 Gilbert Rist: The History of Development: From Western Origins to Global Faith, Londres, Zed Books, 1997, p. 22.

  5. 5 Sara Lorenzini: Global Development. A Cold War History, Princeton, Princeton University Press, 2019, p. 3. Aunque se trata de términos cuya evolución histórica y significado no son plenamente asimilables, a lo largo del texto utilizamos de forma intercambiable y por razones de estilo conceptos como los de «desarrollo», «modernización», «progreso» y «crecimiento».

  6. 6 Stephen Macekura: «Development and Economic Growth. An Intellectual History», en Iris Borowy y Matthias Schmelzer (eds.): History of the Future of Economic Growth Historical. Roots of Current Debates on Sustainable Degrowth, Londres, Routledge, 2019, p. 117.

  7. 7 Corinna Unger: International Development. A Postwar History, Londres, Bloomsbury Academic, 2018, p. 66.

  8. 8 Naoko Shibusawa: «Ideology, Culture and the Cold War», en Richard Immerman y Petra Goedde (eds.): The Oxford Handbook of the Cold War, Oxford, Oxford University Press, 2012, pp. 32-49; David Ekbladh: The Great American Mission: Modernization and the Construction of an American World Order, Nueva York, Princeton University Press, 2008, y Joseph Hodge: «Writing the History of Development (Part 2: Longer, Deeper, Wider)», Humanity: An International Journal of Human Rights, Humanitarianism, and Development, 7 (2016), pp. 125-174.

  9. 9 La historiografía española que aborda de forma específica el orden internacional en las décadas de posguerra y Guerra Fría es limitada. Algunos de los pocos trabajos al respecto son los de Carlos Sanz y José Manuel Sáenz: La Guerra Fría. Una historia inacabada, Madrid, Síntesis, 2022, y Juan Carlos Pereira: Historia de las relaciones internacionales contemporáneas, Barcelona, Ariel, 2009.

  10. 10 Odd A. Westad: «The New International History of the Cold War: Three (Possible) Paradigms», Diplomatic History, 24 (2000), pp. 551-565, esp. pp. 551-555, y Michael Latham: «The Cold War in the Third World, 1963-1975», en Odd A. Westad y Melvyn Leffler (eds.): The Cambridge History of the Cold War, Cambridge, Cambridge University Press, 2010, pp. 260-262.

  11. 11 Varios trabajos han demostrado que la competición por el desarrollo no fue solo cuestión de soviéticos y estadounidenses y que incluyó diferentes enfoques e intereses dentro de cada bloque. Véanse, por ejemplo, Agnes Bresselau, Christian Ostermann y Elke Seefried (eds.): West Germany, the Global South and the Cold War, Berlin, Berlín, De Gruyter Oldenbourg, 2017; Marc Frey: «Control, Legitimacy, and the Securing of Interests: European Development Policy in Southeast Asia from the Late Colonial Period to the Early 1960s», Contemporary European History, 12 (2003), pp. 395-412; Gerold Krozewsky: «Global Britain and the Post-Colonial World: The British Approach to Aid Policies at the 1964 Juncture», Contemporary British History, 29 (2015), pp. 222-240, y Gérard Bossuat: «French Development Aid and Co-operation under de Gaulle», Contemporary European History, 12 (2003), pp. 431-456.

  12. 12 Odd A. Westad: The Global Cold War: Third World Interventions and the Making of our Times, Cambridge, Cambridge University Press, 2006, pp. 14-34, y Michael Latham: «Introduction: Modernization, International History, and the Cold War World», en David Engerman et al. (eds.): Staging Growth. Modernization, Development and the Global Cold War, Boston, University of Massachusetts Press, 2010, pp. 3-4.

  13. 13 Eric Helleiner: «The Development Mandate of International Institutions: Where Did it Come From?», Studies in Comparative International Development, 44 (2009), pp. 189-211, esp. 189-190.

  14. 14 Guy F. Sinclair: «Forging Modern States with Imperfect Tools: United Nations Technical Assistance for Public Administration in Decolonized States», Humanity, 11 (2020), p. 59.

  15. 15 Digambar Bhouraskar: United Nations Development Aid: A Study in History and Politics, Nueva Delhi, Academic Foundation, 2007, pp. 59-67.

  16. 16 La bibliografía sobre el modelo de desarrollo soviético y su exportación al Tercer Mundo aún es limitada, aunque ha crecido en los últimos años. Véanse, por ejemplo, Artemy Kalinovsky: Laboratory of Socialist Development: Cold War Politics and Decolonization in Soviet Tajikistan, Ithaca, Cornell University Press, 2018; James Mark, Artemy Kalinovsky y Steffi Marung (eds.): Alternative Globalizations: Eastern Europe and the Postcolonial World, Bloomington, Indiana University Press, 2020; Ragna Boden: «Cold War Economics: Soviet Aid to Indonesia», Journal of Cold War Studies, 10 (2008), pp. 110-128; Constantin Katsakioris: «Soviet Lessons For Arab Modernization: Soviet Educational Aid to Arab Countries After 1956», Journal of Modern European History, 8 (2010), pp. 85-106; Sergey Mazov: A Distant Front In The Cold War: The USSR in West Africa and the Congo, 1956-1964, Stanford, Stanford University Press, 2010; Paul Robinson y Jay Dixon: «Soviet Development Theory and Economic and Technical Assistance to Afghanistan, 1954-1991», The Historian, 72 (2010), pp. 599-623, y David Engerman: «Learning From the East: Soviet Experts and India in the Era of Competitive Coexistence», Comparative Studies of South Asia, Africa and The Middle East, 33 (2013), pp. 227-238.

  17. 17 David Engerman: «The Romance of Economic Development and New Histories of the Cold War», Diplomatic History, 28 (2004), pp. 23-55.

  18. 18 Richard Jolly et al.: UN Contributions to Development Thinking and Practice, Bloomington, Indiana University Press, 2004, p. 85.

  19. 19 Véase Guy F. Sinclair: To Reform the World: International Organizations and the Making of Modern States, Oxford, Oxford University Press, 2017.

  20. 20 Anna Catharina Hofmann: Una modernidad autoritaria. El desarrollismo en la España de Franco (1956-1973), Valencia, Universitat de València, 2023, y Agustín Ferraro y Miguel Centeno (eds.): State and Nation Making in Latin America and Spain. The Rise and Fall of the Developmental State, Cambridge, Cambridge University Press, 2019.

  21. 21 Daniel Maul: «Help Them Move the ILO Way’: The International Labor Organization and the Modernization Discourse in the Era of Decolonization and the Cold War», Diplomatic History, 33 (2009), pp. 387-404.

  22. 22 Corinna Unger: «Histories of Development and Modernization: Findings, Reflections, Future Research», HSoz-u-Kult, 9 (2010), pp. 1-22, esp. pp. 5-7.

  23. 23 Valeska Huber: «Planning Education and Manpower in the Middle East, 1950s-60s», Journal of Contemporary History, 52 (2017), pp. 95-117, esp. p. 99.

  24. 24 Ross Basset: «Aligning India in the Cold War Era. Indian Technical Elites, the Indian Institute of Technology at Kanpur, and Computing in India and the United States», Technology and Culture, 50 (2009), pp. 783-810.

  25. 25 John Toye y Richard Toye: The UN and Global Political Economy: Trade, Finance, and Development, Bloomington, Indiana University Press, 2004, p. 54.

  26. 26 Prebisch también fue secretario general de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo entre 1963 y 1969.

  27. 27 Daniel Whelan: «Under the Aegys of Man’: The Right to Development and the Origins of the New International Economic Order», Humanity: An International Journal of Human Rights, Humanitarianism, and Development, 6 (2015), pp. 93-108.

  28. 28 Stephen Wertheim: «Instrumental Internationalism: The American Origins of the United Nations, 1940-3», Journal of Contemporary History, 54 (2019), pp. 265-283.

  29. 29 Véanse, entre otros, Joseph Hodge: «British Colonial Expertise, Post- Colonial Careering and the Early History of International Development», Journal of Modern European History, 8 (2010), pp. 24-46; Véronique Dimier: The Invention of a European Development Aid Bureaucracy: Recycling Empire, Londres, Palgrave Macmillan, 2014, y Eva-Maria Muschik: «The Art of Chameleon Politics: From Colonial Servant to International Development Expert», Humanity, 9 (2018), pp. 219-244.

  30. 30 Véase Gilbert Rist: Le développement. Histoire d’une croyance occidentale, París, Les Presses de Sciences Po, 2013.

  31. 31 Carol Lancaster: Foreign Aid: Diplomacy, Development, Domestic Politics, Chicago, University of Chicago Press, 2006, pp. 65-66, y Mark Berger: «Decolonisation, Modernisation and Nation-Building: Political Development Theory and the Appeal of Communism in Southeast Asia, 1945-1975», Journal of Southeast Asian Studies, 34 (2003), pp. 421-448, esp. p. 422.

  32. 32 Nils Gilman: «Modernization Theory: The Highest Stage of American Intellectual History», en David Engerman et al. (eds.): Staging Growth. Modernization, Development and the Global Cold War, Boston, University of Massachusetts Press, 2010, pp. 56-57.

  33. 33 Sobre las ideas y principios de la teoría de la modernización, véanse, entre muchos otros, Nils Gilman: Mandarins of the Future. Modernization Theory in Cold War America, Baltimore, The Jonhs Hopkins University Press, 2003; Michael Latham: Modernization as Ideology. American Social Science and Nation Building in the Kennedy Era, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2000, y Janeen Klinger: «A Sympathetic Appraisal of Cold War Modernization Theory», The International History Review, 39 (2017), pp. 691-712. Una síntesis bibliográfica en español en Óscar J. Martín García: «Una utopía secular. La teoría de la modernización y la política exterior estadounidense en la Guerra Fría», Historia y Política, 34 (2015), pp. 27-52.

  34. 34 Un detallado y penetrante análisis del internacionalismo científico de posguerra en Joseph Manzione: «“Amusing and Amazing and Practical and Practical and Military”: The Legacy of Scientific Internationalism in American Foreign Policy, 1945-1963», Diplomatic History, 24 (2002), pp. 21-55.

  35. 35 Regula Bürgi: «Engineering the Free World: The Emergence of the OECD as an Actor in Education Policy, 1957-1942», en Matthieu Leimgruber y Mathias Schmelzer (eds.): The OCDE and the International Political Economy Since 1948, Cham, Palgrave MacMillan, 2017, pp. 287-290.

  36. 36 Eva-Maria Muschik: Building States: the United Nations, Development, and Decolonization, 1945-1965, Nueva York, Columbia University Press, 2022, pp. 13-14.

  37. 37 Richard Jolly et al.: UN Contributions to Development..., p. 459.

  38. 38 David Webster: «Development Advisors in a Time of Cold War and Decolonization: The United Nations Technical Assistance Administration, 1950-59», Journal of Global History, 6 (2011), pp. 249-272, esp. pp. 250-255.

  39. 39 Richard Jolly et al.: UN Contributions to Development..., pp. 94-95.

  40. 40 Charles Dorn y Kristen Ghodsee: «The Cold War Politicization of Literacy: Communism, UNESCO, and the World Bank», Diplomatic History, 36 (2012), pp. 373-398.

  41. 41 En su segunda fase este programa se extendió a América Latina con el apoyo de la fundación Ford. Véase Maren Elfert: «The OECD, American Power and the Rise of the “Economics of Education” in the 1960s», en Christian Ydesen (ed.): The OECD’s Historical Rise in Education. The Formation of a Global Governing Complex, Cham, Palgrave Macmillan, 2019, pp. 45-46.

  42. 42 Daniel Maul: Human Rights, Development and Decolonization: The International Labour Organization, 1940-1970, Basingstoke, Palgrave, 2012, p. 133.

  43. 43 Damiano Matasci: «Assessing Needs, Fostering Development: UNESCO, Illiteracy and the Global Politics of Education (1945-1960)», Comparative Education, 53 (2017), pp. 35-53, esp. p. 42.

  44. 44 Julia Resnik: «International Organizations, the Education-Economic Growth Black Box, and the Department of World Education Culture», Comparative Education Review, 50 (2006), pp. 173-195.

  45. 45 Nils Gilman: «Modernization Theory...», p. 56.

  46. 46 Guy F. Sinclair: «Forging Modern States...», p. 60.

  47. 47 David Engerman: «The Rise and Fall of Central Planning», en Michael Geyer y Adam Tooze (eds.): The Cambridge History of the Second World War, Cambridge, Cambridge University Press, 2015, pp. 575-598, esp. p. 575.

  48. 48 Citado en Richard Jolly et al.: UN Contributions..., p. 90.

  49. 49 Peter Burnell: Economic Nationalism in the Third World, Brighton, Wheatsheaf Books, 1986, p. 209.

  50. 50 David Engerman: «The Rise and Fall...», p. 597.

  51. 51 Amy Staples: The Birth of Development..., pp. 1- 16.

  52. 52 Lucy Jarosz: «The Political Economy of Global Governance and the World Food Crisis: The Case of the FAO», Review (Fernand Braudel Center), 32 (2009), pp. 37-60, esp. pp. 41-43, y Ruth Jachertz: «“To Keep Food Out of Politics”: The UN Food and Agriculture Organization, 1945-1965», en Marc Frey, Sönke Kunkel y Corinna Unger (eds.): International Organizations and Development, 1945-1990, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014, pp. 75-76.

  53. 53 Amy Sayward: «International Institutions», en Richard H. Immerman y Petra Goedde (eds.): The Oxford Handbook of the Cold War, Oxford, Oxford Academic, 2013, pp. 377-393, esp. p. 382.

  54. 54 Sunil Amrith: «Internationalising Health in the Twentieth Century», en Glenda Sluga y Patricia Clavin (eds.): Internationalisms. A Twentieth-Century History, Cambridge, Cambridge University Press, 2016, p. 245.

  55. 55 Citado en Marcos Cueto, Theodore Brown y Elizabeth Fee: «Introduction: The World Health Organization and the Dilemmas of the Cold War and the Post-Cold War Periods», en Marcos Cueto, Theodore Brown y Elizabeth Fee (eds.): The World Health Organization: A History, Cambridge, Cambridge University Press, 2019, p. 7.

  56. 56 Thomas Zimme: «In the Name of World Health and Development: The World Health Organization and Malaria Eradication in India, 1949-1970», en Marc Frey, Sönke Kunkel y Corinna Unger (eds.): International Organizations and Development, 1945-1990, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014, pp. 134-137.

  57. 57 Erez Manela: «A Pox on Your Narrative: Writing Disease Control into Cold War History», Diplomatic History, 34 (2010), pp. 299-323, esp. pp. 301-311.

  58. 58 Ofrece una estimulante visión de las organizaciones internacionales, que trasciende el conflicto de la Guerra Fría y pone el foco en las dinámicas de socialización y diálogo entre bloques, Sandrine Kott: Organiser le monde. Une autre histoire de la guerre froide, París, Seuil, 2021.

  59. 59 Akira Iriye: «Historicizing the Cold War», en Richard Immerman y Petra Goedde (eds.): The Oxford Handbook of the Cold War, Oxford, Oxford University Press, 2012, p. 15, y Sandrine Kott: «Cold War Internationalism», en Glenda Sluga y Patricia Clavin (eds.): Internationalisms. A Twentieth-Century History, Cambridge, Cambridge University Press, 2016, pp. 340-341.

  60. 60 Erez Manela: «A Pox on Your Narrative...», p. 301.

  61. 61 Con este enfoque, diversos trabajos han mostrado la porosidad del Telón de Acero. Véanse Michel Christian, Sandrine Kott y Ondrej Matejka: «International Organizations in the Cold War: the Circulation of Experts beyond the East-West Divide», Acta Universitatis Carolinae, Studia Territorialia, 1 (2017), pp. 35-60, esp. p. 37; Jeremi Suri: «Conflict and Co-operation in the Cold War: New Directions in Contemporary Historical Research», Journal of Contemporary History, 46 (2011), pp. 5-9; Peter Romijn, Giles Scott-Smith y Joes Segal (eds.): Divided Dream­worlds?: The Cultural Cold War in East and West, Ámsterdam, Amsterdam University Press, 2012, y Sari Autio-Sarasmo y Katalin Miklóssy (eds.): Reassessing Cold War Europe, Abingdon, Routledge, 2013.