Ayer 142 (2): 241-267
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2026
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/3027
© Rainer Matos Franco
Recibido: 25-02-2025 Aceptado: 10-07-2025 Publicado on-line: 25-03-2026
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Justificar la paranoia. La Entente Internationale Anticommuniste en España y Latinoamérica (1924-1939)
Rainer Matos Franco*
Universidad Anáhuac
rainer.matos@anahuac.mx
Resumen: El artículo estudia los contactos de la organización anticomunista global más importante del periodo de entreguerras, la Entente Internationale Anticommuniste (EIA) de Théodore Aubert, con España y Latinoamérica. Si bien su influencia sobre Francisco Franco es conocida, cabe presentar el caso español como un proyecto más holístico que precede al franquismo. En cambio, los intentos de penetración de la EIA en Latinoamérica no se conocen. Basado en documentos de su archivo en Ginebra, el texto explora la relación de la EIA con el mundo iberoamericano, destacando dos casos que demuestran su relevancia: España y Brasil. Se concluye que la influencia de la Entente quedó sujeta a los avatares políticos de cada país, y que solo estudios de caso podrán aquilatar el alcance real de sus tentáculos.
Palabras clave: Entente Internationale Anticommuniste, anticomunismo, España, Latinoamérica, Théodore Aubert.
Abstract: This article examines the contacts of the most important global anticommunist organization of the interwar period, the Entente Internationale Anticommuniste (EIA) led by Théodore Aubert, with Spain and Latin America. While the organization’s influence on Francisco Franco is well known, this article argues that the Spanish case should be understood as a more holistic project that predated Francoism. By contrast, the EIA’s attempts to establish a presence in Latin America have received little scholarly attention. Drawing on the study of documents from the organization’s archive in Geneva, the article explores the EIA’s relationship with the Ibero-American world, highlighting two cases that illustrate its significance: Spain and Brazil. It concludes that the influence of the Entente was shaped by the political contingencies of each national context, and that only detailed case studies can adequately assess the true scope of its transnational reach.
Keywords: Entente Internationale Anticommuniste, anticommunism, Spain, Latin America, Théodore Aubert.
El 10 de mayo de 1923 en Lausana, Suiza, el emigrado ruso Moritz Conradi asesinó de un disparo al occipital al delegado soviético ante la Conferencia de Lausana, Vátslav Voróvski. Conradi, arrestado voluntariamente, declaró haber actuado en venganza contra los «perros rojos» (los bolcheviques), asesinos de sus tíos y de su padre en el Petrogrado revolucionario (1918-1919). Su confesión escrita terminaba: «Estoy contento, pues tan solo he dado un pequeño servicio a la sociedad» 1. La policía pronto arrestó en Ginebra a su cómplice, el secretario de la Cruz Roja rusa (emigrada), Arkadi Polunin, quien proveyó dinero y el revólver para asesinar a Voróvski.
El juicio (5-16 de noviembre de 1923) representó un ejemplo más en el siglo xx de procesos políticos donde se debatía todo menos el crimen concreto. Lo que debió ser una simple querella contra dos hombres por matar a otro resultó un virulento debate de once días sobre el comunismo, la historia rusa, la Revolución, la guerra civil, la «socialización de las mujeres» o la Gran Guerra. Notables emigrados rusos, como el doctor Iuri Lodyzhenski de la Cruz Roja rusa, o el exministro de Guerra del efímero Gobierno Provisional en 1917, Aleksandr Guchkov, planearon la defensa junto con el abogado ginebrino Théodore Aubert. Guchkov recabó, seleccionó meticulosamente y suministró a Aubert evidencia, testigos y financiamiento para convertir el proceso de Conradi y Polunin en un juicio al Gobierno bolchevique 2. En efecto, el jurado absolvió a ambos hombres el 16 de noviembre de 1923, lo que causó un escándalo internacional 3. La defensa consiguió su cometido: en Lausana se juzgó no el magnicidio de Voróvski, sino los «crímenes» bolcheviques en Rusia. El «Proceso de Lausana», inexorablemente político, fue un precoz campo de batalla entre comunismo y anticomunismo.
Anticomunista de cepa desde que instigara las «uniones cívicas» contrarrevolucionarias durante la huelga general suiza de noviembre de 1918, empoderado cinco años después con la absolución de sus clientes en Lausana, Aubert concibió una entidad permanente que articulase diversas asociaciones anticomunistas globales. En junio de 1924, en el afán de «continuar la lucha» contra el comunismo internacional, Aubert fundó la Entente Internationale Anticommuniste (EIA, 1924-1950). Considerada «el primer y más importante esfuerzo entre las guerras mundiales por sobrepasar las divisiones internas de la Derecha anticomunista y coordinar sus actividades allende fronteras nacionales» 4, la EIA tendría considerable influencia entre distintos Gobiernos, movimientos y personajes concretos con capacidad de decisión.
Este texto busca delinear la relación del mundo iberoamericano con la EIA en el periodo de entreguerras. Si bien su influencia en España —en particular sobre Francisco Franco— es conocida 5, cabe matizar y complementar la historiografía correspondiente. Por el contrario, los intentos de penetración de la EIA en Latinoamérica permanecen ignotos. Así, trataré el caso español como referente y comentario historiográfico, mientras que el latinoamericano se revisará con mayor amplitud y como introducción al tema. La base documental la constituyen los apartados «Espagne» (3089-3090) y «Amérique du Sud» (3060-3061) del Archive EIA en la Biblioteca de Ginebra.
El alegato de Théodore Aubert en defensa de Arkadi Polunin, culmen del juicio en Lausana según la prensa, sintetizó el esfuerzo de Aleksandr Guchkov por estructurar una estrategia defensiva. Aubert basó su discurso en once puntos de crítica a lo que llamó «bolchevismo», bosquejados por Guchkov y sus allegados: terror sistemático, policía secreta, persecución religiosa, «socialización de las mujeres», «perversión de la juventud», entre otros. Aubert citó más de ciento cincuenta fuentes en diversos idiomas, publicadas e inéditas, provistas por Guchkov y su maquinaria: por ejemplo, reportes oficiales como el Libro Blanco (1919) británico; la obra Pest in Russland! (1922) de Alfred Rosenberg, emigrado germano-báltico del Imperio ruso —posterior jerarca nazi— que equiparaba «bolchevismo» y «judaísmo», o folletos de la Cruz Roja rusa sobre el «Terror Rojo». Destacaban testimonios de intelectuales rusos emigrados contactados por Guchkov, como el historiador Serguéi Melgunov, cuya declaración escrita sería la base de su famoso libro El «Terror Rojo» en Rusia 6.
Una vez publicado, el alegato de Aubert se convirtió en la denuncia más completa, fundamentada y difundida del comunismo hasta entonces. Derivado de sus numerosas fuentes, representaciones terroríficas de violencia y la resaca sensacionalista del Proceso de Lausana, L’affaire Conradi (1924) constituye un documento histórico extraordinario, preocupado por la precisión científica —lo cual no contradice su mensaje político— y que arroja sus jabalinas hacia la Guerra Fría. Las dos primeras ediciones francesas se agotaron rápidamente. Tan solo en 1924 se tradujo al inglés, italiano, alemán, danés y ruso; más tarde al español y chino 7. Así, el público tuvo acceso a cinco años de materiales anticomunistas condensados en un solo volumen.
L’affaire Conradi fue incluso utilizado en otros juicios y en campañas electorales. Fungió como «evidencia» en el proceso del anarquista italiano Ernesto Bonomini (octubre de 1924), asesino del periodista fascista Nicola Bonservizi, y en los procesos de la Iglesia ortodoxa rusa contra el Gobierno soviético para recuperar terrenos parroquiales en París y Copenhague 8. La primera edición inglesa, con más de 10.000 ejemplares, se publicó para coincidir con la falsa «Carta de Zinóviev» durante las elecciones británicas de octubre de 1924, que se saldaron con un importante triunfo del Partido Conservador (un diario local incluso criticó la Carta de Zinóviev mediante una cita en L’affaire Conradi) 9. En abril de 1926 los abogados de las víctimas del tiroteo en la Rue Damrémont de París —donde comunistas dispararon sobre las Jeunesses Patriotes— solicitaron a Aubert literatura acerca de las «instrucciones dadas a las tropas comunistas por los jefes de la Tercera Internacional». El abogado Albert Gautrat conocía L’affaire Conradi y quería corroborar citas exactas de Zinóviev, pues «mis adversarios tienen la intención de cuestionar la autenticidad de sus citas» 10. Aubert le enviaría la edición inglesa del libro de Melgunov sobre el «Terror Rojo» y demás documentos «que demuestran la aplicación práctica de las instrucciones terroristas de la Comintern» 11. El mediador fue el propio Arkadi Polunin, para entonces secretario del general emigrado Pável Shatílov. Por medio de estos contactos, a mediados de la década de 1920 el alegato de Aubert resonaba ya allende Suiza.
Aubert y su anticomunismo surgieron del contexto elitista de la burguesía ginebrina. En noviembre de 1918, durante la huelga general suiza, Aubert fundó las «uniones cívicas», asociaciones parapoliciales que auxiliaron al Gobierno —no sin violencia— y buscaron un estado de contrarrevolución permanente una vez apaciguada la protesta. Tras esta experiencia Aubert intentó llevar su experimento suizo a toda Europa. Desde mayo de 1919 barajó la posibilidad de crear «en Suiza por iniciativa privada una organización permanente, científicamente basada, para la investigación, defensa y aplicación de soluciones liberales a problemas sociales» 12. El resultado, la efímera Conferencia de Lucerna (noviembre de 1920), representó el primer esfuerzo por crear un «servicio de información central» para anticipar movimientos revolucionarios en colaboración con Gobiernos nacionales.
A inicios de 1924, en la ebriedad de su victoria en Lausana, el contexto era distinto. El 18 de febrero Aubert redactó un manifiesto con el doctor Iuri Lodyzhenski, jefe de Polunin en la oficina de la Cruz Roja rusa de Ginebra. El documento declaró que, ante la «apatía del mundo civilizado» frente al peligro bolchevique, urgía un «frente unido» a medio camino entre liberalismo, conservadurismo y cristianismo, que atrajera diversas «fuerzas» políticas, sociales y económicas desperdigadas y documentara toda acción comunista. El 13 de marzo se estableció un Buró Permanente encabezado por Lodyzhenski y financiado por banqueros ginebrinos cercanos a Aubert 13. Conforme este divulgaba el proyecto en Europa Occidental, Lodyzhenski atraía emigrados rusos como el general Piotr Wrangel (en Belgrado) y políticos del este como Karel Kramář (Checoslovaquia) o Pál Teleki (Hungría) 14.
El congreso inaugural de la Entente Internationale contre la IIIe Internationale —nombre original— tuvo lugar en París el 23 y 24 de junio de 1924, en la sede de la Unión de la Propiedad Inmobiliaria de Jean Larmeroux (contacto que Vladímir Gurko, emigrado ruso y pieza clave del Proceso de Lausana, proveyó a Aubert) 15. Asistieron treinta invitados de nueve países, entre ellos la escritora Nesta Webster, el fundador de los British Fascisti Robert Blakeney, o emigrados rusos como Guchkov, Gurko, Shatílov o Anton Kartashov, presidente del Comité Nacional Ruso de París. Lodyzhenski permaneció autónomo como director del Buró Permanente, que encabezó hasta 1950.
El primer dilema fue definir al enemigo. ¿La Entente debía luchar contra el Gobierno soviético o la Internacional Comunista (Comintern)? Aubert propuso concentrarse en la última (esa «plaga análoga al alcoholismo» que «debe ser combatida como tal») 16, pues antagonizar con la Unión Soviética se hacía más difícil conforme Europa le otorgaba reconocimiento diplomático. Sin embargo, aclaró Aubert, la Unión Soviética y la Comintern tenían «los mismos hombres a la cabeza»: atacar a esta significaba combatir a aquella. En segundo término, se delineó la estructura, imitando la de la Comintern. Basándose en información de los emigrados rusos, Aubert entendió bien que la base política de la Comintern, el campo de acción donde se desarrollaría su lucha, era inexorablemente el nacional 17. Así surgieron los sectores nacionales de la EIA, autónomos pero obligados a informar al Buró Permanente de sus actividades y asistir a los congresos anuales 18. Posteriormente surgieron otros apéndices de la EIA, emulando otros satélites de la Comintern: un Buró Colonial (1928) para contrarrestar la Liga contra el Imperialismo, una sección femenina (1936) contra el Secretariado Femenino de la Comintern y una Comisión Pro Deo (1933) encargada del trabajo religioso frente al ateísmo comunista 19.
La EIA adoptó tres métodos de trabajo: lobby político, propaganda escrita y uso (formal e informal) de redes traslapadas con otros actores e instituciones anticomunistas. Ubicada en Ginebra, donde todo país tenía al menos una representación oficial ante organismos internacionales —Sociedad de Naciones, Comité Internacional de la Cruz Roja, etc.—, la EIA «alertó» periódicamente a Gobiernos y entidades supranacionales sobre los peligros del comunismo mundial.
Un ejemplo temprano de estas prácticas quedó resumido en una carta del 24 de julio de 1924, a un mes de fundarse la EIA. Dirigida a la Unión de la Propiedad Inmobiliaria francesa, la misiva trataba el posible reconocimiento de la Unión Soviética por parte del Gobierno de Édouard Herriot, instando a proveer «la documentación necesaria» para evitarlo a «los legisladores que estarán a cargo de dirigir el combate». Además, adjuntaba el boletín periódico de la EIA y el alegato de Aubert en el juicio de Lausana, y remitía a la Unión (emigrada) de Industriales y Comerciantes Rusos para adquirir material adicional 20. Ese sería en adelante el método que la Entente mantendría durante su existencia: escribir cartas, alertar autoridades, adjuntar boletines, proveer materiales, referir a terceros —instituciones de la emigración rusa, por ejemplo— y pedir a sus interlocutores «asegurarse» de obtener resultados 21.
Así, la EIA fungió como centro de información acerca del peligro comunista, pero sin involucrarse en acciones tangibles. Esa fue su esencia: un largo proceso de persuasión entre elites políticas/sociales/económicas en cada país sobre la amenaza comunista, entendiéndola en clave científica y proponiendo medidas concretas para erradicarla. Aubert, Lodyzhenski y allegados creían fervientemente en la eficacia de dicho método, en parte, porque las secciones nacionales mostraban un activismo incesante en sus reportes al Buró Permanente. Desde luego, aquellas solían exagerar —conscientemente o no— el peligro local, así como el Buró utilizaba retórica apocalíptica para obtener financiamiento.
Michel Caillat admite que es difícil delinear la influencia general de la Entente. En principio, la decisión de apoyarla moral y financieramente quedaba en actores locales. No hubo un «producto final» del trabajo de la Entente; cada caso debe revisarse concretamente. Con todo, la EIA tuvo un lugar prominente en el anticomunismo global de entreguerras por medio de su colaboración directa con personajes como Benito Mussolini, Philippe Pétain o Francisco Franco, y la correspondencia con otros como Carl Mannerheim en Finlandia, Vidkun Quisling en Noruega o Giuseppe Motta en Suiza 22.
El caso paradigmático y mejor estudiado de influencia de la Entente en un país es España. El contacto con el fundador del «centro español» de la EIA, Luis de Andrés Morera Galicia, fue muy temprano: asistió en representación del somatén —equivalente catalán de las uniones cívicas— de Barcelona a la Conferencia de Lucerna convocada por Aubert en noviembre de 1920 23. El centro español, concurrente en Portugal, se constituyó en febrero de 1925, cuando Aubert viajó a Madrid a impartir conferencias y conocer políticos y empresarios 24. Para junio el rey Alfonso XIII ya hablaba en conversaciones privadas sobre los boletines de la EIA 25.
Los vínculos con el Gobierno de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) fueron muy estrechos: Morera le informó periódicamente sobre las actividades de la internacional ginebrina 26. Inicialmente Morera obtuvo fondos de círculos económicos e industriales españoles; en julio de 1926, cuando encabezó la delegación española ante otra conferencia de uniones cívicas en Lucerna, el Gobierno le asignó una subvención de 2.000 pesetas 27. En octubre Aubert intercedió por Morera, solicitando un subsidio a Primo de Rivera «para que el Centro Español pueda estabilizar su situación financiera, cumplir sus obligaciones internacionales y desarrollar su necesaria acción sin mayor retraso» 28. El Gobierno desembolsó 5.000 francos suizos como contribución del centro español al Buró Permanente de la EIA 29. Asimismo, el Gobierno portugués de Óscar Carmona contribuyó —según Morera— con la cuantiosa suma de 150.000 escudos portugueses al centro español 30.
Pronto el centro se convirtió en una oficina del Gobierno de España. En mayo de 1927 Aubert envió a Madrid, a investigar ciertas irregularidades, al vicepresidente de la EIA, Alfred Odier 31, quien se entrevistó con Primo de Rivera 32. El 24 de junio Aubert informó a Morera que el Buró «solo colaboraría con una persona que tenga la confianza entera del Gobierno español» 33. El día 28 Primo de Rivera lo despidió por «manejo irregular de fondos» y lo sustituyó por el coronel José Ungría Jiménez 34. La cesantía de Morera refuerza el trato del centro como apéndice del Gobierno, al mencionar «la misión que a esos efectos le fué conferida a V. por el Gobierno español» 35.
Ungría resultó un interlocutor eficaz. En septiembre de 1927 renovó la suscripción a los boletines de la EIA por 5.000 francos suizos, y por 2.500 adicionales en agosto de 1928 36. Además, comenzó a internacionalizar la causa. Ungría participó en los congresos anuales en Ginebra por orden de Primo de Rivera 37, y desde enero de 1928 la EIA solicitó a Ungría «estudiar» la creación de «centros antibolcheviques» en Sudamérica 38, con aprobación de Madrid 39. Ungría mandó traducir al español el Vademécum antibolchevique de la EIA e imprimir 5.000 ejemplares, de los cuales 3.000 se distribuyeron en España y Latinoamérica para enero de 1929 40. Ahínco aparte, la crisis de 1929 y la caída de Primo de Rivera en enero de 1930 precipitaron nuevos arreglos. Aunque Ungría alertó a Ginebra que la política de austeridad de Dámaso Berenguer amenazaba la oficina, esta siguió operando. En marzo siguiente Ungría anunció que lo reemplazaría el hermano del general Berenguer, Luis, confirmando la utilidad del centro 41.
Primo de Rivera distribuyó publicaciones de la Entente personalmente a otros generales. Algunos, como Severiano Martínez Anido, ya tenían un bagaje antiobrero: como alcalde de Barcelona (1920-1922) había reprimido a la Confederación Nacional del Trabajo, asistido por milicias conservadoras (sindicatos libres) y el somatén de Morera 42. Otro fue Emilio Mola, quien en febrero de 1930 escribió un reporte como director de Seguridad sobre el centro español. Mola lamentaba que este no tuviese «resultado práctico» al desconocer «la psicología de los elementos contra los cuales querían actuar y se ahogaban en una burocracia estéril». La EIA, sigue Mola, «pudo haber realizado una labor eficaz, respondiendo mejor a los fines que la inspiraron, con la profusa publicación de folletos, lo más concisos posibles», que expusieran «la labor destructora de los Soviets, la tiranía brutal del régimen implantado en Rusia, el hambre que allí reina» 43. La crítica sorprende, pues esos fueron precisamente los métodos de la EIA. Ignorando su propia opinión antiburocrática, Mola reorganizó el centro en abril de 1930, fusionándolo con otras agencias para crear la Junta Central contra el Comunismo. Esto justificó el envío del jurista Salvador Alarcón Horcas a Ginebra en enero de 1931 para estudiar el archivo de la EIA. Su reporte pretendía «perfeccionar las medidas de vigilancia y represión de las actividades comunistas en España» 44, pero el advenimiento de la República en abril puso fin al ambicioso plan.
El 1 de mayo de 1931 el Gobierno republicano suspendió la subvención al centro español de la EIA 45. Diversas asociaciones buscaron reemplazarlo a título privado. Destacó Acció Anticomunista de Luis López Olivella y Felipe Lagarriga, sección española de facto de la EIA hacia 1933, situada en Barcelona. Lagarriga —futuro director de propaganda antimarxista del bando nacionalista en la Guerra Civil— acudió representando a Acció al congreso internacional de la EIA en octubre de 1933 46. A inicios de 1935 José María Gil-Robles, líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas, escribió a la EIA y recibió cuantiosos materiales y contactos directamente de Aubert. En su respuesta Gil-Robles sintetizó a Aubert los principales esfuerzos en Madrid y Barcelona —mencionó Acció Anticomunista— por galvanizar el anticomunismo en la España republicana 47.
En algún punto de 1928, por orden de Primo de Rivera, una de las publicaciones de la Entente llegó al director de la Academia General Militar de Zaragoza, Francisco Franco. Esto trascendió cuatro décadas después, cuando Franco manifestó a Brian Crozier en 1966 haber sido suscriptor asiduo de los boletines de la EIA, sin perderse un solo número entre 1928 y la Guerra Civil 48. Franco, abonado por cuenta del ejército, se suscribió en privado bajo la República desde 1934 49. En mayo de 1935 Gil-Robles, ministro de Guerra, lo nombró jefe del Estado Mayor, y Franco suscribió al Ministerio entero. En una carta a Aubert, el 4 de julio de 1935, Franco explica: «Habiendo sido designado para el cargo de Jefe de este ESTADO MAYOR CENTRAL, me complazco en manifestarle que he dado las órdenes oportunas para que dicho Centro se suscriba a la Revista que Vd. tan dignamente preside, por lo que le ruego se sirva darme de baja en la misma» 50. Para Franco la inclusión del Partido Comunista en el Frente Popular de 1936 significaba una revolución inminente, como alertaban —dijo a Crozier— los boletines de la EIA 51. En otra entrevista que concedió a George Hills, donde solo menciona una «organización ginebrina», Franco señaló: «Primo de Rivera había solicitado varias suscripciones y pensó que yo podría estar interesado en ello. Lo estaba. Me dio un conocimiento sobre el comunismo internacional, sobre sus metas, su estrategia y sus tácticas. Podía ver el comunismo en España socavando la moral del país, como en Francia» 52.
Durante la Guerra Civil continuaron las relaciones entre la EIA y el bando nacionalista. Franco informó regularmente a Ginebra sobre las «atrocidades marxistas» en regiones «liberadas»; alrededor de septiembre de 1936 envió una memoria a Lodyzhenski 53. Esto confirma la tesis de Herbert Southworth acerca del estatus primordial de la EIA en la constelación ideológica de Franco. En sus memorias Lodyzhenski afirmó que, por esos días —sin precisar fechas—, Aubert y él desayunaron en Ginebra con el duque de Alba, embajador de Franco en Londres, a quien Aubert «prometió apoyo» 54. La EIA lanzó un boletín en español a cargo de Jaume Ruiz Manent y comenzó a «insertar en nuestro Boletín francés comunicaciones favorables a la causa nacional» 55. Según Lodyzhenski, el trabajo editorial de Ruiz Manent y de Ángel Arbex (falangista, curador de la sección española en la exhibición anticomunista de la XIII Conferencia de la EIA en el verano de 1937) apuntaló la propaganda nacionalista desde Ginebra 56. Tampoco faltaron iniciativas autónomas. En enero de 1937 Federico Reparaz propuso en Ginebra una «sección especial española» de la EIA, que para mayo aún aguardaba autorización 57. Un año después el industrial catalán Miguel Mateu planteó a Franco otro proyecto para restaurar el centro español 58. En enero de 1939 Franco designó a Mateu alcalde de Barcelona y representante ante el Buró Permanente de la EIA al mismo tiempo. No obstante, la fundación en plena guerra del Comité de Información y Actuación Social (CIAS), encabezado por Felipe Lagarriga, entorpeció iniciativas autónomas para un nuevo centro español. En febrero de 1939 Lagarriga y Ángel Riveras de la Portilla, secretario y presidente del CIAS respectivamente, acudieron «en representación de la España nacionalista» al congreso de la EIA en Ginebra 59.
Ante la inminente victoria nacionalista Franco invitó a Aubert y Lodyzhenski en marzo de 1939 a España, propuesta confirmada por Mateu en junio 60. El inicio de la guerra europea en septiembre y el viaje apremiante de Lodyzhenski a Finlandia al estallar la Guerra de Invierno en diciembre impidieron la visita, debido al aislamiento de Suiza por su neutralidad 61. Solo hasta 1951, exiliado en España, Lodyzhenski visitó antiguos lugares de combate «en compañía del general Ungría Jiménez» 62.
Indudablemente la EIA influyó el pensamiento anticomunista de Francisco Franco. No obstante, Franco fue apenas uno entre varios personajes relacionados con aquella. Nada prefiguraba que, cuando cayó en sus manos un folleto de la EIA en 1928, Franco sería el gobernante más longevo del siglo. Desde la entrevista de Crozier, el estudio de la relación EIA-España ha pasado inexorablemente por Franco. Sin embargo, creo necesario el ejercicio de sensibilidad histórica que alumbra el esfuerzo previo de distintos actores, en Suiza y España, para llevar la colaboración a terreno fértil.
El caso español fue quizá el más «exitoso» en la historia de la Entente Internationale Anticommuniste, acaso no por sus propios métodos sino por un contexto particularmente receptivo a las ideas anticomunistas 63. Franco, Mola y otros generales alzados en 1936 estaban «listos para lidiar con los comunistas» 64 merced, en parte, a la diseminación en España por años de producción escrita de la EIA. En ese sentido, faltaría investigar su colaboración en los primeros años del franquismo. Sin duda siguió siendo cercana: Lodyzhenski emigró de Ginebra a Madrid en 1950 al clausurarse la EIA, para convertirse en secretario del heredero al trono ruso, Kirill Románov, a quien acompañó luego a Brasil.
La primera comunicación en el archivo de la Entente con alguna asociación latinoamericana es una carta del presidente de la Liga Patriótica Argentina (LPA) 65, Manuel Carlés, a Aubert, del 17 de mayo de 1924. Sorprende la fecha, pues la carta precedió al primer congreso de la EIA en junio de ese año y al contacto de esta con emigrados rusos en Argentina y Brasil en octubre de 1925, pero también, por mucho, a la instrucción de Aubert al coronel Ungría de dirigir centros latinoamericanos en enero de 1928. En la misiva Carlés insinuó que Aubert había invitado a la LPA al congreso inaugural de la Entente, prometió enviar un representante y adjuntó publicaciones propias. La LPA tuvo un desarrollo semejante a las uniones cívicas suizas: surgió de la Semana Trágica en Buenos Aires (enero de 1919), cuando el Gobierno de Hipólito Yrigoyen reprimió una huelga considerable, y fue también un movimiento contrarrevolucionario frente a disturbios obreros. Según Carlés, los «objetivos sociales» de la LPA y la EIA eran «los mismos» 66. No obstante, en septiembre de 1925 un emigrado ruso en Buenos Aires, Borís Shubert, escribió a la sección rusa de la EIA diciendo que esta no era conocida en Argentina, como tampoco «el peligro del comunismo» 67.
La comunicación con la LPA fue fluida. Aubert envió documentación desde 1925, alarmado por los intentos de la Comintern por penetrar en Latinoamérica. En diciembre de 1925 Aubert informó que el centro español enviaría a Carlés «nuestras publicaciones especiales», pensando ya en España como base hacia el continente americano 68. Esta carta inauguró una constante en la interpretación de la EIA sobre el comunismo en Sudamérica, vinculándolo al centro español y la migración desde Europa: «Hay que comprender que, habiendo conseguido el bolchevismo progresos muy considerables en Europa, Sudamérica debe también organizarse para la lucha contra un enemigo que ya hace grandes preparativos para extender allí su acción y que ha comenzado a penetrar allí mediante la oleada de inmigrantes europeos» 69. El acento sobre inmigrantes como grupo susceptible al contagio comunista se ampliaría en documentos posteriores a «trabajadores agrícolas» y «los indígenas».
Dos eventos marcaron estos contactos transoceánicos tempranos. Primero, la creación del Secretariado Especial Sudamericano de la Comintern (abril de 1925). Un reporte de 1926 sobre la situación en Sudamérica alertaba, dado que «ya es sabido» cómo opera la Comintern, que pronto habría un «ataque sistemático» al continente 70. El segundo elemento fue el reconocimiento de Uruguay a la Unión Soviética a mediados de 1926, una «victoria bolchevique importante» según el Buró Permanente, que «asegura a la Comintern una excelente base de operaciones en Montevideo» 71.
Así, a partir de 1926 la EIA intensificó su activismo continental por medio de avisos a representaciones latinoamericanas en Ginebra, saltándose la intermediación del centro español. Esto podría deberse a temas económicos: era más barato enviar material dentro de Ginebra que a Madrid, aunque todavía en enero de 1928 Aubert pidió a Ungría «colaborar» en la creación de centros latinoamericanos. No obstante, desde 1926 la cooperación con Argentina, por ejemplo, se volvió oficial y directa: en febrero el embajador en Berna, Jacinto Villegas, agradeció a Aubert un memorándum sobre la acción bolchevique en los Balcanes, reenviado a su Gobierno 72. Posteriormente aumentó la cooperación con el Gobierno del general Agustín Justo (1932-1938), aunque acaso las asociaciones privadas fueran un conducto más dinámico. Organizaciones como Defensa Social Argentina de José María Rosa —que buscó organizar con la EIA una «exposición anticomunista» en 1937— 73 o Acción Católica Argentina aventajaban al Gobierno como corresponsales de la EIA (incluyendo a Leopoldo Lugones en algunas listas) 74. Rosa, informante prolífico, distribuía las publicaciones ginebrinas entre diarios nacionales y provinciales por medio del cónsul argentino en Ginebra, Ricardo Videla 75, y el representante ante la Sociedad de Naciones, Enrique Ruiz-Guiñazú. A este escribiría Aubert en mayo de 1938 alertando nuevamente sobre el arribo de inmigrantes que huían de la guerra civil española con «ideas comunistas»:
«Varios españoles rojos, comunistas, anarquistas y otros, preparan o prepararán sin duda su huida de España, y como muchos de ellos no conocen otra lengua que el español, es muy probable que busquen acudir a Sudamérica.
Es posible que la atención de su Gobierno no ha sido aún dirigida a esta eventualidad que puede conducirlo a tomar ciertas medidas que lo lleven a evitar la organización por parte de estos emigrados de la propaganda revolucionaria en su país» 76.
Aquí aflora de nuevo la paranoia, la fijación con la idea de una amenaza revolucionaria difusa, sin otro nexo causal que la llegada de individuos que compartían un mismo idioma. Como mencioné, en enero de 1928 Aubert solicitó a Ungría distribuir panfletos en Latinoamérica, no obstante los contactos directos con diplomáticos latinoamericanos en Ginebra. Para abril de 1928 Ungría había distribuido material de la EIA a diecisiete países, y había obtenido «respuestas muy afectivas» de los embajadores argentino, cubano, mexicano, panameño, ecuatoriano y paraguayo 77. Sin embargo, en marzo de 1929 Ungría admitía que «los países de Sudamérica no han respondido aún a nuestro llamado» 78. Es evidente que esto llevó a Aubert a buscar alternativas directas. Tan solo un mes después el Buró Permanente informó a Ungría que, por iniciativa del embajador brasileño en Berna, se barajó la creación del «Secretariado especial sudamericano» de la EIA en Ginebra 79. Todavía en agosto de 1929 Ungría reportó que en Paraguay «nuestras informaciones publicadas en los principales diarios han provocado un movimiento fuerte» y «manifestaciones públicas» contra el comunismo 80. El crédito pertenecía a Aubert, quien refirió con Ungría a Federico Eschmann, emigrado suizo en Paraguay quien, desde 1928, distribuyó materiales publicados en El Progreso y El Bien, junto con El judío internacional de Henry Ford 81.
La pléyade de emigrados rusos dispersos por el continente constituyó otro elemento valioso y directo, ora afiliados a la sección rusa de la EIA, ora en correspondencia con Lodyzhenski. Al caso de Shubert en Argentina se sumó el de Pável («Pablo») Gordienko en Costa Rica, informante regular desde 1929 por casi una década sobre sucesos en Centroamérica. En 1935 Gordienko fundó la Liga Anticomunista San José, que publicaba folletos de la EIA en su gaceta Defensa Nacional 82. En el caso paraguayo destaca una carta del 22 de octubre de 1926 —seguramente de Lodyzhenski— al general emigrado Nikolái Ern, profesor de la Academia Militar de Asunción. El remitente propuso crear un «buró de iniciativa» en Paraguay, apadrinado por el gobierno por medio de Ern y otro general ruso, Iván Beliáiev —posterior héroe de la guerra del Chaco—, para «establecer contactos con otras organizaciones patrióticas en otros Estados [sudamericanos]» 83. Esta idea evolucionó en el Buró Permanente hasta proponer más seriamente a Brasil como centro de expansión sudamericano.
Otros intermediarios que facilitaron la obra de la Entente en Latinoamérica en el decenio de 1930 fueron diplomáticos de la Alemania nazi, como atestigua el embajador Wilhelm von Schoen en Chile, quien solicitó a Lodyzhenski una traducción española del Vademécum antibolchevique 84. Para entonces la EIA colaboraba abiertamente con el Antikomintern alemán 85. No obstante, la relación con el Gobierno chileno se había iniciado ya en 1931, cuando el ministro de Guerra, Carlos Vergara, pidió literatura y «directivas» a la EIA 86.
La EIA entró en contacto con altas esferas de distintos países latinoamericanos, con respuestas nada desdeñables. En marzo de 1927 el presidente panameño Rodolfo Chiari respondía a Aubert en tono admonitorio que «la política de este Gobierno es francamente antibolchevique», merced a la prohibición de «la inmigración de personas que prediquen la transformación de la sociedad por medios violentos, como los comunistas, los socialistas y los anarquistas» 87. Su par salvadoreño, Pío Romero Bosque, agradeció a Aubert en abril de 1928 el envío de una publicación especial 88, lo mismo que el ecuatoriano Isidro Ayora un año después 89. Hubo contactos con funcionarios bolivianos como Natalio Fernández, ministro de Instrucción Pública, que hizo circular folletos entre sus dependencias; el canciller David Alvéstegui, quien vinculaba «comunismo» con un «posible anexionismo» de territorio boliviano a países vecinos 90, o Eduardo Diez de Medina, corresponsal asiduo que solicitó representar a la EIA en Bolivia en febrero de 1935 91. Con Perú y Colombia llegó a haber contactos fluidos 92, e incluso con Uruguay, no obstante su reconocimiento a la Unión Soviética. En Cuba, el subsecretario de Estado publicó en la prensa local, el 16 de agosto de 1934, la protesta oficial de la EIA contra la admisión de la Unión Soviética en la Sociedad de Naciones 93. Toda esta «relación epistolar», diría Lodyzhenski, sería «esporádica y se limitaría al envío de nuestras publicaciones» 94.
En las antípodas se encontraban México y Venezuela. El primero, que reconoció a la Unión Soviética entre 1924 y 1930, representó un caso de impermeabilidad frente a la EIA en el continente. De México el archivo de la EIA tan solo alberga agradecimientos de distintos presidentes por envíos específicos: a nombre de Plutarco Elías Calles (marzo de 1928) por el folleto «La política actual del Gobierno Soviet y de la III Internacional» 95, de Emilio Portes Gil (abril de 1929) por un informe sobre el desarme en la Sociedad de Naciones 96 y de Pascual Ortiz Rubio (febrero de 1931) por un texto sobre la Comintern 97. No hay más comunicación con México sino hasta febrero de 1939, cuando el centro neoleonés de la Confederación Patronal solicitó al Buró Permanente el libro Organización y actividades de la Internacional Comunista y pidió «añadir nuestro nombre a su lista de corresponsales» 98. Aubert respondió adjuntando boletines en inglés, folletos en español y publicaciones en francés 99.
Venezuela, en cambio, mostró sumo interés en la EIA. Desde enero de 1932 se publicó un panfleto en El Heraldo de Caracas, «El fracaso del Plan Quinquenal» soviético 100. Aubert mencionó en septiembre de 1937 que la EIA ya había organizado una exposición anticomunista en Venezuela, encargada por «nuestros corresponsales» allí, sin precisar fechas ni contenido 101. El Gobierno de Eleazar López pagó 1.000 bolívares a principios de 1938 para suscribirse a los boletines 102. En julio de 1939 envió como «comisionado» a Avelino Martínez a Ginebra para estudiar el archivo de la Entente 103.
Varios Gobiernos entendieron la utilidad de la EIA como centro de información. En Guatemala la Secretaría de Gobernación y Justicia llegó a «ofrecer» su Oficina de Control de Propagandas Internacionales como «Sucursal del Bureau» de la EIA en agosto de 1928 104. Incluso, en diciembre siguiente, la Embajada guatemalteca en París pidió a Aubert copia de las «actas publicadas por vuestro Buró» sobre un supuesto congreso «en Moscú» para indagar la participación del político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, de reciente estancia en Guatemala 105. Aubert confirmó la presencia de Haya y aclaró que dicho congreso había sido la fundación de la Liga contra el Imperialismo en Bruselas en febrero de 1927 106. En enero de 1930, el delegado peruano ante la Organización Internacional del Trabajo, Pedro Paulet, escribió también a la EIA inquiriendo sobre el paradero y las actividades de Haya 107.
Los ejemplos anteriores representaban victorias menores en la brújula moral de la EIA, sin mucha concreción. Cabe detenerse en su relación continental más fructífera: Brasil. El contacto comenzó en febrero de 1925, cuando el embajador brasileño en Suiza, Raul Paranhos, barón de Rio Branco, agradeció a Aubert un envío, parte del paquete que la EIA distribuyó a otras legaciones. Rio Branco, entusiasta, respondió que lo remitiría a su Gobierno y solicitó material adicional. El barón visitó frecuentemente a Aubert, quien le rogó interceder ante otras misiones —no solo americanas: también ante la británica, neerlandesa e italiana— para obtener financiamiento 108; Rio Branco conseguiría 1.000 francos suizos del representante neerlandés en Ginebra en diciembre de 1925 109. Asimismo, informó que, tras reunirse con siete embajadores, los de Chile, Argentina y Portugal requirieron subvenciones a sus Gobiernos 110; el primero incluso solicitó a Aubert su alegato en el juicio de Lausana 111. En enero de 1926 Aubert agradeció al barón porque «merced a su intervención muchas legaciones han sido puestas al corriente de la actividad de la Entente» 112. Rio Branco compró también diversas publicaciones: desde enero de 1928 ordenó cien ejemplares del Vademécum antibolchevique, seguidos de doscientos en marzo 113. En algún punto Rio Branco trajo a casa de Aubert al «jefe de la policía brasileña», a quien Lodyzhenski explicó la estructura de la Comintern y sus satélites 114.
Al concebir un buró sudamericano en la EIA en 1926, se propuso a Brasil como centro de operaciones. Aubert sugirió desde mayo una sede en Río de Janeiro, privada, bajo cobijo del Gobierno, con facultades extraterritoriales para «determinar la fundación de otros centros nacionales» y contribuir con 10.000 francos suizos anuales 115. Rio Branco traspasó la propuesta al Gobierno por medio del coronel Carlos Reis, encargado de «interesar [...] a nuestro presidente, Artur Bernardes» 116. En julio de 1927 el encargado de negocios en Berna, Temistocles da Graça Aranha, informó que Brasil enviaría 10.000 francos suizos a Aubert, «por las razones que usted conoce» 117. Poco después un reporte de la EIA presumía de que sus envíos habían sido cruciales para que Brasil aprobara la Lei Celerada que prohibió al Partido Comunista el 12 de agosto de 1927 118. Tras entrevistarse con el presidente Washington Luís, Rio Branco insinuó su interés en la EIA y Aubert inmediatamente envió al mandatario un reporte sobre la historia de la Unión Soviética y la Comintern 119. En marzo de 1930 Rio Branco informó que la «Policía Política» de Brasil había designado al coronel Reis para redactar un reporte sobre el comunismo en Europa y que este deseaba entrevistarse con Aubert 120.
Con la revolución de 1930 y el ascenso de Getúlio Vargas se consolidaron los vínculos, específicamente gracias a la diplomática Odette de Carvalho e Souza, profundamente anticomunista, «consejera técnica gubernamental» ante las Conferencias Internacionales del Trabajo. Carvalho se convirtió en amiga personal de Lodyzhenski y en asidua colaboradora de la EIA desde distintos puestos en el varguismo. El ministro de Asuntos Exteriores, José Carlos de Macedo Soares, sería también un interlocutor fundamental. En 1935 el Gobierno instruyó a Carvalho para que solicitara cinco suscripciones a la «documentación completa» de la EIA por dos años, distribuidas una al ministro Macedo, tres para consulta a Itamaraty y otra al secretario de Vargas; la petición formal del cónsul brasileño en Ginebra adjuntó 400 francos suizos 121.
En noviembre de 1935 estalló la Intentona Comunista en algunas ciudades brasileñas. Un mes después Uruguay rompió relaciones con la Unión Soviética, según interpretaciones historiográficas recientes, por presión de Brasil 122. En la historiografía correspondiente el eslabón perdido es el suministro de materiales de la EIA al Gobierno de Vargas y, por medio de este, al de Gabriel Terra en Uruguay. Varios puntos confirman esta hipótesis. Primero, en una carta a Lodyzhenski de febrero de 1936, Carvalho insinuó que eran comunes los reportes de Vargas a Terra basados en materiales de la Entente 123. Segundo, el ministro Macedo entregó personalmente al embajador uruguayo en Brasil «pruebas» —discursos del VII Congreso de la Comintern— de que la Intentona se había fraguado en la legación soviética en Montevideo 124. Una carta de Lodyzhenski a Carvalho dos semanas después de la Intentona confirmó que la EIA había suministrado dichas «pruebas» al Gobierno brasileño 125. El propio Macedo admitió a Aubert en enero de 1936 que «los documentos que la Entente proveyó fueron de una ayuda invaluable, y estaríamos particularmente complacidos de aceptar su amable oferta de seguir aportándonos la importante documentación e información de su Buró» 126.
Tras la Intentona el Gobierno brasileño creó un Servicio de Estudios e Investigaciones en Itamaraty a cargo de Carvalho, quien solicitó presupuesto para la EIA. Pronto empezó a organizarse una exhibición anticomunista en Brasil, auspiciada desde la Embajada brasileña en Berlín y por la intermediación de Lodyzhenski con el Antikomintern alemán en 1936 para obtener materiales 127. En agosto de ese año Carvalho transfirió 3.000 francos suizos a la EIA; en enero de 1938 el Departamento de Propaganda del Ministerio de Justicia se suscribió al boletín 128. Las subvenciones continuarían hasta 1939, cuando Aubert reclamó al cónsul Moniz que Brasil ya no proveía fondos como antes 129.
En suma, Brasil engendró un contexto muy receptivo a la propaganda anticomunista que lo hizo el mayor interlocutor de la EIA en Latinoamérica. Como en España, la cooperación databa del decenio de 1920 y sobrevivió a distintos Gobiernos, si bien aumentó durante el varguismo. Restaría, asimismo, profundizar la relación de la EIA con Brasil durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Como en España, esa relación tardía pasó por Iuri Lodyzhenski, quien se mudó en 1952 de ese país a Brasil, donde murió en 1977 130. En 1947 Aleksandr, hermano de Iuri y líder de la sección rusa de la EIA, llegó a Brasil invitado por el barón Rio Branco, escapando de una condena colaboracionista en Francia. Sin ofrecer detalles, Iuri mencionó en la última sesión del Buró Permanente (noviembre de 1950) que en Brasil ya había una «base trasera» de la EIA, con su archivo actualizado 131. Sin duda, las dos relaciones más sólidas de la EIA con Iberoamérica —España y Brasil— resultaron redituables para la familia Lodyzhenski.
En sus métodos y objetivos la Entente Internationale Anticommuniste reflejaba el espíritu de las uniones cívicas suizas, aglutinadas en torno al ejemplo contrarrevolucionario encabezado por Théodore Aubert en noviembre de 1918. Como afirma Eduardo González Calleja, su atractivo era que no buscaban el poder, utilizaban escasos recursos teóricos y anteponían una organización laxa como «entidad auxiliar que apuntalaba, pero no sustituía, los recursos coercitivos o reformistas del Estado liberal» 132. Asimismo, la tarea de la EIA era fungir como centro de información, un recurso científico disponible a los curiosos, un depósito de conocimiento con respuestas prefabricadas para contestar las preguntas más acuciantes acerca del comunismo surgidas en la variopinta constelación anticomunista global, siempre dirigido a las elites, jamás a las masas.
La «Internacional Blanca» de Aubert fue el común denominador de múltiples expresiones anticomunistas que recurrían a ella al carecer de información verificable del comunismo trasnacional y su ejemplo soviético. La creciente paranoia y el temor al comunismo facilitaban la borrosidad de la cuestión; más en un contexto ajeno como el latinoamericano, azuzado ya por la Doctrina Monroe y las políticas intervencionistas de Estados Unidos en la región, diferencia importante con el caso español. Ejemplo prístino es la petición, ya mencionada, de la Embajada guatemalteca en París a Aubert (diciembre de 1928) para indagar si Víctor Haya de la Torre había participado en un «congreso comunista en Moscú», que en realidad se trataba de la fundación de la Liga contra el Imperialismo en Bruselas, ocurrida ¡casi dos años atrás! Así, el desconocimiento generalizado sobre «el comunismo», la obsesión con la supuesta amenaza, hacía atractiva la oferta «científica» de la EIA para llenar esos nichos. Sin embargo, dicha distancia, más la volatilidad política en Latinoamérica, impidieron una relación más dinámica con Ginebra. Lodyzhenski lo sintetizó en junio de 1937: «La distancia nos ha impedido hacer el esfuerzo necesario en este terreno, y los cambios frecuentes del personal político de varios países [latinoamericanos] han supuesto un reto constante sobre los resultados ya conseguidos» 133.
El estudio del anticomunismo en España y Latinoamérica no ha aquilatado la influencia de la Entente Internationale Anticommuniste. Los casos expuestos dan pistas del alcance real de la EIA en regiones específicas. Si bien su influencia cundió en esferas altas y medias de la sociedad y la política iberoamericanas, los resultados concretos varían. Hasta ahora conocemos apenas la punta del iceberg de un esquema más profundo, cuyos nexos causales se revelarán con estudios de caso futuros de la transmisión de idées fixes, léxicos, argumentos, propaganda y contactos entre la asociación ginebrina y distintos actores, en Iberoamérica y más allá. Queda por indagar cómo se distribuían y usaban las publicaciones de la EIA; adónde iban a parar esos miles de ejemplares; si engendraban leyes, decretos, o se empolvaban en las bibliotecas del continente. Este trabajo tan solo ha delineado el contorno.
* El autor agradece a Luis Alfonso Gómez Arciniega y a los miembros del Seminario de Historia Internacional de El Colegio de México y el CIDE, en especial a Irving Reynoso, Daniela Spenser, Ethan Ayala, Gerardo Sánchez y Ana Sofía Rodríguez, sus comentarios a una versión previa del texto.
1 Moritz Conradi: «Mon aveu» (10 de mayo de 1923), Dodis, https://dodis.ch/48619 (consultado el 20 de enero de 2025).
2 Rainer Matos Franco: «The Last White Victory. Aleksandr Guchkov and the Conradi-Polunin Process of 1923», Revolutionary Russia, 36(1) (2023), pp. 76-99.
3 Irónicamente el jurado votó cinco frente a cuatro a favor de condenarlos, pero en el cantón suizo de Vaud esto significaba una minorité de faveur: se requerían seis votos contra tres para pasar sentencia.
4 Markku Ruotsila: «International Anti-Communism before the Cold War. Success and Failure in the Building of a Transnational Right», en Martin Durham y Margaret Power (eds.): New Perspectives on the Transnational Right, London, Palgrave Macmillan, 2010, pp. 11-38, esp. p. 26.
5 Herbert Southworth: Conspiracy and the Spanish Civil War. The Brainwashing of Francisco Franco, London, Routledge, 2002, pp. 129-191.
6 Rainer Matos Franco: «The Last White Victory...», pp. 82-83.
7 Annetta Gattiker: L’affaire Conradi, Berna, H. Lang, 1975, p. 279, n. 19, y Archive EIA (en adelante, AEIA), 3012/2, 1925, Avril, 8.
8 Théodore Aubert: Bolshevism’s Terrible Record. An Indictment, Boston, Small, Maynard & Co., 1925, p. vi.
9 S. a.: «Zinovieff and the Terror», The Hull Daily Mail, 27 de octubre de 1924, p. 3.
10 Carta de Gautrat a Aubert (22 de abril de 1926), AEIA, 3105/4, 1926, Avril, 43.
11 Carta de Aubert a Gautrat (27 de abril de 1926), AEIA, 3105/4, 1926, Avril, 52-53.
12 Michel Caillat: L’Entente internationale anticommuniste de Théodore Aubert. Organisation interne, réseaux et action d’une internationale antimarxiste, Lausanne, Société d’Histoire de la Suisse Romande, 2016, pp. 68-73.
13 Ibid., p. 109, n. 4.
14 Ibid., pp. 112 y 151.
15 Georges Lodygensky: Face au communisme, 1905-1950. Quand Genève était le centre du mouvement anticommuniste international, Genève, Slatkine, 2009, p. 193.
16 Michel Caillat: L’Entente..., p. 128.
17 Véase Rainer Matos Franco: «Socialist Internationalism and National Classifications at the Comintern Schools (1922-1943)», Ab Imperio, 3 (2021), pp. 136-165.
18 Michel Caillat: L’Entente..., p. 118.
19 Stéphanie Roulin: Un credo anticommuniste. La Commission Pro Deo de l’Entente internationale anticommuniste ou la dimension religieuse d’un combat politique (1924-1945), Lausanne, Antipodes, 2010.
20 AEIA, 3011/2, 1924, 10.
21 En Francia —donde no se evitó el reconocimiento de la Unión Soviética en octubre de 1924— la Entente concentró la mayoría de sus esfuerzos (en 1927 invirtió allí 75.000 francos y recuperó apenas 30.000). La iniciativa del senador Frédéric Eccard en 1931 para discutir el trabajo forzado, el dumping y el plan quinquenal soviéticos se basaría en literatura de la EIA. Franck Tison: «L’Entente internationale anticommuniste et la France (1924-1939)», Communisme, 16 (2000-2001), pp. 75-92, esp. pp. 82-83.
22 Michel Caillat: L’Entente..., pp. 280-281 y 310-317.
23 Ibid., p. 71. Véanse también Eduardo González y Fernando del Rey: La defensa armada contra la revolución. Una historia de las guardias cívicas en la España del siglo xx, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995, p. 222, y Luis de Andrés Morera: Conferencia de Lucerna. Memoria que presentan d. Luis Martí Olivares y don Luis de Andrés Morera, delegados por el somatén de Barcelona para asistir a la conferencia internacional de guardias cívicas, celebrada en Lucerna (Suiza) los días 29 y 30 de noviembre de 1920, Barcelona, Imprenta Elseviriana Borrás Mestres y Cía., 1921.
24 Eduardo González y Fernando del Rey: La defensa..., pp. 221-223.
25 Ibid., p. 223.
26 Ibid., p. 223.
27 Ibid., p. 227.
28 Carta de Aubert a Primo de Rivera (13 de octubre de 1926), AEIA, 3089/6, 48-49.
29 Carta de Morera a Aubert (post. 5 de noviembre de 1926), AEIA, 3089/6, 57, y Eduardo González y Fernando del Rey: La defensa..., p. 228, n. 15.
30 Michel Caillat: L’Entente..., p. 182, n. 180, y AEIA, 3089/7, 1927, 21.
31 Carta de Aubert a Morera (27 de abril de 1927), AEIA, 3089/7, 25.
32 Iuri Lodyzhenski: Ot Krasnogo Kresta k borbe s Kominternom, 2.ª ed., Moskvá, Airis-Press, 2013, p. 313.
33 Carta de Aubert a Morera (24 de junio de 1927), AEIA, 3089/7, 58.
34 Eduardo González y Fernando del Rey: La defensa..., p. 229.
35 Carta de Antonio Almagro (secretario de Primo de Rivera) a Morera (11 de junio de 1927), AEIA, 3089/9, 41.
36 Carta de Ungría a Aubert (18 de agosto de 1928), AEIA, 3089/11, 1928, Juillet-octobre, décembre, 8.
37 Carta de Ungría a Aubert (30 de septiembre de 1929), AEIA, 3089/12, 1929, 41.
38 Carta de Aubert a Ungría (25 de enero de 1928), AEIA, 3089/11, 1928, Janvier-juin, 5.
39 Carta de Ungría a Aubert (29 de febrero de 1928), AEIA, 3089/11, 1928, Janvier-juin, 13.
40 Carta de Ungría a Aubert (15 de enero de 1929), AEIA, 3089/12, 1929, 1.
41 Carta de Ungría a Aubert (14 de marzo de 1930), AEIA, 3089/13, 11.
42 Hugh Thomas: La Guerra Civil Española, vol. I, traducción de Neri Daurella, Barcelona, Grijalbo, 1976, pp. 43-44.
43 Emilio Mola: Obras completas, Valladolid, Santarén, 1940, p. 298.
44 Eduardo González y Fernando del Rey: La defensa..., p. 232.
45 Carta de [¿Pedro?] De la Cerda a Aubert (29 de abril de 1931), AEIA, 3090/1, 33.
46 Carta de López Olivella a Aubert (5 de octubre de 1933), AEIA, 3090/4, 46.
47 Carta de Aubert a Gil Robles (22 de enero de 1935), AEIA, 3090/6, 4-6; carta de Gil Robles a Aubert (9 de febrero de 1935), AEIA, 3090/6, 9, y carta de Gil Robles a Aubert (7 de marzo de 1935), AEIA, 3090/6, 12. Maria Cristina Giustiniani-Bandini, de la Unión de Mujeres Católicas italiana, contactó a Gil-Robles con Aubert.
48 Brian Crozier: Franco, Boston, Little Brown & Co., 1967, p. 92.
49 Herbert Southworth: Conspiracy..., p. 133.
50 Carta de Franco a Aubert (4 de julio de 1935), AEIA, 3090/6, 34.
51 Brian Crozier: Franco..., pp. 92-93.
52 George Hills: Franco. The Man and his Nation, London, Robert Hale, 1967, p. 157.
53 Carta de Lodyzhenski a Franco (6 de octubre de 1936), AEIA, 3090/7, 10.
54 Iuri Lodyzhenski: Ot Krasnogo Kresta..., p. 423.
55 Carta de Lodyzhenski a Francisco de Reynoso (28 de enero de 1937), AEIA, 3090/8, 5.
56 Iuri Lodyzhenski: Ot Krasnogo Kresta..., p. 424.
57 Carta de Reparaz a Lodyzhenski (7 de mayo de 1937), AEIA, 3090/8, 15.
58 Michel Caillat: L’Entente..., p. 502.
59 S. a.: «La Acción Anticomunista Internacional», Diario de Burgos, 22 de febrero de 1939, p. 4.
60 Michel Caillat: L’Entente..., p. 496.
61 Ibid., pp. 504-505.
62 Iuri Lodyzhenski: Ot Krasnogo Kresta..., p. 424.
63 Eduardo González y Fernando del Rey: La defensa..., p. 234.
64 Herbert Southworth: Conspiracy..., p. 187.
65 Véase Fernando Devoto: Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, pp. 126-149.
66 Carta de Carlés a Aubert (5 de noviembre de 1925), AEIA, 3060/1, 1925, 7.
67 Carta de Shubert a la sección rusa (9 de septiembre de 1925), AEIA, 3086/1, 1925, Septembre, 15.
68 Carta de Aubert a Carlés (1 de diciembre de 1925), AEIA, 3060/1, 1925, 10.
69 Ibid., p. 11.
70 «Pro Memoria», AEIA, 3060/1, 1926, 35.
71 AEIA, 3060/1, 1926, 1.
72 Carta de Villegas a Aubert (16 de febrero de 1926), AEIA, 3060/1, 1926, 4.
73 Carta de Rosa a Jean-Marie Musy (presidente de Action Nationale Suisse contre le Communisme) (20 de agosto de 1937), AEIA, 3061/3, 1937, 71.
74 AEIA, 3061/4, 1937, 136-138.
75 Carta de la Defensa Social Argentina a Aubert (15 de enero de 1937), AEIA, 3061/3, 7.
76 Carta de Aubert a Ruiz-Guiñazú (5 de mayo de 1938), AEIA, 3061/5, 1938, 35.
77 Carta de Ungría a Aubert (18 de abril de 1928), AEIA, 3089/11, 1928, Janvier-juin, 22.
78 Carta de Ungría a Aubert (13 de marzo de 1929), AEIA, 3089/11, 1928, 4.
79 Carta del Buró Permanente a Ungría (3-4 de abril de 1929), AEIA, 3089/12, 1929, 9.
80 Carta de Dámaso Millán (vicepresidente del centro español) a Aubert (9 de agosto de 1929), AEIA, 3089/12, 1928, 26.
81 Carta de Aubert a Eschmann (1 de agosto de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 28, y carta de Eschmann a Aubert (1 de noviembre de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 46.
82 Carta de Gordienko a la sección rusa (c. 1935), AEIA, 3061/1, 1935, 38.
83 Carta de anónimo (probablemente Lodyzhenski) a Ern (22 de octubre de 1926), AEIA, 3060/1, 1926, 25, y carta de Eschmann a Aubert (23 de junio de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 26.
84 Carta de Von Schoen a Lodyzhenski (20 de abril de 1938), AEIA, 3061/5, 1938, 26.
85 Michel Caillat: L’Entente..., pp. 518-532.
86 Carta de Vergara a Aubert (2 de octubre de 1931), AEIA, 3060/6, 1931, 65.
87 Carta del secretario de Chiari a Aubert (4 de marzo de 1927), AEIA, 3060/1, 1927, 1.
88 Carta de Romero Bosque a Aubert (13 de abril de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 15. El arzobispo de El Salvador agradeció varios envíos; carta de Francisco Castro a la EIA (6 de junio de 1930), AEIA, 3060/3, 1930, 35.
89 Carta de Ayora a Aubert (2 de abril de 1929), AEIA, 3060/3, 1929, 12.
90 Carta de Alvéstegui a Hernando Siles (embajador en Chile) (11 de septiembre de 1934), AEIA, 3061/1, 1935, 15.
91 Carta de Aubert a Diez de Medina (30 de enero de 1935), AEIA, 3061/1, 1935, 5, y carta de Diez de Medina a Aubert (28 de febrero de 1935), AEIA, 3061/1, 1935, 7.
92 El cónsul peruano en Ginebra inquirió sobre «la bolchevización de América Latina [...] a fin de dar a conocer dicho documento en nuestro país». Carta del Consulado de Perú en Ginebra a la EIA (16 de enero de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 15.
93 AEIA, 3061/1, 19.
94 Iuri Lodyzhenski: Ot Krasnogo Kresta..., p. 317.
95 Carta de Fernando Torreblanca a Aubert (2 de marzo de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 8.
96 Carta de Torreblanca a Aubert (17 de abril de 1929), AEIA, 3060/3, 1929, 20.
97 Carta de Crisóforo Ibáñez a Aubert (9 de febrero de 1931), AEIA, 3060/6, 1931, 8.
98 Carta de A. L. Rodríguez a la EIA (15 de febrero de 1939), AEIA, 3061/6, 3.
99 Carta de Aubert a Rodríguez (9 de marzo y 5 de mayo de 1939), AEIA, 3061/6, 5, 9.
100 Luis Cipriano Rodríguez: Ensayos de historia y política, Caracas, Comisión Presidencial Bicentenaria de la Batalla y la Victoria de Carabobo, 2021, p. 77.
101 Carta de Aubert a la Defensa Social Argentina (3 de septiembre de 1937), AEIA, 3061/4, 1937, 23.
102 Carta de J. M. Ortega Martínez a Aubert (6 de febrero de 1938), AEIA, 3061/5, 1938, 6.
103 Carta de Luis Martín García (cónsul de Venezuela en Ginebra) a Aubert (5 de julio de 1939), AEIA, 3061/6, 1939, 13.
104 Carta de Domingo Gracián a Aubert (18 de agosto de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 33, y carta de Ungría a Aubert (8 de octubre de 1928), AEIA, 3089/11, 1928, Juillet-octobre, décembre, 20.
105 Carta de José Matos (embajador de Guatemala en Francia) a Aubert (12 de diciembre de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 66.
106 Carta de Aubert a Matos (17 de diciembre de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 67.
107 Carta de Paulet a Aubert (31 de enero de 1930), AEIA, 3060/3, 1930, 6-8.
108 Carta de Aubert a Rio Branco (12 de noviembre de 1925), AEIA, 3060/1, 1925, 8.
109 Carta de Rio Branco a Aubert (12 de diciembre de 1925), AEIA, 3060/1, 1925, 14.
110 Carta de Rio Branco a Aubert (15 de diciembre de 1925), AEIA, 3060/1, 1925, 15.
111 Carta de Rio Branco a Aubert (23 de diciembre de 1925), AEIA, 3060/1, 1925, 20.
112 Carta de Aubert a Rio Branco (26 de enero de 1926), AEIA, 3060/1, 1926, 3.
113 Carta de Rio Branco a Aubert (7 de enero de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 1, y carta de Aubert a Rio Branco (19 de marzo de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 9.
114 Iuri Lodyzhenski: Ot Krasnogo Kresta..., p. 317.
115 Carta de Aubert a Carlos Reis y Rio Branco (1 de mayo de 1926), AEIA, 3060/1, 1926, 15.
116 Carta de Rio Branco a Aubert (17 de octubre de 1926), AEIA, 3060/1, 1926, 23.
117 Carta de Graça Aranha a Aubert (19 de julio de 1927), AEIA, 3060/1, 1927, 36.
118 AEIA, Jeunesse, 3, 3044/9, 46.
119 Documento confidencial dirigido al presidente Washington Luís (c. diciembre de 1928), AEIA, 3060/3, 1928, 55.
120 Carta de Rio Branco a Aubert (7 de marzo de 1930), AEIA, 3060/3, 1930, 18.
121 Carta de Carvalho a Lodyzhenski (3 de agosto de 1935), AEIA, 3061/1, 1935, 25, y carta del cónsul brasileño en Ginebra a Aubert (14 de agosto de 1935), AEIA, 3061/1, 1935, 26.
122 Ana María Rodríguez Ayçaguer: «La diplomacia del anticomunismo. La influencia del Gobierno de Getúlio Vargas en la interrupción de las relaciones diplomáticas de Uruguay con la Unión Soviética en diciembre de 1935», Estudos Ibero-Americanos, 34(1) (2008), pp. 92-120.
123 Carta de Carvalho a Lodyzhenski (10 de febrero de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 25.
124 Ana María Rodríguez Ayçaguer: «La diplomacia...», pp. 109-110, n. 37, y carta del Buró Permanente a Macedo Soares (7 de enero de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 1.
125 Carta de Lodyzhenski a Carvalho (9 de diciembre de 1935), AEIA, 3061/1, 1935, 37.
126 Carta de Macedo Soares a Aubert (15 de enero de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 13-14.
127 Carta de Lodyzhenski a Carvalho (9 de marzo de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 32, y carta de Aubert a Paranhos da Silva (vicecónsul brasileño en Ginebra) (7 de julio de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 38.
128 Carta de Carvalho a Lodyzhenski (29 de agosto de 1936), AEIA, 3061/2, 1936, 46, y AEIA, 3061/5, 1.
129 Carta de Aubert a Moniz (9 de noviembre de 1939), AEIA, 3061/6, 1939, 20.
130 Stéphanie Roulin: Un credo..., pp. 422-423.
131 Georges Lodygensky: Face au communisme..., p. 497.
132 Eduardo González Calleja: «La movilización conservadora frente a la revolución. Las uniones cívicas en España (1917-1931)», en Ernesto Bohoslavsky, David Jorge y Clara Lida (coords.): Las derechas iberoamericanas desde el final de la Primera Guerra hasta la Gran Depresión, México, El Colegio de México, 2019, pp. 27-64, esp. pp. 29-30.
133 Carta de Lodyzhenski a Rosa (10 de junio de 1937), AEIA, 3061/3, 1937, 54.