Ayer 138 (2) 2025:127-151
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2059
© Arnau Fernández Pasalodos
Recibido: 20-06-2023 | Aceptado: 29-04-2024 | Publicado on-line: 07-04-2025
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
«Las armas no podrán tenerlas más que los buenos españoles, para defender a España contra los malos». Uso y circulación de armas en espacios de guerra irregular, 1936-1952*
Arnau Fernández Pasalodos
Universidad de Granada
pasalodos@ugr.es
Resumen: El presente artículo pretende ser la primera investigación que analice el uso y la circulación de armas en espacios de guerra irregular en España entre 1936 y 1952. Se analizará cómo se armaron las primeras partidas de huidos y guerrilleros republicanos y las estrategias seguidas por el bando rebelde para desarmarlos. Tras abril de 1939, en la guerra irregular los falangistas siguieron siendo uno de los objetivos principales de la violencia guerrillera, de manera que estos pidieron ser armados para defenderse, a la par que para mejorar las labores contrainsurgentes. En los años cuarenta los colaboradores de la guerrilla se convirtieron en una fuente de armas fundamental para los partisanos, y veremos cómo actuaron los enlaces en este sentido. Sin ir más lejos, la dictadura tuvo que armar a sus tropas, de manera que también analizaremos el desarrollo de este proceso y las problemáticas que surgieron hasta 1952. Finalmente, el artículo tratará de mostrar hasta qué punto las tropas encargadas de la guerra antipartisana, sobre todo los somatenistas, se convirtieron en una de las principales fuentes de armas y municiones para la resistencia armada antifranquista.
Palabras clave: armas, Guardia Civil, guerrilla antifranquista, represión, guerra irregular.
Abstract: This article aims to be the first research to analyse the use and circulation of weapons in irregular warfare in Spain between 1936 and 1952. It will analyse how the first Republican guerrilla fighters and fugitives were armed and the strategies followed by the rebel side to disarm them. After April 1939, the irregular war continued, the Falangists being one of the main targets of guerrilla violence, so that they asked to be armed to defend themselves, as well as to improve the counter-insurgency work. In the 1940s, the guerrilla collaborators became a fundamental source of arms for the partisans, and we shall see how the liaisons acted in this respect. The dictatorship also had to arm its troops, so we will also analyse the development of this process and the problems that arose up to 1952. Finally, the article will try to show to what extent the troops in charge of the anti-partisan war, especially the somatenistas, became one of the main sources of arms and ammunition for the anti-Francoist armed resistance.
Keywords: weapons, Guardia Civil, anti-Franco guerrilla, repression, irregular warfare.
Entre julio de 1936 y 1952 los espacios de guerra irregular afectaron a más del 66 por 100 de las provincias españolas, y durante esos quince años el bando rebelde primero y la dictadura franquista después hicieron frente a una guerra contrainsurgente que tuvo como fin último la eliminación de la resistencia armada republicana 1. El conflicto que se desarrolló en España hasta 1952 fue una guerra de tipo irregular en la que los frentes no estuvieron claramente delimitados o directamente no existieron, y que fue el resultado de la pugna por el control del espacio físico, de la represión golpista y de la huida a los montes de miles de republicanos que tuvieron que escapar de un Estado marcadamente violento y vengativo.
La historiografía sobre la guerrilla y la lucha antiguerrillera cuenta en su haber con trabajos sobre el nacimiento, desarrollo y ocaso de las partidas y agrupaciones guerrilleras, así como con biografías de los resistentes y análisis del papel que desempeñaron los colaboradores hasta 1952. Sin ir más lejos, en los últimos años se ha puesto en el centro de atención a los represores, es decir, a las tropas encargadas de soportar el peso de la contrainsurgencia. No obstante, todavía hay muchas caras ocultas sobre la guerra irregular de 1936 a 1952. Por ello, el presente artículo tratará de ser la primera investigación que analice, a través de la bibliografía y de fuentes documentales inéditas, el uso y la circulación de armas en espacios de guerra irregular en España entre 1936 y 1952. Para ello, la investigación analizará cómo se armaron las primeras partidas de huidos y guerrilleros republicanos tras el golpe de Estado de julio de 1936 y las estrategias seguidas por el bando rebelde para desarmarlos. Después de abril de 1939 la guerra irregular prosiguió en muchas serranías peninsulares, siendo los falangistas uno de los objetivos principales de la violencia guerrillera, de manera que estos pidieron ser armados para defenderse, a la par que para mejorar la contrainsurgencia franquista. Mientras tanto, en los años cuarenta los colaboradores de la guerrilla se convirtieron en una fuente de armas fundamental para las partidas, y veremos cómo actuaron los enlaces y qué les ocurrió en caso de ser descubiertos. Sin ir más lejos, la dictadura tuvo que armar a sus tropas, de manera que analizaremos el desarrollo de este proceso y las problemáticas que surgieron a raíz de ello. Finalmente, el artículo tratará de mostrar hasta qué punto las tropas contrainsurgentes, sobre todo los somatenistas, se convirtieron en una de las principales fuentes de armas y municiones para la resistencia armada antifranquista.
Tras el golpe de Estado de julio de 1936 miles de hombres y de mujeres se echaron a las sierras para escapar de la violencia de los sublevados. El terror rebelde provocó una huida masiva y dio lugar a las primeras partidas, algo que comenzó a preocupar a los garantes del nuevo orden que, para poner fin a aquel estado de cosas, emitieron de sur a norte «bandos de perdón», con los que llamaron a las entregas voluntarias de los huidos. Esta estrategia fue utilizada hasta 1952, pero su origen se remonta a la noche del 26 de julio de 1936, cuando apareció el primer bando de perdón. En una de sus charlas radiofónicas, la máxima autoridad sublevada en Andalucía, Queipo de Llano, emitió el siguiente mensaje:
«muchos habitantes de esos pueblos vagan aterrados por los campos, sin atreverse a regresar. Sin embargo, sepan que estoy dispuesto a perdonarles, con una sola condición: la de que habrán de presentarse al comandante de la fuerza pública, en sus pueblos respectivos, entregando en el momento de presentarse un arma: la misma arma con que nos combatieron» 2.
Queipo de Llano se mostró muy enfadado en la charla nocturna que ofreció tan solo dos días después: «empiezan a regresar a los pueblos fugitivos que andaban por el campo, y que se presentan a la autoridad; pero lo hacen sin armas, y así no admito ninguno. El que, al presentarse, no entregue un arma de fuego, irá a la cárcel» 3. De aquel enojo se hizo eco el Heraldo de Zamora en su edición del 30 de julio. Parece ser que Queipo de Llano había vuelto a otorgar especial importancia al problema de los huidos en la noche anterior, cuando había señalado que los republicanos se estaban presentando, pero seguían haciéndolo sin «armas de clase alguna, cuando es notorio que las poseían» 4. De hecho, que casi ninguno de los huidos se iba a beneficiar del perdón real ya lo constató in situ Antonio Bahamonde, quien fue testigo de las falsas promesas de Queipo: «constantemente se presentaban huidos que nunca, nunca, se libraron de ser fusilados. Era la consigna: fusilar a todos los que habían huido» 5.
En las órdenes de Queipo de Llano encontramos una continuidad histórica. Requerir la entrega de un arma por cada hombre que se presentase no fue más que la traslación a la península de una estrategia empleada en el Rif. Durante la guerra colonial las tropas españolas exigieron a las cabilas que todos los hombres presentados entregasen un arma de fuego, una práctica que, por lo demás, observamos en muchos contextos de guerra irregular hasta nuestros días. Esta tenía como fin dar cuerpo a la supuesta amenaza que se enfrentaba, dotándola de una mayor entidad de la que en realidad tenía, lo cual de paso servía para disculpar la lentitud e ineptitud de los mandos a la hora de poner fin al problema, a la par que les otorgaba un mayor mérito cuando conseguían los objetivos de sofocar la resistencia. En este sentido, según señaló el general Goded en el Rif, la lógica era «tantos hombres, tantos fusiles». Por su parte, el capitán Berenguer indicó que la captura de un arma por cada guerrillero entregado pretendía evitar un futuro alzamiento local en contra de las autoridades españolas 6. De esta forma, Queipo de Llano y otros mandos sublevados adoptaron el sistema que ellos mismos habían utilizado en el norte de Marruecos o en el sofocamiento de la revolución de Asturias de 1934, que desembocó en un auténtico fracaso, pues en aquellos primeros compases de la guerra en España los huidos andaluces no tuvieron ni de lejos acceso a una cantidad y calidad del armamento similar a las guerrillas rifeñas 7.
En otras retaguardias rebeldes se aplicó la estrategia seguida en Andalucía. Por ejemplo, el comandante militar de Cáceres publicó el 21 de agosto de 1936 el siguiente bando:
«Concedo en el plazo de 72 horas a partir de la fijación de este bando, la gracia de que podrán reintegrarse a sus pueblos si en el citado plazo se presentan dichos huidos con armamento, que entregarán al jefe de las fuerzas del pueblo más inmediato» 8.
No obstante, al comandante militar de Cáceres tampoco le funcionó la estrategia de pedir un fusil por cada entregado, ya que los huidos supieron muy pronto que la mayor parte de estos eran fusilados de inmediato, lo cual los hizo permanecer en las sierras. Ahora bien, la estrategia de «un hombre, un fusil» también falló porque muchos huidos prefirieron esconder las armas antes de presentarse, o directamente no poseían nada que entregar. En este sentido, resulta paradigmático que de los veinticuatro huidos de Aldea del Cano que decidieron acogerse al bando de perdón solamente cinco entregaron algún tipo de fusil o escopeta. No sabemos si el resto contó con algún tipo de armamento durante la huida, pero lo que resulta evidente es que, en los primeros compases de la guerra, los resistentes republicanos tuvieron que defenderse de la agresión en la más absoluta precariedad.
Las tropas rebeldes que se dedicaron a perseguir a estas primeras partidas solían consignar el número de muertos de las filas enemigas, pero también la cantidad de armas que recuperaban. Sin ir más lejos, a finales de septiembre de 1936 se realizó una nueva «limpia de huidos» en los límites de la provincia de Badajoz, que en este caso se saldó con diez republicanos muertos, varios fusiles recuperados y «mil ovejas marcadas con la hoz y el cuchillo [sic]» 9. Parece ser que el falangista que escribió la noticia no tenía muy claro cuáles eran los símbolos utilizados por sus enemigos.
Gran parte de estos huidos se echaron a la sierra con escopetas de caza y pistolas antiguas. Miguel Domínguez, que huyó el 30 de julio de Ayamonte (Huelva) ante la inminente llegada de las tropas rebeldes, decidió hacerse un «envoltorio con unas vituallas, unos paquetes de tabaco y, sonriendo para no demostrar mi amargura, salí de casa en dirección al campo». Con él se llevó una pistola. Al día siguiente, Miguel Domínguez pudo observar desde una posición segura a un grupo de veinte personas que iban armadas con escopetas de caza. No pudo reconocerlos desde la lejanía, así que comenzó a acercarse poco a poco. ¿Eran otros republicanos en su misma situación o una milicia fascista dispuesta a matarlo? Finalmente pudo advertir que entre aquellas personas se encontraban algunos de sus mejores amigos, por lo que respiró aliviado 10.
Aquellas partidas de huidos y primeras guerrillas formadas de manera autónoma, sin estar adscritas al ejército republicano, debieron enfrentarse en clara desventaja con las tropas rebeldes, ya que estas últimas contaban con material de guerra moderno. No obstante, la asimetría no impidió que en momentos puntuales los republicanos lograsen determinados éxitos. En la sierra del Potrenque, situada entre las provincias de Cáceres y Badajoz, se llegaron a juntar más de ciento cuarenta personas que formaron diferentes partidas a finales de noviembre de 1936. Comenzaron a realizar actos de sabotaje tirando postes de electricidad y de telégrafos, interceptando comunicaciones o fabricando armamento casero con latas de tomate. La tenaz resistencia mostrada por aquellas partidas terminó provocando que las autoridades rebeldes aumentaran las batidas para acabar con todas ellas. Para ello se organizó una columna formada por unos setecientos efectivos que se dividió en tres grupos que, armados con ametralladoras, iniciaron un combate en el que los guerrilleros, que apenas eran cincuenta en aquel momento y solo contaban con fusiles y escopetas anticuadas, se hicieron fuertes en el castillo de la Azagala y lograron repeler el primer ataque. Los requetés huyeron en desbandada pensando que los republicanos tenían cañones, tras escuchar las explosiones causadas por latas de tomate rellenas de explosivos. En la retirada los siguieron los falangistas y los guardias civiles. De hecho, aquel escenario de guerra irregular debió de llegar a oídos de Queipo de Llano, quien hizo referencia a esos supuestos cañones guerrilleros en una de sus charlas radiofónicas: «a esos salteadores marxistas de la sierra del Potrenque me los voy a merendar cualquier día de estos, aunque los rusos, según parece, les hayan enviado cañoncitos» 11.
A la prensa sublevada no le faltó sentido del humor a la hora de dar noticias sobre las partidas republicanas. En su edición del 3 de octubre de 1936 el diario Guión llevó en portada una noticia en la que se mofaba del armamento incautado a una partida de la sierra cordobesa. Bajo el título «Se coge a los rojos armas de la época de Chindasvinto», se informó de que un grupo de requetés había logrado sorprender y tirotear a siete huidos, todo ello mientras hacía guardia para impedir «las infiltraciones de partidas de bandoleros marxistas que, huidos de los pueblos, merodean por los cortijos robando cuanto pueden». En su huida, los republicanos dejaron abandonados varios sables antiguos y curvados, escopetas de pistón, otras dos de cañón cargadas con una bala, una escopeta de dos metros de longitud y «un cañón del diámetro de un duro y un gatillo que para tirar de él tenía adosada una cuerda». El material era bastante anticuado, como puede observarse, por lo que el cronista no dejó pasar la oportunidad para mofarse de la inutilidad del armamento incautado, y precisó que eran «trofeos marxistas» que debían ser más antiguos que el diluvio universal. De hecho, el cañón era tan viejo y poco eficaz por su diámetro que el cronista señaló con burla que «seguramente este arma mortífera la utilizarían como cañón antiaéreo. Ya nos explicamos el por qué nos echan abajo todos los días cuatro o cinco trimotores. Y no nos derriban más porque no quieren ¡Con esas armas!» 12. Más allá del humor empleado por el periodista, lo interesante de su crónica es que muestra la clara inferioridad en la que combatió y se defendió aquel grupo. Sin embargo, nada de esto debería llevarnos a infravalorar la capacidad de acción de aquellas primeras partidas, tal y como se ha hecho habitualmente en la historiografía, sino más bien a tener muy presente que la guerra de guerrillas se caracteriza casi siempre en sus primeros compases por su armamento anticuado, por la desproporción de efectivos entre los contendientes y por la falta de preparación militar de los irregulares.
En relación con esta asimetría, el guerrillero malagueño Julio Ramos Corral declaró que el armamento con el que había contado su partida era de unos veinticinco fusiles de diferentes tipos y muy pocas municiones. En este sentido, «el declarante sacó la impresión de que se trataba de elementos poco combativos, ya que un día que apareció la Guardia Civil, salieron todos huyendo y abandonando los fusiles» 13. Este ejemplo de Málaga, junto con el del armamento anticuado recogido en Córdoba y la tenaz resistencia mostrada por los guerrilleros extremeños en el castillo de Azagala, son una muestra clara de la gran heterogeneidad que caracterizó la realidad y los resultados de la resistencia republicana en los años 1936-1939.
Algunos mandos militares republicanos entendieron que las guerrillas tenían un enorme potencial, de ahí que se terminara creando el XIV Cuerpo de Ejército Guerrillero a mediados de 1937 14. A diferencia de las partidas que actuaron sin la ayuda del ejército republicano, las formaciones guerrilleras que actuaron bajo el paraguas del XIV Cuerpo no tuvieron como objetivo principal sobrevivir, sino sabotear la retaguardia fascista 15. Por supuesto, estuvieron mucho mejor preparadas y equipadas que las partidas formadas de manera improvisada por vecinos, familiares o amigos.
En la cronología de la guerra, Asturias fue un teatro de operaciones muy particular, sobre todo tras la ruptura del frente. La ofensiva sublevada sobre la región culminó con la ocupación total del territorio en octubre de 1937. Una mañana, Elisa Fernández vio a su marido regresar a casa con varias cajas de bombas, pistolas y fusiles tras la ruptura de los frentes en la región. Ella le preguntó: «¿Pa dónde vas con todo eso, si la guerra ya terminó?», a lo que Manuel le respondió que «esta guerra, para muchos de nosotros, acaba de comenzar. Y tal vez más dura, porque la represión será terrible, y tendremos que intentar defendernos de ellos» 16. Los guerrilleros asturianos lograron hacer acopio de armamento y municiones del ejército republicano, de manera que estuvieron mejor armados que las partidas de otras zonas. La magnitud de la huida a los montes de la región se colige de las cifras oficiales: entre noviembre de 1938 y marzo de 1939, 890 guerrilleros fueron ejecutados, otros 117 resultaron heridos, 4.518 cayeron prisioneros, de los cuales 1.900 recibieron condenas a muerte, y se requisaron más de 43.000 fusiles 17. Precisamente en Asturias las autoridades rebeldes establecieron un programa de recompensas en metálico para mejorar la localización de armamento enemigo: cien pesetas por cada ametralladora capturada, cincuenta por cada fusil ametrallador y veinte por un fusil o una pistola. Todo ese armamento incautado a la guerrilla revirtió sobre el esfuerzo de guerra en otros espacios, ya que miles de fusiles fueron enviados a los frentes de Teruel y Cataluña 18.
A partir de 1940, los afiliados al partido único comenzaron a cobrar una notable relevancia por toda la península en la lucha antiguerrillera. En el caso de la provincia de León, a principios de ese mismo año, las autoridades ordenaron que los afiliados de Falange fueran armados y cooperaran con las fuerzas del orden si estas lo demandaban, señalándose que el «rearme de elementos de confianza es indispensable. Si las partidas de rojos se enteran de que en los pueblos hay armas no prodigarán sus golpes como han hecho hasta ahora, animados porque sabían que los vecinos estaban indefensos» 19. De esta manera, parecía que la dictadura pretendía utilizar a los falangistas como método profiláctico ante la acción guerrillera. El objetivo no fue tanto que participasen en los combates contra las partidas, sino que el simple conocimiento de que estos paisanos se encontraban armados inhibiese a las guerrillas de realizar incursiones en los núcleos urbanos. En este sentido, se puede establecer un claro paralelismo entre esta política y las que estaban impulsando por entonces las potencias del Eje, sin perder de vista que enfrentaban movimientos de resistencia armada mucho más poderosos. Tal fue el caso de Alemania en los territorios de los Balcanes, en Polonia o en la retaguardia del Frente Oriental, donde estas milicias ciudadanas que cooperaban con las fuerzas ocupantes casi siempre estuvieron integradas por varones de las comunidades de alemanes étnicos de todo el continente, pero también por otros grupos afines. Sin embargo, para un Estado celoso del monopolio de la violencia, medidas como esta no dejan de ser un reconocimiento de sus momentos de debilidad y sus dificultades a la hora de responder a los retos planteados por la misma existencia y actividad de los guerrilleros en los escenarios más activos de la guerra irregular en curso. No hay que olvidar que en aquellas zonas más expuestas, y en todos los territorios colindantes a ellas, lo que estaba en juego era el propio prestigio de unas autoridades militares, así como su capacidad para ejercer un control efectivo sobre el territorio y una defensa de los intereses y la integridad de los sectores sociales sobre los que se sustentaba su poder 20.
En este sentido, no resulta extraño que el auge partisano comenzara a preocupar cada vez más a los sectores del Movimiento, quienes denunciaron que los guerrilleros preguntaban por los «vecinos de derechas» cuando se acercaban a los cortijos. Por ejemplo, para entender la magnitud que estaba alcanzando la resistencia republicana en Córdoba, hay que tener en cuenta que la Jefatura Provincial solicitó armar a los falangistas de treintaiún municipios, cuando la provincia contaba con unos setenta en total 21. Al final, las advertencias fueron escuchadas por el Cuartel General de la Milicia de Falange en Madrid y, en agosto de 1940, se autorizó al jefe provincial de Córdoba para que seleccionase y armase a falangistas de confianza 22.
Si hubo una constante entre las filas del partido único a principios de los años cuarenta, fueron las peticiones para armar a sus hombres. Los jefes locales y provinciales trasladaron a Madrid su preocupación ante las muertes de sus militantes a manos de la guerrilla, por lo que se sentían abandonados y desprotegidos, tal y como se decía desde León en 1944: «continúa esta provincia con el ingrato problema de los huidos al que la Falange paga periódicamente su tributo» 23. Las autoridades de la vecina Galicia fueron de las primeras en enviar escritos a sus superiores en Madrid para solicitar armamento para los falangistas más comprometidos. Por ejemplo, en noviembre de 1939, el jefe provincial de Lugo se mostraba inquieto ante el auge partisano, de ahí que no dudara en utilizar terminología bélica para argumentar por qué debía armarse a los falangistas: «la provincia de Lugo tiene su población muy repartida en núcleos pequeños [...] y la seguridad de que los falangistas que existen en esta provincia están desarmados, han envalentonado de modo notable a nuestros enemigos» 24.
La provincia de Granada no fue una excepción. Los falangistas de esta provincia constataban que «estos hechos se reproducen a diario y se multiplican de día en día en esta comarca sometida al terror desde hace varios meses y desarmada y desamparada de toda ayuda, no puede ni debe consentir[se] la inseguridad constante en la que vivimos». Por ello, se pedía la llegada de tropas de la Guardia Civil o del ejército, o que de lo contrario «se nos arme debidamente para nuestra propia defensa a un grupo numeroso de vecinos y buenos españoles, ya que a diario nos vemos sometidos y atropellados por estas bien organizadas y armadas pandillas de malhechores que intentan la total destrucción del Régimen y de los elementos afectos que lo componemos». En este sentido, más allá del tono habitual a la hora de referirse a los resistentes, queda patente que las autoridades locales eran bien conscientes del carácter político de sus actividades, pero lo realmente interesante de este escrito es hasta qué punto llegaron a poner en jaque la autoridad y la legitimidad del régimen:
«Todos estos hechos los pongo en tu conocimiento ya que es la más elevada humillación a que se puede someter la Patria y el Régimen así como a las personas que nos vemos desamparadas de la fuerza del Estado, y de las armas que no se nos toleran, ni se nos autorizan» 25.
Los falangistas granadinos no solo justificaban la llegada de armamento con el objetivo de protegerse, sino también como forma de dotar a las milicias de un mayor sentido y utilidad: «insisto una vez más en la necesidad de que se facilite algún armamento a las Milicias del Partido con lo que además de llenarse el interesante fin político de dar un contenido a nuestras Organizaciones, se cumpliría una función social» 26. De hecho, los falangistas fueron requeridos en multitud de ocasiones por la Benemérita para dar batidas, pero sus milicias no se encontraban correctamente armadas, por lo que se exponían a toda una diversidad de peligros y su efectividad sobre el teatro de operaciones era muy limitada 27.
Desde Asturias se pidió lo mismo entre 1940 y 1944: «se arme a un determinado grupo de Militantes de la Falange [...] de acreditada solvencia y conducta y que hayan sido previamente depurados». Es más, conviene destacar que se hacía hincapié en la necesidad de armar a excombatientes o excautivos que pudieran tener mayor experiencia y formación militar 28. Sin embargo, observamos que durante la primera mitad de los años cuarenta el reparto fue marcadamente desigual y, en general, llegó en pocas ocasiones.
Manuel Sesé Mur fue uno de los muchos hombres y mujeres que durante los años cuarenta fueron asesinados por colaborar con las guerrillas a través del aprovisionamiento y la distribución de armas y municiones. En 1943, Manuel Sesé decidió integrarse en los órganos de la resistencia antifranquista que por entonces se estaban formando en Barbastro (Huesca), que tuvieron como misión ayudar a los guerrilleros que se movían por la región o buscaban cruzar la provincia en dirección al sur 29. De esta forma, junto con más compañeros como Miguel Galino, de Sercué, se dedicó a pasar armamento y municiones a través del complejo paso pirenaico de la Brecha de Tucarroya, al norte del Monte Perdido, razón por la cual fueron acusados de «tráfico de armas y municiones y auxilio a los bandoleros» 30.
La actividad de este grupo antifranquista se vio cortada cuando el 10 de enero de 1948, cerca de la localidad de Valdellou (Huesca), las autoridades encontraron el cadáver de Tanque, miembro de la guerrilla del Drole. La Guardia Civil halló en la chaqueta del guerrillero una nota manuscrita con las identidades de varios colaboradores, lo que provocó una redada policial en Barbastro y en los pueblos de los alrededores 31. Entre el 18 y el 20 de enero, este operativo se saldó con una decena de detenciones y la incautación de siete metralletas, 770 cartuchos, tres pistolas, un revólver, 38 cartuchos de dinamita y dos paquetes de fulminantes 32.
En la mañana del 19 de enero de 1948, el capitán de la Guardia Civil Tomás Matos Fernández y su tropa se presentaron en una torre llamada El Americano —donde vivían los hermanos Manuel y Antonio Raluy Buera— ante la sospecha de que allí podían estar escondidos la mayor parte de las armas y los explosivos del comité 33. Los guardias civiles los detuvieron y estos confesaron la identidad del resto de los colaboradores y la cantidad de armas que guardaban.
No obstante, el operativo no se inició el 19 de enero de 1948 con la detención de los hermanos Raluy y del resto de los hombres del comité, sino que lo hizo un día antes, cuando dos guardias se dirigieron a la casa de Manuel Sesé Mur. El sargento comandante del puesto de Barbastro, Agustín Serrano Arroyo, y el guardia Marcelino García Gracia salieron en la tarde del 18 de enero hacia Peraltilla, con el objetivo de registrar su casa. Una vez allí, los dos guardias y Manuel entraron en el corral, este se agachó y sacó el armamento de un agujero. Transcurridos unos minutos, se dirigieron hacia la calle, y los guardias lo asesinaron aplicándole la ley de fugas, procedimiento de liquidación física irregular bajo el (falso) pretexto de intento de huida de personas detenidas 34.
Los guardias realizaron un exhaustivo registro de la casa de Manuel en los días posteriores a su asesinato, donde hallaron una carta escrita por Miguel Galino en agosto de 1947, en la que hacía referencia al paso de armas 35. Gracias a esta información, el cabo José Prades Velillas organizó una contrapartida que se dirigió al pueblo de Sercué para tender una trampa a Miguel Galino 36. La fuerza se presentó en su casa afirmando que eran «guerrilleros de la República» que venían de parte de su amigo Manuel Sesé. Al escuchar este nombre se confió, y pensó que eran guerrilleros de verdad, por lo que los invitó a pasar y les dijo que estaba dispuesto a ayudarlos. Tras una larga conversación con él y con su hijo, la contrapartida llegó a la conclusión de que estaba implicado en el tráfico de armas para la guerrilla y de que existía un paso clandestino de estas desde Francia a España. La unidad decidió no descubrir su identidad, y antes de marcharse los invitaron a que los continuasen ayudando en el futuro.
No obstante, los guardias terminarían deteniéndolos, y Miguel Galino reconocería que había recibido una carta de Manuel en agosto de 1946, en la que le invitaba a participar en un paso de armas desde Francia. Miguel se presentó en el lugar convenido, Manuel Sesé llegó junto con dos hombres desconocidos, pero que posiblemente eran de Radiquero, y se marcharon los cuatro juntos. Cuando llegaron a la Brecha de Tucarroya, sobre la misma línea fronteriza, se encontraron con dos individuos que les hicieron entrega de tres cajas con municiones de metralleta. Comieron juntos y los dos desconocidos tomaron el camino a Francia, mientras que Manuel, Miguel y los otros dos compañeros emprendieron el viaje de vuelta, haciendo noche en una cueva en el puerto de Góriz.
Cuando el caso pasó a un tribunal militar, ante el juez que los citó a declarar terminaron cambiando de versión. Alegaron que habían sido coaccionados por los agentes durante el interrogatorio, y Miguel Galino declaró que en los viajes en los que acompañó a Manuel Sesé no recogieron armas, sino que fueron a la frontera porque este último tenía un hermano en Francia. No obstante, este cambio resulta bastante inverosímil, ya que el descubrimiento de armas en casa de Manuel Sesé, así como el contenido de la carta hallada por los agentes en su casa, no deja lugar a dudas. Finalmente, los miembros del comité encausados fueron condenados a penas de prisión de entre doce y seis años 37.
Entre 1939 y 1952 las mujeres desempeñaron un papel fundamental en las redes de colaboración con la guerrilla y, por supuesto, estuvieron implicadas en el aprovisionamiento de armas y municiones. Al igual que otros tantos evadidos de campos de concentración y cárceles, Francisco Medina «Yatero» comenzó a comprender a finales de 1940 que la reinserción en la vida civil le iba a resultar imposible, por lo que la resistencia armada se convirtió en uno de los pocos caminos posibles para lograr la supervivencia. Tras su huida tuvo que contar con la complicidad de su mujer, María Martínez, para poder conseguir un arma. Ella se desplazó hasta Linares (Jaén) y, a través de unos familiares, pudo conseguir un revólver y algunas municiones. En el camino de vuelta a Tocón de Quéntar (Granada), escondió el arma entre las ropas de su hija pequeña, «lo que me permitió hacer el trayecto sin ninguna dificultad y pasar los controles sin más de un problema [...]. En más de una ocasión tuve que pellizcar a la niña para que llorase cuando divisábamos algún control de carretera, lo que aligeraba de forma inequívoca la inspección de los militares» 38.
En los años cuarenta las partidas estuvieron mejor armadas que aquellas formadas entre 1936 y 1939, tal y como se advierte a través de casos como los de la detención de la red antifranquista desarticulada en Barbastro. Las fuentes de la dictadura, como los partes de servicio de la Guardia Civil, también nos sitúan tras esta realidad. Por ejemplo, en 1945 los guerrilleros secuestraron a Emilio Zapico Arriola, miembro de una de las familias más pudientes de la zona y, en el intento de rescate por parte de la Guardia Civil, estos últimos fueron atacados por disparos de armas automáticas 39. Ante el escenario de una resistencia armada mejor pertrechada, la dictadura debió realizar un notable esfuerzo por mejorar el equipamiento de los hombres encargados de la contrainsurgencia. Sin ir más lejos, en 1952 el entonces jefe de la comandancia de Jaén, el teniente coronel Luis Marzal Albarrán, recalcó que a la guerrilla se la había vencido, entre otros motivos, gracias a la llegada de los mosquetones «Máuser», que sustituyeron a los anticuados fusiles llamados «Maussine», así como subfusiles ametralladores, pistolas, bombas de mano y gemelos de campaña 40.
Un esfuerzo que no siempre llegó a toda la tropa por igual, pues en no pocas ocasiones esta se vio provista de armamento completamente inservible. Por ejemplo, a mediados de los años cincuenta, el teniente Manuel Garea Villaverde llevaba municiones de 1932 para perseguir a Juanín y Bedoya, un armamento que a menudo quedaba inutilizado por su antigüedad y por las condiciones atmosféricas extremas de la alta montaña. El guardia Pedro Balbás recordaba que un día «estábamos haciendo tiro a una caja de cerillas, sacó su pistola y no le funcionó. Dijo: “si me llego a haber encontrado a Juanín en Corona, habrían dicho que no me atreví a dispararle...”» 41. El propio teniente coronel Eulogio Limia Pérez, uno de los mandos de la Benemérita más destacados en materia contrainsurgente, señaló la carencia de armas y municiones. En su caso, tuvo que ordenar a los guardias que disponían de subfusiles que se los fuesen turnando con los compañeros que no tenían 42. De hecho, al finalizar la guerra escribió que estas armas habían sido las más eficaces junto con las bombas de mano, mientras que el mosquetón, la más presente en los polvorines del cuerpo durante la guerra irregular, había resultado del todo inoperante y había malogrado muchos operativos 43.
Esta precariedad y escasez también afectaba a la Policía, tal y como consignó en 1945 un comisario que informó sobre la situación del cuerpo en la provincia de Málaga. En el memorando dijo que existía una «necesidad apremiante de proveer de munición al personal que integra todas las plantillas visitadas, ya que en su mayoría carecen de lo imprescindible para hacer frente [a] cualquier eventualidad, así como de armamento de un calibre que permita equipararse, en lo posible, al empleo de las partidas armadas» 44. Es decir que por momentos los guerrilleros malagueños tenían mejores armas que los policías, hasta el punto de que la prensa llegó a hacerse eco de estos problemas. Por ejemplo, en marzo de 1951 el Diario de Burgos señalaba que, desde principios de los cuarenta, la Benemérita disponía de material «anticuado y poco eficiente», y que para solucionarlo se habían fabricado nuevos mosquetones en la Fábrica Nacional de Armas de A Coruña. Además, se apuntaba que para la lucha antiguerrillera se entregaron subfusiles ametralladores, morteros o granadas «cuya eficacia ha quedado bien demostrada en los servicios de represión del bandolerismo» 45.
Mientras tanto, el guardia civil Andrés Puras recordaba que en la provincia de Tarragona tuvieron que combatir en unas condiciones penosas: «yo llevaba un fusil que si quería pegar un tiro tenía que meter una bala en la recámara, era un material muy malo. Tiré una bomba, que era de las que hacían explosión pero no llevaban metralla. Vi que explotaba debajo de las piernas de un maquis y no le hacía nada» 46. Los esfuerzos por mejorar las condiciones de la tropa no siempre obtuvieron resultados positivos.
La guerrilla logró armarse gracias a la colaboración de republicanos exiliados en Francia que pasaron armas a través de la frontera pirenaica, que tuvieron como destino las diferentes agrupaciones guerrilleras formadas en los años cuarenta. También utilizaron armas que habían guardado tras ser desmovilizados del Ejército Popular de la República, y otro tipo de armamento anticuado que lograron conservar durante aquellos años. No obstante, la guerrilla halló dos vías principales para hacer acopio de armas y suministros: a través de desarmar a los guardias civiles, somatenistas y paisanos, o mediante su compra a estos grupos.
No fueron pocos los guardias civiles que trataron de complementar sus sueldos con pequeñas corruptelas a través de la venta de propiedades del cuerpo. Por ejemplo, en la provincia de Málaga dos guardias fueron investigados por haber vendido municiones que podrían haber acabado en manos de la guerrilla 47. Mientras tanto, en noviembre de 1947, el guardia José Bravo Prieto fue detenido por orden del jefe de la comandancia de Badajoz tras descubrirse que estaba vendiendo municiones a los republicanos 48.
Hubo ocasiones en las que las mujeres de los guardias civiles intervinieron en espacios de venta de armas para evitar la expulsión de sus maridos. Isabel Ruiz González, esposa del guardia Francisco Macero Esquivel, destinado en el destacamento de Las Hoyas (Málaga), se dio cuenta de que algo no iba bien en su casa, al comprobar que en el baúl donde su marido guardaba las municiones faltaban algunas cajas. Sus sospechas no recayeron sobre Francisco, sino sobre su hijo Miguel, pues pensó que se las había llevado para venderlas. Consciente de que a la mínima falta los guardias podían ser expulsados prefirió explicarle el entuerto al comandante del puesto, quien descubrió que efectivamente el hijo había sustraído las municiones. Al parecer, el armamento fue vendido a un joven de diecisiete años, que unas semanas antes había recibido la visita de dos guerrilleros que le amenazaron con matarlo si no les conseguía municiones. No cabe duda de que el guardia Francisco Macero debió sentir sudores fríos durante los días en los que se dilató la investigación 49.
Los guerrilleros también lograron armas tras los combates con los guardias civiles. Por citar un ejemplo, en Maro (Málaga) un grupo de guerrilleros tendió una emboscada a unos guardias justo en el mismo instante en el que la mujer de uno de ellos se encontraba por la misma zona: «se abrazó a mi padre para que estos no lo remataran. Así sucedió, pero tuvo que ver como lo desarmaban y se llevaban los correajes» 50. De hecho, hubo partidas que realizaron emboscadas a las tropas estatales con el único objetivo de desarmarlas, como la partida granadina de Yatero. Los guerrilleros advirtieron la presencia de guardias civiles del cuartel de Huétor Santillán y se sorprendieron de que se estuviesen desplazando por los caminos que utilizaban ellos, y no por la carretera como era habitual, de manera que les tendieron una emboscada para desarmarlos y avisarles de que no volvieran a utilizar esos caminos 51.
Si bien es cierto que muchas de las peticiones de los falangistas afectados por la guerra irregular fueron escuchadas y los militantes lograron armas y permisos de armas para defenderse y atacar a los guerrilleros, otras muchas fueron desatendidas. Parece evidente que la dictadura se mostró celosa o abiertamente hostil a armar a los militantes del partido único de manera generalizada, pero la necesidad de mejorar los resultados de la lucha antiguerrillera terminó provocando la restitución del Somatén. Sin ir más lejos, las infiltraciones guerrilleras de 1944 provocaron una reacción estatal que tuvo como resultado el rearme de los paisanos afectos que vivían en la zona fronteriza. Por ejemplo, en la provincia de Huesca se repartieron 1.220 fusiles entre los hombres que pudieron acreditar su adhesión al Movimiento 52. Finalmente, el decreto de 9 de octubre de 1945 extendió a todo el territorio la autorización necesaria para que se creasen los somatenes armados en poblaciones de menos de diez mil habitantes. El objetivo era crear una institución que agrupase a «hombres leales y honrados» con buena capacidad física, valores y antecedentes intachables para que defendiesen el orden y la propiedad. El alistamiento era voluntario, y Falange se encargó de la organización y de su despliegue. Los jefes locales debían recomendar a sus afiliados el ingreso en el Somatén, sobre todo a todos aquellos que pertenecían a la Guardia de Franco o a la Vieja Guardia 53.
Ahora bien, lo que más nos interesa de esta institución para la presente investigación es ver hasta qué punto los somatenistas se convirtieron en una de las principales fuentes de armamento y municiones para las guerrillas, algo que acredita la documentación de la dictadura, pero también los testimonios orales. Sin ir más lejos, un paisano de Huesca que fue requerido para formar parte de los somatenes se quejó en los siguientes términos:
«¿Tú te crees que yo puedo ir arando con el fusil colgado al cuello y la pistola en el otro lado? Pues lo tengo que dejar en un sitio u otro. Yo estoy en mi trabajo, los otros me están vigilando [refiriéndose a los guerrilleros], y a lo mejor en el sitio que la tengo entran y se la llevan, por debajo de un ribazo o por detrás de una mata se la llevan y yo ni me entero» 54.
Por su parte, el guerrillero Ibáñez dijo que el Somatén era una enorme fuente de suministro de armas y munición para la Agrupación Guerrillera del Levante y Aragón (AGLA). En 1947 su partida consiguió treinta fusiles de somatenistas en pocos meses, una circunstancia que enfureció a la Guardia Civil, que respondió desarmando a muchos de estos hombres 55. Los somatenes gallegos también fueron una fuente de armamento para los republicanos. La IV Agrupación Guerrillera decidió llevar a cabo un plan para desarmar al Somatén de Marcella-La Baña (A Coruña). Para ello, disfrazaron a dos guerrilleros con uniformes de tenientes de artillería y se dirigieron a casa de un somatenista para advertirle de la presencia de una partida. Este hombre se recorrió el pueblo avisando a sus compañeros, mientras catorce guerrilleros aguardaban en las proximidades. En cuanto los somatenistas salieron, estos les dieron el alto y los desarmaron, logrando once fusiles y municiones. Una vez que obtuvieron el botín los dejaron marchar a sus casas 56.
En 1947 una partida se apoderó de los fusiles y las balas de los diez somatenistas de Ladruñán (Teruel). Los partisanos se apostaron en la entrada del pueblo y esperaron a que los vecinos volviesen de las faenas agrícolas. Una vez localizados detuvieron al subcabo Joaquín Pérez Blasco y al maestro Agustín Baila, a quienes obligaron a ir casa por casa para recoger las armas 57. A los pocos meses otra guerrilla asaltó la localidad castellonense de Catí. Los partisanos detuvieron al alcalde y le obligaron a dar los nombres de los somatenistas locales. Acto seguido, la partida se dividió en dos para iniciar el registro de los domicilios «con la finalidad de apoderarse única y exclusivamente del armamento que tenían a su cargo, sustrayendo estos ocho fusiles y dos dotaciones de 25 cartuchos cada una, más diez cartuchos sueltos». En las diligencias instruidas por la Guardia Civil se hizo constar que en todos y cada uno de los domicilios registrados «los bandoleros respetaron cuantas cantidades en metálico hallaron, advirtiendo, que su propósito no era otro que el desarme del Somatén, respetando de igual modo los cuadros religiosos, como asimismo tampoco maltrataron a persona alguna» 58.
Si en un principio el Somatén fue configurado como una fuerza para auxiliar a la Guardia Civil en la lucha antiguerrillera, con el paso de los meses no fueron pocas las comandancias que advirtieron de que este se había convertido en un lastre. Por ejemplo, en junio de 1947 el jefe de la comandancia de Castellón escribió al Gobernador Civil para hacerle saber que muchos somatenistas habían sido desarmados «sin que ninguno de ellos llegase a demostrar el más mínimo detalle de valor cívico y patriótico a que estaban obligados». Por ello, el oficial de la Benemérita solicitó la baja de 282 somatenistas. Si tenemos en cuenta que en esas fechas la milicia armada contaba con unos 1.570 efectivos en toda la provincia, estamos hablando de que la Guardia Civil solicitó el desarme de casi el 20 por 100 del Somatén. De hecho, la petición fue aceptada, ya que el gobernador pensaba igual que la Guardia Civil y estimó oportuna la medida por la «falta de espíritu, valor cívico y permitir su desarme por los bandoleros» 59.
La población castellonense conocía esta realidad y hubo somatenistas que no dudaron en hacer público el miedo que sentían hacia los republicanos armados. Por ejemplo, el alcalde y somatenista de Villores, Juan Centelles Querol, señaló en nombre de los demás compañeros que «no quería se hiciera público [que] eran del Somatén, y que entregarían el Armamento a los bandoleros si se presentaban en la localidad, sin oponer resistencia» 60. Otro caso interesante lo encontramos en 1947 en la localidad de El Salobre (Albacete), donde la Guardia Civil supo que los somatenistas no se estaban enfrentando a los guerrilleros y que incluso habían llegado a confraternizar con ellos. Los guardias temieron que los partisanos pudieran hacerse con las armas de estos hombres y fueron a recogerlas casa por casa 61.
La resistencia armada republicana puso en jaque tanto la autoridad como la legitimidad del nuevo Estado en construcción, de manera que este último tuvo que valerse de las poblaciones locales para mejorar la efectividad en materia contrainsurgente ante la ausencia de grandes éxitos por parte de la Guardia Civil y del ejército. Sin ir más lejos, hemos visto cómo los falangistas se convirtieron en el epicentro de la violencia guerrillera, y ante la incapacidad del Estado para proteger sus vidas estos trataron de lograr armas por todos los medios posibles. Además, la guerra irregular que tuvo lugar en España durante quince años de forma ininterrumpida abrió espacios de corrupción como el de la venta ilegal de armas que pertenecían al ejército o a la Guardia Civil. Pistolas y balas que frecuentemente terminaron en manos de los guerrilleros. Por tanto, estos espacios de venta ilegal de armas y de municiones provocaron tensiones internas dentro de las distintas agencias represivas del régimen, mientras que no fueron pocos los soldados, guardias civiles y paisanos que terminaron ante un consejo de guerra por ello. Es más, cientos de armas entregadas por la dictadura a hombres de demostrada lealtad al Movimiento Nacional, como ocurrió con los somatenes, terminaron en manos de la guerrilla ante la incapacidad de los vecinos para presentar combate ante los republicanos. De esta forma, se generó una curiosa dinámica: uno de los principales proveedores de armamento para las partidas guerrilleras fue la propia dictadura.
La resistencia armada republicana logró actuar hasta 1952 y, para su propia supervivencia, fue fundamental la obtención de armas y municiones. En este contexto, las estrategias militares, la propaganda y los resultados de la violencia masiva empleada por los sublevados y la dictadura franquista contra los guerrilleros y la población encuentran su origen en la necesidad de impedir que existiese un «pueblo en armas». Se trata de una lógica que también marca el devenir del resto de los teatros irregulares europeos, ya que la propia presencia de las resistencias antifascistas entrañaba una puesta en cuestión de la legitimidad del nuevo orden 62. Una cuestión, la de evitar la existencia de un «pueblo en armas» contrario a los intereses de la dictadura, que fue sintetizada a la perfección por el entonces coronel de la Guardia Civil Rigoberto Díaz a finales de 1939:
«No quiero ni un arma, ni un cartucho, ni un explosivo por recoger, ni un delincuente que evada la acción de la justicia, y si al pueblo volviese o a su demarcación algún individuo indultado o amnistiado, se le vigilará tan convenientemente que ni beba, ni duerma ni haga nada en ningún momento sin que nosotros lo sepamos, no se moverá para ningún otro sitio sin permiso del Comandante de puesto, y sabiendo este por qué va, y cuando se crea conveniente. Las armas no podrán tenerlas más que los buenos españoles, para defender a España contra los malos» 63.
* Este trabajo se ha realizado en el marco del contrato posdoctoral JDC2023-052415-I, financiado por MCIU/AEI/10.13039/501100011033 y por el FSE+ y del proyecto «Perpetradores. Agencias, actores y beneficiarios de la violencia franquista, 1936-52» (PID2022-142394NB-I00). El autor pertenece a VOICES (RED2022-134719-T) y al Grupo Memoria de Andalucía. Política, Sociedad y Medio Ambiente en los siglos xix y xx.
1 Véanse Mercedes Yusta: «Una guerra que no dice su nombre. Los usos de la violencia en el contexto de la guerrilla antifranquista (1939-1953)», Historia Social, 61 (2008), pp. 109-126; Jorge Marco: «Rethinking the Postwar Period in Spain: Violence and Irregular Civil War, 1939-52», Journal of Contemporary History, 55(3) (2020), pp. 492-513, y Miguel Alonso Ibarra: El ejército sublevado en la guerra civil española. Experiencia bélica, fascistización y violencia (1936-1939), tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2019.
2 Ian Gibson: Queipo de Llano, Barcelona, Grijalbo, 1986, p. 214.
3 Ibid., p. 234.
4 Heraldo de Zamora, 30 de julio de 1936, p. 1.
5 Antonio Bahamonde: Un año con Queipo de Llano. Memorias de un nacionalista, Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2005, p. 148.
6 Luis Berenguer y Fusté: El ejército de Marruecos, Tetuán, Editorial Hispano Africana, 1922, p. 52.
7 Gustau Nerín: La guerra que vino de África, Barcelona, Crítica, 2005, p. 238.
8 Julián Chaves Palacios: Huidos y maquis. La actividad guerrillera en la provincia de Cáceres, Cáceres, Institución Cultural El Brocense, 1994, p. 44.
9 La Falange: Diario de la tarde. Órgano en Extremadura de Falange Española de las JONS, 15 de septiembre de 1936, p. 2.
10 Manuel Ruiz y Francisco Espinosa (eds.): Ayamonte, 1936. Diario de un fugitivo. Miguel Domínguez Soler, Huelva, Diputación de Huelva, 2001, pp. 65-104.
11 Justo Vila Izquierdo: Extremadura: la guerra civil, Badajoz, Badajoz, Universitas, 1984, pp. 99-104, y Lázaro (seudónimo): Los guerrilleros de Extremadura, Barcelona, Sociedad General de Publicaciones, 1937, pp. 8-15.
12 Guión, 3 de octubre de 1936, p. 1.
13 José María Azuaga Rico: «Huidos y guerrilleros republicanos en la Axarquía durante la guerra civil», en Lucía Prieto Borrego (coord.): Guerra y franquismo en la provincia de Málaga: nuevas líneas de investigación, Málaga, Universidad de Málaga, 2005, pp. 57-80, esp. p. 60.
14 Centro Documental de la Memoria Histórica, Incorporados, 675, caja 2, núm. 20.
15 José Hinojosa Durán: Tropas en un frente olvidado. El ejército republicano en Extremadura durante la guerra civil, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2009, p. 299.
16 Nicanor Rozada García: Relatos de una lucha: la guerrilla y represión en Asturias, Oviedo, edición del autor, 1993, p. 289.
17 «Memoria de la situación actual de Asturias» (marzo de 1939), Archivo General Militar de Ávila (en adelante AGMAV), C. 2551.
18 Jaume Claret: Ganar la guerra, perder la paz. Memorias del general Latorre Roca, Barcelona, Crítica, 2019, p. 162.
19 Javier Rodríguez González y Alejandro Rodríguez Gutiérrez: «Los mecanismos de represión contra la guerrilla», en Emilio Grandío Seoane y Javier Rodríguez González (eds.): War Zone. La Segunda Guerra Mundial en el noroeste de la península ibérica, Madrid, Eneida, 2002, pp. 144-150, esp. p. 146.
20 Sobre estas cuestiones, véanse Thomas Casagrande: Die volksdeutsche SS-Division «Prinz Eugen». Die Banater Schwaben und die nationalsozialistischen Kriegsverbrechen, Frankfurt del Meno, Campus Verlag, 2003, y Leonid Rein: The Kings and the Pawns. Collaboration in Byelorussia during World War II, Nueva York, Berghahn Books, 2013.
21 «Copia del oficio que nos dirige la Jefatura Provincial de Córdoba», Archivo General de la Administración (en adelante AGA), Presidencia, caja 51/20528.
22 «Parte quincenal de julio de 1940, del 1-15 y del 16-31», AGA, Presidencia, caja 51/20528.
23 «Parte mensual correspondiente a enero de 1944», AGA, Presidencia, caja 51/20644.
24 «Pídese autorice a los mandos provinciales...», AGA, Presidencia, caja 51/20533.
25 «Expone la necesidad de poner remedio a las incursiones...», AGA, Presidencia, caja 51/20569.
26 «Parte correspondiente al mes de marzo de 1941», AGA, Presidencia, caja 51/20569.
27 «Parte mensual correspondiente a febrero de 1942», AGA, Presidencia, caja 51/20588.
28 «Parte mensual correspondiente a noviembre de 1942», AGA, Presidencia, caja 51/20600.
29 Su nombre aparece en una lista de colaboradores. Véase «Informe de camaradas», Archivo Histórico del Partido Comunista de España (en adelante AHPCE), Equipo de Pasos, jack 594.
30 Expedientes de la guerrilla en Sobrarbe (julio-agosto de 1949), Archivo Histórico Provincial de Huesca, Gobierno Civil.
31 Véanse Secundino Serrano: Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista, Madrid, Temas de Hoy, 2001, p. 286; Paloma Fernández Pancorbo: Los maquis al norte del Ebro, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1988, p. 82, e «Informes interior y exterior», AHPCE, Equipo de Pasos, jack 27.
32 «Memoria de la Comandancia de Huesca» (1948), Servicio de Estudios Históricos de la Guardia Civil (en adelante SEHGC); «Parte mensual correspondiente a enero de 1948», AGA, Presidencia, caja 51/20671, y AGMAV, C. 21416.
33 La finca sigue albergando hoy en día las bodegas Lalanne, en la carretera A-1232 de Barbastro a Alquézar, kilómetro 3,8.
34 Archivo del Juzgado Togado Militar Territorial núm. 32 de Zaragoza (en adelante AJTMTZa), causa 2441-9. Esta fue una de las principales estrategias contrainsurgentes del bando rebelde y de la dictadura franquista. Véanse Arnau Fernández Pasalodos: «La “ley de fugas” durante la lucha antiguerrillera en España (1936-1952): el exterminio por encima de la imagen internacional», Historia Social, 101 (2021), pp. 125-143, y Raül González Devís: Tragèdies silenciades. Repressió franquista i maquis a les comarques del nord del País Valencià, Castelló de la Plana, Publicacions de la Universitat Jaume I-URV, 2016.
35 AJTMTZa, causa 2441-9.
36 Las contrapartidas fueron unidades antiguerrilleras compuestas generalmente por guardias civiles voluntarios, que podían estar acompañados de somatenes o falangistas, que se hacían pasar por guerrilleros. Con ello pretendieron recabar información, detectar quién colaboraba con ellos y sembrar confusión y desconfianza entre la población. Sobre estas unidades, véanse Miguel López Corral: La Guardia Civil. Claves históricas para entender a la Benemérita y a sus hombres (1844-1975), Madrid, La Esfera de los Libros, 2009, p. 166, y Arnau Fernández Pasalodos: «Uniformidad, confusión y miedo. Guerrilleros y guardias civiles en la guerra irregular española (1936-1952)», Ayer, 128 (2022), pp. 133-157.
37 AJTMTZa, causa 2441-9.
38 Francisco Ruiz Esteban: Los Hijos de la Noche. La partida de «Yatero» y el maquis granadino, Granada, Caja Granada Obra Social, 2008, pp. 82-83.
39 Javier Rodríguez González: «El aislamiento como contrapunto. Los huidos del nordeste de León», en Emilio Grandío Seoane y Javier Rodríguez González (eds.): War Zone. La Segunda Guerra Mundial en el noroeste de la península ibérica, Madrid, Eneida, 2012, pp. 137-143, esp. pp. 141-142.
40 «Memoria de la comandancia de Jaén» (1952), SEHGC.
41 Antonio Brevers: Juanín y Bedoya. Los últimos guerrilleros, Santander, Cloux, 2010, pp. 173-174.
42 AHPCE, Servicio de Información de la Guardia Civil, Órdenes, Orden núm. 8, caja 105, carp. 3/1.
43 AHPCE, Documentos Guardia Civil, núm. 136, Comandancia de Granada, Informes, caja 106, carp. 1/5.
44 «Bandoleros, guerrilleros, contrabandistas» (1938-1953), Archivo Histórico Provincial de Málaga (en adelante AHPMa), Gobierno Civil, caja 12633.
45 Diario de Burgos, 18 de marzo de 1951, p. 54.
46 Josep Sánchez Cervelló: Maquis: el puño que golpeó al franquismo. La Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), Barcelona, Flor del Viento, 2006, pp. 71-72.
47 «Bandoleros, guerrilleros, contrabandistas» (1938-1953), AHPMa, Gobierno Civil, caja 12633.
48 AGMAV, C. 4155, 3.
49 «Bandoleros, guerrilleros, contrabandistas» (1938-1953), AHPMa, Gobierno Civil, caja 12633.
50 José Aurelio Romero Navas: Recuperando la memoria. Entrevistas a personas que por circunstancias, vivieron en los años cuarenta, una etapa difícil en sus vidas: guerrilleros, guardias civiles y campesinos, Málaga, Diputación de Málaga, 1997, p. 80.
51 Francisco Ruiz Esteban: Los Hijos de la Noche..., p. 192.
52 Fernando Martínez de Baños Carrillo: Maquis y guerrilleros. Del Pirineo al Maestrazgo, Zaragoza, Delsan Libros, 2003, p. 105.
53 «Expedientes de autorización: somatenes armados», Archivo Histórico Provincial de Cáceres, Gobierno Civil, caja 2854.
54 Mercedes Yusta: La guerra de los vencidos. El maquis en el Maestrazgo turolense, 1940-1950, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2005, p. 157.
55 AHPCE, Movimiento guerrillero, jack 7.
56 Manuel Astray Rivas: Síndrome del 36. La IV Agrupación del Ejército Guerrillero de Galicia, A Coruña, Ediciós do Castro, 1992, pp. 135-136.
57 Informes de actividades del maquis, Archivo Histórico Provincial de Teruel, GC/001085/000026.
58 Archivo Histórico Provincial de Castellón (en adelante AHPCs), Gobierno Civil, caja 11245.
59 AHPCs, Gobierno Civil, caja 11183.
60 Ibid.
61 Aurelio Pretel Marín y Manuel Fernández de Sevilla Martínez: Maquis y resistencia en la Sierra de Alcaraz y el campo de Montiel (1946-1947), Albacete, Asociación Cultural Alcaraz Siglo XXI, 2014, p. 56.
62 Luca Baldissara: «Guerra absoluta y guerra total, guerra civil y guerrilla. Genealogías de las guerras del siglo xx», en David Alegre, Miguel Alonso y Javier Rodrigo (coords.): Europa desgarrada. Guerra, ocupación y violencia, 1900-1950, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018, pp. 49-80, esp. p. 78.
63 Miguel López Corral: La Guardia Civil..., p. 416.