Ayer 112/2018 (4): 183-212
Sección: Estudios
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/112-2018-08
© María Lucrecia Johansson
Recibido: 03-12-2015 | Aceptado: 18-01-2017
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Prensa e identidades nacionales durante la Guerra del Paraguay (1864-1870)

María Lucrecia Johansson

Universidad de Sevilla
lucreciajohansson@hotmail.com

Resumen: En la segunda mitad del siglo xix, Paraguay fue el escenario de la guerra más sangrienta de América del Sur. Entre 1864 y 1870, las fuerzas paraguayas se enfrentaron a los ejércitos de la coalición formada por Argentina, Brasil y Uruguay en lo que se denominó Guerra de la Triple Alianza. La cobertura periodística del conflicto en los países combatientes fue significativa. Desde la perspectiva de la historia cruzada, el objetivo de este trabajo es investigar los intercambios producidos por la prensa de ambos bandos para establecer cómo los entrecruzamientos periodísticos sirvieron a la creación de nuevas imágenes mutuas, recíprocamente construidas.

Palabras clave: Guerra de la Triple Alianza, civilización, barbarie, guaraní, Argentina.

Abstract: In the second half of the nineteenth century, Paraguay was the scene of the bloodiest war of South America. Between 1864 and 1870, Paraguayan forces clashed with the armies of the alliance formed by Argentina, Brazil and Uruguay in what is also called War of the Triple Alliance. For all countries involved, this war received extensive press coverage. From the perspective of histoire croisée, this paper examines press exchanges between warring countries. The purpose is to analyse how these interchanges created new shared images, which were at the same time reciprocally constructed.

Keywords: War of the Triple Alliance, civilization, barbarism, Guarani, Argentina.

Introducción

Entre 1864 y 1870, Paraguay y los tres países coligados en lo que se denominó Triple Alianza (la República Argentina, el Imperio del Brasil y la República Oriental del Uruguay) protagonizaron el mayor conflicto bélico de la historia sudamericana, la Guerra del Paraguay o Guerra de la Triple Alianza, que se constituiría en una línea divisoria en la historia de los países implicados1. Durante la primera fase de la contienda (1865-1866) el enfrentamiento se ­desenvolvió en parte fuera de las fronteras de Paraguay. En la provincia argentina de Corrientes la lucha se extendió hasta que la victoria de los ejércitos aliados hizo replegar a las tropas paraguayas a su territorio. En la segunda fase (1866-1868), el conflicto se convirtió en una guerra de desgaste, con grandes batallas con miles de muertos que no lograban modificar las líneas de combate. En la última fase (1868-1870), los ejércitos aliados lograron sus objetivos: se apoderaron de la fortaleza de Humaitá y de la capital de Paraguay, instalaron un Gobierno títere en Asunción y coronaron su victoria con la muerte del presidente paraguayo, el mariscal Francisco Solano López. Después de cinco años de guerra Paraguay quedó destruido: perdió el 40 por 100 de su territorio y el 60 por 100 de su población2.

A partir de 1990 se ha comenzado a hablar de la emergencia de una nueva historiografía sobre la guerra, crítica y conectada al mundo, interesada más en los hechos sociales, económicos y culturales que en el relato heroico centrado en las figuras militares. En esta línea se inscribe este trabajo que, a través de la perspectiva de la histoire croisée, investiga el espacio político transnacional constituido por la prensa en la cuenca del Plata, entendiéndolo como un ámbito de interacción y negociación de las representaciones comunes y de las identidades, que involucró a una gran variedad de actores estatales (como, por ejemplo, los agentes diplomáticos) y no estatales (como, por ejemplo, redactores y dueños de periódicos e imprentas).

Para la histoire croisée, la noción de cruzamiento se impone como un principio activo y dinámico que pretende romper con el marco de análisis estático de la historia comparada y que exige, por un lado, considerar los objetos de análisis en términos de relaciones, interacciones y de circulación y, por otro, poner el foco tanto en el cruzamiento como en las repercusiones por él producidas en los elementos interactuantes y en su contexto. Desde esta óptica, las entidades, personas, prácticas u objetos cruzados o afectados por el cruzamiento no permanecen inmutables, sino que, por el contrario, sufren transformaciones vinculadas al carácter interactivo de sus relaciones. Bénédicte Zimmermann y Michael Werner aclaran que esas relaciones se basan en una mutua reciprocidad y asimetría, es decir, todos los elementos son afectados por la relación de interacción, pero no de la misma manera3. Adoptar esta perspectiva nos permite, por lo tanto, centrar la investigación en tres aspectos: en primer lugar, en las modalidades y en los fenómenos anteriores al cruzamiento; en segundo lugar, en las características de esos cruces; y, por último, en los resultados del proceso.

Investigar los cruces de los agentes diplomáticos y de la prensa de los gobiernos contrincantes exige hacer un abordaje transnacional, no solo porque se trató de una guerra que involucró a cuatro países, sino porque nuestro propósito es revelar las interrelaciones dinámicas mantenidas por las redes de propaganda y los periódicos de ambos bandos para establecer cuáles fueron sus implicaciones en el diseño del contenido propagandístico de la prensa. Esto nos obliga a problematizar la dimensión espacial, factor clave en el diseño de la propaganda de guerra, y, en consecuencia, a establecer cuáles fueron los lugares elegidos por los gobiernos enfrentados para irradiar esa propaganda bélica que debía calar tanto en un nivel micro como en un nivel macro.

Lo transnacional no puede ser considerado como un nivel de análisis suplementario de lo local, regional o nacional. Por el contrario, lo transnacional debe entenderse como un nivel que existe en interacción con los demás y que posee sus propias lógicas de funcionamiento, que repercuten, a su vez, en los otros niveles de estructuración espacial mencionados. La histoire croisée nos permite escribir una historia transnacional que no se reduce a la suma de las historias nacionales, sino que toma en cuenta la diversidad de las transformaciones, negociaciones y reinterpretaciones que tienen lugar en diferentes niveles4. De esta manera, si bien pretendemos ofrecer un abordaje alternativo a las visiones historiográficas centradas preferentemente en el Estado-nación, dirigir la atención a los procesos que atraviesan las fronteras nacionales no significa abandonar a la nación o al Estado-nación como categorías de análisis, ya que estas son categorías fundamentales que no pueden reemplazarse debido a la existencia de una mutua interdependencia constitutiva de los espacios nacional y transnacional5. Asimismo, corresponde señalar que toda interacción transnacional, si bien puede envolver a los gobiernos, debe incluir necesariamente a los actores no gubernamentales o parcialmente gubernamentales6.

En cuanto a la exposición de nuestra investigación, organizamos el presente artículo de la siguiente manera: en la primera parte analizamos los procedimientos utilizados por los gobiernos beligerantes para subvencionar o editar periódicos en ámbitos considerados claves para sus intereses políticos coyunturales, examinando, en par­ticular, la actuación de los agentes diplomáticos de los gobiernos en pugna en la provincia argentina de Corrientes. En la segunda parte, estudiamos las repercusiones que tuvieron los intercambios periodísticos en la definición o redefinición de las identidades nacionales difundidas por las publicaciones argentinas y paraguayas que circulaban en el espacio político transnacional.

La prensa como espacio político transnacional

De acuerdo con Sebastian Conrad y Dominic Sachsenmaier, durante las últimas décadas del siglo xix, los desafíos políticos y culturales de los diferentes gobiernos alrededor del mundo habían asumido una dimensión global, lo que llevó a la creación de estructuras de comunicación destinadas a facilitar el flujo de información entre las diferentes regiones. Se formaron entonces redes de intelectuales que operaban de manera internacional construyendo un ámbito de negociación de diferentes visiones de mundo7. Desde ahí, afirman los autores, los paralelos entre las diferentes sociedades fueron el resultado del aumento de contactos y transferencias generados por esos flujos de información.

Es llamativo que dentro de los estudios sobre esos flujos de información, la circulación e interrelaciones de la prensa y sus efectos hayan recibido poca atención, sobre todo si consideramos que a lo largo de la segunda mitad el siglo xix fue ampliamente utilizada como canal de comunicación por parte de los gobiernos en el ámbito atlántico. Durante ese periodo, las fuerzas políticas que actuaban en la cuenca del Plata buscaron establecer complejos y mutables sistemas de alianzas más allá de sus fronteras nacionales. En ese hacer involucraron a la prensa y la convirtieron en un actor político clave, que les permitía intervenir en los debates públicos y generar discusiones que movilizaban a todas las publicaciones periodísticas. Gracias al trabajo de sus agentes y a las prácticas venales de editores y redactores, los gobiernos beligerantes consiguieron extender su influencia desde los periódicos más próximos hasta los editados en otros países. Como resultado, la prensa se convirtió en un espacio en el que los intereses locales, regionales e internacionales se entrecruzaron con los objetivos de los proyectos de Estado-nación en construcción, ofreciendo interpretaciones que dependían de la conveniencia de los diferentes grupos políticos.

La circulación de periódicos con mensajes probélicos en la cuenca del Plata tuvo como impulsores centrales a los agentes diplomáticos de los gobiernos combatientes, por ser quienes se encargaron de poner en marcha campañas propagandísticas en la prensa editada fuera de las fronteras nacionales a través de la publicación de escritos de su propia pluma o de la contratación de redactores. Para ello, los agentes tejieron redes que facilitaron la vinculación con periodistas, dueños de periódicos e intelectuales y aseguraron una amplia difusión a los discursos que explicaban el accionar de sus gobiernos. Creadas con ese propósito, esas redes se caracterizaron por ser formales, es decir, por otorgar roles claros y específicos a cada uno de sus miembros.

Los intercambios que se produjeron dentro de esos extensos entramados fueron muy intensos y generaron diferentes tipos de textos. Como los más habituales aparecen correspondencias privadas que conectaban de forma horizontal a los integrantes de las redes. Los sujetos interactuantes tenían la obligación de brindar información a sus pares, por regla general a través de misivas que contenían datos que servían de base para la redacción de artículos periodísticos, que, a su vez, eran remitidos a los miembros de la red.

Esas frecuentes transferencias de información entre los integrantes de las redes creadas por los gobiernos beligerantes se hacían con la finalidad de proveer de temas y orientación a los artículos periodísticos y folletos que debían atravesar el entramado interno para alcanzar el ámbito público. De esta manera, el espacio político transnacional constituido por la prensa posibilitó que las redes interactuasen, generando discursos intertextualizados a través de las diversos comentarios, correcciones o refutaciones que recibían los diferentes artículos periodísticos que se movían en él.

Al actuar en ese espacio, los miembros de las redes no podían desatender las normas que reglaban el funcionamiento de la prensa, como la regla de oro de la imparcialidad. De allí que intentaran camuflar sus vínculos y mantener en el anonimato a sus participantes para que sus producciones periodísticas fueran percibidas como imparciales. Aunque solo dejaban trascender al espacio político transnacional los argumentos, con o sin firma, expuestos en los textos periodísticos, ocultando cuidadosamente las relaciones y negociaciones entre autores y agentes diplomáticos, estos cuidados se veían frustrados cuando, en su afán por descalificar, los miembros de las redes rivales los denunciaban a la opinión pública. Con esos procedimientos, los dueños de los periódicos buscaban eludir las acusaciones de venalidad; por su parte, los agentes diplomáticos intentaban desprenderse de prácticas mal vistas, como la de sobornar periódicos o redactores, adjudicándoselas en exclusividad a las redes rivales.

Los puntos estratégicos en los que actuaron esos agentes diplomáticos, y que se convirtieron en escenarios claves de la dura competencia entre las redes rivales en la cuenca del Plata, fueron: en Uruguay, Montevideo; en Paraguay, Asunción y los campamentos militares; en Brasil, Río de Janeiro, y en Argentina, las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Corrientes. Las campañas de propaganda periodística que irradiaron desde esos lugares tuvieron características diferentes, de acuerdo con las particularidades propias del campo periodístico local y al nivel de implicación de la población en las diferentes etapas del conflicto. De esos múltiples ámbitos, elegimos analizar las prácticas desplegadas en Corrientes por los agentes de los gobiernos combatientes para trazar sus redes y asegurar su funcionamiento.

Redes de propaganda: de lo transnacional a lo local

La violencia política que a partir de 1864 tiñó las relaciones entre los gobiernos de la cuenca del Plata encontró en Corrientes uno de sus escenarios principales debido a su proximidad geográfica con Paraguay. El 13 de abril de 1865 empezó el ataque de ese país al territorio argentino con la toma de los vapores 25 de Mayo y Gualeguay que estaban fondeados en el puerto de Corrientes. Un día después, 3.800 soldados se apropiaron de la ciudad sin encontrar resistencia. El fin de la ocupación paraguaya, en octubre de ese año, significó para la provincia el comienzo del asentamiento de los ejércitos de la Triple Alianza, que permanecerían hasta 1868. No obstante el desplazamiento del grueso de las actividades bélicas hacia territorio paraguayo, Corrientes continuó siendo un punto clave de los planes militares porque albergaba a los hospitales y a los depósitos aliados.

Las alianzas que los grupos locales habían establecido con los grupos de poder externos a la provincia se manifestaron claramente en los meses previos a la ocupación paraguaya. Ya entonces la prensa se había convertido en el espacio de debate privilegiado por los dos bandos políticos locales en pugna: los paraguayistas a través de El Independiente y los liberales a través de La Esperanza y El Progreso. A nivel nacional, los paraguayistas se encuadraban dentro del sector federal contrario al Gobierno del presidente argentino Bartolomé Mitre y, en el plano internacional —como su nombre indica—, defendían la causa de Paraguay. Por su parte, los liberales eran sostenedores de la política de Mitre y apoyaban la alianza del Gobierno nacional con el Imperio del Brasil.

Debido a la dimensión pequeña del campo periodístico provincial, la lucha de los grupos de poder locales, nacionales e internacionales por el control de lo que se publicaba fue más agresiva que en otros lugares y se inició con anterioridad a las operaciones bélicas. Lo actuado y difundido por la prensa de Corrientes muestra con relieves nítidos el entramando de intereses que se mezclaban y actuaban en consonancia con las ambiciones propagandísticas de los gobiernos enfrentados.

Durante la segunda mitad de 1864, Miguel Rojas, agente comercial de Paraguay en esa ciudad, recibió de José Berges, ministro de Relaciones Exteriores de ese país, la orden de no economizar gastos a favor del sostenimiento de una continua campaña periodística de defensa del Gobierno paraguayo. Sin embargo, Rojas no necesitó librar pago alguno para garantizar que Víctor Silvero, editor y redactor de El Independiente (1864-1865), defendiera a través de su pluma al Gobierno del país vecino y facilitara las páginas del periódico para que se difundiese toda aquella información que interesara a las autoridades paraguayas8. En las cartas a sus superiores, Rojas expresaba sobre Silvero que era «un hombre con dignidad» y, como tal, con «firmes y constantes» creencias políticas. Si bien Rojas informaba que no había recurrido «a ninguna paga para asegurar la postura de El Independiente contra el Brasil y a favor de nuestra causa»9, la prensa correntina alineada con el mitrismo se encargaba de denunciar que El Independiente era financiado mensualmente por el Gobierno de López.

Silvero fue también un valioso informante para el Gobierno paraguayo, cada vez más interesado en conocer la situación política correntina. En marzo de 1865, el Gobierno de Paraguay comenzó a solicitar datos cada vez más detallados a sus agentes, advirtiéndoles que de la exactitud de los mismos dependía el éxito del ataque a Corrientes. Planeando el avance sobre esa ciudad, el presidente López citó a Silvero en Asunción para tener una charla privada con él10. La alta estima de la que gozaba Silvero entre los paraguayos se tradujo en su nombramiento, junto a Sinforoso Cáceres y Teodoro Gauna, como miembro de la Junta de Gobierno que se estableció en Corrientes el 19 de abril de 1865, luego de la ocupación paraguaya. Posteriormente, Silvero se unió a las fuerzas invasoras en su retirada y llegó a obtener el grado de teniente coronel del ejército paraguayo.

Si bien desde su aparición, el 7 de abril de 1864, El Independiente venía sosteniendo una postura crítica contra el gobernador promitrista Manuel Lagraña, los primeros roces con el Gobierno provincial datan de diciembre de 1864, fecha en la que Lagraña comenzó a implementar una política activa en contra del periódico por pedido expreso del Gobierno nacional.

El primer paso dado por Lagraña para intentar frenar a El Independiente fue reunirse con su propietario, Federico Boetti, para preguntarle qué intereses lo movían a predicar en favor del Paraguay y ofrecerle una subvención para el periódico si accedía a «darle cabida a los artículos que mandase y las veces que quisiese». Boetti rechazó la propuesta argumentando que su periódico no admitía subvenciones de ningún género, y le aclaró al gobernador que las páginas de El Independiente estaban abiertas, sin necesidad de remuneración, a los artículos que quisiera enviar, siempre y cuando se ajustaran a su prédica. En su informe a sus superiores, Rojas explicaba que Boetti había rehusado el ofrecimiento de Lagraña muy a su pesar, porque «él casi no dispone de la prensa sin el consentimiento del partido federal, partido que está en oposición constante al gobierno nacional; y de consiguiente enemigo acérrimo del Brasil»11.

Las publicaciones de El Independiente habían pasado casi ­desapercibidas para el Gobierno nacional hasta fines de 1864, momento en el que, debido a la posibilidad de un enfrentamiento armado con López, Mitre comenzó a manifestarle a Lagraña su preocupación por la prédica del periódico opositor. Poco tiempo después de su infructuoso encuentro con Boetti, el gobernador de Corrientes comenzó a sentir cada vez con más fuerza las presiones del Gobierno nacional, que insistía en silenciar a El Independiente.

La política comunicacional del presidente Mitre consistía en responder a la oposición interna con una propaganda que moldeara la opinión pública en apoyo a la causa de su partido y legitimara las acciones de su Gobierno. El objetivo era que cada provincia contase con un periódico que apoyara los intereses del Gobierno nacional sin desviarse ni un milímetro del encolumnamiento adoptado, so pena de sufrir la censura de las autoridades nacionales. En cumplimiento de esa política, las provincias gobernadas por los grupos liberales se apresuraron a publicar periódicos que pusieron sus páginas —a través de la inserción de artículos— a disposición del más fiel defensor de las políticas del Gobierno de Mitre: el periódico La Nación Argentina, que se editaba en Buenos Aires. Considerando la posibilidad de un enfrentamiento con Paraguay, el Gobierno nacional puso rápidamente su mira en los opositores de Corrientes, y las advertencias a Lagraña no se hicieron esperar. Las órdenes que recibió ese gobernador por parte del Gobierno nacional fueron claras: refutar a la prensa opositora —si no era posible eliminarla— y ejercer un fuerte control sobre la prensa oficial. Para que la propaganda del Gobierno central tuviera éxito, ambos procedimientos debían ir de la mano.

Percibiendo cambios en el tono de la prensa oficial de Corrientes, Rojas informó a sus superiores que el periódico El Progreso «ha entrado por atacar al Paraguay y su gobierno», reproduciendo los artículos de La Nación Argentina en contra del Gobierno de López12. Ante esa situación, Rojas y Silvero advirtieron a Lagraña sobre el riesgo de originar un rompimiento con Paraguay por la violencia de El Progreso. «Anduvo el señor gobernador con bastante miedo del Paraguay», afirmaba Rojas, adjudicándose una victoria al señalar que su intervención había tenido el efecto deseado: El Progreso del 31 de diciembre «en nada se ocupaba del Paraguay» y, como prueba, remitió un ejemplar a Asunción13. El periódico paraguayo El Semanario, por su parte, siguiendo el plan propagandístico puesto en marcha por el Gobierno, se ocupó de criticar el «lenguaje inconveniente» de El Progreso, al que calificaba como «órgano del gobernador Lagraña»14.

El hecho de que Mitre presionara a Lagraña para que se ocupara de silenciar o refutar a la prensa paraguayista, mientras hacía oídos sordos a los pedidos de auxilio militar que el gobernador le hacía llegar, pone en evidencia la importancia que cobró la propaganda periodística para su política nacional. Los paraguayistas eran a la vez defensores de López, enemigos del Imperio del Brasil y opositores al centralismo porteño que el Gobierno de Mitre encarnaba. Por ello, con las acciones orientadas a silenciar sectores de la prensa, el Gobierno nacional buscaba principalmente debilitar a los grupos políticos internos opositores a su proyecto centralizador.

Las páginas de los periódicos correntinos se convirtieron en expresión de los vínculos de los grupos locales con los poderes externos a la provincia. El Progreso transcribía los artículos de La Nación Argentina para evidenciar su adhesión a las críticas de las que era blanco López y dejar patente su alineamiento con el Gobierno de Mitre. El Independiente, por su parte, utilizaba transcripciones del periódico paraguayo El Semanario para reforzar sus acusaciones al expansionismo del Imperio y denunciar su connivencia con el Gobierno argentino. En ese juego de espejos, La Nación Argentina citaba a El Progreso para sostener la idea de que en Corrientes gozaban de un amplio apoyo popular tanto el Gobierno de Mitre como la política brasileña en el Río de la Plata. Simultáneamente, El Semanario transcribía artículos de El Independiente para demostrar que la prensa que se editaba en Buenos Aires no representaba a la totalidad de la opinión argentina. En El Semanario entendían que, a través de la intertextualidad de la que se valían, les era posible demostrar tanto la falta de apoyo al Gobierno de Mitre fuera de Buenos Aires, como la desconfianza que en el resto de las provincias argentinas despertaba la política exterior de Brasil.

El Gobierno brasileño, por su parte, no fue un actor pasivo en los debates de la prensa correntina. Antes del comienzo de la guerra, el Gobierno imperial envió a Corrientes al vicecónsul Miguel Joaquim de Souza Machado a cumplir, entre otras, la tarea de remitir información sobre los sucesos que pudieran concernir a su país. La relación que el enviado brasileño estableció con el Gobierno de Corrientes queda patente en la correspondencia de Souza Machado, que demuestra, en primer lugar, que Lagraña transmitía información reservada a los representantes de Brasil y, en segundo lugar, el desacuerdo del gobernador con la decisión del Gobierno nacional de dejar «desarmada y desguarnecida» a Corrientes con la excusa de que Paraguay no se atrevería a invadir la ciudad15. A este acercamiento entre el gobernador y el vicecónsul contribuyó Rufino de Elizalde, ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, quien le pidió a Lagraña que facilitara el envío «sin pérdida de tiempo» de algunos de los oficios que el vicecónsul brasileño debía remitir a sus superiores en la Legación de Buenos Aires usando como intermediaria a la Cancillería Argentina16.

La designación de Souza Machado también tuvo que ver con el interés del Gobierno brasileño de difundir una propaganda en defensa de su país. Luego de identificar que El Progreso manifestaba cierta «disposición favorable al Brasil», el vicecónsul se propuso asegurar su continuidad en el «mismo orden de ideas». Para ello acordó con el redactor Damasceno Fernández el pago de 50 patacones mensuales17. De esta forma, El Progreso se convirtió en un espacio donde confluyeron los gobiernos de Argentina y Brasil, guiados por el interés común de objetar la propaganda que el Gobierno de Paraguay difundía en Corrientes a través de El Independiente.

El propósito que primordialmente había llevado al diplomático brasileño a contratar los servicios de El Progreso había sido promover la defensa de la política exterior de Brasil, luego del rompimiento de relaciones con Paraguay, hecho producido el 12 de noviembre de 1864. Con este fin le impuso al periódico la obligación de transcribir los artículos favorables al Imperio que publicaba la prensa de Buenos Aires y, además, la de combatir a El Independiente, donde López mandaba a publicar contra Brasil los «libelos infamatorios que no se atreve a dar al público por su «Semanario»»18. Cumpliendo el acuerdo, El Progreso se esmeró por defender al Imperio hasta el momento de su cierre, ocurrido el mismo día de la entrada de las tropas paraguayas en Corrientes.

En cuanto a El Independiente, durante los meses de ocupación fue convertido por decreto en el periódico oficial de la Junta Gubernativa instalada en la provincia. Apenas constituida, la Junta se ocupó de tomar una serie de medidas tales como la reasunción por parte de la provincia de la soberanía delegada en el Gobierno nacional y la declaración que colocaba a Mitre en la condición de infame traidor a la patria. Todos los decretos de la Junta fueron publicados en El Independiente hasta octubre de 1865, fecha en la que los soldados de López se replegaron llevando consigo las maquinarias de la imprenta —que tiempo después se instalarían en el campamento militar paraguayo para imprimir periódicos de guerra—.

Durante el breve periodo en el que la Junta gobernó en Corrientes, El Independiente volcó sus esfuerzos en la difusión de una propaganda que buscó desligar la ocupación paraguaya de toda voluntad de conquista. Con ese propósito, la presentó como una ­desinteresada colaboración con los hermanos correntinos en la lucha contra el autoritarismo del Gobierno mitrista, que «protegía descaradamente la causa del Brasil traicionando la de las Repúblicas del Plata»19. A esta generosidad con que laureaba al Gobierno paraguayo, El Independiente la fundaba en los elementos culturales que les eran comunes:

«La analogía de costumbres y la identidad de idioma ha hecho que los paraguayos y correntinos simpaticen, fraternicen estrechamente, y no ha habido hasta el momento en que escribimos el menor motivo de queja ni disgusto por una ni otra parte»20.

Como veremos a continuación, la definición de las identidades nacionales a través del idioma, en este caso el guaraní, fue constituida por la propaganda de guerra de ambos bandos en un tema central de los debates desarrollados en el espacio político transnacional.

Intercambios periodísticos: de lo nacional a lo transnacional

El uso de la prensa como canal de difusión de propaganda bélica por parte de los gobiernos beligerantes fue una práctica que perduró a lo largo del enfrentamiento. Esa propaganda consistió en la diseminación de ideas tendentes a inducir determinados comportamientos, lo que implicaba un doble proceso de información/­desinformación y de persuasión/movilización. No es de extrañar que durante la Guerra de la Triple Alianza los gobiernos contendientes utilizaran la prensa con fines propagandísticos, ya que, como sostiene Jean-Marie Domenach, a partir del siglo xviii la propaganda se convirtió en un auxiliar de las estrategias de guerra, que comenzaron a conducirse tanto por las armas como por la ideología21.

No podemos dejar de mencionar que, por un lado, al analizar la prensa estamos estudiando procesos de comunicación, es decir, procesos de transmisión y recepción de información y, por otro, que la comunicación es un factor esencial en la construcción, transformación o disolución de un espacio político transnacional22. La comunicación no puede desvincularse de la política, ya que lo político está siempre relacionado con su mediatización, es decir, que sin ser comunicado ningún aspecto sería reconocido públicamente como político. Siguiendo a Raymond Williams, también podemos considerar que la comunicación es una forma de relación social23. Williams afirma que es un error valorar la comunicación como algo secundario, es decir, no debemos engañarnos interpretando que primero está la realidad y luego, en un segundo lugar, la comunicación de la misma. Por el contrario, la comunicación es uno de los principales medios a través del cual se forma y transforma la realidad24.

En este punto debemos señalar que, con el fin de movilizar a la población para la lucha, la propaganda de guerra diseñada por los gobiernos beligerantes se encargó de difundir nuevas representaciones de las identidades nacionales que cuadraran con sus proyectos de Estado-nación. Si a principios de 1860 la correspondencia entre nación y Estado no estaba claramente definida en los países enfrentados, el conflicto originó que sectores sociales más amplios generasen una idea de pertenencia a una colectividad injustamente invadida por un enemigo externo25. Fue en ese proceso en el que la prensa adquirió un rol clave y terminó por constituirse en un medio necesario para la representación de la comunidad imaginada que es la nación26, la que fue remodelada o transformada para adaptarse a las exigencias de la lucha.

Debemos considerar que el proceso de configuración de la nación, como ha señalado Mónica Quijada, se desarrolla «al ritmo de dinámicas desiguales», debido a que las ideas de nación no son inmutables, sino que van variando a lo largo del tiempo y del espacio27. La primera guerra moderna internacional de la cuenca del Plata fue un acontecimiento que aceleró el ritmo de esas dinámicas. Frente al país vecino, convertido ahora en enemigo, los gobiernos envueltos en la disputa desencadenaron la redefinición de sus identidades nacionales, en un proceso que se desarrolló en un espacio transnacional. Fue así como, además de prepararse para la lucha en el plano militar, los gobiernos combatientes dedicaron importantes esfuerzos a conservar y ampliar el número de periódicos comprometidos con su causa, creando redes que unían los planos local, nacional e internacional, de acuerdo con los intereses coyunturales del momento. En el espacio transnacional de la prensa, los periódicos de ambos bandos se cruzaron e interactuaron creando lecturas y relecturas sobre diferentes aspectos del conflicto, que originaron reelaboraciones o redefiniciones de los discursos propagandísticos.

Poner en diálogo los diferentes periódicos que interactuaron en ese espacio político transnacional nos permitirá ubicar la perspectiva de análisis en las influencias que mutuamente repercutieron en el diseño de los discursos tendientes a construir nuevas identidades nacionales. Esto nos permitirá entender que la prensa, además del rol fundamental que le asignó Benedict Anderson en la construcción de las comunidades imaginadas nacionales28, constituyó un espacio político transnacional, caracterizado por fuertes disputas, en el que se debatieron también las identidades nacionales.

Representaciones de lo étnico entre civilización y barbarie

Los gobiernos de ambos bandos planificaron sus campañas de propaganda con el fin de que su prédica calara tanto a nivel nacional como transnacional. De esa manera, los gobiernos definieron los lugares desde los que se desplegaría, los recursos que se destinarían, la disponibilidad de sus agentes para llevarla a cabo y los temas que se tratarían. Entre estos, decidieron vincular la defensa de los valores e ideales de la civilización con los llamados a la consolidación de la unidad nacional frente al bárbaro enemigo externo. El hecho de que ambos bandos representaran al conflicto como un enfrentamiento entre civilización y barbarie no fue solo resultado de la existencia de una herencia cultural europea y un lenguaje político común, sino que fue también resultado de los cruces que se desarrollaron en el espacio político transnacional. Para la propaganda periodística de ambos bandos, la prevalencia de la civilización se convirtió en el criterio rector y se la invocó para movilizar, para exigir la defensa y el sacrificio por su causa, condenando como monstruoso a todo lo que le presentaba resistencia o la amenazaba. Convertir o eliminar al bárbaro fue el servicio que la civilización reclamaba para impedir su corrupción y posibilitar su avance29.

Pero ¿qué significaba ser bárbaro para estos periódicos en pugna? La prensa de los países aliados recurrió a palabras que denotaban el origen guaraní de los paraguayos y las usó con intención peyorativa. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con la palabra cacique aplicada para barbarizar a López. Con ese propósito, La Nación Argentina refería al presidente paraguayo como

«un cacique bárbaro que, sin ninguno de los actos previos que ponen en práctica las naciones civilizadas [...] invade traidoramente las poblaciones del Brasil primero y luego las de la República Argentina. ¿Cómo podrán ponerse del lado de este loco furioso que se lanza al saqueo y a la matanza contra pueblos pacíficos, sin más que, porque cree disponer de unas cuantas hordas de indios guaraníes30.

Muy ligado al presidente Mitre, el periódico La Nación Argentina, creado el 15 de septiembre de 1862, fue un apasionado defensor de la Triple Alianza en su lucha contra la «barbarie enquistada» en Paraguay. Ese periódico no dudó en interpretar que el legado guaraní sumado a los gobiernos autoritarios que se habían sucedido en Paraguay eran síntomas de una situación social caracterizada por el estancamiento y el atraso. Para el periódico argentino, uno de los elementos que ilustraba esa barbarie era la lengua guaraní. En tal sentido, La Nación Argentina destacaba que «los soldados de López no hablan nada en español» —razón por la cual «las órdenes y todo lo referente al servicio tiene que ser comunicado en guaraní»—31, e insistía en mostrar esa realidad como evidencia de que los paraguayos no habían sido capaces de asimilar el legado español civilizador.

Como respuesta a esas acusaciones, la prensa de guerra pa­raguaya comenzó a diseñar una nueva identidad nacional basada en esa dicotomía, pero ofreciendo una interpretación en la que Pa­raguay representaba a la civilización atacada y en peligro de desaparecer por la acción de la bárbara política expansionista de sus vecinos, empeñados en violar el equilibrio de los Estados en la cuenca del Plata. En ese contexto de crisis, la prensa paraguaya encontró los elementos para delinear la identidad nacional en el cruce de las culturas guaraní e hispana y trabajó para mostrarlas fundidas en una armonía perfecta que, al decir de los periódicos, reflejaba muy bien a la civilizada sociedad paraguaya, que se veía obligada a tomar las armas para asegurar su supervivencia.

Una trascendental medida que tomó el Gobierno paraguayo para rebatir la prédica de la prensa aliada fue la creación, entre abril de 1867 y febrero de 1869, de cuatro periódicos con características novedosas: El Centinela y Cacique Lambaré, que se editaban en Asunción, y Cabichuí y Estrella, que se publicaban en los campamentos militares de Paso Pucú y Piribebuy, respectivamente. Ellos sumaron su prédica a la de El Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles (1853-1869), que venía editándose con anterioridad al enfrentamiento en la capital del país. A través de esos periódicos, el Gobierno paraguayo buscó ampliar el universo receptor de su propaganda; para ello transformó la forma y el contenido de la prensa, basándose en una serie de expectativas atribuidas al nuevo público al que estaba dirigida. Con este propósito, por ejemplo, se decidió que los periódicos incluyeran textos en guaraní, lengua que hablaba la mayor parte de la población, y que, además, incorporasen xilograbados que posibilitaran la accesibilidad al mensaje propagandístico, a través de imágenes satíricas y de raigambre popular, a quienes no sabían leer. Al mismo tiempo, una práctica de lectura que se desarrollaba en el ámbito público, en grupo y en voz alta, sobre todo —aunque no exclusivamente— en los campamentos militares, se impuso con el fin de garantizar la difusión del mensaje propagandístico32.

Mediante la prensa escrita en guaraní, esta lengua salió del ámbito privado al que había sido confinada para convertirse en un elemento a partir del cual crear una identidad nacional. Bartomeu Meliá afirma que durante el siglo xix el guaraní era la única lengua como «hecho social nacional» en Paraguay33. En el interior del país, la gran masa de la población ignoraba el español; incluso en Asunción había quienes no lo hablaban, y quienes sí lo dominaban se limitaban a utilizarlo solo con extranjeros. Esa era la realidad que no había revertido la imposición del español como lengua legítima de la burocracia y de las prácticas sociales letradas; desvalorado y sin uso escrito, el guaraní pervivía. En ese contexto, la utilización planificada que los periódicos hicieron del guaraní en ese momento de crisis contribuyó a transformar las relaciones de dominación lingüística establecidas en la sociedad paraguaya. De esa manera, a partir de la reivindicación emprendida por la prensa, el guaraní no solo abandonó el ámbito en el cual había sido relegado, sino que comenzó a ser considerado como lengua nacional del Paraguay.

Desde la óptica de Anderson, podemos considerar que la nueva política comunicacional de reivindicación del guaraní significó simultáneamente un intento de dar a la nacionalidad profundidad histórica por medios lingüísticos —proceso que ese autor señala como poco común en América del Sur— y una interpretación genealógica del nacionalismo, es decir, como una manifestación de una tradición histórica de continuidad serial34. En ese sentido, por ejemplo, El Centinela afirmaba: «Cantaremos en guaraní nuestros triunfos y nuestras glorias, como cantaron en otro tiempo su indómita bravura, los descendientes de Lambaré»35.

Junto a esa reivindicación de la lengua ancestral, hubo en la prensa una exaltación de las costumbres tradicionales y de algunos personajes históricos indígenas. Un ejemplo lo constituye el arriba mencionado Lambaré, un cacique guaraní que pasó a la historia como símbolo de la resistencia contra la conquista española. La figura de este antiguo cacique fue utilizada para dar nombre y encarnar al editor ficticio del periódico homónimo, escrito íntegramente en guaraní. El periódico Cacique Lambaré se presentó como la voz del jefe guaraní afirmando:

«Sí, yo soy Lambaré, vuestro antepasado, el tan famoso entre los caciques de antaño, porque era muy hábil y los Mbaja y los Guaikuru todos me reverenciaban porque me tenían miedo [...] Cuando vinieron los señores desde España, yo peleé junto con ellos como pude, defendiendo nuestra Patria»36.

La lengua se convirtió en el nexo que permitió establecer una conexión entre las hazañas guerreras de antaño y el contexto de la reciente guerra, montando una filiación genealógica con «la raza guaraní, esa raza de primitivos guerreros»37. Lo guaraní se construyó en la intersección de una lengua y de la etnia que la hablaba, de tal manera que la reivindicación de una acarreaba la revalorización de la otra, y este proceso llevó a entroncar la identidad nacional paraguaya con sus raíces indígenas, poniendo de relieve el rasgo constitutivo de nación guerrera38.

En este proceso de reivindicación de lo autóctono, Cacique Lambaré intentó avanzar parangonando la guerra contra la Triple Alianza con la lucha de antaño contra el conquistador español. Esta asimilación fue criticada por el periódico Cabichuí, el que señaló que no cabía ningún tipo de comparación entre el combate sostenido por Lambaré contra los españoles, que traían «la luz del cristianismo y la civilización» y la guerra contra los aliados, que solo traían «el exterminio y la esclavitud». Los redactores de Cabichuí señalaron que si bien Lambaré había llevado a cabo una fuerte resistencia armada contra la conquista española por «amor a su tierra y a la independencia», más adelante «cedió más a la voz de la fe»; y así «donde existía una tribu belicosa se levantó un pueblo civilizado y heroico. Y este pueblo es el que hoy lucha brazo a brazo contra las cadenas y la barbarie» de la Triple Alianza39.

La crítica de Cabichuí obligó a los redactores de Cacique Lambaré a flexibilizar su postura y a unificar criterios con los demás periódicos paraguayos. Concluyeron así que no correspondía comparar la conquista española con la guerra «actual» en razón de que los españoles habían traído «como su bandera la Santa Cruz, por eso ahora todos los nativos están bautizados y tienen cultura, y los que ahora traen la guerra al país tienen las cadenas y la muerte como su bandera»40. A partir de entonces el periódico se propuso rescatar ambas herencias. De la indígena, el idioma y el valor de algunos antiguos guerreros; de la española, la religión católica. En este sentido afirmó: «desde que Lambaré se hizo cristiano llegó a ser un sincero amigo de los españoles y los ama a pesar de que son de otra nación». En el mismo artículo se decía que Lambaré «a pesar de ser cacique no es abogado del cacicazgo, solo tiene en su propósito progreso, civilización y libertad»41. De esta manera, como sostiene Thomas Whigham, Lambaré terminó por ser presentado como un protector de la sociedad católica bicultural, que retornaba para enseñar a sus contemporáneos, esa población hispanizada y moderna, a ser paraguayos leales para asegurar su supervivencia frente al imperialismo aliado42.

Como podemos observar, la rectificación de la concepción política anterior que asimilaba la lengua guaraní a lo salvaje para presentarla como la lengua de una nación civilizada, fue un tema polémico en la época. En el contexto de guerra, la propaganda periodística paraguaya optó por rescatar como bases de la sociedad ambos legados para contraatacar la propaganda de los aliados y ganar adhesiones en la población paraguaya.

Tampoco estuvo exenta de controversia la representación que La Nación Argentina hizo del guaraní como expresión de lo bárbaro, ya que varias poblaciones del noreste argentino eran de origen guaraní. Al respecto, León de Palleja, coronel del ejército uruguayo, señalaba en sus cartas para la prensa de Montevideo que el guaraní era el «idioma nacional» en la provincia de Corrientes, habitada por indígenas «puros» que desconocían el español, el «idioma oficial» de Argentina43. Palleja describía a las poblaciones de Corrientes como guaraníes «salvajes» que «van casi desnudos, sin conocer lo que es el pudor». Consideraba, además, que esos pueblos se encontraban en un «triste estado», ya que si bien eran cristianos, la religión era para ellos «una superstición». Por eso, afirmaba, que esas comunidades eran «tan gentiles [...] como hace trescientos años»44. De esta manera, Palleja refería uno de los aspectos más complejos de la propaganda de guerra mitrista; definir a los enemigos del país como guaraníes implicaba excluir de la civilizada nación argentina a un alto porcentaje de la población de las provincias del nordeste que compartían el origen guaraní con los paraguayos. Esta realidad no obstó para que el calificativo guaraní fuera amplia y peyorativamente utilizado a comienzos de la guerra por La Nación Argentina para aludir a la barbarie.

Para la prensa porteña tampoco fue fácil diseñar una identidad nacional libre de contradicciones, que cuajara con las diversas identidades políticas y étnicas del país. Frente a las acusaciones de falta de adhesión a la política de Mitre que destacaba la prensa paraguaya, la propaganda bélica se ocupó sobre todo de proclamar el fin de las divisiones partidarias. Ante el bárbaro extranjero, desde las páginas de los periódicos argentinos, la población del país olvidaba sus diferencias partidarias para apoyar al Gobierno nacional. La peculiaridad del discurso propagandístico de La Nación Argentina radicó en imponer una interpretación de la guerra en la que se acentuaba su significado para la organización nacional con Buenos Aires a la cabeza. El periódico procuró minimizar el disenso y exaltar los lazos comunitarios afirmando que todos los partidos políticos habían «desaparecido» fundiéndose en la causa de la defensa de la soberanía nacional.

A partir de la invasión del ejército paraguayo a Corrientes, la imagen maniqueísta de civilización y barbarie que se asociaba a la vieja oposición argentina «unitario y federal» fue desplazada del centro de la escena política. El antagonismo, planteado por Domingo Faustino Sarmiento en su libro Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga45, rescatado y resignificado, fue la metáfora que empleó La Nación Argentina para señalar al enemigo externo que invadía el país violando abiertamente su soberanía. Frente a ese adversario era imprescindible aunar la participación y los esfuerzos de toda la nación, en pos de eliminar la amenaza. De esta manera, La Nación Argentina combinó la faceta excluyente de la fórmula —que abarcaba tanto al enemigo paraguayo como a las poblaciones guaraníes del territorio argentino— con la propuesta integracionista de un «nosotros como nación» que eliminaba las diferencias ideológicas y partidarias:

«Entre tanto, importa que los argentinos [...] todo lo olviden, y todo lo abandonen, y sofoquen sus pasiones, y extingan sus divergencias para marchar como hermanos al campo del honor.

Vosotros todos [...] de cualquier bando que vengáis, a cualquier bando que hayáis pertenecido, fraternizad en la hora del peligro. La patria reclama el concurso de todo ciudadano, unidos en un solo pensamiento. Nada de rencores; suspended todo debate que pueda afectar la unidad interna»46.

La Nación Argentina difundió durante el conflicto un discurso nacionalista integral y excluyente que definía al individuo exclusivamente por su pertenencia nacional, declarando ilegítimos o antinacionales cualquier otro tipo de agrupamientos fundados sobre otros referentes como, por ejemplo, los partidos políticos. A partir de ahí, el opositor político cambió su categoría a la de traidor.

Al redefinir la fórmula civilización y barbarie en el contexto de la primera guerra moderna en la que participó el país, la propaganda periodística resignificó un discurso arraigado por largo tiempo en el lenguaje político. Además de la potencialidad discursiva y de la maleabilidad de la antinomia, apelar a ella resultaba efectivo a los fines propagandísticos de tocar los sentimientos de un público que durante décadas había sido receptor de sus interpretaciones sobre la división partidaria y la violencia política. En esa dirección, nada mejor que redefinirla para ofrecer a través de ella una explicación que mostrara cómo el Gobierno de Mitre había posibilitado en el país la anhelada unión sin fisuras, que presagiaba el comienzo de la prosperidad y del progreso nacional. Desde el discurso, la política del Gobierno se justificaba reemplazando al pa­raguayo invasor por el bárbaro guaraní y al federal sedicioso por el montonero delincuencial.

Más allá de su potencialidad, esta fórmula antinómica pretendía ocultar la violencia con la que el Gobierno de Mitre buscaba imponerse en el país. La necesidad de movilización impuesta por la guerra le otorgó al Gobierno nacional la oportunidad de romper las bases políticas de los caudillos federales a través del reclutamiento forzoso de los hombres que integraban sus milicias. De hecho, en los levantamientos contra el Gobierno de Mitre o «montoneras», la impopularidad de la guerra desempeñó un papel importante; de allí que Felipe Varela, en su proclama de 1866, llamara al «orden común, la paz y la amistad con el Paraguay»47. Esa proclama fue lanzada durante la Revolución de los Colorados, que había comenzado en Mendoza a raíz de la sublevación de las tropas que debían partir al frente paraguayo. Varela, que había peleado en 1863 junto a otro caudillo federal, Vicente Chacho Peñaloza, se trasformó en el líder de la revuelta48. Si bien la revolución fracasó, evidenciando el declive del federalismo en la zona de Cuyo49, los intentos de Varela por frenar el centralismo porteño y la guerra contra Paraguay continuaron siendo obstáculos que el Gobierno de Mitre se encargaría de eliminar.

Conclusiones

Los gobiernos combatientes, guiados por una visión proselitista de la opinión pública, se encargaron de tejer redes que vincularon a sus agentes con diversos redactores y periódicos con el propósito de lograr una presencia permanente en el espacio público. Cumpliendo con el papel demandado, la prensa creó, desde antes de la guerra, tensiones entre los futuros contendientes y en pleno conflicto difundió una propaganda de fuerte contenido nacionalista, que enfatizaba ciertos elementos étnicos y culturales como rasgos que marcaban peyorativamente al enemigo bárbaro y, por contraste, resaltaban los atributos de la civilización que les eran propios. Mediante la imposición de imágenes estereotipadas del enemigo, que se proyectaban como un reflejo opuesto de una autoimagen positiva, el discurso periodístico diseñó nuevas identidades nacionales que se divulgaron con el fin de movilizar a la población, afianzar la cohesión social y consolidar vínculos apelando a lo emocional.

Colocar la perspectiva de análisis en los intercambios producidos por los periódicos que circularon en el espacio político transnacional nos ha permitido observar cómo los discursos propagandísticos de uno y otro bando, en su dinámica interacción, se valieron de determinados contenidos dicotómicos, que formaban parte del lenguaje político común de largo arraigo que reducía a la barbarie lo que oponía resistencia y ensalzaba como civilizados a determinados proyectos de Estados nación. En síntesis, nos ha permitido observar que la planificación que cada uno de esos gobiernos hizo de sus campañas periodísticas dependió de la acción discursiva de sus aliados y enemigos, concentrados todos en dispararse con un riquísimo arsenal dialéctico. Cuando se empezó a respirar aire de guerra, los ámbitos geográficos cercanos a las fronteras con el futuro enemigo adquirieron un nuevo valor para la propaganda bélica; los gobiernos se apresuraron entonces a asegurarse el apoyo de la prensa que en ellos se publicaba. Pensados para circular en un espacio mucho más amplio que el local, los periódicos amigos, con independencia de su lugar de publicación, trabajaron para unificar sus discursos y consolidar a través de ellos nuevas identidades nacionales frente al enemigo externo.

Si bien, tanto los periodísticos argentinos como los paraguayos construyeron una representación del conflicto como una guerra nacional, la diferente naturaleza que tuvo el enfrentamiento para ambos países repercutió en el diseño de la propaganda bélica. Mientras que en Paraguay la pugna adquirió las características de una guerra total, en Argentina el nivel de implicación de la población varió considerablemente según las regiones. Al exigir toda la fuerza del pueblo, la guerra total llevó al Gobierno paraguayo a poner en marcha una redefinición de la identidad nacional que significó un cambio radical con respecto al discurso anterior al conflicto. Entre 1866 y 1867, los periódicos de guerra se encargaron de reivindicar el origen guaraní de la población paraguaya, no solo para movilizar, sino también para responder a la propaganda de los aliados. En Argentina, a pesar de que la provincia de Corrientes fue uno de los escenarios centrales de la guerra, la propaganda del Gobierno de Mitre privilegió la difusión de un discurso nacionalista que obvió a la población originaria que habitaba esa provincia. El discurso sobre el fin de la división partidaria, con el que la prensa porteña buscó construir una nueva identidad nacional, no fue utilizado solamente para legitimar el ataque al enemigo exterior, sino que, fronteras adentro, fue el fundamento ideológico sobre el que descansó el avance y la imposición del Gobierno nacional sobre las provincias disidentes.


1 Francisco Doratioto: Maldita guerra. Nueva historia de la guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé, 2008, p. 15.

2 Thomas Whigham y Barbara Potthast: «The Paraguayan Rosetta Stone: New Insights into the Demographics of the Paraguayan War, 1864-1870», Latin American Research Review, 34-1 (1999), pp. 174-186.

3 Michael Werner y Bénédicte Zimmermann: «Penser l’histoire croisée: entre empirie et réflexivité», Annales HSS, 58-1 (2003), pp. 7-36, esp. pp. 15-18.

4 Bénédicte Zimmermann: «Histoire comparée, histoire croisée», en Christian Delacroix et al. (dirs.): Historiographies. Concepts et débats, vol. II, París, Folio Histoire, 2010, p. 174.

5 Mathias Albert et. al. (eds.): Transnational Political Spaces. Agents-Structures-Encounters, Fráncfort del Meno-Nueva York, Campus, 2009, p. 17.

6 Robert O. Keohane y Joseph S. Nye: «Transnational Relations and World Politics. An Introduction», International Migration Review, 25-3 (1971), pp. 329-349, y Akira Iriye: Global and Transnational History. The Past, Present, and Future, Basingstoke-Nueva York, Palgrave Macmillan, 2013, p. 15.

7 Sebastian Conrad y Dominic Sachsenmaier: Competing Visions of World Order: Global Moments and Movements, 1880s-1930s, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2007, p. 12.

8 Por el contrario, el sostenimiento de la propaganda en lugares como Montevideo, Entre Ríos, París, Londres, Bruselas, etc., significaron importantes gastos para el Gobierno paraguayo, así como también para los aliados. Véase María Lucrecia Johansson: «La gran máquina de publicidad». Redes transnacionales e intercambios periodísticos durante la guerra de la Triple Alianza (1864-1870), Huelva, Universidad Internacional de Andalucía, 2017.

9 Carta de Miguel Rojas a José Berges, Corrientes, 24 de enero de 1865, en Archivo Nacional de Asunción-Colección Rio Branco (en adelante, ANA-CRB), I-30, 3, 31, núm. 1, cat. 3537.

10 Carta de José Berges a Miguel Rojas, Asunción, 15 de marzo de 1865, en ANA-CRB, I-22, 12, 2, núm. 59.

11 Carta de Miguel Rojas a José Berges, Corrientes, 12 de diciembre de 1864, en ANA-CRB, I-30, 2, 42, cat. 3286.

12 Carta de Miguel Rojas a José Berges, Corrientes, 12 de diciembre de 1864, en ANA-CRB, I-30, 5, 25, cat. 3369.

13 Ibid.

14 Carta de José Berges a Miguel Rojas, Asunción, 4 de enero de 1865, en ANA-CRB, I-22, 12, 2, núm. 23.

15 Oficio de Miguel Joaquim de Souza Machado a José Maria da Silva Paranhos, Corrientes, 24 de enero de 1865, en Arquivo Histórico Itamaraty-Missão Especial Visconde do Rio Branco, L. 323, M. 3, P. 2.

16 Carta de Rufino de Elizalde a Manuel Lagraña, Buenos Aires, 30 de diciembre de 1864, en ANA-CRB, cat. 3316.

17 Oficio de Souza Machado a Felipe José Pereira Leal, Corrientes, 22 de diciembre de 1865, en Arquivo Histórico Itamaraty-Missão Diplomática Brasileira (en adelante, AHI-MDB), Buenos Aires, Oficios 1865, E. 205, P. 3, vol. 09.

18 Oficio de Felipe José Pereira Leal a João Pedro Dias Vieira, Buenos ­Aires, 18 de marzo de 1865, en AHI-MDB, Buenos Aires, Oficios 1865, E. 205, P. 3, vol. 09.

19 El Independiente (Corrientes), 20 de abril de 1865.

20 El Independiente (Corrientes), 20 de mayo de 1865.

21 Jean-Marie Domenach: La propaganda política, Buenos Aires, Eudeba, 1968, p. 19.

22 Mathias Albert et. al. (eds.): Transnational Political Spaces..., p. 19.

23 Raymond Williams: «Tecnologías de la comunicación e instituciones sociales», en Raymond Williams (ed.): Historia de la Comunicación, vol. 2, De la imprenta a nuestros días, Barcelona, Bosch, 1992, p. 183-209.

24 Raymond Williams: Los medios de comunicación social, Barcelona, Península, 1994, p. 17.

25 Luc Capdevila: «Guerra, Estado y nación en América Austral en la década de 1860: la contienda de la Triple Alianza. Periferias e identidades colectivas», en Guillermo Palacios y Erika Gabriela Pani Bano (coords.): El poder y la sangre: Guerra, Estado y Nación en la década de 1860, México, El Colegio de México, 2014, pp. 199-218.

26 Benedict Anderson: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, pp. 46-47.

27 Mónica Quijada: «¿Qué nación? Dinámicas y dicotomías de la nación en el imaginario hispanoamericano del siglo xix», Cuadernos de Historia Latinoamericana, 2 (1994), pp. 1-22, esp. p. 18.

28 Benedict Anderson: Comunidades imaginadas..., pp. 97-101.

29 Jean Starobinski: «La palabra civilización», Prismas, 3 (1999), pp. 9-36.

30 «La opinión y la guerra», La Nación Argentina (Buenos Aires), 18 de abril de 1865, pp. 1-2.

31 «Cuartel General en el campo de López», La Tribuna (Buenos Aires), 2 de mayo de 1866, p. 2.

32 María Lucrecia Johansson: Soldados de papel. La propaganda en la prensa paraguaya durante la guerra de la Triple Alianza (1864-1870), Cádiz, Fundación Municipal de Cultura de Cádiz, 2014.

33 Bartomeu Meliá: La lengua guaraní del Paraguay. Historia, sociedad y literatura, Madrid, Mapfre, 1992, p. 165.

34 Benedict Anderson: Comunidades imaginadas..., pp. 270-274.

35 «Literatura Guaraní», El Centinela (Asunción), 16 de mayo de 1867, p. 3.

36 «Lambare hei», Cacique Lambaré (Asunción), 24 de julio de 1867, p. 2.

37 «Literatura Guaraní», El Centinela (Asunción), 16 de mayo de 1867, p. 3.

38 Wolf Lustig: «¿El guaraní, lengua de guerreros? La “raza guaraní” y el avañe’e en el discurso bélico-nacionalista del Paraguay», en Nicolas Richard, Luc Capdevila y Capucine Boidin (dirs.): Les guerres du Paraguay aux xixe et xxe siècles, París, CoLibris, 2007, pp. 525-540.

39 «Cuentas claras, conservan amistades», Cabichuí (Paso Pucú), 8 de agosto de 1867, p. 2.

40 «Cabichuí», Cacique Lambaré (Asunción), 22 de agosto de 1867, p. 2.

41 Ibid.

42 Thomas Whigham: «Building the Nation while Destroying the Land: Pa­raguayan Journalism during the Triple Alliance War, 1864-1870», Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, 49 (2012), pp. 157-180.

43 León de Palleja: «Carta XXIX [s. f.]», en Diario de campaña de las fuerzas aliadas contra Paraguay, vol. I, Montevideo, Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, 1960, p. 291.

44 León de Palleja: «Carta XXX, 1 de diciembre [1865]», en Diario de campaña de las fuerzas aliadas contra Paraguay, vol. I, Montevideo, Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, 1960, p. 311.

45 «Civilización y Barbarie (...) fue el título original de la obra que Sarmiento publicó desde su exilio en Chile en 1845, es decir, poco más de veinte años antes de que él mismo se hiciera cargo de la presidencia de la república. El triple carácter de la empresa sarmientina en este texto nos anticipa su complejidad: libro de combate, escrito con una clara voluntad militante y con una repercusión política posterior, es también el retrato literario de un caudillo de provincias, asesinado en la década anterior, a través del cual Sarmiento busca dar con la clave social de los problemas y convulsiones políticas que aquejan a los países latinoamericanos [...] Ahora bien, la imagen constituye sin duda una metáfora más o menos recurrente del lenguaje político, que reaparece en momentos de confrontación política aguda y a través de la cual la sociedad presenta sus divisiones bajo la forma de antagonismos inconciliables». Véase Maristella Svampa: El dilema argentino. Civilización o barbarie, Buenos Aires, Taurus, 2006, p. 10.

46 «Aníbal está a las puertas», La Nación Argentina, 18 de abril de 1865, p. 2.

47 Felipe Varela: Proclama, San Juan y campamento en marcha, 6 y 10 de diciembre de 1866.

48 En marzo de 1863, en la zona de Cuyo, se produjo un nuevo levantamiento del Chacho Peñaloza (1798-1863), quien, tras rendirse ante el mayor Pablo Irrazábal, fue degollado y su cabeza fue expuesta en una pica en la plaza de Olta (La Rioja) durante varios días. Interesa destacar que las milicias de la provincia de La Rioja comandadas por el Chacho perdieron ese estatus al alzarse contra las fuerzas del Gobierno nacional bajo la dirección de Mitre y como consecuencia comenzaron a ser consideradas como «montoneras»: grupos armados relativamente ­inorgánicos, de extracción rural, que se sublevaban contra la autoridad establecida. Mitre nombró a Domingo Faustino Sarmiento, por entonces gobernador de la provincia de San Juan, como director de la guerra contra Peñaloza y le ordenó: «Procure no comprometer al gobierno nacional en una campaña militar de operaciones [...] No quiero dar a ninguna operación sobre La Rioja el carácter de guerra civil. Mi idea se resume en dos palabras: quiero hacer en La Rioja una guerra de policía [...] Declarando ladrones a los montoneros, sin hacerles honor de considerarlos como partidarios políticos, ni elevar sus depredaciones al rango de reacción» (carta de Bartolomé Mitre a Domingo F. Sarmiento, 29 de marzo de 1863, en Archivo de Domingo F. Sarmiento, Museo Histórico Sarmiento, 1820, c. 14). De esta manera, el Gobierno nacional les negaba a las fuerzas sublevadas el carácter de lo que en realidad eran: cuerpos orgánicos que a través de las armas buscaban la consolidación de un ideario político con el que se identificaban diversos sectores sociales. Véase Ariel de la Fuente: Los hijos de Facundo. Caudillismo y montoneras en la provincia de La Rioja durante el proceso de formación del Estado nacional argentino (1853-1870), Buenos Aires, Prometeo, 2014, p. 234.

49 David Rock: La construcción del Estado y los movimientos políticos en la Argentina, 1860-1916, Buenos Aires, Prometeo, 2006, p. 37.