Ayer 112/2018 (4): 13-20
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2018
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/112-2018-01
© Rafael Villena Espinosa
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Presentación.
Revisitar la Gloriosa
Rafael Villena Espinosa
Universidad de Castilla-La Mancha
rafael.vespinosa@uclm.es
«Las revoluciones ya no tienen buena prensa»1.
Hay quien opina que hemos inundado el calendario con la celebración de aniversarios, centenarios y todo tipo de conmemoraciones históricas que dan cobijo a congresos, exposiciones y publicaciones2. Puede que exista un cierto hartazgo en determinados círculos, incluido el de los historiadores, aunque para nosotros es quizá más inquietante no la celebración en sí de las efemérides, sino el uso que los poderes públicos hagan de ellas. Lo decía un tiempo atrás Julián Casanova: «Las celebraciones oficiales, como la del bicentenario de la Constitución de 1812, simplifican los relatos a mayor gloria del poder». Así subtitulaba un artículo en el que, trascendiendo la crítica del acto político concreto, reflexionaba sobre el peligro de deslizar perspectivas ahistóricas entre la ciudadanía3. Abundarían los ejemplos con los que ilustrar ese exceso, distorsionado o no, del recuerdo histórico, incluso cuando se ha tratado casi de ocultarlo y no tanto de rentabilizarlo, como parece haber sucedido recientemente en Rusia4. Pero las conmemoraciones también se han convertido en coyunturas fructíferas para ampliar los horizontes del conocimiento científico y poder divulgarlo entre un público no necesariamente experto. Basta, como ejemplo, echar un vistazo al repertorio bibliográfico que nos ha dejado la celebración de los cien años de la Primera Guerra Mundial5.
Sucedió igualmente con la Gloriosa. A propósito de su centenario aparecieron entre 1968 y 1973 diversos volúmenes colectivos que traían al primer plano el Sexenio y la República, generándose desde entonces una rica producción en historia política, económica, social o cultural, sin olvidarnos además de la edición de fuentes de la época6. Después llegó la eclosión de los estudios de ámbito más reducido que parecía agotarse cuando, al cambiar de siglo, la historiografía española fijaba su atención en otras etapas más próximas a nuestro tiempo. Sin embargo, el empeño investigador no ha cesado y, desvaído ya el telón de la verificación o no de una revolución burguesa en España, se han publicado trabajos de gran interés para comprender la complejidad de aquellos seis años del siglo xix, sus raíces, actores y derivaciones7.
No pretendo aquí abordar un estado de la cuestión sobre el tema, objetivo que han cubierto brillantemente otros historiadores antes que yo8, sino solo ayudar al lector a situarse, puesto que con motivo de las cercanías del 150 aniversario ya han tenido lugar varias iniciativas que nos proponen volver al Sexenio. Así, el XIII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea (Albacete, septiembre de 2017) le dedicó uno de sus talleres al que se presentaron diecisiete comunicaciones, lo que demostraba que el pulso no había decaído como pensaban (¿pensábamos?) algunos. Unos meses después, la revista de la Universidad de Valladolid Investigaciones Históricas le ha dedicado un dosier monográfico e, igualmente, puede mencionarse el revelador texto de Albert García sobre la asunción misma del nombre con el que conocemos la etapa9.
Que revisitemos la Gloriosa 150 años después se justifica en el significado singular y poliédrico del Sexenio Democrático o Revolucionario. Así, la voluntad por vez primera de establecer un régimen democrático cuya condición previa estaría en el enunciado de los derechos individuales; en la instauración de un clima inédito de libertad, de discusión apasionada y de protesta que se tradujo en una intensa movilización política y social; en la inserción, recogida por la Constitución, de la libertad religiosa, a pesar de la enconada resistencia de diputados absolutistas; en la aparición de un serio competidor para los partidos monárquicos que aspiraban a gestionar la situación tras el triunfo revolucionario: el Partido Republicano Democrático Federal; en el auge tan extraordinario que cobró la prensa, muy especialmente la satírica; en el cambio sustancial de la política arancelaria; en la variación radical que se pretendió insuflar al sistema educativo y en la difusión de la cultura a través de las bibliotecas populares...
Todo ello sin olvidar que la Septembrina tuvo lugar en un contexto internacional en donde se fraguaron acontecimientos decisivos para la configuración política del continente y a los que la prolongada situación de interinidad por la que atravesó España no fue en absoluto ajena: la guerra franco-prusiana y la Comuna de París, la entrada de las tropas italianas en Roma el 20 de septiembre de 1870...
Ciertamente podría considerarse que la voluntad de regeneración nacional encarnada por la Gloriosa no cuajó, habida cuenta del desenlace antidemocrático del Sexenio, pero no por ello podemos ignorar su legado, fecundo, anticipatorio en diversos planos, incluso pese al carácter utópico de muchas de sus propuestas. Además, es posible darle la vuelta a la argumentación y hablar del Sexenio no en clave de fracaso, frustración y quiebra, sino como el inicio de una compleja trayectoria que condujo finalmente a la conquista social de la democracia en nuestro país.
El dosier recupera algunos de estos argumentos sobre los que pretende proyectar una mirada renovada. En primer lugar, los orígenes intelectuales de la revolución, de los que se ocupa Rafael Serrano a través de la biblioteca de Fernando Castro, convertida en pista para seguir la irrupción en España de las nuevas corrientes de pensamiento desde los años cincuenta. De la biografía de Castro cabe destacar sus iniciales simpatías ultramontanas, que, sin embargo, evolucionaron en dirección opuesta hacia el krausismo, y el interés por otras religiones, recorrido que le condujo finalmente al abandono del catolicismo. Sin duda, un personaje central para entender culturalmente el Sexenio por su implicación en el reto educativo, en la causa abolicionista o en la cuestión religiosa.
Aunque más extendido entre los modernistas, el análisis de las bibliotecas privadas también atrae a los contemporaneístas, como corrobora este sugerente artículo en el que se reconstruye buena parte del catálogo y la secuencia cronológica que siguió en su formación. Entre los autores mejor representados destacan historiadores como Guizot o Michelet, socialistas como Proudhon y, sobre todo, el filólogo y estudioso de las religiones Ernest Renan. Sus obras influyeron en las convicciones del sacerdote leonés. Probablemente estas y otras lecturas eran compartidas por diversos miembros de la elite intelectual de la época, cuyo «mapa de intereses y lecturas concomitantes» —nos sugiere el autor— «no deberíamos reducir en modo alguno al krausismo o a la corriente católico-liberal, sino que fue mucho más rico y complejo».
Las juntas revolucionarias que sustanciaron la Gloriosa se constituyeron y desplegaron su acción de gobierno en condiciones de ocasional conflictividad social, a la vez que enarbolaron algunas propuestas de marcada radicalidad, tras las cuales era posible rastrear el poso republicano. Ahora bien, frente a ese nervio también existió una revolución más templada, alejada prácticamente de escenarios de violencia, como la que se dio en las provincias de la España interior que hoy integran la región de Castilla-La Mancha. En su propuesta, centrada en un territorio menos atendido por la historiografía, Rafael Villena analiza en perspectiva comparada los rasgos de ese proceso revolucionario que, con todo, favoreció el relevo social y personal de la elite en el ejercicio del poder local del que había estado alejada en el periodo isabelino.
Con la ruptura democrática se precisó elaborar un nuevo repertorio simbólico. Marie-Angèle Orobon analiza los registros en que dicho repertorio se fue concretando a partir de su doble consideración funcional como diferenciador y a la vez conformador de realidades políticas, de suerte tal que se buscó reflejar el cambio, pero también enlazar con las tradiciones nacionales o foráneas. El himno de Riego es el punto de partida de una semántica revolucionaria atenta al escudo de la Gaceta de Madrid y de la peseta; lugares ambos donde se sitúa la efigie femenina de la nación.
Resulta llamativo que en Madrid no se planteara ningún monumento nuevo, sino que se rescataran proyectos casi olvidados, resignificándolos parcial o totalmente. En esta dirección el Sexenio pretendió culminar el Panteón Nacional, un espacio que debería haber sido central como lugar para la construcción de la memoria. La pintura de historia y la escultura son otros de los soportes que se abordan en esta investigación que concluye con una valoración en claroscuro. Por un lado, «se podría considerar la Revolución de 1868 como crisol y troquel —en sentido propio y figurado— de las posteriores andaduras democráticas de España», aunque «en el plano de la monumentalización no se puede sino reconocer el magro saldo de la Gloriosa y del Sexenio».
Frente al mundo de lo simbólico, José Miguel Lana nos reconduce a un ámbito más tangible como el de la tierra, en un texto que, por extensión, remite al complejo fenómeno de la reforma agraria liberal. La Revolución de 1868 brindó la oportunidad para que la Diputación de Navarra desarrollara una política redistributiva (pro-poor), en vez de la liberalizadora que se había impuesto en los decenios anteriores (pro-market), al plantear la parcelación y reparto vecinal de terrenos de cultivo en 1869. El profesor Lana cuantifica el volumen de tales políticas, las relaciona con otros procesos nacionales e internacionales y concluye que esta actuación «contribuyó a mejorar las condiciones de vida del proletariado rural».
Estamos ante un giro de las estrategias ejecutadas por la elite provincial, sensible a la cuestión social en la coyuntura del 68, a la que no fue ajeno el propio uso del lenguaje: los términos «proletariado» y «clase proletaria» aparecen por primera vez en la documentación manejada. En suma, un enjundioso trabajo enfocado sobre el campesinado y algunos de los perfiles más comprometidos de la Gloriosa. Bien es cierto, no obstante, que también afloran limitaciones de la actuación pública derivadas de la ausencia de medidas complementarias como el crédito agrario.
Comprometida fue también la apuesta abolicionista de muchos de los dirigentes del Sexenio —el propio Fernando Castro defendió la causa—, asunto en el que se centra el trabajo de Antonio Pinto y cuyo arranque se sitúa en los orígenes mismos de la España liberal, puesto que ya en las Cortes de Cádiz se planteó la idea de la abolición de la esclavitud. No cuajó entonces en el texto constitucional, pero quedó incorporada al debate político del siglo y resurgió con fuerza en los últimos años del reinado isabelino en torno a la creación de la Sociedad Abolicionista.
Por otra parte, la presión esclavista estuvo igualmente presente en la Gloriosa, como demuestra la organización de la junta que defendía los intereses antillanos de una poderosa elite. En ese contexto de conflicto cultural y económico el autor reafirma la consideración del Sexenio como el verdadero inicio del movimiento abolicionista en España y se detiene en Rafael María de Labra por su relevancia en el mismo. El texto recorre igualmente los avatares de la Ley Moret y del proyecto de Tomás Mosquera, por lo que resulta una valiosa síntesis sobre las tensiones vividas entre abolicionistas y esclavistas. Al final, ya en la República, la causa consiguió «una victoria innegable: la abolición de la esclavitud en Puerto Rico. Cuba debía esperar, pero el ejemplo puertorriqueño había demostrado que la abolición constituía un acomodo a los nuevos tiempos».
La cuestión abolicionista brinda la oportunidad de ampliar el foco hacia el ámbito internacional y es fuera de nuestras fronteras donde acaba el dosier. Isabel Pascual parte de la idea de que la revolución supuso, sin haberlo buscado, una amenaza y un estímulo en la Europa de los años sesenta, una vez concluido el ciclo revolucionario de la primera mitad de siglo. El emperador francés había intentado jugar la baza española para romper su aislamiento, mientras Bismarck entendía inicialmente que debía respetarse el curso de los acontecimientos en España.
Muy diferente era la proyección en Italia, uno de los primeros países que reaccionó ante el movimiento de septiembre. Entre los monárquicos italianos se creyó que la Septembrina podía ser una gran ocasión para extender su influjo si se conseguía controlar el impulso revolucionario. Era esto, justamente, lo que pretendieron otros compatriotas de Víctor Manuel II desde posiciones democráticas en una suerte de «sociabilidad transnacional» tan característica del siglo xix, como afirma la autora. Sin embargo, el interés de Mazzini por la revolución española y su posible evolución hacia la república decayó cuando las Cortes aprobaron la monarquía de Amadeo. Ese cruce de intereses respecto a España está magníficamente desbrozado en el artículo de la profesora Pascual, cuya conclusión es clara: «El desafío que supuso la Gloriosa para Europa lo fue en tanto en cuanto lo era para España. Solo en esta medida se comprende el desafío internacional».
Con estos seis trabajos no se agota, desde luego, el periodo o sus ejes temáticos, que quizá puedan ser abordados en otros volúmenes colectivos: género, impulso secularizador, nación, monarquía, republicanismo, rebrote de las culturas legitimistas... En todo caso, los historiadores que hemos escrito este dosier creemos aportar algunas herramientas para revisitar la Gloriosa en su 150 aniversario y prestarle una renovada atención. Solo me resta agradecer el esfuerzo a las autoras y autores, que se entusiasmaron con el proyecto desde el primer momento, así como el interés que han mostrado los responsables de la revista Ayer por la publicación de este trabajo colectivo.
1 Geoff Eley: Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003, p. XIX.
2 «Estamos tan enfermos de conmemoraciones que ya hasta se conmemoran conmemoraciones anteriores. En Andalucía se ha conmemorado con cierta pompa el vigésimo quinto aniversario de la conmemoración del quinto centenario del [...] descubrimiento de América», escribía con sarcasmo Antonio Muñoz Molina: «Las conmemoraciones», El País, 22 de diciembre de 2017. No sé si el académico es consciente de que las conmemoraciones también son objeto de estudio como estrategia para desentrañar los contextos culturales en los que tienen lugar. Las referencias son muy numerosas, pero como ejemplos véanse María Asunción Castro Díez y Julián Díaz Sánchez (coords.): XXV años de paz franquista. Sociedad y cultura en España hacia 1964, Madrid, Sílex, 2017; Eric Storm: «Las conmemoraciones de héroes nacionales en la España de la Restauración. El centenario de El Greco de 1914», Historia y Política, 12 (2004), pp. 79-104, y Rebeca Viguera Ruiz: «El I Centenario de la Guerra de la Independencia a través del diario La Rioja. Historia y tradición», Spagna contemporanea, 37 (2010), pp. 23-50.
3 Julián Casanova Ruiz: «Historia, conmemoraciones y memoria popular», El País, 25 de marzo de 2012. Por otra parte, sabemos que los centenarios como espacios de celebración se vinculan al despliegue del liberalismo, según nos recuerda Edward Baker: «La nacionalización conmemorativa del pasado: los centenarios», en José Álvarez Junco (coord.): Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad, Barcelona, Crítica-Marcial Pons, 2013, pp. 597-631. Cfr. Salvador Claramunt Rodríguez et al.: Las conmemoraciones en la historia, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2001, y Bernard Cottret y Lauric Henneton (dirs.): Du bon usage des commémorations. Histoire, mémoire et identité, xvie-xxie siècle, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2010.
4 Korine Amacher: «Encombrante commémoration pour le pouvoir russe. Fêter une révolution sans donner des idées», Le Monde Diplomatique, 1 de marzo de 2017, p. 18. Recuperado de internet, 13 de abril de 2018 (https://www.monde-diplomatique.fr/2017/03/AMACHER/57276).
5 Las sólidas y exitosas obras de Clark, Hastings, MacMillan o Stevenson han sido analizadas junto a un vasto repertorio bibliográfico por los expertos. Véanse Carolina García Sanz: «La Gran Guerra en su centenario. Nuevos enfoques, viejos temas», Ayer, 95 (2014), pp. 239-253; Javier Rodrigo Sánchez: «Su Majestad la Guerra. Historiografías de la Primera Guerra Mundial en el siglo xxi», Historia y Política, 32 (2014), pp. 17-45, y Francisco Veiga Rodríguez: «La Guerra del 14: un repaso desde la perspectiva del presente», Historia y Política, 32 (2014), pp. 129-149.
6 Podemos recordar algunos hitos sin ánimo de exhaustividad: los monográficos de Atlántida (1968), Revista de Occidente (1968) e Historia y Vida (1969); la obra colectiva coordinada por Clara E. Lida e Iris M. Zavala: La revolución de 1868 (historia, pensamiento y literatura), Nueva York, Las Américas Publishing Company, 1972, o la recopilación de Valeriano Bozal: Juntas revolucionarias. Manifiestos y proclamas de 1868, Madrid, Edicusa, 1968.
7 Aun a riesgo de alguna omisión no debo dejar de mencionar a Eloy Arias Castañón: La Revolución de 1868 en Sevilla, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 2010; Gregorio de la Fuente Monge y Rafael Serrano García: La Revolución Gloriosa. Un ensayo de regeneración nacional (1868-1874). Antología de textos, Madrid, Biblioteca Nueva, 2009; Ángel García-Sanz Marcotegui et al.: Los liberales navarros durante el Sexenio Democrático, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad Pública de Navarra, 2005; Eduardo González Lorente: Libertad o religión. Pamplona en el Sexenio Democrático (1868-1876), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad Pública de Navarra, 2008; Eduardo Higueras Castañeda: Manuel Ruiz Zorrilla. Con los Borbones, jamás, Madrid, Marcial Pons, 2016; Alicia Mira Abad: Secularización y mentalidades. El Sexenio Democrático en Alicante (1868-1875), Alicante, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2006; Isabel Pascual Sastre: La Italia del «Risorgimento» y la España del Sexenio Democrático (1868-1874), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2002, y Sergio Sánchez Collantes: Demócratas de antaño. Republicanos y republicanismos en el Gijón decimonónico, Gijón, Trea, 2007.
8 Por orden cronológico véanse Jean-Louis Guereña: «El “Sexenio Revolucionario” en la historiografía (1968-1978)», en Manuel Tuñón de Lara (ed.): Historiografía española contemporánea. X Coloquio del Centro de Investigaciones Hispánicas de la Universidad de Pau, Madrid, Siglo XXI, 1980, pp. 147-174; Mikel Urquijo Goitia: «El Sexenio Democrático, un balance historiográfico», Anales de Historia Contemporánea, 9 (1993) pp. 33-51; Rafael Serrano García: «La historiografía en torno al Sexenio 1868-1874: entre el fulgor del centenario y el despliegue sobre lo local», Ayer, 44 (2001), pp. 11-32; Gloria Espigado Tocino: «La historiografía del cantonalismo. Pautas metodológicas para un estudio comparado», en Rafael Serrano García (coord.): España, 1868-1874. Nuevos enfoques sobre el Sexenio Democrático, Valladolid, Junta de Castilla y León, pp. 111-137, y Rafael Serrano García: «Historiografía reciente en torno a la Revolución Gloriosa y el Sexenio Democrático (1868-1874)», Cádiz, Universidad de Cádiz (texto inédito y con publicación prevista en 2018).
9 Taller coordinado por Rafael Serrano y Rafael Villena cuyas aportaciones han aparecido en Damián A. González Madrid, Manuel Ortiz Heras y Juan Sisinio Pérez Garzón (eds.): La Historia, lost in translation? Actas del XIII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, Cuenca, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2017, pp. 965-1134. Véanse también el dosier preparado por Eduardo Higueras Castañeda y Unai Belaustegui en Investigaciones Históricas. Época moderna y contemporánea, 37 (2017), pp. 1-236, y Albert García-Balañà: «À la recherche du Sexenio Democrático (1868-1874) dans l’Espagne contemporaine. Chrononymies, politiques de l’histoire et historiographies», Revue d’histoire du xix siècle, 52 (2016), pp. 81-101.