Ayer 143 (3): 13-22
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2026
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2886
© Miguel Ángel Puig-Samper
© José María López Sánchez
Recibido: 19-11-2025 Aceptado: 26-04-2026 Publicado on-line: 15-09-2026
Publicado bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
Presentación. Visualidad colonial de África. Perspectivas desde el sur de Europa *
Introduction. Colonial Visuality of Africa. Perspectives from Southern Europe
Miguel Ángel Puig-Samper
Instituto de Historia del CSIC
miguelangel.puig@cchs.csic.es
José María López Sánchez
Universidad Complutense de Madrid
joseml01@ucm.es
África sigue siendo un continente desconocido para la mayor parte de la opinión pública europea. En agosto de 2025, dos organizaciones africanas —Speak Up Africa y Africa No Filter— iniciaron una campaña para sustituir el mapamundi tradicional por otro que respetara las proporciones de los continentes. La cartografía convencional muestra al continente africano con dimensiones muy inferiores a su tamaño real, una metáfora de su peso a nivel de la geopolítica mundial 1. Esta iniciativa, con el título «Correct the Map», nos invitaba a la reflexión sobre el pasado colonial euroafricano. En primer lugar, porque los europeos habían esclavizado durante varios siglos a sus poblaciones y, después, porque el denominado continente negro tuvo que hacer frente a una nueva y no menos dramática realidad: la colonización, que en algunos lugares alcanzó hasta la década de 1970.
La historiografía de las últimas décadas ha prestado especial atención a los pasados coloniales como parte de lo que se ha denominado un imperial turn, un giro para evaluar la enorme relevancia de las prácticas y las relaciones imperiales, no solo con el mundo colonial extraeuropeo, sino incluso dentro de las políticas europeas hasta bien entrado el siglo xx 2. Una parte muy importante de la historia contemporánea de las grandes potencias europeas —Gran Bretaña, Francia y Alemania— no se podría entender sin la inseparable expansión colonial. Otros Estados europeos, como Portugal, España, Bélgica o Italia, con mucho menor peso geopolítico, vieron en esta expansión su oportunidad de demostrar que eran mucho más relevantes en la toma de decisiones del teatro europeo 3.
En todos los casos quedó acreditada la durabilidad de unas agendas imperiales europeas que enfatizaban los vínculos con las posesiones de ultramar como una parte fundamental de su leitmotiv existencial. Una idea expresada hace tiempo por Franz Fanon al intuir el prolongado proceso histórico del expansionismo europeo no solo como un modo de reconfigurar el resto del mundo, sino también como una manera de reconstruir la propia Europa como el producto de sus otros 4. No todas esas agendas imperiales y políticas coloniales podían ser iguales, porque no todas las potencias europeas tenían las mismas capacidades ni siguieron las mismas estrategias. Hace tiempo que la historiografía planteó una categoría de análisis útil, la expresión colonialismo informal, para referirse a una de las estrategias de expansión colonial británica, por ejemplo 5.
Queremos proponer un término complementario, colonialismo menor, para los siglos xix y xx, que haga referencia a elementos comunes que constituyeron las estrategias coloniales de aquellas potencias europeas de segundo nivel en la geopolítica internacional —España, Portugal e Italia—. Por colonialismo menor o de segundo orden debemos entender una política colonial con cierta incapacidad logística para desplegar los recursos necesarios que imponía la ocupación efectiva del territorio a colonizar, en general por falta de capacidades económicas, administrativas y militares, y protagonizada por naciones que se habían incorporado con retraso a la expansión colonial. Fue, además, a pesar de las críticas a franceses y británicos, imitador de sus formas de actuar, lo que desembocó en una curiosa dialéctica en la que, cuanto más trataron de diferenciarse con respecto a los Imperios británico y francés, más similar se volvía su acción colonial. Además, desplegaron otros instrumentos, entre los que la imagen constituyó un elemento esencial para cubrir con «propaganda civilizatoria» lo que la realidad estaba muy lejos de confirmar.
En este dosier se recoge una serie de trabajos cuyos fundamentos metodológicos parten de los estudios visuales de las que podríamos denominar potencias coloniales europeas de «segundo orden», cuyos dominios ultramarinos abarcaron ámbitos territoriales más restringidos. Queremos vincular las temáticas particulares de los artículos con un contexto histórico concreto que permita explorar la relación entre dictaduras y procesos coloniales en el siglo xx, no porque creamos que existe una relación de causalidad entre regímenes políticos autoritarios y la acción colonial, sino para desentrañar los mecanismos de legitimación que esas dictaduras encontraron en la política colonial. El continente africano ofrece un tercer elemento de homogeneidad al dosier al mostrar cómo lo visual constituyó un factor de primer orden en la «africanización» del continente por parte de las potencias colonizadoras. Nos encontramos con el problema inicial de algunas asincronías temporales, puesto que estos diferentes colonialismos tienen un principio y un final temporal diferente, aunque comparten, de manera general, la presencia de regímenes autoritarios en el poder. Así fue en España, entre 1923 y 1931 con Primo de Rivera o desde 1939 hasta 1975 con Franco; en Portugal, entre 1926 y 1974 con Salazar, y en Italia, entre 1922 y 1945 con Mussolini.
Si pensamos en el uso de la fotografía, encontramos algunas características comunes en la visualidad colonial, pero también algunas diferencias que responden a lo que el ojo metropolitano pretendía transmitir a la opinión pública, casi siempre con una misión de propaganda. Las imágenes fueron una forma de hacer visible el mundo desde sus inicios, también el mundo colonial 6. Como afirma Edwards, se puede hacer un estudio de esta fotografía colonial desde ángulos diversos, atendiendo a la «multiplicidad de posibilidades, historias y contrahistorias» que habitan esas instantáneas 7. La fotografía permitía conservar imágenes con una aparente objetividad, lo que animó a los agentes colonizadores a su utilización para capturar sus experiencias y sus encuentros con «los otros», siempre como refuerzo de los prejuicios raciales, la jerarquización de los pueblos y la legitimación colonial 8, como apuntaba Pinney, que también inscribía este tipo de representaciones en los mecanismos del poder colonial, sobre todo en el Imperio británico 9.
Junto con los relatos coloniales aparecían unas imágenes que permitían un cierto control de la información en las metrópolis sobre los lugares ocupados y sus habitantes. Seguir la pista de estas fotografías coloniales no es una tarea fácil, porque su volumen es inmenso y porque hay que combinar el registro exhaustivo de los archivos y las bibliotecas con el de la prensa ilustrada, sobre todo teniendo en cuenta la gran movilidad de este material, que con facilidad traspasaba las fronteras, lo que puede darnos una idea más cabal de lo que fue esa visualidad colonial y su uso como propaganda en las metrópolis. Consideramos también de gran importancia los llamados «álbumes de familia», imágenes de autorrepresentación de africanos que vivían en situación de colonizados o de africanos y afrodescendientes que viven hoy en las viejas metrópolis coloniales. Estas fotografías de personas con nombres y apellidos, que están en su casa o en la de sus familias, contrastan con las imágenes de los miles de africanas y africanos fotografiados en las colonias, es decir, que funcionan también como una contranarrativa a una parte del archivo colonial 10.
España llegó tarde a la empresa colonial africana, pero llegó. Lo hizo condicionada por los intereses de las dos grandes potencias coloniales —Gran Bretaña y Francia—, tanto en Marruecos como en el golfo de Guinea. Fue posible distinguir, desde el inicio del protectorado marroquí y desde la definitiva colonización del golfo guineano, la defensa de un modelo colonizador distinto al representado por británicos y franceses, contraponiendo la idea de que España «no colonizaba, sino que civilizaba». Por «civilizar» debía entenderse no solo garantizar el desarrollo económico y social de los territorios africanos y de la población «primitiva» bajo su soberanía, sino, sobre todo, ejecutar una empresa espiritual que se conectaba con los valores del colonialismo español, el que se había desplegado en América siglos antes a través de la lengua, la religión y la cultura. La crisis colonial finisecular desnudó la fragilidad internacional del país, lo que alimentó la nostalgia de lo que Hanna Arendt denominó «tesoros perdidos» 11. El discurso colonial contaba con una larga tradición intelectual que había fomentado diversos argumentos para acreditar la conexión de la península ibérica con los escenarios norteafricanos 12. Para el caso de Guinea, aunque esos argumentos tenían más difícil encaje, se justificaron sobre la base de que España no llegaba a explotar el territorio o la población más que para traer las luminarias del progreso civilizador.
Respecto al colonialismo visual español, ya hemos comentado en otro lugar 13 cómo, después de unas primeras imágenes de Guinea en el siglo xix, hay que esperar unos años hasta que, tras los grandes conflictos en el protectorado de Marruecos, las autoridades españolas vuelvan la mirada a sus posesiones en el África más profunda. Como mencionamos en un artículo dedicado al gobernador Núñez de Prado, las fotografías intentan visualizar el poder colonial. En este caso concreto, el gobernador y sus acompañantes aparecen retratados en la selva guineana como la imagen del poder, mostrando sus logros en la modernización del territorio, en tanto que la población guineana se presenta en un plano secundario. Solo se les da un cierto protagonismo en las fotografías etnográficas, que proyectan una imagen exótica de salvajes con costumbres todavía bárbaras a los que había que civilizar y cristianizar. Eran imágenes de propaganda y estaban dirigidas a la opinión pública metropolitana, como se observa en la utilización que se hizo de ellas en la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929 y en la retórica colonialista de periodistas como Julio Arija. Quizá el elemento común en el discurso de estos colonialismos secundarios de Portugal, Italia y España sea el afán por aparecer como colonialismos «buenos», «suaves» o «dulces», frente a los de otras potencias.
El conocimiento de la fotografía colonial en África ha ido mejorando, desde los primeros trabajos de revisión de Andrew Roberts, pasando por los trabajos pioneros del colonialismo luso 14, hasta llegar a obras de gran calado 15. Es muy interesante la interpretación que hace Isabel Castro Henriques sobre el «buen colonialismo portugués» 16, un mito basado en los derechos históricos de Portugal en su relación con África. Desde el inicio de su política colonial, los portugueses habían buscado una fórmula para la defensa de un colonialismo que se pretendía distinto al de Francia y Gran Bretaña. Justificaban su presencia en África basándose en unos derechos históricos que garantizaban el contacto y el conocimiento continuo y secular del continente africano. Se generó una forma humanizada del colonialismo portugués fundamentada en una misión civilizatoria, reforzada con mitos antropológicos, históricos y sociológicos. A la vez que se mostraban el salvajismo y la inferioridad de los africanos, se remarcaba el esfuerzo civilizador luso.
El colonialismo portugués —que luego evolucionó al conocido como «luso-tropicalismo», expresión del brasileño Gilberto Freyre para denominar el modo «portugués» de mezclarse con su mundo colonizado— se presentaba como un sistema justo, armonioso y generoso, que no dejaba rastro de violencia o explotación sobre el pueblo subyugado. Isabel Castro Henriques ha explicado cómo el colonialismo portugués recurrió a diversos medios utilizados en publicidad para ilustrar el primitivismo de los africanos, los beneficios de su imperialismo y la aprobación de comportamientos violentos que sustentaban la dominación colonial. La retórica del «buen colonialismo» se mantuvo en diferentes fases de la historia de Portugal y podemos verlo en publicaciones periódicas como la Gazeta das Colonias, fundada en 1924, o la conocida Portugal colonial, que se editó desde 1895 hasta 1970, con un discurso colonial importante en la época del Estado Novo. Según la Gazeta (19 de junio de 1924), Portugal se erguía como una nueva potencia colonizadora, con una actitud civilizadora más suave. Un discurso que se contradice con las llamadas imágenes ultraviolentas en las guerras de descolonización del África portuguesa. Afonso Dias Ramos y Filipa L. Vicente demuestran en sus artículos de este dosier que el colonialismo portugués siguió los mismos caminos, más o menos disimulados, que emplearon otras potencias europeas. Además, tuvo repercusiones no solo para las sociedades africanas de la época colonial, sino también para la sociedad portuguesa poscolonial. Por su parte, el colonialismo español mimetizó los argumentos y las estrategias utilizados por los portugueses para elaborar su propaganda colonial. Alba Lérida muestra en su contribución cómo los colonialistas portugueses miraban con superioridad a sus homólogos españoles. El sistema español no resultó ni menos violento, ni menos ambicioso ni menos represivo. Lo que ambos fueron, influidos por el luso-tropicalismo y el denominado hoy en día hispano-tropicalismo 17, remite a la fórmula que hemos propuesto de colonialismo menor.
En lo que respecta al colonialismo italiano temprano, se implementó en un clima político y cultural que parecía marcado por mitos imperialistas y raciales. La difusión de imágenes fotográficas reflejó de manera indefectible la situación de la nueva colonia italiana de Eritrea. Los colonialistas italianos de la época citaban el imperialismo inglés como modelo a seguir en su aventura africana, aunque otros pensaron que había terminado teniendo más en común con el primer y brutal expansionismo francés en Argelia que con el dominio británico de la India 18.
La primera Italia colonial carecía por completo de un conocimiento visual de las poblaciones colonizadas —y el que se tenía se ligaba a ilustraciones orientalistas y románticas, vinculado a la literatura de ficción y aventuras, como la obra de Emilio Salgari—, quizá por la subestimación de la población local en esta primera experiencia en África Oriental. Algunos fotógrafos profesionales (Ledru, Nicotra, Fiorillo) se encargaron de producir las imágenes de la guerra colonial, las primeras en Massawa, entre 1885 y 1895. Se tomaron numerosas instantáneas de grupo de compañías y batallones, siempre con una intención comercial. Más tarde, el fotógrafo L. Naretti realizó, junto con imágenes de carácter militar, otras de la nueva vida colonial, la construcción de edificios e incluso de desnudos femeninos. Vinculado a la revista la Illustrazione italiana, muchas de sus fotografías se dieron a conocer a un amplio público metropolitano 19. La falta de actividad fotográfica oficial impidió obtener un registro visual coherente de gran parte de la realidad africana y de la vida colonial en Eritrea, pues destacaban más las acciones militares, incluso en la prensa ilustrada burguesa y popular.
A la opinión pública llegaban imágenes de fantasía, en las que el camello y la palmera se convirtieron en los mitos icónicos de las colonias de Eritrea y Sudán. Los «nativos» aparecían como personajes secundarios en una escena colonial que aparentaba estar dirigida por blancos. Frente a algunas interpretaciones que consideran el colonialismo italiano como «suave y moderado», un examen detallado de las fuentes documentales revela una realidad muy diferente. Predominan sobre todo las imágenes militares, algunas de gran de violencia, caracterizadas por el afán de propaganda y la distorsión de la realidad colonial. En la época fascista, la retórica colonial aumentó y tuvo como propagadores a todo tipo de agentes, incluidos los científicos 20. Como indica Jorge García Sánchez en este dosier, las excavaciones arqueológicas italianas se organizaron en esta época de forma militarizada, empleando mano de obra prisionera, bajo la supervisión habitual de arqueólogos con formación castrense, en un clima bélico de «reconquista» colonial con políticas racistas de expulsión de la población de Libia.
Nos encontramos además con otra fórmula, la del tópico «italiani, brava gente», que respondió al mismo esquema del buen colonialismo portugués y español. La idea que alentaba la fórmula italiana era la de que los contingentes humanos que recalaban en los territorios de ultramar los componían trabajadores pacíficos más que colonialistas despiadados, idea utilizada como herramienta para argumentar que Italia debía conservar sus colonias conquistadas antes del fascismo 21. Ciencia, poder y exotismo se mezclaban para sostener la narrativa colonial, pero la realidad distaba de ser la producida por las imágenes o los discursos. El colonialismo italiano se definió, igual que sus homólogos europeos, por una fuerte carga de violencia, racismo y prejuicios, que sirvieron de justificación de la subordinación de la población indígena, cuando no de su aniquilación. La propaganda colonial fascista sobre el «buen colonialista» se implementó por completo en una multitud de formas de representación. Como ocurrió con otros colonialismos menores o de segundo orden, el italiano se construyó como una narrativa sobre la excepcionalidad colonial italiana. Los territorios ocupados se presentaron como una puerta abierta al colonialismo demográfico, basado en una emigración de trabajadores, contrapuesto al imperialismo plutocrático de Francia y de Gran Bretaña.
* Trabajo realizado en el marco de los proyectos «Colonialismo visual y descolonizaciones en el mundo ibérico contemporáneo» (AEI, ref. PID2023-146822NB-I00) y «Transatlantic Crossroads Lab» (TransatlanticLab-101235830, HORIZON-MSCA-2024-SE-01) coordinado por Consuelo Naranjo Orovio (IH-CSIC).
1 S. a.: «El verdadero tamaño de África: así es el mapa que refleja de forma más fiel el continente», El País, 27 de agosto de 2025, https://elpais.com/planeta-futuro/2025-08-27/el-verdadero-tamano-de-africa-asi-es-el-mapa-que-refleja-de-forma-mas-fiel-el-continente.html (consultado el 19 de noviembre de 2025).
2 Elizabeth Buettner: «Europe and Its Entangled Colonial Pasts. Europeanizing the “Imperial Turn”», en Britta Timm Knudsen et al. (eds.): Decolonizing Colonial Heritage. New Agendas, Actors and Practices in and beyond Europe, London, Routledge, 2022, pp. 25-43; Jane Burbank y Frederick Cooper: Empires in World History. Power and the Politics of Difference, Princeton, Princeton University Press, 2010; Antoinette Burton (ed.): After the Imperial Turn. Thinking with and through the Nation, Durham, Duke University Press, 2003; Krishan Kumar: Visions of Empire. How Five Imperial Regimes Shaped the World, Princeton, Princeton University Press, 2017, y Jurgen Osterhammel: La transformación del mundo. Una historia global del siglo xix, Barcelona, Crítica, 2015.
3 Pascal Blanchard, Sandrine Lemaire y Nicolas Bancel (eds.): Culture coloniale en France. De la Révolution à nos jours, Paris, CNRS, 2008; Elizabeth Buettner: Europe after Empire. Decolonization, Society, and Culture, Cambridge, Cambridge University Press, 2016; íd.: «Europeanising Migration in Multicultural Spain and Portugal during and after the Decolonisation Era», Itinerario, 44(1) (2020), pp. 159-177; Alice L. Conklin, Sarah Fishman y Robert Zaretsky: France and Its Empire since 1870. The Republican Tradition, New York, Oxford University Press, 2011; Sebastian Conrad: «Rethinking German Colonialism in a Global Age», Journal of Imperial and Commonwealth History, 41(4) (2013), pp. 543-566; John M. Mackenzie (ed.): European Empires and the People. Popular Responses to Imperialism in France, Britain, the Netherlands, Belgium, Germany and Italy, Manchester, Manchester University Press, 2011, y Roberta Pergher: Mussolini’s Nation-Empire. Sovereignty and Settlement in Italy’s Borderlands, 1922-1943, Cambridge, Cambridge University Press, 2017.
4 Frantz Fanon: Piel negra, máscaras blancas, Madrid, Akal, 2009.
5 John Gallagher y Ronald Robinson: «The Imperialism of Free Trade», The Economic History Review, 6(1) (1953), pp. 1-15, y Andrés Vicent y Rodrigo Escribano Roca: «Presentación: Imperialismo informal en el siglo xix», Ayer, 139 (2025), pp. 13-22.
6 James R. Ryan: «Intoduçao. Fotografía colonial», en Filipa L. Vicente (org.): O imperio da visao. Fotografia no contexto colonial português (1860-1960), Lisboa, Ediçoes 70, 2018, pp. 31-42.
7 Elizabeth Edwards: Raw Histories. Photographs, Anthropology and Museums, Oxford-New York, Berg, 2001, p. 12.
8 James R. Ryan: Picturing Empire. Photography and the Visualisation of the British Empire, London, Reaktion Books, 1997.
9 Christopher Pinney: Camera Indica. The Social Life of Indian Photographs, London, Reaktion Books, 1997.
10 Filipa L. Vicente: «Fotografia e colonialismo», en Miguel Bandeira Jerónimo (ed.): O Império Colonial em Questão (secs. xix -xx), Lisboa, Ediçiões 70, 2012, pp. 423-447.
11 Hannah Arendt: On Revolution, New York, Penguin Books, 1965.
12 Carlos Cañete: Cuando África comenzaba en los Pirineos. Una historia del paradigma africanista español (siglos xv-xx), Madrid, Marcial Pons Historia, 2021.
13 Miguel Ángel Puig-Samper: Miradas coloniales. Fotografía antropológica y colonialismo visual, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2024.
14 Jill R. Dias: «Photographic Sources for the History of Portuguese-Speaking Africa 1870-1914», History in Africa, 18 (1991), pp. 67-82, y Nuno Porto: Angola a preto e Branco. Fotografia e ciência no Museu do Dundo, 1940-1970, Coimbra, Museu Antropologico da Univeridade de Coimbra, 1999.
15 Erin Haney: Photography and Africa, London, Reaktion Books, 2010, y Filipa L. Vicente y Afonso Dias Ramos (eds.): Photography in Portuguese Colonial Africa, 1860-1975, London, Palgrave Macmillan-Cham, 2023.
16 Isabel Castro Henriques: «O bom colonialismo português», en Isabel Castro Henriques (dir.): Deconstruir o colonialismo, descolonizar o imaginario, Lisboa, Colibrí, 2024.
17 Gustau Nerín i Abad: «Mito franquista y realidad de la colonización de la Guinea Española», Estudios de Asia y África, 32(19) (1997), pp. 9-30.
18 Nicola Labanca: «Uno sguardo coloniale. Immagine e propaganda nelle fotografie e nelle illustrazioni del primo colonialismo italiano», AFT, Archivio Fotográfico Toscano, 4(8) (1988), pp. 43-61.
19 Silvana Palma: «Fotografia di una colonia: l’Eritrea di Luigi Naretti (1885-1900)», Quaderni Storici, 109(XXXVII-1) (2002), pp. 83-147.
20 Adolfo Mignemi: «Modelli visivi per un impero. Fotografia ufficiale e privata nei mesi della campagna militare in Etiopia 1935-1936», AFT, Archivio Fotográfico Toscano, 4(8) (1988), pp. 62-79. Para un panorama general, véanse Luigi Goglia: Storia fotografica dell’Impero fascista, Roma, Laterza, 1985, e íd.: Colonialismo e fotografia. Il caso italiano, Messina, Sicania, 1990.
21 Beatrice Falcucci: «Il Museo Coloniale di Roma tra propaganda imperiale, oblio e riallestimento», Passato e Presente, 112 (2021), pp. 83-99.