Ayer 138 (2) 2025:49-74
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2025
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2063
© Joan Pubill Brugués
Recibido: 20-06-2023 | Aceptado: 29-04-2024 | Publicado on-line: 07-04-2025
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

El lerrouxismo en tiempos de «crisis de la seguridad». Armas, violencia política e inseguridad ciudadana (1901-1909)

Joan Pubill Brugués

Universitat Autònoma de Barcelona
joan.pubill@uab.cat

Resumen: En un contexto de inseguridad ciudadana provocada por la oleada de atentados terroristas, la proliferación de armas y la sensación de desamparo respecto de la actuación de las fuerzas estatales, la familiaridad del republicanismo catalán con las armas degeneró en violencia armada (1901-1909). A través de material de archivo, fuentes primarias y material hemerográfico, el presente artículo abordará los esfuerzos para adquirir armamento, de qué forma se emplearon las armas y la naturaleza interclasista de la tenencia.

Palabras clave: lerrouxismo, republicanismo, armas, violencia, inse­guridad.

Abstract: In a context of citizen insecurity caused by the wave of terrorist attacks, the proliferation of illegal weapons in society and a feeling of helplessness regarding the actions of the State, the familiarity of Catalan republicans with light arms degenerated to armed violence (1901-1909). Through primary, documentary and press sources, this text will address the efforts to acquire weaponry, how firearms were used and the interclass possession of small weapons.

Keywords: lerrouxism, republicanism, weapons, violence, insecurity.

De miedo, armas, partidos y ciudadanos. El auge del republicanismo catalán y la «crisis de la seguridad» (1901-1909)

Si Stefan Zweig describió el periodo previo a la Gran Guerra como el «mundo de la seguridad», un lugar donde la estabilidad regía el quehacer cotidiano, esa placidez no era más que «una ilusión», «un castillo de naipes» 1. Aunque esos años parecieran un paraíso perdido en comparación con la convulsión de la posguerra, la brutalidad era intrínseca a la sociedad europea de la Belle Époque 2. Como en otras urbes, los barceloneses no escapaban de los «miedos urbanos» derivados de la modernización y que causaban una sensación de indefensión y vulnerabilidad 3. Entre 1901 y 1909, las noticias escabrosas de riñas con navaja, de heridos por petardos, de homicidios con revólver y agresiones con arma de tiro salpicaban las crónicas de sucesos. «Tras los tiros, las bombas; tras las bombas, los tiros, y de este círculo “vicioso”, digámosle vicioso, no salimos», evocó en sus memorias Josep Maria Francés 4. Vivir «un día con huelgas, el otro con asesinatos, otro con bombas» era un riesgo que convertía la ciudad en un «peligro para los de dentro» 5. Prueba de la inseguridad era que los indianos, «la población inmigrante que a raíz de la catástrofe nacional fijó aquí su residencia, ha comenzado a levantarla para vivir tranquila en otras partes». A principios de 1906, se calculó que había «más de 8.000 cuartos desalquilados» 6.

Partiendo de esta zozobra social, el presente texto quiere reflexionar sobre la relación del republicanismo con las armas en su periodo de reorganización y expansión en Cataluña (1901-1909). Con este fin, se pondrá el acento en los intentos para proveerse de armamento, en cómo se empleó y en la familiaridad transversal que tuvo en el seno del movimiento republicano. Un aspecto, el de la circulación de armas, que no ha sido tratado historiográficamente por las grandes monografías sobre la violencia 7. Esta ausencia sorprende porque, a la fama de ser una fábrica de bombas, como quedó patente en el infame «caso Rull» 8, la capital catalana sumó tener que lidiar con el tráfico ilegal de armas debido a una vigilancia portuaria particularmente precaria, tal y como lamentaban algunas autoridades ya en 1898 9. Además, el acceso a ellas era preo­cupante, ocasionando sucesos tan horripilantes como la muerte de un niño por un disparo fortuito mientras sus compañeros jugaban con una pistola 10. En sus memorias, el escritor Joan Puig i Ferrater dio un ejemplo de la accesibilidad a las armas. De niño pudo adquirir «un revólver», como confesó, con la intención de matar a su padre 11. Josep Pla especificó que, con el crepúsculo del siglo xix, «el arma de los valientes, que durante tantos años fue el cuchillo, fue sustituida, más adelante, por la pistola y el revólver» 12. La Dinastía denunció lo tétrico del paisaje urbano: «Barcelona ya no es una ciudad morigerada, sino que en ocasiones parece seguro refugio de la criminalidad». «En un momento dado», certificaba con horror, «pueden reunirse cuatro mil guapos» 13. La ratio de agresión y homicidio por arma se vinculaba al atavismo, a un retraso civilizatorio 14. Pero la proliferación de armas de fuego no solo iba asociada a los pinxos, los maleantes. Los obreros empezaron a usarlas en los conflictos laborales. En la huelga parcial de 1908, fue habitual que las refriegas entre carreteros huelguistas y esquiroles se dirimieran «cruzándose disparos» 15.

La incapacidad de los resortes estatales para contralar la situación era una realidad asumida. El gobernador civil de Barcelona, Ángel Ossorio, no dejaba de recordar su «eterno tema de que los agentes de la Autoridad deb[ía]n contarse en Barcelona por millones» 16. El clima de angustia era tan agudo que se consideró «utilizar mujeres y niños» para la vigilancia 17. Incluso los dinásticos condenaban una policía precaria y la nula voluntad gubernamental de dar auxilio a los barceloneses mediante una reforma de ley más efectiva contra el crimen 18. Esta ineficacia institucional condujo a apostar por propuestas cívicas amparadas desde los partidos. Después del atentado de la calle de Ferran VII a finales de 1904, Francesc Cambó formuló abiertamente: «Si tú, Estado, no sabes o no quieres prestar la garantía de las vidas de los ciudadanos, déjanos hacerlo a nosotros». Alegando que carecían «de un cuerpo de seguridad», los republicanos también insistieron en «la creación de un cuerpo de seguridad y vigilancia escogido y bien retribuido», al tiempo que lamentaban la situación: «pobre Barcelona si el Gobierno no se preocupa de su buen nombre y de la seguridad de sus habitantes» 19. Estas propuestas se concretarían un año después. Las clases pudientes tomaron cartas en el asunto con la Lliga de Defensa de Barcelona el 20 de enero de 1907, activa hasta marzo de 1909. En una reunión en la sede del Foment del Treball Nacional, tras el petardo en la calle Pechina, acordaron «la formación de un cuerpo especial que, independiente del Gobierno, y sin intervención de estas autoridades que no saben ser autoridades, persigan las bestias que trastornan y turban la seguridad de las personas honradas» 20. Esa policía, legalizada como la Oficina de Investigación Criminal (OIC) bajo la batuta de Charles Arrow, inspector de Scotland Yard, plasmó el espíritu de malestar ciudadano general, pero, al mismo tiempo, acentuó la desconfianza hacia las instituciones y ahondó en la discordia entre formaciones políticas 21.

Para resarcirse de las suspicacias que les tachaban de ser inductores de los petardos, la Unión Republicana barcelonesa fundó junto con diversas sociedades obreras el Comité de Defensa de los Derechos del Hombre en el Teatro Condal en mayo de 1905. Alejandro Lerroux y el anarquista Tomás Herreros quisieron combatir a los «cuatro alocados, que despojados de todo sentido moral hacen del terrorismo un arma» y a la vez oponerse al «terrorismo blanco de los poderes públicos» 22. Si en el verano de 1903 hablaron de una milicia republicana, un «brazo armado», con el fin de que «los ciudadanos acudan tranquilos a sus reuniones, porque saben que, en la sombra, entre la multitud, hay quien vigila y quien impedirá que prosperen inicuas maquinaciones» 23, el republicanismo quiso movilizarse como alternativa a las competencias estatales y a la que consideraba una «policía burguesa» 24. Sin embargo, las funciones de seguridad derivaron en refriegas que aumentaron la desazón. Tras el tiroteo que siguió al Banquet de la Victòria, la «gente de bien» pidió abiertamente que, ya que no se hacía justicia «ni por las bombas ni por las pasiones políticas sin freno», «las personas decentes puedan hacer uso de armas en defensa propia, único medio para frenar a todos los que trabajan para nuestra ruina» 25. El despliegue de los «jóvenes bárbaros», esas «valientes tropas de choque, necesarias en unos tiempos en que la política se acompañaba a menudo de violencia» 26, convirtió a los lerrouxistas en el principal factor de distorsión de la vida pública en los años de la Solidaritat Catalana. El republicano solidario Juli Marial espetó a unos agentes que «ustedes no hacen ninguna falta aquí. Los ciudadanos se bastan ellos solos», cuando en el mitin celebrado en la plaza taurina de las Corts en octubre de 1906 se constituyó una «policía de los ciudadanos» que expulsó, precisamente, a unos antisolidarios, confiscándoles «algún cuchillo, dos o tres revólveres y un estilete hecho de un trozo de espadín» 27.

Si bien para Joaquín Romero Maura la espiral de violencia lerrouxista tuvo como eje una «provocación protectora» frente a los múltiples embates a derecha y a izquierda 28, el uso desinhibido de la violencia armada, como puso de relieve John Randolph ­Mosher, desencadenó una «política de terrorismo urbano» que sobrepasó la esfera de la disensión partidista para devenir un asunto cívico 29. Tras los comicios de abril de 1907, Ángel Ossorio telegrafiaba que empezaba a «recibir armas de los cacheos de anoche. No sé si habrá en España población alguna con igual derecho que esta de recabar presencia de más fuerza de la Guardia civil» 30. El gobernador civil de Barcelona mentaba el volumen alarmante de pistolas, facas y cuchillos que se encontraban ilícitamente en manos del movimiento lerrouxista. Se habían «ocupado 200 armas más», por lo que devolvió «algunas lícitas» y ordenó «inutilizar la mayoría» 31.

¿Armas para qué? Entre el aprovisionamiento revolucionario y la institucionalización

A raíz de unas palabras de desprecio hacia el anarquismo proferidas por Adolfo Marsillach a finales de 1901, Joaquim Prat y el grupo Alba Social acusaron a los republicanos de vivir en y para «el justo medio». Para los ácratas, bajo el manto progresista, anticlerical e inconformista, el republicanismo no dejaba de ser un movimiento conservador. Un lustro después, La Tralla recibió con sorna los rumores de una inminente revolución lerrouxista. Los nacionalistas catalanes cargaron contra «los cuatro bullangueros ociosos que forman la mal pagada comparsa del gran actor de los Josepets» que «ni son pueblo, ni multitud, ni realizan actos, sino chiquilladas» 32. Sacando a colación los cinco mil manifestantes que El Progreso contabilizó en la recepción del dirigente republicano en Barcelona, se sugirió mordazmente que, con esa nutrida falange, «si Lerroux quiere hacer la revolución, la hará» 33. Todas esas suspicacias dudaban de la esencia misma del movimiento: la voluntad de sublevarse contra el régimen monárquico mediante un levantamiento popular.

Con todo, hay un factor que no es especulativo: los republicanos disponían de armas y su uso fue motivo de inquietud pública. Y es que «las amenazas, las imposiciones, los ataques, los atropellos de todo tipo se han ejercido contra los regionalistas, contra los republicanos, contra los solidarios, contra los federales, contra los mismos librepensadores» 34. Tantas disrupciones alimentaron el rumor de que Lerroux y sus correligionarios comían de las arcas de los fondos reservados 35. Las habladurías empezaron a circular en la campaña electoral de 1901. El federal Baldomer Tona alertó a sus compañeros de «esos socialistas de doublé, esos Lerroux que están engañando al pueblo, porque vienen pagados por los mismos Gobiernos que nos rigen» 36. En Vic, los integristas también incidieron en que Lerroux «había venido a Cataluña para matar el hambre, engañar a los catalanes y prevaricar nuestra humildísima sociedad» 37. No obstante, fueron los regionalistas los que más insistieron en mostrar el republicanismo como un movimiento artificial: acusaron a Miquel Socias, gobernador civil de Barcelona (1901-1902), de alentar «la anarquía-monárquica» 38.

Durante los años en que Segismundo Moret ocupó la cartera de Gobernación hubo una clara intencionalidad de promover el republicanismo para frenar el auge del catalanismo. Se sabe que los liberales tenían informantes dentro del movimiento. Cuando fue detenido en la redacción de El Progreso «el sujeto Matamala», a quien «se le ha ocupado otra pistola Browning», escribió Ossorio que «me aseguran que puede dar noticias de él Moret por haberle prestado servicios de confidencia» 39. Eran los años en los que Lerroux presentaba el movimiento como el bastión de la españolidad en Cataluña. Para los catalanistas, la violencia de los comicios de 1901 se explicaba porque Socias abrió «las puertas de la prisión a todos los matones [pinxos], quincenarios, taruguistas y demás representantes de la ladronería para que con su presencia en los colegios electorales acobardasen a la gente de bien», una violencia que luego se reprodujo «entre aquellos quincenarios y la policía que, para devolverlos en chirona, tuvo que cazarlos a tiros de revólver» 40. Tras el «Banquet de la Victòria», los catalanistas deploraron que «hemos vuelto en los tiempos de Socias» 41. Sospecharon que «había conveniencia entre dichos sujetos [de la policía] y aquellos que por arte de magia encontraron en posesión de revólveres, cuchillos y garrotes» 42. «Ayer, como siempre, los lerrouxistas actuaron de agentes del Gobierno civil», comentó La Veu a raíz de la reunión de la Junta provincial de la Unión Republicana, donde los antisolidarios en minoría perpetraron «un atraco a tiro limpio» contra los fieles a Salmerón 43. Un sindicalista como Adolfo Bueso hizo notar que «todo el elemento oficial de la ciudad condal», es decir, «la policía, la guardia civil y las fuerzas de la guarnición», apoyaba a unos lerrouxistas identificados con el orden 44.

No obstante, afirmar que el movimiento republicano estuvo orquestado desde arriba es arriesgado. No es plausible pensar que Madrid financiara —y armara— un movimiento antimonárquico. Además, no hubo una política estatal coherente; la actitud varió dependiendo de los hombres que ocupaban el poder. Lerroux y sus seguidores habrían sido un aliado táctico, tolerado y utilizado como contrapeso en determinadas circunstancias. De hecho, la crítica republicana a las fuerzas del orden era vehemente. Durante la ola de atentados, denunciarían el «pugilato establecido entre los de seguridad para romperse la crisma o ganar un ascenso o una recompensa» 45. El inspector Antoni Tressols, jefe de los servicios de la policía e intermediario entre Joan Rull y los gobernadores civiles entre 1905 y 1908, estuvo en la diana hasta su dimisión 46. El agente especial de vigilancia Antonio Ramírez, más conocido como Memento, sería severamente atacado por «abusar continuamente de su cargo» en sus detenciones agresivas a republicanos 47. Además, no deben olvidarse los encontronazos armados. En el festejo del Jubileo de la Revolución en 1901, «varios hombres del pueblo, detrás de los árboles, hacían fuego contra los agentes» 48. En 1906, los antisolidarios rechazaron mediante «un disparo de arma de fuego» a los jinetes de la Guardia Civil que cargaron contra la multitud «sable en mano» en una manifestación anticlerical 49. En un acto conmemorativo de la Gloriosa en Sabadell, se criticó la actitud policial de «sablear el vacío espacio» para amedrentar a las masas 50.

A pesar de las mofas de terceros, los republicanos se esforzaron en proveerse de armamento para un levantamiento. Lerroux recordó cómo «brujulearon» inútilmente París y Bruselas «sin haber adelantado un paso en la gestión para el abastecimiento de armas» en 1902 51. Durante el verano del año siguiente, la legación española en Bruselas informó de «los proyectos republicanos de introducir en nuestro país fusiles y municiones de guerra» y rogaba a las autoridades consulares que contactaran con las aduanas belgas para controlar las expediciones de armas y municiones que salieran para España o sus fronteras 52. En otoño, el cónsul de Perpiñán alertó a las autoridades de que «se nota agitación en la frontera» y creía que «se trata de introducir armas para los republicanos» 53. En 1904, con el apoyo de Ricardo Fuente, publicista y periodista, y el veterano militar republicano Nicolás Estévanez, se urdió un levantamiento cívico-militar con el respaldo económico de la red de republicanos exiliados en Argentina para comprar armas. El golpe, con todo, fue desautorizado por Salmerón cuando se enteró de los planes 54. También parece que se cocinaba una «revolución lerrouxista y anarquista» para abril de 1905. A través del socialista Léon Funérmont, querían conocer «las armas reformadas disponibles en ese país y en Suiza» 55. Herreros, desilusionado con Lerroux, confesó unos años después a Ossorio que «para ello se fabricaron 200 bombas Orsini», cosa que el gobernador relacionó con «el hallazgo de las diez Orsini encontradas hace poco en una atarjea de San Martín» 56. Un agente infiltrado en el grupo de París sostenía que en aquel momento existían «solo en la ciudad de Barcelona 17.000 fusiles Mauser en manos de otros tantos conjurados, y en Valencia y su huerta más de 20.000 fusiles Remington, repartidos igualmente» 57. Dos años después, el embajador español en París alertó de que «revolucionarios portugueses se agitan mucho también y es de sospechar que lo hagan de acuerdo con Lerroux y otros españoles» 58.

Sin embargo, los crecientes éxitos electorales provocaron que el movimiento se centrara en el arraigo institucional. Algunos denunciaron la malversación del dinero argentino para las armas 59. En un informe, Teodor Baró comentó que los lerrouxistas eran dados «desde tiempos inmemoriales al jaleo», pero «sin ánimos para hacer un verdadero movimiento social. Su fuerza depende de la contemplación que le tengan los Gobiernos y del disfrute en que vienen estando del presupuesto municipal» 60. De allí la lucha enconada de los partidarios de Lerroux por la hegemonía municipal. En los comicios de 1906, Ossorio certificó que «la excitación era muy grande» en la Casa del Pueblo, y que «me consta que los elementos exaltados se proveen de armas y que proyectan los antisolidarios alterar mañana el orden para dificultar la constitución de algunas mesas y lograr el retraimiento de los electores enemigos» 61. Si bien insistían en que «cuando se pueda socavar el régimen, se le socava, cuando se le pueda derrumbar, se le derrumba» 62, que «el choque es imprescindible, como imprescindible es la violencia» porque «la revolución provoca escenas de terror, crímenes execrables, confusión y caos» 63, donde más se visibilizó el empleo de las armas fue en su uso contra otros grupos políticos. En las elecciones de 1908, en una campaña donde los lerrouxistas mantuvieron un perfil violento más bajo, Cambó auguró que «estas elecciones serán sangrientas» si los lerrouxistas «ven perdida la batalla» 64, porque se jugaban mucho. El dirigente regionalista no iba desencaminado: unos «grupos de republicanos antisolidarios procedentes de los pueblos limítrofes y aún de Valencia» iban a Barcelona «dispuestos a hacer causa común con los lerrouxistas y provocar disturbios si el resultado de la elección fuese contrario» 65.

De la regeneración al matonismo: la especificidad lerrouxista

En una de sus caricaturas en La Publicidad, el polifacético Apel·les Mestres dibujó un republicano según los parámetros concebidos por el diputado catalanista Ignasi Girona: como una «divinidad india», sujetando una papeleta de voto en una mano, blandiendo un puñal en la otra, fumando una pipa con una tercera y, por último, empuñando un revólver 66. En el imaginario, el fraterno, el republicano radical, el antisolidario, en fin, el lerrouxista, era un individuo violento y, bajo este aspecto caricatural, armado hasta los dientes. Cuando se detuvo a un individuo que amenazaba a serenos y a policías en la calle barcelonesa del Lleó, en el centro histórico de la ciudad, y le encontraron «una navaja, y quince cartuchos de pistola, creyéndose que debió tirar esta en alguna alcantarilla», La Veu concluyó sardónicamente: «¿Navaja y pistola? Debió de ser de los que iban a buscar jarana en el meeting de la mañana» 67. La acusación no era gratuita. La tenencia era una realidad entre los militantes republicanos. En las elecciones de 1907, la escena de unos inspectores incautando «una navaja, un revólver, y varias cápsulas» a un antisolidario fue habitual 68.

Con todo, la historia del republicanismo con las armas data de largo y se nutre de una larga tradición insurreccional, patente en numerosas conspiraciones y levantamientos a lo largo del siglo xix 69. Sin embargo, con la disolución del anarquismo tras los procesos de Montjuic en 1896, el movimiento obrero reorganizado bajo la bandera republicana agravó la psicosis colectiva sobre la inseguridad a raíz del uso de las armas. Aunque los republicanos no fueran los únicos en armarse en el tránsito de siglo, como lo prueba la algarada carlista de 1900, sí que su praxis, naturaleza y manifestaciones adquirieron unas particularidades a reseñar. Al contrario de la propaganda por el hecho, marginal y anatemizada por una gran parte del proletariado catalán, la belicosidad del republicanismo novecentista fue un elemento de movilización con el claro objetivo de intervenir directamente en la vida política. Aunque Josep Pla aseverara críticamente que dicha práctica respondía a «todas las armas de la demagogia y de la estrategia de la canallería más frenética» 70, la violencia armada no fue un arrebato primitivo o irracional. La actitud de los republicanos catalanes no fue unánime y varió coyunturalmente. Además, el empleo de las armas respondió a unas contingencias que deben tenerse en cuenta para comprender la especificidad del lerrouxismo.

La primera gran manifestación del empleo disruptivo de las armas tuvo lugar en las elecciones de noviembre de 1901. Durante toda la jornada, grupos republicanos propinaron palizas a los que creían que pasteleaban. Pasadas las tres de la tarde, cincuenta republicanos «armados con garrotes y mostrando sus cuchillos y facas» atemorizaron a los electores en el colegio de la plaza de Santa Anna, pero varios disparos los disuadieron. Quince minutos después, irrumpieron con cien hombres, capitaneados por Alejandro Lerroux y Lorenzo Ardid, la mayoría llevando «revólveres, pistolas y facas». Durante veinte minutos, sonaron «más de 100 disparos», dejando unos cuantos heridos graves. La actitud de los asaltantes fue tan indigna que «de algunos balcones de casas particulares dispararon y les arrojaron ladrillos y otros objetos» para dispersar a los agresores 71. La perturbación se vivió como una «escena de barbarie». Se tuvo la impresión de que la ciudad habría caído en el caos «si los mismos ciudadanos no hubieran organizado la única defensa allí donde no hay Estado, ni Gobierno, ni organización política: la defensa de uno mismo por uno mismo» 72. Los carlistas señalaron que, «a falta de fuerzas de policía», «un grupo de electores se decidió a evitar por ellos mismos cualquier golpe de mano» 73. La Veu consideró el ataque como «excesos dignos de la más estúpida kábila africana». La situación obligaba a ir «todo el santo día con el revólver en el bolsillo» y la única solución pasaba por «hacer lo que se hace en Marruecos o en Turquía: ponerse bajo el amparo de un consulado cualquiera» 74. Incluso los fusionistas vaticinaron que Barcelona «ha de quedar convertida en una de aquellas capitales de Centro América, donde el motín es norma de vida y todo se desenlaza a tiro limpio» 75.

A pesar de la conmoción, los republicanos concibieron esos atropellos a punta de pistola con fines de regeneración democrática. Días antes de la refriega en la plaza de Santa Anna, los republicanos amenazaron con que «del presidio se sale, pero del cementerio nadie vuelve» 76. Como declararon, «estamos preparados y sabremos imponer la legalidad, sino [sic] se puede de otro modo, a garrotazos» 77. Veían necesaria una patrulla incesante para «impedir a todo trance que circulen las ruedas de falsos electores organizadas por catalanistas y gubernamentales» mediante el auspicio de «columnas volantes» 78. Las invocaciones a la violencia se reiteraron cada vez que el ciudadano era llamado a las urnas. «Los electores republicanos deben acudir a los colegios con la papeleta en una mano y el revólver en la otra», les recordó Lerroux en 1903 79. El día antes de ir a depositar el voto, ya exhortó a sus correligionarios: «Al ladrón [de las actas] arrancarle los documentos, y si se resiste, los documentos y el alma» 80. En 1905, el candidato Josep Magriñà Martí, escogido edil en un barrio sociológicamente obrero, no dudó en aconsejar «“el palo y el revólver” para las elecciones» 81. Estas alusiones al voto armado fueron un ejercicio de gimnástica revolucionaria en sintonía con un conspiracionismo insurreccional a veces aventurero, como la salida nocturna de septiembre de 1898, cuando «unos 30 hombres armados de armas cortas» salieron del Círculo Federal de Sants hacia las Corts sin transcendencia alguna 82.

No obstante, la polarización de la política catalana a raíz de la ley de jurisdicciones provocó un vuelco. Durante los eventos del Banquet de la Victoria, se sabe que Lerroux se encontraba en París «muy impaciente por ver terminar el proceso Malato-Vallina, para poder ocuparse cómodamente de los asuntos políticos —preparativos para el movimiento revolucionario— por el cual dejó Barcelona» 83. A finales de año, se tenía planeado «promover una algarada contra las instituciones» con un grupo de «ochocientos hombres» en Huesca, Barbastro y Lleida 84. Con la formación de la Solidaritat Catalana y el subsecuente clivaje entre los partidarios de Salmerón y los antisolidarios o lerrouxistas, los segundos se valieron de las armas para intimidar a sus rivales. Si bien pueden trazarse paralelismos entre las cuadrillas republicanas y las «partidas de la porra» decimonónicas 85, las huestes de «jóvenes bárbaros» hicieron de la agresión armada una seña de identidad. José María Muelas, «muchacho de 17 años, redactor de “La Rebeldía”», encabezó la irrupción a la imprenta del semanario catalanista Metralla 86. Un año después, se intentó otro asalto violento 87. Bajo este prisma, el atentado de Hostafrancs fue un eslabón, aunque el más grave, de una tendencia al extremismo que, a pesar de conmocionar la opinión pública, no cesó. Días después, «un sujeto que trataba de agredir al Diputado provincial Sr. Tona» fue detenido delante de un colegio electoral, «ocupándole un revólver, 12 cápsulas y un cuchillo de grandes dimensiones» 88. Al mes siguiente, un «grupo de unos veinte republicanos» dispararon a quemarropa al alcalde de la Pobla de Claramunt y a su secretario cuando estos cogían el tren para Igualada 89. Una agresión que pone de relieve que la virulencia lerrouxista no era exclusivamente metropolitana.

En este sentido, el republicanismo antisolidario catalán mantuvo un carácter bronco que empezó a asemejarse al valenciano 90. De hecho, un cuadro del lerrouxismo, Josep Jordi Vinaixa, tenía aún «un proceso por atribuírseme disparar con arma de fuego a Soriano» 91. Un despechado Franz Arthur Cleveland, orador suizo invitado a hablar en un mitin en Barcelona por los lerrouxistas y luego abandonado tras ser detenido por su discurso, denunció que «Lerroux, para defenderse y molestar, alquila valencianos porque los que le siguen no son buenos mastines» 92. Tras la agresión del Banquet de la Victoria, Frederic Rahola alertó en el Congreso de que «se inicia otra nueva forma de anarquía, el matonismo, ese matonismo que imperó con otro carácter endémico en otra ciudad republicana, puesto que han salido a la calle los matones con navaja y revólver a imponer la violencia» 93. Se leyó el proceder agresivo como un modus operandi alógeno a las costumbres cívicas catalanas. De ahí el miedo a que «los fanáticos o los pinxos de la Unión Republicana» pretendiesen «hacer de Barcelona una segunda Valencia», una ciudad «donde se dirimen a tiros y cuchilladas las diferencias políticas de los ciudadanos» 94. Prueba de esa furia violenta fue la muerte del joven Fulgencio Clavería, víctima de la bala perdida de un correligionario cuando reventaba un acto solidario 95.

Si bien estos episodios violentos convirtieron a los lerrouxistas en un factor de desestabilización, no debe perderse de vista que los republicanos solidarios también desponían de armas. El Diluvio contó jocosamente que «un sujeto lerrouxista», tras el mitin de l’Aplec de la Protesta, «intentó agredir con arma blanca a un solidario» y que «éste se sacó una pistola máuser, ante cuya vista el de la navaja echó a correr como alma que lleva el diablo» 96. No deja de ser revelador que «los grupos de ciudadanos encargados del orden» durante el Aplec de la Protesta contra la Ley de Jurisdicciones fueran «republicanos todos» 97. Sin embargo, a diferencia de los republicanos históricos que solo querían empuñar los fusiles «para demostrar, con salvas, que el pueblo ha proclamado la República» 98, los lerrouxistas o antisolidarios animaron una confrontación armada proactiva que les valió el estigma de matones. Esto se reflejó durante la celebración de la Junta Provincial de Barcelona en diciembre de 1906, cuando un grupo afín a Lerroux interrumpió a tiros la reunión para evitar una moción favorable a Salmerón 99. Aunque se quejaran de que la prensa conservadora afirmase que «esos cargan las bombas, esos arman el brazo de Artal, esos sublevan a las masas» 100, asaltaban bailes de sardanas a «bofetadas y palos» y con detonaciones «al parecer de armas de fuego» 101. Los regionalistas explotaban esa congoja proclamando que, debido a las «turbas de malvados» que «se lanzan a la calle a protestar con garrotes y a tiros», «estamos peor que en Marruecos» 102. Ante la pregunta obligada de por qué la lucha callejera fue desigual si cada uno de los bandos contendientes estaba bien pertrechado, Mosher señaló con agudeza que los solidarios intentaron desprestigiar a sus rivales dejándoles hacer 103. La hipótesis sobre la actitud permisiva parece confirmarse en un telegrama de Ossorio, quien comentaba con sorpresa al ministro que «es extraño la absoluta pasividad de los solidarios» 104.

Consciente de los excesos, Josep Antoni Mir i Miró declaró que «se nos acusaba de terroristas, de asesinos, de ladrones» un año atrás, para resaltar que los ánimos se habían templado y que, a finales de 1908, «se nos considera como un factor necesario para la vida de Cataluña» 105. Si bien las autoridades ya percibieron que «los antisolidarios se revisten de calma» y su actitud «es premeditadamente moderada», esta tibieza no implicó ningún desarme. Ossorio temió que los lerrouxistas quisieran «cobrárselo todo junto» el día electoral 106. Solo en el distrito Sur se les incautaron «89 armas»: «siete revólveres, dos pistolas, 69 navajas y 17 cuchillos» 107. Dos meses antes ya boicotearon un mitin carlista en Mataró, donde hubo un balance de 15 o 20 heridos 108. Aunque con menor intensidad, la agresividad continuó como rasgo definitorio. En febrero de 1909, «como de costumbre», reportó Ossorio, «los solidarios temen agresiones y atropellos» porque los lerrouxistas «se jactan de que harán una irrupción en Sabadell» 109.

La «purria» armada. Sobre politización, clases y armas

Durante la campaña electoral de noviembre de 1905, Narcís Fuster hizo un retrato de un joven Alejandro Lerroux recién ­desembarcado en la capital catalana con unos trazos sin duda elocuentes. El candidato catalanista al segundo distrito barcelonés describió al tribuno republicano con «un pañuelo en el cuello, la americana deshecha y un revólver en cada bolsillo, capitaneando esas turbas con pretensiones de terroristas que se pasean por las calles de Barcelona» 110. Estos rasgos pintorescos proyectaban la imagen de un movimiento violento, cuando no criminal, surgido de los bajos fondos. La entente inicial entre Lerroux y los represaliados anarquistas sirvió para avalar un recelo clasista: el republicanismo barcelonés se nutría del lumpen urbano. Esta descripción reunía los lugares comunes con los que se iría codificando el mito lerrouxista, una leyenda que los propios dirigentes, con su verbo demagógico, y los militantes, con sus broncas, ayudaron a asentar hasta el estallido de la revolución de julio de 1909.

Los regionalistas definieron a esa mélange de republicanos libertarios en torno a La Publicidad como «la purria, la escoria» 111. Los lligaires aclararon que esos dicterios no iban «para la clase obrera», sino para «un tipo de chusma de las clases media e intelectual; para un tipo de déclassés» que concitan «el odio de la clase obrera contra el catalanismo» provocando «agresiones a las personas y a las propiedades» sirviéndose «de agentes obreros... o criminales... republicanos, socialistas, ácratas o libertarios...» 112. Esa «purria de la sociedad» se alimentaba de «los forasteros sectarios, por un lado, y de los fanáticos rojos, por el otro» 113. Es decir, era constituida por «el pinxam» [matonería], nunca por «los dignos trabajadores» 114. No obstante, el tono clasista fue alimentado, desde los albores del movimiento, por los mismos republicanos. En 1901, Daniel Ortiz Sánchez, periodista santanderino afincado en Barcelona, arguyó que «el duelo» imaginario entre Basilio Paraíso, regeneracionista aragonés, y Enric Prat de la Riba, teórico del nacionalismo catalán, no sería «a sable, ni a pistola, sino a metro. Que es el arma de las clases neutras» 115. El guiño perverso a la virilidad de los biempensantes sería explotado con más ahínco por los lerrouxistas, quienes reivindicarían, además, esa condición desarrapada. Los Descamisados tenía como subtítulo «Semanario de la purria» y Emilio Navarro firmaba como «Juan de la Purria» sus libelos antisolidarios. Más allá de las (auto)representaciones, Antoni Rovira i Virgili perfiló la base lerrouxista como un grupo de «viejos republicanos, obreros anarquizantes, inmigrados anticatalanes y bajos fondos sociales, con una plana mayor de logreros» 116. Una imagen sociológica que la historiografía ha avalado 117, pero que merece algunas consideraciones.

La Unión Republicana, y posteriormente el Partido Republicano Radical, actuaron, como Joan B. Culla explicó, como un partido socialista sin el estricto sesgo de clase 118. De este modo, no debe sorprender que acogiera en su seno capas sociales inmigrantes o marginales. Las repetidas acusaciones acerca de las colocaciones durante las sesiones plenarias del consistorio barcelonés permiten entrever que buena parte de la masa electoral republicana era de extracción humilde. Con la mayoría republicana en 1903, hubo innumerables quejas de que las brigadas municipales estaban repletas de «pinxos y abonados a las tabernas, los cuales insultan y amenazan a los que les quieren hacer trabajar» 119. Se denunció que «el señor Corominas llena las brigadas con individuos de la Fraternidad Republicana, hasta el punto de hacer exclamar al señor Marial», el alcalde accidental, de adscripción republicana, que «todos los pinxos de Barcelona están en las brigadas» 120. Lo que empezó siendo una fórmula para dar trabajo a obreros en una situación delicada se convirtió en un trampolín de prebendas y credenciales para gente poco formada. La cultura política republicana no escapó al canje de favores ni a la articulación de una red caciquil 121. En Barcelona, esta política también se normalizó. En 1907, «unos cien obreros» se personaron frente «la redacción del diario El Diluvio, profiriendo gritos de “queremos pan y trabajo”» 122. Huelga decir que los concejales fraternos no inventaron el nepotismo; este vicio era ya una lacra en la administración caciquil dinástica. La diferencia estribaba en que los receptores de los cargos no eran potenciales electores atrapados en una red clientelar, sino correligionarios de la Casa del Pueblo.

La relación entre el hampa y el movimiento republicano puede examinarse a la luz de la figura del pinxo Nicolás Gálvez Martínez, más conocido por el sobrenombre de Gregorio Brau Caballero o El Aragonés, a quien Lerroux visitó en el hospital de la Santa Creu después de ser agredido por Manu Compte, un matón a sueldo, en marzo de 1902 123. La visita del caudillo a un conocido malhechor provocó un gran revuelo mediático, porque parecía justificar los prejuicios sobre sus seguidores. Los lligaires reafirmaron que la riña sangrienta entre matones respondió al choque entre la «alta mafia» dinástica, dirigida por «en Planas, en Comas o en Collaso», y la «baja mafia» de los «Lerroux, Junoys y otros pseudo-republicanos de casa y boca» 124. La justificación de los republicanos ayuda a entender la delicada triangulación entre inmigración, bajos fondos y lerrouxismo. El Brau había prestado «al partido sus servicios» por ser republicano, «gratuitamente y hurgándose los bolsillos siempre que era menester». De este modo, la visita no fue un acto «denigrante, sino muy honroso para Lerroux» 125, ya que no frecuentó a un mercenario, sino a un correligionario.

A decir verdad, los maleantes ya eran actores en la vida política de mucho antes, pero la situación difería. Manuel Compte, conocido como Nelo, fue empleado como mano ejecutora por el cacique conservador Manuel Planas i Casals 126. En los comicios municipales de 1901, la Lliga Regionalista alquiló «hombres de acción» carlistas 127. Los solidarios sufragaron «una comparsa reclutada entre los desgraciados que imploran la caridad pública» para defenderse 128. Incluso se denunció que empleasen «grupos de gente mercenaria mandada por el famoso concejal Esteva» 129. Pero, como declaró el solidario Marcel Riu, «en los centros catalanistas no hay matones, ni falta hacen», ya que «los matones solo pueden existir en entidades donde se proclaman el revólver y la estaca como argumentos supremos y el incendio como procedimiento principal» 130. La novedad estribaba en que esos elementos facinerosos ya no eran contratados exógenos. Con orgullo, los lerrouxistas declaraban que «nosotros no necesitamos, como los solidarios, pagar asesinos disfrazados, ni recurrimos, como ellos, a la compra de valientes y de pinchos, con los que resultan más vendidos y miserables que los comprados» 131. No en balde, tras su puesta en libertad, Cleveland identificó entre sus agresores a José Mumbert Bori, alias El Bota 132.

Con la formación de un gran movimiento de masas, se incorporaron proletarios, pero también hampones, a la dinámica electoral. Si el proceso de republicanización permitió la entrada en el juego político de sectores apolíticos o reticentes al sufragio —­basta recordar las palabras de Lerroux, «en calidad de antiparlamentario vengo al Parlamento»— 133, también implicó la adopción de los ademanes de capas de la población ajenas a la agencia política burguesa 134. En este sentido, se habría producido un sincretismo entre la ideología republicana de esencia democrática y una praxis política al margen del sistema. Se creó una «subcultura» que tuvo la violencia como factor de cohesión colectivo 135. Con ironía, los republicanos solidarios, la mayoría personalidades de cierta edad, remarcarían la «cultura tan exquisita» de la nueva hornada de ediles lerrouxistas 136. Asimismo, la policía advirtió un sustrato malhechor entre «aquella muchedumbre» de votantes republicanos cuando «algunos paisanos sacaron las armas de que sin duda iban provistos», detectando «navajas» 137. Esa proclividad a la violencia era indómita. En mayo de 1904, un grupo de simpatizantes intentó agredir a sus propios concejales 138. Incluso contraproducente: Clavería fue considerado una «víctima de su propia intransigencia» 139.

No obstante, atribuir tanto la disponibilidad como la propensión a las armas a la incorporación de capas analfabetas, cuando no criminales, sería una simplificación. Los cuadros republicanos que, aunque humildes, no eran gentes maleantes, iban siempre armados. La noche del recuento de las elecciones a diputados en 1901, Lerroux confesó al presidente del tribunal de la Audiencia que de no haber salido elegido llevaba un revólver cargado con «dos balas; una era para usted y la otra para mí» 140. Lorenzo Ardid no dudó en «sacar un mueble del bolsillo» para amilanar a unos estudiantes tradicionalistas que lo increparon 141. El concejal Luis Zurdo Olivares, maquinista de profesión, cruzó «tres o cuatro disparos» con los redactores de Metralla por un suelto ofensivo 142. Republicanos de clase media también iban armados. A raíz de unos comentarios burlones del ¡Cu-Cut!, el periodista Adolfo Marsillach Costa agredió a un catalanista desarmado con su bastón y le amenazó con un revólver 143. Estos ejemplos evidencian que tanto la agresividad como la tenencia de armas eran un rasgo interclasista. En consecuencia, La Tribuna analizó el fallido atentado de Hostafrancs como un comportamiento de cofradía, no como una acción aislada. «Los que, provistos todos ellos de pistolas Browning y formando cuadrilla», asaltaron el carruaje de Salmerón y Cambó, «no pueden ser ladrones ni bandidos profesionales», sino «un partido que entre sus filas alberga a gente tan ruin» 144, concluía.

Epílogo. Los gatillazos lerrouxistas

La jocosidad con la que los adversarios pintaban el movimiento republicano como un atajo de maleantes incapaces de acometer una revolución política, si bien dedicados a la bronca callejera, no debe ocultar que los recurrentes cacheos evidenciaban que el movimiento disponía de armas, desde la militancia hasta los cabecillas. Las razones de dicha posesión pueden explicarse por los esfuerzos para adquirir armamento para fines revolucionarios, pero también por el fácil acceso a armas tanto de fuego como blancas, una situación agravada por la ineficiencia y laxitud institucional. Si bien la conjura revolucionaria no cesó, el empleo de las armas varió notablemente a partir de 1905. Lo que en un primer estadio se pensó como un mecanismo de vigilancia electoral para evitar cacicadas, con la fractura del movimiento republicano a tenor de la Solidaritat Catalana condujo a una dinámica de confrontación política en clave electoral y no tanto subversiva. Aunque ambas facciones republicanas iban armadas, los lerrouxistas fueron los únicos en hacer gala de una violencia proactiva. Esto condujo a los solidarios a presentarlos como los causantes de la inseguridad al trazar una genealogía con la que se emparentaban los episodios de intolerancia de 1906 a 1908 con los petardos y las refriegas de hampones. De este modo, los lerrouxistas se convirtieron en los únicos herederos, y en prisioneros al aceptar orgullosamente esa deslegitimación, de una praxis que arrancó como anticaciquil, pero que terminó por convertirse en matonil y que no se abandonó completamente hasta después de los sucesos del verano de 1909.


  1. 1 Stefan Zweig: El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2001, pp. 16-19.

  2. 2 Matteo Millan: «Belle Epoque in Arms? Armed Associations and Processes of Democratization in Pre-1914 Europe», The Journal of Modern History, 93(3) (2021), pp. 599-635. Una visión más matizada en Arnaud-Dominique Houte: Les peurs de la Belle Époque. Crimes, attentats, catastrophes et autres périls, París, Tallandier, 2022.

  3. 3 Rubén Pallol Trigueros: «Fear in the City: Social Change and Moral Panic in Madrid in the Early Twentieth Century», en Alison Sinclair y Samuel Llano (eds.): Writing Wrongdoings in Spain, 1800-1936. Realities, Representations, Reactions, Woodbridge, Tamesis, 2018, pp. 217-236.

  4. 4 «En plena anarquía. Salvajismo», Las Noticias, 20 de abril de 1907, pp. 1-2.

  5. 5 Pol [Ferran Agulló]: «Al día», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 19 de noviembre de 1904, p. 1.

  6. 6 «A defenderse», La Publicidad, edición de la mañana, 20 de febrero de 1906, p. 1.

  7. 7 Eduardo González Calleja: Política y violencia en la España contemporánea I. Del Dos de Mayo al Primero de Mayo (1808-1903), Madrid, Akal, 2020, e íd.: Política y violencia en la España contemporánea II. Del «Cu-Cut!» al Procés ­(1902-2019), Madrid, Akal, 2024.

  8. 8 Antoni Dalmau: El cas Rull. Viure del terror a la Ciutat de les Bombes (1901-1908), Barcelona, Columna, 2008.

  9. 9 Despacho del cónsul general de Lisboa al ministro de Estado (8 de octubre de 1898), Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), Exteriores, leg. H 1937, núm. 114.

  10. 10 «Jugar con fuego», La Publicidad, 14 de octubre 1901, p. 3.

  11. 11 Joan Puig i Ferrater: Camins de França, vol. II, Barcelona, Edicions 62-La Caixa, 1982, p. 248.

  12. 12 Josep Pla: Un senyor de Barcelona, Barcelona, Edicions Destino, 1977, p. 133.

  13. 13 «Síntoma funesto», La Dinastía, 17 de enero de 1902, p. 1.

  14. 14 «Delincuencia moderna», La Tribuna, 24 de agosto de 1903, p. 1.

  15. 15 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (25 de mayo de 1908), Fundación Antonio Maura (en adelante FAM), núm. 814, leg. 165, núm. 3.

  16. 16 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (1 de enero de 1908), FAM, núm. 10, leg. 165, núm. 13.

  17. 17 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (26 de febrero de 1908), FAM, núm. 982, leg. 165, núm. 14.

  18. 18 Juan Burgada i Julià: «Revista de la Quincena», La Academia Calasancia, 305 (1 de diciembre de 1904), p. 96.

  19. 19 «Más garantías», La Publicidad, edición de la mañana, 19 de noviembre de 1904, p. 1.

  20. 20 «La bomba de la Rambla. Reunió important», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 8 de septiembre de 1905, p. 3.

  21. 21 Eduardo González Calleja: La razón de la fuerza. Orden público, subversión y violencia política en la España de la Restauración (1875-1917), Madrid, CSIC, 1998, pp. 404-407.

  22. 22 «Los meetings de esta mañana en el Teatro Condal. Por la Justicia», La Publicidad, edición de la noche, 25 de julio de 1905, p. 3.

  23. 23 Alejandro Lerroux: «Federación Revolucionaria», La Publicidad, edición de la mañana, 26 de agosto de 1903, p. 1.

  24. 24 «Barcelona», Diario de Barcelona, 12 de agosto de 1907, pp. 9570-9572. En un mitin contra la OIC en el Teatro Condal en agosto de 1907, los antisolidarios terminaron enzarzándose con los sindicalistas, entre los cuales se encontraba Salvador Seguí. La pelea se saldó con dos heridos y la muerte del joven bárbaro Jaume Soteras Pellicer.

  25. 25 «Associació Catalanista de Molins de Rey», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 20 de noviembre de 1905, p. 2.

  26. 26 Claudi Ametlla: Memòries polítiques: 1890-1917, Barcelona, RBA, 2013, p. 167.

  27. 27 «Aplech de la Protesta. Els esvalotadors. Policia ciutadana. Un paper ridícol», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 22 de octubre de 1906, p. 2.

  28. 28 Joaquín Romero Maura: «La Rosa de Fuego». El obrerismo barcelonés de 1899 a 1909, 1.ª ed. 1975, Madrid, Alianza Editorial, 1989, p. 454.

  29. 29 John Randolph Mosher: The Birth of Mass Politics in Spain: Lerrouxismo in Barcelona, 1901-1909, Ann Arbor, UMI Dissertation Information Service, 1977, p. 192.

  30. 30 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (19 de abril de 1907), FAM, núm. 1042, leg. 165, núm. 4.

  31. 31 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (19 de diciembre de 1907), FAM, núm. 481, leg. 165, núm. 12.

  32. 32 Gnom [Josep Maria Folch i Torres]: «Ridícols! Revolució monárquica», La Tralla, 14 de diciembre de 1906, p. 1.

  33. 33 Josep Pous i Pagés: «Tot passant», El Poble Català, 16 de enero de 1907, p. 1.

  34. 34 P. K. [Josep Roca i Roca]: «La veritat davant de tot», La Campana de Gràcia, 26 de enero de 1907, p. 2.

  35. 35 Versión que la historiografía ha puesto seriamente en duda, cfr. Joaquín Romero Maura: «La Rosa...», p. 115; Joan B. Culla: El republicanisme lerrouxista a Catalunya (1901-1923), Barcelona, Curial, 1986, pp. 80-85, y José Álvarez Junco: El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza Editorial, 1990, pp. 334-336.

  36. 36 «Crónica diaria. Mitin federalista. El candidato», El Diluvio, edición de la tarde, 5 de noviembre de 1901, p. 3.

  37. 37 «Sermón en Vich», La Publicidad, edición de la mañana, 15 de agosto de 1901, p. 2.

  38. 38 «Les eleccions municipals. Lo de cada día», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 6 de noviembre de 1901, p. 2.

  39. 39 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (19 de abril de 1907), FAM, núm. 1941, leg. 165, núm. 3.

  40. 40 «Cap a la cleda», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 24 de febrero de 1904, p. 1.

  41. 41 «Els de afora y els de dins», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 22 de noviembre de 1905, p. 1.

  42. 42 Eugeni M. Vilaclara: «Parlem clar», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 25 de noviembre de 1905, p. 1.

  43. 43 «Polítiques. El gobernador y els lerrouxistes», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 17 de diciembre de 1906, p. 1.

  44. 44 Adolfo Bueso: Recuerdos de un cenetista, Barcelona, Ariel, 1976, p. 15.

  45. 45 Un obrero: «Sobre las bombas», El Progreso, 31 de enero de 1907, p. 1.

  46. 46 «El terrorismo y la política. La dimisión de Tressols», El Progreso, 19 de agosto de 1908, p. 1.

  47. 47 «Nuestro triunfo», La Publicidad, edición de la noche, 9 de marzo de 1903, p. 2. Véase también la denuncia de los procedimientos policiales contra los obreros en Joan Montseny [Federico Urales]: «Justicia. Al pueblo de Barcelona», La Publicidad, 22 de septiembre de 1905, p. 2.

  48. 48 «Buen camino», Progreso. Periódico republicano, 3 de octubre de 1901, p. 2.

  49. 49 «Manifestación anticlerical», El Progreso, 6 de diciembre de 1906, p. 2.

  50. 50 «Conmemorando la Gloriosa. El “Aplech” de Sabadell», El Progreso, 21 de septiembre de 1908, p. 1.

  51. 51 Alejandro Lerroux: Mis memorias, Madrid, Afrodisio Aguado, 1963, p. 521.

  52. 52 Telegrama de la legación de Bruselas al cónsul (16 de junio de 1903), Archivo General de la Administración (en adelante AGA), Legación (10) (113) 54/15106.

  53. 53 Telegrama del ministro de la Guerra a los gobernadores civiles de Girona y Lleida (24 de septiembre de 1903), Instituto de Historia y Cultura Militar (en adelante IHCM), núm. 2151, 5916.9.

  54. 54 Francisco Camba: Lerroux, el caballero de la libertad, Madrid, Ediciones Nuestra Raza, s. d. [1935], pp. 81-82.

  55. 55 Informe de Sannois al embajador de París (23 de octubre de 1905), AGA, leg. 745, carpeta «Ricardo Fuente», 54 5883.

  56. 56 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (4 de enero de 1907), FAM, núm. 128, leg. 165, núm. 13.

  57. 57 Telegrama del informante «Prieto» al embajador de París (26 de julio de 1905), AGA, Orden Público, 1900, 54 5881.

  58. 58 Telegrama de León Castillo al ministro de la Gobernación (11 de diciembre de 1907), FAM, núm. 314, leg. 305, núm. 9.

  59. 59 Benigno Varela: Los que conspiran contra el Rey, Madrid, Imp. A. Marzo, 1910, p. 38.

  60. 60 Ficha de Teodoro Baró, FAM, leg. 361, núm. 9.

  61. 61 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (10 de marzo de 1907), FAM, núm. 365, leg. 165, núm. 3.

  62. 62 La Redacción, «“El Radical” al Pueblo», El Radical, 31 de marzo de 1906, p. 2.

  63. 63 «De Solidaridad», El Progreso, 1 de julio de 1906, p. 1.

  64. 64 Carta de Francesc Cambó al gobernador civil de Barcelona (12 de noviembre de 1908), FAM, leg. 161, núm. 9.

  65. 65 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (9 de diciembre de 1908), FAM, núm. 438, leg. 161, núm. 8.

  66. 66 Apeles Mestres: «La nota del día», La Publicidad, 28 de noviembre de 1905, p. 1.

  67. 67 «Noticies de Barcelona», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 22 de octubre de 1906, p. 4.

  68. 68 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (21 de abril de 1907), FAM, núm. 1248, leg. 165, núm. 4.

  69. 69 Eduardo Higueras: Memorias del insurreccionalismo republicano en la Restauración (1883-1884), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2022.

  70. 70 Josep Pla: Cambó. Materials per una història d’aquests últims anys, vol. II, Barcelona, Llibreria Catalònia, 1929, p. 16.

  71. 71 «Eleccions municipals. A la plassa de Santa Agna. Cobarda agressió», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 11 de noviembre de 1901, p. 3.

  72. 72 «L’invasió dels barbres», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 13 de noviembre de 1901, pp. 1-2.

  73. 73 «Las elecciones municipales en Barcelona. Incidente en la plaza de Santa Ana», El Correo Catalán, 11 de noviembre de 1901, p. 1.

  74. 74 Manuel Font i Torné: «Quosque tandem...», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 14 de noviembre de 1901), p. 1.

  75. 75 «El plano inclinado», El Liberal (Barcelona), 13 de noviembre de 1901, p. 1.

  76. 76 «Advertencias importantes», La Publicidad, edición de la noche, 9 de noviembre de 1901, p. 2.

  77. 77 «Ecos políticos», La Publicidad, edición de la mañana, 9 de noviembre de 1901, p. 1.

  78. 78 El Comité Ejecutivo: «Al pueblo», La Publicidad, edición de la mañana, 9 de noviembre de 1901, p. 1.

  79. 79 Alejandro Lerroux: «De mala ley», La Publicidad, edición de la mañana, 25 de agosto de 1903, p. 1.

  80. 80 Alejandro Lerroux: «Alerta», La Publicidad, edición de la mañana, 7 de noviembre de 1903, p. 1.

  81. 81 «Noticias de Barcelona. El meeting republicà», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 11 de octubre de 1905, p. 4.

  82. 82 Telegrama del capitán general de Barcelona al ministro de la Guerra (5 de septiembre de 1898), IHCM, 5916.5.

  83. 83 Informe de Sannois al embajador de París (29 de noviembre de 1905), AGA, 54, 5858.

  84. 84 Telegrama del ministro de la Guerra a capitanes generales de Barcelona y Zaragoza (24 de noviembre de 1905), IHCM, 5916.10.

  85. 85 Joan B. Culla: «Ni tan jóvenes ni tan bárbaros. Las juventudes en el republicanismo lerrouxista barcelonés», Ayer, 59 (2005), pp. 51-67.

  86. 86 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (7 de mayo de 1908), FAM, núm. 326, leg. 165, núm. 17.

  87. 87 Telegrama del gobernador civil de Barcelona a Mencheta (7 de mayo de 1908), FAM, leg. 165, núm. 17.

  88. 88 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (21 de abril de 1907), FAM, núm. 1234, leg. 165, núm. 4, y «Chiquilladas de Tona», El Progreso, 22 de abril de 1907, p. 2.

  89. 89 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (5 de junio de 1907), FAM, núm. 141, leg. 165, núm. 6.

  90. 90 Véase Ramiro Reig: Blasquistas y Clericales, Valencia, Institució Valenciana d’Estudis i Investigació, 1986, pp. 309-310. Sobre masculinidad y violencia, véase Luz Sanfeliu: Republicanas: identidades de género en el blasquismo (1895-1910), ­Valencia, PUV, 2005, pp. 80-81.

  91. 91 J[osep]. Jorge Vinaixa: «Respuesta a una injuria», El Progreso, 6 de septiembre de 1906, p. 2.

  92. 92 Franz Arthur Cleveland: La cuestión Cleveland-Lerroux. Al Público, 27 de septiembre de 1906.

  93. 93 «Documents parlamentaris. Successos de Barcelona», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 25 de noviembre de 1905, p. 2.

  94. 94 «Noves», Joventut, 302 (23 de noviembre de 1905), p. 758.

  95. 95 Vinaixa le habría dado en un intento de herir a Seguí. Pere Foix: Apóstols i mercaders. Quaranta anys de lluita social a Catalunya, Ciudad de México, Edicions de la Fundació Sara Llorens de Serra, 1957, pp. 60-63.

  96. 96 «Solidaridad Catalana. El “Aplech de la Protesta”», El Diluvio, edición de la tarde, 22 de octubre de 1906, p. 11.

  97. 97 «L’Aplech de la Protesta», La Publicidad, edición de la noche, 22 de octubre de 1906, p. 1.

  98. 98 Eusebio Corominas: «Carta abierta. Sr. D. José Nakens», La Publicidad, 11 de julio de 1905, p. 1.

  99. 99 Se comentó que nunca en la historia del republicanismo se había llegado hasta ese punto de «agresión al enemigo». «Valencia-Barcelona. Los sucesos de ayer», La Tribuna, 17 de diciembre de 1906, p. 1.

  100. 100 «Conducta “Solidaria”», El Progreso, 19 de julio de 1906, p. 1.

  101. 101 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (21 de septiembre de 1907), FAM, núm. 598, leg. 165, núm. 9.

  102. 102 «Pitjor que al Marroch», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 18 de enero de 1907, p. 1.

  103. 103 John Randolph Mosher: The Birth..., p. 195.

  104. 104 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (21 de noviembre de 1908), FAM, núm. 971, leg. 161.

  105. 105 «En vísperas del triunfo. El mitin del Tívoli», El Progreso, 9 de diciembre de 1908, p. 1.

  106. 106 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (11 de diciembre de 1908), FAM, núm. 506, leg. 161, núm. 8.

  107. 107 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (13 de diciembre de 1908), FAM, núm. 506, leg. 161, núm. 8.

  108. 108 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (13 de octubre de 1908), FAM, núm. 959, leg. 160, núm. 8. Los republicanos animaron a que «brille la luz de los fogonazos». En «Los sucesos de Mataró. Las hordas carlistas», El Progreso, 13 de octubre de 1908, p. 1.

  109. 109 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (13 de febrero de 1909), FAM, núm. 581, leg. 161, núm. 8.

  110. 110 «Meeting electoral catalanista del Nou Retiro», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 8 de noviembre de 1905, p. 2.

  111. 111 «Els governs contra Catalunya», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 23 de diciembre de 1901, p. 1.

  112. 112 «La púrria», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 3 de noviembre de 1901, p. 1.

  113. 113 Remigi Juncà: «Ells y nosaltres», La Veu de Catalunya, 26 de noviembre de 1903, p. 1.

  114. 114 «Conferencia del Sr. Armengol. Centre Català de Sant Martí», La Veu de Catalunya, 28 de febrero de 1904, p. 3.

  115. 115 Doys [Daniel Ortiz Sánchez]: «Chirigotas», La Publicidad, 29 de noviembre de 1901, p. 1.

  116. 116 Antoni Rovira i Virgili: El nacionalismo catalán. Su aspecto político, los hechos, las ideas y los hombres, Barcelona, Minerva, 1916, p. 182.

  117. 117 Manuel Cruells: «Lerroux i els obrers catalans», Serra d’Or, 14(6) (1972), pp. 39-40.

  118. 118 Joan B. Culla: El republicanisme..., pp. 86-89.

  119. 119 «Notas municipals», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 4 de julio de 1904, p. 3.

  120. 120 «A Câ la Ciutat. Republicans a pesca de gangas», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 3 de agosto de 1904, p. 1.

  121. 121 Sergio Sánchez Collantes: «Republicanismo, clientelas y prácticas caciquiles en Asturias (1868-1911)», Cuadernos de Historia Contemporánea, 35 (2013), pp. 137-160, y Jorge Ramón Ros: La ciudad de la huerta. Percepciones de Valencia en conflicto (1875-1910), Valencia, PUV, 2023, pp. 259-260.

  122. 122 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de Gobernación (28 de febrero de 1907), FAM, núm. 1103, leg. 165, núm. 3.

  123. 123 «Noticias municipals», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 29 de marzo de 1902, p. 3.

  124. 124 «La “Maffia”», La Veu de Catalunya, edición de la mañana, 30 de marzo de 1902, p. 2.

  125. 125 «Batalladas», La Campana de Gràcia, 19 de marzo de 1904, pp. 2-3.

  126. 126 Durante la administración dinástica, estuvo empleado, junto con otro matón, el Vicentet, en el cuerpo de consumos: «Contra el matonismo. El Nelo y el Vicentet ante el Jurado. Primera sesión», El Diluvio, 15 de junio de 1905, pp. 8-14.

  127. 127 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (9 de noviembre de 1901), AHN, Gobernación A, leg. 20, núm. 8241.

  128. 128 «Los primeros palos», El Progreso, 15 de septiembre de 1906, p. 1.

  129. 129 «Los solidarios. Un mitin contra Lerroux», El Progreso, 30 de noviembre de 1906, p. 2.

  130. 130 Marcel Riu: Contra la mentida: el terrorisme y el matonisme. Refutació de las falsas acusacións fetas per el diari El Progreso, rectificció y aclaració dels fets relatius al terrorismo y matonisme y descobriment de sos autors, Barcelona, Impr. de Ignaci Xalapeira, 1907, p. 6.

  131. 131 «Aquí estamos», El Progreso, 3 de octubre de 1906, p. 1.

  132. 132 Franz Arthur Cleveland: La cuestión Cleveland-Lerroux. Al Público, 27 de septiembre de 1906.

  133. 133 Alejandro Lerroux: «Los nuevos diputados. A lo que vienen», El Progreso, 27 de junio de 1901, p. 1.

  134. 134 En este sentido, véanse los trabajos en Laurent Le Gall, Michel Offerlé y François Ploux (dirs.): La politique sans en avoir l’air: Aspects de la politique informelle, xixe-xxie siècle, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2012.

  135. 135 Joaquín Romero Maura: «La Rosa...», pp. 448-450.

  136. 136 «Esquellots», L’Esquella de la Torratxa, 26 de enero de 1907, p. 75.

  137. 137 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (8 de diciembre de 1908), FAM, leg. 161, núm. 8.

  138. 138 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (6 de mayo de 1904), AHN, Gobernación A, leg. 9, núm. 6.

  139. 139 «La era de la intransigencia. La primera víctima», La Tribuna, 8 de abril de 1907, p. 1.

  140. 140 Alejandro Lerroux: Mis memorias..., p. 428. También Alberto García Carraffa y Arturo García Carraffa: Españoles ilustres: Lerroux, Madrid, Editorial Antonio Marzo, 1918, p. 149.

  141. 141 Lorenzo Ardid: «Los discípulos de Cucala», El Progreso, 24 de enero de 1907, p. 1.

  142. 142 Telegrama del gobernador civil de Barcelona al ministro de la Gobernación (16 de marzo de 1907), FAM, núm. 621, leg. 165, núm. 3.

  143. 143 Adolfo Marsillach: «En defensa propia», La Publicidad, edición de la mañana, 23 de noviembre de 1903, p. 1. Cfr. M. Folch y R. Closas: «Comunicat», La Veu de Catalunya, edición de la noche, 24 de noviembre de 1903, p. 4.

  144. 144 «Criminal emboscada. Antisolidarios asesinos. Los asesinos», La Tribuna, 19 de abril de 1907, p. 1.