Ayer 105/2017 (1): 51-75
Sección: Dosier
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2017
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/105-2017-03
© Carmen García García
Recibido: 13-11-2015 | Aceptado: 21-09-2016
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License
Relaciones y vínculos de poder de un general isabelino: O’Donnell y los antecedentes de la Unión Liberal*
Carmen García García
Universidad Autónoma de Madrid
carmen.garcia.garcia@uam.es
Resumen: En el artículo se analizan las relaciones de poder que fue tejiendo Leopoldo O’Donnell en sus etapas preministeriales. Tras su distanciamiento del centro rector del moderantismo, con esos vínculos el general buscaba crear su propio espacio político, además de una posición económica desahogada que le alejase de cualquier tipo de servilismo. Especial relevancia para la consecución de ambos objetivos tuvo su paso por la Capitanía General de Cuba. La lucha contra los gobiernos autoritarios de los últimos años de la Década Moderada amplió y cohesionó el grupo de civiles y militares a partir del cual se configuró la Unión Liberal.
Palabras clave: redes de poder, militares, liberalismo, esclavismo, Cuba, España (1833-1854).
Abstract: This article analyses the relations of power that Leopoldo O’Donnell established during his pre-ministerial period. After his gradual withdrawal from the ruling core of moderantismo, O’Donnell used these links to create his own political space, to secure personal financial stability, and to remain relatively free of political or economic debts. Especially important in achieving both of these goals was his stint as Captain General of Cuba. The struggle against the authoritarian governments of the latter years of the Moderate Decade (1844-1854) allowed him to turn a group of civilians and military officers into a broad and cohesive group that formed the nucleus of the Unión Liberal.
Keywords: power networks, military officers, liberalism, slavery, Cuba, Spain (1833-1854).
Leopoldo O’Donnell pasa por ser una de las figuras más relevantes del periodo isabelino, pues no en balde dirigió uno de los partidos gubernamentales de las décadas centrales del siglo xix, la Unión Liberal, presidió en tres ocasiones el Consejo de Ministros y encabezó el gabinete más largo de todo el reinado. En un régimen dominado por la confusión entre el poder civil y militar, lo que Jover calificó como una de las «malformaciones congénitas» del sistema constitucional isabelino, no suponía una novedad que un destacado militar ocupase la presidencia del gobierno y apareciese como la cabeza visible de un determinado partido 1. No obstante, en el protagonismo político del conde de Lucena hay un punto de originalidad frente al de los otros afamados militares-políticos del reinado, como puedan ser Narváez o Espartero, e incluso Prim y Serrano si ampliamos el periodo hasta el Sexenio Democrático. Y ese punto de originalidad, o cuando menos de diferencia, radica en que el germen, configuración y desarrollo del partido que presidió siempre tuvo como eje al prestigioso militar que era Leopoldo O’Donnell. De hecho, muchos de sus contemporáneos, especialmente aquellos que mayor afán de descalificación desplegaron hacia la Unión Liberal, siempre identificaron al partido con su presidente, pues para ellos ése era el único elemento de cohesión de lo que calificaban como heterogénea formación política 2. En este texto se van a analizar la serie de relaciones y vínculos que fue tejiendo el general a lo largo de su trayectoria pública, y más exactamente nos centraremos en la fase previa a la constitución de la Unión Liberal. Esas relaciones se configuraron en diferentes contextos, no todas ellas alcanzaron el mismo grado de compromiso y tampoco tuvieron una evolución lineal. Ahora bien, lo que interesa destacar en las siguientes páginas es el conjunto de contactos y alianzas que le suministraron capacidad de influencia política en sus etapas preministeriales y que con discontinuidades, rupturas y altibajos le acabaron facilitando su acceso a las altas esferas de poder y la constitución de su propio partido.
La familia es el primer núcleo que propicia una serie de relaciones que permiten, y en algunos casos determinan, una proyección del individuo hacia determinados ámbitos y actividades. Sin duda a Leopoldo O’Donnell habría que incluirle en el segundo grupo, ya que desde muy niño se le destinó a ejercer la profesión de los varones de su familia paterna, la carrera de armas. De cualquier manera, si atendemos a los testimonios de algunos de sus contemporáneos, el tercero de los hermanos O’Donnell-Joris siempre disfrutó con la profesión castrense. Manuel Ibo Alfaro, autor de una de las rendidas biografías que se publicaron pocos años después de su muerte, nos presenta a un niño cuyos juegos siempre se centraron en organizar soldados, estrategias y batallas 3. A juzgar también por la brillante carrera que desarrolló en el ejército, especialmente durante la guerra carlista, el futuro duque de Tetuán se dedicó con entusiasmo a la profesión a la que se le había destinado. Más allá de lo relativo a las cuestiones puramente castrenses, esa trayectoria no le proporcionó una gran formación, dados los escasos estudios que en esas fechas se seguían en la carrera militar. Ya en su madurez, cuando ocupaba la Capitanía General de Cuba, se aficionó a la lectura, pero no con el fin de completar su preparación, sino como un mero divertimento. Al menos es la versión que sobre ello ofrece Fernández de los Ríos, quien destaca que «prefería casi siempre las obras de recreo sobre las obras de instrucción» 4.
No es muy abundante la producción biográfica sobre nuestro protagonista. Desde luego la bibliografía y documentación de la época permiten seguir bien su trayectoria pública, pero son bastante más opacas a la hora de reconstruir su círculo de relaciones 5. Sabemos que había nacido en enero de 1809 en Santa Cruz de Tenerife porque allí estaba destinado su padre como comandante en jefe de las islas Canarias y que, con tan sólo diez años, entró a formar parte del ejército. No lo hizo como un simple soldado raso, sino que, bajo la tutela paterna y como miembro de una saga militar de tintes nobiliarios, ingresó, por gracia real, como subteniente de Infantería. Aunque con algún precedente en la época de los Austrias, la tradición militar en la Península de los O’Donnell la inició su abuelo, quien huyendo de las persecuciones de los partidarios de la causa jacobita se enroló a mediados del siglo xviii en el regimiento de Irlanda, constituido por los emigrados de esa isla. Las siguientes generaciones siguieron la carrera iniciada por el patriarca, pues tanto el padre de nuestro protagonista como sus tíos, hermanos y varios primos se dedicaron a la carrera de armas. La segunda y tercera generación consiguieron notorios avances en el escalafón.
Si siguió los pasos profesionales fijados por sus mayores, en lo relativo a preferencias políticas O’Donnell se alejó de la tradición de su entorno familiar más inmediato. Aunque en su etapa de adolescente sus primeros hechos de armas están ligados a las posiciones absolutistas, que con tanto convencimiento siguieron su padre y hermanos, al iniciarse la guerra civil se decantó por el bando isabelino. Es posible que en esa adscripción política hubiese mucho de cálculo político, como sugieren algunos de sus biógrafos, lo que encajaría bien con la ambición demostrada a lo largo de su trayectoria por el entonces joven capitán y los rasgos de su personalidad en los que insisten la mayoría de sus contemporáneos 6. O’Donnell era un hombre frío, reflexivo, que no tomaba una decisión sin haberla madurado con calma. Fuese por ambición o por convencimiento ideológico su adscripción al bando liberal, lo cierto es que la guerra privó al joven militar de buena parte de su entorno familiar. El conflicto no sólo supuso la división política del clan, sino que conllevó la muerte de sus dos hermanos mayores, de su cuñado, militar también del bando carlista, y de dos primos, además de su tío, el conde de La Bisbal, quien —según la leyenda— murió al conocer el fallecimiento de su hijo mayor. De los hermanos O’Donnell-Joris únicamente sobrevivieron los dos menores, Leopoldo y Enrique. Éste, tras acogerse al Convenio de Vergara, desarrolló buena parte de su carrera a la sombra de aquél, pues combatió en los últimos meses de la guerra carlista bajo su mando e igualmente le acompañó en el pronunciamiento de 1841 y en la guerra de Marruecos de 1859. Además, fue diputado de la Unión Liberal durante el tiempo de vida de esa formación política, e incluso se convirtió en su publicista a través de varios escritos 7. Y es que, una vez acabado el conflicto, nuestro protagonista asumió el mando del clan O’Donnell y buscó la protección de sus miembros. Desde 1837 el entonces brigadier aumentó su entorno familiar, pues en ese año se casó por poderes con doña Manuela Bargés, viuda de un comerciante barcelonés. La novia aportó tres hijos al matrimonio, algo que no consiguió con su nuevo marido, con el que no tuvo descendencia. Las características de la que sería su compañera hasta su muerte, una mujer doce años mayor que O’Donnell y sin aparentes bienes de fortuna, parecen desdecir, al menos en el terreno sentimental, su comentado carácter calculador.
Pero si la guerra carlista redujo sus apoyos familiares —le privó de una parte de lo que Bordieu llamó capital simbólico de un individuo—, también le ayudó a consolidar, o le proporcionó, una serie de vínculos que a la larga tuvieron una gran trascendencia en su recorrido político. Es difícil conocer las filias y fobias de nuestro protagonista en los años de guerra, pero hay que tener en cuenta que siguió relacionándose con buena parte de la oficialidad de la época de Fernando VII, pues en su apoyo al bando de las reinas O’Donnell no se diferenció de la mayor parte de los mandos y oficiales que estaban en activo al estallar la lucha en 1833 8. Algunos de esos compañeros de armas, con los que compartió penurias y cuartel, acabaron convirtiéndose con el paso del tiempo en sus «amigos políticos». Entre las relaciones de camaradería que trabó durante el enfrentamiento cabe recordar su amistad con Francisco Serrano y Domínguez, o su vinculación con los hermanos García de la Concha, Manuel y José, relaciones que a partir sobre todo de los años cincuenta adquirieron un carácter netamente político 9.
La guerra le permitió, igualmente, un ascenso rápido en el escalafón y, de hecho, realizó una de las carreras militares más brillantes de todo el siglo xix. En el último año del conflicto dirigió como general en jefe el ejército del centro, además de ocupar las Capitanías Generales de Aragón, Valencia y Murcia. Más allá de sus evidentes méritos castrenses, su proyección en la última etapa de la guerra tuvo mucho que ver con el padrinazgo que sobre él ejerció Espartero. A sus órdenes había luchado en el ejército del norte y ante la necesidad de conseguir un general de probada eficacia que contuviese el empuje de Cabrera, el elegido para ocuparse del mando en el centro fue O’Donnell, gracias al aval del comandante en jefe del ejército 10. Esa relación de confianza se truncó a partir del verano de 1840, cuando en el enfrentamiento entre la regente y el duque de la Victoria tomó partido por la viuda de Fernando VII. Hasta ese momento O’Donnell básicamente había destacado por su carrera militar, pero la paz y la pugna entre las dos facciones en las que se había dividido el liberalismo le obligaron a definirse políticamente. Si por formación parecía predestinado a decantarse por la opción más conservadora de la familia liberal, su adscripción al moderantismo, en momentos tan cruciales, tuvo mucho que ver con su apoyo incondicional a la rama borbónica por la que con tanto entusiasmo había luchado durante los años treinta 11.
O’Donnell no fue uno más de los numerosos altos mandos castrenses que se decantaron por el moderantismo, sino que a la altura de 1840-1841 tenía muchas bazas de convertirse en la cabeza visible del partido del orden. De hecho, junto con Diego de León, fue una de las posibilidades que barajó el entorno de la reina madre para hacer frente a Espartero en los cruciales meses de agosto y septiembre de 1840. La necesidad de revertir la situación creada tras el ascenso al poder del duque de la Victoria ayudó a estrechar lazos con el heterogéneo grupo de moderados que se organizó en París alrededor del palacio de la reina madre. De ahí el marcado protagonismo que alcanzó en el fracasado pronunciamiento de octubre de 1841, con el que se pretendía recuperar la regencia para María Cristina. Para algunos de los autores de la época fue el jefe máximo de la conspiración, mientras que otros le atribuyeron, en el terreno militar, una dirección mancomunada con Diego de León 12.
Una vez que León pasó a ser un mártir de la causa, tras su fusilamiento como consecuencia del sonado fracaso de la «Octubrada», el camino hacia la notoriedad política parecía haberse despejado notablemente para nuestro protagonista. Todo hacía presagiar que por su categoría militar, la más alta del numeroso grupo de militares que acompañaba a la exregente en su acomodado exilio, y por la lealtad demostrada a la misma en sus horas más bajas, se había convertido en el candidato más idóneo para ocupar la dirección del moderantismo. Su desplazamiento por Narváez tuvo mucho que ver con las diferencias surgidas con ese poder en la sombra que era el segundo marido de la exregente. O’Donnell conoció a Fernando Muñoz en el exilio francés. Las reticencias entre ambos surgieron a partir del comentado golpe de 1841 y estuvieron relacionadas, cuando menos en su origen, con los gastos ocasionados durante la organización y desarrollo del levantamiento 13. Las discrepancias debieron resultar especialmente incómodas para el general, pues, a pesar de su animosidad personal, en su calidad de exiliado se vio obligado a solicitar en reiteradas ocasiones ayuda económica al futuro duque de Riánsares. Las aportaciones financieras del matrimonio Borbón-Muñoz le permitieron mantener a su «extensa familia» durante su estancia en Orleans 14. En ese sentido hay que tener en cuenta que, además de su entorno familiar más inmediato, en esas fechas de él dependían, según él mismo relataba en su correspondencia con Muñoz, su «anciana madre», su hermana, viuda como sabemos de un oficial carlista, y tres sobrinos huérfanos.
Sus dificultades económicas y su distanciamiento del auténtico centro rector del moderantismo, el tándem María Cristina-Muñoz, le obligaron a posponer sus aspiraciones políticas en la Península. De hecho, en el levantamiento que finalmente permitió a los moderados recuperar el poder, el de 1843, él mismo se reservó un papel secundario, además del puesto con el que pretendía superar sus penurias económicas, la Capitanía General de Cuba 15. El nombramiento para uno de los destinos más apetecidos por los altos mandos castrenses fue realizado por el gobierno presidido por Joaquín María López, y sin duda era una pieza más de los pactos realizados entre progresistas y moderados en la preparación del levantamiento. De cualquier manera, no deja de ser significativo que ese nombramiento llevase la firma del que era en ese momento el ministro de la Guerra, Francisco Serrano y Domínguez. Apenas quince días antes el mismo Serrano le había destinado como general en jefe del ejército del norte, puesto para el que O’Donnell se había postulado durante los preparativos de la conspiración. Las filiaciones políticas de ambos militares no coincidían en estas fechas, pero sus lazos profesionales y de amistad se estrecharon como consecuencia del proceso revolucionario de 1843, lo que facilitaría en un futuro una colaboración en otros ámbitos. De hecho, O’Donnell terció en el enfrentamiento que se produjo entre Serrano y Narváez durante el pronunciamiento de 1843 16.
A pesar de su distanciamiento del núcleo dirigente del moderantismo, no parece muy factible que en estas fechas O’Donnell se plantease la posibilidad de cuestionar el liderazgo que ejercían la reina madre y su morganático marido dentro de esa formación política, ya que no contaba con la fuerza y los apoyos necesarios para ello. Desde luego no era el único de los militares que desde la etapa del exilio profesaba una marcada antipatía hacia Muñoz, pues esa animadversión era compartida por otro de sus más próximos compañeros, Manuel García de la Concha 17. No obstante, aún había de trascurrir una década para que ambos generales hiciesen frente común contra el papel hegemónico ejercido por la pareja en la versión más templada del liberalismo. Al igual que el resto de los exiliados moderados, a la altura de 1843 tanto uno como otro necesitaban del capital simbólico y económico que aportaba el matrimonio para recuperar la posición perdida en 1841. Forzosamente la estrategia para alcanzar la cúspide del poder en Madrid había de organizarse a medio o largo plazo. De momento, en el caso de O’Donnell, su objetivo más inmediato era lograr una posición económica desahogada que le ayudase a desprenderse de servilismos económicos y políticos. En ese sentido su correspondencia privada no deja margen de duda: la finalidad fundamental de postularse en 1843 para la Capitanía General era lograr los medios económicos de los que carecía 18.
Se ha dicho que a partir de 1858, con la llegada de O’Donnell al poder, las elites sociales cubanas influyeron en la política metropolitana probablemente más que ningún otro lobby colonial de cualquier otro país europeo de la época 19. En realidad, los vínculos del general con las redes de poder antillanas se iniciaron en etapas anteriores y hay que retrotraerlos al periodo en el que ocupó la Capitanía General de Cuba (octubre de 1843-febrero de 1848). Sin duda la estancia en tierras americanas supuso un punto de inflexión en la carrera del conde de Lucena por razones de diversa índole. En primer lugar, cabe recordar las omnímodas competencias que disfrutaba el capitán general en el territorio bajo su mando 20. Además, su llegada a La Habana le puso en contacto con una sociedad más desarrollada que la metropolitana, desde el punto de vista económico e incluso cultural. Pero más allá de los gratificantes alicientes de la próspera colonia antillana, O’Donnell consiguió en Cuba, a corto y medio plazo, importantes réditos económicos y políticos. Por un lado, alcanzó la «medianía de fortuna» que buscaba y, con ella, una libertad de criterio y actuación que estuvo muy lejos de disfrutar durante su exilio francés. Esa independencia financiera facilitó la labor de oposición que realizó a los gobiernos de los últimos años de la Década Moderada, oposición que acabó desembocando en la asunción del liderazgo del pronunciamiento que inició el proceso revolucionario de 1854. Pero, además, Cuba fue uno de los nexos que fortaleció las relaciones de una serie de altos mandos castrenses que acabaron constituyendo la cúpula del «elemento militar» de la Unión Liberal, y que desde los primeros años cincuenta se conformó como uno de los más importantes grupos de poder dentro del ejército, lo que sin duda equivalía a decir dentro de la política española. Y es que su paso por la Capitanía General permitió a O’Donnell articular una red de intereses a ambos lados del Atlántico que tuvo un significativo recorrido en las décadas centrales del siglo xix. Ya antes de la Vicalvarada desempeñó un papel fundamental en la política antillana, e incluso adquirió un protagonismo significativo en la política doméstica.
Mientras que el duque de Tetuán vivió, esa serie de militares de alta graduación con vínculos en el ámbito antillano estuvo constituido por los dos hermanos García de la Concha, Manuel y José, Francisco Serrano y Domingo Dulce. Salvo en el caso de Manuel García de la Concha, todos los demás ocuparon la Capitanía General de Cuba en diversos momentos del periodo comprendido entre 1850 y 1867, gracias a la acción directa o indirecta de nuestro protagonista. De hecho, aun antes de asumir responsabilidades de gobierno, O’Donnell consiguió promocionar para el mando supremo antillano a José García de la Concha. Además, tanto Serrano como Dulce tenían lazos familiares y económicos en la Gran Antilla, pues estaban casados con sendas herederas de dos familias pertenecientes a lo que Moreno Fraginals denominó sacarocracia. En lo que respecta al mayor de los hermanos García de la Concha, su relación institucional con la más importante colonia española fue más tangencial, pues presidió entre 1850-1854 la Junta para la Defensa de Cuba 21.
Al otro lado del Atlántico, la «camarilla» de la que se rodeó O’Donnell estaba integrada por un grupo de inmigrantes españoles que, gracias al apoyo del capitán general, consiguió desplazar a un segundo plano a otros sectores de la elite cubana en los círculos de poder coloniales. Se trataba de una serie de comerciantes —enriquecidos básicamente con la trata negrera— que sin abandonar el lucrativo tráfico de africanos, a la altura de la década de los cuarenta habían diversificado sus actividades productivas. Además de sus negocios mercantiles, con ramificaciones en diversas capitales europeas y americanas, algunos de ellos se habían convertido en propietarios de grandes haciendas azucareras y siguieron engrosando su patrimonio como consecuencia de los sustanciosos contratos suscritos con la Administración colonial. La relación del llamado grupo propeninsular con las autoridades metropolitanas había comenzado a fortalecerse en los años treinta, cuando desde Madrid se intentó limitar el poder que ciertas elites locales habían conseguido durante el periodo de las guerras de liberación hispanoamericanas 22. Tras algunos años de vacilaciones, especialmente notorias durante el mandato del antecesor de O’Donnell, el general Jerónimo Valdés (1841-1843), los vínculos se recuperaron y fortalecieron con el político moderado. Y es que, más allá de los intereses institucionales, nuestro general estableció una estrecha amistad con algunos de los más destacados miembros del grupo más proclive a la metrópoli, como es el caso de Sabino Ojero, Antonio José Mariátegui, el conde de la Fernandina o Julián Zulueta, conocido este último entre sus contemporáneos como príncipe de los negreros 23. Esa relación se prolongó tras su vuelta a la Península y se caracterizó por una serie de prestaciones y contraprestaciones no siempre sancionadas por la normativa del momento.
Pero, además, el general emparentó con una de los más relevantes clanes del poderoso bloque propeninsular, el de los Mariátegui. Los lazos familiares se lograron a través del matrimonio de Luis Mariátegui con la pequeña de las hijas de su mujer, Zenobia Vinyals Bargés, que desde niña se crió con el matrimonio O’Donnell-Bargés y con ellos residió en la Gran Antilla. Luis, que como otros prominentes miembros del lobby cubano alternó su vida entre diversas capitales (en este caso La Habana, París y Madrid), tenía una casa de comercio en la capital antillana y diversas propiedades, incluida una fábrica de algodón, en Cuba y el País Vasco 24. Pasaba por ser uno de los agentes en Madrid de los defensores de la «continuación de la trata de negros» y como tal actuó en las Cortes del Bienio Progresista, para las que resultó elegido como diputado por Guipúzcoa 25. De hecho, buena parte de sus intervenciones parlamentarias se centraron en asuntos cubanos y en demostrar los grandes perjuicios que había ocasionado en la economía antillana la labor realizada por Juan de la Pezuela, capitán general de la isla durante el gobierno Sartorius. En su afán por acabar con el «ilícito comercio», el futuro conde de Cheste había ordenado un empadronamiento de esclavos, lo que, según el diputado vasco, había provocado una gran alarma en Cuba y una bajada en el valor de la propiedad del 50 por 100. En definitiva, con arreglo a su versión, España habría perdido la isla en el caso de que no se hubiese producido el relevo de Pezuela, algo que se logró gracias a las buenas gestiones del entonces ministro de la Guerra, el general O’Donnell 26.
En efecto, el pilar fundamental sobre el que se asentó el dominio español sobre Cuba fue la esclavitud, y el mandato de O’Donnell tuvo entre sus fines primordiales la protección y fomento del régimen de mano de obra servil. No sólo el trabajo de los africanos aseguraba la prosperidad económica de la Gran Antilla, y con ella los importantes remanentes que llegaban a la Penísula, sino que, además, resultaba el mejor baluarte para la sujeción política de la isla a la metrópoli. Así, los recurrentes temores a una sublevación esclava, similar a la que se había producido en la posesión francesa de Saint Domingue a fines del siglo xviii, sujetaba a la Península incluso a los más detractores del dominio español sobre Cuba. Cierto es que también alentaba a los partidarios del anexionismo a Estados Unidos, ante una hipotética mejor protección del vecino del norte no sólo frente a los levantamientos esclavistas, sino también hacia los embates abolicionistas británicos. Se hacía necesaria una política firme y contundente que protegiese el sistema esclavista, y en esos términos lo entendió O’Donnell, tal y como lo demostró sobradamente a lo largo de su mandato 27. De ahí que no dudase en ejercer una brutal represión sobre los levantamientos esclavistas que se desarrollaron en 1843-1844 que, según nuestro protagonista, constituían el preludio de una conspiración general de todas las «negradas» de la isla. Nunca se demostró el pretendido carácter general de la confabulación, pero a lo largo del proceso de la conocida como «Conspiración de la Escalera» sí se pusieron claramente de manifiesto las formas pretorianas e inmisericordes del capitán general.
Su protección del régimen esclavista incluyó la tolerancia hacia el «odioso comercio». No fue desde luego el primero ni el último capitán general que contravino los tratados suscritos por España con Gran Bretaña sobre el fin de la trata, ya que, salvo muy contadas excepciones, el mantenimiento del «tráfico negrero» fue moneda común entre el mando supremo de la colonia ultramarina. Pero lo que interesa ahora retomar es que ese «ilícito comercio» actuó como uno de los principales vínculos de unión de la comunidad de intereses que estableció con los acaudalados miembros del grupo propeninsular. Otros sectores de la elite antillana, aunque partidarios de la esclavitud, rechazaban la trata, pues eran muy conscientes del freno que suponía el aumento de la población de color a sus aspiraciones reformistas 28. En la actitud del general hacia el comercio esclavista había sin duda razones de Estado, puesto que el llamado «equilibrio de razas» resultaba el mejor garante del dominio español sobre Cuba 29. Para O’Donnell se trataba de un asunto que no admitía margen de duda, pues «el día en que estos (los blancos) sean en el país superiores a los negros y quede destruido el equilibrio de las castas, acabará la seguridad de conservar la integridad del territorio y su dependencia de la metrópoli» 30. Dado el promedio de vida de los africanos que llegaban a la isla (entre siete y quince años) y su baja tasa de reproducción (que calculaba de 1 a 5), se hacía inevitable el mantenimiento del comercio esclavista. Pero, según todos los indicios, además del interés por preservar la soberanía española sobre Cuba había otras motivaciones de carácter personal a las que, cuando menos, cabe calificar como poco virtuosas. En ese sentido son abrumadoras las informaciones aportadas por los comisionados británicos en La Habana sobre la connivencia, e incluso participación, del capitán general en las sustanciosas ganancias del comercio esclavista. Es más, con arreglo a las denuncias de ciertos escritos de la época, O’Donnell había incrementado la cuota que hasta entonces se embolsaba el mando supremo antillano por cada uno de los bozales que se introducían en la isla 31. Si damos crédito a ese tipo de informaciones, y aun en el supuesto de que los comisionados británicos cargasen las tintas en sus informes, resulta fácil enlazar «los cuatro o cinco millones de reales» que el general se trajo de vuelta a la Península con su proverbial tolerancia hacia los traficantes de africanos 32. Tales planteamientos explican su continuo rechazo a la inmigración blanca propuesta por ciertas instituciones y particulares con el fin de paliar la escasez de trabajadores que sufría la isla 33.
Cuando ante las presiones británicas y el temor que levantó la «Conspiración de la Escalera» se produjo una disminución del comercio esclavista, se buscaron alternativas para seguir consiguiendo mano de obra barata; alternativas a las que no fueron ajenos ni el capitán general ni las elites cubanas más próximas a la máxima autoridad colonial. Los nuevos trabajadores del azúcar provenían de Extremo Oriente y de la más cercana península del Yucatán, y aunque oficialmente eran hombres libres, en la práctica vivieron en un régimen de semiesclavitud. En el mandato de O’Donnell se introdujeron sobre todo culíes chinos, aunque durante los últimos meses de su destino antillano autorizó también la entrada de indios del Yucatán 34. El traslado de los trabajadores asiáticos al Caribe corrió a cargo de los mismos comerciantes que se ocupaban del comercio de africanos; personajes que mantenían, como sabemos, excelentes relaciones con nuestro protagonista. Es el caso de Julián Zulueta, cuya compañía mercantil trasladó en 1847 a los primeros culíes que se llevaron a Cuba y, junto con O’Donnell, los distribuyó entre los plantadores cubanos. Según su biógrafo más reciente, el alavés también se encargó, mediante contrato previo con la Administración colonial, de trasladar a Fernando Poo a aquella población de color que el gobierno español decidió confinar en la isla africana para dedicarla a trabajos agrícolas y de obras públicas. En realidad, la colonización de Fernando Poo se desarrolló en tiempos de la Unión Liberal, pero desde los años cuarenta la colonia que España tenía en África fue la base de operaciones de la casa comercial de Zulueta en sus negocios esclavistas 35. Ya en 1845 O’Donnell consiguió una real orden para promover la «espontánea» emigración a Fernando Poo y Annobón de aquellos «libres de color» que más incómodos resultasen a la colonia antillana 36. En este punto no hay que olvidar que para el general esta población, de tan difícil encaje en la sociedad esclavista, había sido una de las principales promotoras de las sublevaciones de esclavos de 1843-1844.
Los «libres de color» habían crecido en número en los años inmediatamente anteriores a la llegada de O’Donnell a La Habana porque el general Valdés había concedido muchas «cartas de libertad» a los «emancipados». El término hacía alusión a aquellos africanos hallados en los buques que se dedicaban a la trata y que cuando éstos eran apresados quedaban liberados, aunque bajo la jurisdicción de la autoridad colonial. No adquirían de forma inmediata la carta de libertad, sino tras una etapa de aprendizaje de una profesión, que oficialmente oscilaba entre cinco y siete años. En la práctica ese periodo de «aprendizaje» se alargaba de forma indefinida, y su condición se asimilaba con frecuencia a la de los esclavos 37. Así ocurrió en el mandato de O’Donnell, que apenas sí concedió cartas de libertad, al contrario que su antecesor, que liberó a más de 1.300 esclavos. Es más, según ciertos panfletos de la época poco proclives a nuestro protagonista, los emancipados se convirtieron en un sustancioso negocio para el general moderado. Además de emplearlos en las tareas domésticas, también se destinaron a las faenas agrícolas y a la construcción ferroviaria, previo pago de una tarifa por parte de los empresarios involucrados. Según la misma fuente, nada se supo del destino de tales fondos hasta la llegada de Pezuela a la isla 38.
La cuestión de los emancipados era una vertiente más de los variados intereses que giraban alrededor del trabajo forzado de los africanos, y actuaba como otro de los elementos de la argamasa que unía a la máxima autoridad colonial con ciertos miembros de las elites cubanas. Un elemento que, una vez más, sobrepasaba los límites de la legalidad vigente. En relación con lo señalado resulta significativo el caso de Francisco Martí y Torrens, Pancho Martí, un catalán asentado en Cuba desde comienzos del siglo xix que mantuvo una privilegiada relación con O’Donnell. Se dedicaba a diversas actividades (por ejemplo, era dueño del teatro Tacón de La Habana) y entre sus variados negocios se encontraba la utilización fraudulenta de los emancipados. No sólo los empleaba directamente, sino que también los alquilaba e incluso vendía 39. No fue la única faceta en la que Martí disfrutó de la aquiescencia del capitán general. La protección del monopolio que detentaba el empresario catalán sobre la organización de la celebración del carnaval en La Habana condujo a la que irónicamente fue bautizada como «batalla de puncheleche» (ponche de leche), que era la bebida más habitual en tales festejos. Se trataba de un episodio menor pero que con frecuencia era recordado por los detractores de O’Donnell, ya que, a su juicio, reflejaba bien los métodos pretorianos y abusivos del general durante su mando antillano. La «batalla» en sí tuvo lugar durante la celebración de los «bailes de máscaras» de febrero de 1844 y todos los indicios apuntan a que la reacción del militar moderado, ante un hecho en apariencia intrascendente, fue desmesurada. Para dar ejemplo a una población en la que «existían multiplicados elementos de agitación y demasiados espíritus revoltosos», en palabras del propio O’Donnell, los celebrantes que no respetaron el mencionado monopolio acabaron sufriendo una carga a caballo del ejército, con el general a la cabeza, y algunos de ellos fueron condenados con penas de prisión o de destierro 40.
O’Donnell volvió de Cuba en la primavera de 1848 enemistado con su principal aval en el Partido Moderado, Narváez. Éste, que una vez más ejercía de jefe de gabinete, le había apartado del mando supremo antillano unos meses antes de cumplir los cinco años que según el conde de Lucena le correspondían por las Leyes de Indias. A pesar de que fue uno de los generales que más tiempo ocupó la Capitanía General, el cese supuso la ruptura entre ambos militares, pues O’Donnell le había pedido expresamente a su antiguo compañero de conspiraciones que quería agotar el plazo de los cinco años, precisamente para redondear el objetivo que le había llevado a Cuba: conseguir una posición económica desahogada. Quizá, como señalaba Andrés Borrego, el relevo se había producido porque Narváez necesitaba cumplir «ciertos compromisos» que preparasen su «efímero» nuevo ministerio 41. Probablemente entre esos compromisos se encontraba el de contentar a la reina madre. Y es que el elegido para sustituir a O’Donnell fue el general Roncali, una persona muy próxima al matrimonio Borbón-Riánsares, que seguramente prefería a alguien más cercano para proteger sus inconfesables negocios cubanos. Precisamente la participación en la trata negrera de Fernando Muñoz había comenzado prácticamente al tiempo de la llegada a la isla de O’Donnell 42. Si bien Roncali no levantaba sospechas sobre cuál había de ser su postura hacia el régimen y el comercio esclavista, por el contrario, sí podía poner en cuestión el liderazgo alcanzado por el conde de Lucena en la red de poder organizada en torno a los lucrativos asuntos de la más importante colonia española. No obstante, pronto aparecieron nuevas oportunidades de recuperar la posición perdida.
Si O’Donnell había vuelto de América dispuesto a mantener sus privilegiadas relaciones cubanas, también, o quizá por ello, había regresado con la intención de adquirir compromisos públicos con la oposición, como igualmente destacó Andrés Borrego. Narváez, tras su breve alejamiento del poder y consciente sin duda del peligro que entrañaba su compañero de armas, buscó un acercamiento que se materializó en el nombramiento de O’Donnell como director general de Infantería en octubre de 1849. Una vez restablecida «la antigua amistad» entre los dos militares es difícil no enlazar la sustitución de Roncali como capitán general de Cuba por José García de la Concha en 1850. ¿Comenzaba a configurarse, aunque fuese de forma embrionaria, un grupo de militares que pretendía acabar con el papel hegemónico alcanzado por la pareja María Cristina-Fernando Muñoz dentro del moderantismo? Desde luego hay indicios para no descartar esa posibilidad, y aún hay más indicios de que Cuba había pasado a ser uno de los puntos de encuentro de una serie de generales unidos hasta entonces por lazos de amistad. Además, pronto la política en la Península daría nuevas oportunidades de aumentar los lazos de solidaridad entre esos altos mandos castrenses, e incluso de ampliar el círculo de descontentos con la red de poder que giraba en torno a la regia pareja. Esa red que tan hábilmente venía dirigiendo el duque de Riánsares, en la que se entremezclaban y confundían los lazos económicos con los políticos 43.
El conde de Lucena no realizó la anunciada oposición a los gobiernos de la Década Moderada mientras que Narváez se mantuvo en el poder. Su crítica a los dirigentes moderados comenzó durante el gabinete presidido por Bravo Murillo, meses antes de conocerse los famosos proyectos de reforma constitucional. Su hostilidad estuvo vinculada a lo que desde los inicios del Ministerio se conoció como la pugna entre el poder civil y el militar, y en esa lucha O’Donnell se convirtió en el principal portavoz del generalato 44. En realidad, el conflicto se gestó cuando Bravo, como titular de la cartera de Hacienda en el último gobierno Narváez, intentó recortar el presupuesto del ejército, y se recrudeció durante su Ministerio como consecuencia de la fórmula a seguir en los ascensos militares 45.
No obstante, además de la defensa de los intereses corporativos de la institución con la que se sentía tan identificado, en la oposición del conde de Lucena había otra serie de motivaciones. Una de ellas era sin duda preservar sus relaciones cubanas, que una vez más estaban en peligro con la destitución de García de la Concha y el nombramiento de Cañedo como capitán general de la isla. Un destacado miembro del gobierno de Bravo, el marqués de Miraflores, planteó que la sustitución se había producido porque el futuro marqués de La Habana pretendía ejercer su «autoridad de una manera independiente y omnímoda» 46. Sin embargo, otros observadores vieron en el cese de García de la Concha los deseos de contentar a la reina madre 47. Seguramente no andaban muy errados estos últimos, pues otros muchos hombres de la época, de signo político muy diverso, consideraban a la exregente y su marido como los principales promotores y sostenedores del gobierno Bravo, así como de los gabinetes que le sucedieron hasta julio de 1854 48. Con arreglo a la correspondencia privada del conde de Lucena, contra ese poder en la sombra se dirigía fundamentalmente la beligerancia política demostrada en los últimos años de la Década Moderada. Y es que, para el general, había que acabar con la hegemonía de la «casa non santa», como le gustaba llamar al Palacio de las Rejas, la residencia del matrimonio Muñoz-Borbón, y muy especialmente poner un «dique» a las maquinaciones del duque de Riánsares, que, en palabras también de nuestro protagonista, pretendía «ser de hecho el rey de España» 49. Sólo con la neutralización del poderoso matrimonio podía recuperar la posición perdida en 1841, cuando todo hacía presagiar que se convertiría en el «espadón» del moderantismo.
La amplia oposición que se organizó contra los gobiernos autoritarios de esos años cincuenta permitió a O’Donnell poner de manifiesto que no se contentaba con un papel secundario en la política española, pues desde el Senado se erigió como uno de los principales promotores de los comités de protesta. Además, el movimiento de oposición le permitió ampliar sus apoyos. Desde luego seguía contando con la colaboración de los García de la Concha y Serrano, y a ellos se unirían otros generales, aunque de forma transitoria en algún caso, como Dulce, Mesina, Infante o Ros de Olano. No obstante, en la preparación del pronunciamiento de 1854 no pudo contar con todos ellos, ya que habían sido alejados de Madrid por el gobierno para frenar el movimiento conspirativo. De cualquier manera eso no supuso romper los contactos y, de hecho, entre abril y julio de 1854 pactó con los hermanos García de la Concha, junto con prominentes miembros de la elite cubana, la restitución de José en la Capitanía General de Cuba, una vez que triunfase el levantamiento 50.
Pero, además, en los comités de oposición que se organizaron contra los gobiernos involucionistas de los años cincuenta, O’Donnell estrechó lazos con los puritanos. Es difícil conocer el grado de identificación ideológica del conde de Lucena con los postulados de la facción más avanzada del moderantismo, dada la opacidad de las fuentes disponibles en ese sentido. De hecho, como destacó uno de sus incondicionales, Navarro Rodrigo, todavía a la altura de 1848, cuando regresó de su destino americano, O’Donnell era «un enigma en política» 51. Desde luego se le consideraba miembro indiscutible del Partido Moderado, pero sin adscribirle a ninguna de las tendencias que convivían en esa formación política, por más que alguno de sus detractores le relacionase con posiciones absolutistas. No obstante, tras su ya comentada aceptación de la Dirección General de Infantería en el último Ministerio Narváez, quedó vinculado a la política de éste. Tanto más cuanto fue una de las figuras que con más ahínco luchó por la rehabilitación de su compañero de armas cuando éste fue «desterrado» por el gobierno de Bravo Murillo. De aquí cabe pensar que en su acercamiento al puritanismo influyeran cuestiones estratégicas, como la necesidad de buscarse su propio espacio político, dado el gran ascendiente que todavía conservaba Narváez en el grueso del Partido Moderado. De hecho, Narváez fue su aliado durante buena parte de la preparación del pronunciamiento de Vicálvaro, e incluso, como denunció O’Donnell años después en el Senado, cuando ambos generales habían pasado a ser enemigos políticos, se comprometió a participar en él 52. Aunque el duque de Valencia lo negó en su réplica, la correspondencia privada entre ambos generales parece corroborar la acusación. Pero lo que ahora interesa retomar es que esa misma correspondencia sugiere también que el conde de Lucena mantuvo su alianza con su compañero de partido en tanto que éste le resultó útil 53.
Hubiese razones estratégicas o ideológicas en su acercamiento al puritanismo, es innegable que O’Donnell, a la altura de 1854, mantenía una estrecha relación con relevantes figuras de ese grupo, como es el caso de Antonio de los Ríos Rosas, y muy probablemente en esas relaciones desempeñó un papel fundamental el que en esos años ejercía como su secretario particular, Antonio Cánovas del Castillo. El entonces joven escritor se movía en la órbita de Joaquín Francisco Pacheco, la cabeza visible de los puritanos, y también mantenía buenas relaciones con algunas figuras del progresismo 54. De hecho, fue Cánovas quien le puso en contacto con Fernández de los Ríos, en cuya casa pasó buena parte de los más de cinco meses de clandestinidad previos al pronunciamiento. Igualmente fue su vínculo con el exterior durante esa etapa de confinamiento y quien le proporcionó, en ese mismo periodo, algunos de los contactos que le acompañarían tanto personal como políticamente hasta el final de su vida, como es el caso del marqués de la Vega y Armijo 55.
Así pues, a finales de la Década Moderada O’Donnell se había decantado por la opción puritana, sector del que partió la fundación de la futura Unión Liberal. Es poco probable que en las fechas que analizamos el conde de Lucena se plantease la formación de un nuevo partido. La posibilidad de integrar en una entidad política a los moderados avanzados con los progresistas templados se comenzó a fraguar a finales del Bienio Progresista, con la formación del Centro Parlamentario 56. No obstante, muchos unionistas vieron en las alianzas que cristalizaron a partir de 1852 entre las dos familias políticas los antecedentes de la Unión Liberal, aunque ésta no empezase realmente a vislumbrarse hasta 1856 y constituirse definitivamente en 1858, a partir de la formación del segundo gabinete presidido por O’Donnell, el conocido como Gobierno Largo 57.
Resulta evidente que antes ya de la Vicalvarada el conde de Lucena contaba con su propio grupo en el que no solamente participaban una serie de militares de alta graduación, sino también algunas figuras civiles de renombre político y otras que, a pesar de su juventud, muy pronto destacarían en la escena pública. Pero, además de los vínculos políticos, en el «capital relacional» del conde de Lucena cabían también otra serie de intereses. Sin duda, los más significativos giraban alrededor de la protección de los sustanciosos negocios de la más próspera colonia española, Cuba.
A la altura de 1854, ese conjunto de solidaridades le permitían postularse como una alternativa viable de gobierno y desafiar a la red de poder que hasta esa fecha había dominado la política española, la construida en torno a la pareja Borbón-Muñoz. La aspiración de desbancar a ese bloque hegemónico había comenzado a gestarse durante su exilio en Orleans, a raíz de las diferencias surgidas con el duque de Riánsares. Tras su brillante actuación militar en la guerra carlista y su encumbramiento dentro del moderantismo al acabar ésta, vino la escasez de medios en suelo francés y su desplazamiento político como consecuencia de las divergencias con Muñoz. Los agravios y dificultades determinaron en buena medida su trayectoria pública posterior, que, más allá de las afinidades ideológicas, estuvo marcada por el pragmatismo y la ambición. Para recuperar la posición perdida tenía que construir su propia red de apoyos y conseguir la independencia económica que le garantizase una completa libertad de actuación. La Capitanía General de Cuba se convirtió en la plataforma para solventar los problemas financieros y el inicio de una serie de lazos personales en los que confluyeron viejas y nuevas amistades. Esas relaciones no dejaron de crecer y alimentarse tras su vuelta a la Península, pues la administración de la Gran Antilla no sólo le permitió confraternizar con ciertas elites locales, sino que, además, fue uno de los puntos de encuentro de los más importantes jefes militares unionistas. Las intentonas involucionistas de comienzos de los años cincuenta le brindaron la posibilidad de ampliar su red de influencias. Si con el liderazgo de O’Donnell los puritanos renunciaban a su vieja reivindicación de alejar a los militares de la política, en el caso del conde de Lucena suponía identificarse con un sector del moderantismo que le alejaba de las tendencias en las que hasta entonces se le había adscrito.
La forma en que se desarrollaron los acontecimientos a partir del pronunciamiento de junio de 1854 condujo a que esos apoyos no fueran suficientes para lograr la que sin duda era su máxima aspiración, la presidencia del Consejo de Ministros. No obstante, sí se consiguieron algunos logros significativos. Se alejó de los círculos de poder madrileños a la pareja Borbón-Muñoz, que partió hacia un nuevo, y definitivo, exilio en París. Por otra parte, desde su Ministerio de la Guerra el general quedó en buena posición para trabajar por la jefatura de gobierno que se le venía hurtando desde comienzos de los años cuarenta. Además, pudo preservar sus privilegiadas relaciones cubanas con el nombramiento de José García de la Concha en sustitución de Juan de la Pezuela para la Capitanía General. Por tanto, a cuatro años vista de la formación de la Unión Liberal, O’Donnell había tejido, a ambos lados del Atlántico, unas redes en las que se entremezclaban intereses y aspiraciones diversas. Esas redes le acabaron permitiendo la constitución del partido que quiso simbolizar la vieja idea de conciliación liberal.
* Este artículo se ha desarrollado en el marco del proyecto «La construcción de las redes de poder en la España contemporánea y sus relaciones con el mundo atlántico (siglos xix-xx)». Ministerio de Economía y Competitividad. Ref.: HAR2012-32755.
1 José María Jover Zamora: «Prólogo», en Historia de España de Ramón Menéndez Pidal, t. XXXIV, La era isabelina y el «Sexenio Democrático» (1834-1874), Madrid, Espasa Calpe, 1988, p. XLVI.
2 Una de las expresiones que más éxito cosechó para designar a la Unión Liberal fue la de «la familia feliz». Con ella su autor, Alcalá Galiano, caricaturizó al partido de O’Donnell como una gran jaula en la que convivían todo tipo de animales antitéticos, en perfecta armonía gracias a que un hábil domador les daba comida y les sometía con el látigo. Véase Francisco Cánovas: «La Unión Liberal», en Historia de España de Ramón Menéndez Pidal, t. XXXIV, La era isabelina y el «Sexenio Democrático» (1834-1874), Madrid, Espasa Calpe, 1988, p. 465.
3 Manuel Ibo Alfaro: Apuntes para la historia de don Leopoldo O’Donnell, Madrid, Imprenta de don Francisco Martínez Zambrano, 1868, pp. 76-78.
4 Ángel Fernández de los Ríos: Estudio histórico de las luchas políticas en la España del siglo xix, t. II, Madrid, English y Gras, 1880, pp. 374-375.
5 Se dispone de tres amplias biografías publicadas en la década de 1860 que, en un tono básicamente hagiográfico, dan buena cuenta de las hazañas militares y políticas de nuestro protagonista, Manuel Ibo Alfaro: Apuntes para la historia...; Rafael del Castillo: Historia de la vida militar y política del Excmo Sr. Capitán General Don Leopoldo O’Donnell, Madrid, Librería Española, 1860, y Carlos Navarro Rodrigo: O’Donnell y su tiempo, Madrid, Imprenta de la Biblioteca Universal Económica, 1869. Más neutral resulta la de Francisco Melgar: O’Donnell, Madrid, Gran Capitán, 1946. No aporta, respecto a las anteriores, nuevos datos desde la perspectiva que aquí interesa la de Carlos Seco Serrano: «El general O’Donnell», Torre de los Lujanes. Boletín de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, 27 (1994), pp. 59-67. Otro tanto cabe señalar de las dos de Hugo O’Donnell: «D. Leopoldo O’Donnell, I duque de Tetuán», en Valentina Fernández Vargas (dir.): El Madrid Militar, t. II, El Ejército en Madrid y su territorio (1813-1931), Madrid, Ministerio de Defensa, 2006, pp. 367-413, e íd.: «Leopoldo O’Donnell, centrista y conspirador obligado», en La era isabelina y la revolución, 1843-1875. Actas de las XIII Jornadas Nacionales de Historia Militar (Sevilla, del 13 al 16 de noviembre de 2006), Sevilla, Cátedra General Castaños, 2009, pp. 67-88. Al cierre de estas líneas se ha publicado una fundamentada semblanza que en alguno de sus planteamientos no coincide con los defendidos en este artículo. Véase Francesc Martínez Gallego: «O’Donnell, entre capitanías, bozales y ministerios», en José Luis Comellas et al.: Los generales de Isabel II, Madrid, Ediciones 19, 2016, pp. 193-259. También pueden consultarse mis dos trabajos: «Un general moderado en la Gran Antilla: O’Donnell y la Capitanía General de Cuba (1843-1848)», en Manuel Pérez Ledesma (ed.): Trayectorias trasatlánticas (siglo xix). Personajes y redes entre España y América, Madrid, Polifemo, 2013, pp. 193-233, e íd.: «Leopoldo O’Donnell y Joris: de militar a hombre de Estado», en José Álvarez Junco et al.: El historiador consciente. Homenaje a Manuel Pérez Ledesma, Madrid, UAM Ediciones-Marcial Pons, 2015, pp. 299-313.
6 Francisco Melgar: O’Donnell..., p. 21.
7 La faceta de escritor político de Enrique O’Donnell en María Sierra, María Antonia Peña y Rafael Zurita: Elegidos y elegibles. La representación parlamentaria en la cultura del liberalismo, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 13-15.
8 José Cepeda Gómez: El ejército en la política española (1787-1843), Madrid, Fundación Universitaria Española, 1990, p. 198.
9 Sobre la amistad con Serrano véase Fernando Fernández Bastarreche: Los espadones románticos, Madrid, Síntesis, 2007, p. 140.
10 Modesto Lafuente: Historia general de España, vol. VI, Barcelona, Montaner y Simón, 1882, p. 298.
11 Es lo que parece desprenderse de la carta de O’Donnell a Espartero (30 de agosto de 1840). La respuesta de éste de 4 de septiembre puede consultarse en el Archivo de la Diputación Provincial de Pontevedra, Vega de Armijo, 7-1.
12 La primera versión puede consultarse en Ildefonso Bermejo: La Estafeta de Palacio, vol. II, Madrid, R. Labajos, 1871-1872, p. 35. La segunda, en Modesto Lafuente: Historia general..., p. 356. Sobre el desarrollo del pronunciamiento véanse Fernando Mikellarena Peña: «La sublevación de O’Donnell de octubre de 1841 en Navarra», Historia Contemporánea, 38, (2010), pp. 239-275, y Carmen García García: «Un general moderado en la Gran Antilla: O’Donnell y la Capitanía...», pp. 198-203.
13 Carta de Lepoldo O’Donnell desde Bayona a Fernando Muñoz (8 de julio de 1843) y la contestación de éste desde París (11 de julio de 1843), en Archivo Histórico Nacional, Diversos: títulos y familias (Archivo de la Reina Gobernadora), 3537, leg. 1, exp. 7. Veladas alusiones a su mala relación con Muñoz desde 1841 en DSC, 24 de enero de 1856, p. 10165.
14 Cartas de Leopoldo O’Donnell a Fernando Muñoz desde Orleans (28 de marzo, 7 de abril y 5 y 8 de octubre, sin año, suponemos que de 1842), en Archivo Histórico Nacional, Diversos: títulos y familias (Archivo de la Reina Gobernadora), 3537, leg. 1, exp. 7.
15 Fernando Fernández de Córdova: Mis memorias íntimas, vol. II, Madrid, Velecío, 2007, pp. 180 y 186 (1.ª ed., 1886).
16 Informe del embajador francés en España (29 de julio de 1843), en Archives du Ministère des Affaires Étrangères, Correspondance Politique, vol. 816.
17 La antipatía del futuro marqués del Duero hacia Fernando Muñoz en Fernando Fernández de Córdova: Mis memorias..., pp. 180-181.
18 En 1846, ante los rumores de que iba ser relevado de la Capitanía General, O’Donnell escribía al entonces jefe del ejecutivo Narváez: «V. conocera que no puede estar en mis intereses y deseos el dejar el puesto que ocupo, antes de los cinco años que señala la ley de indias, a menos que mi salud ò la de mi mujer se resintiese del clima. Pues de otro modo mi viaje a America no me daría el objeto que me havia propuesto que es asegurar honrosamente, una medianía de fortuna independiente». Véase carta de O’Donnell desde La Habana a Narváez (16 de marzo de 1846), en Real Academia de la Historia, Archivo Narváez, II, 9/8110, 44-6.
19 Stephen Jacobson: «Imperial Ambition in an Era of Declive: Micromilitarism and the Eclipse of the Spanish Empire, 1858-1923», en Alfred W. McCoy, Josep M. Fradera y Stephen Jacobson (eds.): Spain’s Retreat, Europe’s Eclipse, America’s Decline, Madison, The University of Wisconsin Press, 2012, p. 79.
20 Sobre las competencias del capitán general y la actuación de muchos de ellos en la época que nos ocupa véase Josep M. Fradera: Colonias para después de un Imperio, Barcelona, Ediciones Bellaterra, 2005, pp. 183-322.
21 José Cayuela: «Los capitanes generales de Cuba: elites coloniales y elites metropolitanas», Historia Contemporánea, 13-14 (1996), pp. 197-221, e íd.: Bahía de Ultramar. España y Cuba en el siglo xix. El control de las relaciones coloniales, Madrid, Siglo XXI, 1993.
22 Antonio Santamaría García y Alejandro García Álvarez: Economía y colonia. La economía cubana y la relación con España, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2004, p. 45.
23 Sobre el grupo propeninsular véase Ángel Bahamonde y José Cayuela: Hacer las Américas. Las elites coloniales españolas en el siglo xix, Madrid, Alianza Editorial, 1992. Una biografía sobre Julián Zulueta en Eduardo Marrero Cruz: Julián de Zulueta y Amondo, promotor del capitalismo en Cuba, La Habana, Ediciones Unión, 2006.
24 Datos biográficos sobre Luis Mariátegui en Joseba Agirreazkuenaga Zigorraga et al.: Diccionario biográfico de los parlamentarios de Vasconia (1808-1876), Vitoria, Parlamento Vasco, 1993, pp. 596-598.
25 Biblioteca Nacional, mss. 2037, fol. 88.
26 DSC, 2 de abril de 1855, pp. 3480-3481.
27 Una más detallada información sobre la etapa cubana de O’Donnell en Carmen García García: «Un general moderado en la Gran Antilla: O’Donnell y la Capitanía...», pp. 204-229.
28 Una síntesis de esos planteamientos en José Antonio Piqueras Arenas: «La vida política entre 1780 y 1878», en Consuelo Naranjo Orovio (coord.): Historia de Cuba, Madrid, Doce Calles, 2009, pp. 287-289.
29 Josep M. Fradera: La nación imperial (1750-1918), vol. II, Barcelona, Edhasa, 2015, pp. 829-845.
30 Informe de O’Donnell al secretario de Ultramar (15 de febrero de 1845), en Archivo Histórico Nacional, Ultramar, leg. 4655.
31 Antonio Rivera: Apéndice de los hechos más notables del general don Leopoldo O’Donnell durante su permanencia en la isla de Cuba, Londres, 1855.
32 La cifra en Manuel Ibo Alfaro: Apuntes para la historia..., p. 798.
33 Consuelo Naranjo Orovio y Armando García González: Racismo e inmigración en Cuba en el siglo xix, Madrid, Doce Calles, 1996, pp. 80-81.
34 Sobre los culíes véanse Levi Marrero: Economía y sociedad, vol. IX, Madrid, Playor, 1983, pp. 123-136, y Juan Pérez de la Riva: Los culíes chinos en Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2000. Para los yucatecos puede consultarse a Izaskun Álvarez Cuartero: «La resistencia de los mayas yucatecos durante el siglo xix: una propuesta para su estudio», en Lucia Provencio Garrigós: Abarrotes. La construcción social de las identidades colectivas en América Latina, Murcia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 2006, pp. 253-272.
35 Eduardo Marrero Cruz: Julián de Zulueta y Amondo..., pp. 54-57.
36 María Dolores García Cantús: Fernando Poo: una aventura colonial española, Barcelona, Ceiba-Centros Culturales Españoles de Guinea Ecuatorial, 2006, pp. 187-188.
37 Para los emancipados véase Inés Roldán de Montaud: «Origen, evolución y supresión del grupo de negros emancipados en Cuba (1817-1870)», Revista de Indias, LVII, 169-170 (1982), pp. 559-641, e íd.: «En los borrosos confines de la libertad: el caso de los negros emancipados en Cuba, 1817-1870», Revista de Indias, LXXI, 251 (2011), pp. 159-192.
38 «Reseña sucinta e histórica de los hechos más notables del general don Leopoldo O’Donnell en Isla de Cuba» (impreso), en Archivo Histórico de la Nobleza, Mendigorría, caja 353, D. 1-6.
39 Antonio Santamaría García y Alejandro García Álvarez: Economía y colonia..., pp. 114-115.
40 Diferentes versiones de la época sobre cómo se desarrolló la batalla de puncheleche en Robert L. Paquette: Sugar is Made with Blood. The Conspiracy of La Escalera and the Conflict between Empires over Slavery in Cuba, Middletown (Connecticut), Wesleyan University Press, 1988, pp. 218-219. La versión de O’Donnell, de la que procede la cita, en su informe a la Sección de Ultramar de 15 de febrero de 1844, en Biblioteca Nacional de España, mss. 20326.
41 Andrés Borrego: España y la revolución o estudio sobre el carácter de las reformas que han cambiado el estado de la sociedad española. Origen, síntomas y pronóstico de la revolución de 1854, Madrid, Imprenta de Manuel Minuesa, 1856, pp. 116-118.
42 Ángel Bahamonde y José Gregorio Cayuela: «Entre La Habana, París y Madrid: intereses antillanos y trasvase de capitales de María Cristina de Borbón y el duque de Riánsares (1835-1873)», Estudios de Historia Social, 44-47 (1988), pp. 635-649. También para las relaciones de la familia real con el tráfico esclavista véase José A. Piqueras: «La reina, los esclavos y Cuba», en Juan Sisinio Pérez Garzón: Isabel II: los espejos de la reina, Madrid, Marcial Pons, 2004, pp. 91-110.
43 Véase Juan Pro Ruiz: «Poder político y poder económico en el Madrid de los moderados (1844-1854)», dosier Poderes privados y recursos públicos, Ayer, 66 (2007), pp. 27-55.
44 Ramón Santillán: Memorias (1808-1856), Madrid, Tecnos, 1996, pp. 357-358, e Ildefonso Bermejo: La Estafeta de Palacio, vol. III, pp. 316-322.
45 Juan Pro: Bravo Murillo. Política de orden en la España liberal, Madrid, Síntesis, 2006, pp. 240-246 y 283-284.
46 Marqués de Miraflores: Continuación de las memorias políticas para escribir la historia del reinado de Isabel II, vol. I, Madrid, Imprenta de M. Rivadeneyra, 1873, p. 374.
47 Carta de M. Morales a Henry Coit (La Habana, 17 de abril de 1852), citado en José Antonio Piqueras Arenas: La revolución democrática (1868-1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1992, p. 280.
48 Sobre esos gobiernos véase Isabel Burdiel: Isabel II. Una biografía (1830-1904), Madrid, Taurus, 2010, pp. 240-250.
49 Carta de O’Donnell a Narváez (Madrid, 23 de enero de ¿1853?), en Real Academia de la Historia, Narváez II, 9/8110, V44-18.
50 José Cayuela Fernández: «Los capitanes generales ante la cuestión de la abolición (1854-1862)», en Esclavitud y derechos humanos, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990, pp. 421-424.
51 Carlos Navarro Rodrigo: O’Donnell y su tiempo, p. 6.
52 DSS, 18 de mayo de 1857, pp. 63-72.
53 Borrador de carta desde Loja de Narváez a O’Donnell (28 de agosto de 1854), en Real Academia de la Historia, Narváez II, 9/7827, caja 19, núm. 2.8 (2).
54 Melchor Fernández Almagro: Cánovas. Su vida y su política, Madrid, Tebas, 1972, pp. 41-46.
55 Ángel Fernández de los Ríos: Estudio histórico de las luchas políticas..., pp. 374 y ss.
56 Sobre la creación de un nuevo «partido liberal» véanse las intervenciones de Ríos Rosas y O’Donnell en la sesión de las Cortes de 30 de marzo de 1855, extractadas y estudiadas en Isabel Burdiel: Isabel II..., pp. 456-457.
57 Sobre la gestación de la Unión Liberal a partir de 1852 véase la intervención de Ulloa, diputado y futuro ministro unionista, en DSC, 23 de diciembre de 1858, pp. 376 y ss.