Published 2003-03-15
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Abstract
El desastre colonial de 1898 supuso un hito decisivo en el despliegue de la política exterior de la España contemporánea por más de un concepto. La fulminante y abrumadora derrota naval y militar ante los Estados Unidos de América no sólo conllevó la pérdida de los últimos restos de un vetusto imperio en las Antillas (islas de Cuba y Puerto Rico) y en el Pacífico (archipiélagos de Filipinas, Marianas, Palaos y Carolinas). Implicó además, como ya subrayara con acierto el profesor Jover Zamora, la súbita conversión de la otrora metrópoli imperial en una pequeña potencia europea y «el desplazamiento de la acción exterior de España desde Ultramar a la región del Estrecho» l. y dicho cambio de status y referente imponía una revisión radical de la tradicional política exterior de «recogimiento» inaugurada por Cánovas del Castillo en 1875 y secundada por casi todos los gobiernos de la Restauración hasta 1898. No en vano, la derrota ante Estados Unidos había demostrado la básica contradicción inherente a dicha línea política: una pequeña potencia no podía mantener un imperio colonial superior a sus capacidades defensivas sin aliados firmes y seguros en una época de redistribución colonial y en un área de interés prioritario para una gran potencia emergente.