Ayer133 (1) 2024: 49-79
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2071
© Kate Ferris
Recibido: 12-03-2020 | Aceptado: 13-11-2022 | Publicado on-line: 08-01-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Utilizar la Alltagsgeschichte para entender la experiencia vivida de la dictadura fascista italiana

Kate Ferris

University of St. Andrews
kf50@st-andrews.ac.uk

Resumen: Este artículo examina algunas de las formas en que los enfoques de la historia de la vida cotidiana (Alltagsgeschichte) y, concretamente, las herramientas metodológicas y teóricas utilizadas por historiadores como Alf Lüdtke, han influido y pueden influir en el modo de escribir la historia del fascismo italiano y también de otras dictaduras de mediados del siglo xx. En particular, se sugiere que estos enfoques y herramientas ofrecen posibilidades fructíferas para reformular algunas cuestiones de investigación sobre la construcción y la práctica de la dictadura tanto «desde abajo» como «desde arriba», permitiéndonos entender mejor cómo funcionaron realmente las dictaduras y cómo fueron experimentadas en las localidades italianas, y brindando a los investigadores una «válvula de escape» de los polémicos debates sobre el consentimiento y el consenso hacia el fascismo que han dominado la historiografía durante mucho tiempo.

Pablabras clave: Italia fascista, Alltagsgeschichte, vida cotidiana, experiencia vivida, Eigensinn.

Abstract: This article examines some of the ways in which Alltagsgeschichte (the «history of everyday life») —and particularly the methodological and theoretical tools used by historians such as Alf Lüdtke— have influenced and can influence the ways of writing the history of Italian fascism, and indeed other dictatorships of the mid twentieth century. In particular, it suggests that these approaches and tools offer fruitful possibilities on how to reframe research questions around the construction and practice of dictatorship «from below» as well as «from above». By so doing, these approaches augment our understanding of how dictatorships actually functioned and were experienced in Italian localities, and offers scholars an «escape hatch» from the vexed debates on consent and consensus with regard to fascism that have long dominated much of the historical literature.

Keywords: Fascist Italy, Alltagsgeschichte, everyday life, lived experience, Eigensinn.

Las dictaduras son, por supuesto, activadas «desde arriba» por los propios dictadores y personas leales que les apoyan y las hacen posibles. El aparato legislativo y judicial democrático es desmantelado o redirigido; los dictados, la propaganda o la retórica que pretenden apuntalar la posición del dictador y remodelar la sociedad son proclamados o respaldados mediante la violencia, la coerción y las amenazas y los enemigos políticos son silenciados. Sin embargo, las dictaduras son también impulsadas «desde abajo», en los espacios locales y culturas cotidianas habitadas y representadas día a día por las personas. Los representantes de la dictadura a nivel local —jefes del partido, funcionarios públicos, policías, etc.— y aquellos con puestos semioficiales de confianza —por ejemplo, médicos, matronas, profesores, maestros y periodistas— se encargan de poner en práctica los objetivos perseguidos por el dictador, pero en este proceso deben asimilar e interpretar dichos objetivos, lo que lleva a su posible distorsión o alteración. De manera significativa, las dictaduras son experimentadas subjetivamente por los individuos que viven dentro de sus fronteras, quienes también, a través de su agencia, de sus acciones, prácticas y actitudes tienen alguna capacidad —aunque fuertemente circunscrita en muchos sentidos— de contribuir a la creación y potencialmente a la destrucción de la dictadura. Por lo tanto, la «unidad de experiencia» básica de la dictadura está local y subjetivamente conectada.

Este tipo de concepción del funcionamiento de la dictadura y de la necesidad de descubrir lo que podríamos llamar «la dictadura realmente existente» a través del análisis de las subjetividades y las prácticas que conformaron su experiencia vivida fue inicialmente ensayada en las décadas de 1980 y 1990 por los historiadores de la vida cotidiana de Alemania Occidental interesados en el estudio del nazismo y, de manera más destacada, por el recientemente fallecido Alf Lüdtke; pero también por historiadores de otros contextos, que no siempre se etiquetaron necesariamente a sí mismos como vinculados a la Alltagsgeschichte, como, por ejemplo, Sheila Fitzpatrick 1. Como reacción a las escuelas y enfoques existentes que se concentraban en las estructuras de poder del régimen y en su control totalitario, los historiadores de la vida cotidiana cuestionaron cómo operaban y eran experimentadas estas estructuras y formas de control «sobre el terreno», poniendo su atención en los sujetos individuales y en su agencia, así como en sus prácticas y experiencias subjetivas de la dictadura, revelando a menudo las confusas, volátiles, complicadas, parciales y fragmentadas maneras en las que estas fueron realmente impulsadas y vividas.

Este artículo aborda algunas de las formas en que los enfoques de la historia de la vida cotidiana, y especialmente algunas de las herramientas metodológicas y teóricas utilizadas por historiadores como Lüdtke, han influido y pueden influir en el modo de escribir la historia del fascismo italiano y también de otras dictaduras de mediados del siglo xx. Atiende también a las posibilidades que tales enfoques y herramientas pueden ofrecer para ensanchar nuestra comprensión del funcionamiento y la experiencia vivida en regímenes dictatoriales.

Al igual que los estudios sobre las dictaduras nazi y soviética, la historiografía del fascismo italiano se ha centrado durante mucho tiempo en la cuestión de si el régimen gobernaba principalmente mediante coerción o consentimiento 2. La historiografía y la memoria pública inmediatas de la posguerra, posteriormente denominadas como «escuela antifascista», describieron el fascismo como una ideología y un régimen impuestos maligna y violentamente por una minoría fascista a una mayoría de italianos que seguían siendo brava gente (gente buena) y antifascistas de corazón 3. Esta lectura del pasado reciente de Italia apuntó especialmente a la Resistenza y a los héroes partisanos como símbolos de la impermeabilidad a la ideología fascista, unos valores que formaron la base del mito fundacional legitimador de la República Italiana 4. Desde los años sesenta del siglo xx, esta narrativa quedó enfrentada a lo que el historiador y principal líder de la misma, Renzo de Felice, calificó como escuela «anti-anti-fascista» 5. Para De Felice, el fascismo era el producto de un amplio consenso —el término italiano engloba tanto el sentido de «consentimiento» como el de «consenso»— fomentado por las organizaciones de masas asistenciales y de ocio, grupos juveniles, libros de texto, películas y otros medios de propaganda que, en su conjunto, constituían una verdadera «maquinaria de consenso» 6. En su opinión, la primera mitad de los años treinta fueron «los años del consenso», durante los que los italianos se apropiaron de la autorrepresentación fascista como una alternativa tanto al liberalismo como al comunismo/socialismo —etiquetado como bolchevismo—, junto con las promesas de un futuro material mejor, un estado fuerte paternalista y el resplandor del prestigio imperial.

Desde la afirmación de De Felice de que, al menos en la primera mitad de los años treinta, hubo un consenso de los italianos hacia el fascismo, el debate del «consenso» ha recorrido caminos muy diversos en donde la escritura de la historia y los giros de la política italiana contemporánea han continuado entrelazados de manera arcaica. Tanto en la historiografía italiana como anglófona, los investigadores estudiaron detenidamente las estructuras, mecanismos e ideas políticas, sociales y culturales destinadas a apuntalar lo que Cannistraro describió como una «máquina de consenso», aunque sin concluir en modo alguno que estos se tradujeran siempre en apoyo efectivo hacia el régimen 7.

Estos estudios —muchos de los anglófonos concebidos en su conjunto como «culturalistas»— han tenido una influencia destacada y merecida por su insistencia en la comprensión del fascismo, precisamente porque este se entendía a sí mismo en estos términos, como la puesta en marcha de una reforma o recuperación (bonifica) «total» de la sociedad italiana destinada a obtener el consentimiento 8 o, empleando los términos de Gentile en su tesis de la religión política, infundir fidelidad al régimen de Mussolini 9. En este sentido, la limpieza literal del infecto pantano a las afueras de Roma para crear nuevas y aguerridas ciudades fascistas como Littoria (renombrada en 1944 como Latina), Sabaudia, Guidonia, Pontinia y Aprilia tuvo su reflejo en la purificación humana, es decir, en la construcción de unos nuevos hombre y mujer fascistas merecedores de su nación, de su imperio y del propio fascismo 10. Esto demuestra la pertinencia de examinar el fascismo a través de sus propias representaciones y de sus intenciones, incluso cuando estas no fueron completamente realizadas. Además, los estudios de la «cultura» fascista en su sentido más amplio ponen de manifiesto lo fundamentales que resultaron los lazos emocionales o afectivos, o su simulación, en la configuración de la relación entre la dictadura y los individuos que vivieron bajo ella. Esta ha sido una rectificación necesaria que, al igual que las historias de la vida cotidiana, reconoce la interrelación de racionalidad e irracionalidad en las respuestas individuales y sociales a los regímenes dictatoriales, así como las interacciones con ellos.

Sin atenuar la importancia de las historias culturalistas de la autorrepresentación fascista y sus esfuerzos por establecer conexiones emocionales y afectivas con (la mayor parte de) los italianos para impulsar su proyecto nacionalista, fascista e imperialista, desde principios del siglo xxi un creciente número de investigadores ha tratado de recordarnos que la violencia, la represión, la coerción y las formas insidiosas de «control social» también fueron fundamentales para la dominación fascista desde sus inicios en la Piazza San Sepolcro de Milán en 1919. Desde que en 2002 Paul Corner se sintiera obligado a preguntarse «¿[q]ué pasó con la dictadura?», en medio del entonces aparente predominio del «concepto de consenso de masas hacia el fascismo» entre los historiadores —y de la paralela voluntad de políticos de la era Berlusconi por abrazar el mito de un tipo de fascismo benigno y diluido que, si todos lo consintieron, «no debió de ser tan malo después de todo»—, nuevas vías de investigación se han centrado en trazar los contornos de la violencia y la represión y/o en analizar la interacción entre la coerción y la seducción desplegadas por el régimen para mantenerse en el poder durante veinte años 11. Matteo Milan y Giulia Albanese, por ejemplo, destacaron la omnipresencia de la violencia llevada a cabo por los escuadrones fascistas de los camisas negras antes y después de la Marcha sobre Roma, incluyendo la acogida positiva de una parte de la sociedad italiana 12. Michael Ebner exploró la «violencia cotidiana» y la coerción persistente durante los veinte años de la dictadura, que, en conjunción con las medidas destinadas a atraerse a los italianos (la técnica del palo y la zanahoria), le ayudaron a mantenerse en el poder 13. Además, algunos estudios recientes relevantes han analizado la práctica y la experiencia del dominio y la violencia fascistas en las colonias y las fronteras italianas 14, así como las implicaciones del racismo fascista en Italia, sobre todo las leyes raciales de 1938 15. También se están explorando las interrelaciones entre el racismo fascista, el sexismo y la homofobia 16. En este sentido, en la última década, los investigadores han encontrado vías de estudio que conducen más allá de los conflictivos «debates del consenso», que subrayan la importancia de entender los esfuerzos del Estado fascista por movilizar a los italianos, por crear una cultura de consentimiento hacia el dominio fascista como parte de un conjunto de métodos, objetivos y valores que se situaron a la par, pero que, de manera significativa, fueron combinados en un concierto inextricable con la representación e idealización de la violencia, la represión directa y la coerción y un sinnúmero de formas de control social, que perseguían regular, silenciar y escrutar los comportamientos y la visión del mundo de los italianos.

Es en esta dinámica y laboriosa atmósfera de investigación donde los historiadores de la Italia fascista que se inspiran en los trabajos de Alf Lüdtke y otros historiadores de la Alltagsgeschichte, así como en la microhistoria italiana y en la llamada «historia desde abajo» —en la que personalmente participo—, se han interrogado por cómo las ideas, estructuras y políticas fascistas —tanto las vinculadas al «palo» como a la «zanahoria»— fueron subjetivamente experimentadas y vividas por los italianos «corrientes»; por el margen que había para ejercer su capacidad de agencia y de elección en sus vidas cotidianas; y por el modo en que sus prácticas y espacios cotidianos fueron conformados por la presencia del fascismo y, viceversa, por la manera en que las prácticas cotidianas y las relaciones espaciales en sí mismas dieron forma al régimen y al proyecto fascistas 17. El enfoque de la Alltagsgeschichte, junto con la obra de Michel de Certeau 18 y de los microhistoriadores, ha tenido ciertamente una influencia clave en mis investigaciones desde 2005 19. También lo ha sido en el trabajo reciente de Paul Corner sobre «entusiasmo, opinión», «complicidad y evasión» durante la dictadura, en su contribución al libro colectivo de Alf Lüdtke 20. Por supuesto, los historiadores influidos por la Alltagsgeschichte no han sido los primeros ni los únicos interesados en una historia social del fascismo desde la perspectiva de la «gente corriente» y sus vidas cotidianas. Otros enfoques han examinado la sociedad fascista «desde abajo», como el excelente estudio de Giulia Albanese y Roberta Pergher o los análisis de Pergher, Barrera y Locatelli sobre la vida en las colonias fascistas de Eritrea, Libia y, desde 1935, Etiopía 21.

Este artículo sostiene que la reformulación de las preguntas de investigación y de las herramientas y aportaciones metodológicas y conceptuales que las perspectivas influidas por la Alltagsgeschichte han ofrecido y continúan ofreciendo es una (no la única) forma de avanzar y, en particular, de alejarse de los enquistados y políticamente cargados debates en torno a la cuestión del «consenso» hacia y bajo el fascismo italiano. Como este dossier monográfico demuestra, la influencia del enfoque de la «vida cotidiana» se está extendiendo a las dictaduras del sur de Europa de manera más amplia. La «válvula de escape» historiográfica que estas y otras perspectivas «desde abajo» de la historia social de la dictadura pueden ofrecer dependerá de los contextos nacionales particulares de cada caso, sea mediante un cambio de enfoque que complemente, pero trascienda, la concentración de los esfuerzos de la investigación en cuestiones de violencia política en la España franquista o, en el caso de la Dictadura de los Coroneles en Grecia, como un medio para ir más allá de categorías politizadas y todavía muy condicionadas por la Guerra Civil y sus secuelas. Sin embargo, en todos los casos, lo que llama la atención es la forma en que la Alltagsgeschichte y otras historias de la vida cotidiana desafían y complican las categorías dicotómicas a través de las que estas dictaduras, incluida la Italia fascista, han sido a menudo analizadas: coerción-consentimiento, ideología/cultura-realidad, perpetrador-víctima, fascista-antifascista o consenso-resistencia 22. En la experiencia vivida del fascismo italiano, los individuos podrían caer o moverse entre estas posiciones en diferentes momentos o en diferentes aspectos de su vida cotidiana. En algunos momentos y/o en algunos ámbitos (geográficos o de experiencia vivida) la presencia de la dictadura cobraba protagonismo y resultaba difícil que desapareciese; en otros, esta resultaba más lejana 23.

En las siguientes páginas abordaré, una por una, las que a mi juicio son algunas de las cuestiones, herramientas metodológicas y analíticas fundamentales de la Alltagsgeschichte, valiéndome de ejemplos empíricos de mi investigación para ilustrar cómo pueden ser utilizados en la práctica. El primero de ellos es seguramente el más obvio, pero no menos espinoso: ¿qué es la historia de la vida cotidiana?

¿Qué es la vida cotidiana?

El hecho de que los historiadores que han seguido perspectivas de la vida cotidiana a menudo hayan utilizado y entendido «lo cotidiano» de diversas maneras, sin duda, complica esta cuestión, aunque existe un núcleo metodológico central que vincula el trabajo de los primeros historiadores de la Alltagsgeschichte en la década de los ochenta y principios de los noventa con el de los pertenecientes a la «segunda etapa», inaugurada hace aproximadamente década y media 24. La mayoría no restringe su enfoque a los actos mundanos que se repiten día tras día, en la línea de lo que Moran llamó «lo infraordinario», sino que más bien han examinado prácticas y comportamientos que son tanto rutinarios como normativos y sucesos, acciones y modos de comportamiento que interrumpen la norma 25. En mi propia investigación, por ejemplo, me he interesado por una variedad de prácticas o formas de comportamiento que pueden haber sucedido más de una vez o no. He incluido dentro del ámbito de «lo cotidiano» las experiencias de grupos particulares —en mi caso los jóvenes— así como otros tipos de actividades y prácticas como el consumo y momentos específicos del curso de la vida —por ejemplo, la muerte y los rituales en torno a ella— 26. De esta manera, los historiadores de la vida cotidiana se mueven entre lo que fue «ordinario» y lo que fue «extraordinario» en los contextos pasados que analizan, rechazando cualquier concepción de los «mundos cotidianos» como estáticos y rígidos. De hecho, en el contexto de dictaduras del pasado, una de las cuestiones que más nos interesa es cómo lo extraordinario —se refiera al contexto extraordinario de una dictadura o a las experiencias vividas y sucesos «extraordinarios» que raramente, o quizás solo una vez ocurrieron— enmarcó los parámetros de la existencia «ordinaria», reconociendo la complicación que supuso que, con el paso del tiempo, especialmente para los más jóvenes, la dictadura se convirtiera en la norma y todo resultara demasiado «ordinario».

Las narrativas de la vida cotidiana comparten intereses conceptuales y temáticos en torno a la agencia, la subjetividad, la práctica y el «desorden» o la multiplicidad (terminología que se analizará con mayor detalle a su debido tiempo). Comparten, asimismo, los enfoques metodológicos dedicados a la compilación y el estudio de los patrones de conducta contenidos en la narración de episodios particulares (denominados a veces como «historias» o «miniaturas»). Conllevan igualmente el examen de la «microfísica del poder» o las dinámicas interpersonales establecidas entre las experiencias locales y personalizadas, por un lado, y las demonstraciones de poder y agencia a escala micro en contextos y redes nacionales, transnacionales y supranacionales, por otro. Es más, también comportan la opinión de que la historia de la «vida cotidiana» es, como dicen Steege, Bergerson, Healy y Swett, «no algo cosificado, sino un enfoque que solo existe a través de la práctica» 27. Implican contemplar «lo cotidiano» como un dispositivo heurístico, cuyo marco analítico flexible nos permite hacer preguntas sobre la agencia humana individual, la subjetividad y la práctica, y sobre los aspectos complejos, «desordenados» y también transitorios y efímeros de las vidas pasadas que atañen a un amplio rango de actividades, espacios y prácticas —por ejemplo, comida y bebida, consumo, vestido, baile y otras prácticas de ocio, festivales, rituales comunitarios y familiares, prácticas y espacios domésticos y laborales— que pueden englobarse bajo el paraguas de los mundos cotidianos de la gente «corriente» 28.

Si bien parte de la fortaleza de los enfoques de la historia de la vida cotidiana reside en la flexibilidad y diversidad de lo que podría considerarse que está bajo la jurisdicción de «lo cotidiano», la historiografía de la vida cotidiana se sustenta en conceptos y herramientas metodológicas y teóricas fundamentales. Estas herramientas y conceptos son esenciales a la hora de ayudarnos a comprender mejor cómo el fascismo italiano —así como otras dictaduras— funcionó en la práctica, porque indican formas de recopilar, leer y dar sentido a las fuentes y las pruebas que de otro modo faltarían, serían fragmentarias o inadecuadas (deficientes/inapropiadas/incongruentes) y, al mismo tiempo, abren nuevos objetos de estudio. Aquí señalaré tres de las herramientas y conceptos metodológicos/teóricos: el «collage de miniaturas», las nociones de subjetividad, agencia y práctica, y el análisis de los espacios de la vida cotidiana.

El «collage de miniaturas»

Para salvar lo que a menudo se denomina como «brecha macro-­micro», es decir, el movimiento entre escalas de análisis y escalas de problemas históricos, los profesionales de la historia de la vida cotidiana confeccionan collages de «miniaturas» o múltiples historias de episodios pequeños o individuales que, cuando son vistas conjuntamente, dibujan patrones de comportamiento 29. También trazan derivaciones de tales patrones, ayudando a establecer los parámetros de los modos de comportamiento normativos y no normativos en sujetos y sociedades pasadas, en un enfoque no muy diferente al análisis del individuo o suceso «excepcional/­típico» adoptado por microhistoriadores como Carlo Ginzburg 30. Además, rastrean las discrepancias, rarezas, ausencias y disonancias en las fuentes que reclaman una mayor investigación y explicación. Es a lo que Ginzburg llama «pistas» y, de manera parecida, lo que Walter Benjamin denomina «células» (pretendiendo resaltar las ­digresiones, desviaciones y disonancias) 31. Finalmente, siguen las directrices de Michel de Certeau y otros autores de prestar atención específica a los «márgenes» o «bordes» de los sujetos, tiempos y espacios históricos que estudiamos 32. En referencia a la necesidad de descubrir el nacionalismo «cotidiano» o «banal» en los escenarios contemporáneos, J. E. Fox sugiere que examinando los «bordes» temporales, políticos y espaciales de la nación y el nacionalismo, y «quebrando» escenarios aparentemente estables, esos momentos y espacios donde existen formas mundanas, «dadas por sentadas» y, por tanto, normalmente ocultas de creencias y expresiones nacionalistas, quedan a la vista y se convierten en «articulaciones explícitas» que pueden ser investigadas y analizadas 33. Con respecto a los contextos contemporáneos sobre los que escribe Fox, los tipos de «bordes» espaciales, políticos y temporales en los que la nación y el nacionalismo «fluctúan entre lo explícito y lo implícito» y, por lo tanto, pueden ser «quebrados» o interrumpidos eficazmente por los investigadores, incluyen aeropuertos, puertos y fronteras terrestres y las experiencias de estudiantes de intercambio, inmigrantes y niños. En relación con la Italia fascista —y con otros contextos históricos dictatoriales—, esto podría significar examinar las tierras fronterizas recientemente redimidas y los territorios coloniales como «bordes» espaciales; los primeros o últimos días del régimen como un «borde» temporal 34; o las experiencias de grupos recién incorporados a la dictadura, como los niños en edad escolar o las personas sometidas a la ocupación fascista o al dominio colonial, como un «borde» político.

Para ilustrar cómo el «collage de miniaturas» y el juego entre «lo excepcional y lo típico» puede ser utilizado en la práctica, me gustaría compartir el proceso mediante el que se gestó y tomó forma mi proyecto de investigación sobre el alcohol y sus espacios de consumo en la Italia fascista. Este proyecto se inició por una «pista» o «célula»: una aparente rareza en los informes policiales de cómo el consumo de alcohol se relacionaba con la comisión de actos investigados por las autoridades como políticamente subversivos. En el curso de una investigación anterior sobre la vida cotidiana en la Venecia fascista hallé muchas pruebas que sugerían que la ingesta de alcohol y los espacios en los que esta se producía constituían el motor y el escenario de disputas políticas. El diario de un camisa negra señalaba cómo los bares, frecuentemente con conocidas afiliaciones políticas, y sus clientes eran objetivos de la violencia política de los escuadristas, animados también por la ingesta de alcohol y por canciones politizadas; una mujer veneciana recordaba el momento en que su anciano padre fue atacado por un fascista local por una broma fallida en una taberna 35.

Sin embargo, también me llamó la atención el caso de un informe policial en el que el alcohol, en lugar de alimentar el conflicto, contribuyó a suavizar las interacciones entre individuos «corrientes» y los representantes del régimen. El informe resumía la declaración de Angelo Cadel, un fascista que una noche se había topado en una salizzada (calle) de Venecia con un extraño «en claro estado de embriaguez», cantando versos del himno socialista prohibido, Bandiera Rossa (Bandera Roja), así como la subsiguiente investigación del acusado, un portero en situación precaria llamado Bortolo Pinzoni 36. Este caso particular me llamó la atención porque el consumo de alcohol fue presentado por el acusado y juzgado por las autoridades como un atenuante del crimen político de «subversión» —cantar Bandera Roja— y utilizado para explicar y en última instancia disculpar haber entonado dicho himno en público. La prefectura de Venecia decidió que la embriaguez del acusado hacía imposible saber si estaba cantando Bandera Roja o si —como este mantenía— entonaba la versión «fascistizada» de esta canción que señalaba burlonamente la bandera roja que ondeaba en los «cessi (baños públicos) de la ciudad», cuyos versos, afirmaba, había oído cantar a un grupo de fascistas que celebraban el aniversario de la Marcha sobre Roma.

Evidentemente, como historiadores no podemos saber con certeza cuáles eran las intenciones de Pinzoni y qué versión de Bandera Roja estaba cantando realmente —solo tenemos acceso a sus palabras y pensamientos a través de unas anotaciones, tamizadas por los oficiales que le tomaron declaración—, pero el hecho de que el acto de consumir alcohol hasta la embriaguez ofreciera una oportunidad para excusar un comportamiento público indeseable y suavizara un conflicto político me pareció una discrepancia o singularidad que merecía investigarse. Examiné los archivos de la policía fascista de la Dirección General de Seguridad Pública —y otras fuentes— de manera más sistemática, construyendo un «collage de miniaturas» que abarca 359 episodios en los que italianos corrientes fueron investigados por los delitos políticos de «actos subversivos» o de «ofensas hacia el Duce» entre 1922 y 1941, todos los cuales tuvieron lugar en bares u otros lugares donde se vendía o consumía alcohol, se produjeron tras beber o, en fin, involucraban de alguna forma la ingesta de alcohol 37.

Después de componer un «collage de miniaturas» de incidentes relacionados con el alcohol y observar con mayor detalle los patrones de comportamiento y práctica que este revela, ahora sé que el caso de Bortolo Pinzoni no fue tanto una singularidad o excepción a la norma como me pareció. En realidad, el acto de consumir alcohol y, en particular, haberse emborrachado fue frecuentemente utilizado por los acusados, como un factor atenuante o una excusa después del suceso, en relación con actos o manifestaciones políticas y modos de comportamiento considerados políticamente subversivos y criminalizados por el régimen fascista. También fue un elemento presente en las valoraciones realizadas por las prefecturas fascistas, el Cuerpo de Carabineros o el Tribunal Especial en relación con la gravedad del crimen y el carácter moral/­político del acusado, aunque el resultado de estas valoraciones pudo variar considerablemente. Por ejemplo, Ambrogio Pagliani, un carpintero de Milán, entró en un bar de Corso Genova el 27 de noviembre de 1935 «ya en estado de embriaguez», de acuerdo con el informe de policía y entabló una discusión sobre la guerra de Etiopía en curso, declarando «que los altos mandos del PNF son todos unos ladrones y que durante la Guerra Mundial todos se escondieron». En su declaración a la policía, Plagliani aseguró que «no podía recordar lo que había sucedido porque estaba borracho». Esto, unido a su buena conducta moral como esposo y padre de cuatro hijos, hizo que fuera liberado con una amonestación tras treinta días detenido. De manera similar, en Garaguso, cerca de Matera en el sur de Italia, Giovanni Rospi fue arrestado en junio de 1932 por «atentar contra la Bandera Nacional» mientras estaba «en estado de embriaguez», pero fue puesto en libertad sin sanción cuando compareció ante el Tribunal Especial de Delitos Políticos en septiembre porque se estimó que «cuando cometió la ofensa no era su intención, al encontrarse en estado de embriaguez accidental» 38.

La idea de que la embriaguez era una forma de demencia o enajenación temporal que afectaba a la culpabilidad o responsabilidad por las acciones realizadas bajo sus efectos constituyó un principió consagrado por la ley hasta 1930. El código legal de la Italia Liberal, el código Zanardelli de 1889, establecía en el artículo 47 una fórmula científica compleja que distinguía la embriaguez «accidental» o «involuntaria» de otras formas de embriaguez «voluntarias» y «provocadas» y diferenciaba entre embriaguez «total» y «parcial» 39. Esta fórmula y tales distinciones fueron utilizadas para determinar la imputabilidad relacionada con el alcohol y permitieron sentencias reducidas (en algunos casos incluso la absolución) de actos considerados no intencionados. La imputación de responsabilidad penal al alcohol fue motivo de gran consternación entre el movimiento italiano por la templanza. También fue un problema que el lobby de los productores italianos de vino, que por lo demás se mostraban implacables en su hostilidad hacia el movimiento contra el consumo de alcohol en el país, estuviera dispuesto a ceder. Por ello, la ley fue revisada en la reformulación del código legal en la etapa fascista, conocida como código Rocco (1930), que abolió las definiciones del código de Zanardelli de intoxicación voluntaria y habitual como base para la atenuación de responsabilidades y, en su lugar, insistió en que estas se consideraran como factores agravantes justificando castigos más severos 40.

El resultado de recurrir al alcohol como factor atenuante no siempre tuvo tanto éxito como para Pagliani y Rospi, que fueron considerados como «bebedor habitual». En sus informes, los agentes encargados de las denuncias y detenciones casi siempre clasificaban el grado de embriaguez del acusado en el momento de la comisión del delito, utilizando terminologías como «parcialmente borracho» y «evidente» o «total embriaguez», siguiendo las formulaciones establecidas en el código de Zanardelli. Además, expresaban sus opiniones sobre si un individuo dado era un bebedor o borracho habitual como prueba de su carácter moral y también de su posición política, a menudo relacionadas. Sin embargo, estas valoraciones que conectaban el carácter moral y político de las personas con el consumo excesivo de alcohol, determinaron de manera ambivalente las consecuencias a las que los acusados debieron hacer frente por sus acciones. Si bien el informe de la prefectura calificó a Pagliani como «de buena conducta moral: hasta ahora no resulta preocupante su actitud política, aunque no está afiliado al PNF», y que un punto a su favor era que «tiene una esposa y cuatro hijos» 41, para otros, el consumo de alcohol antes o durante la comisión del acto investigado resultó perjudicial, por la valoración que se hizo de su carácter político y moral. Sobre todo, para los considerados como «borrachos habituales» —la palabra clave en los informes policiales era dedito al vino (dedicado al vino)—, que frecuentemente eran asociados en los informes de las prefecturas a sin techo, vagabundos y desempleados y (ocasionalmente) a la violencia doméstica, encontrarse en estado de embriaguez en el momento de cometer un «crimen» político incrementaba la probabilidad de recibir una sanción más dura.

A pesar de la puesta en marcha en 1930 del código Rocco, que eliminaba casi por completo la posibilidad de imputar responsabilidad penal al alcohol, el concepto anterior de imputabilidad derivado de la embriaguez respecto de las actitudes y acciones hacia los delitos políticos, tanto entre los agentes del Estado como entre las personas acusadas de estos crímenes, parece que persistió mucho tiempo después de la modificación de la ley. Como pone de relieve el «collage de miniaturas» conformado por los 359 casos analizados, atribuir comportamientos y manifestaciones políticas consideradas políticamente delictivas por el régimen fascista al consumo de alcohol y a un (inusual) estado de embriaguez fue una táctica que ayudó con frecuencia a los italianos —especialmente a aquellos que estaban desempleados, tenían una familia y/o una afiliación política desconocida para la comunidad local— a eludir o aliviar el castigo por parte del régimen.

Subjetividad, agencia, práctica

La segunda dimensión del enfoque se centra en las experiencias subjetivas de los individuos y en su papel como sujetos históricos capaces de dar forma a sus propias vidas, aunque sea de manera limitada. Los primeros profesionales de la Alltagsgeschichte, así como microhistoriadores como Carlo Ginzburg, estaban guiados en gran medida por la convicción de que no se había hecho demasiado por explorar los mundos culturales de la gente «corriente» y la manera en que realmente experimentaron el cambio político, social económico y cultural en formas que, tras un examen más detenido, rara vez eran uniformes y lineales 42. El interés por recuperar las experiencias subjetivas iba de la mano de la preocupación por identificar la agencia de los sujetos históricos. Por supuesto, el comportamiento siempre está limitado por los parámetros de la cultura contemporánea, lo que Ginzburg elocuentemente denominó la «jaula flexible e invisible» en la que los seres humanos actúan 43. Esto es, quizás, especialmente cierto en las sociedades dictatoriales, en las que dichos límites se controlan habitualmente mediante la violencia, el miedo y otras formas de coacción. Sin embargo, incluso en estas circunstancias represivas, las personas son capaces de elegir cómo pensar, actuar y responder creativamente a las macro-imposiciones —ya sean políticas gubernamentales, condiciones económicas o un estado de guerra— a través de complejos procesos de negociación, acomodación y adaptación.

Este interés de los historiadores de la vida cotidiana por la experiencia subjetiva y la agencia de los sujetos históricos comunes los llevó a desarrollar una serie de herramientas analíticas para entender los comportamientos individuales bajo una dictadura o dentro del Estado moderno. En este sentido, resultan útiles los postulados de Michel de Certeau que conciben a las personas corrientes como «consumidores creativos» reconociendo la recepción y absorción —o usage— de productos culturales, políticas, dictados y retóricas producidos por el Estado u otra «autoridad dominante» como prácticas creativas que producen eficazmente algo nuevo en el proceso 44. E igualmente útil es su alusión a las «tácticas» que las personas emplean en este proceso de consumo-producción, prácticas flexibles y oportunistas que posibilitan la acción (parcialmente) autónoma, incluso cuando continúan habitando y operando dentro de un espacio que ellos no confeccionan, gobiernan ni controlan 45. Esta agencia oportunista resulta evidente, por ejemplo, en el trabajo de Alf Lüdtke sobre los obreros bajo el nacionalsocialismo. En él hace hincapié en las combinaciones o «mosaicos» de apoyo a las políticas nazis, en los que los alemanes corrientes respaldaron algunas de las iniciativas del régimen, pero no otras; el predominio de lo que denominó como «complacencia», una actitud de tolerancia o indiferencia de «esperar y ver»; y el concepto de Eigen-Sinn o acción «obstinada», que hace referencia a comportamientos en el lugar de trabajo que interrumpían las rutinas diarias y proporcionaban a las personas un respiro, aunque fuese temporal. Ya fuera a través de bromas, chistes o aprovechándose de las averías de la maquinaria, los trabajadores encontraron oportunidades de hacer paréntesis en sus jornadas laborales, al igual que respondieron a las intrusiones políticas del nazismo mediante actos (temporales) de autoafirmación evasiva igualmente individuales 46.

Podemos percibir ejemplos de Eigen-Sinn en algunas de las respuestas de los italianos a la campaña de «resistencia contra las sanciones» del régimen, una ofensiva propagandística y política que aprovechó la oportunidad del decreto de sanciones económicas contra Italia por parte de la Sociedad de Naciones en octubre-­noviembre de 1935, en respuesta a la invasión italiana de Etiopía, para acelerar el proyecto autárquico del régimen 47. Dos mujeres venecianas, por ejemplo, desplegaron una táctica evasiva en respuesta a la presión a la que estaban siendo sometidas para que donaran sus anillos de boda para el esfuerzo bélico en Etiopía en la denominada Giornata della Fede (Jornada de la Fe) en diciembre de 1935. En lugar de seguir el ejemplo de la Reina Elena y la mujer de ­Mussolini, doña Raquel, colocando ceremoniosamente su anillo de bodas en el casco de un soldado, compraron dos anillos nuevos, presumiblemente sin valor emocional, para ofrecerlos a la patria 48. Este acto les permitió desafiar o ignorar de manera efectiva la propaganda del régimen y la presión de sus semejantes mientras mantenían la apariencia de conformidad. Además, como pusieron de manifiesto las autoridades fascistas en Venecia —y como Paul Corner ha demostrado para otras partes de Italia— la proliferación de un mercado ilícito de anillos de acero que eran ofrecidos como reemplazo o como prueba de haber donado el anillo de oro, sugiere que se trataba de una imposición estatal sujeta a un conjunto relativamente amplio de respuestas creativas y evasivas 49.

Debe destacarse que tener agencia en este contexto no significó necesariamente resistir o soportar la dictadura y sus imposiciones y expectativas. Las acciones tomadas con cierto grado de intencionalidad pudieron, por supuesto, respaldar los objetivos de la dictadura, pero también tener resultados no deseados o ambivalentes. Por ejemplo, a veces, las tácticas del régimen destinadas a atraerse a los italianos podían tener, inadvertidamente, el efecto opuesto —o al menos ambivalente— evidenciando hasta qué punto los mensajes propagandísticos y políticos que emanaban del Estado fascista carecían de coherencia y, a veces, eran contradictorios. Maria Damerini, una adinerada mujer veneciana y meticulosa contable, escribió que «para desaprobar las sanciones, Anna y Francesco Malpiero venían a almorzar un día más de lo habitual una vez a la semana» 50. Celebrar más almuerzos en lugar de menos contravenía en realidad la propaganda y la política autárquica oficial, por ejemplo, las del Decalogo delle Donne Italiane, que utilizaba la campaña de resistencia a las sanciones para instar a las mujeres italianas a «economizar en todas las áreas del hogar» y a «eliminar los pasatiempos y entretenimientos burgueses» 51. Que estas parejas optaran por expresar su solidaridad con la campaña de resistencia a las sanciones participando precisamente en el tipo de actividad «burguesa» que estaba mal visto subraya el potencial de los malentendidos y la variedad de interpretaciones, a menudo contradictorias, de las resistencias frente las sanciones ensayadas por los italianos.

Espacios de «vida cotidiana»

Lo cotidiano es, por supuesto, un designador temporal, conectado de manera muy obvia con la cronología de la experiencia humana. Por tanto, a primera vista, puede resultar paradójico utilizar un marco histórico espacial para tratar de comprender la vidas, experiencias y prácticas cotidianas de los sujetos del pasado. Sin embargo, en realidad los historiadores de la Alltagsgeschichte sitúan a menudo el «espacio» en el centro de sus análisis, aunque Lüdtke se mostrara menos proclive a este encuadre espacial que las historias de la vida cotidiana de la denominada «segunda etapa» 52. En la introducción a su colección titulada «La Historia de la Vida Cotidiana» comenzó señalando, primero, el objeto de su investigación, la kleine leute (gente corriente y cotidiana), pero indicando inmediatamente después su marco espacial: estos eran «sujetos [que] emergen como actores en un escenario social» 53. Para Lüdtke, el «escenario social» más relevante era, al menos en esa obra, la fábrica en los primeros años del ascenso al poder y de gobierno nazi, aunque también formaban parte de su análisis las plazas públicas de las ciudades y pueblos donde, por ejemplo, se representaban, recreaban y apropiaban las celebraciones del Primero de Mayo 54.

Los nuevos historiadores interesados en las dictaduras del siglo xx han prestado un interés más consciente al «espacio» y a la creación de «mapas» o a «los lugares cotidianos en los que se constituyen —o desmantelan— grandes comunidades imaginadas» 55. En parte, este interés se ha manifestado en un cambio de enfoque, yendo de los lugares tradicionales de proyecciones formales de poder hacia esos «espacios cotidianos» en los que se articulaban y negociaban las «relaciones de poder no oficiales» 56. En el caso de la Italia fascista esto ha significado reconocer que la autoridad, la ideología y la política de la dictadura «no se construyeron solo en el Palacio de Venecia, en los ministerios estatales, las prefecturas provinciales y las sedes del partido [sino que], de manera igualmente significativa [fueron] desarrolladas en lugares habitados y recorridos por los italianos en su vida diaria: en mercados, calles, plazas, bares, trenes y estaciones, fábricas, hogares, tiendas, iglesias, etcétera» 57. Estos escenarios, por tanto, constituyen espacios importantes en los que se realiza la dictadura, pero en los que también es (potencialmente) alterada y desafiada, construida y (potencialmente) destruida.

Sin embargo, pensar espacialmente la historia de la vida cotidiana no solo implica un cambio de escenario. También indica cómo los historiadores de la vida cotidiana deben «jugar con escalas», examinando la unidad del cuerpo individual, de la calle o de la ciudad no solo para identificar prácticas históricas microscópicas, sino para entender cómo las estructuras macroscópicas, procesos y relaciones de poder operaron en el nivel de lo cotidiano y viceversa, destacando las relaciones dinámicas y recíprocas —entre instituciones e individuos, el Estado y la sociedad, el centro y la periferia y entre los propios sujetos históricos—; y también para analizar los procesos de movimiento entre esas escalas de experiencia 58. La historia de la vida cotidiana en las dictaduras no consiste únicamente en examinar la dictadura «desde arriba» o «desde abajo», sino desde ambos puntos de vista a través de escalas.

En mi opinión, pensar espacialmente sobre la historia de la vida cotidiana también requiere reconocer la agencia espacial y de la interdependencia e interacción mutua entre el espacio/lugar y la práctica. Los «espacios cotidianos» no constituyen simplemente escenarios vacíos en los que se producían las interacciones, intercambios y actos cargados de agencia que interesan a historiadores de la vida cotidiana. Por el contrario, los sujetos históricos interactuaban con —y se veían hasta cierto punto condicionados por— los espacios que recorrían, visitaban y habitaban; y, viceversa, las interacciones y prácticas individuales, sociales y culturales daban forma a esos espacios tanto en términos reales como imaginados.

De esta manera, las narrativas de la vida cotidiana enmarcadas espacialmente buscan comprender cómo se utilizaron y experimentaron los espacios en el pasado, identificando el espacio como producto y modelador de los intercambios, relaciones y prácticas sociales, políticas, culturales y económicas, y admitiendo las formas multivalentes y flexibles en las que se utilizaron y experimentaron los espacios cotidianos, dado que, como señalan Steege, Stuart, Healy y Swett, «las paradas comunes en la rutina diaria de los habitantes locales [podrían] tener una variedad de significados que a menudo se dan de manera simultánea» 59. Además, deberíamos observar las variaciones significativas de frecuencia y profundidad en la experiencia de, y el compromiso con, espacios cotidianos particulares: algunos lugares y espacios pueden recorrerse o visitarse una vez o de forma ocasional; otros pueden visitarse de manera fugaz pero frecuente; y otros estarían aún habitados de manera regular, día a día, quizás durante varias horas seguidas. En todos estos casos, el espacio todavía tiene el potencial de moldear y ser moldeado por las experiencias y prácticas vividas.

En mi investigación, me he interesado particularmente por los espacios en los que se llevaron a cabo las prácticas de consumo cotidianas y cómo estas constituyeron lugares clave de encuentro entre el régimen fascista y los italianos. Los espacios de compraventa de productos alimenticios (tiendas, mercados, etc.) se habían entendido durante mucho tiempo como espacios importantes para las interacciones políticas y como lugares que albergaban y daban forma a múltiples interacciones económicas, sociales, políticas y culturales 60. Durante el biennio rosso (1919-1920), cuando las protestas por el coste de la vida se intercalaron con la violencia política de las izquierdas y las derechas y con ocupaciones de fábricas, las escuadras fascistas se autoproclamaron defensoras de los consumidores de a pie y patrullaron las principales calles de las ciudades —incluyendo la Via Condotti en Roma— vigilando los precios y la procedencia de los productos y utilizando a menudo la violencia contra los minoristas que se pasaban de la raya 61. Esta situación se acentuó durante el periodo de las sanciones de la Sociedad de Naciones (1935-1946), poniendo de manifiesto no solo la naturaleza politizada de esos espacios, sino también, en fin, su ambigüedad política. Los lugares de compraventa de alimentos, y también en los que estos se consumían, es decir, los hogares, fueron (re)apropiados por el régimen con fines políticos, porque eran escenarios clave en los que se desarrollarían la resistencia contra las sanciones y, por extensión, contra el proyecto autárquico y la retaguardia del imperio. Al mismo tiempo, estos también fueron identificados y siguieron siendo lugares sospechosos, donde el proyecto autárquico podía rechazarse o deshacerse, a través de las prioridades de compra de los comerciantes, las afianzadas o poco apropiadas prácticas de resistencia de los consumidores o mediante la resiliencia de las relaciones entre comerciantes y consumidores construidas a través de innumerables interacciones sociales y comerciales diarias 62.

Otro relevante conjunto de «espacios cotidianos» con funciones políticas significativas fueron los bares y otros lugares en los que se consumía alcohol, como las tabernas, hoteles, cafés, spacci (establecimientos) e incluso plazas y calles. En el proyecto de investigación antes mencionado en el que se examina el funcionamiento de los bares como espacios clave para los encuentros políticos cotidianos, me interesaba saber cómo y en qué sentido los bares y el alcohol constituyeron áreas y estímulos para el contacto político entre fascistas y anti o no fascistas y cómo se desarrolló ese contacto; de qué manera utilizó la gente los bares como espacios políticos y el alcohol como el «motor» de las interacciones políticas bajo el régimen de Mussolini, y si cambiaron las prácticas e interacciones políticas en los bares a lo largo de dictadura.

Los Esercizi pubblici, es decir, los espacios con licencia para servir alcohol en Italia y consumirlo en sus instalaciones, fueron y continúan siendo espacios fundamentales para la sociabilidad e interacción cotidiana —en su mayoría hombres adultos, pero en ningún caso de manera exclusiva—. En consecuencia, constituyeron también lugares clave de encuentro entre el régimen y los italianos. Determinados bares y tabernas eran a menudo conocidos por tener afiliaciones políticas particulares, lugares donde uno podía reunirse y discutir con otro con principios políticos similares o diversos. Como tales, los bares fueron escenarios fundamentales para la reproducción de conflictos políticos durante el biennio rosso y la toma del poder por los fascistas, tal y como se desprende de los diarios y memorias contemporáneos y de los registros policiales 63. Si bien algunos de estos enfrentamientos políticos fueron descritos como encuentros casuales, muchos fueron planeados por adelantado. Resulta evidente también que todos los actores clave en los conflictos del biennio rosso —fascistas, socialistas, comunistas, policías y carabineri— percibieron los bares y otros locales donde se reunían hombres para beber alcohol como espacios en los que se incrementaban las posibilidades de verse envuelto en una actividad políticamente violenta.

Tras la llegada de Mussolini al poder en 1922 y el establecimiento de la dictadura (1925-1926), los esercizi pubblici quedaron en una posición muy ambigua. Por un lado, el desmantelamiento del aparato democrático significó que los bares quedaron como uno de los pocos espacios no oficiales para la sociabilidad de la clase trabajadora, ya que las casas del pueblo, cámaras del trabajo, sedes de los partidos políticos, periódicos de izquierdas y sus imprentas, etc., fueron disueltas y las actividades de ocio quedaron bajo el control del Estado a través de la Opera Nazionale Dopolavoro (OND) en la segunda mitad de los años veinte 64. En efecto esto redujo drásticamente el espacio y los ámbitos no regulados, o incluso semi-regulados, para las interacciones de la clase obrera y jornalera italiana (aunque, por supuesto, muchos centros de la OND y casas del fascio, tenían su propio local o bar) 65, acrecentando probablemente el papel de los bares en la sociabilidad política cotidiana y en las prácticas políticas, sociales y culturales.

Sin embargo, y he aquí la ambigüedad, si bien podríamos etiquetar los bares como espacios «no oficiales» en la Italia fascista, no deben concebirse como completamente al margen del control de la dictadura; por el contrario, el régimen percibía los bares como lugares sospechosos y los sometió a una dura reglamentación legislativa durante la década de 1920 66. Los bares también eran espacios claves de actuación para los informantes del régimen 67. Al igual que los vagones y las estaciones de tren, constituían un territorio perfecto para los informantes, porque eran lugares de reunión y tránsito diario de personas: espacios paradójicos que ofrecían familiaridad a los habituales y fugacidad impersonal a los clientes menos frecuentes o puntuales. Además, la aparente capacidad del alcohol para actuar como motor de la discusión política favoreció la labor de los informantes. La conclusión lógica de esto fue que con frecuencia los dueños de los bares se convirtieron en informantes 68. En cambio, los bares que tenían o se habían ganado la reputación de albergar personas y comportamientos «subversivos» podían ser vigilados e incluso cerrados 69, dado que el sistema de licencias también estaba controlado por la policía.

Entonces, ¿cómo utilizó la gente los bares como espacios políticos durante el fascismo? ¿Cambiaron las prácticas políticas y las interacciones en los bares a lo largo de la dictadura? ¿Sirvieron las interacciones y prácticas políticas ensayadas en los bares para «apuntalar» o «deshacer» el régimen, como señaló Ben-Ghiat? 70 Aquí, la «recopilación de miniaturas» de los registros policiales relacionados con delitos políticos de «actos subversivos» y de «ofensas contra el jefe del Gobierno» cometidos en bares ofrece algunas pistas. Examinadas cuantitativa y cualitativamente, estas fuentes pueden decirnos mucho sobre las continuidades y cambios en el funcionamiento cultural y político de los bares. Una continuidad importante es que el alcohol y los bares siguieron funcionando como motores y escenarios de intercambio y conflicto político durante el ventennio. Los archivos de la provincia de Bérgamo muestran que los bares continuaron siendo el escenario predominante para los «delitos» políticos menores en la provincia, con la excepción del año 1925, antes de que se hubiera establecido toda la estructura dictatorial 71. El porcentaje de incidentes investigados como «actos subversivos» potenciales acaecidos en las calles y plazas de la provincia volvió a aumentar en relación con los bares hacia mediados de los años treinta, posiblemente vinculados a la Guerra de Etiopía (1935-1936), pero cabe señalar que todos los incidentes registrados en 1935, al producirse en calles y plazas, fueron casos que tuvieron lugar en el trayecto del bar a la casa (y en los informes policiales describieron al acusado como «borracho»). Por supuesto, estos son solo registros de aquellos altercados políticos que fueron observados e investigados por las autoridades fascistas. Podríamos suponer que los hogares albergaron y favorecieron discusiones, acciones y prácticas políticamente «subversivas» con mayor frecuencia de lo que se indica en tales registros. Sin embargo, «el collage de miniaturas» muestra la permanencia de los bares como escenario para la expresión de opiniones e ideas no autorizadas y potencialmente hostiles al régimen tanto en el periodo de consolidación de la dictadura (1925-1929) como en el llamado giro totalitario imperialista y racista de finales de los años treinta 72.

El collage también muestra cambios significativos a lo largo del ventennio. En los primeros años del régimen fascista, antes de que Mussolini proclamara su intención de gobernar «totalmente» y antes y durante la consolidación de la dictadura, los encuentros políticos que tuvieron lugar en bares (y que se investigaron como «actos subversivos») solían involucrar a múltiples actores, a menudo en grupos organizados, en escenarios escogidos de manera premeditada e implicando violencia física, a menudo de gravedad. Por ejemplo, en 1924 en la provincia de Arezzo, el único incidente investigado involucró a doce personas; ese mismo año en Turín, de los dos incidentes registrados en bares, uno implicó a cuatro «socialistas» y el otro a diecinueve «comunistas» 73. El suceso de Arezzo, registrado en diciembre de 1934 en el pueblo de Montemarciano, fue en realidad el resultado de una «expedición de castigo» previamente organizada, en la que participaron «en torno a quince» camisas negras que viajaron a Montemarciano «con la intención de poner en su lugar a algunos de los vecinos subversivos». Los fascistas entraron en la taberna «de un tal Antonio Gozzi, emplazada en el centro del pueblo y frecuentada por elementos subversivos». En el interior, el camisa negra Federico Coppi abofeteó a Vasco Bindi, presunto «responsable de propagada subversiva», provocando una disputa que terminó con disparos en la puerta de la taberna 74. De los ocho enfrentamientos violentos que fueron registrados en bares o tabernas —o después de haber consumido alcohol— de Bérgamo en 1924, la mitad tuvo víctimas mortales 75.

Sin embargo, a finales de los años veinte y a lo largo de la siguiente década, los enfrentamientos políticos relacionados con bares y alcohol en los registros policiales habían cambiado significativamente. Después de 1927, es raro leer un caso que involucre a más de cinco personas y, en los años treinta, los conflictos políticos en bares en los que participan grupos amplios, con premeditación o alto grado de violencia casi desaparecen. En cambio, los «delitos subversivos» y, desde el cambio de década, los delitos de «ofensas al jefe del gobierno» fueron mucho más habituales, implicando a individuos aislados o parejas, muchas veces familiares o amigos, y constituyendo «micro-actos» que parecían ser o se presentaron posteriormente como acciones espontáneas: el canto de Bandera Roja en estado de embriaguez, una broma de mal gusto sobre Mussolini, el rey, las jerarquías locales del PNF o los miembros de la milicia, etc. 76

Por supuesto, estos cambios en el uso de los bares como espacios de interacción política fueron el resultado de múltiples factores. Por ejemplo, de la consolidación de la red represiva del régimen tras 1935-1936 y la extensión de lo que Paul Corner describió como el reconocimiento, la aceptación y negociación por parte de los italianos de los «límites impuestos a [su] comportamiento» cuando el régimen fascista entró —o pretendió entrar— en su fase de gobierno más «total en los años treinta 77. Tanto los dueños de los bares como sus clientes se adaptaron a los cambios en la regulación de sus espacios cotidianos de actuación. Lo que está claro, sin embargo, es que, incluso durante la década de 1930 y los llamados «años del consenso», los bares continuaron siendo espacios de sociabilidad y dispu­ta política entre amigos, familiares y conocidos, así como otros compañeros que los frecuentaban; y los debates e interacciones políticas, evidentemente, continuaron desarrollándose entre sus paredes, sin duda —al menos parcialmente— gracias a los productos embriagantes que eran vendidos y consumidos allí.

En conclusión, si bien mi enfoque aquí se ha centrado en la aplicación de algunos conceptos y perspectivas claves de la Alltagsgeschichte al estudio de la Italia fascista, me gustaría hacer dos pequeñas observaciones sobre la reciente extensión de este marco comparativo a otras dictaduras, El conjunto de estudios editado por Alf Lüdtke en 2016 bajo el título de Everyday Life in Mass Dictatorship examina prácticas de «complicidad» y «evasión» no solo en Alemania, Italia o la Unión Soviética, sino también en la Corea colonial, en Corea del Norte, en la República Democrática Alemana, en Senegal o en Ghana. Pero, como demuestran algunos trabajos que conforman este dosier, esta línea de investigación también ha mostrado su utilidad para el caso español, por ejemplo, para explorar, la difusión, recepción y práctica de la política autárquica y los llamados «años del hambre» durante la posguerra española o para acercarse a las experiencias de las mujeres durante el franquismo.

Sin defender que la Alltagsgeschichte pueda o deba actuar como una teoría científica universalista que solo es necesario abrir y aplicar indiscriminadamente a todos y cada uno de los contextos dictatoriales —y espero que quede claro que no es lo que estoy sugiriendo—, los beneficios potenciales de extender y desarrollar el «enfoque de la vida cotidiana» a diferentes casos nacionales en los que hasta ahora ha estado en gran medida ausente o poco desarrollada son numerosos. En concreto, algunas de las herramientas conceptuales y metodológicas asociadas a la Alltagsgeschichte (y a la microhistoria), incluyendo el «collage de miniaturas» o la atención a los espacios cotidianos y a las subjetividades, la agencia y la práctica a través de conceptos como los de Eigen-Sinn, «tácticas», «complacencia de esperar y ver» o «evasión», pueden ayudarnos a eludir algunos de los desafíos consabidos de la historia comparada de temporalidades diacrónicas y unidades de comparación que son forzosamente flexibles y cambiantes. Además, como ocurre también con la creciente historiografía sobre «fascismo transnacional», valerse de las herramientas conceptuales y metodológicas de la historia de la vida cotidiana para establecer conexiones entre las diferentes experiencias vividas de la dominación fascista, fascistizada o autoritaria, nos permite ir más allá de las concepciones a menudo reduccionistas del «fascismo genérico» y de la búsqueda de un «común denominador» o del «mínimo fascista». Utilizando el/los espacio/s, práctica/s, comportamientos y modos de experimentar y entendiéndolos como nuestra unidad de comparación —en lugar de intentar realizar una comparación tipológica de tipos de fascismo o autoritarismo o, de algún modo, tratar de comparar imágenes fijas de «lo que era la vida cotidiana» en esas dictaduras, si fuera eso posible—, espero que nos libremos de algunos desafíos habituales de la historia comparada y que, asimismo, logremos incrementar nuestro conocimiento no solo del funcionamiento de las dictaduras en la práctica en —y a lo largo y ancho de— los países concretos que estudiamos, sino de la propia historia de la vida cotidiana.


1 Alf Lüdtke (ed.): The History of Everyday Life: Reconstructing Historical Experiences and Ways of Life, Princeton, Princeton University Press, 1995; ­Detlev J. K. Peukert: Inside Nazi Germany: Conformity, Opposition, and Racism in Everyday Life, New Haven, Yale University Press, 1989, y Sheila Fitzpatrick: Everyday Stalinism: Ordinary Life in Extraordinary Times. Soviet Russia in the 1930s, Nueva York, Oxford University Press, 1999.

2 Richard J. B. Bosworth: The Italian Dictatorship: Problems and Perspectives in the Interpretation of Mussolini and Fascism, Nueva York, Oxford University Press, 1998.

3 David Bidussa: Il mito del bravo italiano, Milán, Il Saggiatore, 1994; Angelo del Boca: Italiani, brava gente?: un mito duro a morire, Vicenza, Neri Pozzi, 2006, y Filippo Focardi: Il cattivo tedesco e il bravo italiano. Le rimozione delle colpe della seconda guerra mondiale, Roma-Bari, Laterza, 2013.

4 Stephen Gundle: «The “Civic Religion” of the Resistance in Postwar Italy», Modern Italy, 5(2) (2000), pp. 113-132, y Philip Cooke: The Legacy of the Italian Resistance, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2011.

5 Renzo de Felice: Mussolini il duce. Gli anni del consenso 1929-1936, vol. 3-1, Turín, Einaudi, 1996, e íd.: Intervista sul fascismo, edición de Michael Ledeen, Roma, Laterza, 1975. Véase también Borden W. Painter: «Renzo De Felice and the Historiography of Italian Fascism», American Historical Review, 95(1) (1990), pp. 391-405.

6 Phillip Cannistraro: La fabbrica del consenso, Roma, Laterza, 1975. Un excelente estado de la cuestión sobre el debate del consenso en Roberta Pergher y Giulia Albanese: «Introduction. Historians, Fascism, and Italian Society: Mapping the Limits of Consent», en Roberta Pergher y Giulia Albanese (eds.): In the Society of Fascists: Acclamation, Acquiescence, and Agency in Mussolini’s Italy, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2012, pp. 1-28.

7 Doug Thompson: State Control in Fascist Italy: Culture and Conformity, ­1925-43, Manchester, Manchester University Press, 1990; Tracy Koon: Believe, Obey, Fight: Political Socialization of Youth in Fascist Italy 1922-1943, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1985; Victoria de Grazia: The Culture of Consent: Mass Organization of Leisure in Fascist Italy, Cambridge, Cambridge University Press, 1981; Patrizia Dogliani: Il fascismo degli italiani. Una storia sociale, Turín, UTET Libreria, 2008; Ferdinando Cordova: Il consenso imperfetto. quattro capitoli sul fascismo, Soveria Mannelli, Rubbettino, 2010, y Salvatore Lupo: Il fascismo. La politica in un regime totalitario, Roma, Donzelli, 2000.

8 Ruth Ben-Ghiat: Fascist Modernities. Italy 1922-1945, Berkeley, University of California Press, 2001, esp. pp. 4-7.

9 Emilio Gentile: Il culto del littorio. La sacralizzazione della politica nell’Italia fascista, Roma, Laterza, 1993.

10 Antonio Pennacci: Palude: storia d’amore di spettri e di trapianti, Roma, Donzelli, 1995.

11 Paul Corner: «Italian Fascism: Whatever Happened to Dictatorship?», The Journal of Modern History, 34(2) (2002), pp. 325-351, esp. p. 326.

12 Matteo Millan: Squadrismo e squadristi nella dittatura fascista, Roma, Viella, 2014, y, con un enfoque manifiesto en la vida cotidiana, íd.: «Origins», en Joshua Arthurs, Michael Ebner y Kate Ferris (eds.): The Politics of Everyday Life in Fascist Italy. Outside the State?, Londres-Nueva York, Palgrave Macmillan, 2017, pp. 19-49; Giulia Albanese: «Violence and Political Participation During the Rise of Fascism (1919-1926)», en Giulia Albanese y Roberta Pergher (eds.): In the Society of Fascists: Acclamation, Acquiescence, and Agency in Mussolini’s Italy, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2012, pp. 49-68, e íd.: La Marcia Su Roma, Roma-Bari, Laterza, 2006.

13 Michael Ebner: Ordinary Violence in Mussolini’s Italy, Cambridge, Cambridge University Press, 2011.

14 Ruth Ben-Ghiat y Mia Fuller (eds.): Italian Colonialism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2005; Ruth Ben-Ghiat: Italian Fascism’s Empire Cinema, Bloomington, Indiana University Press, 2015; Mia Fuller: Moderns Abroad: Architecture, Cities and Italian Imperialism, Londres, Routledge, 2006; Giulia Barrera: «Mussolini’s colonial race laws and state-settler relations in Africa Orientale Italiana», Journal of Modern Italian Studies, 8(3) (2003), pp. 425-433; Roberta Pergher: Mussolini’s Nation-Empire: Sovereignty and Settlement in Italy’s Borderlands, 1922-1943, Cambridge, Cambridge University Press, 2017; Eileen Ryan: Religion as Resistance. Negotiating Authority in Italian Libya, Oxford, Oxford University Press, 2018; Valeria Deplano: L’Africa in Casa. Propaganda e cultura colonial nell’Italia fascista, Milán-Florencia, Mondadori-Le Monnier, 2015, y Pamela Ballinger: «Colonial Twilight: Italian Settlers and the Long Decolonisation of Libya», Journal of Contemporary History, 51(4) (2016), pp. 813-838.

15 Simon Levis Sullam (ed.): 1938. Storia, racconto, memoria, Florencia, Giuntina, 2018; Silvana Patriarca y Valeria Deplano (eds.): «Special issue: Nation, “Race” and Racisms in Twentieth-Century Italy», Modern Italy, 23(4) (2018), pp. 349-353, y Annalisa Capristo y Ernest Ialongo: «On the eightieth anniversary of the racial laws. Articles reflecting the current scholarship on Italian fascist anti-semitism in honour of Michele Sarfatti», Journal of Modern Italian Studies, 24(9) (2019), pp. 1-13.

16 Lorenzo Benadusi: Il nemico dell’uomo nuovo. L’omosessualità nell’esperimento totalitario fascista, Milán, Feltrinelli, 2005.

17 Kate Ferris: Everyday Life in Fascist Venice, 1929-1940, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2012.

18 Michel de Certeau: The Practice of Everyday Life, Berkeley, University of California Press, 1988.

19 Kate Ferris: Everyday Life..., y Josh Arthurs, Michael Ebner y Kate Ferris (eds.): The Politics of Everyday Life...

20 Paul Corner: «Italian fascism: organization, enthusiasm, opinion», Journal of Modern Italian Studies, 15(3) (2010), pp. 378-389, e íd.: «Collaboration, Complicity and Evasion Under Italian Fascism», en Alf Lüdtke (ed.): Everyday Life in Mass Dictatorship. Collusion and Evasion, Londres, Palgrave Macmillan, 2016, pp. 75-93.

21 Giulia Albanese y Roberta Pergher: In the Society of Fascists...; Roberta Pergher: «Between colony and nation on Italy’s “fourth shore”», en Jacqueline Andall y Derek Duncan (eds.): National Belongings: Hybridity in Italian Colonial and Postcolonial Cultures, Oxford, Peter Lang, 2010, pp. 89-106; íd.: «Empire», en Josh Arthurs, Michael Ebner, Kate Ferris (eds.): The Politics of Everyday Life in Fascist Italy. Outside the State?, Londres-Nueva York, Palgrave Macmillan, 2017, pp. 179-204; Giulia Barrera: «Mussolini’s colonial race laws...», y Francesca Locatelli: «Migrating to the Colonies and Building the Myth of Italiani Brava Gente: The Rise, Demise and Legacy of Italian Settler Colonialism», en Ruth Ben-Ghiat y Stephanie Malia Hom (eds.): Italian Mobilities, Londres-Nueva York, Routledge, 2016.

22 Josh Arthurs, Michael Ebner y Kate Ferris: «Introduction», en Josh Arthurs, Michael Ebner y Kate Ferris (eds.): The Politics of Everyday Life in Fascist Italy. Outside the State?, Londres-Nueva York, Palgrave Macmillan, 2017, p. 9.

23 Kate Ferris: Everyday Life in Fascist Venice..., p. 8.

24 Paul Steege et al.: «The history of everyday life: a second chapter», The Journal of Modern History, 80 (2008), pp. 358-378.

25 Joe Moran: Queuing for Beginners. The Story of Daily Life from Breakfast to Bedtime, Londres, Profile Books, 2007, pp. 1-8, y Alf Lüdtke: «Introduction: What Is the History of Everyday life and Who Are Its Practitioners?», en Alf Lüdtke (ed.): The History of Everyday Life: Reconstructing Historical Experiences and Ways of Life, Princeton, Princeton University Press, 1995, pp. 3-40.

26 Kate Ferris: Everyday Life in Fascist Venice..., e íd.: «Consumption», en Josh Arthurs, Michael Ebner y Kate Ferris, (eds.): The Politics of Everyday Life in Fascist Italy. Outside the State?, Londres-Nueva York, Palgrave Macmillan, 2017, pp. 123-149.

27 Paul Steege et al.: «The history of everyday life...», p. 361.

28 Claire Langhamer: «“Who the hell are ordinary people?” Ordinariness as a category of historical analysis», Transactions of the Royal Historical Society, 28 (2018), pp. 175-195.

29 Matti Peltonen: «Clues, margins and monads. The micro-macro link in historical research», History and Theory, 40(3) (2001), pp. 347-359, y, sobre las miniaturas, Alf Lüdtke: «Introduction...», p. 21.

30 Carlo Ginzburg: The Cheese and The Worms, Harmondsworth, Penguin, 1992, pp. xiii-xxvi, y Edoardo Grendi: «Micro-analisi e storia sociale», Quaderni storici, 35 (1977), pp. 506-520.

31 Carlo Ginzburg: «Clues: Morelli, Freud, and Sherlock Holmes», en Umberto Eco y Thomas A. Sebeok (eds.): The Sign of Three: Dupin, Holmes, Peirce, Bloomington, Indiana University Press, 1983, pp. 81-118; íd.: Clues, Myths and the Historical Method, Baltimore, John Hopkins University Press, 2013; íd.: «Microhistory: Two or Three Things That I Know about It», Critical Inquiry, 20 (1993), pp. 10-35, y Matti Peltonen: «Clues, margins and monads...».

32 Michel de Certeau: The Writing of History, Nueva York, Columbia University Press, p. 77.

33 Jon E. Fox: «The edges of the nation: a research agenda for uncovering the taken-for-granted foundations of everyday nationhood», Nations and Nationalism, 23(1) (2017), pp. 26-47.

34 Joshua Arthurs: «Settling Accounts: Retribution, Emotion and Memory during the Fall of Mussolini», Journal of Modern Italian Studies, 20-5 (2015), pp. 617-639.

35 Raffaele Vicentino: Il movimento fascista Veneto attraverso il diario di uno squadrista, Venice, Soc. Acc. Stamperia Zanetti, 1935, y el autor del diario RDC, «Il fiore di perline colorate», Archivio Diaristico Nazionale (AND), MP/86 48.

36 Informe de la prefectura de Venecia (12 de noviembre de 1935), Archivio Centrale dello Stato (ACS), Ministero dell’Interno (MI), Divisione Generale di Pubblica Sicurezza (DGPS), 1935, b. 7.

37 ACS, MI, DGPS, Affari Generali e Riservati (AGR). Se examina todo el material relativo a los años 1924, 1927, 1931-1932 (archivados conjuntamente), 1935, 1937, 1939 y 1941.

38 ACS, MI, DGPS, AGR, 1932, sez. 1a, b14, Matera.

39 Codice Penale, 1889, artículo 48, y Paul Garfinkel: Criminal Law in Liberal and Fascist Italy, Cambridge, Cambridge University Press, 2016, pp. 301-302.

40 Este todavía reconocía la posibilidad legal de «embriaguez accidental» (art. 91), siendo motivo de atenuación o absolución de responsabilidad dependiendo de si se consideraba al acusado como total o parcialmente ebrio.

41 ACS, MI, DGPS, AGR, 1935, b5, Milano.

42 Carlo Ginzburg: The Cheese and the Worms..., p. xiii, y Alf Lüdtke: «Introduction...», pp. 3-5.

43 Carlo Ginzburg: The Cheese and the Worms..., p. xii.

44 Michel de Certeau: L’invention du quotidian I. Arts de faire (1980), París, Gallimard, 1990, pp. 50-57.

45 Ibid., pp. 29-39.

46 Alf Lüdtke: «What happened to the “fiery red glow”: Workers’ experiences and German fascism», en Alf Lüdtke (ed.): The History of Everyday Life: Reconstructing Historical Experiences and Ways of Life, Princeton, Princeton University Press, 1995, pp. 198-251.

47 Kate Ferris: «Consumption...», pp. 123-149, y Alexander Nützandel: «Dictating Food: Autarchy, Food Provision, and Consumer Politics in Fascist Italy, 1922-1943», en Frank Trentmann y Flemming Just (eds.): Food and conflict in Europe in the Age of the Two World Wars, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2006, pp. 88-108.

48 Kate Ferris: Everyday Life in Fascist Venice..., pp. 121-122.

49 Paul Corner: «Italian fascism: organisation, enthusiasm, opinion...», pp. 378-389, y Petra Terhoeven: Oro alla patria: donne, guerra e propaganda nella giornata della fede fascista, Bolonia, Il Mulino, 2006.

50 Maria Damerini: Gli ultimi anni del Leone. Venezia 1929-1940, Pádua, Il poligrafo, 1988, p. 187.

51 Gazzetta di Venezia, 17 de noviembre de 1935.

52 Paul Steege et al.: «The History of Everyday Life...», pp. 363-368.

53 Alf Lüdtke: «Introduction...», p. 4.

54 Alf Lüdtke: «What happened to the «fiery red glow...», pp. 198-251.

55 Paul Steege et al.: «The History of Everyday Life...», p. 364.

56 Belinda J. Davis: Home Fires Burning: Food, Politics, and Everyday Life in World War I Berlin, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2000, p. 5, y Paul Steege et al.: «The History of Everyday Life...», p. 361.

57 Joshua Arthurs, Michael Ebner y Kate Ferris: «Introduction...», p. 8.

58 Jacques Revel (ed.): Jeux d’échelles: la micro-analyse à l’expérience, París, Gallimard, 1996, y Bernhard Struck, Kate Ferris y Jacques Revel: «Introduction: Space and Scale in Transnational History,» The International History Review, 33(4) (2011), pp. 573-584.

59 Paul Steege et al.: «The History of Everyday Life...», p. 364.

60 Kate Ferris: «Consumption...», pp. 142-146.

61 Ibid., pp. 123-124, y Jonathan Morris: «Retailers, fascism, and the origins of the social protection of shopkeepers in Italy», Contemporary European History, 5(3) (1996), pp. 285-318, esp. p. 302.

62 Kate Ferris: «Consumption...», pp. 123-149.

63 Giulia Albanese: La marcia su Roma... La predominancia de los bares como escenario de violencia política es apuntada por Michael Ebner: Ordinary Violence...

64 Victoria de Grazia: The Culture of Consent...

65 Lucy Maulsby: «Case del fascio and the Making of Modern Italy», Journal of Modern Italian Studies, 20(5) (2015), pp. 666-668.

66 Victoria de Grazia: How fascism ruled women: Italy 1922-1945, Berkeley-Los Ángeles, University of California Press, 1992, p. 202.

67 Esto queda de manifiesto en los informes custodiados en el Archivio Centrale dello Stato en Roma. Veáse, por ejemplo, ACS, Ministero della cultura popolare (MIN CUL POP), gab. b. 163, f. 1052; MI, DGPS, Organizzazione per la Vigilanza e la Repressione dell’Antifascismo (OVRA), b. 7, f. III zona, y MI, DGPS, OVRA, b. 7, Sardegna.

68 Michael Ebner: Ordinary Violence..., p. 57.

69 Véase, por ejemplo, ACS, MIN, INT, DGPS, AGR, 1924, b. 58, Arezzo y Bérgamo.

70 Ruth Ben-Ghiat: Fascist Modernities..., p. 15.

71 ACS, MI, DGPS, AGR, 1924, b. 58, Bergamo; 1927, b. 135, Bergamo; 1932, Sez. 1a, b. 3, Bergamo; 1935, b. 3, Bergamo; 1937, b. 3, Bergamo; 1939, b. 8, Bergamo; 1940, b. 11b, Bergamo, y 1941, b. 7, Bergamo.

72 Alexander de Grand: «Mussolini’s Follies: Fascism in is imperial and racist phase», Contemporary European History,13(2) (2004), pp. 127-147.

73 ACS, MI, DGPS, AGR, 1924, b. 58, Bergamo, y 1924, b. 58, Arezzo.

74 ACS, MI, DGPS, AGR, 1924, b. 58, Arezzo.

75 ACS, MI, DGPS, AGR, 1924, b. 58, Bergamo.

76 Por ejemplo, ACS, MI, DGPS, AGR, 1932, sez. 1a, b. 12, Como.

77 Paul Corner: «Collaboration...», p. 79, y Alexander de Grand: «Mussolini’s Follies...».