Ayer133 (1) 2024: 287-311
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2081
© Felipe Brandi
Recibido: 21-07-2021 | Aceptado: 14-01-2022 | Publicado on-line: 08-01-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Lo legendario y la memoria histórica. Anotaciones sobre la edición española de El domingo de Bouvines de Georges Duby *

Felipe Brandi **

Instituto de História
Contemporânea-NOVA FCSH/IN2PAST
felipebrandi@fcsh.unl.pt

Resumen: Este estudio tiene como objeto la edición truncada del Domingo de Bouvines, de Georges Duby, publicada en 1988 por Alianza Editorial, que suprime toda la reflexión de Duby sobre la naturaleza ideológica del imaginario histórico y su denuncia de la instrumentalización política de la historia por parte de Franco. A partir de los datos encontrados en los archivos privados del medievalista, que ayudan a comprender por qué autorizó la eliminación del final de su libro, intentaremos situar esta edición mutilada en el contexto de las batallas por la memoria que España ha librado durante la transición democrática.

Palabras clave: Georges Duby, Bouvines, memoria histórica, instrumentalización ideológica de la historia, Franco.

Abstract: The object of this study is the mutilated edition of Georges ­Duby’s El Domingo de Bouvines, published in 1988 by the Alianza ­Editorial. The translated text was stripped of all Duby’s reflections on the ideological nature of the historical imaginary and his denunciation of Franco’s political use of history. The medievalist’s private archive sheds light on why Duby authorized Alianza Editorial to eliminate of the final part of his book. The goal is to analyze this mutilated edition in the context of the battles over historical memory that dominated Spain during the democratic transition.

Keywords: Georges Duby, Bouvines, historical memory, ideological use of history, Franco.

Publicado en abril de 1973, Le Dimanche de Bouvines 1, del medievalista francés Georges Duby, se tornó un hito en la historiografía europea. Tomando por objeto la batalla que opuso en el verano de 1214 a Felipe Augusto, rey de Francia, frente al emperador alemán Otón IV y su coalición, Bouvines aprehendía el acontecimiento como la punta del iceberg, revelador de las estructuras profundas y de la visión del mundo de una sociedad, y se apartaba de la orientación entonces dominante entre los historiadores franceses, interesados sobre todo por fenómenos de longue durée. Representando el «modelo» de una distinta «concepción del acontecimiento» 2, el planteamiento de Duby trazaba así una nueva dirección para la escuela histórica francesa. Pero no la única. Otra innovación contenida en el libro, no menos decisiva, reside en el tratamiento a que somete el tema de la memoria histórica. Una vez analizados los cuadros de pensamiento de la sociedad feudal del siglo xiii implicados en el conflicto armado entre los dos adversarios, Duby dedica la tercera y última parte del libro al estudio de las resonancias de la victoria de Felipe Augusto, reconstituyendo así las vicisitudes de su recuerdo y conversión en uno de los sucesos militares fundadores de la saga nacional francesa. Rastreando la fortuna historiográfica del acontecimiento, nos enseña, después de escudriñar 275 crónicas e historias del siglo xiii, cómo la victoria del 27 de julio de 1214 se convierte de inmediato en leyenda, en las manos de estos artífices de la memoria.

Titulada «Légendaire», toda la parte final de Bouvines es, en realidad, la demostración ejemplar del esfuerzo del historiador por desentrañar los fundamentos de la actividad histórica. El recuerdo de la victoria francesa en Bouvines perdura gracias al trabajo conjunto de generaciones de historiadores que, deseosos de fijar para la posteridad la hazaña militar, han recreado uno tras otro esa batalla, asegurando su presencia en el imaginario, adornándola a través de la adulación, el halago, la exageración. Es la historia misma —i. e., su escritura y reescritura, su construcción progresiva— que, al fin y al cabo, nos es descrita a la manera de un mito. El suceso histórico, sea Bouvines o cualquier otro, resulta del trabajo de la memoria y del olvido, pues, nos advierte Duby, el pasado es constantemente «manejado en todos los sentidos, atrapado en redes de discursos trenzados para envolver al adversario, o para protegerse de este en los combates donde está en juego el poder» 3. En las páginas finales del Dimanche de Bouvines prevalece la manera en que, según los intereses antagónicos en conflicto, la materia histórica aparece siempre manipulada, esculpida por el trabajo selectivo de la memoria, interpelada al servicio de una causa y de un poder.

El libro de Duby transciende la guerra del siglo xiii, para abrirse a un planteamiento severo acerca de este rasgo tan elemental de la historia como vehículo de la cohesión social. A la historia se le asigna, así, un papel moralizante, la celebración de las glorias de un pueblo o de una nación, el control de las fuerzas sociales y la satisfacción del anhelo de las sociedades por ostentar su identidad o presumir de su superioridad. Lo legendario y la manipulación de la memoria no son, sin embargo, privilegios de los historiadores del siglo xiii. Aun a riesgo de menoscabar las ambiciones epistemológicas de los historiadores profesionales, Duby nos advierte que ningún estudio del pasado está exento de intereses, ni desembarazado de los marcos ideológicos imperantes de su tiempo. Pues la propia historia es, según Duby, una herramienta poderosa de estos sistemas ideológicos empeñados en ofrecer una visión totalizadora del pasado, del presente y del futuro de un grupo social, siendo su función la de confortar la representación que este grupo hace de sí mismo:

«En las culturas cuya historia puede ser escrita, todos los sistemas ideológicos están fundamentados en una visión de esa historia, estableciendo sobre una memoria de los tiempos pasados, objetiva o mítica, el proyecto de un futuro que vería el advenimiento de una sociedad más perfecta. Ellos son, todos, portadores de esperanzas. Ellos incitan a la acción» 4.

De hecho, Le Dimanche de Bouvines constituyó, ante todo, una denuncia de la naturaleza ideológica del imaginario histórico. Sobre la historia se asientan discursos y acciones cuya pretensión es la de asignar a la sociedad una dirección, enmarcándola en el relato de sus raíces, alimentando proyectos reformadores o programas revolucionarios. Con gran agudeza y extrema lucidez, Duby se centra en la que quizás sea la faceta más oscura de la historia, presentada aquí alrededor del mito y el chovinismo, íntimamente relacionada con

«todos los escritos de propaganda, los tratados de buena conducta, los discursos edificantes, los manifiestos, los panfletos, los sermones, los elogios, los epitafios, las biografías de héroes ejemplares, en resumen, todas las expresiones verbales que un medio social da de las virtudes que él reverencia y de los vicios que él reprocha, y que le sirven para defender y para propagar la ética donde se asienta su buena conciencia» 5.

Es así como Duby, después de seguir los avatares del recuerdo de la batalla, cierra su relato en el presente de su tiempo. En páginas memorables, Bouvines abandona por completo el conflicto del siglo xiii y concluye recordando la guerra del siglo xx, con sus generales y sus atrocidades. La celebración orgullosa de los sucesos militares del pasado ya no ocupa un lugar destacado en las sociedades europeas de posguerra. Afortunadamente. La enseñanza de la historia retira las batallas y las victorias de sus programas, tras los episodios sangrientos de su pasado reciente. Sin embargo, muchos son los dirigentes occidentales que siguen deseosos de ostentar la compañía de lo sagrado, seducidos por el aroma del incienso. La guerra que emprenden es más tenebrosa, más mortífera que la que se libraba en el siglo xiii; y cuando pueden, se complacen en proclamar que tienen a Dios de su lado:

«A menudo se les ve en las catedrales, pendientes de señales de elección en el cielo. Tampoco ellos serían reacios a curar las escrófulas. Luego, les gusta evocar las victorias de antaño para aliviar, tal vez, mediante las justificaciones de lo intemporal y lo mágico, la conciencia algo pesada que a veces tienen de toda su tiranía» 6.

En este instante, en la última página del libro, Duby trae al lector dos discursos de Francisco Franco: el primero, de 1964, y el segundo, del 25 de julio de 1971, proclamando en Santiago de Compostela que la victoria en Brunete en el día del patrón de España era la prueba misma de la adhesión de Dios a la causa nacionalista.

Cerradas las dos citas, Duby ofrece un corto último párrafo donde no esconde su indignación frente a las palabras que acaba de hacernos leer, frente a la figura de este dios de la guerra desmedidamente evocada, demasiado a menudo, en la boca de los astutos, fanfarrones y usurpadores:

«Dios. El dios de los holocaustos y los desfiles militares. El dios del orden restaurado. Este gran caballo pálido que planeaba sobre el campo de los muertos, una tarde, en Brunete, había planeado en otro tiempo sobre Bouvines. También planea sobre Guernica, sobre Auschwitz, sobre Hiroshima, sobre Hanói y sobre todos los hospitales después de todas las revueltas. Este dios tampoco está a punto de morir. Él siempre reconoce a los suyos» 7.

«Dios siempre reconoce a los suyos»: con esta frase, que evoca discretamente las terribles palabras atribuidas al legado del papa y abad de Císter, Arnaud Amaury, que las habría proferido al desa­tar la masacre de la población de Béziers en la cruzada albigense, Duby termina su relato. Novit enim Dominus qui sunt eius: el libro se cierra con un éxcipit que se hace eco de estas palabras que se han vuelto, a lo largo de los siglos, la evocación misma de la intolerancia, la represión, el fanatismo y los crímenes cometidos en el nombre de Dios. Pese a la reconocida calidad literaria de sus escritos, la expresión de Georges Duby raramente alcanzó igual primor y soltura. El final de Bouvines es, sin duda, uno de los más apasionantes que produjo la historiografía francesa de los años setenta. Con estas dos citas de Franco, Bouvines se cierra dejando abierta una interrogación más amplia sobre la historia, destacando su carácter polimorfo, que sobrepasa las intenciones puramente intelectuales de los historiadores profesionales. Tras la manifestación del propio sujeto historiador, quien no disimula su malestar ante los tratos insidiosos a que se presta la historia en el presente más inmediato, Duby culmina su libro no solo con una denuncia de los usos políticos del pasado, sino también con el reconocimiento de que la propia historia está profundamente vinculada a la ideología.

Los últimos párrafos de esta obra inauguran toda una serie de majestuosos finales en los libros del autor. Sin embargo, la crudeza con la que la historia es aquí identificada con los discursos ideológicos parece haber causado confusión y molestia entre los historiadores galos. En el momento de su publicación, Bouvines fue ampliamente aplaudido por los historiadores, especialmente por aquellos cercanos a la revista Annales. Fue acogido como ejemplo de un esfuerzo de renovación de la vieja histoire-bataille historisante por la nueva historia de la cultura 8. La tercera parte del libro, «Légendaire», donde el hecho histórico es considerado no en sí mismo, sino en la manera como ha sido fabricado y recordado con el paso del tiempo, fue interpretada como una verdadera «revolución» 9. La significación y, hasta cierto punto, la realidad misma del acontecimiento histórico pasan a ser, a partir de ahora, consideradas a través la manera en que este es modelado por la memoria histórica. Sorprendentemente, mientras la innovación de la parte «Légendaire» fue celebrada, sobre el recurso a los discursos de Franco en el desenlace del libro se cernió un perturbador silencio por parte de los historiadores en Francia. Un silencio roto únicamente por Bernard Guenée y Paul Amargier: mientras este ultimo estima el brío de estas líneas finales que atacan «a los alborotadores del “orden” establecido, siempre listos para movilizar a Dios en su beneficio» 10, Bernard Guenée discute el pasaje en cuestión en su reseña del libro publicada en la revista Annales, no sin reprochar a Duby el hecho de que sus «pensamientos generosos y muy legítimos en el final del legendario» hayan podido distanciar al lector, quizás sobremanera, del propio entorno de la batalla, ubicando «en un mismo plan tal gran historiador del siglo xiixiii y tal panfletario del xx» 11. Quizás, el anacronismo ostensible del pasaje y su conciencia explícita de cómo la historia puede servir como elemento activo en una ideología práctica hayan desconcertado a los historiadores franceses, que han preferido no tomar en cuenta este problema particularmente embarazoso.

Extraña suerte la del Dimanche de Bouvines. Fue celebrado con entusiasmo desde su publicación y transformado, muy rápidamente, en un jalón de los pasos plurales que la historiografía francesa abriría en las décadas de los setenta y de los ochenta. Aun así, aquello que, sin lugar a dudas, nos parece hoy su innovación más actual, que contiene la visión de Duby sobre el parentesco entre la historia, la religión y el poder, ha pasado casi desapercibido en el debate francés. Pues, detrás de la jornada del 27 de julio de 1214, lo que realmente interesa a Duby es la serie de operaciones que conducen a la elaboración del recuerdo y a la construcción de ese suceso como un verdadero mito nacional. De este magistral análisis, que se ha hecho merecidamente famoso como una de las joyas de la historiografía francesa de los años setenta, surge un retrato sin concesiones de la historia, que se presenta con una luz cruda y poco complaciente como un poderoso instrumento al servicio de ideologías prácticas. Pues, según Duby, detrás de cada representación del pasado existe un esfuerzo del presente por forjar una imagen de sí mismo a través del espejo de la historia; detrás de cada recuerdo conservado se encuentran operaciones selectivas puestas en marcha, conscientemente o no, por intereses determinados, por los imperativos de la acción política sobre el mundo social. Sin embargo, la lucidez y la fuerza de su denuncia eran prematuras. Había de llegar aún, en el giro de los años ochenta, la problemática de la memoria cuyo máximo exponente serían los Lieux de mémoire de Pierre­ Nora, editor de Bouvines. Si el pasaje sobre Franco y la crítica al uso político de la historia han sido poco explorados, el párrafo final sobre el dios de los holocaustos no dejó, a su vez, de despertar pasiones enfrentadas y una serie de controversias en la prensa. Para muchos lectores franceses, este epílogo del libro resulta molesto y ofende su amor propio. De hecho, es el imaginario histórico francés el que parece, al fin y al cabo, estar en tela de juicio, profanado. La prensa de ultraderecha se muestra especialmente violenta. Muchos críticos afirman que el historiador tiene el deber de no involucrarse en las disputas políticas del presente. Algunos lectores rebaten así el «espíritu contestatario» que subyace en el libro, y que consideran inapropiado en la conclusión de una obra científica 12. En Valeurs actuelles, Frédéric Valloires ataca la acusación de Duby contra este Dios de las batallas: «Él lo ve flotar sobre Auschwitz, Hiroshima y Hanói [...] Detrás de esta letanía de nombres, por otra parte, subyace una admiración hacia otro dios: el de un pacifismo izquierdista» 13.

Sin duda, como Bernard Guenée nos advierte, al situar a Felipe Augusto «en tan mala compañía» 14, al lado del general español, Duby hiere sensibilidades entre sus lectores franceses, en su intento de desmitificar este suceso militar que se tornó un símbolo del orgullo nacional, uno de los treinta días que construyeron Francia. La verdad es que todas estas controversias contra el epílogo del «Légendaire» constituyen más bien una especie de confirmación de las tesis crudamente expuestas en sus páginas. Sin embargo, estas polémicas no se limitaron a la primera recepción de la obra, sino que reaparecieron quince años más tarde, en esta ocasión más allá de las fronteras del territorio galo. Este fue el caso de España, donde muchos de los lectores de Duby que han tenido Bouvines entre sus manos desconocen por completo dicho pasaje. La insólita suerte del libro no se limita, en efecto, a Francia: se hace notar, de forma particularmente significativa, en España, donde a finales de los años ochenta, Alianza Editorial, al publicar una traducción de la obra, decidió —¿por qué?— suprimir tanto el epílogo como toda la parte «Légendaire», jamás restituida en una edición española.

La edición mutilada de Alianza Editorial

Publicado en 1988 por Alianza Editorial, El domingo de Bouvines, en su versión española, salta directamente de la última frase del capítulo «La victoria» a la cronología del apéndice. Desconcertante, tal supresión, de un total de cincuenta páginas, levanta una serie de interrogaciones difíciles de responder, sobre todo cuando la fecha de edición —1988— coincide con el punto culminante de la recepción de Duby en España, e igualmente con el momento en que se hacía sentir en mayor medida entre los historiadores españoles la influencia del debate francés, a su vez dominado por el tema de los «lugares de memoria» (1984-1993). Transcurridos diez años de transición democrática española y trece desde la muerte de Franco, ¿es legítimo aducir la crítica que del dictador hace Duby en las dos últimas páginas del libro como la razón de la eliminación de todo el capítulo sobre lo legendario? Así parece haberlo creído el propio Duby. ¿Censura? ¿Precaución? ¿Deseo de olvidar? ¿Cómo logró Alianza Editorial el consentimiento del autor?

La consulta de los archivos privados del medievalista permite arrojar luz sobre este episodio. Confiada desde 2003 al Institut Mémoires de l’édition contemporaine (IMEC), la correspondencia de Duby con Gallimard contiene una carta del 4 de marzo de 1987 firmada por Ania Chevalier, de la editorial, comunicando «un pequeño detalle sobre el cual Alianza Editorial requiere su consentimiento»: la decisión de suprimir toda la parte del «Légendaire» que, según el editor español, «se dirige más específicamente a los lectores franceses» y cuya eliminación «sería preferible para su público» 15. En su respuesta, Duby autoriza que se proceda como mejor le parezca al editor, reconociendo que «la ventaja, para los españoles, será también la de no introducir algunas de mis reflexiones sobre el general Franco» 16.

De hecho, la intención de Duby al citar a Franco en la conclusión de su ensayo sobre la guerra medieval no es en absoluto aproximar al dictador a la «mentalidad» de los guerreros del siglo xiii. Eso sería hacer una acusación sencilla y un tanto torpe contra el conservadurismo del general español. Su objetivo es mucho más sutil e interesante: mostrar el complejo lazo que une la religión, la política y la historia; poner al descubierto esa amenaza constante que se cierne sobre la historia, siempre en riesgo de ser manipulada por gobernantes con tendencias autoritarias. Seguramente, Duby podría haberse ceñido muy bien a su enfoque etnográfico de la guerra feudal. La segunda parte del libro, «Comentarios», satisface en gran medida las ambiciones de la colección, responde a las expectativas de los colegas historiadores y se basta para asegurar un rotundo éxito a su libro. Pero Duby decide abrir una tercera sección, que de pronto confunde las expectativas del lector. Este se encuentra súbitamente inmerso en la historia de la memoria del acontecimiento y descubre así de golpe que el libro que tiene en sus manos en realidad no trata de una batalla concreta ni de la sociedad bélica que la protagonizó, sino del nacimiento de un mito nacional. Como historiador que cuestiona su profesión y se preocupa por alertar ante las amenazas de falsificación que la acechan, Duby afronta aquí el problema de la función que la historia desempeña en nuestra cultura. La recuperación política de la memoria de la batalla de Bouvines, la burda y abyecta manipulación de la victoria nacionalista en Brunete no son en absoluto derivas excepcionales. Ve ejemplos de ello en todas partes, una vez que, pese a la vigilancia de los historiadores, esta amenaza de instrumentalización permanece siempre presente, puesto que es inherente a la historia, es decir, al papel que el presente, en cada época, asigna a las representaciones del pasado. Por eso afirma, alto y claro, que el papel del historiador —y también del ciudadano— es luchar contra todos esos nacionalismos destructivos alimentados por los mitos históricos 17.

Sorprendentemente, la eliminación del «Légendaire» en la edición española apenas ha llamado la atención, ni en Francia ni en España 18. Sin embargo, dicha supresión es relevante para el público español, tanto por la crítica abierta que contiene contra la figura del dictador, como por la manera con que fue, en 1988, considerada todavía inoportuna y deliberadamente eliminada. De hecho, esta edición truncada abre una serie de interrogantes, que van mucho más allá del libro de Duby. La simple demanda de suprimir esta parte final del libro evidencia ya la distancia, el desfase que existía entre las orientaciones historiográficas en boga a ambos lados de los Pirineos, teniendo en cuenta que, en Francia, 1987-1988 es el momento del éxito de los Lieux de mémoire y de los preparativos del bicentenario de la Revolución francesa. Es más, se puede afirmar que, en definitiva, esta eliminación de la parte «Légendaire» remite al trabajo de memoria que España afrontaba a lo largo de los años ochenta. ¿Tenía razón Duby cuando sospechaba que la supresión de toda esta parte final del libro había sido motivada por su crítica a Franco? Es posible que sí. Pero también se puede constatar que es todo el capítulo del «Légendaire» lo que resultaba difícil de trasladar a España, marcada por el «pacto de silencio» 19, el malestar y el olvido que caracterizaron la transición de la dictadura a la democracia a lo largo de los años ochenta 20. La edición de Alianza Editorial se inscribe precisamente en el esfuerzo de la sociedad española por asegurar una transición pacífica, sofocando disensiones y conflictos, con el fin de garantizar sobre todo la reconciliación de los españoles. En este sentido, expresa muy bien las tensiones —historiográficas, memorísticas y políticas— a las que se enfrentaba España. Más allá de la crítica explícita a Franco, es en realidad todo el capítulo «Légendaire» el que puso sobre la mesa cuestiones difíciles e incómodas para la sociedad española, como el uso de la memoria con fines políticos y la asociación de la historia con el mito y el chovinismo.

De hecho, El domingo de Bouvines parece haber ocupado, en España, un lugar secundario entre los trabajos del medievalista. ¿Pero qué se perdió, más exactamente, con esta supresión? ¿Cómo entenderla? Para responder a estas preguntas, quizás deberíamos examinar cuál era el lugar de Bouvines en la producción española de Duby y qué relaciones mantuvo este con la historia y los historiadores españoles para intentar, a continuación, inscribir la omisión del «Légendaire» dentro de una evolución más amplia, relativa al desarrollo de la problemática general de la memoria histórica en España, a una etapa precisa del propio trabajo de memoria por parte de la sociedad española, tras los años franquistas.

La recepción española del Domingo de Bouvines

En las últimas décadas del siglo xx, Georges Duby fue uno de los historiadores internacionales más destacados para los especialistas, la prensa y el público españoles. En su autobiografía intelectual, quiso mencionar su gratitud hacia los colegas del otro lado de los Pirineos, reconociendo que es entre ellos donde «sin duda es mejor recibido el tipo de historia que practico» 21. El renombre y el favor que recibió en España deben ser situados en la poderosa ­corriente que impulsó la entrada de la «nueva historia» francesa en el debate español. Una corriente de la cual fue, a buen seguro, uno de los protagonistas.

Aunque fuera especialista de la sociedad feudal francesa de los siglos xi y xii, su relación con España y los historiadores de este país nunca fue superficial 22. La decisión de concluir su ensayo sobre la guerra en el siglo xiii en torno a Franco, como ejemplo de manipulaciones insidiosas de la historia que aún perduran en nuestra época, nada tiene de aleatoria. En sus escritos autobiográficos de los años ochenta, la guerra civil española aparece como un aspecto destacado de sus recuerdos de juventud. Cuenta que, al igual que a sus colegas del liceo, su pasión era «la guerra de España, y nuestras miradas estaban puestas en la Federación anárquica ibérica» 23. Años más tarde, en L’Histoire continue, hace referencia expresa a la «llama que se había encendido en nuestros corazones adolescentes en tiempos del Frente popular y de la guerra de España» 24.

Como historiador, su acercamiento a sus pares españoles data, principalmente, de mediados de los años sesenta y participa, así, del movimiento más amplio de llegada a España de la historia económica y social de los Annales. Esta década, en efecto, está marcada por la acogida de trabajos de historiadores franceses (Vilar, Labrousse, Braudel) vía Jaime Vicens Vives y sus discípulos. De estos años datan, igualmente, las primeras traducciones españolas de Duby. En 1966 se publica la edición española de su volumen para la colección de Skira 25. En marzo del año siguiente, el medievalista está en Barcelona, donde imparte una serie de conferencias sobre «El nacimiento del arte gótico», en el Instituto francés, y en la Facultad de Ciencias Políticas, sobre «La historia de las mentalidades y la historia social: conciencia de clases y vulgarización de los modelos culturales en la sociedad medieval» 26. Sin embargo, es sobre todo a partir de la publicación de su Economía rural y vida campesina en el Occidente medieval, en 1968, cuando los historiadores españoles conocen mejor a Duby. Como recuerda Reyna Pastor, la lectura asidua del libro era, desde finales de los años sesenta, estimulada en los programas «progresistas», aunque será ante todo a finales de los setenta cuando el texto alcanzará su gran éxito entre los lectores españoles. En efecto, para observar la llegada del trabajo de Duby a España, debemos prestar atención, más que nada, a la segunda mitad de los años setenta, momento en que, terminado el régimen franquista, la sociedad y la universidad españolas sientan las bases de una mayor apertura hacia los estímulos venidos de fuera.

Estando Franco en vida, dos visitas de Duby a España merecen especial atención. Sabemos que en mayo de 1973, o sea, un mes después de la publicación de Bouvines en Francia, vino a dar una conferencia en la Universidad de Salamanca 27. Y apenas algunos meses antes de la muerte de Franco, Duby regresó a Barcelona, con ocasión del II Congreso Internacional de Estudios sobre las Culturas Mediterráneas, el 29 de septiembre de 1975. La fecha del congreso no es anodina. Coincide con el recrudecimiento de la tensión política en España. Dos días antes, el régimen franquista fusilaba a dos miembros del grupo ETA y tres integrantes del FRAP. Delante de su público, Duby expresó sin tapujos su indignación ante los hechos, y advirtió «que su presencia en el Congreso se debía interpretar como una especial consideración hacia las tareas científicas, propias de su especialización, pero que, repetía, no debía interpretarse como una aceptación de los últimos acontecimientos sucedidos en España» 28.

Tras la muerte de Franco y el colapso del régimen franquista, empieza una nueva fase de la recepción de Duby, marcada por la vertiginosa difusión de sus investigaciones entre el público español. Guerreros y campesinos y Hombres y estructuras de la Edad Media —dos de sus libros originalmente publicados, como Bouvines, en 1973— son traducidos en 1976 y 1977. En 1976 también aparece Historia social e ideología de las sociedades, en la editorial Anagrama, que reúne tres de sus textos teóricos más expresivos, ilustrativos de las orientaciones más actuales de su trabajo: el texto homónimo, originalmente publicado en Faire de l’histoire (1974), su lección inaugural en el Collège de France, en 1970, y su artículo sobre «La historia de los sistemas de valores», de 1972.

A finales de los años setenta, la colaboración entre las escuelas históricas francesa y española se refuerza, y la presencia de Georges Duby en el debate español se hace aún más prominente. En 1977, regresa a Barcelona para una serie de conferencias y, en 1978, imparte ponencias en Santiago, Oviedo, Salamanca, Sevilla, Granada y Madrid 29. Al mismo tiempo, procura divulgar en Francia el trabajo de los colegas españoles. Entre 1978 y 1979, invita a los profesores Reyna Pastor, de la Universidad Complutense de Madrid, y José Enrique Ruiz-Domènec, de la Universidad Autónoma de Barcelona, a presentar los resultados de sus investigaciones en su seminario del Collège de France 30. En España, su obra ya se había tornado por entonces sinónimo de renovación de la historia, encarnando la vía de un posible encuentro del marxismo y el modelo de la historia como ciencia social reivindicado por la revista Annales 31. Sobre todo, contribuiría, a partir de ahora, a promover la difusión, tardía pero segura, de la historia de las mentalidades. Al comienzo de los años ochenta, esta última irrumpe vigorosamente en España. No le faltaron, es cierto, críticas de parte de los historiadores españoles, entre los cuales muchos permanecían escépticos en cuanto al rigor del planteamiento o a la posibilidad misma de estudiar dicho objeto 32. Si, entonces, muchos de los temas del campo de las «mentalidades» (la locura, la sexualidad) podían todavía ser tachados de «mal gusto» 33, la resistencia flaquea en la nueva década. El éxito de las mentalidades representará un nuevo impulso a la recepción de Georges Duby en España. Ya en 1980, se traduce rápidamente Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo (1978), con un prólogo de Arturo Firpo que presentaba una defensa de las aportaciones de la historia de las mentalidades 34. En 1981 y 1982, Taurus edita San Bernardo y el arte cisterciense (1976), así como el reciente El caballero, la mujer y el cura (1981). Con Europa en la Edad Media (1979 —trad. Blume, 1982—), El tiempo de las catedrales (1976 —trad. Argot, 1984—) y Guillermo el Mariscal (1984) traducido, un año después de su publicación en Francia, tanto al castellano como al catalán (Madrid, Alianza Editorial, y Barcelona, Libres del Mall), la mayoría de los principales libros de Duby son conocidos por los lectores españoles. Con excepción de su tesis de doctorado, solamente L’An Mil y Bouvines tendrán que esperar hasta 1988 para ser editados en España.

Este rápido recorrido por las traducciones del medievalista permite observar su papel destacado en la renovación de la historiografía española. A lo largo de los años ochenta, su renombre se extiende, como había ya ocurrido en Francia, más allá del círculo de historiadores. Recordemos que la serie «La época de las catedrales», inspirada en su libro homónimo, es transmitida por la Televisión Española en octubre y noviembre de 1983, lo cual contribuye al conocimiento del medievalista por parte de toda una nueva audiencia. Pero la referencia más decisiva en la difusión de su nombre en España fue quizás el importante coloquio hispano-francés organizado, en Madrid, por Duby y la Casa de Velázquez sobre «La condición de la mujer en la Edad Media» (1984). Jalón originario para la historia de las mujeres en ambos países, el coloquio desbordó rápidamente el ámbito de los estudios históricos y llamó la atención de la prensa 35. Lo mismo que sucedería, más tarde, con el ciclo «Els ideals de la mediterrània», que tuvo lugar en el Institut Català d’Estudis Mediterranis, en junio de 1991, y con la exposición «Vida y peregrinación», comisariada por Reyna Pastor y Duby en 1993 36.

Desde mediados de los años ochenta, por tanto, las noticias a su respecto son cada vez más abundantes en los periódicos españoles. Cada una de sus visitas al país es documentada al detalle por la prensa, a través de entrevistas donde se le pregunta sobre los temas más variados, desde su labor como historiador hasta los grandes problemas que afligen a la sociedad contemporánea. En efecto, es en las páginas de diarios españoles donde encontramos un conjunto significativo de entrevistas al autor, marcadas por declaraciones acerca de su punto de vista político y social que son, todavía hoy, desconocidas por el público francés. A gusto entre los españoles, Duby se permite hacer muchas declaraciones acerca de Francia y su política que parece haber preferido evitar en su país. Así, por ejemplo, su crítica a la fiebre en Francia en torno al Bicentenario de la Revolución 37, o el balance negativo del segundo mandato de Mitterrand 38. Duby se ha convertido en un nombre de referencia entre los grandes intelectuales europeos de mayor prestigio en España. Y eso no hace más que aumentar la sorpresa ante la decisión de Alianza Editorial de publicar una edición truncada, en 1988, de uno de sus libros más célebres. La prensa mantiene al público español al día de los proyectos de Duby. Su participación como jurado del Premi Internacional Catalunya y su papel en la presidencia del Consejo cultural hispano-francés son ampliamente destacados. ¿Y qué decir de la publicación de sus traducciones? Los diarios dedican una reseña a cada uno de sus libros editados en España a lo largo de la década. Todos y cada uno de sus libros, salvo Bouvines.

De hecho, ninguno de los grandes periódicos se encargó del libro, mientras que, este mismo año, la serie Historia de la vida privada y el coloquio sobre las peregrinaciones en Santiago de Compostela (Madrid, 1988) fueron objeto de gran atención por parte de la prensa española. Con ocasión de este coloquio, aumentó el número de noticias referentes a Duby, y es en una de ellas donde encontramos una rara mención al Domingo de Bouvines en las páginas de los diarios españoles. Se trata, en realidad, de uno de los muchos artículos elogiosos que hacían un recorrido por su obra, en un intento de divulgarla y darla a conocer al público lector español. Bouvines logra, en una ocasión, aparecer mencionado entre sus principales aportaciones, pero aun así de modo harto superficial, simplemente, como «el detallado relato de cómo, el 27 de julio de 1214, el rey Felipe Augusto derrotó contra toda esperanza a la coalición de dos condes y un emperador» en aquella que fue «una de las primeras batallas de la edad moderna, entre otras cosas porque rompió con el sagrado ejemplo de descansar al séptimo día» 39. Extraña la sobriedad de estas líneas, en un momento en que, tras el éxito de la Vida privada y del coloquio sobre el camino de Santiago, la figura del medievalista despierta un singular interés. Sobriedad que prevalece cuando los principales periódicos de España rinden homenaje a Duby, con motivo de su muerte. Ni el ABC ni La Vanguardia, en las cuatro noticias necrológicas que dedican al autor, hacen referencia a Bouvines. Este ni siquiera aparece incluido en la bibliografía de sus principales trabajos. En la edición de El Mundo del 4 de diciembre de 1996, el libro es mencionado, pero para decir que la noción del acontecimiento como revelador sintetiza su visión de la historia. Y en El País, Victoria Cirlot recuerda que la lectura de Bouvines fue, para ella, un verdadero acontecimiento: su definición de la batalla como lo que precede a la paz definiría, afirma, al propio Duby, como el íncipit de Salammbô, el arte narrativo de Flaubert 40. Pero es todo.

Es fácil constatar el lugar claramente secundario que El domingo de Bouvines ocupó entre los trabajos del medievalista que fueron publicados en España. Es cierto, la decisión de publicar una edición, aunque mutilada, del libro demuestra el prestigio alcanzado por el medievalista y el interés patente del público por su obra. Aun así, la discreta acogida de Bouvines contrasta con la recepción efusiva de todos los demás trabajos del autor, pero también con la posición de honor que, en Francia, le fue reservada en el recuerdo de los historiadores y del público. Cabe pensar que la divulgación misma del libro en España fue perjudicada por la publicación solo parcial de su contenido, pero nada permite establecer una relación causal entre la omisión de la parte «Légendaire» en la edición y la poca atención que recibió por parte de la prensa y el público españoles, a diferencia de otros tantos títulos de Duby. Por otra parte, la supresión del final del libro y la tímida acogida que obtuvo sí permiten observar que Bouvines continúa siendo, sin lugar a dudas, un caso aislado en la recepción española de la obra de Duby. Quizás, haya llegado la hora de intentar entender mejor esta omisión, así como las razones que llevaron a Alianza Editorial a juzgar más oportuno, transcurridos trece años tras la muerte de Franco, publicar una edición sesgada del Domingo de Bouvines, desprovista de la parte «Légendaire» que había causado furor en la historiografía francesa.

La memoria histórica

Sin duda, la supresión de la parte «Légendaire» ha privado al público español de una de las principales aportaciones del libro, así como de algunos planteamientos decisivos de la concepción misma de la historia en el pensamiento de Georges Duby. En realidad, lo que se perdía en la edición truncada no era solamente una de las pocas ocasiones en que aparece, plasmado en su literatura, el víncu­lo que permite relacionar su «sensibilidad política» y las pasiones y afinidades morales que, como hemos visto, marcaron su juventud y su vivo interés por la guerra civil española. Lo que se perdía era ante todo una pieza fundamental del pensamiento del autor sobre la porosidad entre las representaciones del pasado y los discursos ideológicos. Eso no es todo. Se dejaba de lado, además, el que fue, sin duda, uno de los gérmenes del debate francés acerca de las relaciones entre historia y memoria, el cual se había convertido, en ese mismo año de 1988, en uno de los temas historiográficos predilectos en Francia, bajo el influjo de los Lieux de mémoire y de la cercana celebración del Bicentenario de la Revolución.

La decisión de Alianza Editorial de suprimir la última parte del libro solo cobra sentido cuando es restituida en el seno del propio trabajo de memoria llevado a cabo por la sociedad española durante los años ochenta. Mientras Francia estaba envuelta en su moment-mémoire, España, a su vez, entablaba su combate con el problema de la memoria histórica, pero lo hacía de modo significativamente distinto. Como recuerda Pedro Ruiz Torres, la sociedad española atravesó los años ochenta unida ante el desafío de lograr, pacíficamente, la transición de la dictadura hacia la democracia. La herida aún no había cicatrizado, los recuerdos del pasado reciente continuaban siendo dolorosos, lo que «impulsó el olvido con el fin de favorecer el acuerdo y la reconciliación de los españoles» 41. En efecto, la eliminación del «Légendaire» se inscribe en el cuadro del silencio y del olvido cultivados en esta etapa específica del propio trabajo de memoria emprendido por los españoles desde la transición.

No cabe duda de que la edición mutilada del Domingo de Bouvines es representativa de los desafíos memoriales y políticos a los que se enfrentaba la sociedad española del momento. La evocación final de Franco se había tornado, a este respecto, extemporánea. Es posible, sin embargo, preguntarse si, además de este pasaje final, no sería en realidad todo el contenido de la parte «Légendaire» (la imbricación turbia entre la historia y los intereses que gobiernan la longevidad de la memoria) lo que constituiría un tema delicado para la España de la segunda mitad de los años ochenta 42. De cualquier modo, no obstante el reconocido influjo de la «nueva historia» francesa en estos años, el debate galo en torno al moment-mémoire se reveló, con mucho, difícilmente trasladable a España, algo a lo que apunta, por otra parte, el eco moderado de los Lieux de mémoire en este país.

Por supuesto, la memoria no era entonces un objeto desconocido para los historiadores españoles. Basta recordar que, ya en 1984, el tema había sido ejemplarmente explorado por Ruiz Domènec en su Memoria de los feudales 43. Pese a la distancia que, a primera vista, alejaba la controversia contemporánea y el recuerdo genealógico emprendido por la aristocracia laica de los siglos xi y xii tal y como lo analiza el libro, el estudio del profesor Domènec daba en el punto neurálgico del debate más actual, subrayando hasta qué punto el ejercicio de la memoria es un aspecto primordial en la dispu­ta entre los grupos dominantes. También el propio Pierre Nora, en visita a España en 1978, había llamado la atención de los historiadores españoles sobre la importancia de estudiar el presente tomando en consideración la profusión de memorias colectivas y sus intereses antagónicos 44. Aun así, es forzoso reconocer que el debate social e historiográfico en torno a la memoria había tomado rumbos manifiestamente distintos en Francia y España 45.

En España, toda la discusión acerca de las relaciones entre memoria e historia asume rasgos propios, y despunta dominada por el asunto, resbaladizo, de los usos políticos del pasado. Si la problemática de los Lieux de mémoire se introduce paulatinamente en España, esto se debe, ante todo, a la dificultad de adaptar la empresa de Nora a la especificidad de los planteamientos a este lado de los Pirineos. España había comenzado ya a interrogarse acerca de sus propios «lugares de memoria». Pero, contrariamente a la noción creada por Nora, estos «lugares» delineaban aquí zonas de fractura, de traumatismos y denegación, en una cartografía donde la plétora de discursos, como en el caso francés, cede la vez al silencio, la reserva y el enmudecimiento.

En efecto, para observar la plena acogida de los Lieux de mémoire en España, habrá que esperar hasta la segunda mitad de los años noventa, cuando la sociedad española pasa página del olvido sistemático promovido a lo largo de la última década 46. Tras las celebraciones de 1998, «año de conmemoraciones históricas» por excelencia 47, emerge una nueva actitud de los españoles frente a los recuerdos del pasado franquista 48, la cual gana terreno, recientemente, desde la aprobación de la Ley de memoria histórica en octubre de 2007. El contexto que circundaba la edición del Domingo de Bouvines parece, ahora, ya lejano.

Desde el giro de los años 2000, se percibe un avance sensible en la cuestión de la memoria histórica en España. Avance llevado no por los historiadores profesionales, sino por parte de la sociedad civil, deseosa de recuperar la versión de los vencidos demasiado tiempo silenciada por el relato oficial y hegemónico asumido desde la transición. La historia pasa a ser la gran protagonista de las controversias que han activado el debate español. Evocada y reivindicada por los medios de comunicación y por grupos políticos antagónicos, su ámbito se dilata sorprendentemente, convirtiéndose en un importante objeto de discusión que moviliza a la prensa, la intelligentsia y la sociedad españolas. Ya a finales de 2003, el homenaje en el Congreso a las víctimas del franquismo suscitó polémica. Dedicado a «impedir el olvido y la desmemoria», el acontecimiento contó con la participación de todos los partidos, con excepción del Partido Popular, que calificó el acto de «revival de naftalina», una tentativa de volver al pasado rindiendo «homenaje no se sabe a quién». La réplica no tardó, y el propio Partido Popular fue acusado de desconocer la «historial real de nuestro país» 49. Desde entonces, la controversia no ha dejado de saltar a los titulares, y se ha intensificado después de que la Ley de memoria histórica fuera desbloqueada. En marzo de 2005, la estatua ecuestre de siete metros de Franco, situada en la plaza San Juan de la Cruz en Madrid e inspirada en la escultura de Erasmo de Narni, de Donatello, fue desmantelada por iniciativa del Ministerio de Fomento en plena madrugada, sin que el Ayuntamiento (gobernado por el Partido Popular) se diera por enterado de la acción. La operación en su conjunto fue todo un acontecimiento: Fomento logró obtener los permisos necesarios para el desmontaje secreto sin que la autoridad municipal descubriera a tiempo sus intenciones, la empresa que realizó el trabajo había solicitado una licencia de obras con la colocación de andamios para la revisión de piezas de fachada. La estatua es retirada en sigilo, en plena noche, y a la mañana siguiente, setecientos nostálgicos se reunieron en la plaza, los brazos alzados al cielo, rezando el Avemaría y cantando el himno falangista, Cara al sol. Poco a poco, España se va despojando de los símbolos del régimen. En 2005, el Ayuntamiento de Barcelona ordena la retirada de más de cuatrocientas placas franquistas de las fachadas de la capital catalana. En 2007, Elche retira a su vez los títulos honoríficos que habían sido concedidos a Franco. Y en 2008, la última estatua ecuestre del dictador, tras la de Zaragoza, es retirada en Santander.

La historia es ahora, en España, objeto de todas las disputas. Cuando se produjo el desmantelamiento de la estatua ecuestre de Franco en Madrid, en marzo de 2005, fueron muchos los que aplaudieron la que denominaron una «noche histórica», mientras la oposición conservadora denunciaba un intento político del Gobierno de «reescribir la historia» haciendo «lecturas parciales» 50. Objeto de estudio fascinante sobre la memoria y las luchas contra los usos políticos del pasado, la operación memorialista en España está orientada doblemente: por un lado, reconoce y rehabilita a las víctimas de las persecuciones de la dictadura; por otro, promueve la retirada de todos los símbolos de una memoria truncada —una operación que no consiste ni en una voluntad de olvido, ni en un desprecio del pasado, sino en un esfuerzo valiente por deshacerse de una visión triunfalista, providencialista y teocrática de la historia, instrumentalizada durante más de medio siglo—. Lo que sí sorprende es ver una supuesta «defensa de la historia» reclamada ahora por las fuerzas reaccionarias. La oposición de la derecha se presenta como protectora de la historia y del patrimonio histórico-artístico, acusando a sus adversarios de abrir viejas heridas y de promover la desunión de los españoles. Clama por la conservación de lo que califica de «símbolos de la historia», pero calla cuando se trata de las víctimas y de las fosas comunes.

Controvertida, aprobada no sin resistencia, la Ley de memoria histórica es sintomática de la nueva actitud de los españoles frente a los recuerdos de la Guerra Civil y el régimen franquista. La guerra de las memorias, ahora decretada, se aviva y deja clara la complejidad de un debate que sigue rasgando y deteriorando el tejido social español. Esta prolongada batalla 51, cuyo eje central reside en una memoria fracturada, confiscada desde hace mucho por los vencedores, aún no ha concluido. En octubre de 2009, todos los ojos se vuelven a Granada y a las excavaciones de las fosas comunes destinadas a exhumar el cuerpo de Federico García Lorca. Diez años después, en 2019, es el Gobierno de Pedro Sánchez quien lleva a cabo la exhumación del cuerpo de Franco de su monumental y siniestro mausoleo. Todo ello a costa de una interminable batalla legal. En marzo de 2020, poco antes de la pandemia, el gobierno lanza un ataque a la Fundación Francisco Franco, que sigue funcionando, y a cualquier apología de la dictadura. El principio es simple y acertado: en una democracia no se exalta a los dictadores ni a los tiranos.

España es, actualmente, un puesto de observación sin igual para el examen de las batallas entabladas en torno al control de la memoria. En octubre de 2022, entró en vigor la Ley de Memoria Democrática, que substituye a la ley de 2007 y condena por primera vez el golpe militar y la dictadura franquista. Asentada sobre los principios de justicia, verdad y reparación de las víctimas de la persecución y la violencia políticas entre 1936 y 1978, la nueva ley contempla, entre tantas otras medidas, realizar un inventario de los lugares de memoria democrática dispersos por todo el país, reconociendo la importancia del debate y de la conciencia histórica dentro de cualquier sociedad libre. Una victoria democrática que, sin embargo, no parece del todo asegurada, pues tanto el PP cuanto Vox han hecho, como bandera de sus campañas, la promesa de derogar la Ley de Memoria Democrática si gobiernan tras las elecciones de julio de 2023. Las fuerzas de la derecha y la ultraderecha siguen serenas con su frío fandango. Mientras tanto, todas estas políticas de la memoria constituyen un importante esfuerzo para hacer prevalecer la responsabilidad moral de impedir cualquier homenaje al régimen totalitario, para evitar también que las víctimas y las persecuciones caigan en el olvido y para obstruir, en fin, la manipulación de la historia con fines propagandísticos. Estas son precisamente las luchas sobre las que las dos últimas páginas del Dimanche de Bouvines ya habían llamado la atención de los historiadores y del público en general. En ellas, Georges Duby buscó alertar a sus pares y sus lectores ante la amenaza, persistente, de falsificación y de instrumentalización de la memoria. El papel germinal que su planteamiento desempeñó trayendo a debate las reflexiones actuales sobre la memoria histórica y los usos políticos del pasado no le ha sido debidamente reconocido hasta el momento. Aún no restituidas en una edición española, las páginas del «Légendaire» siguen sin embargo guardando toda su actualidad y validez científica, medio siglo después de su publicación. El final de Bouvines merece ser rescatado del olvido. Ya es tiempo de hacerlo.


* Este artículo se ha elaborado en el marco del proyecto de investigación financiado por la Fundação para a Ciência e Tecnologia (FCT) con el contrato ­CEECIND/01564/2021.

** Agradezco a Patricia López-Gay y a Víctor Cases sus comentarios y su generosa lectura de estas páginas.

1 Georges Duby: Le Dimanche de Bouvines, París, Gallimard, 1973. Utilizo la reciente edición del volumen de Georges Duby: Œuvres, París, Gallimard, 2019, preparado por Felipe Brandi y publicado en la colección de la Bibliothèque de la Pléiade, pp. 23-276.

2 Jacques Le Goff: «Les “retours” dans l’historiographie française actuelle», Cahiers du Centre de recherches historiques, 22 (1999), § 12.

3 Georges Duby: Dialogues, París, Flammarion, 1980, p. 83. Todas las traducciones del francés al español son del autor.

4 Georges Duby: «Histoire sociale et idéologie des sociétés», en Jacques Le Goff y Pierre Nora (eds.): Faire de l’histoire, París, Gallimard, 1974, pp. 147-168, esp. p. 152.

5 Ibid., p. 155.

6 Georges Duby: Le Dimanche de Bouvines..., p. 213.

7 Ibid., p. 214.

8 Véase la reseña de Emmanuel Le Roy Ladurie en Le Monde, 10 de mayo de 1973.

9 Jacques Le Goff: «Les lundis de l’histoire», France Culture, Radio France, 17 de enero de 2004.

10 Véase la reseña de Paul Amargier en Provence Historique, 24(95) (1974), p. 97.

11 Reseña de Dimanche de Bouvines por Bernard Guenée en Annales ESC, 6 (1974), pp. 1523-1526.

12 Cfr. Victor Marie Blouet: «Le Dimanche de Bouvines. Les mythes sont-ils encore plus dangereux une fois démasqués?», Journal d’Europe, 19 de junio de 1973.

13 Frédéric Valloires en Valeurs actuelles, 9 de julio de 1973.

14 Reseña de Bernard Guenée, cit., p. 1524.

15 Carta de Ania Chevalier (4 de marzo de 1987), IMEC, Fonds Georges Duby, IMEC, DBY 78/3, Correspondance Gallimard, 1968-1987.

16 Carta de Georges Duby a Ania Chevalier (9 de marzo de 1987), IMEC, Fonds Georges Duby, DBY 78/3, Correspondance Gallimard, 1968-1987.

17 Cfr. Georges Duby: «Aix-en-Provence cultive le Sud», Méditerranée Magazine, 12 (1996), p. 26.

18 Reyna Pastor: «La recepción de la obra de Georges Duby en España», en Benoît Pellistrandi (ed.): La historiografía francesa del siglo xx y su acogida en España, Madrid, Casa de Velázquez, 2002, pp. 21-40, esp. p. 24, nota 9, la mencionó discretamente en nota. Resulta cuando menos curiosa la torpeza de la edición mutilada de Alianza Editorial, que suprimió la parte «Légendaire», pero incorporó el prólogo de la edición francesa de 1985, en el que Duby hace referencia explícita al capítulo que fue eliminado en la versión española.

19 Sobre el «pacto de silencio» que ha marcado el debate español referente a la memoria de los vencidos de la Guerra Civil y de las víctimas del franquismo, véase Paloma Aguilar: «Guerra civil, franquismo y democracia», Claves de Razón Práctica, 140 (2004), pp. 24-33.

20 En el mismo año de la publicación de la edición mutilada de Bouvines, eran publicados los volúmenes del encuentro Historia y memoria de la Guerra Civil celebrado en 1986 en la Universidad de Salamanca; Julio Aróstegui (ed.): Historia y memoria de la Guerra Civil, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1988. Sin embargo, el punto de inflexión historiográfico, a partir del cual los historiadores españoles trabajan el franquismo desde la perspectiva de la memoria histórica, es más tardío, cfr. Paloma Aguilar: Memoria y olvido de la guerra civil española, Madrid, Alianza Editorial, 1996, y el monografico «Historia y memoria» de la revista Ayer, 32 (1998).

21 Georges Duby: L’Histoire continue, París, Odile Jacob, 1991, p. 170.

22 Felipe Brandi: «Connaissance historique et usages politiques du passe. Considérations autour de l’épilogue du Dimanche de Bouvines de Georges Duby», ­Cahiers du Centre de Recherches Historiques, 44 (2009), pp. 135-185.

23 Georges Duby: Dialogues..., p. 118.

24 Georges Duby: L’Histoire continue..., p. 105.

25 Georges Duby: Fundamentos de un nuevo humanismo (1280-1440), Ginebra-Barcelona, Skira-Carroggio, 1966. El libro no pasó desapercibido en la prensa, con reseñas en ABC, 26 de mayo de 1966, p. 117, y La Vanguardia, 7 de julio de 1966, p. 59.

26 Cfr. La Vanguardia, 5 y 7 de marzo de 1967, pp. 26 y 29, respectivamente.

27 Annuaire du Collège de France, 1973-1974, p. 541.

28 La Vanguardia, 30 de septiembre de 1975, p. 33.

29 Annuaire du Collège de France, 1976-1977, p. 679, y 1977-1978, p. 707.

30 Annuaire du Collège de France, 1978-1979, pp. 627-628.

31 Como afirma Antoni Furió: «Les deux sexes ou l’imaginaire du Mâle Moyen Âge», Clio, 8 (1998), p. 124.

32 Cfr. Manuel Peña Díaz: «La historiografía francesa en la historia cultural de la Edad Moderna española», en Benoît Pellistrandi (ed.): La historiografía francesa del siglo xx y su acogida en España, Madrid, Casa de Velázquez, 2002, pp. 177-188, esp. pp. 180 y ss.

33 Véase la polémica creada, a finales de 1979, en torno a las clases de ­J.-E. Ruiz-Domènec, acusado de «mal gusto» en razón de la inclusión de temas como la historia de la locura y de los modelos sexuales en su asignatura de Historia Medieval en la Universidad Autónoma de Barcelona (La Vanguardia, 13 de diciembre de 1979, p. 7), así como las reacciones suscitadas en defensa del profesor Ruiz-Domènec en el mismo periódico (18 de diciembre de 1979, p. 7, y 20 de diciembre de 1979, p. 5).

34 Arturo Firpo: «Prólogo», Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, Madrid, Taurus, 1980, pp. I-X.

35 Yves-René Fonquerne (ed.): La condición de la mujer en la Edad Media, Madrid, Ediciones Universidad Complutense, 1986.

36 Georges Duby (ed.): Els ideals de la Mediterrània dins la cultura europea, Barcelona, Institut Català d’Estudis Mediterranis, 1995, y Vida y peregrinación, exposición en el Claustro de Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, 9 de julio-26 de septiembre de 1993, Madrid, Electa-Ministerio de Cultura, 1993.

37 «La Revolución fue una empresa imperialista con pretextos humanitarios», ABC, 6 de mayo de 1989, p. 52.

38 «El segundo septenio de Mitterrand ha dejado a Francia en muy mal estado», La Vanguardia, 17 de febrero de 1995, p. 36.

39 Pedro Sorela: «Los testigos como protagonistas de la historia», El País, 19 de noviembre de 1988.

40 Victoria Cirlot: «Todo es ya pasado», El País, 4 de diciembre de 1996.

41 Pedro Ruiz Torres: «Les usages politiques de l’histoire en Espagne. Formes, limites et contradictions», en François Hartog, Jacques Revel (eds.): Les Usages politiques du passé, París, EHESS, 2001, pp. 129-156, esp. p. 132.

42 Cfr. Josefina Cuesta Bustillo: La odisea de la memoria: historia de la memoria en España, siglo xx, Madrid, Alianza Editorial, 2008.

43 José Enrique Ruiz-Domènec: Memoria de los feudales, prólogo de Georges Duby, Barcelona, Argot, 1984.

44 Cfr. Fernando Samaniego: «Pierre Nora: la historia y la memoria nacional», El País, 18 de abril de 1978.

45 El delicado tema de la memoria de los años franquistas aparece de manera precoz en la denuncia de la reconciliación como olvido que hace José Vidal Benyeto en «Claves para un contubernio», El País, 15 de noviembre de 1980, y en «La victoria que no cesa», El País, 14 de diciembre de 1980.

46 No obstante algunas iniciativas precoces de crear algo similar a un «lugar de memoria» en España, como la estela marcando, en 1980, el emplazamiento de los Pozos de Caudé, la instauración del «Día del Guerrillero Español» o la construcción en 1991 de un monumento en Santa Cruz de Moya [véase Mercedes Yusta: «La “Recuperación de la memoria histórica”: ¿una reescritura de la historia en el espacio público?, Revista de Historiografía, 9 (2008), pp. 105-117], es sobre todo a partir de la segunda mitad de los años noventa cuando el tema de los «lugares de memoria» (Pierre Nora) ganará plena atención por parte de los historiadores españoles (cfr. Santos Juliá: Elogio de Historia en tiempo de Memoria, Madrid, Marcial Pons-Fundación Alfonso Martin Escudero, 2011, p. 100 y passim).

47 Pedro Ruiz Torres: «Les usages politiques de l’histoire en Espagne...», pp. 129-130.

48 A partir de este momento se produce la difusión masiva de los Lieux de mémoire y de la reflexión de Pierre Nora. Cfr. Javier Tusel: «El uso alternativo de la Historia», El País, 23 de julio de 1998; Justo Serna: «¿Memoria de España?», El País, 12 de febrero de 2004, y Pilar Cáceres: «Historia y memoria», El País, 4 de enero de 2007.

49 «El PP ve como un “revival de naftalina” el homenaje a las víctimas del franquismo», El País, 25 de noviembre de 2003, y «Las víctimas del franquismo reciben un homenaje en el Congreso de todos los partidos salvo el PP», El País, 1 de diciembre de 2003.

50 «Declarada nula la retirada de la última estatua ecuestre de Franco de Madrid», El País, 3 de marzo de 2009.

51 Paloma Aguilar Fernández: Políticas de la memoria y memorias de la política, Madrid, Alianza Editorial, 2008.