Ayer133 (1) 2024: 347-361
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2164
© Maximiliano Fuentes Codera
© Javier Rodrigo
Recibido: 29-03-2023 | Aceptado: 26-06-2023 | Publicado on-line: 09-03-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Ecos del fascismo. Derecha radical y populismo, de Trump a Vox

Maximiliano Fuentes Codera *

Universitat de Girona
maximiliano.fuentes@udg.edu

Javier Rodrigo **

Universitat Autònoma de Barcelona
javier.rodrigo@uab.cat

Resumen: Meses después de la victoria de Fratelli d’Italia en las elecciones legislativas italianas de 2022, parece un momento propicio para abordar el debate sobre el «retorno» del fascismo, lo cual es como preguntarse sobre qué tienen de fascista los proyectos políticos de las derechas radicales populistas europeas y mundiales y, en definitiva, qué es y qué queda del fascismo. Pese echar sus raíces en procesos y movimientos de largo recorrido, nos centraremos aquí sobre todo en el tiempo iniciado en 2008 con la Gran Recesión, con una particular atención a los últimos años, los transcurridos entre la llegada al poder de Donald Trump en Estados Unidos y nuestro presente.

Palabras clave: fascismo, neofascismo, populismo, crisis, derecha radical.

Abstract: The aftermath of the victory of Fratelli d’Italia in the Italian elections of 2022, just a few months ago, represents a good moment to address the debate on the «return» of fascism. It is worth inquiring the extent to which the political projects of the European and world ­populist radical right-wing are fascist, and, ultimately, what is and what remains of fascism. Even though it is possible to trace the roots of these projects in long-running processes and movements, we will focus on the years since the Great Recession of 2008. We will pay particular attention to the period between the coming to power of Donald Trump in the United States and the present day.

Kewwords: fascism, neofascism, populism, crisis, radical right.

El seísmo

En noviembre de 2016, la elección de Donald Trump como cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos provocó un seísmo político mayúsculo. El mismo año, el Brexit provocaba otra gran convulsión. En las elecciones francesas de abril de 2017 Marine Le Pen obtenía el 34 por 100 de los votos en segunda vuelta. El mismo año, el Partido de la Libertad Austriaco accedía al gobierno en coalición con los populares. La noche del 2 de diciembre de 2018 Vox emergía como la nueva fuerza política española: era la primera vez desde 1982 que una fuerza de ultraderecha llegaba al Parlamento español. En la primavera de 2019, la Liga de Matteo Salvini formaba gobierno de coalición con el Movimiento Cinco Estrellas. En las elecciones europeas de mayo 2019 los partidos ultraderechistas obtenían sus mejores resultados en votos y escaños. En cinco países —Francia, Italia, Polonia, Gran Bretaña y Hungría— eran los partidos más votados. A finales de ese año, a excepción de Irlanda y Malta, la ultraderecha tenía escaños en todos los Parlamentos nacionales en Europa, Jair Bolsonaro accedía a la presidencia de Brasil y Narendra Modi, líder del partido ultranacionalista Bharatiya Janata Party, lograba mayoría absoluta en el segundo país más poblado del mundo. Tres de los cinco países más grandes del mundo tenían un líder ultraderechista. En la Unión Europea, los gobiernos de Hungría y Polonia estaban controlados por la derecha radical, otros cuatro (Bulgaria, Estonia, Italia y Eslovaquia) incluían ministros de partidos de esa tendencia, y dos se sostenían gracias a su apoyo parlamentario, Dinamarca y el Reino Unido. Todo esto coincidía con el fin de la «excepcionalidad ibérica»: Vox había entrado al Parlamento andaluz y Chega! lo hacía en la Asamblea de la República de Portugal en octubre de 2019.

En el marco de este seísmo, Pablo Ordaz formulaba la pregunta que había sobrevolado todas las tertulias, muchas páginas de periódicos y centenares de hilos de Twitter: «¿Es Vox un partido fascista?» 1. Tres meses antes Joaquín Estefanía había planteado lo mismo en relación con Donald Trump 2. En Europa, en consonancia con la llegada de Vox al Parlamento andaluz, se hacía público un informe del Comité Económico y Social Europeo de la Unión Europea donde se afirmaba que el fascismo estaba «en auge otra vez» 3. Para buena parte de los medios todo esto apareció como un fenómeno inesperado, pero no era así. El creciente peso de la ultraderecha era un dato evidente desde hacía al menos dos décadas, desde la incorporación del Partido de la Libertad de Austria al gobierno de su país tras ser la segunda fuerza con un 26,9 por 100 de los votos en 1999. Y, a diferencia de lo sucedido en 1999, cuando este mismo partido regresó al gobierno en 2018 las manifestaciones contrarias fueron minoritarias. Un proceso similar, aunque con una resonancia mucho más amplia, había tenido lugar en Francia. Jean-Marie Le Pen había alcanzado la segunda vuelta de las elecciones de 2002 con un 16,9 por 100 de los votos, estancándose en segunda vuelta en un 17,8 por 100 gracias al aumento de la participación electoral. Veinte años más tarde, su hija Marine también llegó a la segunda vuelta con un 23,15 por 100 de los votos. La diferencia fue que, en vez de ver cómo sus papeletas sufrían el «cordón sanitario», en esta ocasión sus votantes en la segunda vuelta llegaron al 41,46 por 100. Austria y Francia no son excepciones. Algo ha cambiado en los últimos veinte años 4.

Los meses más recientes no han hecho más que profundizar esta situación. El asalto al Capitolio estadounidense del 6 de enero de 2021 provocó un impacto mayúsculo. Cinco días más tarde Robert Paxton hizo público que, tras haber dudado sobre el carácter «fascista» de Trump durante sus años de gobierno, veía necesario replantear sus posiciones 5. En este marco, académicos como Jason Stanley y Federico Finchelstein comenzaron a advertir cada vez con más insistencia sobre la posibilidad de una transición del populismo al fascismo en Estados Unidos, un país muy alejado de la tradición fascista 6. A pesar de que seguramente no sea fascismo lo que germina entre la extrema derecha norteamericana, el apoyo de Trump al supremacismo blanco de los Proud Boys no era precisamente tranquilizador. En nuestro país, el fascismo se convirtió en un elemento central del debate político en el ciclo electoral de 2021: a fuerza de declaraciones altisonantes, las elecciones autonómicas madrileñas acabaron convirtiéndose en una batalla retórica de la lucha eterna entre comunismo y fascismo. Un Stalingrado sin bombas 7.

En 2022 se solidificaron todavía más esas tendencias que venían avistándose en Europa. Chega! obtuvo el tercer lugar en las elecciones parlamentarias portuguesas en enero de 2022. En Hungría, a pesar de sus estrechas relaciones con Putin y en medio de una fuerte condena a la brutal invasión rusa de Ucrania, Viktor Orbán ganó su cuarta elección consecutiva en abril. Lejos de recusar el régimen iliberal construido desde hacía más de una década y de impugnar sus políticas xenófobas y homófobas, obtuvo el 54 por 100 de los votos. En las elecciones presidenciales francesas de ese mismo mes, Marine Le Pen mejoró sus resultados de las elecciones de 2017, accediendo a la segunda vuelta con más de ocho millones de votos. A pesar del triunfo de Emmanuel Macron, si se sumaban los votos de la candidata de Agrupación Nacional y los de Éric Zemmour en la primera vuelta, la ultraderecha alcanzaba más del 30 por 100 de los sufragios, muy por encima de las cifras obtenidas por el actual presidente francés.

La victoria de Giorgia Meloni en septiembre de 2022, el posterior ataque a la sede de las instituciones democráticas en Brasil y el triunfo del paleolibertario Javier Milei en las elecciones primarias argentinas de agosto de este año son los últimos hitos de esta cadena. La llegada al poder de Fratelli d’Italia habría certificado lo que algunos identificaron como el regreso del fascismo al corazón de Europa. Las imágenes de la joven Meloni opinando que Mussolini fue un buen político o levantando el brazo tras su «Dios, patria y familia» no lo desmentían 8. Tampoco la Fiamma Tricolore que adorna el escudo de su partido y que remite al Movimento Sociale Italiano de los herederos de Saló y a la posfascista Alleanza Nazionale, ni la reivindicación explícita del Duce por parte fundador del partido Ignazio La Russa, hoy presidente del Senado 9. Meloni y los suyos remiten a una visión del fascismo centrada en aspectos como su carácter modernizador y nacionalizador, su populismo desarrollista y su naturaleza de gran utopía nacional para un país necesitado de pegamento identitario. Es el discurso clásico de la nostalgia posfascista, del fascismo banal. Pero que el fascismo que se revindica sea banal no banaliza al fascismo.

La sombra del «blanqueamiento» (término que, por otro lado, en ninguna de sus acepciones significa «legitimación») del fascismo se cierne desde Italia sobre las nuevas derechas radical-­populistas, demostrando para algunos analistas la verdad en la tesis del fascismo eterno formulada en 1995 por Umberto Eco. Según Eco, la presencia de al menos una de las características del fascismo —el culto a la tradición, la explotación del miedo a la diferencia, el culto a la guerra, la frustración de la clase media, el elitismo popular, el machismo, el «populismo selectivo»...— era suficiente para que se creara una «nebulosa fascista» 10. Una tesis próxima subyace en un conjunto de textos publicados entre 1962 y 1975 por Pier Paolo Pasolini 11. Estas ideas han sido muy relevantes para algunos académicos y analistas que han intentado pensar las posibles relaciones entre las derechas radicales y el fascismo en la última década. Para el filósofo Jason Stanley, en Rusia, Hungría, Polonia, India, Turquía y Estados Unidos se estarían desarrollando «políticas fascistas» con el objetivo de acceder al poder y mantenerse en él. La presencia de líderes autoritarios, junto con la apelación a un pasado mítico, el antiintelectualismo, la jerarquía, el espíritu de la nación, el victimismo y el desmantelamiento del Estado de bienestar permitirían pensar en la continuidad entre los años de entreguerras y la actualidad 12. La tesis del fascismo eterno estaba en la base de estos planteamientos. En enero de 2019, la revista digital CTXT publicó el discurso de Eco, precedido por un fragmento: «El Ur-Fascismo puede volver con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo» 13. En pocos meses, las «guías» para «combatir» o «desenmascarar al fascismo» comenzaron a multiplicarse. Alba Sidera publicó un libro en el que, pese a su pasmosa superficialidad, la presencia de Eco era también evidente. El título era Feixisme persistent 14.

La nueva ola

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Evidentemente las raíces del asunto se retuercen en la tierra europea desde hace más de un siglo. Sin embargo, creemos que para comprender el auge de la extrema derecha y de qué manera se ha vinculado retóricamente con el fascismo histórico, donde hay que echar la mirada es al tiempo presente. En el nuevo siglo, los partidos de la derecha radical y la ultraderecha que habían sido fundados antes del cambio de siglo experimentaron cambios notables. La mayoría de ellos ha incrementado sustancialmente su apoyo electoral en las dos últimas décadas 15. Los planteamientos radicales se han normalizado y han sido aplicados por muchos partidos de la derecha tradicional, que han adoptado paulatinamente discursos nativistas, autoritarios y populistas y han incluido en sus programas posiciones euroescépticas, islamófobas y críticas a la llamada «corrección política». Los casos del canciller austriaco Sebastian Kurz o de la primer ministra británica Theresa May así lo demuestran: sus políticas respecto de la inmigración y el terrorismo han ido incluso más allá de las planteadas por formaciones como el Frente Nacional de Le Pen durante la década previa 16. La propuesta de enviar a Ruanda a los solicitantes de asilo llegados al Reino Unido lanzada por Boris Johnson en junio de 2022 hubiera regocijado a los principales dirigentes de la ultraderecha europea hace unas pocas décadas 17.

El cambio es muy profundo y se extiende a todos los niveles de la política. Aunque su núcleo continúa estando formado por partidos de la derecha radical populista nacidos por fuera de los círculos políticos tradicionales, un elemento central de este periodo es la transformación de los partidos conservadores en renovados grupos de derecha radical. Este es caso de la Alianza de Jóvenes Demócratas-Unión Cívica Húngara (Fidesz) y el polaco Ley y Justicia (PiS). Por supuesto, se trata de un fenómeno que va más allá de Europa. Tres de los cinco países más poblados del mundo tienen o han tenido hasta hace muy poco líderes de ultraderecha elegidos democráticamente. Donald Trump y Jair Bolsonaro llegaron al poder encabezando partidos no ultraderechistas.

Esta «ola» sería inexplicable sin tres procesos que han marcado las últimas dos décadas. Tres de las grandes crisis de nuestro siglo han sido fundamentales para proyectar las ideas de estos partidos a nivel global, continental y local. El terrorismo islamista y la «guerra global contra el terror» posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001, la Gran Recesión de 2008 y las políticas aplicadas por la Comisión Europea y los países del continente, y la llamada «crisis de los refugiados» de 2015 son centrales para comprender su evolución. En medio de ellas, la ampliación de la Unión Europea­ hacia Europa del Este en 2004 acaba de completar el marco general. Algunos de los partidos tradicionales más importantes, como el Fidesz húngaro, el Ley y Justicia polaco o el Partido Socialdemócrata eslovaco, incorporaron con rapidez las políticas antimigratorias de los partidos de ultraderecha en sus países. Este proceso se vio potenciado por el ingreso de Bulgaria y Rumania en la Unión Eu­ropea en 2007. Partidos abiertamente ultranacionalistas y xenófobos como Ataka (Bulgaria) y el Partido de la Gran Rumania accedieron al Parlamento dos años más tarde. Tras la ampliación, la representación en Europa de la ultraderecha recibió un doble impulso. Por un lado, los partidos de la Europa oriental exhibieron en Bruselas unos discursos crecientemente euroescépticos y radicalizados que contribuyeron a normalizar y reducir los complejos de sectores ultras occidentales. Por el otro, los partidos euroescépticos recibieron mayores fondos de las instituciones europeas y con ellos consiguieron expandir el alcance de sus planteamientos 18.

Mientras esto se desarrollaba, estalló la Gran Recesión de 2008, que hizo evidentes algunos problemas estructurales que cuestionaban el futuro de la Unión Europea: las grandes dificultades para articular con éxito una identidad común, el proceso de integración de los nuevos estados al margen de la ciudadanía y la moneda única, que mostró enormes dificultades para integrar economías muy heterogéneas que estaban en tensión y que no podían salir de ella con las recetas que pretendían imponerse desde Bruselas y Frankfurt. Como advirtió Cas Mudde, más que el crecimiento de la derecha radical fue que las consecuencias de las políticas aplicadas en Europa abrieron la puerta a que sus propuestas populistas fueran mucho más escuchadas. La crisis política, económica e institucional que se abrió en la segunda década del siglo permitió tanto la victoria del Frente Nacional francés en las elecciones europeas de mayo de 2014 como la irrupción de un partido abiertamente neonazi en Grecia, Amanecer Dorado, con casi un 10 por 100 de los votos.

En este marco se produjo el regreso al poder de Viktor Orbán en Hungría en 2010. Entre su partido, Fidesz, y la extrema derecha antisemita de Jobbik alcanzaron el 70 por 100 de los votos. Tras obtener la mayoría absoluta con el 52,7 por 100 de los votos y 263 escaños sobre 386, comenzó a transformar el Estado. Reforzó el poder ejecutivo con la creación de un superministerio de la Función Pública y la Justicia, redujo el Parlamento a una instancia de validación automática de sus políticas y limitó el poder de las instituciones no elegidas por el principio de la mayoría popular —desde los tribunales hasta las agencias tributarias—. El paso más importante fue la reforma constitucional aprobada en abril de 2011. Con ella desapareció el concepto «República» en el nombre del país para enfatizar las herencias cristianas. Después del segundo triunfo electoral de 2014, Orbán completó el giro autoritario y conceptualizó su democracia iliberal 19. Su gobierno asumió tres rasgos característicos del populismo: una fuerte retórica antiexpertos, una política de la posverdad y una renacionalización de la política. Desde este marco, creó una judicatura paralela y partidista que limitó sensiblemente la autonomía del poder judicial y acabó por convertir Hungría en un Estado autoritario competitivo, con una oposición cada vez más asediada 20.

Mientras se desarrollaba este giro iliberal, tuvo lugar en Polonia el retorno de Ley y Justicia (PiS) al poder en 2015. Tras la caída del gobierno de Jaroslaw Kaczyński en 2007 volvió al poder la derecha radical. El PiS obtuvo la primera mayoría absoluta desde la caída del Muro de Berlín y desde el poder emprendió un proceso de reformas en el poder judicial y en la Constitución que mostraron muchas similitudes con lo que sucedía en Hungría, como denunciara amargamente Anne Appelbaum. Polonia había experimentado uno de los mejores resultados económicos entre los países de la Europa oriental tras la caída del Telón de Acero —se duplicaron entre 2004 y 2016 el promedio anual de ganancias nominales y el desempleo disminuyó en más de doce puntos porcentuales— y los millenials polacos fueron la primera generación con tasas de asistencia a la universidad similares a los de los países occidentales. Pero la división interna era fundamentalmente cultural y moral, no socioeconómica 21.

La consolidación del PiS y el Fidesz estuvo estrechamente relacionada con la llamada «crisis de los refugiados» en el verano de 2015. A lo largo de aquel año se registraron hasta 1,8 millones de entradas en la Unión Europea, según la agencia Frontex: una «crisis» muy relativa para una población de unos 500 millones de habitantes en la Unión Europea, que además fue casi por entero asumida por Alemania y Suecia. Con todo, dejó su huella: los «17 puntos» adoptados por el Consejo Europeo el 25 de octubre de 2015 22 demuestran un contagio de las prácticas de las derechas radicales al imponer una lógica de seguridad, salvaguarda de fronteras y reducción de los flujos migratorios basada en el «control» en lugar de la protección 23. Las actitudes antimigratorias no fueron exclusivas de las derechas radicales. Austria y Dinamarca (el primer país en firmar la Convención de 1951) siguieron estas políticas. Otros que tenían un «cordón sanitario» que impedía la entrada de la derecha radical en sus gobiernos, como República Checa y Países Bajos, también lo hicieron.

Este fue el clima político que precedió el Brexit. No fue casualidad que Nigel Farage apelara a los refugiados para defender el Leave. Aunque motivado en buena medida por las divisiones internas del Partido Conservador, los argumentos del UKIP influyeron notablemente en la decisión de David Cameron de convocar el referéndum en junio de 2016. Las tesis populistas fueron fundamentales en este proceso y la campaña se centró en dos elementos centrales de la agenda de la derecha radical populista europea, la inmigración y la soberanía. En este marco, el Brexit se presentó como un enfrentamiento entre la «gente común» y el establishment 24. Las críticas contra este último incluían objetivos diversos que iban desde el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Inglaterra a las principales potencias mundiales y los sindicatos, tal como sintetizó el ministro de Justicia de Cameron, Michael Gove, en una entrevista de junio de 2016: «Britons have had enough experts» 25.

Pocos meses transcurrieron entre el triunfo del Leave y la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales. La llegada del multimillonario al poder en enero de 2017 supuso un punto de inflexión para las derechas radicales europeas y mundiales. La entonces líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, llegó a afirmar que Trump representaba una «revolución global» y expresaba la victoria del pueblo sobre las elites 26. Desde luego, suponía un punto de no retorno. Tras las elecciones legislativas de marzo de 2018 en las que la Liga obtuvo un resultado histórico alcanzando el 17 por 100 de los votos, el gobierno liderado por Giuseppe Conte aceptó que Salvini se convirtiera en ministro del Interior y viceprimer ministro. Desde su cargo, impulsó el cierre de los puertos italianos y criminalizó a las ONGs que salvaban a los migrantes de morir ahogados en el Mediterráneo. Sin embargo, pronto su figura comenzó a decaer precisamente por su posición dentro del gobierno, mientras que la de Giorgia Meloni, «donna, madre, italiana, cristiana», militante del MSI en su juventud y líder de Fratelli d’Italia, emergía desde fuera de la «gran coalición» para competir con la Liga por el dominio del amplio espacio de la derecha radical italiana.

¿Qué las caracteriza? Por supuesto, existen continuidades con la derecha radical de las décadas de 1980 y 1990. Pero también se observan elementos que han cobrado una especial relevancia en los últimos años 27. Uno de ellos es el nativismo. «España para los españoles» y «Primero los de casa» han sido eslóganes que han representado este pensamiento en España, desde las filas de Vox 28. Son equivalentes al «Queremos recuperar nuestro país» de Farage, el «America First» de Trump o el «Austria primero» del Partido de la Libertad. La inmigración y la integración se encuentran estrechamente relacionadas entre sí y, para la derecha radical y el conjunto de la ultraderecha, constituyen un peligro para la nación. En este marco, las percepciones sociales sobre el peso de la población extranjera en Europa se alejan cada vez más de realidad. Estas percepciones son fundamentales para la proyección de los planteamientos como la teoría del «gran reemplazo», formulada por Jean Raspail y Renaud Camus y defendida en Francia por Éric Zemmour, fundamentación de buena parte de sus argumentos antimigratorios: «Occidente» estaría siendo destruido por una «avalancha» migratoria 29. La población europea, envejecida y atemorizada, por una inmigración descontrolada y de prolífica natalidad.

Otro elemento característico de la derecha radical es el autoritarismo. Como han puesto de manifiesto Pipa Norris y Ronald Inglehart, los valores autoritarios tienden a concentrarse en tres elementos: la importancia de la seguridad frente a los riesgos de la inestabilidad y el desorden representados por la inmigración y la amenaza del terrorismo, la preservación de los valores tradicionales de la comunidad, y la obediencia a líderes fuertes para proteger al grupo y sus costumbres. La seguridad, una auténtica obsesión para los grupos de la derecha radical populista, va más allá de una cuestión estrictamente física o delincuencial. Las amenazas al «orden natural» y nacional van desde el feminismo y las identidades sexuales hasta el desempleo, y la solución se encuentra en políticas represivas dirigidas casi siempre a los no-nativos 30. El ejemplo más evidente de ello fue la creación de la Oficina de Enlace para las Víctimas de la Delincuencia de la Inmigración durante la presidencia de Trump dentro del Departamento de Seguridad Nacional, clausurada en junio de 2021 por Biden.

El tercer elemento característico de la derecha radical es el populismo: una «respuesta democrática antiliberal al liberalismo antidemocrático» que revela los problemas de la democracia liberal 31. Para Pierre Rosanvallon, la teoría populista se sostiene sobre tres elementos: la preferencia por la democracia directa, una visión polarizada e hiperelectoralista de la soberanía popular que rechaza los cuerpos intermedios, y una apropiación de la voluntad general en cuanto esta es susceptible de ser expresada de manera espontánea. En suma, un cambio del sujeto de soberanía, de la ciudadanía al «pueblo». Desde este punto de vista, buena parte de la derecha radical populista sostiene que la política debería expresar la «voluntad general» secuestrada por los gobiernos y las instituciones. Además de ser antielitistas, el populismo posee también una tendencia al antipluralismo: los populistas son los únicos que pueden hacerse con la representación moral del pueblo. Por consiguiente, quienes no están con ellos son el anti-pueblo 32. «Estamos devolviendo el poder de Washington a vosotros, el pueblo americano», planteó Trump. Había que «liberar al pueblo francés de una elite arrogante», dijo Marine Le Pen. La declaración del 10 de octubre de 2017 firmada por los grupos independentistas del Parlamento catalán llevaba la firma de «Els legítims representants del poble de Catalunya».

Parece evidente que estamos asistiendo a un momentum populista. Como plantearon Roger Eatwell y Matthew Goodwin, pocos años antes de la llegada de Trump a la presidencia la escasa confianza de los ciudadanos estadounidenses en las principales instituciones del país mostraba una delicada salud democrática 33. Esta «sociedad de la desconfianza» —concepto de Ilvo Diamanti y Marc Lazar— está presente en buena parte del mundo occidental. La popolocrazia —la adaptación de los actores al lenguaje y los planteamientos populistas— y el derrumbe de muchos partidos que habían articulado los sistemas políticos durante la segunda mitad del siglo pasado son fenómenos claves de nuestro tiempo. Las razones son diversas, pero en la base de todas ellas se encuentra el contraste entre las promesas de prosperidad y autonomía de la globalización neoliberal y las desigualdades crecientes entre culturas, modos de vida y sectores sociales 34. Se ha roto con el consenso alcanzado después de 1945 y, con él, el ascensor social 35. La extrema derecha populista no es la excepción, sino la norma. O, al menos, una de las normas. Incluso si sus líderes conservan estatuas de Mussolini en sus despachos particulares.

Conclusión

¿Nos conduce todo ello al fascismo? La impresión generalizada entre los especialistas es que esta «inflación semántica» ha traído aparejada la devaluación del concepto. Como ha planteado Emilio Gentile, la tesis del fascismo eterno no es más que una consecuencia de la banalización del fascismo, que es parte, a su vez, del proceso de desfascistización iniciado tras la Segunda Guerra Mundial. No puede prescindirse del fascismo histórico realmente existente, oficial, en el poder, a la hora de hablar del fascismo: hacer lo contrario desfascistiza al propio fascismo. Es este proceso el que permite que el pasado sea adaptado a los proyectos políticos actuales: se mantiene vivo el concepto «fascismo» dejando en su sitio el significante y cambiando el significado 36.

Ciertamente, la derecha radical y la ultraderecha comparten con los fascismos el ultranacionalismo, el historicismo y el patriotismo chauvinista. Lo mismo puede decirse de la xenofobia (y, en general, formas más o menos explícitas de heterofobia), a pesar de que algunos partidos han sustituido el racismo étnico por otro de tipo cultural, rechazando el multiculturalismo, pero aceptando a quienes asuman los «valores nacionales» 37. Pero como historiadores, no podemos aceptar una identificación con el fascismo que acarrea tanto una hiperinflación semántica como un peor conocimiento del pasado y del presente. La derecha radical ha devenido seguramente una «normalidad patológica» que recibe el apoyo de una parte considerable de los electorados europeos y mundiales, sintonizados con planteamientos autoritarios, nativistas y populistas 38. Trump, Abascal, Bolsonaro, Salvini, Orbán o Meloni comparten elementos de cultura y praxis políticas de naturaleza ultraconservadora, xenófoba, nativista y ultrarreligiosa 39. Puede, de hecho, que algunos de ellos se consideren a sí mismos «fascistas». Pero considerar fascistas sus proyectos políticos dificulta conocer y explicar lo que el fascismo fue realmente. Utopía, contrarrevolución, estado de guerra permanente, imperialismo, encuadramiento, culto a la violencia, persecución de las minorías, jerarquización racial, homogeneización etnonacional e identitaria, eliminacionismo, genocidio: una recusación completa y violenta de la revolución liberal y de sus arquitecturas políticas e institucionales. La derecha radical está plagada de nostálgicos del fascismo, pero ese no parece ser el motivo que la hace atractiva para los millones de votantes que optan por soluciones populistas, identitarias y despreocupadamente antisistema. Los fenómenos del presente necesitan de categorías diferentes a las que traen consigo ecos con más de un siglo de historia.


* Maximiliano Fuentes Codera es investigador principal del proyecto «España, la primera posguerra, la dictadura de Primo de Rivera y sus articulaciones con Italia, Portugal y Argentina» (PID2020-112800GB-C22).

** Javier Rodrigo es investigador ICREA-Acadèmia, IP del GRECS, Grup de Recerca en Guerra, Radicalisme Polític i Conflicte Social y de la red Violencia, identidad y conflicto en la España del siglo xx (VOICES). Este artículo actualiza algunas de las ideas de Ellos, los fascistas. La banalización del fascismo y la crisis de la democracia, Madrid, Deusto, 2022, escrito por los autores de este artículo.

1 Pablo Ordaz: «¿Es Vox un partido fascista?», El País, 7 de diciembre de 2018.

2 Joaquín Estefanía: «¿Es Trump un fascista?», El País, 15 de septiembre de 2018.

3 Roger Griffin: Fascismo. Una inmersión rápida, Barcelona, Tibidabo Ediciones, 2020, p. 17.

4 Para observar la evolución continental de estos fenómenos, Ferran Gallego: Por qué Le Pen, Barcelona, El Viejo Topo, 2002; íd.: Neofascistas. Democracia y extrema derecha en Francia e Italia, Barcelona, Mondadori, 2004; íd.: De Auschwitz a Berlín. Alemania y la extrema derecha, Barcelona, Plaza y Janés, 2006, e íd.: Una patria imaginaria. La extrema derecha española (1973-2005), Madrid, Síntesis, 2006.

5 Robert Paxton: «I’ve Hesitated to Call Donald Trump a Fascist. Until Now», Newsweek, 1 de noviembre de 2021. Recuperado de Internet (https://www.newsweek.com/robert-paxton-trump-fascist-1560652).

6 Federico Finchelstein: A Brief History of Fascist Lies, California, University of California Press, 2022 (véase especialmente el «Preface to the Paperback Edition»), y Sean Illing: «American fascism isn’t going away. A conversation with Yale’s Jason Stanley about the latent pathologies in American politics», Vox, 29 de enero de 2021. Recuperado de Internet (https://www.vox.com/policy-and-­politics/2021/1/29/22250294/trump-american-fascism-jason-stanley).

7 Carlos E. Cué y Paula Chouza: «Iglesias: “En España se ha normalizado al fascismo”», El País, 2 de mayo de 2021, y Roberto Bécares: «Isabel Díaz Ayuso: “Cuando te llaman fascista es que lo estás haciendo bien”», El Mundo, 15 de marzo de 2021.

8 https://www.youtube.com/watch?v=0SNEtiVCAcc.

9 Algunos objetos de su colección de memorabilia fascista, como la estatua de cincuenta centímetros de Mussolini, son regalos de su padre Antonino, secretario político del PNF en Paternò, Sicilia, https://www.youtube.com/watch?v=r7nl_Un7LCc.

10 Umberto Eco: Il fascismo eterno, Milán, La nave di Teseo, 2018.

11 Recogidos en Pier Paolo Pasolini: El fascismo de los antifascistas, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2021.

12 Jason Stanley: How Fascism Works. The Politics of Us and Them, Nueva York, Random House, 2018.

13 «Umberto Eco. Los 14 síntomas del fascismo eterno», CTXT, 16 de enero de 2019. Recuperado de Iternet (https://ctxt.es/es/20190116/Politica/23898/­Umberto-Eco-documento-CTXT-fascismo-nazismo-extrema-derecha.htm).

14 Alba Sidera: Feixisme persistent. Radiografia de la Itàlia de Matteo Salvini, Barcelona, Edicions Saldonar, 2020. Confirmando el alcance de estas tesis, recientemente ha aparecido una edición en castellano de este libro, con un título actualizado de manera ventajista, Alba Sidera: Fascismo persistente. La Italia de Meloni y el ascenso de la extrema derecha en Europa, Madrid, CTXT, 2023.

15 Cas Mudde: La ultraderecha hoy, Madrid, Paidós, 2021, pp. 39-43.

16 Eric Kaufmann: Whiteshift. Populism, Immigration, and the Future of White Majorities, Nueva York, Abrams, 2019.

17 Sam Knight: «The Shameless Farce of Boris Johnson’s Attempt to send refugees to Rwanda», The New Yorker, 17 de junio de 2022. Recuperado de Internet (https://www.newyorker.com/news/daily-comment/the-shameless-farce-of-boris-johnsons-attempt-to-send-refugees-to-rwanda).

18 Tim Bale y Cristóbal Rovira Kaltwasser (eds.): Riding the Populist Wave. Europe’s Mainstream Right in Crisis, Cambridge, Cambridge University Press, 2021.

19 La formulación original del concepto se encuentra en Fareed Zakaria: «The Rise of Illiberal Democracy», Foreign Affair, 76(6) (1997), pp. 22-43.

20 Roberto Csehi: The Politics of Populism in Hungary, Abingdon, Routledge, 2022.

21 Anne Applebaum: El ocaso de las democracias. La seducción del autoritarismo, Madrid, Debate, 2021, e Ivan Krastev y Stephen Holmes: La luz que se apaga. Cómo occidente ganó la Guerra Fría, pero perdió la paz, Barcelona, Debate, 2019. Los datos sobre Polonia en Dominik Owczarek: «Las raíces del populismo en Polonia: crecimiento insostenible y reacción cultural», en Eckart Woert (coord.): El populismo en Europa: ¿de síntoma a alternativa? CIDOB Report #01, Barcelona, ­CIDOB, 2017, p. 41.

22 https://www.refworld.org/docid/563216cb4.html.

23 https://www.consilium.europa.eu/en/press/press-releases/2016/02/19/euco-conclusions/.

24 Michael Freeden: «After the Brexit referendum: revisiting populism as an ideology», Journal of Political Ideologies, 22(1) (2017), pp. 1-11.

25 Henry Mance: «Britain has had enough experts says Gove», Financial Times, 3 de junio de 2016. Recuperado de Internet (https://www.ft.com/content/3be49734-29cb-11e6-83e4-abc22d5d108c).

26 Federico Finchelstein: Del fascismo al populismo en la historia, Barcelona, Taurus, 2019, p. 257.

27 Hans-Georg Betz: Radical Right-Wing Populism in Western Europe, Londres, Palgrave-Macmillan, 1994; Peter H. Merkl y Leonard Weinberg (eds.): The Revival of Right-Wing Extremism in the Nineties, Londres, Routledge, 1997, y Cas Mudde: Populist Radical Right Parties in Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 2007.

28 José Rama, Lisa Zanotti, Stuart Turnbull-Dugarte y Andrés Santana: Vox. The Rise of the Spanish Populist Radical Right, Londres, Routledge, 2021.

29 Pablo Stefanoni: ¿La rebeldía se volvió de derechas? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio), Buenos Aires, Siglo XXI, 2021, pp. 122-123, y Steven Forti: Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, Madrid, Siglo XXI, 2021, pp. 166-167.

30 Pipa Norris y Ronald Inglehart: Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism, Cambridge, Cambridge University Pres, 2019.

31 Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (eds.): Populism in Europe and the Americas. Threat or Corrective for Democracy?, Nueva York, Cambridge University Press, 2013. Véase también Jan-Werner Müller: ¿Qué es el populismo?, México, Grano de Sal, 2017.

32 Pierre Rosanvallon: El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2020.

33 Roger Eatwell y Matthew Goodwin: Nacionalpopulismo. Por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia, Barcelona, Península, 2019.

34 Ilvo Diamanti y Marc Lazar: Popolocrazia. La metamorfosi della nostra democrazia, Roma, Laterza, 2020.

35 Thomas Piketty: Breve Historia de la desigualdad, Barcelona, Deusto, 2021.

36 Emilio Gentile: Quién es fascista, Madrid, Alianza Editorial, 2019.

37 Enzo Traverso: Las nuevas caras de la derecha, Buenos Aires, Siglo XXI, 2018.

38 Cas Mudde: «The populist radical right: A pathological normalcy», West European politics, 33(6) (2010), pp. 1167-1186.

39 Ruth Wodak: The Politics of Fear. The Shameless Normalization of Far-Right Discourse, Londres, SAGE, 2021.