Ayer133 (1) 2024: 169-192
Marcial Pons Ediciones de Historia
Asociación de Historia Contemporánea
Madrid, 2023
ISSN: 1134-2277
DOI: 10.55509/ayer/2074
© David Loyola López
Recibido: 12-03-2020 | Aceptado: 13-11-2022 | Publicado on-line: 08-01-2024
Editado bajo licencia CC Attribution-NoDerivatives 4.0 License

Los Pirineos como símbolo en la literatura española del destierro (1800-1850) *

David Loyola López

Universidad de Cádiz
david.loyolalopez@uca.es

Resumen: Los numerosos conflictos políticos y bélicos en España durante la primera mitad del siglo xix provocaron el exilio de miles de personas de toda clase e ideología. En este viaje hacia el destierro, muchos de ellos se dirigieron a los Pirineos para cruzar la frontera y convirtieron la cordillera pirenaica en un motivo simbólico de la emigración española de esta época. Nuestra investigación tiene como principal objetivo analizar, a partir de una serie de textos representativos, las diferentes perspectivas simbólicas que adquieren los Pirineos en la literatura española del destierro en esta primera mitad del siglo xix.

Palabras clave: Pirineos, exilio, España, literatura, siglo xix.

Abstract: The numerous political and military conflicts in Spain during the first half of the nineteenth century caused the exile of thousands people from various social classes and differing ideological beliefs. In this road to exile, many headed to the Pyrenees in order to cross the border. They transformed the mountain range into a symbolic motif for Spanish emigration. The principal aim of this research is to analyse, based on a series of representative texts, the different symbolic pers­pectives that the Pyrenees acquired in the Spanish literature of exile during the first half of the nineteenth century.

Keywords: Pyrenees, exile, Spain, literature, nineteenth century.

Eugenio de Ochoa, en su artículo «El emigrado», afirmaba que «como Damocles tenía siempre suspendida una espada sobre su cabeza, nosotros los Españoles, de cualquier partido que seamos, tenemos siempre suspendida sobre las nuestras la perspectiva de una emigración» 1. El destierro ha afectado de manera permanente a España desde el siglo xv al siglo xx y su persistencia en las hojas de nuestra historia ha llevado a algunos investigadores a observarlo como un elemento consustancial de nuestro país 2: «la constitución de la nacionalidad española se construyó sobre una base estructural que por su misma índole propiciaba los susodichos exilios» 3. Este fenómeno cobró un enorme protagonismo a comienzos del siglo xix debido a la grave crisis política en la que se vio inmersa España durante este periodo. En menos de cuatro décadas, el país tuvo que hacer frente a diversos enfrentamientos bélicos —como la Guerra de la Independencia, la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis o la primera guerra carlista—, sufrió abruptos cambios dinásticos y vivió sumido en un clima de enorme inestabilidad debido a las constantes luchas de poder entre los diferentes grupos políticos afines al Antiguo y al Nuevo Régimen. Estos conflictos pusieron en jaque los cimientos del Estado y provocaron sucesivas emigraciones de los distintos bandos en liza a lo largo de esta primera mitad del siglo xix 4.

Los destierros políticos no fueron un fenómeno particular ni exclusivo de la España decimonónica. La gran mayoría de países occidentales también tuvo que arrostrar la realidad del exilio en este periodo convulso del xix, fruto de las confrontaciones ideológicas y los conflictos armados entre las diversas fuerzas políticas que se disputaban el poder 5. De este modo, «l’exile politique s’impose comme une catégorie à part entière du répertoire de l’action politique au xixe siècle. Le “siècle des exilés” fait la migration politique une forme de mobilisation de plus en plus courante» 6. En España, la magnitud y trascendencia que tuvieron estos destierros, sobre todo a lo largo del primer tercio del siglo xix —tras la caída del régimen josefino y durante el reinado de Fernando VII—, dejaron una profunda huella en la sociedad española contemporánea y marcaron significativamente la realidad y el futuro histórico-­político del país en las siguientes décadas. «Empieza a fraguarse entonces una imagen del exilio y del exiliado que presentan múltiples matices y significados, a menudo contrapuestos, y que, con el paso del tiempo, cuajará en un estereotipo de gran calado en la literatura de la época y en un imaginario colectivo de amplio espectro ideológico» 7. Afrancesados 8, liberales 9, absolutistas y carlistas guiaron —en diferentes momentos históricos— sus pasos hacia el destierro y, en ese viaje, la cordillera pirenaica supuso uno de los principales caminos horadados rumbo al extranjero: «Puede asegurarse que una gran parte de nuestra política interior ha nacido en las emigraciones, y sobre todo en las emigraciones en Francia, país que, por razones no tanto geográficas como sentimentales, ha sido casi siempre el elegido por nuestros exiliados» 10.

Los Pirineos como frontera

Los Pirineos, por tanto, representan un espacio geográfico de enorme importancia en la experiencia del exilio español y poseen un especial valor simbólico dentro de las propias composiciones literarias del destierro durante esta época 11. Además de establecer la división entre España y Francia, este sistema montañoso se convirtió en el umbral que conecta —y separa al mismo tiempo— dos realidades, dos mundos diferentes; la puerta que da paso a una nueva vida en tierra ajena y que, una vez cruzada, impide el regreso al que fue su hogar:

«La naturaleza, ó mas bien el Autor de ella, sin duda con sabio designo, y muy adredemente zanjó y levantó aquella gran cordillera de los Pirineos para impedir la intimidad y el contacto físico entre dos naciones, que serían tan desemejantes entre sí, como podría serlo un renegado y un buen patriota» 12.

Con estas palabras define el absolutista —y antiguo colaboracionista— 13 fray Manuel Martínez los Pirineos, identificando el accidente geográfico con la división fronteriza entre el país galo y la península. Esta escisión —producida por la propia orografía— no solo pretende separar ambos territorios, sino también a los habitantes de una y otra región; sin embargo, según fray Manuel Martínez, los ilustrados del siglo xviii se han empeñado en cuestionar este decreto «divino» y enlazar ambos países, en un primer momento, a través de las ideas y, más tarde, bajo las figuras de los hermanos Bonaparte:

«La ilustración que dicen, la que se llamó filosofía, y después lo que llamamos traycion, empeñándose han en allanar aquella magnífica natural barrera y en contrariar las miras del Criador diciendo: “Ya no hay Pirineos”. Haya Pirineos: dóblense, si se puede, los Pirineos, como decía Mr. De Gages, y seremos siempre españoles: arréglese y anivélese el orden moral y político al orden físico, y todo irá bien. Un español dista tanto de un parisiense como un europeo de un japonés» 14.

De este modo, el absolutista «converso» arremete contra aquellos españoles que habían apoyado al rey José I durante la Guerra de la Independencia y, tras su derrota, cruzaron los Pirineos junto con el ejército francés 15. Para el clérigo, el afrancesado y el español ilustrado son un mismo ser, el principal enemigo de España, pues este pensamiento filosófico y cultural ha sido el germen de la mayor perfidia cometida contra la patria, la jura del Estatuto de Bayona y el reconocimiento de Bonaparte como nuevo monarca español. La influencia francesa, por tanto, debía ser cortada de raíz, y los Pirineos suponían esa barrera geográfica necesaria para establecer un cordón sanitario que alejara las nuevas ideas modernas —contrarias a los principios y valores tradicionales españoles— y mantuviera a todos aquellos que las profesaran lejos del territorio nacional.

El adiós a la patria desde los Pirineos

No obstante, la imagen de la cordillera adquiere un significado completamente diferente para quienes se ven forzados a cruzarla rumbo al exilio. «La migración es un cambio, sí, pero de tal magnitud que no solo pone en evidencia, sino también en riesgo, la identidad» 16. La experiencia del destierro produce una profunda y desgarradora conmoción vital y su herida —de un modo u otro— deja cicatriz en quien la sufre. Así lo sintió Francisco Espoz y Mina la primera vez que cruzó los Pirineos hacia el exilio: «El día 4 de octubre pisé la Francia en calidad de expatriado [...] ¡No fue poca la amargura que experimentó mi corazón con tales recuerdos, ni pocas las ardientes lágrimas que mis ojos vertieron!» 17. Abandonar el hogar y a sus seres queridos supone una pérdida —en muchas ocasiones irreparable— con la que el proscrito debe convivir al otro lado de la frontera, unas emociones que se manifiestan ya en el mismo momento de la partida:

«Al dejarte, en pedazos dividido
siento mi corazón... ¡Cuántos recuerdos
mi mente asaltan! Este duro roble,
hijo de elevado Pirineo,
reciba en su corteza mis suspiros:
Un hijo tuyo, oh patria idolatrada,
huye de ti, mas sin dejar de amarte;
si le destierra la fortuna airada
todo su amor te queda cuando parte.
Y tú, Occitania bella, acoge blanda
a tu huésped antiguo, que otro tiempo
moró alegre tu plácida espesura,
y hoy te pide sosiego, no ventura».

«El emigrado de 1823», obra de Alberto Lista 18, se despide con estos versos de España mientras cruza los Pirineos hacia el país galo. En este viaje, la cordillera se convierte en una especie de puente espacio-temporal por el que atraviesa —y al que se aferra— el exiliado, como el último recodo de su patria antes de abandonarla quizás para siempre, antes de ser definitivamente un desterrado: «En el viaje por tierra la sucesión de escenas y de incidentes llena la historia de la vida y disminuyen sin saber cómo los efectos de la ausencia y de la separación [...] a medida que nos alejamos, prolongamos la cadena» 19.

Este último adiós coincide con el primer saludo a la tierra ajena, dos instantes opuestos que sobrevienen de manera simultánea y favorecen esa sensación de «mareo» —de la que hablan León y Rebeca Grinberg— 20 tan característica de la emigración, con un sinfín de sentimientos encontrados. Estas perspectivas ante la experiencia del destierro también se hacen patentes en varias composiciones literarias de la primera mitad del siglo xix. Conocidos son los versos de «La despedida» de Leandro Fernández de Moratín 21 o «El desterrado» de Ángel de Saavedra 22 —dos de los poemas más representativos del exilio de la literatura española decimonónica—, en los que sentimientos como el amor, la angustia, la ingratitud o la ira convergen dentro del proscrito. La tristeza que siente el sujeto lírico de Lista por la pérdida de su patria confluye con el amor que siente hacia España, pero, del mismo modo, la compleja y delicada situación en la que se hallan los liberales en el país tras la invasión del duque de Angulema hace necesaria la huida, la emigración. «La vida es el primero de los bienes, porque una vez perdido no se recobra. [...] O es un crimen el natural deseo de conservar la vida, o los refugiados no son en nada reprensibles por haber emigrado» 23. Esta reflexión de quien fuera compañero de Lista en su exilio afrancesado, José María Carnerero, confirma la visión del destierro como un acto de supervivencia, una decisión que —por dolorosa y difícil que sea— en ocasiones es la única que se puede tomar para mantenerse con vida. El exilio, por tanto, «no se trataría de un “dirigirse hacia” lo desconocido sentido como lo bueno o lo mejor, sino “escaparse de” lo conocido, experimentado como malo o perjudicial» 24; desde esta perspectiva, emigrar no es tanto una elección como una reacción instintiva forzada determinantemente por las circunstancias, por la dura e insegura situación del desterrado en su país natal. El propio Carnerero afirma esta imagen del exilio pocas líneas después, al describir cómo fue el miedo la causa principal que motivó a los josefinos a traspasar las fronteras:

«Es injusto todo lo que no sea encontrar por motivo único de la emigración el terror que inspiraban los gobiernos revolucionarios de aquella época, y el desenfreno a que incitaban a la plebe. [...] El terror, pues, y nada más que el terror, nos hizo atravesar el Pirineo. Nuestros corazones quedaron en la Patria, y sean cuales fueren las vicisitudes de nuestra suerte, las glorias nacionales serán las nuestras; porque aunque desgraciados, somos Españoles» 25.

La cordillera pirenaica como protección

Si el destierro se convierte en la única opción para escapar de las persecuciones que acosan al proscrito en su patria, los Pirineos encarnan el baluarte que impide que estas amenazas continúen más allá de sus murallas. Ese terror del que habla Carnerero se disipa al cruzar la cordillera, y la preocupación y el temor del exiliado deja paso al sosiego y la paz, atenazadas por los sentimientos de pesar y tristeza ante la pérdida de su hogar.

Sin embargo, esta imagen negativa y peligrosa de España puede también mitigar esa nostalgia del emigrado y concebir el exilio como un hecho deseado, un espacio verdaderamente positivo, de libertad, que tal vez no se desea abandonar; una actitud diametralmente opuesta a la visión prototípica de la temática del destierro en la literatura, en la que impera el carácter triste y apesadumbrado ante esta experiencia 26. En una de las cartas de Leandro Fernández de Moratín, fechada el 10 de septiembre de 1817, en Montpellier, se alude a esta mirada amable de la expatriación, que se contrapone con la que adquiere el país natal. Ello demuestra una vez más la importancia que en la emigración posee la dualidad entre la patria y el extranjero, entre el pasado y el presente, situando en cada uno de estos polos una percepción positiva o negativa, implícitamente relacionadas 27:

«Si me preguntas cuáles son mis planes, no te lo sabré decir porque hasta ahora no tengo plan alguno. [...] Bástame por ahora saber que nadie me perseguirá donde estoy, ni por traidor, ni por Gaditano, ni por Masón, ni por libertino, ni por afrancesado, ni por conspirador, ni por sospechoso: No puedes figurarte con qué facilidad, con qué impunidad se atropella a cualquiera en aquel desventurado país» 28.

En este sentido, la cordillera pirenaica ya no simbolizaría ese último recodo de la patria que, desolado, pisa el proscrito antes de abandonar definitivamente España; por el contrario, representaría la barrera que —una vez superada— lo protege de sus adversarios políticos y le permite vivir en paz en tierra extranjera. Así parece concebirlo Doña María Theran según una carta, fechada el 18 de julio de 1814 en Madrid, enviada a su marido Francisco Amorós durante su exilio afrancesado: «Si al fin me arrojan de aquí, marcharé directamente a los Pirineos, y el día que los atraviese, no los pasaré como tú, sintiendo separarme de la patria, y llorando sus desgracias, sino celebrando poner aquel muro de granito entre la virtud perseguida y el furor horroroso de nuestros enemigos» 29.

La imagen de los Pirineos como «salvación» se hace a su vez tangible en las Memorias del célebre coronel Juan Van Halen, quien, tras escapar de prisión en enero de 1818, dirigió sus pasos a Francia para poner su vida a salvo: «La primavera se adelantaba, las nieves de los Pirineos empezaban a descolgarse, y las rocas habrían [sic] su paso, yo las debía atravesar para expatriarme, y ya me encontraba restablecido lo bastante para soportar cualquier penosa marcha» 30. Tras un arriesgado —y casi novelesco— periplo hacia la frontera norte de España, ocultando su verdadera identidad y ataviado con un disfraz, Van Halen describe la impresión que le provocó la imagen de la cordillera pirenaica, último eslabón que debía superar para huir de la patria y la persecución de sus enemigos: «Teníamos delante de nuestra vista los hermosos promontorios del Pirineo y el infernal precipicio de las aduanas; los caballos y un débil pliego de papel era toda nuestra esperanza» 31. El relato centra entonces su atención en los sucesos ocurridos en la aduana española, en la que se condensa una fuerte tensión narrativa debido a las sospechas de los guardas sobre la verdadera identidad de los viajeros. Sin embargo, a pesar de las dudas iniciales de los guardas, Van Halen y su compañero Eusebio Polo consiguen atravesar la frontera y alcanzar esa ansiada tierra ajena, un destierro que se celebra como un éxito, a pesar de dejar atrás su patria natal: «Así que pisamos el territorio de Francia nos apeamos Polo y yo, y nos dimos la mano felicitándonos; eché la vista al Pirineo, despidiéndome de mi cuna y arrojando al suelo mis cómicas insignias» 32.

Una frontera entre la vida y la muerte

Ante una España inhóspita y peligrosa, el exilio se presenta como una ventana abierta por la que escapar de las garras de sus adversarios. Pero, en ocasiones, el precio que el emigrado debe pagar por su vida y su libertad puede pesar sobre su conciencia. Al cruzar la frontera, todo aquello que queda atrás parece perderse para siempre. El exilio se transforma entonces en una especie de cárcel, una muerte en vida en la que la ausencia y la lejanía van ahogando al proscrito por momentos. «Todos los seres amados [...] a quienes temen “no volver a ver jamás” quedan transformados en ­“muertos” [...] Y sienten también que ellos mismos quedan como “muertos” para los demás» 33. Estos tristes acordes son entonados por Pérez de Camino en su poema «A Delia. Elegía» 34. En él, el sujeto poético dialoga con su amada, recordando los buenos momentos que compartieron y el dolor por un adiós que se antoja eterno:

«¡Oh vanos pensamientos!
¿qué ha sido de vosotros?
De mis dichas, ¿qué ha sido?
Todo lo arrebataron recios vientos.
Todo al perderte, Delia, lo he perdido.
[...]
Inmenso espacio ahora nos separa.
El Pirene, erizado
de negros bosques, de fragosa sierra,
del país venturoso que te guarda
a mi amorosa planta el paso cierra».

Los Pirineos mantienen su condición de frontera pero, esta vez, no representan una protección para el emigrado, sino las puertas de su prisión, el muro que le impide estar donde realmente quiere estar: su patria, su hogar. «El espacio destinado al exiliado es aquel cuyos límites uno mismo arrastra. La noción de frontera deja de ser objetiva, pasa a corresponder a un sentimiento: el de ser mantenido a raya por linderos de los que no puede uno apartarse y que menos todavía puede franquear» 35. La tensión que provoca la confrontación entre su deseo y la realidad, entre el regreso y su imposibilidad, acompaña al emigrado a lo largo de su destierro y a ella debe enfrentarse mientras que las fronteras le cierren el paso de vuelta a su tierra natal. «La vida del desterrado apenas merece tal nombre. Rota, frustrada, vacía, fantasmal, está más cerca de la muerte que de la vida» 36. Con estas lúgubres palabras describía Vicente Llorens la experiencia del exilio, una herida que se abría en canal al dejar atrás la patria y se desangraba lentamente, a medida que la presencia del emigrado en tierra ajena se prolongaba y su hogar parecía convertirse cada vez más en un simple recuerdo. Por ello, «el desterrado, tendiendo la vista hacia adelante, acaba por crearse otro futuro, tan estrechamente vinculado esta vez al pasado que casi parece la transposición hacia el porvenir de lo que ya pasó: la esperanza del retorno a la patria» 37.

Los Pirineos y el regreso al hogar

Desde el momento en que el exiliado cruza la frontera —incluso desde el preciso instante en que concibe esta posibilidad— surge el deseo inmediato, casi obsesivo, de recuperar esa vida rota por las circunstancias, de regresar a esa tierra que ha tenido que abandonar. El retorno es, para muchos de los exiliados, una esperanza, una razón por la que vivir —quizás la única—. Así lo atestiguan las numerosas manifestaciones literarias decimonónicas del exilio, desde el destierro afrancesado y liberal hasta la emigración carlista, que toman la temática de la vuelta al hogar como principal inspiración. Poemas como «El proscrito. Canción» de Pérez de Camino 38, «El náufrago. Romance XXXIX» de Meléndez Valdés 39, «Oda. Imitación del salmo Super flumina» de Ángel de Saavedra 40 o «Los recuerdos. Oda» de Vicenta Maturana 41 son solo algunos ejemplos que permiten demostrar la notable presencia del tópico del retorno en las letras españolas de este periodo.

Sin embargo, este deseo no se plasmó solo en el papel; en esta primera mitad del siglo xix fueron numerosas las tentativas bélicas que se llevaron a cabo por parte de los emigrados españoles para entrar de nuevo en el país y derrotar a sus enemigos. Acciones militares como la incursión de los Cien Mil Hijos de San Luis —en 1823— contó con la ayuda y colaboración de aquellos absolutistas que habían abandonado España durante el trienio liberal. En este sentido, Espoz y Mina afirmaba en sus Memorias que, durante este periodo constitucional, no resultaba extraño «que amaneciesen facciosos por todas partes en toda la cordillera de los Pirineos; lo primero, porque todo el país estaba en sublevación, y lo segundo, porque si bien lográbamos echarlos fuera de España, volvían de nuevo a ella, asistidos y protegidos por nuestros ingratos vecinos» 42.

Asimismo, la posterior emigración liberal planeó, a lo largo de su destierro, diversas incursiones para intentar instaurar nuevamente el sistema constitucional y derrocar el absolutismo fernandino, aunque todas ellas —tal y como afirma Alcalá Galiano en sus Recuerdos de un anciano— acabaron desmanteladas o, en el peor de los casos, con una dura y sangrienta derrota:

«La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines de junio de 1830 se preparó en Londres, y cuya primera terminación (porque bien puede decirse que la tuvo segunda y funestísima) no pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras muchas, del extremo al que precipitan a hombres de entendimiento y aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la impaciencia de la desdicha» 43.

No obstante, la Revolución de Julio en Francia ese mismo año de 1830 y la llegada de Luis Felipe al trono infundió nuevas esperanzas a los liberales. «París se convirtió durante los últimos años de esta etapa del exilio en el centro de atracción para todos los refugiados españoles repartidos por otros lugares de Europa» 44. Muchos de estos emigrados se dirigieron al país galo y a los Pirineos con el fin de organizar una acción militar que —con el apoyo del nuevo monarca francés— permitiera acabar con la tiranía de El Deseado: «La expatriación [liberal de 1823] duró para la mayoría unos diez años. Durante los seis primeros Londres fue el verdadero centro político e intelectual de la emigración; en 1830, a consecuencia de la Revolución de julio, los refugiados en Inglaterra se desplazaron casi en su totalidad a Francia» 45. Esta nueva situación política en Francia favoreció la aparición de nuevas publicaciones en español de corte liberal como El Dardo, obra del militar Nicolás Santiago Rotalde 46, o El Precursor, escrito por Andrés Borrego 47; periódicos de combate con una ferviente defensa de la causa constitucionalista y una arenga constante por la acción militar en la frontera pirenaica.

El propio Alcalá Galiano, en sus Recuerdos de un anciano, rememora también aquellos acontecimientos vividos en la frontera franco-española y la planificación de la acción militar que serviría para liberar a España del despotismo fernandino: «Coincidió, pues, con mi llegada a la capital de Francia el comenzar los preparativos para la invasión de España, siendo teatro de las operaciones preliminares las poblaciones francesas linderas del Pirineo» 48. Sin embargo, las diferencias y los enfrentamientos que existían entre los liberales moderados y exaltados desde el trienio liberal continuaban presentes en el destierro y, como afirma Espoz y Mina, entorpecieron la consecución de los objetivos propuestos: «todos caminaban a un mismo y loable fin, mas cada uno veía las cosas de distinta manera; y la divergencia de pareceres, y aun las rencillas personales introducidas en Inglaterra entre los españoles, inseparables de toda emigración, continuaban al pie de los Pirineos» 49.

La incursión militar fracasó estrepitosamente y dio al traste con las esperanzas de retorno y con un importante número de bajas que morirían —eso sí, en España— luchando por su ideal. Uno de estos hombres insignes fue Joaquín de Pablo, «Chapalangarra», a quien Espronceda dedicaría un poema a su muerte 50:

«Desde la elevada cumbre
do el gran Pirene levanta
término y muro soberbio
que cerca y defiende a España,
un joven proscrito de ella
tristes lágrimas derrama,
y acaso tiende la vista
por ver desde allí su patria,
desde allí do a su despecho,
llorando deja las armas
con que del Sena al Pirene
se lanzó por libertarla
[...]
Enrojece, oh Pirene, tus cumbres,
pura sangre del libre animoso,
y el tropel de los siervos odioso
en su lago su sed abrevó.
Cayó en ellas la gloria de España,
cayó en ellas De Pablo valiente,
y la patria inclinada la frente,
su gemido al del héroe juntó...».

Los versos de Espronceda describen la cordillera pirenaica como una fortaleza, una muralla natural inexpugnable que, a pesar del coraje y la fuerza de los emigrados, estos no han podido superar. Los Pirineos simbolizan la frontera entre el exilio y la patria, la línea que separa la victoria y la derrota, una derrota que se presenta como un acto épico y enaltece a sus protagonistas como valientes guerreros y mártires de la causa constitucional.

Esta perspectiva heroica de la incursión liberal fue defendida por muchos de los constitucionalistas españoles, sobre todo desde el bando exaltado, como así lo testimonian textos como Las horcas caudinas de Méndez de Vigo (1834) 51 o el dirigido «Al Congreso de Señores Diputados», posiblemente obra del propio Espronceda y leído por González Bravo el 24 de junio de 1841: «el grito de libertad no lo pronunciaba la boca, sino que el corazón lo lanzaba: abrazábanse unos a otros con las lágrimas en los ojos al pisar el suelo español, mil gritos de entusiasmo resonaban en las montañas [...] Poco les duró su sueño [...] Vera, Valcarlos, Sallent, el Salau y otros puntos del Pirineo fueron testigos de la bizarría de aquel puñado de hombres libres» 52.

No obstante, este acontecimiento histórico también dio lugar a otras lecturas como la que expone la obra de Castillo y Mayone, Exclamaciones de un expatriado 53. En esta composición poética, de carácter epistolar, Esmeragdo describe —en una carta dirigida a su mujer Clarisa— su participación en la incursión liberal de 1830 y su opinión sobre este intento de regresar a la patria cruzando los Pirineos:

«¡Oh desgracia cruel, oh desventura!
¿Quién a mí me incitó a formar cuadrilla,
parte haciendo en empresas temerarias
con riesgo del honor y de la vida,
de un puñado de ilusos mentecatos
que buscan en su suelo atroz ruina?
Pero si bien culpables, lo conozco,
no fue ambición la que les sugería
arriesgarse a morir; solo es deseo
de volver a abrazar a sus familias
quien a empuñar las armas les impele,
y a tamaño atentado les incita» 54.

El poema intenta buscar, de este modo, una posición intermedia que se aleja del heroísmo propuesto por los textos comentados anteriormente y defiende la «justa causa de Fernando el pío». Esta actitud parece próxima a los postulados del liberalismo moderado y viene determinada por los acontecimientos históricos de 1833, toda vez que la muerte de El Deseado y la amnistía decretada por la regente María Cristina había situado al liberalismo en una posición de fuerza frente al absolutismo, encarnado entonces por los carlistas. Estos últimos también tuvieron que hacer frente a la vida en el exilio tanto durante el transcurso como al finalizar la primera guerra carlista (1833-1840) y, una vez más, la frontera pirenaica supuso un espacio de tránsito de enorme relevancia para los seguidores del infante 55: «La frontera desempeñó un papel clave durante toda la guerra. Mucho más difusa y permeable de lo que podría creerse viendo los mapas de la época, la línea imaginaria trazada entre España y Francia cumplió tanto la función de separar ambos territorios como la de unirlos» 56.

La experiencia de la expatriación carlista también tuvo su reflejo en la literatura de la época, aunque en un porcentaje a priori menor que en los casos de la emigración afrancesada o los exilios liberales 57. No obstante, entre las diferentes composiciones sobre el destierro afines a la causa de don Carlos, encontramos obras como la novela en francés titulada Marco, ou l’espagnol proscrit, obra de Maurice Vocaltha 58, en la que los Pirineos —y la propia incursión liberal de 1830— vuelven a desempeñar un papel fundamental:

«Quel jour! quel souvenir!

Le ciel était d’or, les Pyrénées étincelantes comme si le buste radieux de la liberté allait surgir de ses flancs. Trop cruelle illusion!... Calme dans les airs, calme sur la terre, espoir dans tous les coeurs, audace sur tous les fronts. Viva Riego! viva la constitution! [...] “Soldats, nous vaincrons; le droit est pour nous. Fils de la liberté, jurons d’exterminer ses ennemis; répétons jusqu’au jour de notre triomphe: O la muerte! ô la constitution!” Alors nous, torrents déchaînés, du haut des Pyrénées, rouler nos flots impétueux jusques au fond de la Catalogne, creusant partout un lit profond à la liberté, qui ne parut sale et bourbeuse que pou tout inonder, tout détruire dans notre pays» 59.

El protagonista, que había dejado en Francia a su hija Josilla para luchar por la libertad de España, es «traicionado» por los propios liberales, apresado y encarcelado durante siete años hasta que el héroe carlista, Zumalacárregui, lo libera de su prisión y le permite regresar al país galo con el fin de buscar y reencontrarse con su pequeña. Este relato de la tentativa liberal de 1830 mantiene la imagen de los Pirineos como un espacio simbólico del retorno a España, pero se opone drásticamente a la perspectiva defendida por Espronceda. En esta ocasión, los liberales —con Mina a la cabeza— se postulan como traidores y villanos de la patria mientras que el papel de los héroes nacionales queda reservado para los seguidores del Infante, entre los que destaca Tomás de Zumalacárregui como el principal adalid de la causa carlista 60.

A pesar del fracaso que cosechó la tentativa liberal de 1830 para reinstaurar la Constitución en España, la muerte de Fernando VII en 1833 y el comienzo de la regencia de María Cristina les permitió regresar de nuevo al país y ocupar el vacío de poder dejado por los absolutistas. El retorno a la patria supuso, para muchos de los emigrados españoles del siglo xix, el final de un difícil y doloroso periplo por tierra ajena, la consecución de un deseo que —por imposible que pareciera— se hacía finalmente realidad: «el retorno aparece frecuentemente como una revancha o una victoria: una revancha política para los exiliados que regresan, cuando el régimen que les persiguió y que aborrecían, ha desaparecido» 61. El regreso, por tanto, era motivo de celebración y alegría para gran parte de estos exiliados y estos sentimientos se describen en varias composiciones literarias como «La vuelta a la patria» de Martínez de la Rosa 62 o «El regreso. Canción» de Vicenta Maturana 63, entre otras. En este retorno, los Pirineos vuelven a cobrar un importante valor simbólico, al representar esa puerta de entrada al país natal que había permanecido cerrada para el proscrito:

«Llegó, por fin, el venturoso día en que, apiadado el Omnipotente de las lágrimas de los buenos y de los desastres del pueblo español, dispuso remediar sus males y poner término a sus desventuras. Apareció la inmortal Cristina, así como aurora de un nuevo día de gloria y de prosperidad. Su mano benéfica abrió las puertas de la Patria, con honra, a los injustamente proscritos. Y yo, uno de ellos, volví a su seno y a los brazos de mi familia, causándome, al atravesar el Pirineo, el oír nuevamente el idioma español una sensación de placer inexplicable, que sumergió mi alma en un delicioso delirio, donde se borraron de mi memoria mis largos padecimientos...» 64.

Estas palabras de Ángel de Saavedra, recogidas en su «Discurso de recepción leído en la Real Academia Española la tarde del 29 de octubre de 1834» 65, reflejan una cordillera pirenaica que es, al mismo tiempo, muralla y umbral entre el exilio y la patria. En este sentido, cruzar los Pirineos hacia España significa dejar atrás su vida en el extranjero y retomar aquella que había quedado truncada en su tierra natal, deshacerse de su condición de exiliado y recuperar su identidad, y rescatar un tiempo pasado —detenido tras su partida— para coser así los lazos rotos por el destierro. Estos sentimientos de alegría y felicidad que inundan al proscrito al retornar a la patria también se hacen patentes en las Memorias del Francisco Espoz y Mina, al describir su entrada en España por los Pirineos tras el pronunciamiento de Riego en enero de 1820, aun a pesar de los peligros que este regreso entrañaba:

«el día 23 de febrero pisé de nuevo aquella tierra que me había visto nacer y era el teatro de mis trabajos y mis batallas. Y al pisarla... lloré de gozo. [...] ¡Cuán distante tenía mi pensamiento, al gozar del placer tierno que produjo en mi corazón la vista de mi cara patria, y al pisar su suelo, de que á la vuelta de cuatro años escasos, por maldad de los hombres, me vería obligado á una segunda emigración, más dolorosa que la primera [...] Muy lejos de mí estaba entonces esperar ni pensar semejante resultado. Me hallaba embebido en una suma de alegría al gozar de aquella hermosa perspectiva que se presentaba a mi vista y esperanza» 66.

El límite geográfico que representa la cordillera no solo separa ambos territorios, también supone al retornar la escisión entre dos realidades distintas, con diferentes condicionantes vitales y con significados espacio-temporales diversos. El viaje hacia un lado y el otro condensa en muchas ocasiones sentimientos opuestos en el emigrado: «las fronteras españolas, y principalmente la de Francia, han sido constantemente holladas por los emigrados, ya con el paso trémulo de dolor, al partir sin saber cuándo será el retorno, ya con la prisa alegre de la vuelta» 67. El propio duque de Rivas utilizaría esta imagen de los Pirineos y la entrada a España del exiliado en otra de sus composiciones, «La vuelta deseada» 68. Este romance relata la historia de Vargas, un emigrado español que, ante la posibilidad de regresar a la patria, corre apresuradamente hacia la frontera con el único propósito de reencontrarse cuanto antes con su enamorada Jacinta en Sevilla:

«Montes, llanuras, ciudades,
ríos, Estados diversos
atrás deja, y los caballos
de tardos acusa y lentos.
Ya salva las altas cumbres
del nevado Pirineo;
entra en España, ya escucha
la lengua de sus abuelos...
¿Qué importa? Ni un solo instante
retarda su raudo vuelo.
Halla a cada paso amigos,
halla intereses y deudos;
no se para, corre, corre,
que tiene en Sevilla puesto
su afán, y hasta que descubra
la Giralda no hay sosiego» 69.

La imagen del retorno que presenta el poema de Saavedra recuerda —por su estructura y los motivos a los que alude— a la descrita en su «Discurso de recepción leído en la Real Academia Española», pero la representación simbólica de los Pirineos difiere entre ambos textos. Si, en este «Discurso», la cordillera representaba una barrera geográfica que abría sus puertas para permitir la entrada del emigrado a España, en esta ocasión, los Pirineos se convierten en una especie de pasarela que conecta la tierra extranjera con su Andalucía natal. En el primero de los textos, el paso por este sistema montañoso posee una importancia significativa de enorme calado, pues encarna la consecución de hacer realidad el sueño del regreso a España. Por su parte, en la «Vuelta a la patria», el objetivo principal del emigrado no es tanto retornar al suelo hispano como estar junto a su enamorada, quien se encuentra a miles de kilómetros de la frontera norte peninsular. Por ello, los Pirineos pierden en esta composición poética esa carga simbólica ante el fin del destierro y pasan a ser casi un espacio geográfico más que el exiliado debe superar para lograr su verdadero propósito.

Sin embargo, la realidad y la propia imagen que proyecta el emigrado de España no son las mismas a uno y otro lado de la cordillera. «El regreso es no solo una búsqueda de la tierra, el pueblo o la identidad, es también una búsqueda de los recuerdos; y al volver, vuelve con ellos su propia memoria» 70. Al cruzar la frontera hacia el destierro, el tiempo y la visión de la patria parecen congelarse a su espalda y, en muchas ocasiones, esa imagen del hogar se convierte en una especie de leitmotiv durante su propia vida en el exilio, una perspectiva exaltada y casi divinizada como si de un «paraíso perdido» se tratase. Esta identificación chovinista o romántica de la tierra natal —producida en el destierro— se contrapone con la imagen real que el emigrado encuentra al cruzar los Pirineos, tal y como describe Antonio Alcalá Galiano en su poema «A mi amigo D. Ángel de Saavedra, duque de Rivas», un contraste que ahoga al desterrado en el desánimo y el desconsuelo 71:

«Extranjero en mi patria, así tornando
la vista hacia la espalda,
maldigo el punto en que pisé llorando
de Pirene la falda» 72.

La cordillera adquiere un nuevo sentido en estos versos, pues si bien refleja la línea divisoria entre la vida en tierra ajena y la patria, atravesar sus montañas no supuso esta vez el final del exilio, sino la sensación de comenzar un nuevo destierro, eso sí, sin una tierra a la que volver que no fueran sus propios recuerdos. «Y justo al otro lado de la frontera entre “nosotros” y “los de fuera” se encuentra el peligroso territorio de la no pertenencia» 73. Allí fueron arrojados muchos de los desterrados españoles del siglo xix y algunos de ellos, como el sujeto lírico de este poema, no pudieron dejar atrás ese limbo espacial y simbólico, tanto durante su estancia en el extranjero como a su regreso a España.

Palabras finales

A lo largo de este breve recorrido por el panorama literario del destierro, hemos pretendido analizar algunas de las perspectivas que se proyectan sobre la imagen de los Pirineos en la literatura española del exilio de la primera mitad del siglo xix. La cordillera es sin duda uno de los motivos literarios fundamentales dentro de la temática de la emigración, tanto por su importancia geográfica e histórica como por su carácter simbólico. De este modo, hemos observado cómo los Pirineos pueden representar la línea que mantiene alejado a los enemigos, tanto desde el punto de vista de quienes permanecen en la patria como de aquellos que emigran al extranjero. Asimismo, la frontera encarna para otros desterrados el muro que les impide regresar al hogar, un espacio simbólico que debe ser conquistado para hacer posible el retorno. Este deseo dio lugar a diversas tentativas de cruzar este sistema montañoso, acciones bélicas que también sirvieron de inspiración para la literatura decimonónica. Finalmente, los Pirineos tuvieron además una importancia crucial en el regreso de estos emigrados políticos durante esta época y su imagen fue utilizada en diferentes composiciones literarias relacionadas con la vuelta a la patria, aunque en ocasiones con significados muy dispares. Diferentes emigraciones políticas, distintos textos literarios, actitudes y planteamientos confluyeron en la frontera de los Pirineos durante la primera mitad del siglo xix e hicieron de ella un espacio que, por paradójico que parezca, sirvió de barrera, umbral y puente en la experiencia del destierro.


* Este trabajo forma parte de los proyectos de investigación del Plan Nacional «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref. FFI2017-82177-P) e «Idea de Andalucía e idea de España en los siglos xviii-xix. De la prensa crítica al artículo de costumbres» (Ref. PID2019-110208GB-I00), radicados en la Universidad de Cádiz.

1 Eugenio de Ochoa: «El emigrado», en Los españoles pintados por sí mismos, vol. II, Madrid, I. Boix, 1844, p. 319.

2 Estudios como el de Gregorio Marañón: Españoles fuera de España, Madrid, Espasa-Calpe, 1953, o Henry Kamen: Los desheredados. España y la huella del exilio, Madrid, Aguilar, 2007, también aluden a esa tradición centenaria de exilios en la historia de España como un elemento definitorio de la cultura hispana y del imaginario nacional español.

3 José Luis Abellán: El exilio como constante y categoría, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, p. 17.

4 Para una visión general del exilio español en esta primera mitad del siglo xix, remito a los trabajos de Juan Luis Simal: Emigrados. España y el exilio internacional, 1814-1834, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2012, y Alberto Romero Ferrer y David Loyola López (eds.): Las musas errantes. Cultura literaria y exilio en la España de la primera mitad del siglo xix, Gijón, Trea, 2017.

5 «En aquellos momentos, París, junto con Londres, era la capital europea que ejercía mayor atracción para los perseguidos políticos. Sin duda, el hecho de que fuesen dos ciudades con una población muy elevada y el hecho también de que era incesante el tráfico de personas que pasaban por ellas hacían suponer a los exiliados que existiría en ellas una mayor garantía de seguridad por la posibilidad de pasar desapercibidos ante cualquier intento de vigilancia y control», Rafael Sánchez Mantero: «París. El exilio liberal», en Fernando Martínez, Jordi Canal y Encarnación Lemus (eds.): París, ciudad de acogida. El exilio español durante los siglos xixxx, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 42-43.

6 Delphine Diaz: Un asile pour tous les peuples? Exilés et réfugiés étrangers dans la France du premier xixe siècle, París, Armand Colin, 2014, p. 19. Para una mayor información sobre el fenómeno del exilio en Occidente a lo largo del siglo xix, remito también al estudio coordinado por Delphine Diaz, Jeanne Moisand, Romy Sánchez y Juan Luis Simal (coords.): Exils entre les deux mondes. Migrations et espaces politiques atlantiques au xixe siècle, Mordelles, Les Perséides, 2015.

7 Juan Francisco Fuentes: «Imagen del exilio y del exiliado en la España del siglo xix», Ayer, 47 (2002), p. 39.

8 Sobre la emigración josefina, son fundamentales las investigaciones de Luis Barbastro Gil: Los afrancesados. Primera emigración política del siglo xix español (1813-1820), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto de Cultura «Juan Gil-Albert» (Diputación de Alicante), 1993; Juan López Tabar: Los famosos traidores. Los afrancesados durante la crisis del Antiguo Régimen (1808-1833), Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, y Jean-René Aymes: Españoles en París en la época romántica. 1808-1848, Madrid, Alianza Editorial, 2008.

9 En cuanto a las emigraciones liberales, remito a los estudios de Vicente Llorens: Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra (1823-1834), 2.ª ed., Madrid, Castalia, 1979; Rafael Sánchez Mantero: Liberales en el exilio, Madrid, Rialp, 1975, o Daniel Muñoz Sempere y Gregorio Alonso García (eds.): Londres y el liberalismo hispánico, Madrid-Fráncfort, Iberoamericana-Vervuert, 2011.

10 Gregorio Marañón: Españoles fuera..., p. 18.

11 Para una mayor información sobre otros motivos del exilio en la literatura española de las primeras décadas del siglo xix, remito al siguiente estudio: David Loyola López: Los ojos del destierro. La temática del exilio en la literatura española de la primera mitad del siglo xix, Gijón, Trea, 2018. Asimismo, la antología David Loyola López y Eva María Flores Ruiz (eds.): La voz del desterrado. Antología de la literatura española en la primera mitad del siglo xix, Madrid, Guillermo Escolar, 2018, recoge muchos de los textos más representativos de la literatura del exilio durante este periodo.

12 Fray Manuel Martínez: Apéndice en contestación á otro apéndice que Don Francisco Amorós, soi-disant consejero del Estado español, zurció en Representación a S. M. el Rey D. Fernando VII, fecha en París a 18 de septiembre de 1814, e impresa en aquella ciudad en la imprenta de P. N. Rougeron en francés y castellano, Madrid, Imprenta Real, 1815, p. 14.

13 Juan López Tabar: Los famosos traidores..., p. 49.

14 Fray Manuel Martínez: Apéndice en contestación..., p. 14.

15 «Al ponerle fin al conflicto, el tratado de Valençay preveía la amnistía para los “afrancesados” o “josefistas”, quienes, por convicción, oportunismo o debilidad, colaboraron con las tropas ocupantes o con el gobierno de José Bonaparte. Pero el decreto de 30 de mayo de 1814 señala la negación de esta amnistía para una parte de estos colaboradores. En consecuencia, más de 10.000 españoles o 12.000 si se incluyen esposas e hijos, buscan refugio en Francia. Alrededor de 9.000, de los que 6.000 son militares y 3.000 civiles, siguen en Francia tras los Cien Días», Jean-René Aymes: «Los afrancesados en París (1750-1850)», en Fernando Martínez, Jordi Canal y Encarnación Lemus (eds.): París, ciudad de acogida. El exilio español durante los siglos xixxx, Madrid, Marcial Pons, 2010, p. 19.

16 León Grinberg y Rebeca Grinberg: Migración y exilio. Estudio psicoanalítico, Madrid, Biblioteca Nueva, 1996, p. 38.

17 Francisco Espoz y Mina: Memorias del general Don Francisco Espoz y Mina, escritas por él mismo. Publícalas su viuda Doña Juana María de Vega, condesa de Espoz y Mina, t. II, Madrid, Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra, 1851, p. 169.

18 Alberto Lista: Poesías de don Alberto Lista, vol. I, Madrid, Imprenta Nacional, 1837, pp. 541-543.

19 José Joaquín de Mora: «Viaje de América a Europa por un americano de los Estados Unidos», en No me olvides. Recuerdos de amistad. Colección de composiciones en prosa y verso originales y traducidas por J. J. Mora. Publicada en Londres por R. Ackermann, Londres, Carlos Wood, 1824, pp. 283-290.

20 León Grinberg y Rebeca Grinberg: Migración y exilio...

21 Nicolás Fernández de Moratín y Leandro Fernández de Moratín: Obras de don Nicolás y don Leandro Fernández de Moratín, BAE, II, Madrid, M. Rivadeneyra, 1846, p. 598.

22 Ocios de Españoles Emigrados, vol. II, 5 (1824), pp. 60-70.

23 José María Carnerero: Dos palabritas dirigidas a Don Juan Nellerto, Recogedor y Compilador de las «Memorias para la Historia de la Revolucion Española», París, P. N. Rougeron, 1817, p. 32.

24 León Grinberg y Rebeca Grinberg: Migración y exilio..., p. 65.

25 José María Carnerero: Dos palabritas dirigidas..., pp. 31 y 35.

26 Claudio Guillén describe estas perspectivas opuestas como literatura «en» el exilio y literatura «desde» el exilio, representadas por Ovidio y Plutarco respectivamente. Si la primera de ellas incide en una visión negativa y desoladora del destierro, la segunda se opone a ella y destaca los aspectos positivos que el exilio puede conllevar para quien se encuentra en él. Entre ambas posturas se abre un amplio abanico de posibilidades en donde la literatura española encuentra sustento e inspiración a lo largo de este periodo del siglo xix (Claudio Guillén: El sol de los desterrados: literatura y exilio, Barcelona, Quaderns Crema, 1995).

27 León Grinberg y Rebeca Grinberg: Migración y exilio..., p. 21.

28 Carta de Moratín a Melón, fechada en Montpellier el 10 de septiembre de 1817, en José Luis Cano: Heterodoxos y prerrománticos, Madrid, Eneida, 2007, p. 41.

29 Francisco Amorós: «Documentos justificativos, que se citan en la Representación que hace al Rey de España Don Fernando VII, el Consejero de Estado Don Francisco Amorós», en Representación del consejero de Estado español Don Francisco Amorós, a S. M. El Rey Don Fernando VII, quejándose de la persecución que experimenta su muger Doña María de Theran, de parte del Capitán general de Castilla la Nueva, Don Valentín Belbis, Conde de Villariezo, Marqués de Villanueva de Duero; y defendiendo la conducta que ha tenido Amorós en las convulsiones políticas de su patria; acompañada de documentos justificativos, París, Imprenta de P. N. Rougeron, 1814, p. 21.

30 Juan Van Halen: Memorias del coronel D. Juan Van Halen, jefe de Estado Mayor de una de las divisiones del general Mina, en 1822 y 1823, o relación circunstanciada de su cautividad en los calabozos de la Inquisición, su evasión, su emigración, y viajes por Rusia, Inglaterra, América, etc., escrita por él mismo, 2.ª ed., t. II, París-Perpiñán, Librería de Lecointe-Librería de Lasserre, 1836, p. 56.

31 Ibid., p. 96.

32 Ibid., p. 99.

33 León Grinberg y Rebeca Grinberg: Migración y exilio..., p. 150.

34 Manuel Norberto Pérez de Camino: «A Delia. Elegía», en Leopoldo Augusto de Cueto (ed.): Poetas líricos del siglo xviii. III, Colección formada e ilustrada por el Excmo. Sr. D. Leopoldo Augusto de Cueto, de la Real Academia Española, BAE, Madrid, M. Rivadeneyra, 1875, pp. 731-733.

35 José Solanes: Los nombres del exilio, prólogo de Pedro Grases, Caracas, Monte Ávila Latinoamericana, 1991, p. 102.

36 Vicente Llorens: «El retorno del desterrado», en Vicente Llorens: Literatura, Historia, Política (ensayos), Madrid, Revista de Occidente, 1967, p. 9. En este artículo, publicado por primera vez en Cuadernos Americanos (México, julio-agosto de 1948), Llorens lleva a cabo un profundo e interesante análisis de la temática del regreso a la patria en la literatura española del destierro, a partir de una serie de textos representativos de esta temática literaria.

37 Ibid., p. 10.

38 Manuel Norberto Pérez de Camino: «El proscrito. Canción», en Leopoldo Augusto de Cueto (ed.): Poetas líricos del siglo XVIII. III, Colección formada e ilustrada por el Excmo. Sr. D. Leopoldo Augusto de Cueto, de la Real Academia Española, BAE, Madrid, M. Rivadeneyra, 1875, p. 729.

39 Juan Meléndez Valdés: Poesías de D. Juan Meléndez Valdés, fiscal que fue de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, e individuo de las Reales Academias Españolas y de S. Fernando, Madrid, Imprenta Real, 1820, pp. 198-208.

40 El Español Constitucional, IV, núm. 30, julio [agosto] de 1824, pp. 541-543.

41 Vicenta Maturana: Poesías de la señora Doña Vicenta Maturana de Gutiérrez. Tercera edición aumentada con algunas composiciones inéditas, Madrid, Imprenta de Santiago Aguado, 1859, pp. 145-147.

42 Francisco Espoz y Mina: Memorias del general Don Francisco Espoz y Mina..., t. III, p. 124.

43 Antonio Alcalá Galiano: Recuerdos de un anciano, Madrid, Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, 1878, p. 490.

44 Rafael Sánchez Mantero: «París. El exilio liberal...», p. 53.

45 Vicente Llorens: Liberales y románticos..., p. 23.

46 Nicolás Santiago Rotalde: El Dardo, núms. 1-4, París, Imprenta de Decour­chant, abril-julio de 1831.

47 Andrés Borrego: El Precursor, I, núms. 1-20, París, Imprenta de Selligue, 24 de septiembre-5 de diciembre 1830.

48 Antonio Alcalá Galiano: Recuerdos de un anciano..., p. 537. A lo largo de este último capítulo —titulado «La emigración constitucional en la frontera y en campaña», pp. 529-545—, el gaditano desarrolla el relato de los hechos históricos y políticos que se desarrollaron en este periodo a uno y otro lado de los Pirineos.

49 Francisco Espoz y Mina: Memorias del general Don Francisco Espoz y Mina..., t. IV, p. 86.

50 José de Espronceda: Obras poéticas de D. José de Espronceda, precedidas de la biografía del autor y adornadas con su retrato, París, Librería de Garnier Hermanos, 1869, pp. 98-100.

51 Pedro Méndez de Vigo: Las horcas caudinas o la vuelta a España de los patriotas emigrados, París, Imprenta de Boudon, 1834.

52 Diario de sesiones del Congreso de los Diputados, núm. 75, 24 de junio de 1841, p. 1485.

53 Joaquín Castillo y Mayone: Esclamaciones de un expatriado, ó Esmeragdo y Clarisa, poemas en cartas por D. J. del Castillo y Mayone, Barcelona, D. Ramón Martín Indar, 1833.

54 Ibid., p. 32.

55 El propio Espoz y Mina describía en sus Memorias la importancia de los Pirineos en este conflicto entre cristinos y carlistas por medio de la figura del propio infante: «casi a un mismo tiempo pisaba el territorio de Navarra por el lado del Pirineo el pretendiente D. Carlos, el mismo que pocas semanas antes había visto Rodil dar la vela para Inglaterra, haciéndose ahora proclamar rey de España y de las Indias. ¡Contraste original por cierto!», Francisco Espoz y Mina: Memorias del general Don Francisco Espoz y Mina..., t. V, pp. 13-14.

56 Pedro Rújula: «Carlistas», en Jordi Canal (ed.): Exilios. Los éxodos políticos en la historia de España. Siglos xv-xx, Madrid, Sílex, 2007, p. 173.

57 Las composiciones literarias relacionadas con las emigraciones carlistas no cuentan, hasta el momento, con trabajos que analicen la temática en profundidad. Las investigaciones filológicas han llevado a cabo aproximaciones a textos y autores concretos, pero no tenemos conocimiento de estudios que aporten una visión de conjunto, por lo que no disponemos de información precisa que nos permita determinar el volumen de textos literarios sobre el exilio producidos a raíz de la primera guerra carlista. En este sentido, consideramos conveniente y necesaria esta labor de investigación dentro de la historia de la literatura española, pues sin duda ayudará a la comprensión del carlismo decimonónico y sus emigraciones políticas y nos permitirá recuperar y conocer una producción artística apenas esbozada dentro del patrimonio cultural español.

58 Maurice Vocaltha: Marco, ou l’Espagnol proscrit, épisode des guerres d’Espagne, París-Nancy, Victor Magen-Chez Hinzelin, 1836.

59 Ibid., pp. 108-110.

60 El propio Maurice Vocaltha había publicado un año antes una obra dedicada al héroe carlista, titulada Zumalacarreguy et l’Espagne, ou précis des évenemens militaires qui se sont passés dans les provinces basques depuis 1831, Nancy, Hinzelin, 1835.

61 Andrée Bachoud: «El retorno. De la autobiografía a la novela social», en Josefina Cuesta Bustillo (coord.): Retornos (De exilios y migraciones), Madrid, Fundación Francisco Largo Caballero, 1999, p. 165.

62 Francisco Martínez de la Rosa: Poesías de Don Francisco Martínez de la Rosa, Madrid, Imprenta de Tomás Jordan, 1833, pp. 136-140.

63 Vicenta Maturana: Poesías..., pp. 177-178.

64 Ángel de Saavedra: Obras Completas de D. Ángel de Saavedra, duque de Rivas, de la Real Academia Española, corregidas por él mismo, t. V, Madrid, Imprenta de la Biblioteca Nueva, 1955, p. 368.

65 Ibid., pp. 365-371.

66 Francisco Espoz y Mina: Memorias del general Don Francisco Espoz y Mina..., t. II, pp. 254-256.

67 Gregorio Marañón: Españoles fuera..., p. 21.

68 Ángel de Saavedra: Obras Completas de D. Ángel de Saavedra..., t. III, 1954, pp. 311-319.

69 Ibid., p. 315.

70 Josefina Cuesta Bustillo (coord.): Retornos..., p. XX.

71 «Esa idealización de la patria explica el otro gran argumento de la poesía sobre el destierro: la decepción que produce el reencuentro con la realidad», Juan Francisco Fuentes: «Imagen del exilio...», p. 53.

72 Antonio Alcalá Galiano: «A mi amigo D. Ángel de Saavedra, duque de Rivas», en Los hijos de Eva: semanario de literatura, ciencias y artes, I, Alicante, Imprenta de Juan José Carratalá, 1849, p. 293.

73 Edward W. Said: Reflexiones sobre el exilio, traducción de Ricardo García Pérez, Barcelona, Debolsillo, 2013, p. 183.